Traducción al castellano de la frase. José Ortiz Echagüe (1886-1980),fotógrafo español. "Profesión en la sala capitular. Las Huelgas. Burgos"  

Catálogo general

 

 

FÁTIMA CARRERA DE LA RED

(San Pedro de Valderaduey -León-, 1957)

Catedrática de Escuela de Lengua Española de la Universidad de Cantabria. Es especialista en Lingüística Aplicada y Onomástica (Toponimia y Antroponimia), campos en los que actualmente trabaja, y en los que ha publicado numerosos trabajos. Entre ellos destacan su monografía dedicada a las expresiones causativas en la obra de Gonzalo de Berceo (Las expresiones causativas en las obras de Gonzalo de Berceo, IER, Logroño, 1982) y sus estudios sobre la toponimia de una extensa zona de la provincia de León (Toponimia de los Valles del Cea, Valderaduey y Sequillo, Institución Fray Bernardino de Sahagún, León, 1988).

 

AVELINA CARRERA DE LA RED

(Valladolid, 1961)
Profesora Titular de Filología Latina de la Universidad de Valladolid. Especialista en Humanismo renacentista, ha publicado diferentes trabajos que buscan, ante todo, la caracterización de este movimiento cultural europeo. Con atención preferente a la edición de textos de humanistas españoles, entre sus obras destaca la primera edición que se ha hecho del Diccionario médico de Antonio de Nebrija (Antonii Nebrissensis Dictionarium medicum. Introducción, edición critica y glosario, Salamanca, 2001). Igualmente ha trabajado, y trabaja en la actualidad, con textos hagiográficos, medievales y renacentistas.

 

II. BERCEO Y EL MS. THOTT 128 DE COPENHAGUE

 

II.1. Berceo y las colecciones marianas medievales

     En la hagiografía española hay tres colecciones de milagros marianos semejantes a las que circulaban por Europa en los siglos XII y XIII. Se trata del llamado Liber Mariae de Juan Gil de Zamora, los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo y las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio.

     Por tratarse de una de las mejores muestras literarias de la primitiva lengua castellana, quizá la que más interés ha despertado haya sido la obra rimada por Berceo en el s.X111, y por esa razón ha habido gran empeño, desde hace años, en averiguar las fuentes de donde tomó el poeta emilianense las historias de sus Milagros.

     Al carecer de antecedentes hispanos en la materia, en un primer momento se relacionó a Berceo con tres obras mariales de sus contemporáneos europeos: Les miracles de Nostre Dame de Gautier de Coinci (1177-1236), que tenía en común con Berceo no sólo la temática de muchos de sus milagros, sino el haberlos parafraseado en verso y en lengua romance; el Speculum Historiale de Vicente de Beauvais (t1264) y la Legenda Aurea de Jacobo de la Vorágine (t1298). Las coincidencias con estos autores eran sólo parciales y nunca del todo convincentes para explicar la obra de Berceo.

     En 1781 publicó B. Pez dos opúsculos, contenidos en sendos manuscritos; uno de ellos contenía la Venerabilis Agnetis Blannbekin ...Vita et revelationes, de autor anónimo; el otro se titulaba Liber de Miraculis Sanctae Dei Genitricis Mariae, atribuido al monje benedictino Botho o Potho de Punveningen (Priflingen, más tarde ), cerca de Ratisbona. Con este Liber a la vista, en 1877 A. Weber llamó la atención sobre el hecho de que (excepto el 14, que no está en Berceo) 16 de los 17 primeros milagros de la colección de Pez coinciden en el contenido y en el orden con los 16 primeros de Berceo I. Era un primer paso para llegar a las fuentes que se buscaban.

     A. Mussafia en sus Studien apuntó cinco manuscritos latinos que debían tenerse en cuenta para encontrar las fuentes directas de los Milagros del poeta riojano. Los cuatro primeros códices señalados por Mussafia eran cuatro manuscritos parisienses y el quinto era precisamente el Ms. Thott 128 de Copenhague.
     Conociendo la colección de Pez y los datos que proporcionaban Weber y Mussafia, el alemán R.Becker publicó su obra Gonzalo de Berceo's Milagros und ihre Grundlagen mit einem Anhange. Mitteilungen aus der lat. Hs. Kopenhagen Thott 128 (Universidad de Estrasburgo, 1910).

     En ella transcribe los 28 primeros milagros del Códice, coteja su contenido con el de la colección de Pez y el de Berceo y concluye que si bien es verdad que entre Pez y Copenhague hay una gran proximidad, al igual que entre Pez y Berceo, la mayor identificación, de hecho una identificación casi total, se da entre Copenhague y Berceo : de los 25 milagros de Berceo, 24 se encuentran en el Ms. de Copenhague con el mismo contenido y en idéntico orden; solamente cuatro de los milagros del Manuscrito no aparecen en Berceo (16,22,25 y 26).
     Las correspondencias entre las colecciones de Copenhague, Pez y Berceo se pueden ver en el cuadro siguiente:

 

     Del análisis del cuadro se extraen algunas conclusiones:

1º. Los tres coleccionistas han tenido una fuente paralela para el bloque de milagros 1 al 13.

2°. En el resto de los milagros (14 al 28), Pez ha omitido tres y los demás los presenta en otro orden, si bien se observan tres grupos que se mantienen unidos, 15-17, 22-24 y 27-29, lo que manifiesta también para esta parte indicios de una fuente común.

3°. Pez y Berceo, fuera del grupo 1-13, tienen poco en común.

4°. La correspondencia entre Berceo y el Ms. de Copenhague es evidente: excepto los milagros 16, 22, 25 y 26 de Copenhague, el resto se encuentran en Berceo y en idéntico orden.

     R. Becker, el primero que estudió el texto del Ms. Thott 128 y comprobó la coincidencia de datos, señala, creemos que con razón, que por lo menos un manuscrito. emparentado muy de cerca con el de Copenhague le ha servido a Berceo como modelo 2.

     A.G. Solalinde, gran difusor de los Milagros de Berceo con su edición de 1922, acepta como definitiva la tesis de Becker 3 .

     B. Dutton, al tratar en la introducción a su edición crítica de los Milagros sobre las fuentes de las que se pudo servir Berceo, asienta los puntos siguientes:

1°. El Ms. Thott 128 no es la fuente directa de Berceo, sino que Berceo y el Ms. Thott 128 tuvieron una fuente común.

2°. Parece probable que Berceo tuviera en sus manos una colección de Miracula, perteneciente a la familia Thott, compilada o adaptada para el culto de la Virgen (de San Millán) de Yuso.

     En cuanto al primer punto, Dutton no añade nada nuevo sobre lo dicho por Becker, pero reedita, dándolo a conocer entre nosotros, el texto latino del Códice de Copenhague en los 24 milagros de Berceo. La transcripción de Dutton elimina bastantes errores de la edición de Becker, aunque mantiene no pocos de carácter menor.

     En lo que respecta al empleo por parte de Berceo de una colección de milagros marianos probablemente compilada en San Millán, Dutton razona este aspecto con argumentos externos a la obra del poeta. El primero es una frase del monje Fernando, contemporáneo de Berceo y autor de un libro sobre los milagros de San Millán, en cuya primera recensión se lee: Notandum quod est liber scripture Beate Marie ("Es de notar que hay un libro escrito de Santa María ..."). Cree Dutton que este Liber ...Marie pudo contener ciertos himnos marianos que él publica y otras "obras marianas en latín que Berceo tradujo al castellano" (p.12). Entre ellas bien pudiera haber una colección de Miracula.

     Por otra parte, Fernando en la introducción que hace a los Milagros de San Millán se sirve de la alegoría del prado esmaltado de flores, lo que hace pensar que en San Millán pudo haber una colección de milagros con una introducción que sirviera de falsilla tanto para Fernando como para Berceo. Sobre esto volveremos más adelante.

A estos apuntes del investigador inglés, podemos añadir una serie de apreciaciones más concretas, derivadas del examen que hemos hecho del Ms. Thott 128, tratando de aclarar la postura de Berceo en relación con el texto de Copenhague y otras colecciones.

     Parece claro que el autor del Ms. Thott 128 lo compuso yuxtaponiendo en tres bloques milagros que tomó, también en bloque, de tres fuentes distintas, una colección universal europea, una colección de milagros rimados y una colección de milagros locales. La fuente de este primer bloque es aprovechada por Berceo para tomar de ella sus 24 milagros de los 28 que probablemente la componían, pero también fue tomada en su totalidad para formar con ella la primera parte del Ms. Thott 128. Por esto y por otros caracteres paleográficos, puede suponerse que Berceo no conoció el Códice de Copenhague sino otro que contendría los 28 milagros que más tarde se copiarían también en este Códice.

     Para saber si Berceo siguió sólo a la fuente común o se sirvió igualmente de otras colecciones que tuviera el Monasterio de San Millán, hemos recurrido a argumentos de orden interno, fundados en el análisis de la propia obra del vate riojano. El resultado de este análisis se refleja expresamente en el estudio de cada uno de los milagros, resaltando los añadidos de Berceo, las alteraciones y omisiones en relación con el Manuscrito de Copenhague, como se puede comprobar en el estudio que ofrecemos de cada milagro en particular.

     En general, y como visión de conjunto, podrían adelantarse los siguientes datos:

     Berceo no hace suyos los prólogos que el original trae con mucha frecuencia, advertencias que los autores hacían a sus oyentes llevando el milagro a otros ambientes o a consideraciones de circunstancias particulares. Él prefiere como introducción dirigirse en directo al auditorio llamando su atención con un vocativo: Amigos e vasallos de Dios omnipotent; Amigos, si quisieredes un poco esperar; Sennores e amigos; Sennores, amigos.

     La escueta introducción del Códice la sustituye por una introducción magistral, de la que hablaremos más adelante. En el milagro 6, "El ladrón devoto", omite un prólogo que arranca con unas frases del papa San Gregorio. En el 17, "La iglesia profanada", elimina la introducción sobre la severidad que la Virgen manifiesta frente a quienes la menosprecian. En el 18, "Los judíos de Toledo", pasa por alto una introducción exhortatoria sobre el amor a María, que arrancaba de Guillermo de Malmesbury. En el 21, "La abadesa preñada", sustituye los prolegómenos de su fuente sobre María, médico y medicina de las almas por otros en que se canta, seguramente siguiendo a otro autor, la edad dorada en la que los cristianos eran sencillos, veraces y bondadosos entre ellos. En el 22, "El náufrago salvado", no se interesa, como lo hace el Ms. Thott 128, por hacer saber a sus oyentes que dos abades solían contar sendos milagros que la Virgen había hecho en medio de los mares. En el 23, "La deuda pagada", no describe de entrada el viaje que llevó hasta Bizancio a un arcediano de Lieja y cómo allí le contaron el milagro que va a narrar. Finalmente, en el 24, "El milagro de Teófilo", elimina el inicio con la referencia histórica a la época en la que ocurrió el hecho, en los tiempos anteriores a la invasión del Imperio Bizantino por los persas.

     Esta actitud de suprimir prólogos e introducciones lo aparta de las colecciones de la familia Thott y a la vez hace más probable su conexión con otras colecciones (y son muchas) que tampoco mantuvieron el cliché del modelo de Copenhague en sus preámbulos.

     Pequeños detalles permiten suponer que Berceo tenía a la vista una colección o varias, de las muchas que van apareciendo en su momento dentro y fuera de España. Por ejemplo, en el milagro 23, "La deuda pagada", al comerciante cristiano se le llama Don Valerio (en el texto de Copenhague no se le da ningún nombre, en Poncelet se nombra como Teodoro ); en el mismo milagro, tal como lo presenta Berceo, después de haber hablado en todo momento de una imagen de María con el Niño en los brazos, inesperadamente quien da testimonio en defensa del cristiano deudor es un Crucifijo, lo que no aparece en el texto de Copenhague.

