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Domus uenerabilis, domus gloriosa, domus admirabilis, domus
fructuosa, pirineis montibus floret sicut rosa, uniuersis gentibus ualde gratiosa.
Así arranca un poema de principios del siglo XIII compuesto con el fin
de cantar las alabanzas del hospital de Roncesvalles y de encomiar el
buen trato que los clérigos del lugar dispensaban a los peregrinos (1).
Al margen del empleo de los tópicos literarios al uso, este poema
evidencia la gran importancia que, para el peregrino, tenía la red
hospitalaria que recorría los distintos caminos de peregrinación a
Santiago de Compostela.
Es bien sabido que el peregrinaje a pie -sistema mayoritariamente
utilizado por los peregrinos jacobeos en la Edad Media- requería de un
notable esfuerzo físico por parte del viandante; éste llegaba al final
de muchas de sus jornadas de marcha con el cuerpo maltrecho y, en
especial, con los pies lacerados. Hambriento, tiritando de frío o
sufriendo un sol de justicia, muchas veces enfermo, el peregrino veía en
estos hospitales u hospederías una oportunidad de reponer fuerzas para
continuar su camino.
Sin embargo, hay que advertir que no todos los centros que acogían a los
peregrinos tenían el mismo prestigio del que gozaba el hospital de Roncesvalles, o el gran hospital burgalés que ordenaron erigir Alfonso
VIII de Castilla y su esposa la reina Leonor o, ya en los estertores de
la Edad Media y en los inicios del periodo moderno, el alcanzado por el
gran hospital real que los Reyes Católicos mandaron edificar en la
propia Compostela. No todos eran así y no todos los peregrinos tenían la
fortuna de encontrarse, al final de cada una de sus jornadas de largo
caminar, con instituciones como las antes citadas. Para aclarar la
disparidad de posibilidades de acogida que un peregrino se encontraba
por los caminos, creo pertinente empezar por hacer una breve historia de
la hospitalidad en relación con los peregrinos.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento encomian la bondad de la
hospitalidad. Las reglas monásticas, por su parte, convierten esta
querencia hospitalaria en una de sus principales señas de identidad. Es
bien conocida la especial atención que Benito de Nursia prestó a este
apartado a la hora de redactar su regula. También las reglas hispánicas
-la regla de Isidoro y la de Fructuoso- señalan que sus monjes han de
atender a los viandantes y a los enfermos. El esmero con el que los
monjes hispanos se dedicaron a estos menesteres puede explicar uno de
los cánones aprobados en el III Concilio de Zaragoza del año
691, que trataba de limitar el hospedaje en los monasterios únicamente a
los clérigos; el título del mismo me ahorra hacer mayores comentarios al
respecto; dice así: "Para que los monasterios no se conviertan en
mesones de seglares".
No estamos bien informados sobre los orígenes de la hospitalidad
relacionada ya, directamente, con el peregrinaje a Compostela. Éste
comienza a desarrollarse con pujanza desde el siglo X y quizá pueda
señalarse el reinado del Alfonso III (866-910) como el momento en que la
peregrinación jacobea cobra su primer gran impulso, no sólo desde el
ámbito regional sino también internacional. Ello supone que, por esos
tiempos, también la hospitalidad cobró una dimensión mayor que la que
tenía hasta entonces. En una donación del propio rey Magno a la iglesia
de Compostela, datada en el año 899, nos encontramos con una claúsula
diplomática que alude a la bondad de acoger a pobres y peregrinos. Éste
es, quizá, el primer testimonio que vincula Compostela con la
hospitalidad. Coetáneamente, el cuarto obispo iriense-compostelano,
Sisnando I, parece haber fundado el primer hospital en Santiago (2).
Posteriormente, en la segunda mitad del siglo X, y ya alejados de
Galicia aunque vinculados a la ruta jacobea que se va consolidando como
preferente, se fundan sendos hospitales para la atención de peregrinos
en Sahagún y en las cercanías del monasterio de Cardeña.
Pero es a partir de mediados del siglo XI cuando tanto la peregrinación
como los esfuerzos hospitalarios para atenderla conocen un impulso
definitivo. De hecho, y siguiendo una vez más a Uría, es en el año 1047
cuando encontramos documentada por vez primera una hospedería vinculada
clara y específicamente con la recepción y atención a los peregrinos a
Santiago.
