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Asociamos a la Rioja con el
nacimiento del español, motivación que tiene un
valor simbólico y, por tanto, digno y respetable,
siempre y cuando no la desvirtuemos con ingenuos
entusiasmos o la creamos cierta como un teorema
matemático. En la historia lingüística las cosas son
de otro modo que en la biología y los entusiasmos
-tan grandes y aún mayores que los de las gentes
sencillas- nos vienen de unos resultados que
inferimos tras poner cada cosa en su sitio. No
podemos dudar que las glosas llamadas emilianenses
están ahí y que Gonzalo de
Berceo
sigue siendo «el primer poeta español de nombre
conocido». Hechos irrecusables, pero ¿qué significa
la Rioja en ese códice venerable? ¿Por qué es como
es Gonzalo de
Berceo? Y aquí empieza nuestro cavilar en
busca de las razones que den respuesta a las
preguntas. El ascético caminar -sin embargo- nos
hace entender las cosas y en la comprensión nacen
unas emociones que, por razonadas, se nos ahondan
más que el patriotismo terruñero. Si repasamos la
bibliografía riojana de estos últimos años, nos
sorprenderá lo mucho que se ha hecho en lingüística,
en historia, en crítica literaria: acaso lleguemos a
sentirnos abrumados. Pero estos beneméritos estudios
son de lingüística, de historia, de crítica
literaria y ahora tentamos el propósito de coordinar
los pasos dispersos para encontrar un sentido cabal
a tantas piececillas como tenemos sueltas. De
lograrlo, tal vez hayamos sabido explicar lo que
tantos sabios necesitaron hacer como exigencias
previas de nuestro trabajo. Veremos entonces que
hubo una vida religiosa que alcanzó un florecimiento
increíble, que informó un arte, que creó una
literatura, pero que estuvo amparada por las
decisiones de unos reyes, que el gobierno de los
monarcas exigió nuevas relaciones políticas y
sociales, que -a Dios gracias- intuyeron que el aire
se purifica cuando la luz entra por los ventanales
abiertos. Por ello un reino fuerte permite estudiar
a los sabios, trabajar a los menestrales y rezar a
los monjes. Al ver cómo todo esto se da de consuno
en la Rioja, tal vez haya que invertir las premisas
con que todos hemos formulado nuestros
planteamientos: región de paso, sí, pero más cuando
Sancho Garcés o Sancho el Mayor aseguraron la vida
en las ciudades o impusieron su autoridad para que
los caminos se transitaran en paz. Estas son unas
primeras conclusiones, pero anticiparlas no me exime
de explicar por qué he llegado a ellas.
Los
límites y los pueblos
Desde los tiempos más antiguos se ve
la Rioja como tierra en la que se encuentran pueblos
muy distintos y la situación prerromana condicionó
mil avatares que duran todavía. Pero lo que me
interesa en este momento es hacerme cargo de un
hecho que nos va a afectar de modo directo: hubo una
vida cenobítica que no desapareció con la invasión
árabe, y que, incluso, tuvo un notable
florecimiento, pero el desarrollo de la actividad
religiosa y, sobre todo, el nacimiento de nuevos
focos culturales, se vincula con la reconquista de
Sancho Garcés I y con la decisión de Sancho el Mayor
de desviar la vía francígena. Porque Castilla nace
tardíamente como consecuencia de la Reconquista; más
aún, su nombre, es consecuencia de un hecho
lingüístico bien sabido: el paso de un apelativo (castella
región de castillos) a nombre propio, Castilla.
Porque antes de que Castilla fuera Castilla sus
tierras tenían otro nombre; bien lo sabía el anónimo
de la
Crónica Najerense: las «Bardulias
que nunc uocitatur Castilla» , fueron
repobladas por Alfonso I de León y por ellas andaba
Ramiro I cuando lo tuvo que heredar. Y en este
instante nos asalta algo que no podemos olvidar: la
expansión leonesa, que no renunciará fácilmente a la
Rioja, extremo de una Castilla que dejó ecos, bien
sabidos, en el poema de Fernán González, pero que se
habían convertido en tópico literario. En el
Vocabulario de Correas pueden leerse estos
versillos:
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Harto era Castilla |
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de chico rincón, |
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cuando Amaya era
cabeza |
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y Fitero era el
mojón. |
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Que el poemilla venía de lejos se
atestigua por una cita de la Vida de Santo
Domingo de Silos.
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El reï don Fernando,
que mandaba León, |
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Burgos con la
Castiella, Castro e Carrión, |
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era de los sus regnos
Montes d'Oca mojón. |
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Ese Fitero era un límite donde se
juntan Castilla y Navarra. Lugar de encuentros y de
disputas hasta que en 1373, Enrique II de Castilla y
Carlos II de Navarra aceptaron el arbitraje de Guido
de Bolonia, y la ciudad quedó por Navarra, aunque la
leyenda sirviera para bautizar el Mojón de Los
Tres Reyes, donde -al parecer- sobre un tambor
comieron los reyes de Aragón, Navarra y Castilla y
cada uno estaba sentado en tierra de su propio
reino.
Se nos plantea un primer problema, el
de limitar qué entendemos por Rioja, porque las dos
zonas que hoy vemos tan claramente y que tan
claramente se inclinaron hacia un reino u otro, no
son todo lo que la historia llamó Rioja.