     Igualmente Berceo cambia la estructura y altera la secuencia de las escenas en relación con el Thott 128 en algunos milagros, como el 10, "Los dos hermanos", el 19, "Un parto maravilloso" y el 24, "El milagro de Teófilo".

     En el milagro 8, "El romero de Santiago", se adivina una fuente española o se supone una adición de Berceo 4; las versiones extranjeras cierran la narración con la resurrección del degollado y su decisión de hacerse monje de Cluny. Berceo, en cambio, lo hace llegar a Compostela y son precisamente los compostelanos quienes deciden poner el milagro por escrito:

 

Dicién: «Estatal cosa        deviemos escrivilla,
los que son por venir,        plazralis de oílla». (215 c d)

 

     Tampoco resulta tan difícil de imaginar que Berceo se sirviera de diferentes colecciones de milagros, sabiendo que disponía de una de las mejores bibliotecas de su tiempo y que las colecciones marianas abundaban con exuberancia en milagros.

      Se plantea la cuestión de por qué el poeta de San Millán omitió cuatro de los milagros que tenía delante, tal como aparecen en el Ms. de Copenhague. En primer lugar, no se puede afirmar rotundamente que su auténtica fuente los tuviera, aunque es muy probable que así fuese. En segundo lugar, para la supresión de alguno de ellos puede haber una explicación concreta; así, se suprimiría el milagro 26, Completas, porque la colección original iba dirigida específicamente a monjes y clérigos, quienes rezaban el Oficio Mariano, pero no le debía de parecer a Berceo un tema suficientemente interesante para el pueblo. El milagro 25, Una tempestad en el mar de Bretaña, pudo ser omitido porque le bastaba al riojano con el milagro 24 del Códice, Un naufragio en el Mar Mediterráneo, con un relato más espectacular y difundido en Europa. Para la omisión del milagro 16, Murieldis, y del 22, Un niño vuelto a la vida, hemos de acudir a la razón última, o sea, a la voluntad de quien seleccionaba, utilizando el privilegio de escoger según sus preferencias, tal como hacían todos los autores. Si tomamos como tipo los 28 primeros milagros del Ms. Thott 128, observamos cómo en cada autor aparecen constantemente en número variable: De los 28, se encuentran 17 en Guillermo de Malmesbury, 21 en Volperto, 25 en Pez, 12 en Cesáreo de Heisterbach, 11 en Vicente de Beauvais, 11 en la Legenda Aurea, 25 en Gil de Zamora, 22 en las Cantigas de Santa María y 24 en Berceo 5.

     Este repaso a las colecciones del resto de Europa, debe completarse -como se está haciendo en investigaciones recientes- con un cotejo de la obra de Berceo y las ya citadas colecciones peninsulares.
El Ms. 110 de la Biblioteca Nacional de Madrid es un Códice misceláneo del s.XllI, compuesto por 239 folios. Contiene el Evangelio apócrifo del Nacimiento de María (fols.1r- 7v); 47 milagros de la Virgen anónimos (fols. 7v-81 v); el Libellus de miraculis beatae Mariae de Hugo Farsito, en el que se incluyen dos que no son de esta colección -uno de ellos el milagro de Teófilo- (fols. 81v-114v); y una copia incompleta de las partes I y II del Liber sancti Iacobi, tal como lo transmite el Codex Calixtinus (fols. 115r-238v). La numeración consecutiva de los capítulos de las tres primeras obras indica que éstas fueron concebidas con un criterio de uni-dad temática, la referencia a la vida y milagros de la Virgen María. El Códice es probablemente obra de un solo escriba. Muestra numerosas inscripciones marginales en francés, lo que podría significar el origen galo de su compilador. Los prefacios de este Manuscrito y el Thott 128 son idénticos y las coincidencias en los 27 milagros comunes, prácticamente totales. De los 25 milagros de Berceo, sólo el último, "La iglesia robada", no se encuentra en el Ms. de Madrid 6.
     El Ms. Alcobacense 149 de la Biblioteca Nacional de Lisboa es un Mariale, compuesto y divulgado entre los siglos XII y XIII (en el s.XV se le añadió una breve Ars acentualis). Son 179 folios, divididos en diferentes cuadernos. Se recogen en ellos, entre otras composiciones marianas, 49 milagros, el último de los cuales (De quodam paruulo, un niño curado en Espira) está separado de los restantes por la obra de Hugo Farsito, Libellus de miraculis beatae Mariae virginis in urbe Suessionensi. Los 17 primeros milagros representan la colección HM. Otros 2, el 46, De miraculo in Chiuiaco acto, y el 47, De eo qui pedem et crus perditum Sancta Maria restituit, son obra de Guiberto de Novigento. Tiene una gran proximidad formal con el Thott 128, en aquellos milagros en que coinciden. La obra de Berceo recrea 24 milagros de esta colección (el milagro 25, "La iglesia robada" es, al igual que en las demás, el único que carece de correspondencia en el Ms. Alcobacenser.

     El Códice 879 del archivo de la catedral de Zaragoza es un misceláneo de cuyo primer texto, que ocuparía los 79 folios iniciales, sólo se conserva un breve fragmento. Los Milagros de la Virgen se extienden desde el folio 293v al 311r. Son 28 milagros marianos. Como vemos, coincide en el número de milagros con el Thott 128 y un cotejo con éste muestra enormes similitudes; sólo variantes ortográficas o leves alteraciones en el orden de palabras se comprueban en los milagros comunes. El primer bloque de milagros de este Códice se abre en esencia con la colección HM, 17 milagros, de los que el Thott omite el 14, De linteolo post infectionem per matrem candoris candidato, también ausente en Berceo; tampoco recoge este autor el milagro 17, De muliere que sensum amissum recepit, con el que se cierra la colección HM (el milagro de Murieldis). A estos 17 milagros, el Códice de Zaragoza añade otros 11, presentes en su mayoría también en Thott 8.

      En el estudio particularizado de cada uno de los milagros de Berceo, señalamos las referencias de estos manuscritos más importantes, a nuestro juicio, en lo que se refiere a su relación con el texto del poeta riojano. De gran ayuda para este cotejo ha sido el realizado por F. Baños en su edición de los 24 milagros del Ms. de Madrid coincidentes con los de Berceo en su edición crítica de los Milagros.
     
Algunas expresiones precisas parecen afirmar una mayor proximidad del Ms. de Madrid a la obra de Berceo. También se ha señalado que las coplas 104 y 155 reflejan más fielmente la redacción del Ms. de Madrid que la de los otros, así como el título del milagro 2, «La abadesa preñada» y el tono general de este milagro, más desenfadado en Berceo y el Manuscrito madrileño que en los Manuscritos de Lisboa y Copenhague 9.

     Pero en general, la conclusión sería una coincidencia casi total, excepto en divergencias puntuales, de tipo eminentemente gráfico-morfológicas.
     Reproducimos en la siguiente tabla las correlaciones de Thott 128, Berceo y las colecciones peninsulares de las que hemos tratado:

 

 

 

 

     A la vista de este cuadro, como conclusión general, podemos afirmar con F. Baños que «la deuda de Berceo se remonta no ya a un texto latino concreto, sino a la tradición de las colecciones de milagros, del mismo modo que sus vidas de santos son una contribución a un género ya muy antiguo del que existía plena conciencia», sin renunciar nunca a reconocer la enorme creatividad que el riojano manifiesta en toda su obra 10.

 

 

 

II.2. La redacción de Berceo y su cotejo con el Ms. Thott 128

 

     R. Becker ofrece en su trabajo, además de la edición del Manuscrito latino, un breve estudio de los 24 milagros de Berceo, con un resumen de su contenido y un análisis comparativo en el que señala los puntos que el riojano omite, altera o añade al texto de Copenhague. Quizás peque de ser excesivamente escueto, pero marca un camino muy útil para conocer en profundidad Los Milagros de Nuestra Señora.

     B. Dutton se ocupa de darnos el texto crítico de Berceo, seguido de unas sucintas notas críticas al texto. Reproduce el texto latino de Copenhague (sólo 24 milagros) e igualmente realiza un cotejo entre el texto de Berceo y su fuente latina.

     Nosotros, tomando como base estos análisis anteriores y, sobre todo, partiendo de las propias obras, intentamos completar las apreciaciones de ambos autores, extendiéndolas a puntos más numerosos, tratados de modo más amplio y acercando el comentario al ambiente socio-cultural de aquella época en Castilla y la Rioja. En algunos casos especialmente significativos para la mejor comprensión de la obra de Berceo nos referimos a las anteriormente citadas colecciones peninsulares, Ms. 110 de la B.N. de Madrid, Ms. Alcobacense 149 de la B.N. de Lisboa y Codex 879 del Archivo de la Catedral de la Seo de Zaragoza, mostrando la estrecha proximidad de Berceo a estas colecciones, señalada ya por F. Baños en su edición de los Milagros.

 

 

 

NOTAS

 

1.  A. WEBER en Zeitschriff für roman. Philologie 1,1877

2. BERCEO, Becker, p.5

3. GONZALO DE BERCEO, Milagros de Nuestra Señora, ed. A. GARCÍA SOLALINDE Clásicos Castellanos, Madrid, 1922.

4. Milagros de Nuestra Señora, ed. A. GARCÍA SOLALINDE, ed. cit., p. LVI

5. Para estas referencias, cf. PONCELET , Index.

6. Cf. R. KINKADE, «A New Latin Source for Berceo's Milagros: Ms. 110 of Madrid's Biblioteca Nacional», Romance Philology XXV (1971), pp. 188-192.
7. Cf. A.A. NASCIMENTO, «Testamunho Alcobacense de Ponte Latina de Los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo», Revista da Biblioteca Nacional I (1981), pp. 41-43.

8. Cf. W J. LACARRA DUCAY, «El códice 879 del archivo de la catedral de Zaragoza y los "Milagros de Nuestra Señora" de Gonzalo de Berceo», Príncipe de Viana XLVll, 2 (1986), pp. 387-394.
9. Cf. J. MONTOYA MARTÍNEZ, «El ms. 110 de la Biblioteca Nacional de Madrid: ¿un texto más próximo a Berceo?», Actas dell  Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, ed. V. BELTRAN, Barcelona, 1988, pp. 445-451.

10. Cf. BERCEO, Baños, p. XLII.

 

 

 

 

     A partir de este punto AVELINA y FÁTIMA CARRERA DE LA RED hacen un exhaustivo estudio de los 25 Milagros en los diversos códices marianos incluyendo en paralelo el texto íntegro del Thot 128 y su traducción, notas del original latino y versión castellana. En suma, una obra imprescindible de investigación berceana.

 

AVELINA CARRERA DE LA RED Y FÁTIMA CARRERA DE LA RED

 

MIRACULA BEATE MARIE VIRGINIS
(Ms. THOT 128 de COPENHAGUE)


- UNA FUENTE PARALELA A LOS MILAGROS DE NUESTRA SEÑORA DE GONZALO DE BERCEO -


COLECCIÓN CENTRO DE ESTUDIOS GONZALO DE BERCEO

NÚMERO 19


INSTITUTO DE ESTUDIOS RIOJANOS
GOBIERNO DE LA RIOJA
LOGROÑO 2000

 

 


 

Esta Biblioteca Gonzalo de Berceo ofrece la tradución de los Milagros de Ms. Thot 128 de las Profesoras Carrera de la Red. Con ella complementamos la versión latina original con anotaciones del B. Dutton ya disponible en nuestro portal  en la dirección electrónica: http://www.vallenajerilla.com/berceo/miracula.htm

 


 

 

 

 

EMPIEZAN LOS MILAGROS DE LA GLORIOSA MADRE DE DIOS Y SIEMPRE VIRGEN MARÍA

 

 

Prólogo

 

Empieza la introducción a los milagros de Santa María Virgen


     1Si en alabanza de Dios omnipotente con frecuencia se relatan los milagros que ha hecho la divina providencia por medio de los santos, con mayor razón deben pregonarse las glorias de Santa María, Madre de Dios, que son más dulces que todas las mieles. Por eso, para robustecer en el amor a Ella las almas de los fervorosos y enardecer los corazones de los perezosos, con la ayuda del Señor, intentemos reproducir los relatos que fielmente hemos oído contar. Fin de la introducción.