Hay una serie de factores que explican por qué se produce esta explosión
de la peregrinación a Santiago en estos momentos. En primer lugar,
porque el Occidente europeo conoce, por estas fechas, la eclosión de un
sistema social-el feudalismo- que está favoreciendo un importante
despegue productivo de los campos europeos que, a su vez, permitirá una
mayor división del trabajo, un mayor desarrollo mercantil y estimulará
el renacimiento -cuando no un real alumbramiento en algunas regiones- de
la vida urbana. Por otro lado, la batalla de Tamarón consagra el ascenso
al trono leonés de la dinastía navarra que arranca con Fernando I. Desde
Castilla hasta Galicia gobierna este monarca cuya influencia llega hasta
el reino de Navarra; el nuevo rey era un hombre muy vinculado al
espíritu e influencia de la gran abadía de Cluny que, como es bien
sabido, pugnaba por establecer un nuevo código espiritual y político en
el que la peregrinación a Compostela va a ser una de las piezas clave.
Con este trasfondo, y tal y como expone Martínez García (3), se va
formando de un modo planificado, a lo largo de la segunda mitad del
siglo XI, una primera red asistencial tanto en el reino navarro como en
el castellano-leonés. Esta primera oleada de fundaciones hospitalarias
estaba definida, según el citado historiador, por su carácter
afrancesado, por ser mayoritariamente iniciativas salidas del mundo
monástico y por la intención de ofrecer una cobertura hospitalaria
integral para los peregrinos. No conviene olvidar, con todo, que en este
periodo también se producen fundaciones episcopales -como las leonesas
promovidas por los obispos Pelayo y Pedro- y otras más o menos alentadas
por los propios reyes.
Pasado el tormentoso primer tercio del siglo XII, la peregrinación a
Santiago va a alcanzar su punto culminante y este cénit jacobeo se va a
prolongar hasta mediados del siglo XIII. A lo largo de este periodo se
observa que el interés por dispensar un trato hospitalario a los
peregrinos ya no es sólo un asunto de monjes. Muchos más obispos que en
la etapa anterior no dudaron en fomentar toda suerte de instituciones
hospitalarias, como el remozado hospital de Santiago con el que Gelmírez
da sus primeros pasos en la vida pública y también se constata una
creciente preocupación de los distintos monarcas hispánicos por atender
a los peregrinos; el caso quizá más importante lo encarne el magnífico
Hospital Real de Burgos, fundado por Alfonso VIII de Castilla, que en su
momento parece haber sido el complejo hospitalario más importante y
mejor dotado de todos los existentes en las Españas.
En esta época también las órdenes militares irrumpen en el campo de la
atención hospitalaria a los peregrinos. Los templarios y los
hospitalarios de San Juan de Jerusalén están presentes a lo largo del
Camino aunque es en los tramos más inseguros de Burgos o de Tierra de
Campos donde su función hospitalaria y militar se hace más patente.
También la orden italiana de Santiago del Alto Paso contó con un
hospital en Astorga que, posteriormente, pasará a manos de una cofradía
local. De las órdenes militares hispánicas sólo la de Santiago parece
haber estado implicada en la promoción de la peregrinación a Santiago,
aunque su alejamiento de las principales rutas jacobeas mitigó bastante
el valor de su aportación en este campo.
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Es en esta época cenital de la peregrinación cuando se ve con mayor
claridad la importancia social y económica que ésta tiene. El gran éxito
de la peregrinación motivó que en torno a los peregrinos fuera a surgir
una variadísima gama de intereses económicos, que puede ser analizada en
toda su dimensión en la propia ciudad de Compostela. La recepción de
peregrinos no fue ajena a esta explosión de intereses materiales y
mercantiles que rodearon al fenómeno jacobeo en el Santiago de esta
época. El famoso sermón Ueneranda dies del Liber Sancti Iacobi
describe toda una serie de prácticas y de usos de los hospederos
compostelanos que, al margen de la hospitalidad caritativa, se dedicaban
también a estos menesteres aunque desde una perspectiva comercial. Las
trapacerías que el autor del sermón les atribuye a los hospederos y
posaderos compostelanos podrían equipararse a las propias de los
timadores y truhanes "profesionales" que siglos después veremos
reflejadas en la literatura picaresca. Es probable, pese a todo, que no
estemos ante una descripción absolutamente exacta de la realidad
histórica, ya que el carácter eminentemente moralizador del texto pudo
haber contribuido a exagerar algunas malas costumbres de los hospederos
de Santiago (4). Conviene no olvidar, además, que junto a esa oferta
privada y de dudosa calidad, la ciudad del apóstol ofrecía a los
peregrinos muchas otras posibilidades de alojamiento durante sus -parece
que- cortas estancias en la urbe jacobea; además del viejo hospital que
había reedificado Gelmírez, hay que tener en cuenta que tanto las
iglesias como los monasterios de la ciudad y de sus arrabales cumplían
funciones hospitalarias y ésa es quizá la razón por la que el autor del
libro V del Liber Sancti Iacobi los incluye en su descripción de
Santiago (5).