Los límites históricos de la región
eran mayores (en Burgos hasta Belorado; en Soria,
por Ágreda) y a ella perteneció en la división
provincial de 1821 parte de la Rioja Alavesa, que se
desglosó en 1833. Si traigo esto a colación es
porque nos va a hacer falta si hablamos de códices y
dialectología. Cuando Manuel Díaz, en un libro
magistral, intentó enmarcar las tierras de la Rioja
allá por el siglo IX, tuvo que reconocer cuán
imprecisos eran los límites y, desde su parcela de
investigador, tuvo que «entender por Rioja las
tierras del Ebro desde Miranda al Este de Logroño,
río Ebro abajo, hasta Calahorra, desde la Sierra de
Cantabria a los Cameros y de los Montes de Oca a la
zona al sur de Estella» . Recíprocamente, un
concepto tan preciso como pueda sernos Navarra,
tenía unos perfiles a los que faltó un deslinde como
el que nosotros tenemos hoy bien caracterizado:
«Hasta 1158, por lo menos, el topónimo Navarra
designó exclusivamente a un pequeño territorio de la
cuenca media del río Arga, y parte del Cidacos,
teniendo como poblaciones más importantes, Artajona,
Larraga, Miranda de Arga y Olite. Navarra a finales
del siglo XI no comprende a Peralta, Lumbier,
Punicastro, Salazar, Echauri, Funes, Huarte, Aoiz,
Navascues y Sangüesa». Es decir, amplios
territorios eran objeto de continuo litigio entre
los monarcas y de intercambio entre las gentes de
esas fronteras. Tardó mucho en que llamaran Rioja al
reino de Nájera o a la ciudad de Logroño o a las dos
orillas del Ebro a su paso por la región y de hecho
los reyes navarros o los castellanos se consideraban
de Nájera, pero no aducían para nada la parcela de
su territorio que bañaba el río Oja. Así, por 1067,
Sancho el de Peñalén se titula «rex
gerens regnum Pampilome et Naiale» y en
los documentos de
Valvanera hay numerosas
referencias al imperio real: así Alfonso VI es «rex
in Legione et in Castella et in Nagera» .
Esta inseguridad se proyecta también en la historia
cultural y, resultado de ella, en la lingüística.
Desde un punto de vista codicológico, Navarra es un
mundo difuso que se relacionará con el sur de
Francia, y sobre ello volveré, pues afectará a la
concepción jurídica de la franquicia, a las
relaciones literarias y tendrá también que ver en
esa fluctuación secular de la Rioja hacia
Castilla-León o hacia Navarra-Aragón. Y es que
Nájera que tuvo que ser asimilada, constituyó un
reino independiente durante muchos años, porque era
tierra reconquistada: los documentos hablan de su
antiguo nombre («cepit
supradictam Naieram que ab antiguo Trictio uocabatur» )
y, con todas las reservas con que aduzcamos un
documento falsificado, hemos de reconocer que en el
siglo XI había el recuerdo de la restauración de la
ciudad. No cabe mejor testimonio que ese cambio de
nombre: perdido el antiguo en la memoria del pueblo,
se aceptó el arabismo, que era uno más entre los
muchos arabismos de la región.
Nos importa en este momento saber si
hubo continuidad latina en las tierras de la Rioja,
pues de ello depende el carácter de la cultura que
irradiaron los centros locales y, cuando Ordoño I
(muere el 866) se dirige contra los vascones, la
reconquista significa la incorporación del valle del
Ebro a la vida de los cristianos y un nuevo sesgo
para la historia.
La vida
religiosa: continuidad y revolución
No poseemos una cronología
ininterrumpida, pero sí unos datos que nos pueden
servir de seguros asideros. La historia de la España
cristiana es la voluntad de mantener sus
fidelidades: a su cristianismo y a su tradición
histórica. Dicho con otras palabras, la oposición a
lo que las invasiones significaban. Y esto durante
siglos y siglos, cuanto más en los años que el
horror del milenario pudiera amagar con la
inminencia del juicio final. El siglo X es un siglo
decisivo: las empresas que inició Ordoño I se
consuman, pues tras la rota de Valdejunquera (920),
los reyes cristianos lograron cumplido desquite: en
922, Sancho Garcés I de Navarra ganó Viguera y
Ordoño II de León, Nájera. Pero esto no es sino el
nacimiento a una nueva realidad, conforme
religiosamente y dentro de unas continuas desazones
políticas. Cierto que la vida de la fe poco debería
resentirse con ello por más que antes de la
reconquista hubiera habido comunidades cristianas en
la región que nos ocupa.
Estudios de muy diversa índole han
señalado el mozarabismo de estas tierras.
Lógicamente hemos de pensar en una tradición
cristiana ininterrumpida, de la que hablan los
restos arqueológicos y los cenobios anteriores a la
reconquista, habla también ese éxodo de mozárabes de
Al-Andalus trayendo sus preciados códices. Pero ¿a
dónde los llevarían de no haber quién los recibiera?
Y esos códices están o estuvieron en tierras
riojanas. Me permito una breve detención en lo que
significó el monasterio de San Millán de la Cogolla,
pues es a él a quien orientaré mis pasos tanto en
busca de precisiones lingüísticas como literarias.
Hay un códice fechado el año 933 en el que se
hermanan dos tendencias contrapuestas: la mozárabe y
la castellana. El escriba Jimeno copió este
manuscrito en el que «tanto la letra, como sobre
todo las iniciales y las capitales de los títulos
dejan entrever rasgos mozárabes, con elementos
castellanos típicos muy marcados, revelándonos unas
conexiones del primer taller de escritura
emilianense con los otros monasterios de región
burgalesa, así como el impacto de numerosos códices
de la librería reunida al tiempo de la fundación» .