 

 

Principio de los milagros de la gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen, María

 

<1>

 

La vestidura que la misma Virgen entregó al arzobispo Ildefonso*


      1En la ciudad de Toledo hubo un arzobispo que se llamaba Ildefonso, hombre muy piadoso y adornado de buenas obras; el cual, entre otras preocupaciones por las cosas buenas, tenía la de amar mucho a Santa María, Madre de Dios, y, en la medida que podía, la honraba con toda reverencia. En su honor escribió con elegante estilo un libro famoso sobre su santísima virginidad que agradó tanto a la santa y siempre Virgen Madre de Dios, María, que se le apareció, con el libro en la mano, para agradecerle el haber escrito esa obra*. El, por su parte, deseoso de honrarla todavía más, decretó que todos los años se celebrase una fiesta solemne en honor de la Virgen ocho días antes de Navidad, para que de ese modo la festividad de la Anunciación del Señor, si caía en tiempo de Pasión o de Resurrección, se pudiera celebrar, como conviene, con el mismo esplendor en la fecha citada. Porque pensaba que era muy justo que antes de Navidad se pusiese una fiesta de la Santa Madre de Dios, ya que Dios vino al mundo, hecho hombre, por medio de ella. Tal fiesta, confirmada después en un concilio general, se celebra en las iglesias de muchos lugares*. 

     Por ello la Santa Madre de Dios se le apareció por segunda vez, de pie junto al altar, estando él sentado en la cátedra, y le entregó una vestidura (la que conocemos como alba sacerdotal*), diciéndole: Del paraíso de Dios, mi hijo, te he traído esta vestidura para que te la pongas en la fiesta solemne de Dios y en la mía; y en esa cátedra tú te podrás sentar cuando quieras. Pero te aseguro que, fuera de ti, nadie podrá sentarse en ella *ni ponerse esta vestidura impunemente, y si alguno se atreviere a ello, según juicio de Dios, no quedará sin castigo.

     10Dicho esto, la Santa Madre de Dios desapareció de su lado, pero le dejó la vestimenta que había traído. Él la usaba lleno de gozo, y crecía a diario en el servicio de Dios y de Santa María, con la práctica de buenas obras. Pasado un tiempo, emigró a la casa del Señor, dejando a la posteridad un ejemplo hermosísimo de cómo hay que honrar a la Madre de Dios.

     A su muerte fue nombrado arzobispo de la citada ciudad un clérigo, llamado Siagrio, el cual, teniendo en poca estima la virtud de su antecesor, y aún peor, engañado por las artes del enemigo, contra la prohibición de Santa María, Virgen, se sentó en aquella cátedra, y con intención de revestirse con la sagrada vestidura dijo: Yo soy un hombre y pienso que mi antecesor fue un hombre igual que yo. ¿Por qué yo no me voy a poner la misma vestidura que se ponía él, si desempeño el cargo de obispo lo mismo que él lo desempeñó ? Y, diciendo esto, se vistió aquel ornamento sagrado. Pero Dios castigó su arrogancia, porque, sin tocarlo nadie, cayó muerto, ahogado por la propia vestidura.

          Al ver esto los circunstantes, sobrecogidos de gran temor, le despojaron de la prenda que él se había vestido indignamente y la volvieron a poner en el tesoro de la iglesia, donde se conserva hasta hoy. 20 Así honró la Santa Madre de Dios a San Ildefonso que la había servido con devoción. En cambio castigó con la muerte el atrevimiento de Siagrio, enseñándonos que todo aquel que la honre obtendrá el favor de Dios y el de Ella.

 

 

<2>

 

Un monje librado por Santa María de las dos clases de muerte*


      1En cierto monasterio había un monje que desempeñaba el cargo de sacristán. Era muy lujurioso y a veces, instigado por el demonio, se dejaba llevar por el fuego de la sensualidad. A pesar de eso amaba no poco a la Santa Madre de Dios y, al pasar ante su altar, la saludaba con reverencia, diciendo: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. En las cercanías del monasterio había un río que el fraile tenía que pasar cuando iba a satisfacer su concupiscencia.

     Una noche, dispuesto a salir para su acostumbrada mala acción, al pasar ante el altar saludó a Santa María, como siempre, y a continuación, abriendo las puertas de la iglesia, se dirigió al mencionado río. Pero cuando intentaba atravesarlo, empujado por el diablo, cayó al agua, y en pocos instantes murió ahogado. Al punto una caterva de demonios echaron mano de su alma con la intención de arrastrarla hasta el abismo. Pero por la misericordia de Dios se presentaron también los ángeles, por ver si podían llevarle algún consuelo. Al verlos llegar los demonios les dijeron con voces altaneras: ¿A qué venís vosotros? 10En esta alma no tenéis parte alguna porque por las malas obras que ha hecho con toda justicia nos pertenece. Ante estas palabras los santos ángeles se quedaron muy tristes, al no poder presentar en contra ninguna obra buena. De repente se presentó la Santa Madre de Dios y con noble autoridad les dijo a los demonios: iOh, espíritus perversos! ¿por qué os habéis apoderado de esta alma? Ellos respondieron: Porque hemos visto que acabó su vida en pecado. Ella replicó: Es mentira lo que decís. Yo sé bien que para ir a cualquier parte llevaba permiso mío, porque me saludaba al marchar y lo mismo hacía al volver: y para que no digáis que nos imponemos por la fuerza, llevaremos el caso al tribunal del Rey Supremo. Y, después de discutir unos con otros sobre este asunto, el veredicto del Altísimo Señor fue que, por los méritos de su Madre Santísima, el alma del fraile volviera a su cuerpo, para que hiciera penitencia de sus pecados.

 

     20 Mientras tanto llegó la hora de llamar a los frailes para el canto de maitines, y como tardaba en sonar la campana, algunos frailes se levantaron y empezaron a buscar al sacristán; como no lo encontraban, se acercaron al río y lo hallaron en el agua, ahogado. Al sacar el cuerpo del agua, estaban sorprendidos cavilando en qué circunstancias le habría podido ocurrir aquello. Y, mientras lo comentaban entre sí, barajando distintas hipótesis, el fraile, de modo sorprendente, levantándose de donde yacía muerto, se puso de pie en medio de ellos y les contó lo que le había sucedido y cómo había salido bien parado gracias al socorro de la Madre de Dios. En adelante, no sólo dejó aquel vicio con el que acostumbraba a deleitarse sino que sirvió con mayor fervor a Dios ya Santa María, su Madre, y, acabando su vida en buenas obras, también en paz entregó su alma a Dios.

 

 

 

 <3>

 

El clérigo devoto de Santa María, en cuya boca, después de muerto, se halló una flor


      1 Vivía en la ciudad de Chartres* un clérigo de costumbres livianas, dado a los negocios del siglo y además esclavo de las pasiones de la carne en alto grado. En cambio, siempre tenía en la memoria a la Santa Madre de Dios y, como hemos dicho en el milagro anterior de otro clérigo, la saludaba muchas veces con las palabras del ángel. Según se dice, fue asesinado por unos enemigos, y, sabiendo que había llevado una vida poco piadosa, decidieron que debía ser enterrado fuera del lugar sagrado. y así lo hicieron, le dieron sepultura fuera del atrio de la iglesia, lugar no correspondiente a un clérigo como él.
     Cuando ya llevaba allí enterrado treinta días, la Santa Virgen de las vírgenes, compadecida de él, se apareció a otro clérigo y le dijo: ¿Por qué os habéis portado tan injustamente con mi canciller *, enterrándolo fuera de vuestro cementerio? Y, cuando él le preguntó quién era su canciller, la Santa le dijo: Ése que hace treinta días fue enterrado por vosotros fuera del atrio me servía con la mayor devoción y ante el altar me saludaba muchísimas veces. Id, pues, a toda prisa y, sacando su cadáver de ese lugar profano, enterradlo otra vez en el atrio.
      
10 Después de contarles esto, ellos muy extrañados abrieron su sepultura y en su boca encontraron una flor hermosísima y su lengua intacta y sana, como dispuesta a dar alabanzas a Dios. Todos los que se hallaban presentes, comprendieron que con su lengua había prestado a la Madre de Dios un servicio que le había sido grato. Y trasladado su cuerpo al cementerio, lo enterraron con cánticos de alabanza a Dios como correspondía.

     Nosotros creemos que la Santa Madre de Dios hizo esto no sólo por él sino también por nosotros, para que nosotros y los que lo oyeren nos encendamos en amor a Dios y a Ella.

 

 

 <4>

 

Un clérigo que cantaba a Santa María deseándole gozo fue hecho por Ella partícipe de dicho gozo


      1 Vivía también en cierto lugar otro clérigo que igualmente era muy devoto de Dios y de su Santa Madre. En su empeño por las buenas obras con las que trataba de agradar a la Virgen Santa, entonaba muchas veces devotamente en su honor la antífona siguiente: Alégrate, Madre de Dios, Virgen María; alégrate, Tú, que recibiste gozo de parte del ángel; alégrate, Tú, que engendraste al resplandor de la luz eterna; alégrate, Madre,. alégrate, Santa Virgen, Madre de Dios, Tú que eres la sola Madre Virgen, a tí te alaba toda la creación como Madre de la luz. Sé siempre, te lo pedimos, mediadora en favor nuestro *.

     En esta antífona la Iglesia de Cristo desea gozo a la Santa Madre de Dios cinco veces, porque una espada de profundo dolor atravesó su alma, cuando su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, clavado en la cruz por la salvación del género humano, recibió en su propio cuerpo las cinco llagas, para borrar por ellas los pecados de todo el mundo, cometidos por los cinco sentidos del hombre. También por relación a estas benditas llagas, fueron escritos por el Espíritu Santo en otro tiempo aquellos cinco versículos al final del salterio en los que se nos manda once veces alabar al Señor, para que por esas alabanzas consigamos el perdón de las acciones con las que quebrantamos la Ley de Dios *.

     Pero, volviendo a nuestro relato, el citado clérigo, víctima de una enfermedad, hallándose ya en las últimas, comenzó a verse angustiado y turbado por un miedo espantoso. Entonces se le apareció la Virgen, Santa María, y le dijo: ¿Por qué tiemblas con tanto miedo, tú, que tantas veces me has deseado alegría? 10No temas, no te va a pasar nada malo; al contrario, pronto participarás conmigo del gozo que tantas veces me has deseado. Él, al oir esto, pensó que le había devuelto la salud y cuando lleno de alegría intentaba levantarse, su alma, saliendo del cuerpo, voló a los gozos del paraíso donde, como se lo prometió la Santa Madre de Dios, se alegra por los siglos infinitos. Se sigue de aquí que debemos ponderar con cuánto amor y con cuánto anhelo hemos de tener en nuestro corazón a aquella que a los que le sirven nunca deja de prestarles su ayuda con toda prontitud.

 

<5>

 

Respuesta que la Madre de misericordia dio apareciéndose a un pobre, devoto suyo


     1En cierta villa vivía un pobre que al no tener jornal iba de un lugar a otro y se ganaba el sustento de cada día en parte con las limosnas de los buenos y en parte con el trabajo de sus manos. Según su poder y entender, honraba de todo corazón a Santa María, Madre de Dios, hasta un punto tal que, por amor a Ella, muchísimas veces de las limosnas que sacaba daba a los demás pobres.

     Este hombre, estando ya para morir, empezó a pedir a la Santa Madre de Dios que tuviera a bien apiadarse de él y por sus súplicas le concediera la bienaventuranza del paraíso. Entonces la Santa Madre de misericordia en persona, poniéndose junto a su cabecera, le dijo: Ven, hijo querido, y gozarás del descanso del paraíso, como me lo has pedido.