A partir de mediados del siglo XIII y hasta finales de la Edad Media, la
peregrinación a Santiago comienza un lento declinar. En él concurren
tanto razones económicas como espirituales. En efecto, la ruta francesa
había sido, hasta entonces, el principal eje comercial que recorría
buena parte de la península Ibérica desde el este hasta los confines
occidentales. Los grandes avances territoriales que las monarquías
occidentales consiguen en la primera mitad del XIII van a contribuir
poderosamente a que se vayan perfilando unos nuevos ejes comerciales que
van del norte al sur. Por otra parte, la espiritualidad de esta época es
muy distinta de aquélla otra que comandaba los espíritus cristianos en
los tiempos esplendorosos de la peregrinación; en este nuevo modelo la
peregrinación ha perdido algo de su carácter devocional para revestirse
con un carácter más utilitario (6). A la par que el propio talante e importancia de la peregrinación, las
prácticas hospitalarias también van a cambiar a lo largo de este
periodo. Desaparecen casi completamente -excepto al llegar al reinado de
los Reyes Católicos- los grandes proyectos hospitalarios y, en su lugar,
lo más característico de este momento es la proliferación de pequeños y
modestos hospitales erigidos por laicos, cuya fundación parece responder
tanto al deseo de atender a los peregrinos como de ser testimonios
perennes de la bondad y magnificencia de sus fundadores. Aun así,
conviene recordar que los franciscanos promueven algún hospital en los
siglos XIV Y XV y que en la propia ciudad compostelana se va a construir
un nuevo centro de este tipo en 1333.
Pero abandonemos la perspectiva cronológica y tipo lógica y centrémonos
en conocer cómo era la asistencia recibida por los peregrinos en esta
variada gama de hospitales y a lo largo del periodo medieval. Lo primero
que se puede decir es que, volviendo al principio de nuestro texto, hay
casi tantos tipos de asistencia hospitalaria como instituciones
hospitalarias. Hay algunos, como el hospital de Roncesvalles, que se
ganaron una merecida fama por la variedad de servicios y atenciones que
sus clérigos dispensaban a los peregrinos: según canta el poema
laudatorio del hospital navarro, allí los peregrinos recibían un lavado
y corte del cabello, además de un afeitado, les eran curados los pies,
se les ofrecía una alimentación más o menos esmerada por algunos días,
podrían descansar en camas y, además, obtenían atención espiritual.
Pero lo más frecuente era que, en la inmensa mayoría de los hospitales y
sobre todo en los de menor entidad, el peregrino se tuviera que
contentar con dormir bajo techo, quizá en una cama compartida con otro
viandante y con comer algo, aunque esto último no siempre ocurría y sin
duda nunca del mismo modo, pues dependía del estado de las finanzas de
la casa en que se hubieran acogido los peregrinos. En muchos centros,
sobre todo en los monásticos, al peregrino le eran lavados los pies;
ésta era una práctica en la que, como bien dice Uría, confluían un acto
de simbolismo caritativo de fuertes ecos bíblicos junto con una
costumbre higiénico-sanitaria de cierta importancia para restañar, en la
medida de lo posible, los siempre maltrechos pies del caminante.
¿Eran recibidos por igual todos los peregrinos en los centros de
acogida? Obviamente, no. Desde época bastante antigua se distingue
claramente entre la acogida y trato que se ha de dispensar a las
personas importantes y el debido a los transeúntes pobres. Gracias a una
norma cluniacense del siglo XI, sabemos que esa distinción tiene su
correspondiente reflejo en la organización interna de los monasterios de
la órbita borgoñona: el elemosynarius era el encargado de recibir
a los viajeros a pie, mientras que con el nombre de custos hospitum
se denominaba a la persona que atendía y acomodaba a los que llegaban a
las puertas del cenobio montados a caballo. Posteriormente, a partir del
siglo XIII, y al menos en los monasterios benedictinos, se van
distinguiendo dos obediencias que, hasta ese momento, estaban más o
menos solapadas, como eran la de la alberguería y la de la enfermería;
en esta división de funciones quizá podamos entrever ese trato
discriminatorio para con el peregrino según su origen social al que nos
estamos refiriendo.