El testimonio nos resulta precioso por cuanto
implícitamente nos lleva a esos años «de la
fundación» o, a lo menos, de los documentos
conservados que, en el cartulario del monasterio,
comienzan en el 759, fecha anterior a las
ocupaciones leonesa y navarra y que conviene con la
lápida de Arnedillo (869), las iglesias de Santa
Coloma, de San Esteban de Viguera, la pajera de
Albelda,
etc.
Era necesario este excurso sobre el
mozarabismo para que pudiéramos entender otros
acontecimientos de ese siglo X en el que nos hemos
instaurado. El día 1.º de diciembre del año 921 un
documento del Cartulario de Albelda nos
cuenta cómo unos monjes eligen a Pedro como abad y
le rinden obediencia. La nómina trae 122 nombres de
los cuales deben ser vascos Azenar, Enego/Enneconis,
Galindo, Garsea, Velasco y acaso Ozandus/Oxando.
Creo que esto es importante: los antropónimos vascos
son muy escasos, y aun ellos de los que se
extendieron por los dominios románicos, con lo que
acaso hubiera que atenuar su significado, pero se
infiere de ese repertorio algo que es fundamental:
hubo unos hombres latinos y germánicos que duraron
en la Rioja, incluso cuando la islamización se había
impuesto oficialmente, y el sentido de una tradición
romana y visigótica estaba viva antes de que Sancho
Garcés I hubiera conquistado definitivamente la
región (920-922) y esos monjes, tanto en el
monasterio de Cárdenas, son el testimonio de una
continuidad cultural que desaparecerá con la llegada
de Sancho Garcés I: el rey pamplonés llevó a Nájera
su corte, donde hizo la primera acuñación navarra
que conocemos y sustituyó la onomástica antigua por
otra nueva: desapareció el 50 % de los nombres
latinos y germánicos del documento del año 921 y la
proliferación de vasquismos onomásticos, que he
estudiado en otra ocasión, es posterior a esa fecha
y habrá que considerarla como resultado de la
conquista pamplonesa, por más que esas gentes fueran
absorbidas después por la población románica que se
estableció en la Rioja.
El
problema de las glosas
Todo este largo caminar tenía una
arribada lingüística. Porque continuidad latina o
repoblación, mozarabismo o vasquización repercuten
sobre la vida cultural de la región, que era muy
intensa, según venimos señalando. Más aún, los
libros se encuentran aducidos en los momentos más
fríamente enunciativos, que fueran pocos y de
contenido limitado a escasos temas, no es razón para
que no tuvieran un hondo significado según veremos y
aún habría que recordar algo harto significativo: en
el siglo XIII el desarrollo bibliográfico era muy
importante y no exclusivamente de temas religiosos,
sino que un autor de erudición tan grande como
Alfonso el Sabio pide en préstamo diversos libros a
los cenobios riojanos. En 1270 tomó del cabildo de
San Martín de Albelda un libro de cánones, las
Etimologías de San Isidoro, las Colaciones
de Juan Casiano y un Lucano; de Santa María de
Nájera, Donato, Estacio, un Catálogo de los
Reyes Godos, el Libro Juzgo, la
Consolación y los Predicamentos de
Boecio, un libro de justicia, Prudencio, las
Bucólicas y Geórgicas, las
Epístolas de Ovidio, la Historia de los
Reyes de Isidro el Menor, Liber Illustrum
virorum, Preciano y algunos comentarios al
Sueño de Escipión de Cicerón. No es este el
momento de decir qué significaba poseer esos libros
historiales y tan selectos poetas, pero ya es
bastante lo que ese albarán nos dice: se sabía cuán
ricas eran las bibliotecas riojanas en el siglo XIII
y a ellas tenía que recurrir quien era paradigma del
saber. Y tampoco seria ligereza pensar que en ese
siglo XIII, en San Millán, leyó y aprendió Gonzalo
de Berceo. Pero no adelantemos nuestros pasos: en el
Cartulario del Monasterio podemos rastrear
numerosas referencias que vienen al caso. En el año
864, el conde don Diego hace una importante donación
al monasterio de San Felices de Oca y en ella, junto
a cálices de plata, casullas de seda, rebaños de
ovejas, hatos caballares o vacadas, figura una manda
de treinta y ocho libros; tres años más tarde, el
abad Guisando y sus hermanos de religión fundan la
iglesia de San Juan de Orbañanos y la dotan de mil
predios rústicos, pero además conceden a la iglesia
una colección de libros, «id
est antiphonario, missale, comnico, ordinum
orationum, ymnorum, psalterium, canticorum, precum,
passionum» y regalos semejantes se
documentan en el 872, el 997, el 1001. Si pasamos a
otras colecciones, encontramos idénticas
generosidades y lo que es más hermoso, en 1125, se
nos cuenta cómo el llamado Libro de las Homilías
de la catedral de Calahorra se empezó a escribir
cuatro años antes y no pocos clérigos de la sede
prestaron su auxilio. A ellos se les inmortalizó en
unos versos que comienzan así:
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Huius factores libri
sunt hii seniores |
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Sedis honorate,
Calagurrimis edificate. |
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Patrum Mascussi
scribi prius ordine iussit, |
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Qui dedit expensas
large, pelles quoque tensas, |
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In quibus illorum
sunt gesta notata uirorum, |
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Qui coluere Deum
Christique insigne tropheum, |
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Quod credunt eque,
Patriarche, Christicoleque. |
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Nada de extraño tiene que en
ambientes como estos, que se continúan a lo largo de
siglos, hubiera aprendices que necesitaran traducir,
cuando el latín les resultaba difícil. Esta
explicación la más sencilla, es la experiencia que
hemos repetido todos a lo largo de centurias y
centurias, en mil lugares distintos. El neófito no
dispone fácilmente de un diccionario, tan imperfecto
como queramos, pero no está al alcance de todos, ni
se puede perder el tiempo en buscar en aquel inhábil
sistema de alfabetización, y, lo de siempre, una
equivalencia interlineada, una llamada al margen,
unos numeritos que deshacen el hipérbaton. La
torpeza, un día se convirtió en un hecho milagroso:
gracias a esa ignorancia se anotaron las primeras
palabras de una lengua. Porque aquel hombre que tan
torpe estaba en sus latines, puso al acabar las
lecturas las primeras palabras del español: «conoajutorio
de nuestro dueno, dueno Christo, dueno salbatore,
qual dueno get ena honore equal dueno tienet ela
mandatjione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos
sieculos delosieculos. Facanos Deus omnipotens tal
serbitjo fere ke denante ela sua face gaudioso
segamus. Amen» .