     Muchos que se hallaban en la casa aquella oyeron estas palabras que pronto confirmaron los hechos, porque, efectivamente, su alma, nada más salir del cuerpo, fue llevada por los ángeles a las delicias del paraíso, donde, como se lo prometió la Santa Madre de Dios, vive alegre en compañía de los santos.

 

 

<6>

 

Un ladrón colgado de la horca, al que la Virgen Santa libró de la muerte


     1Como dijo el papa San Gregorio hablando de las Pléyades que, siendo siete estrellas distintas, en sus rayos de luz se nos muestran como una sola, así ha habido en el mundo en distintas épocas muchos hombres santos que se esforzaron con parecido fervor por agradar a Dios y a su Madre Santísima en una misma y única virtud. Por ser devotos de estos santos, inferiores en méritos a la Virgen Santa, algunos hombres se han visto libres en ocasiones de las penas, tanto del alma, como del cuerpo. Por tanto, nadie sienta dudar, porque contamos un milagro no muy distinto en circunstancias diferentes*.

     Había un ladrón que se llamaba Ebbo*; muchas veces robaba lo ajeno y con los bienes que sustraía furtivamente a los demás se mantenían él y los suyos. Sin embargo, veneraba de corazón a la Santa Madre de Dios y, hasta cuando iba a robar, la rezaba y la saludaba con la mayor devoción.
     Pero sucedió que un día, cuando estaba robando, inesperadamente cayó en manos de sus enemigos. No pudiendo justificarse de su delito, los jueces lo condenaron a morir colgado de una soga. Fue llevado a la horca sin la menor piedad para ser colgado sin demora. Estando ya suspendido y balanceándose sus pies en el aire, vino en su ayuda la Virgen Santa y durante tres días, le parecía a él, lo sostuvo en sus santas manos y no permitió que sufriera lesión alguna.
     10 Los que lo colgaron, al volver al lugar donde él estaba colgado y de donde ellos se habían alejado poco antes, al verlo vivo y con cara alegre, como si nada le pasara, pensaron que no le habían echado bien la soga y subiendo allá con presteza trataron de atravesarle la garganta con la espada, pero por segunda vez la Virgen Santa puso las manos delante de su cuello y no permitió que se lo traspasaran.
     Ellos, dándose cuenta, por lo que él contaba, de que era la Virgen Santa la que le estaba prestando su ayuda, pasmados de admiración, lo descolgaron y lo dejaron libre por amor a Dios y a su Madre. Él se fue y se metió monje y sirvió a Dios y a su Madre de por vida.

 

 

<7> 

 

Un monje que por los méritos de Santa María resucitó para hacer penitencia*

 

1 En el monasterio de San Pedro que hay cerca de la ciudad de Colonia había un fraile cuya vida y costumbres no estaban de acuerdo con el hábito monacal, porque procedía livianamente en muchas de sus acciones; incluso había tenido un hijo, quebrantando el voto de monje, y en muchas ocasiones se había entregado a prácticas mundanas. Un día, mientras estaba con algunos frailes tomando un brebaje medicinal para mantener sano el cuerpo, atacado de una fortísima debilidad, murió de repente sin confesión y sin la comunión del cuerpo de Cristo.
     En seguida su alma, cautiva del enemigo antiguo, fue llevada hacia los calabozos infernales. Al verlo San Pedro, de cuyo monasterio era el monje, se fue al Señor misericordioso y empezó a rogarle por su alma. El Señor le dijo: ¿No sabes, Pedro, que por inspiración mía el Profeta dijo: «Señor, ¿ quién habitará en tu tabernáculo o quién descansará en tu santo monte?» y añade luego: «El que camina sin mancha y obra con rectitud»? 10Por tanto, ¿cómo puede salvarse éste que ni 'ha caminado sin mancha' ni ha 'obrado con rectitud', como debía?
     
Oyendo esto, San Pedro pidió a los santos ángeles y después a todos los órdenes de santos que rogaran al Señor por el alma del fraile. Rogándole todos ellos y contestándoles el Señor lo que hemos dicho antes, en última instancia San Pedro acudió a la Santa Madre de Dios y a las santas vírgenes, estando plenamente seguro de que las súplicas de ella siempre son escuchadas. La Santa Madre de Dios se levantó para ir a rogar a su hijo con las santas vírgenes y al punto Cristo se levantó también para recibirlas y les dijo a su Santa Madre y a las santas vírgenes: ¿Qué es lo que venís a pedirme, Madre mía dulcísima y mis queridísimas hermanas ? La Virgen, Santa María, respondió que venía a interceder por el alma del mencionado fraile y Cristo le contestó: Aunque dije por boca del Profeta que nadie puede habitar en mi tabernáculo sino el que camina sin mancha y obra con rectitud, sin embargo, como tú quieres que consiga el perdón, consiento que el alma de ese fraile vuelva a su cuerpo, para que, haciendo penitencia de sus pecados al fin disfrute del descanso.

      Cuando la Virgen Santa hizo saber esto al apóstol San Pedro, éste al punto, atemorizando al diablo con la gran llave que tenía en la mano, lo puso en fuga y le arrebató el alma del fraile que tenía en su poder. Luego se la entregó a dos apuestos jóvenes y ellos a su vez se la entregaron a un fraile que había sido monje del citado monasterio, para que la hiciera volver a su cuerpo. Este fraile, al devolver el alma a su cuerpo, le pidió como recompensa que a diario rezara por él el salmo: Miserere mei, Deus y que barriera frecuentemente con la escoba su sepultura. 20 El muerto resucitó y contó lo que había pasado y lo que había visto y cómo había sido arrancado de las manos del diablo por intercesión de la Santa Madre de Dios y del apóstol San Pedro.
     Por cierto, que si el milagro que acabamos de contar a alguno le parece que no es creíble, piense cuán grande es el poder de la Santa Madre de Dios, más grande que el de todos los órdenes de santos, ante el Señor y Rey de los cielos y tierra, su Hijo, y desechará toda sombra de duda. Si pone reparos a lo de que San Pedro atemorizó al enemigo con la llave, tenga en cuenta que a los hombres, compuestos de cuerpo, las cosas incorpóreas no se les pueden explicar más que por signos corporales. A fin de cuentas, nada es imposible para Dios, a quien se debe honor y gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

<8> 

 

El peregrino que después de amputarse los genitales y la garganta fue devuelto a la vida por orden de Santa María


      1Tampoco debemos pasar en silencio aquí el milagro de Santa María que Don Hugo, abad de la iglesia de Cluny, suele contar de un fraile de su monasterio. El fraile se llamaba Giraldo. Cuando aún era seglar, un día le entraron deseos de ir en peregrinación a Santiago.
     Preparado ya lo necesario para el camino, al rayar el día en que iba a emprender el viaje con sus compañeros, vencido por la concupiscencia de la carne, se acostó con su concubina. y cuando llevaba hechas muy pocas jornadas con sus amigos, el enemigo antiguo, que a veces se transforma en ángel de luz, tratando de engañarlo, se le presentó en figura de apóstol Santiago y le dijo: Te hago saber que por las malas obras que has hecho ya no puedes conseguir tu salvación, si no haces lo que yo te diga. El contestó: ¿ Qué quieres que haga ? El diablo respondió: lo primero, córtate los genitales y luego date la muerte y por ello obtendrás de Dios el premio eterno. Él, convencido de que quien le mandaba tal cosa era de veras Santiago, empuñando su espada, se cortó los órganos viriles y después, llevando el hierro a su garganta, se asestó un tajo mortal.

     Los compañeros, al oir que se quejaba ya próximo a la muerte y al ver que estaba exhalando el último suspiro de muerte violenta y que estaba cubierto de sangre lo abandonaron huyendo precipitadamente, temerosos de que dijeran que ellos lo habían matado para robarle o por otro motivo.

     Tan pronto como se alejaron del muerto, el enemigo antiguo, que le había engañado, se apoderó de su alma, regocijándose no poco con sus esbirros de haber logrado así su presa. Pero como tuviesen que pasar por delante de la iglesia de San Pedro, por la voluntad de Dios, les salió al paso Santiago, en compañía de San Pedro, y le dijo a la chusma demoníaca: ¿ Por qué os habéis apoderado del alma de mi peregrino ? Ellos alegaban todo lo que podían de malo y el hecho de que a la postre se había suicidado. Pero Santiago les contestó: Estad seguros de que no os vais a reir de su muerte porque le engañasteis, haciéndoos pasar por mí; y lo que hizo, lo hizo sencillamente creyendo que me obedecía a mi y si os rebeláis contra esto, vayamos al tribunal de Santa María, Madre de Dios*.
     
20Se presentaron, pues, ante la Santa Madre de Dios y le preguntaron qué quería que se hiciese en este asunto; la Virgen Santa, llena de piedad, sentenció que esa alma debía volver a su cuerpo, para que haciendo penitencia pudiera quedar limpia de los pecados que había cometido. De esa manera, por los méritos de la Virgen, Santa María, y del apóstol Santiago, el alma volvió al cuerpo. y aquel hombre, al revivir, se encontró sano y que sólo le había quedado, como prueba, la cicatriz de la cuchillada en el cuello. Por cierto, los órganos que se había amputado no los recuperó; sólo le quedó un pequeño orificio por el que orinaba, según exigencias de la naturaleza. Finalmente se metió monje en el citado monasterio de Cluny y vivió muchos años, entregado al servicio de Dios.

 

 

<9>

 

El sacerdote que no sabía cantar más misa que la de Santa María *


      1 En cierta parroquia había un sacerdote al frente de la iglesia, de vida honesta y de muy buenos sentimientos, pero no muy impuesto en materia de letras; de hecho no sabía más que una misa, que era la que cantaba todos los días en honor de Dios y de su Santísima Madre, y cuyo introito empieza así: Salve, Santa Madre *.
     Acusado de ello por los clérigos ante el obispo, enseguida fue llamado y conducido a su presencia. El obispo, en tono de reproche, le preguntó si era verdad lo que de él le habían contado. Él respondió que era verdad y que habitualmente ni sabía ni cantaba otra misa. Entonces el obispo, montando en cólera, le dijo que era un embaucador del pueblo y le prohibió decir misa. El sacerdote volvió a su casa triste por verse privado de su misa. Pero a la noche siguiente Santa María se le apareció al obispo en una visión y le dijo con tono un tanto severo: ¿ Por qué has tratado de ese modo a mi canciller prohibiéndole celebrar el sacrificio en honor de Dios y mío? 10Te aseguro que si no le autorizas inmediatamente para que celebre el sacrificio divino, como es su costumbre, morirás a los treinta días.

     El obispo, temblando con semejante visión, se levantó turbado y, enviándole un recado, le mandó que viniera a toda prisa. Cuando llegó, el obispo cayó a sus pies y humildemente le pidió perdón. Después le ordenó que nunca jamás cantara otra misa que la de Santa María como la había cantado siempre. A partir de entonces colmaba de honores a dicho sacerdote, al cual, por amor a Dios y a Santa María, alimentó y vistió durante toda su vida.

     Así la Santa Madre de Dios, defendiendo de la injusticia al sacerdote que la servía, hizo que se le proveyera de todo lo necesario y al morir, por los méritos de Ella, lo llevó a la vida eterna.

