Traducción al castellano de la frase. José Ortiz Echagüe (1886-1980),fotógrafo español. "Profesión en la sala capitular. Las Huelgas. Burgos"  

Catálogo general

 

 

FÁTIMA CARRERA DE LA RED

(San Pedro de Valderaduey -León-, 1957)

Catedrática de Escuela de Lengua Española de la Universidad de Cantabria. Es especialista en Lingüística Aplicada y Onomástica (Toponimia y Antroponimia), campos en los que actualmente trabaja, y en los que ha publicado numerosos trabajos. Entre ellos destacan su monografía dedicada a las expresiones causativas en la obra de Gonzalo de Berceo (Las expresiones causativas en las obras de Gonzalo de Berceo, IER, Logroño, 1982) y sus estudios sobre la toponimia de una extensa zona de la provincia de León (Toponimia de los Valles del Cea, Valderaduey y Sequillo, Institución Fray Bernardino de Sahagún, León, 1988).

 

AVELINA CARRERA DE LA RED

(Valladolid, 1961)
Profesora Titular de Filología Latina de la Universidad de Valladolid. Especialista en Humanismo renacentista, ha publicado diferentes trabajos que buscan, ante todo, la caracterización de este movimiento cultural europeo. Con atención preferente a la edición de textos de humanistas españoles, entre sus obras destaca la primera edición que se ha hecho del Diccionario médico de Antonio de Nebrija (Antonii Nebrissensis Dictionarium medicum. Introducción, edición critica y glosario, Salamanca, 2001). Igualmente ha trabajado, y trabaja en la actualidad, con textos hagiográficos, medievales y renacentistas.

 

II. BERCEO Y EL MS. THOTT 128 DE COPENHAGUE

 

II.1. Berceo y las colecciones marianas medievales

     En la hagiografía española hay tres colecciones de milagros marianos semejantes a las que circulaban por Europa en los siglos XII y XIII. Se trata del llamado Liber Mariae de Juan Gil de Zamora, los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo y las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio.

     Por tratarse de una de las mejores muestras literarias de la primitiva lengua castellana, quizá la que más interés ha despertado haya sido la obra rimada por Berceo en el s.X111, y por esa razón ha habido gran empeño, desde hace años, en averiguar las fuentes de donde tomó el poeta emilianense las historias de sus Milagros.

     Al carecer de antecedentes hispanos en la materia, en un primer momento se relacionó a Berceo con tres obras mariales de sus contemporáneos europeos: Les miracles de Nostre Dame de Gautier de Coinci (1177-1236), que tenía en común con Berceo no sólo la temática de muchos de sus milagros, sino el haberlos parafraseado en verso y en lengua romance; el Speculum Historiale de Vicente de Beauvais (t1264) y la Legenda Aurea de Jacobo de la Vorágine (t1298). Las coincidencias con estos autores eran sólo parciales y nunca del todo convincentes para explicar la obra de Berceo.

     En 1781 publicó B. Pez dos opúsculos, contenidos en sendos manuscritos; uno de ellos contenía la Venerabilis Agnetis Blannbekin ...Vita et revelationes, de autor anónimo; el otro se titulaba Liber de Miraculis Sanctae Dei Genitricis Mariae, atribuido al monje benedictino Botho o Potho de Punveningen (Priflingen, más tarde ), cerca de Ratisbona. Con este Liber a la vista, en 1877 A. Weber llamó la atención sobre el hecho de que (excepto el 14, que no está en Berceo) 16 de los 17 primeros milagros de la colección de Pez coinciden en el contenido y en el orden con los 16 primeros de Berceo I. Era un primer paso para llegar a las fuentes que se buscaban.

     A. Mussafia en sus Studien apuntó cinco manuscritos latinos que debían tenerse en cuenta para encontrar las fuentes directas de los Milagros del poeta riojano. Los cuatro primeros códices señalados por Mussafia eran cuatro manuscritos parisienses y el quinto era precisamente el Ms. Thott 128 de Copenhague.
     Conociendo la colección de Pez y los datos que proporcionaban Weber y Mussafia, el alemán R.Becker publicó su obra Gonzalo de Berceo's Milagros und ihre Grundlagen mit einem Anhange. Mitteilungen aus der lat. Hs. Kopenhagen Thott 128 (Universidad de Estrasburgo, 1910).

     En ella transcribe los 28 primeros milagros del Códice, coteja su contenido con el de la colección de Pez y el de Berceo y concluye que si bien es verdad que entre Pez y Copenhague hay una gran proximidad, al igual que entre Pez y Berceo, la mayor identificación, de hecho una identificación casi total, se da entre Copenhague y Berceo : de los 25 milagros de Berceo, 24 se encuentran en el Ms. de Copenhague con el mismo contenido y en idéntico orden; solamente cuatro de los milagros del Manuscrito no aparecen en Berceo (16,22,25 y 26).
     Las correspondencias entre las colecciones de Copenhague, Pez y Berceo se pueden ver en el cuadro siguiente:

 

     Del análisis del cuadro se extraen algunas conclusiones:

1º. Los tres coleccionistas han tenido una fuente paralela para el bloque de milagros 1 al 13.