He dicho español porque hay
un sincretismo lingüístico que no es riojano, ni
siquiera castellano: rasgos locales (cono, enos)
se enlazan con otros navarro-aragoneses (get,
honor femenino) y con
otros vascos, como las
glosas 31 y 42. Este primer vagido de nuestra lengua
tenía un sentido integrador y no pueblerino: a mitad
del siglo X, aquel clérigo de latines tan poco
ilustres había pulsado unas cuerdas que aún nos
estremecen. Ya no merece la pena señalar qué era el
cenobio de San Millán en el siglo X. Sí quiero
comentar algo que aún no he dicho y que enhebra la
línea de mi discurso: el siglo X significa la
restauración de Nájera, con cuanto política y
culturalmente trae consigo; significa la pérdida de
numerosísimos antropónimos latinos que desaparecen
con la llegada del vascón Sancho Garcés I y lo que
de ello inferimos, y significa que ese romance
incipiente va a contar cada vez más. Y aún silencio
hechos literarios como la épica que se denuncia en
la Nota emilianense. Dos siglos después las
cosas habían llegado a tal extremo que el papa
Celestino III faculta al obispo de Calahorra para
que pueda absolver a los que han maltratado a los
clérigos en las guerras civiles y, como los tales no
saben latín, permanecen excomulgados por no poderse
dirigir a la sede apostólica.
Otros pocos años más tarde y Gonzalo
de Berceo nos repetirá mil veces que escribe román
paladino para remediar las necesidades de quienes no
saben latín: será el final de la evolución que
empezó, documentalmente, en el siglo X y que junto a
los términos clásicos anotará otros más vulgares,
sin salir del propio latín (partitiones
por divisiones,
verecundia
por pudor,
etc.).
El manuscrito que nos ha conservado
estas glosas es el n.º 60 de San Millán y se
conserva en la Academia de la Historia. Manuel Díaz
en una valiosísima aportación ha señalado no pocas
novedades para su estudio: se trata de dos códices
distintos, salidos de un mismo escriptorio y
probablemente copiados por la misma mano, la del
presbítero Nuño. Tal vez fuera trasladado en el
siglo IX a algún cenobio pirenaico y de allí pasaría
a San Millán a finales del siglo X. Fue
probablemente en San Millán, donde se le añadieron
las glosas. Es lógico que no acertemos de manera
inequívoca con la localización exacta del manuscrito
o la geografía precisa de las glosas: quisiéramos el
acta notarial del nacimiento de nuestra lengua y
sólo podemos aducir conjeturas. Nos esforzamos en lo
que es razonable y deseamos una confirmación
objetiva. Ya es bastante ese conjunto de indicios y
el que no se ha significado bastante: las
anotaciones en vasco. El lector del códice sería
religioso -no simplemente clérigo- sabía un latín
menos exquisito que el que trataba de aprender,
hablaba un romance en el que incrustaba rasgos
navarroaragoneses, sabía vasco, si es que no lo
hablaba habitualmente. Todo esto nos lleva a la
Rioja por cuanto he tratado de ir exponiendo y por
la adscripción del manuscrito al cenobio de San
Millán ya en el siglo X. Si no tuviéramos estas
certezas podríamos hablar de alguna otra región
próxima, como Navarra, donde, en 1076, se pusieron
unas curiosísimas glosas trilingües a un documento
de San Miguel in
Excelsis (Huarte-Araquil): el escriba separa
el habla de los rústicos (vasco) de la «nuestra»
(latina), pero una mano coetánea interlinea en
romance, como si reviviera el espíritu del escriba
emilianense que al clásico
precipitemur,
apostilla con guec ajutuezdugu y lo hace
equivaler a non kaigamus (glosa 42). Nos
quedamos con la integración que significa ese
manuscrito 60: integración lingüística, integración
-también - cultural en lo que el códice nos
manifiesta. Integración cumplida en tierras de la
Rioja con elementos de la policroma Hispánica.
Aunque documentos conservados en la
Rioja nos hablan de peregrinos en tierras burgalesas
de Villarcayo y aunque conozcamos la atracción que
ejercía el sepulcro de San Millán, sólo el
camino de
Santiago significó una nueva realidad para la Rioja.
La Crónica Najerense cuenta cómo Sancho el
Mayor desplazó la vía de peregrinaciones hacia las
riberas del Ebro.
Las causas que motivaron el cambio
del itinerario no deben extrañarnos: el reino
engrandecía su expansión política, ampliaba sus
posibilidades económicas y aseguraba unas fronteras
militares.