 

 

<10>

 

El hombre a quien la Virgen Santa mandó que todos los días cantase en su honor el salmo Bienaventurados los que andan por el camino


      
1 En la ciudad de Roma había dos hermanos, uno de los cuales se llamaba Pedro, arcediano de la Iglesia de San Pedro, sabio y diligente, pero avaro. El otro se llamaba Esteban, el cual, siendo juez en dicha ciudad, actuaba injustamente en multitud de ocasiones, porque aceptaba regalos, falseaba los procesos, no daba a unos lo que debía ya otros les quitaba lo que era suyo. Hasta había quitado contra justicia tres casas a la iglesia de San Lorenzo y un huerto a la iglesia de Santa Inés.
     Sucedió que su hermano Pedro murió y por sus culpas fue condenado a las penas del purgatorio. Unos días más tarde murió también Esteban y fue conducido al tribunal de Dios. Al verlo San Lorenzo, a quien había quitado las tres casas, se acercó a él como con indignación y le oprimió con fuerza por tres veces en un brazo, causándole un dolor no pequeño. Santa Inés y las vírgenes santas también le volvieron el rostro por haberles robado su huerto. Y luego el Señor del cielo, juez justo, pronunciando sentencia contra él, dijo: Por haber quitado muchas veces lo ajeno y por haber vendido la verdad, aceptando regalos y dando sentencias injustas, es justo que sea llevado al lugar de Judas, el traidor.
      
10¿Qué más? Sin pérdida de tiempo se ejecuta la sentencia del Señor. Pero Esteban, en vida, tenía mucha devoción a San Proyecto*, obispo y mártir, y todos los años celebraba solemnemente su fiesta, dando una comida a los clérigos y muchas limosnas a los pobres. Por eso dijeron a San Proyecto: San Proyecto, ¿por qué no ayudas a Esteban que fue tan diligente para prestarte su servicio ? Acude con confianza a Dios misericordioso y benigno, para que en su inmensa piedad le conceda un poco de su misericordia. Entonces San Proyecto acudió, en primer lugar, a San Lorenzo y Santa Inés, contra quienes Esteban había cometido el robo y les rogó que lo perdonaran. Ellos, en atención a él, le perdonaron inmediatamente su culpa. Después, San Proyecto fue a interceder por él ante el Señor y con la ayuda de Santa María, Madre de Dios, consiguió pronto que su alma volviera al cuerpo para que devolviera lo que había robado e hiciera penitencia de sus pecados, dándole para ello un plazo de treinta días de vida *.

     Mientras tanto, cuando Esteban era llevado al lugar de Judas el traidor, según lo había dispuesto el Señor en su sentencia, oyó a lo lejos unas voces como de almas que se lamentaban en medio de las penas, entre las cuales reconoció a su hermano Pedro. 20Y aproximándose allá, le dijo: ¿Cómo es, hermano, que te han traído a estas penas, si pensábamos que eras un hombre justo? El contestó: Me han traído acá porque fuí algo avaro. Esteban añadió: ¿ nenes esperanza de salvarte al fin? A lo que él dijo: Esa esperanza tengo, porque, aunque avaro, me esforcé en hacer muchas obras buenas en pro de la iglesia. y si el papa y los cardenales cantaran una misa por mí conseguiría el perdón por la gracia de Dios y me vería libre de las penas que estoy padeciendo.

     Más tarde, cuando Esteban, según juicio de Dios, como antes dijimos, había sido arrojado al lugar donde es atormentado Judas, que es como un pozo erizado de pinchos agudos en derredor, llegó la orden del Dios Altísimo de que su alma fuera devuelta al cuerpo. 30Sacado de allí se presentó ante Santa María, Madre de Dios, y la piadosísima Virgen le mandó que todos los días de su vida rezara el salmo Bienaventurados los que andan por el camino inmaculado *. Luego Esteban contó al Papa ya los que con él estaban lo que le había sucedido y lo que había oído a su hermano Pedro y les mostró también su brazo seco, el que le había oprimido San Lorenzo, que de un modo extraño estaba tan amoratado como si le hubiera ocurrido eso cuando vivía en el cuerpo; y añadió además: Conoceréis que es verdad lo que os cuento, cuando dentro de treinta días me veáis salir de esta vida. Dejando a todos convencidos de lo que decía, devolvió lo que había quitado injustamente y, tras hacer penitencia de sus pecados, a los treinta días emigró felizmente de este mundo.

 

 

<11>

 

El seglar que se libró del infierno por ser devoto del Ave María


      
1 Había un seglar dedicado a las faenas del campo y ocupado en los demás negocios del mundo. Entre las muchas malas mañas que tenía, cuando araba su tierra, robaba también a los colindantes la cantidad de tierra que podía y, no respetando los mojones, añadía a sus propiedades furtivamente las fincas de los demás. Sin embargo, con frecuencia se acordaba de Santa María, Madre de Dios, y, como hemos dicho más arriba de otros*, muchas veces le rezaba el Avemaría devotamente, en cuanto él sabía.

     Cuando este hombre murió, se arracimaron junto a él los demonios, seguros de poder llevarse su alma; acudieron también los ángeles. Mientras éstos alegaban las pocas obras buenas que había hecho, los demonios por contra empezaron a sacar un montón de cosas malas. Y, cuando pensaban alborozados que con eso quedaban vencedores, uno de los ángeles trajo a consideración que había tenido por costumbre saludar con devoción a Santa María. Al escuchar esto, los espíritus inmundos abandonando el alma de aquel hombre, se alejaron precipitadamente confundidos.

     De ese modo aquella alma fue arrancada del poder de sus enemigos y escapó de la condenación eterna, concediéndoselo Dios, por los méritos de su Madre, que con Él sea bendita siempre. Amén.

 

 

<12>

 

El monje que rezaba las horas a Santa María sin sentarse y se salvó por sola esta devoción

 

     1Cerca de la ciudad de Pavía, en el monasterio de San Salvador, hubo un monje, prior de dicho monasterio. Era ligero de lengua, de depravadas costumbres y metido en negocios que no le eran convenientes. Pero, aunque parecía tan mal religioso, sin embargo como amaba mucho a Santa María, Madre de Dios, a las horas cantaba las alabanzas de Dios y de ella y, mientras las cantaba, siempre lo hacía de pie y por nada se avenía a hacerlo sentado*.

     Llegado el término de su vida, murió y lo enterraron, y a la vuelta de un año se apareció al sacristán del monasterio, que se llamaba Huberto. Éste, como hacen los sacristanes, se levantó una noche antes de maitines y estaba espabilando la llama de las lámparas, de pie ante el altar, cuando he aquí que el fraile muerto empezó a llamarlo con voz clara: iFray Huberto!, iFray Huberto! .Él, al oirlo, se llenó de miedo, sin saber qué sentido tenía aquello y se fue a unas habitaciones privadas que había en la residencia para enfermos, porque estaban bastante cerca del monasterio. También allí el fraile difunto empezó a llamarle: i Fray Huberto! , i Fray Huberto! 10Pero él no se atrevió a contestarle y, temblando de miedo, se volvió a la cama. Y, habiéndose dormido, el susodicho fraile se le presentó y le dijo: ¿ Por qué, cuando te llamaba, no quisiste contestarme ? El lo reconoció ya su vez le preguntó: ¿ Cómo te encuentras, hermano ? Le respondió el otro: Hasta ahora he estado mal, he estado desterrado en una región, cuyo rey se llamaba Esmirna *. Allí vivía lleno de tribulaciones cuando acertó a pasar por aquel lugar Santa María, reina digna de toda veneración y dignísima de toda alabanza, Madre poderosísima de nuestro gran Rey, a la cual yo en vida tenía costumbre de enviar saludos a las horas. Ella al verme me reconoció y, sacándome de allí, me llevó consigo y me puso en un lugar excelente. Tras escuchar esto, el sacristán contó al resto de los frailes que el fraile difunto se había librado del tormento gracias a la Santa Madre de Dios, como él mismo le había contado. 

     20Por donde se puede comprender qué grande es la esperanza de que van a librarse de cualquier peligro aquellos que se afanen cada día por servir a tan clementísima Señora, cantándole incensantemente con devoción las horas que le son tan agradables. Por lo que a Huberto se refiere, después de haber visto y haber contado esto, muriendo a los pocos días, abandonó este mundo.

 

 

<13>

 

Un clérigo de Pavía, elevado a obispo por la intervención de Santa María


      1 En dicha ciudad hubo un clérigo llamado Jerónimo*, muy distinguido por su rectitud de costumbres, que siempre estaba pensando en agradar a la Santa Madre de Dios, o rezándole el Avemaría o cantándole las horas o prestándole servicio de mútiples maneras.

     Sucedió un día que murió el obispo de la ciudad y la iglesia se quedó sin guía. Por ello se reunieron los clérigos con los senadores de la ciudad y decretaron celebrar tres días de ayuno para que Dios les manifestara quién quería que fuera elegido obispo. En ese intervalo, la Santa Madre de Dios se le apareció a un caballero y le dijo: Vete y dí al pueblo que busque a mi canciller * y le nombren obispo de la ciudad. Y, al preguntar él quién era su canciller, ella le contestó que era uno que se llamaba Jerónimo, que de día y de noche estaba ocupado en servir a Dios ya Ella.

     Al levantarse, contó el caso a los senadores, los cuales buscando al tal Jerónimo, hicieron que fuera ordenado obispo con gran pompa. De este modo Jerónimo, elevado a la dignidad episcopal por el favor de Santa María, Madre de Dios, trabajó por servir en santidad todos los días de su vida a Dios ya la Virgen, su Madre, y después de todo, muriendo alegremente, subió a los cielos.

 

 

<14>

 

El velo de una imagen y el abanico que estaba al pie; el fuego, embravecido en torno, ni siquiera lo ennegreció


     1 Hay una iglesia dedicada a San Miguel, en el monte llamado Tumba en peligro del mar* .En esta iglesia sirven a Dios un gran número de monjes, sujetos a las normas de la regla.

     En cierta ocasión cayó un rayo del cielo y por designios de Dios empezó a arder la iglesia. Había en ella una imagen, bellamente tallada en madera, que representaba a Santa María, Madre de Dios, la cual tenía sobre su cabeza un velo blanco a modo de toca. Cuando el fuego llegó al sitio en que estaba dicha imagen, abrasó todo cuanto había a su alrededor. Pero a la imagen, como si se espantara de ella, la dejó completamente intacta, hasta el punto de que al velo blanco que tenía en la cabeza ni siquiera llegó a ennegrecerlo lo más mínimo con las espirales del humo. También se libró del fuego, porque estaba unido a la imagen, un plumero de plumas de pavo real, a manera de abanico.

     Se prestan estos milagros a una interpretación muy apropiada porque el fuego no pudo tocar a la imagen de aquella que, siendo siempre virgen en cuerpo y alma, nunca conoció el fuego de la concupiscencia de la carne*.

     La Santa Madre de Dios libró a su imagen del fuego, como hemos dicho, para enseñarnos que a los que la sirven puede Ella librarlos del fuego eterno con la mayor facilidad.

 

 

<15>

 

El clérigo que dejó a su esposa y lo dejó todo por Santa María*

 

     1 En la comarca de la ciudad de Pisa había un clérigo, canónigo de la iglesia de San Casiano. Como hemos contado de otros muchos, éste rendía devotamente culto a Santa María Virgen, reina de los ángeles y reina del mundo, y cantaba solícito en su honor las horas del día, que entonces eran rezadas por muy pocos. Sus padres, llegada la muerte, emigraron de esta vida y, como habían sido muy nobles y ricos, le dejaron una gran fortuna, ya que no tenían más herederos que él. Sus amigos venían a verlo y le insistían en que se volviese a la casa que sus padres le habían dejado y, tomando una esposa, administrase la herencia. Les hizo caso, se fue con ellos, se instaló en las posesiones de sus padres y decidió casarse. Mientras tanto empezó a descuidarse en los rezos que solía hacer a Santa María.

     El día en que iba a celebrar la boda con la mujer que había elegido, en el trayecto llegó ante una iglesia, y acordándose de que tenía por costumbre prestar su servicio a Santa María, pidió a los acompañantes que le esperaran un ratito, diciéndoles que quería entrar en aquella iglesia a hacer oración. Entrando, pues, en la iglesia se puso a cantar devotamente las horas de Santa María. Los acompañantes le mandaban avisos para que abreviara, pero él no quiso moverse del sitio hasta que acabó las horas cumplidamente. 10Y, permaneciendo él todavía en la iglesia, se le apareció Santa María, Madre de Dios, y con tono severo le dijo: iOh ingrato y el más tonto de los hombres! ¿ Por qué me has dejado a mí, que era tu amo!; prendido en las redes del amor a otra? ¿Acaso has encontrado otra mejor? Hazme caso, no me dejes, no tomes otra mujer despreciándome a mí.