2°. En el resto de los milagros (14 al 28), Pez ha omitido tres y los demás los presenta en otro orden, si bien se observan tres grupos que se mantienen unidos, 15-17, 22-24 y 27-29, lo que manifiesta también para esta parte indicios de una fuente común.

3°. Pez y Berceo, fuera del grupo 1-13, tienen poco en común.

4°. La correspondencia entre Berceo y el Ms. de Copenhague es evidente: excepto los milagros 16, 22, 25 y 26 de Copenhague, el resto se encuentran en Berceo y en idéntico orden.

     R. Becker, el primero que estudió el texto del Ms. Thott 128 y comprobó la coincidencia de datos, señala, creemos que con razón, que por lo menos un manuscrito. emparentado muy de cerca con el de Copenhague le ha servido a Berceo como modelo 2.

     A.G. Solalinde, gran difusor de los Milagros de Berceo con su edición de 1922, acepta como definitiva la tesis de Becker 3 .

     B. Dutton, al tratar en la introducción a su edición crítica de los Milagros sobre las fuentes de las que se pudo servir Berceo, asienta los puntos siguientes:

1°. El Ms. Thott 128 no es la fuente directa de Berceo, sino que Berceo y el Ms. Thott 128 tuvieron una fuente común.

2°. Parece probable que Berceo tuviera en sus manos una colección de Miracula, perteneciente a la familia Thott, compilada o adaptada para el culto de la Virgen (de San Millán) de Yuso.

     En cuanto al primer punto, Dutton no añade nada nuevo sobre lo dicho por Becker, pero reedita, dándolo a conocer entre nosotros, el texto latino del Códice de Copenhague en los 24 milagros de Berceo. La transcripción de Dutton elimina bastantes errores de la edición de Becker, aunque mantiene no pocos de carácter menor.

     En lo que respecta al empleo por parte de Berceo de una colección de milagros marianos probablemente compilada en San Millán, Dutton razona este aspecto con argumentos externos a la obra del poeta. El primero es una frase del monje Fernando, contemporáneo de Berceo y autor de un libro sobre los milagros de San Millán, en cuya primera recensión se lee: Notandum quod est liber scripture Beate Marie ("Es de notar que hay un libro escrito de Santa María ..."). Cree Dutton que este Liber ...Marie pudo contener ciertos himnos marianos que él publica y otras "obras marianas en latín que Berceo tradujo al castellano" (p.12). Entre ellas bien pudiera haber una colección de Miracula.

     Por otra parte, Fernando en la introducción que hace a los Milagros de San Millán se sirve de la alegoría del prado esmaltado de flores, lo que hace pensar que en San Millán pudo haber una colección de milagros con una introducción que sirviera de falsilla tanto para Fernando como para Berceo. Sobre esto volveremos más adelante.

A estos apuntes del investigador inglés, podemos añadir una serie de apreciaciones más concretas, derivadas del examen que hemos hecho del Ms. Thott 128, tratando de aclarar la postura de Berceo en relación con el texto de Copenhague y otras colecciones.

     Parece claro que el autor del Ms. Thott 128 lo compuso yuxtaponiendo en tres bloques milagros que tomó, también en bloque, de tres fuentes distintas, una colección universal europea, una colección de milagros rimados y una colección de milagros locales. La fuente de este primer bloque es aprovechada por Berceo para tomar de ella sus 24 milagros de los 28 que probablemente la componían, pero también fue tomada en su totalidad para formar con ella la primera parte del Ms. Thott 128. Por esto y por otros caracteres paleográficos, puede suponerse que Berceo no conoció el Códice de Copenhague sino otro que contendría los 28 milagros que más tarde se copiarían también en este Códice.

     Para saber si Berceo siguió sólo a la fuente común o se sirvió igualmente de otras colecciones que tuviera el Monasterio de San Millán, hemos recurrido a argumentos de orden interno, fundados en el análisis de la propia obra del vate riojano. El resultado de este análisis se refleja expresamente en el estudio de cada uno de los milagros, resaltando los añadidos de Berceo, las alteraciones y omisiones en relación con el Manuscrito de Copenhague, como se puede comprobar en el estudio que ofrecemos de cada milagro en particular.

     En general, y como visión de conjunto, podrían adelantarse los siguientes datos:

     Berceo no hace suyos los prólogos que el original trae con mucha frecuencia, advertencias que los autores hacían a sus oyentes llevando el milagro a otros ambientes o a consideraciones de circunstancias particulares. Él prefiere como introducción dirigirse en directo al auditorio llamando su atención con un vocativo: Amigos e vasallos de Dios omnipotent; Amigos, si quisieredes un poco esperar; Sennores e amigos; Sennores, amigos.