Pero si hubo una voluntad regia que
servía a estos ideales materiales, a remolque de
ellos se produjo un sustancial cambio cultural: hubo
que atraer gentes de tierras lejanas, se modificó la
liturgia tradicional, penetraron los aires de Europa
con mil motivos diferentes y todo ello repercutió
sobre la historia cultural de la región, no porque
antes no se hubieran sentido tales influjos, sino,
precisamente, gracias a ellos. Ahora las relaciones
no sólo se ennoblecían en unos cuantos monasterios,
sino que en las calles de las ciudades o a la vera
de los caminos se oían nuevas voces que traían
nuevas ideas. Hubo que construir ciudades, aposentar
a las gentes que itineraban, acondicionar los
caminos. La historia, con la decisión de Sancho III
cobra un nuevo sesgo: en el siglo X los monasterios
castellanos y riojanos tenían una estrecha
vinculación, pero el influjo renovador viene luego,
en los siglos XI y XII, y tanto en la historia
codicológica como en la literaria.
No merece la pena insistir en lo que
es harto sabido: Alfonso VI manifiesta un talante
europeo que cohonestaba con los deseos terrenos y
espirituales de la orden de Cluny. Es esto lo que
ahora me interesa. Los monjes imponen el rito latino
y eliminan el llamado mozárabe. Las cosas fueron
complicadas y de ellas he tenido que ocuparme, pero
no dejan de ser curiosos algunos paralelismos: el
arzobispo de Auch preside el Concilio que restaura
la sede jacetana y entre los nueve obispos
asistentes figuraba el de Calahorra; consecuencia de
la asamblea fue el establecimiento del rito latino,
que se inauguró con una misa en San Juan de la Peña
(22 de marzo de 1071), por más que el pueblo no
manifestara gran entusiasmo, según quedó constancia
en Zurita; tenemos testimonios de la implantación
del rito en Castilla y el juicio de Dios que se
celebró en Burgos, y que tanto escandalizó al gran
historiador aragonés. Pero, al fin, las cosas
quedaron claras: «Iste
Aldefonsus [VI] sub era M.ª C.ª XVII [1079] dedit
monasterium Naiarum cluniacensibus monachis» ;
años después, el legado apostólico escribía al papa
Adriano IV una carta de valor singular, gracias a
ella sabemos los caminos y suasiones que se
utilizaron para convencer a los reacios y las
decisiones violentas cuando no se avenían a razones.
Si parece lógico pensar que el nuevo
trazado del camín romíu (1030) atrajo a
comunidades francesas (la anexión de Santa María de
Nájera al Cluny en 1079 sería un motivo más que
significativo) y estas comunidades determinaron una
mejora de los conocimientos del latín, se estaba
trabajando para un afrancesamiento de la región,
tanto por lo que tiene que ver con las gentes llanas
que eran atraídas como por los clérigos que
establecerían unos nexos muy fuertes con el
movimiento unificador del Cluny y que se proyectaría
también sobre el pueblo menudo con la implantación
del rito latino. Ahora bien, la atracción que
pudieran sentir las gentes de Francia no sería sólo
por un señuelo aventurero (la peregrinación) o
cultural (la comunidad de doctrina) sino que pronto
tuvo que contar con una fuerte llamada que forzaba
al arraigo: me refiero a los privilegios económicos
con que se atraía a los nuevos pobladores. Entra
aquí un nuevo motivo de discusión que paso a
considerar.
Libertas o
ingenuitas
eran designaciones de sendas condiciones sociales.
El hombre libre tenía un
Status libertatis
que le permitía el ejercicio de sus derechos,
mientras que el ingenuo estaba limitado por las
cargas que debía levantar. Por eso, en multitud de
ocasiones, se habla de cualquier concesión hecha
libre e ingenua, pero tales adjetivos no son
sino los atributos de cada una de esas condiciones
sociales que, a veces, irán acompañadas de las
expresiones que se estiman necesarias para la
comprensión del texto. Así en un documento del
Cart. SMC, fechado el año 959 se lee: «damus
ad Sanctum Emilianum sine ullo fuero malo,
ut líberos et
ingenuos ab omni servicio regali velseniores
serviant vobis per omne seculum» .
Pero a partir del año 1095 un nuevo concepto aparece
en la terminología jurídica, el de franco.
Naturalmente, no puede desligarse de la necesidad
real de poblar las tierras por las que discurre el
camino de Santiago. Pero esto merece mayor
detención.
Logroño era, desde su primera
documentación en 926, una explotación agrícola, que
en 1054 ya se había convertido en un núcleo
ciudadano dentro de la
honor regalis.
Pero el cambio
|
fue la consecuencia de la
desviación del trazado de la calzada de
Santiago hecha por Sancho el Mayor que trocó
la pequeña aldea en una etapa importante del
camino, la del paso del Ebro, |
en la época en la que el
rejuvenecimiento de Europa impulsaba el
desplazamiento de caballeros, peregrinos, mercaderes
y aventureros por las vías del continentes.
He aquí cómo se cohonestaban esos dos
principios: la honra del reino en sus ciudades bien
pobladas y el asentamiento estable de gentes que
aseguraran el buen resultado de estos deseos, y con
él, una creciente prosperidad de la hacienda real.