     Y, lleno de temor por estas palabras, volvió de nuevo con sus compañeros, fingiendo que de verdad se iba a casar. Así pues, se celebró la boda, como es costumbre, con gran alegría. Pero al llegar la noche, entró en la alcoba, como si fuera a acostarse con su esposa, y sin que nadie se diera cuenta, a escondidas, salió de casa, abandonó a su mujer y todo lo que pudiera tener y, según se cree, buscó un lugar apropiado para servir a Dios y a su Santa Madre, sin que se haya podido saber hasta hoy adónde fue o con qué muerte murió.  

     Sin embargo, nadie debe dudar de que hasta el fin de su vida gozaría de la protección de la Santa Reina del cielo, por la cual y a petición suya decidió dejar todo el mundo, con la ayuda de Dios, a quien se debe dar honor y gloria por los siglos de los siglos. 20 Amén.

 

 

<16>

 

Una mujer recuperó la razón que había perdido


     1No me importa relatar un milagro muy pequeño ciertamente para los méritos de Santa María, porque para nadie debe ser molesto contar milagros, grandes o chicos, a mayor gloria de la que es refugio de míseros y recuperadora de perdidos*.
     Una mujer, llamada Murielde, esposa de un caballero de nombre Rogelio, hijo de Vimundo, que vivía cerca de Fiscanno*, una noche vio en sueños que llevaba un estandarte de color sangre. Vio eso cuando estaba embarazada en espera de un niño que después nació. Al despertar del sueño, perdió de golpe la razón y comenzó a decir locuras con gran extrañeza de su marido. Un poco más tarde le parecía que la fe cristiana, que hasta ese momento había profesado, se hallaba situada entre sus pechos y de ellos se le marchaba sin parar. Así la engañaba el diablo que quería apoderarse de su alma*.
     Sus amigos, llenos de consternación por la desgracia tan grande que veían le había sobrevenido, tomándola a su cargo, la llevaron por distintos santuarios, por ver si podían hallar algún remedio para su salud; hasta llegó a pasar una noche en la iglesia de la Santa Trinidad de Fiscanno; pero la Santa Trinidad, un solo Dios en tres personas, tampoco por entonces le quiso conceder la salud, porque el don de su curación lo reservaba para Santa María, Reina del cielo, Madre de Dios omnipotente. Después de esto, le prepararon un baño de agua bendita, sobre la cual habían pronunciado exorcismos muchos sacerdotes y la habían santificado con muchas bendiciones*. Después de haberla tenido sumergida en él empeoró tanto su enfermedad que padeció unos trastornos de cabeza mucho mayores aún.
     10Transcurrido un año desde que había caído en la enfermedad, estando próxima la fiesta de la Purificación de Santa María, la llevaron a una iglesia, levantada en honor de la misma Santa María, Madre de Dios, que, según se dice, fue construida en otro tiempo por los griegos en medio de un extenso olivar y es muy diferente del resto de las iglesias y muy apropiada para que allí vivieran los eremitas. Habiendo, pues, pasado allí la noche de dicha festividad, por los méritos de la Santa Madre de Dios, se sintió tan sana como si nunca hubiese tenido enfermedad alguna. Porque no sólo recuperó enteramente el juicio que había perdido sino que quedó completamente sana de la cabeza. Por lo cual, tanto ella como su marido y el resto de los amigos dieron gloria a Dios y a su Santa Madre.
     Pidamos, pues, carísimos, a la piadosísima Madre de nuestro Señor Jesucristo que se digne obtenemos el perdón de los pecados mortales a nosotros, pecadores, que alabamos de corazón sus méritos extraordinarios. Ella, que en los precedentes milagros mostró una misericordia tan eficaz a muchos siervos suyos, sea nuestra protectora en todos los peligros de la vida, ya todos los que invocamos su dulcísimo nombre, Ella, que es Madre de misericordia, venga presurosa como auxiliadora nuestra en la hora de la muerte y poderosísima defensora en el día del juicio frente a todas las acometidas de los enemigos, concediéndonoslo su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

 

 

<17> (16)

El niño judío al que la Virgen Santa conservó ileso en medio de un horno

 

     1Ocurrió este suceso hace tiempo en la ciudad de Bourges y lo suele contar un monje de San Miguel de Clusa, llamado Pedro, diciendo que él había estado allí por entonces*.

     El día solemne de Pascua, cuando los niños cristianos iban a la iglesia a recibir el sagrado cuerpo del Señor, un niño de familia judía, que iba a la escuela con ellos, se acercó entre todos al altar y, sin advertirlo el sacerdote, recibió con ellos el cuerpo del Señor. Había en el retablo del altar una imagen de Santa María que tenía un velo sobre la cabeza, y le parecía al niño judío que Ella, en la figura de una mujer de aspecto venerable, repartía junto con el sacerdote la sagrada forma a cada uno de los que se acercaban a comulgar.

     De vuelta a casa, cuando el padre preguntó al niño de dónde venía, él le contestó que había ido con los niños, sus compañeros, a la iglesia y que, cuando ellos recibieron la comunión, él también había comulgado. Oyendo esto el padre, se encendió en cólera, y, cogiendo al niño con rabia, vio allí cerca un horno encendido y corriendo lo arrojó en él*.

     Al punto, la Santa Madre de Dios, con los rasgos de aquella imagen que él había visto sobre el altar, se le apareció al niño y protegiéndole del fuego no permitió que notara ni el más pequeño grado de calor. Pero la madre del niño, presa de un grandísimo dolor, comenzó a gritar y a dar alaridos, y en breve tiempo congregó un gran gentío, tanto de cristianos como de judíos. Ellos, viendo que el niño estaba vivo en el horno y que no sufría daño ninguno del fuego, lo sacaron, preguntándole cómo había podido evitar ser abrasado por las llamas. Él les contestó: 10 Porque aquella venerable Señora que estaba sobre el altar y nos daba las partículas al comulgar; me vino en ayuda y mantuvo el fuego lejos de mí; y no permitió siquiera que yo sintiera el olor a quemado.

      Entonces los cristianos, comprendiendo que la Santa Madre de Dios era su protectora, arrojaron al judío, padre del niño, al mismo horno al que él había arrojado a su hijo. Al punto, torturado por el fuego, en un momento quedó reducido a pavesas. Los que lo vieron, judíos y cristianos, alabaron conjuntamente al Señor y a su Santa Madre, y desde aquel día perseveraron fervorosos en la fe de Dios.

 

 

<18> (17)

 

Castigo y también compasión que tuvo la Virgen Santa con ciertos caballeros


      1 Así como hay muchos que leyendo los milagros ya relatados de la Santa Madre de Dios pueden darse cuenta de que Santa María usa de gran piedad como Madre de misericordia, sobre todo con los que se esfuerzan por ser devotos suyos, así también hay que saber que es severa con los que la desprecian. Para demostrarlo, vamos a contar un milagro que sabemos ha tenido lugar en nuestros días.

      Tres caballeros que tenían odio a otro y querían matarlo, encontrándolo sin la protección de sus amigos, en una ocasión muy propicia se lanzaron sobre él con la intención de darle muerte. Él, despavorido, se refugió en una iglesia, consagrada a Santa María, por ver si conseguía, por la reverencia debida a ella, librarse del peligro de muerte inminente. Pero ellos, inhumanos, entrando en la iglesia, lo mataron ante el altar sin compasión alguna.
     Por acto semejante, la Virgen Santa María, se indignó contra ellos. Y, castigándolos Dios por tal atrevimiento, de repente se vieron atacados por un fuego que empezó a quemar cada uno de sus miembros con violencia. Ellos, al darse cuenta de que caía sobre sí el castigo divino y forzados por el grandísimo dolor, se volvieron con gran contrición de corazón a invocar a Santa María, Madre de Dios, a la que habían ofendido gravemente.

     Aplacada por sus ruegos la Virgen Santa, siempre llena de misericordia, por la bondad de Dios, les libró piadosamente del fuego que los devoraba. Sin embargo, no quedaron completamente sanos. Mas tan pronto como pudieron caminar, fueron a ver al obispo, le contaron lo que ellos habían hecho y lo que les había pasado y le pidieron que les impusiera una penitencia. Al señalársela el obispo, le pareció bien imponerles, en lugar de otra penitencia, las armas con las que habían matado a aquel hombre, es decir, les mandó que continuamente llevaran las armas sobre su cuerpo y así hicieran la penitencia que les correspondía hasta que dieran satisfacción a Dios ya Santa María, su Madre.

     10Ellos, aceptada esa penitencia, se separaron entre sí, se fueron lejos de su tierra, y peregrinaron durante largo tiempo por distintos lugares, buscándose el sustento. Uno de los cuales vino a una ciudad llamada Anifridi, situada junto al río Itona, y entró en casa de una mujer que se llamaba Emma. Por casualidad entonces estábamos nosotros allí, pidiendo limosna. Y por eso él nos contó punto por punto lo que había sucedido (lo que hemos dicho anteriormente de él y de sus compañeros ), y para convencer más a los oyentes, se desnudó ante nosotros y nos mostró, ceñida a la carne viva, la espada con que había herido de muerte al susodicho caballero. La espada era bastante ancha, según pudimos ver; pero estaba ya cubierta en gran parte por la carne que había crecido por encima. Añadió después que le había sido ordenado por revelación divina que se dirigiera a una iglesia de San Lorenzo y que esperara, que allí en breve Dios tendría misericordia de él. Dicho esto y recibida la limosna, con prisa se fue de aquella ciudad *.

     Es grato detenemos un poco a considerar la grandísima benignidad de Dios y de su Santa Madre para con estos hombres, porque, habiendo pecado gravemente contra el Señor, los castigó también bastante gravemente pero no quiso acabar con ellos, es más, les volvió a llamar a penitencia y les dio esperanza de salvación eterna.

     Pero tal vez alguno diga: ¿ Por qué la Virgen Santa María, no defendió al caballero que se refugió en su iglesia? El que hablare así pondere que, como dice el Sabio, los designios de Dios son ocultos y por eso no debemos discutirlos temerariamente. 20Y después de todo, que nadie dude de que dicho hombre no pidió la ayuda de la Madre de Dios en vano. Porque, si leemos de algunos santos que en peligros semejantes prefirieron librar un alma antes que un cuerpo (porque librar el cuerpo en comparación con librar el alma es como comparar un instante con una eternidad), cuánto mejor puede la Santa Madre de Dios librar de la muerte eterna al hombre mencionado o a cualquier otro, ella que puede obtener libremente del Señor, su Hijo, todo cuanto quisiere. Por tanto, debemos creer firmemente que la Señora, según su voluntad, dispensó su misericordia al alma de dicho caballero, el cual tal vez por sus pecados había merecido que lo mataran, como lo hace siempre con todos los que recurren a ella de todo corazón. Pidámosle también nosotros que nos alcance el perdón del Señor, su Hijo, a quien con el Padre y el Espíritu Santo sea dada gloria por siempre. Amén.

 

 

<19> (18)

 

La imagen que los judíos decidieron crucificar


     1 Para levantar los corazones de los humildes a saborear los gozos eternos, con brevedad (como dice el refrán, «con poco, abarcar mucho» ) voy a contar por escrito un milagro de la excelsa Madre del Salvador, que ha llegado a mis oídos de labios de varones espirituales.