No tenemos demasiadas noticias sobre este particular en relación con el
Camino de Santiago, pero no hay por qué suponer que éste haya sido una
excepción al respecto. De hecho Uría recoge algunos documentos en los
que se informa de este trato hospitalario discriminatorio. En un sentido
semejante hay que entender otra información
transmitida también por Uría; el rey castellano Alfonso XI interviene en
las Cortes de Burgos de 1315 para protestar porque los caballeros se
alojaban en los hospitales y desalojaban de éstos a los pobres allí
hospedados. Muchos hospitales también hubieron de enfrentarse con
otro problema en relación con la selección de los peregrinos. Se trataba
de saber quiénes de los llegados a sus puertas eran auténticos
peregrinos jacobeos y cuáles eran los suplantadores o bigardos que
buscaban el acomodo en estas instituciones sin merecerlo y que tantas
veces son denunciados en textos relacionados con el mundo de la
peregrinación. Para intentar paliar en la medida de lo posible este
problema, va a surgir toda una serie de signos de identificación del
peregrino. El más conocido y popular -a la par que objeto de un activo
comercio y también de no pocos fraudes- fue el de la concha de vieira,
que iba cosida a la capa del peregrino. En las excavaciones realizadas
en el subsuelo de la Catedral compostelana se halló una de estas
conchas-insignia que parece datada antes del año 1120. Tienen el mismo sentido los sellos de peregrinos que nos
encontramos a partir de la segunda mitad del siglo XII y que ha
estudiado Faustino Menéndez Pidal (7), como los acuñados en Santo
Domingo de la Calzada o en Villalcázar de Sirga y que, a la par que
adornos, validaban a quien los portaba como un peregrino que había
pasado por esos lugares de camino a Santiago de Compostela. Otro de los objetos más frecuentemente asociados con el
peregrino es el bolso de forma rectangular, la esportilla, que
desde el siglo XIII se convirtió en uno de los emblemas utilizados con
mayor frecuencia para sugerir la idea de la peregrinación.
NOTAS
(1) Publicado en L. Vázquez de Parga, J. M. Lacarra
y J. Uría,
Las peregrinaciones a Santiago de Compostela.
Madrid, 1949. vol. III, pp. 66-70.
(2) Cfr. F. López Alsina,
La
ciudad de Santiago de Compostela en la Alta Edad Media.
Santiago, 1988, pág.189.
(3) A quien sigo básicamente en su propuesta de periodización de la hospitalidad, sus agentes
y
modos; cfr. L. Martínez García,
«La asistencia
hospitalaria a los peregrinos en Castilla
y
León durante la Edad Media», en
Vida y peregrinación. Madrid, 1993,57-69.
(4) Cfr. E.
Portela, Ma C. Pallares, «Al final del
Camino. La acogida de peregrinos a Compostela", en
Vida y peregrinación. Madrid,
1993, 169-181.
(5) Cfr. M. C. Díaz
y
Díaz, «Santiago
y el Camino en la literatura
del siglo XII», en De Santiago y de los caminos
de Santiago. Santiago, 1997, 225-238.
(6) Cfr. L. Martínez García, op.
cit.
(7) F. Menéndez Pidal de Navascués, «Emblemas de
peregrinos y
de la peregrinación a Santiago», en H.
Santiago-Otero (coord.), El Camino de Santiago, la hospitalidad
monástica y las peregrinaciones. Valladolid,
1992.
BIBLIOGRAFÍA
M.
C. Díaz
y Díaz,
De
Santiago y de los caminos de Santiago. Santiago,
1997.
Santiago, Camino de Europa. Culto y Cultura en la
peregrinación a Compostela. Santiago, 1993.
H.
Santiago-Otero (coord.), El Camino
Santiago, la hospitalidad monástica y las peregrinaciones.
Valladolid, 1992.
L.
Vázquez de Parga, J. M. Lacarra
y J.Uría,
Las peregrinaciones a Santiago de Compostela,
Madrid, 1949.
Vida y peregrinación. Madrid,
1993.
Hospitalidad con el peregrino
JOSÉ MIGUEL ANDRADE CERNADAS Universidad de Santiago de Compostela
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