Así, pues, Logroño alcanzará esos fines, si supera
la condición social de villanos, que sus habitantes
tienen, liberándolos de «la opresión servil», y si
logra atraer a gentes que están libres de tales
gravaciones. Para ello se aspiró a que vinieran a la
puebla hombres extraños a la tierra a la que se daba
un estatuto ventajoso; fueron franceses como
próximos al territorio e interesados por las
peregrinaciones a Santiago. Entonces se estableció
la fórmula jurídica de la
franquitas o
unión del aspecto positivo de la
libertas y
del negativo de la
ingenuitas. El
Fuero de Logroño es
muy claro en las distinciones, no siempre tenidas en
cuenta, ni siquiera tras el luminoso estudio de
Ramos y
Loscertales; en el preámbulo del texto se
dice que se da el fuero para aquellas gentes que
vengan a poblar «tam
de francigenis quam etiam de ispanis, uel ex
quibuscumque gentibus» . Es decir,
«franceses (=de Francia)»; «españoles (= de Hispania)»
o gentes venidas de cualquier otro sitio. El
adjetivo francigenis
era conocido en la edad media como «francés» o como
ajeno a la tierra. Cuando en el Fuero de Logroño
se habla de francos, la palabra no quiere decir
«francés» (para eso está
francigenus)
sino «hombre dotado de un determinado status
social (liber +
ingenuus)».
Los francos gentes con
status franquitae
originariamente fueron franceses, pero lógicamente
los españoles quisieron alcanzar ese privilegio y el
fuero de Logroño permite ver cómo se cambia el
estatuto social de los primitivos villanos en el más
beneficioso de la
franquita, con lo que pasaron a ser
pobladores tanto los que vivían en Logroño como los
que después vinieron a establecerse.
Estamos llegando a un punto final,
siquiera sea momentáneo: la presencia francesa está
signada por la voluntad real, sea trayendo a la
Rioja el camino de Santiago, sea asentando unos
clérigos franceses, sea protegiendo intercambios de
ambos tipos o atrayendo a gentes de Galorromania
que, estableciéndose de manera permanente, sirvieron
a esos ideales de la monarquía castellana.
La voluntad real acertó en cuanto
aquí nos ocupa, y Logroño -bien conocida ya- se
convierte en un punto de referencia dentro de la
poesía trovadoresca. Paulet de Marsella
(...1262-1268...) fijará dos hitos para hablar de la
superficie de España, justamente ambos están en el
camino de Santiago y uno es Logroño.
La Rioja se vinculó al mundo de los
trovadores por algo más que esta referencia. La
famosa
familia de los Haro, que dejó no pocos ecos
en algunos poetas provenzales, tuvo que ver con la
región, pues don Diego López de Haro fue señor de
Rioja y de Nájera. Pero hemos llegado al siglo XIII
y la presencia francesa la vamos sintiendo de una u
otra forma: gentes innominadas y frailes entendidos
nos han hecho ver cómo el camino de Santiago había
determinado algunas relaciones, o la riqueza de una
gran familia. Pero no nos basta con esto. Quiero
entender cómo la influencia francesa no es ajena a
otros hechos culturales con los que puede enlazarse.
Ya en el siglo X el monasterio de
Nájera recibía saberes de Galorromania y hasta
Albelda llegó una épica francesa de carácter
legendario, que motivó la ya famosa nota emilianense,
incluida en un códice que encierra un complejo mundo
cultural. Pero, después de que el camino de Santiago
fuera desviado, resultaría trivial seguir hablando
de estas influencias si no tuviéramos motivos de
relevancia que nos llevan hacia la literatura en
lengua vulgar. Con lo que nuestra mirada abarca un
amplio campo de cultura que tiene que ver con el
menester del traductor. De este modo se amplió el
significado de los franceses, más allá -o más acá-
de los códices y de los fueros; ayudaron a crear una
lengua apta para quehaceres empeñados y orientaron
el quehacer de algún grandísimo poeta. Tendremos que
centrarnos en San Millán, floreciente y arruinado
según los tiempos, pero lleno de vida tras la
impronta que marcó Sancho el Mayor. Más aún, si se
ha dicho que sus copistas constituían un taller
especializado, la misma especialización tendremos
que reconocerle un siglo o dos más tarde.
La Vida de Santa María Egipciaca
es un poema francés: se escribió en el siglo XII y
fue traducido en los albores del siglo XIII y tras
rechazar hipótesis no razonables llegué a la
conclusión de que nuestra historia «procedía de
alguno de los famosos cenobios riojanos» que
florecían en aquel momento. Estamos ante un pequeño
problema que va a alcanzar una proyección
singularísima porque va a enlazarse con esta
tradición cultural que viene floreciendo en la
región desde el siglo X, que ha permitido que la fe
de bautismo de nuestra lengua se extendiera en San
Millán, que allí -nacionalmente unidos- estuvieron
castellanos, navarro-aragoneses y vascos. Pero, y
las cosas se nos van enlazando, aquel rey vascón que
fue
Sancho el Mayor hizo pasar por Logroño el camino
de Santiago y esto motivó una nueva concepción
jurídica para atraer a los extranjeros y para
dignificar a los nacionales, pero -y además- los
franceses nos integraron en el movimiento europeísta
que marca el Cluny y ahora, en este final de los
procesos, nos encontramos -otra vez la Rioja- con la
primera poesía culta española.
Y es que no existen problemas
pequeños, si de cultura se trata: el más
insignificante motivo puede agigantarse en las manos
que saben elaborarlo. Y como los monasterios del
siglo X con su floración codicológica, en el XI con
el camino de Santiago, en el XII con las secuelas
del derecho de francos (establecido en 1095), en el
XIII con las referencias de los trovadores
provenzales y, ahora, con la explicación de algo
singular: Gonzalo de Berceo no es un hecho aislado,
florece en San Millán porque allí hay una gran
tradición culta: gracias a ella podría el poeta
traducir fidelísimamente un manuscrito latino bien
semejante al
Thot de Copenhague, inspirarse en otros
para contar las vidas de los santos regionales.