     En la ciudad de Toledo*, el día de la Asunción de la Virgen, Santa María, mientras el obispo celebraba la misa solemne y el pueblo elevaba devotamente sus preces al Señor, en mitad de los sagrados oficios, por intervención divina, se dejó oír una voz del cielo que se quejaba así de que su Hijo único, Salvador de todo el mundo, era maltratado con insultos y al fin con la muerte de cruz por el pérfido pueblo judío: iAy, ay, cómo se ve que la malicia de los judíos es patente y monstruosa! iAy, qué desgracia tan tremenda! iDentro del redil de Dios, mi Hijo, del Redentor del mundo, del Rey que tiene por distintivo la señal de la cruz salvadora, permanecen y viven pujantes los insensatos judíos! i Ellos de nuevo injurian y quieren dar muerte en el patíbulo de la cruz a mi Hijo único, luz y salvación de los creyentes!

     Una gran multitud de gente escuchó esto con viva atención donde lo íntimo del alma, y lejos de echarlo en olvido, bajo el impulso del Dios soberano, lo grabó en su memoria y en su mente, y luego el arzobispo y los fieles a él encomendados de común acuerdo decidieron ir, una por una, a las casas de los judíos de la ciudad y con prudencia, pero con diligencia, hacer averiguaciones sobre aquello de lo que la voz de la Virgen se había quejado. Así se hizo. Y, entrando en las casas del Rabí de los judíos y en la sinagoga, registrando los rincones de las casas, no fuera que los judíos hubieran hecho algo oculto por temor a ser descubiertos, pronto los investigadores encontraron una imagen de cera que, como si fuera una persona viva, habían hecho según la doctrina y la fe de los cristianos, y a la cual tenían preparada para llenarle de salivazos y bofetadas y darle muerte de cruz. Hallada la imagen, los cristianos borraron esta afrenta y la perfidia de los arteros judíos, y les dieron muerte en el acto.

     Sintamos, pues, todos veneración por la altísima dignidad de María, Madre de Dios, por cuya integridad virginal y por cuya saludable misericordia somos ayudados y destinados a la salvación eterna por su Hijo único, redentor del género humano. Así como se quejó de que los pérfidos judíos habían urdido con malicia como una segunda pasión de su Hijo y, quejándose, recordó al pueblo cristiano la pasión escrita en el Evangelio y le quiso librar de los engaños del demonio, enemigo del linaje humano, así también su amor misericordioso nos acerque al seno benditísimo de su Hijo y nos libre del fuego eterno del infierno. 10Por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, Hijo suyo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

<20> (19)

 

Una mujer librada por Santa María del peligro de muerte


     1 Acabamos de contar, en cuanto nos ha sido posible, un milagro piadosísimo de la Santa Madre de Dios, que tuvo lugar en el aire; nos parece que debemos exponer también brevemente qué es lo que hizo su misericordia en el agua.

     En un lugar que se llama Tumba, hay una iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, construida Con el mayor esplendor*. Dicho lugar, ceñido alrededor por el océano, debido a la agitación del oleaje, que en griego se llama reuma, y a causa del flujo del mar, llamado malina, y del reflujo llamado ledona, es muy temido por todos los que vienen con deseos de visitar la iglesia del santo Arcángel, porque dos veces al día la marea cubre por completo el camino de entrada. Pero no lo hace, Como en otros mares, lentamente, sino que irrumpe bruscamente, dando bramidos, Con estruendo y un ruido terrorífico, y a menudo sorprende a los que están en el camino, y por eso a ese mismo lugar lo llaman el peligro del mar*. 

     Gentes de todos los países visitan con devoción permanente este lugar en la festividad de San Miguel Arcángel, esperando alcanzar así los angélicos favores. Una vez, el día de la fiesta del Arcángel, cuando las multitudes acudían a su iglesia, hallándose ya en la franja arenosa de la entrada, entre los demás se encontraba una pobrecita mujer, embarazada, en trance ya próximo al parto, cuando de repente estalla el terrible rugido del mar. Huyen todos, como locos, en desenfrenada carrera; la infortunadísima mujer quedó sola, sin ayuda ninguna de los hombres, sin poder dar un paso siquiera, agarrotada por exceso de miedo, por el dolor y por la angustia. Como dice la Sagrada Escritura, hablando de otra mujer, habían caído sobre ella dolores repentinos. No sabía qué hacer ni adónde volver los ojos. Daba alaridos, pidiendo desgarradoramente auxilio, pero nadie atendía a su llamada porque cada cual trataba de salvar su propia vida. Tal vez esto no ocurrió por casualidad, sino que más bien fue buscado por la voluntad divina, para que en ello quedara a todos manifiesta la bondad de Cristo, que se hace patente sobre todo en momentos de aflicción, y la bondad de María, su piadosísima Madre. 10Fallándole, pues, todo auxilio humano, recurrió al auxilio divino, invocando con voz lacrimosa a Dios, a su Madre María y a San Miguel Arcángel. También la gente, deteniéndose en la orilla ante semejante espectáculo, con las manos levantadas al cielo, imploraba llorando el auxilio de la misericordia de Dios y de su piadosísima Madre, María.

     Estando todos pidiendo la intervención de Cristo, llegó nuestra Señora, Madre de Dios y siempre Virgen, María, compasiva más que todos los ángeles y todos los hombres, y, según le parecía a la mujer, echando sobre ella la manga de su túnica*, la puso tan a salvo del empuje horrísono de las olas que ni la más pequeña gota del océano tocó sus vestiduras. Allí mismo, como si se hallara en el lugar más seguro, dio a luz a su hijo y allí permaneció sin temor hasta que el mar, replegándose las olas sobre sí mismas, ofreció a la mujer despejado el camino para salir.

      ¡Oh, admirable poder de Dios! Él en otro tiempo mantuvo vivo al profeta Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, pero a esta mujercita la conservó también sana y salva en medio de las aguas gracias a la Estrella del mar, a María, excelsa Madre de Dios. En otro tiempo al antiguo pueblo de Dios las aguas le formaron como una muralla a derecha e izquierda; pero a esta pobrecita en sus necesidades le levantaron como una casa gracias a la Reina del cielo. Cuentan algunos que San Miguel Arcángel a un peregrino suyo lo libró del peligro del mar, haciendo que las aguas se retirasen*, pero a esta mujer la Reina del mundo en medio mismo de las aguas la libró del peligro de muerte. ¿ Quién será capaz de comprender la piedad tan grande de la Madre de Dios? ¿Quién no quedará admirado de ver que la Reina de cielo y tierra acude con presteza en socorro de una pobrecita mujer en un trance tan comprometido?
     20Llegó, digo, a la playa con su niño la que había sido dejada sola en el mar ofreciendo a las gentes el espectáculo de un milagro, porque la daban ya por muerta en el océano. Aquí de verdad cualquiera que esté en su juicio puede aplicar aquel dicho verdadero: Cuando falta el auxilio humano, queda sin duda el auxilio divino. Ante un hecho tan maravilloso era digno de verlos a todos felicitarse y admirarse, más de lo que uno puede imaginar, y contárselo unos a otros, como cosa nunca vista; todos en general alababan la piadosísima misericordia de María, Madre de Dios y siempre Virgen.  

     Por último, se dirige la mujer acompañada del gentío a la iglesia de San Miguel Arcángel, cuentan a los frailes del lugar el milagro de la Santa Madre de Dios, se tocan las campanas, todos con gran algaraza gritan: iQué piadosa es nuestra Señora, Santa María!

     ¡Oh, Virgen, Madre de Dios! Socórrenos también a nosotros, miserables pecadores, tus siervos, que esperamos en tu misericordia, para que no nos sumerja la tempestad del agua, ni nos trague el profundo del abismo, ni el pozo cierre sobre nosotros su boca, sino que ayudados y fortalecidos por tu misericordiosísima piedad y tu sacratísima intercesión, sirvamos al Rey verdadero, que vive y reina por los siglos que no acaban. Amén.

 

 

<21> (20)

 

Un monje librado tres veces del diablo por Santa María


      1Hubo hace tiempo en una comunidad monacal un monje que era muy familiar para Nuestra Señora y Ella quiso mostrárnoslo del modo siguiente. Sucedió una vez que el monje, por instigación del diablo (según creo), bebió tanto en la bodega que podemos pensar que perdió totalmente los sentidos. A la hora de vísperas, salió de allí así bebido y por el claustro se dirigía a la iglesia cuando le pareció que el diablo, en forma de un toro descomunal, le salía al encuentro y lo quería atravesar de parte a parte con los cuernos. Entonces vio que ante el toro se ponía una doncella de hermoso rostro, con el cabello cayéndole a lo largo de la espalda, con un pañuelo blanco* en la mano derecha, la cual, tras increpar al diablo diciéndole que por qué hacía eso contra su siervo, le ordenó que se fuera en el acto y no se atreviera en adelante a causarle ningún mal. Dicho esto, desaparecieron el miedo al demonio y la visión de la hermosísima doncella.
          Después continuó su camino y, estando ya cerca de la iglesia, de repente se lanzó sobre él el demonio en forma de un perro rabioso y en extremo temible; pero la joven, como antes, se presentó ahora y, haciendo huir al demonio lejos de él, le permitió seguir su camino libremente. y también desaparecieron la fantasmagoría del diablo y la bellísima visión de aquella joven.

          Finalmente, el monje entra en la iglesia, adonde iba, con mayor seguridad debido a que el demonio había sido rechazado y a que la joven le había dado ánimos. Nada más entrar, se le presenta de nuevo el enemigo del género humano, más temible que antes, en forma de un león ferocísimo, rugiendo frente a él y atacando como si fuera a devorarlo de un momento a otro.                     

        10Pero aquella joven, que lo había defendido una y dos veces, antes de que sufriera ningún daño, acudió en su ayuda y con un palo que llevaba en la mano, dio al diablo una soberana paliza, al tiempo que le decía: Porque no has querido obedecerme, te has ganado por de pronto esta somanta y, si te atreves a acercarte a él otra vez, la llevarás mayor aquí y en el otro mundo. De este modo aquel diablo de piel cambiante*, vencido por tres veces, aún más, bien apaleado, se disipó, como el humo, en un instante y no apareció más por allí.

     Luego la joven tomó al monje de la mano y éste al momento se encontró bien y recuperó los sentidos, como si no hubiera bebido ni una gota, y así de la mano se fue con él poco a poco y lo llevó hasta su lecho, subiendo las escaleras que había en el intermedio. Llegados allá, la joven abrió las ropas de la cama, colocó al monje en ella, reclinó suavemente la cabeza de él sobre la almohada, le hizo sobre la frente la señal de la cruz y le dijo: Te mando que mañana vayas a ver a fulano ( a quien conoces bien porque es tu compañero y es también amigo mío verdadero por su devoción) y que hagas con él una confesión sincera y lo que él te ordenare, mira bien, que no tardes en cumplirlo.