Pero no es por esto por lo que aduzco
la Vida de Santa María Egipciaca y Gonzalo
de Berceo. En la segunda mitad del siglo X había en
San Millán un manuscrito en el que se copiaban las
vidas de seis santas (Catalina, Melania, Castísima,
Egeria, Pelagia y María Egipciaca), pero esta
literatura culta se enriqueció con otra en lengua
vulgar cuyos testimonios nos llegan hasta hoy: el
texto francés de la vida de Santa María Egipciaca
tuvo que ser conocido, como muy tarde, en el paso
del siglo XII al XIII, y, gracias a la enorme
fidelidad del traductor castellano, he podido
reconstruir un diccionario español-francés, hecho
singularísimo en cualquier tradición cultural,
sorprendente a comienzos del siglo XIII, y algo que
resulta probatorio para mi tesis: Gonzalo de Berceo
había leído la versión castellana de aquel original
anglo-normando y, en el Sacrificio de la Misa,
aparece la constancia de ello, pero -a su vez-
Gonzalo de Berceo no era sino un eslabón intermedio:
el Libro de la Infancia y Muerte de
Jesús, a pesar de su anisosilabismo e
independencia con respecto a una fuentes concretas,
incorpora a su relato varios versos de los
Loores de Nuestra Señora.
Ya es mucho haber conocido un texto
francés que estaría en San Millán y que sirvió de
punto de partida a un desarrollo literario que duró
más de medio siglo. Pero tras estas verdades
subyacen otras: los textos sobre María Egipciaca y
la infancia y muerte de Jesús están copiados, junto
al libro de Apolonio en el manuscrito III -
K - 4 de la Biblioteca escurialense. Ninguno es
aragonés, sino castellano, ¿por qué se copiaron
juntos? ¿No procederán de un mismo monasterio? Pero
no basta con ello. Berceo y el libro de Apolonio son
coetáneos, y para expresarse utilizan dos recursos
revolucionarios: la lengua vulgar y la cuaderna vía.
Estamos en el camino de saber cómo llegó el Arte de
«sílabas contadas» a la Península, y, al parecer, no
poco tendría que ver el influjo francés en la Rioja.
Sabemos, sí, que el metro procede de Francia, pero
los indicios van apuntando a lugares muy precisos.
Los mismos que dieron cobijo al poema hagiográfico y
que sirvieron de punto de partida para otras
representaciones gráficas. Pues la hipótesis del
riojanismo de esta literatura ha dejado de serlo,
convertida ahora en certeza. Pero hay más: al
estudiar las representaciones de Santa María
Egipciaca, he encontrado no pocas, y en tiempos
diferentes, tanto en monasterios como en catedrales
de la región; aparece en algún topónimo y lo que es
más sorprendente -o, si se prefiere, mas lógico- su
irradiación hacia tierras burgalesas. Pero hagamos
un breve, y necesario, inciso.
A partir del siglo XI, «el
mecanismo glosístico se desarrolla especialmente en
la región de Burgos-Rioja» y hay otra multitud
de conexiones entre Castilla y nuestra región. Pero
lo que interesa es señalar -si ello no fuera
redundante- las estrechas relaciones entre los focos
culturales de esas tierras tan cercanas. Pero, en
busca de unos apoyos, aún añadiré más: de la
Biblia de Valvanera, desdichadamente
desaparecida, se sacaron copias, una de las cuales
fue a parar a Oña y aún parece que sirvió de modelo
a otras de Calahorra (siglo XII) y San Millán
(siglos XII y XIII). Si aduzco estos dos motivos es
porque uno, el vinculado con Oña, me va a servir de
inmediato, y otro, el temporal, nos lleva de la mano
de la cronología hasta los días de Berceo. Porque
todo esto tiene que ver con la traducción española
de la Vie de Sainte
Marie l'Egiptienne; migró del monasterio
riojano donde se tradujo y llegó a San Salvador de
Oña. Allí se perpetuó en un fresco que nos resulta
de singular valor: se cubrió de yeso y ahora, al
restaurar el templo, han salido esas pinturas del
siglo XIV. Lo que resulta admirable es que el pintor
no seguía la Leyenda dorada de Jacobo de
Vorágine, sino el relato castellano en verso, como
creo haber probado. Y estaríamos con otro cabo que
anudar a nuestro ovillo: la vía de peregrinaciones
trajo monjes y atrajo gentes. Vamos teniendo unos
hitos: Sancho el Mayor en el siglo XI, Alfonso VI en
1074 (entrega de Nájera al Cluny) y en 1095 (fuero
de Logroño) han marcado una impronta decisiva:
florece un vulgar latín, pero también las lenguas
vulgares son capaces de crear cultura y se cumple
ese prodigio de traducir al rayar el siglo XIII y
con fidelidad admirable, un poema francés del siglo
anterior. Después, Berceo en esa gran encrucijada de
Europa que es el camino de Santiago: textos latinos,
conocimiento romance. Pero nada ha significado
ruptura: paso a paso hemos ido andando nuestra senda
y, al irradiar el texto poético sobre las pinturas
de Oña en el siglo XIV, cerramos nuestra
peregrinación.
Las conmemoraciones oficiales sirven
para despertar recuerdos dormidos. Pero pueden
desvirtuar la verdad con su reclamo y con la
obligación de dar precisiones. Nosotros no
necesitamos de ello; más aún, sabemos de su incierta
verdad. Y es lo que debemos decir desde esa
objetividad que pretendemos.