     Entonces el monje, muy contento ya, dijo humildemente a aquella, por así llamarla, su ama*: Oh, joven dulcísima, desde ahora deseo servirte con todo el corazón. Pero te pido, por favor, que antes de separarte de mi me digas a mi, tu siervo quién eres, tú que tantos favores me estás haciendo. 20 A lo que Ella contestó que se llamaba María, Madre de Dios, por el cual fue hecha cuando no existía, como fueron hechas todas las cosas, y gracias al cual ella podía defender así a sus siervos. Oídas estas palabras de sus amables labios, con gran alegría en lo íntimo de su corazón, encendido todo él en fervor hacia la dulce Madre del Señor, espoleado por el ardor de la fe, levanta sus manos en alto e intenta agarrarse a ella y alegrarse con ella, besando sus pies, y venerarla y abrazarla como su salvadora y Madre de su Señor. Pero la casta Madre del Señor y madre de piedad y misericordia, esperanza de los humildes y consuelo de los infortunados, como ya le había prestado su gran servicio, cuando él creía que la iba a retener consigo, levanta raudo vuelo hacia lo alto y, más bella que una rosa, se vuelve a las brillantes regiones del cielo, siendo ella más brillante aún. Él, a su vez, después de vistas, y aún más, después de oídas estas cosas, dio infinidad de gracias a Dios y a su Santa Madre por tan grandes beneficios como le habían hecho y en adelante, de mil maneras, empezó a amarla con fervor y a servirla con la mayor devoción. Lo mismo hizo aquel que le oyó en confesión y aquellos a cuyos oídos llegó en alas de la fama la noticia de este prodigio. También, hermanos queridísimos, nosotros a quienes en fidedigna relación ha llegado este milagro debemos hacer lo mismo con gran gozo, dejando a un lado las excusas, para que en todas nuestras necesidades merezcamos recibir la ayuda de Ella aquí y en la eternidad. Así se digne concedérnoslo aquel que vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

                                          

 <22> (Ø)
 

Un niño al que la misma Señora resucitó de entre los muertos*


      1 En los confines de la Galia hay un monasterio levantado en honor y bajo la advocación de la Virgen Santa, al que acude mucha gente a pedir la intercesión de la gloriosa Señora en sus necesidades. Entre otros, una mujer casada solía llegarse a menudo a las puertas de dicho monasterio y celebrar allí las vigilias. Aquella mujer se sentía desgraciada y consumida por la tristeza, ya que se veía marcada con el baldón de la esterilidad. Esa era la causa de su tristeza, esa era la causa de su dolor. Decía: A tí acudo, piadosa Madre de misericordia; invoco en esta prueba tu clementísima bondad. Tú sabes, Señora, qué es lo que te pide con ansia mi corazón contrito; qué, mis sollozos más profundos, y qué te suplican mis más abundantes lágrimas. Soy una mujer desgraciada en grado sumo, que, privada del fruto de mis entrañas y cubierta por ello de confusión y oprobio, me avergüenzo de aparecer ante los vecinos y conocidos. Esta vida me causa repugnancia; la luz del día me produce hastío. 10La noche es mi compañera; las tinieblas para mi alma son amables, porque está hecha a la amargura ya la tristeza. Escucha, Madre benigna, estas voces lacrimosas,. borra tú, fuente de misericordia, esta oprobiosa mancha; manantial de piedad, más dulce que la miel, derrama la lluvia de tu gracia sobre mi alma y endulza sus amarguras. Consuelo de los desgraciados, consuélame en mi llanto. Virgen fecunda, piadosísima y tiernísima, aparta de mí el estigma de la esterilidad, consigue con tus súplicas de tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que siempre te honra y nunca te niega nada, que me conceda por su gracia el don de la fertilidad, a mí, mujer estéril, como en otro tiempo a Sara, cargada de años y estéril, la hizo fecunda con un inesperado embarazo *.

     Estas cosas y otras semejantes decía, más con el corazón que con los labios, aquella mujer, llorando continua e incesantemente, puesta ante los ojos de la Madre Gloriosa. y la Madre de misericordia, importunada con tan constantes súplicas, no dilató por más tiempo el dar cumplimiento a su petición. Así que la mujer quedó embarazada y, según su deseo, dio a luz un hijo. Se llenó de un gozo indescriptible, tanto porque se veía libre de la esterilidad como porque con el hijo varón, concedido por los méritos de la santa Madre de Dios, había logrado ser llamada y ser de verdad madre de un hijo.  

      Pero un fin tenebroso, que llegó repentina e inesperadamente, oscureció el gozoso principio de aquel hijo. 20Porque el pequeño, atacado de altísima fiebre, en su cuna murió con muerte acerba. La madre, herida con la muerte del hijo como de un golpe mortal, cogiendo en brazos el cuerpo muerto del niño, se presentó en el monasterio y allí, posándolo en el suelo, prorrumpió en estos suplicantes y plañideros lamentos: De nuevo recurro a Ti, de nuevo derramo lágrimas en tu presencia, de nuevo llamo a las puertas de tu piedad con amargas y obligadas súplicas, a Ti, mi único refugio después de Dios; mi consuelo, Madre de la infinita misericordia y clemencia. i Ay, infeliz de mí! ¿Qué es lo que me ha sucedido? ¿Qué es lo que has querido hacer, Madre ? ¿ Por qué has taladrado el alma de una madre con la espada de un dolor tan grande ? ¿ Para qué me diste un hijo, si me lo ibas a arrebatar con una muerte para mí y para él tan temprana? Con todo, sin dudar, creo, espero y confío que puedes resucitar, después de muerto, al que diste ser cuando no era. Devuelve el hijo a una madre, privada de él y digna de compasión. Haz que de nuevo sea llamada madre yo, que era feliz con mi único hijo y he perdido al que era el motivo de merecer tan dichoso nombre.
     
30Mientras seguía diciendo estas cosas y a lo largo de la noche perseveraba en su oración, el calor vital, expulsando el frío de la negra muerte, entró de pronto en los yertos miembros del niño. Recuperado el aliento, el pequeño, que había estado muerto, con los movimientos que podía empezó a dar señales de estar vivo; la madre, dándose cuenta de ello y acercándose más para comprobar si era cierto lo que se apreciaba, al ver que su hijo estaba vivo, en un primer momento quedó presa de estupor, y después, llorando de alegría, cambió los gemidos y el llanto por gritos de alabanza, de alegría y de júbilo.

     Vuela la noticia de un milagro tan grande por los lugares cercanos hasta los pueblos remotos, y a muchos los mueve a salir de su casa para ver y comprobar la verdad del milagro. Acude la gente; vienen corriendo a ver a un hombre que ha resucitado de entre los muertos. Todos sienten admiración y se alegran, glorifican al autor de la vida, y alaban, sobre todo, unánimemente a la gloriosa Madre de Dios*, la encarecen y la ensalzan con inmensos cánticos de alabanza, a la que siempre protege a cuantos la invocan de todo corazón en cualquier apuro y necesidad. La mujer aquella, al fin, recuperado el hijo, volvió a su casa jubilosa. Amén.

 

<23> (21)

 

Una abadesa a la que la Señora libró misericordiosamente de la mayor angustia

 

     1 Es natural que los enfermos acudan a porfía a un médico si saben que es tan experto en su profesión que es capaz de curar cualquier enfermedad. y si además de pericia estuviera también dotado de la piadosa voluntad de darle a cada cual por amor lo que por su sabiduría le puede dar, entonces no hay duda de que todos desearán vivamente su asistencia, anhelarán su intervención eficaz y buscarán su diagnóstico. Ese aprecio sin reservas hacia su persona por parte de los enfermos lo experimentan los médicos, a pesar de que ellos sólo saben remediar los males del cuerpo. Pero si hay alguien de un poder tan sublime que con su intervención puede remediar no menos a las almas que a los cuerpos, a ése se le busca con mayor ahínco, se le desea con mayor anhelo y se le ama con mayor ternura. En este menester, es sabido que sobresalieron muchos santos, contando con la gracia celestial, pero la Madre del Santo de los santos está por encima de todos ellos en poder, después de Dios por especial privilegio, y el que se acoge felizmente a su clemencia, se ve libre de toda enfermedad y queda sano con la verdadera salud. Esto, que es muy fácil probarlo por multitud de medios, preferimos demostrarlo con los ejemplos que brevemente damos a continuación*.

     Según cuentan hombres dignos de crédito en un relato fiel, hubo una madre espiritual de un convento de monjas que desempañaba el cargo de abadesa, no sólo de nombre sino también de verdad, porque valientemente mantenía la observancia de la regla y con espiritual celo obligaba a la comunidad que estaba a su cargo a guardar las santas normas con piadosa exigencia. ( traducción del texto latino de la fotografía de portada ). Pero como el aprovechamiento de los buenos causa pesar a los malos por la envidia que los corroe, las monjas a las que vigilaba para que guardaran la saludable disciplina, comenzaron a devolver mal por bien ya sentir odio en pago del cuidado que ella ponía en mantener aquel régimen de vida. Digo que odiaban sin razón a la que debían amar con razón y anhelaban despojar de todo honor a la que trabajaba por hacerlas dignas de honores eternos.  

     10 A la inquina de las monjas se unió la malicia siempre beligerante del antiguo urdidor de asechanzas que tenía prisa por derrocar, fuera como fuera, de la torre de la santidad a aquella de la que estaba dolido porque arrancaba de sus manos a las que él tenía por cosa suya. Así, pues, la astuta malicia del envidioso ladrón se abalanzó sobre el celestial tesoro y, valiéndose de los ocultos designios de Dios, rompió el precioso sello de su castidad, que merece más estima que todas las riquezas de este mundo. Porque la citada madre de las monjas, derribada por las artes del engañador, cometió un pecado de fornicación con su despensero. Mas, cuando ya llevaba bastante tiempo contenta porque su delito estaba oculto, por disposición de Dios, que de nuestras maldades saca alabanzas en su honor, quedó encinta con un embarazo no deseado. Sin embargo no cejó en el empeño de exigir con el rigor de la regla la observancia de las sagradas normas a la comunidad de monjas que estaban a su cargo, y de no conceder a ninguna de ellas la perjudicial licencia para salir libremente. y de ahí se siguió que murmuraran de ella con mayor acritud y trataran con mayor ahínco de encontrar en ella cualquier cosa que mereciese reprensión*.
     Ya estaba llegando el momento de quedar libre de la carga del sacrílego embarazo, que había mantenido oculto celosamente, cuando, tanto por el modo de andar como por las cantidades que comía, las monjas, con sagacidad propia de mujeres, descubrieron que estaba embarazada y la noticia fue pasando de unas a otras hasta llegar a conocimiento de todas. Todas experimentaron una alegría especial, exultantes por haber encontrado una razón justa para acusar a aquella que consideraban era enemiga de sus caprichos. Escriben cartas delatando el pecado descubierto; a un hecho de por sí grave, lo hacen más grave aún, añadiendo mentiras, como ocurre entre los que se odian; esas cartas acusadoras llegan hasta el obispo de la diócesis a la que pertenecía aquel lugar. Es inminente la venida del obispo, sin que ella lo sepa; tampoco sabía qué hacer, tan pesada como se encontraba con su carga. Tenía ella una capilla privada en la que a diario dirigía con toda devoción sus himnos acostumbrados de alabanza a María, Madre de Dios y siempre Virgen, y le cantaba las horas canónicas con el sentimiento más tierno de que era capaz. 20 Aunque se movía ya con gran dificultad, se fue a esa capilla y empezó a decir las alabanzas de costumbre a la gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María. Al terminar dichas horas se le grabó más penetrantemente en el alma el horror de su enorme pecado y de la deshonra pública que se le venía encima; y, sintiendo quebrantarse de dolor lo más íntimo de su alma, entre amargos suspiros, dejaba escapar sollozos, a modo de los balidos de un ciervo* y redoblaba sus profundos gemidos.

Mantuvo así, como don concedido por el cielo, una esperanza segura en quienes no saben fallar: en la misericordia de Dios y de su piadosísima Madre, María, Reina poderosísima y dignísima de toda la creación; y su alma dolorida se volvió con entera devoción a tan grande y piadosa Virgen, implorando su intercesión. Postrándose en oración con todo el alma y con todo el cuerpo decía: A Ti acudo, mi Señora, clementísima y santa, Madre inefable de la mayor piedad, María, Virgen incomparable, refugio singular y único de los infortunados, después de Dios,. a Ti, regazo donde descansa la incomprensible piedad eterna, grito con lágrimas y suspiros en medio de mis angustias, deseando, por tu intercesión, por la inefable misericordia de tu Hijo único, Dios y Señor nuestro, Jesucristo, obtener el perdón de mi pecado, y librarme del horrible oprobio de mi inminente deshonra.

     Con lágrimas y oraciones de este tenor, arrasada en llanto, invocaba al singular consuelo de los atribulados, a la Santísima Madre de Dios, María, y le pedía con la mayor insistencia alivio de su desgracia. Así, mientras con ansiedad, con permanente contrición de corazón, desgranaba estas súplicas envueltas en lágrimas y exclamaciones, sorprendida por un sueño repentino, se tranquilizó y, tornándose en silencio los lamentos, se