Bien poco hace sonaron todas las
alharacas: el milenario de nuestra lengua. Pero una
lengua no nace como un ser biológico; se taja el
cordón umbilical y tenemos un ser nuevo. La lengua
empieza siglos y siglos atrás, se elabora poco a
poco, crece, puede manifestarse, pero ni siquiera
entonces es una criatura distinta, pues seguirá
recibiendo influjos que siguen conformándola. Pero
no importa: la lengua no se lleva al registro civil
para que haya constancia de su ser. No sabemos dónde
nació (¿son los
serments de Strasbourg?, ¿las glosas
emilianenses), ¿la carta de Monte Casino?), ni
cuándo (la primera documentación no es el quejido de
la criatura alumbrada). Insisto, no importa: tenemos
unos datos de referencia y a ellos estamos
aduciendo. Un día dudoso, en un lugar incierto, de
un ignorado escriba se produjo el milagro. Y todos
los indicios nos llevan a una región en la que se
mantuvo la tradición visigótica, en la que se
intentó reconstruir el pasado anterior «como ideal
eclesiástico más que político». Esto, que es cierto,
asegura una continuidad que vino a servir a fines
culturales: preparación de los útiles para escribir,
técnica codicológica, arte de las miniaturas, tipos
de letra,
etc. Nada se improvisa ni nace de la nada:
ahí estaban los frailes riojanos en relación con el
arte de los mozárabes o sus conexiones con las
regiones peninsulares del Norte y su conocimiento de
Europa. Este fue el mantillo en el que se abrieron
otras flores, porque la Rioja -mil veces llamada
tierra de transición- recibía los bienes que con los
demás se compartían, que el saber es de todos y los
cabildeos lugareños no llegan a ninguna parte. Y así
empezaron los prodigios, no tanto por lo que
transitó, sino por lo que se afincó. Hombres que
hicieron pueblos sobre «fuego muerto» y que dieron
vida a Nájera, con lo que la vida no se interrumpía
y la reconquista de Sancho Garcés nos enseña algo
muy cierto: los vascones influyeron y desplazaron a
la tradición hispano-latina y visigótica que se
había transmitido hasta el siglo X. Y aquí tenemos
un momento clave: sobre un códice pirenaico un
estudiante riojano pone unas glosas. Estamos en un
cenobio con tradición latina, y aquel estudiante que
develó el gran misterio tenía dos registros de
lengua: uno culto, con el que tropezaba, y otro
vulgar, que le servía para aclarar dificultades.
Pero aquel hombre tenía, también, una lengua
familiar, en la que hablaba, y esa lengua tenía
rasgos castellanos y navarro-aragoneses. Además, se
ayudaba del vasco. Lo dijo hermosamente
Dámaso
Alonso: había nacido una lengua para hablar con Dios
y, si bajamos al mundo de las contingencias, esa
lengua era el español. Por la incorporación
unificadora de todos los elementos románicos y no
románicos en el doble registro latino.
Pero la reconquista necesita defender
sus tierras para que no vuelvan a ser perdidas, y
aumentar su producción y fijar a sus hombres. No
podemos desligar esto de lo que acabo de escribir.
Tras la bajada de los reyes pamploneses, otro rey
vascón desvía el camino de Santiago y otro da
carácter legal a los que se llamaron fueros de
francos. De nuevo Europa: porque si los
benedictinos del siglo X europeizaron, los
cluniacenses del XI luchan por la unidad de la
cristiandad y aquí se cumple el destino de
Occidente: nueva latinización y el aire de Europa
que entre a raudales. Surge así un cultismo
flagrante y un ennoblecimiento del arte popular. No
es contradicción, sino integración: riojano es el
primer poema hagiográfico de nuestra lengua, pero no
es posible una hagiografía sin cultura, y se da en
una región, si no en el mismo monasterio, donde se
inventarán supercherías eruditas como los votos de
San Millán de las que acaso no se vio libre algún
gran nombre de nuestra literatura. Pero si las
glosas fueron el primer tanteo lexicográfico en
romance, la vida de Santa María Egipciaca permitió
hacer el primer glosario bilingüe que conocemos de
dos lenguas vulgares. Y, como a finales del siglo X,
ahora, al empezar el XIII, gracias a la tradición
cultural que no se interrumpe y que sigue creando
manaderos de saberes. Hasta llegar a Berceo: el
poeta más latinizante de nuestra historia literaria
y, por otra parte, creador de una lengua poética en
romance al servicio de quienes, por no saber latín,
se creían incultos. Todo es coherente y lógico: la
tradición europea (latinizante y culta) era apoyada
por el rey para servir a su propio reino. Pero ese
mismo rey, se amparará en la lengua vulgar para
contar con unos vasallos que se identificarán con él
gracias al instrumento lingüístico que los une.
Todo esto se cumplió con la precisión
de las piezas movidas sobre un tablero de ajedrez.
Las cosas fueron así, y en la Rioja, porque todo se
había preparado para que el destino, fatal, se
cumpliera. Los vaivenes políticos una vez llevaron
hacia Navarra, y se escribieron las glosas
emilianenses; otras llevaron a Castilla, y vino la
europeización que hizo posible la obra de Gonzalo de
Berceo. No solitaria, sino ineluctable por cuanto ya
sabemos. El destino se había cumplido: en aquel
rincón encontramos el lógico testimonio de la lengua
española porque todo ayudó para que así fuera. En
aquel rincón escribe el primer poeta español porque
todo ayudó para que así fuera. Ni en un caso ni en
otro dados caídos al azar, sino resultado de una
partida sabiamente dispuesta. Ni las glosas ni
Berceo son, cronológicamente, los primeros. Las
glosas y Berceo son algo más: el testimonio de un
destino que tenía que cumplirse.
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