     La escueta introducción del Códice la sustituye por una introducción magistral, de la que hablaremos más adelante. En el milagro 6, "El ladrón devoto", omite un prólogo que arranca con unas frases del papa San Gregorio. En el 17, "La iglesia profanada", elimina la introducción sobre la severidad que la Virgen manifiesta frente a quienes la menosprecian. En el 18, "Los judíos de Toledo", pasa por alto una introducción exhortatoria sobre el amor a María, que arrancaba de Guillermo de Malmesbury. En el 21, "La abadesa preñada", sustituye los prolegómenos de su fuente sobre María, médico y medicina de las almas por otros en que se canta, seguramente siguiendo a otro autor, la edad dorada en la que los cristianos eran sencillos, veraces y bondadosos entre ellos. En el 22, "El náufrago salvado", no se interesa, como lo hace el Ms. Thott 128, por hacer saber a sus oyentes que dos abades solían contar sendos milagros que la Virgen había hecho en medio de los mares. En el 23, "La deuda pagada", no describe de entrada el viaje que llevó hasta Bizancio a un arcediano de Lieja y cómo allí le contaron el milagro que va a narrar. Finalmente, en el 24, "El milagro de Teófilo", elimina el inicio con la referencia histórica a la época en la que ocurrió el hecho, en los tiempos anteriores a la invasión del Imperio Bizantino por los persas.

     Esta actitud de suprimir prólogos e introducciones lo aparta de las colecciones de la familia Thott y a la vez hace más probable su conexión con otras colecciones (y son muchas) que tampoco mantuvieron el cliché del modelo de Copenhague en sus preámbulos.

     Pequeños detalles permiten suponer que Berceo tenía a la vista una colección o varias, de las muchas que van apareciendo en su momento dentro y fuera de España. Por ejemplo, en el milagro 23, "La deuda pagada", al comerciante cristiano se le llama Don Valerio (en el texto de Copenhague no se le da ningún nombre, en Poncelet se nombra como Teodoro ); en el mismo milagro, tal como lo presenta Berceo, después de haber hablado en todo momento de una imagen de María con el Niño en los brazos, inesperadamente quien da testimonio en defensa del cristiano deudor es un Crucifijo, lo que no aparece en el texto de Copenhague.

     Igualmente Berceo cambia la estructura y altera la secuencia de las escenas en relación con el Thott 128 en algunos milagros, como el 10, "Los dos hermanos", el 19, "Un parto maravilloso" y el 24, "El milagro de Teófilo".

     En el milagro 8, "El romero de Santiago", se adivina una fuente española o se supone una adición de Berceo 4; las versiones extranjeras cierran la narración con la resurrección del degollado y su decisión de hacerse monje de Cluny. Berceo, en cambio, lo hace llegar a Compostela y son precisamente los compostelanos quienes deciden poner el milagro por escrito:

 

Dicién: «Estatal cosa        deviemos escrivilla,
los que son por venir,        plazralis de oílla». (215 c d)

 

     Tampoco resulta tan difícil de imaginar que Berceo se sirviera de diferentes colecciones de milagros, sabiendo que disponía de una de las mejores bibliotecas de su tiempo y que las colecciones marianas abundaban con exuberancia en milagros.

      Se plantea la cuestión de por qué el poeta de San Millán omitió cuatro de los milagros que tenía delante, tal como aparecen en el Ms. de Copenhague. En primer lugar, no se puede afirmar rotundamente que su auténtica fuente los tuviera, aunque es muy probable que así fuese. En segundo lugar, para la supresión de alguno de ellos puede haber una explicación concreta; así, se suprimiría el milagro 26, Completas, porque la colección original iba dirigida específicamente a monjes y clérigos, quienes rezaban el Oficio Mariano, pero no le debía de parecer a Berceo un tema suficientemente interesante para el pueblo. El milagro 25, Una tempestad en el mar de Bretaña, pudo ser omitido porque le bastaba al riojano con el milagro 24 del Códice, Un naufragio en el Mar Mediterráneo, con un relato más espectacular y difundido en Europa. Para la omisión del milagro 16, Murieldis, y del 22, Un niño vuelto a la vida, hemos de acudir a la razón última, o sea, a la voluntad de quien seleccionaba, utilizando el privilegio de escoger según sus preferencias, tal como hacían todos los autores. Si tomamos como tipo los 28 primeros milagros del Ms. Thott 128, observamos cómo en cada autor aparecen constantemente en número variable: De los 28, se encuentran 17 en Guillermo de Malmesbury, 21 en Volperto, 25 en Pez, 12 en Cesáreo de Heisterbach, 11 en Vicente de Beauvais, 11 en la Legenda Aurea, 25 en Gil de Zamora, 22 en las Cantigas de Santa María y 24 en Berceo 5.

     Este repaso a las colecciones del resto de Europa, debe completarse -como se está haciendo en investigaciones recientes- con un cotejo de la obra de Berceo y las ya citadas colecciones peninsulares.
El Ms. 110 de la Biblioteca Nacional de Madrid es un Códice misceláneo del s.XllI, compuesto por 239 folios. Contiene el Evangelio apócrifo del Nacimiento de María (fols.1r- 7v); 47 milagros de la Virgen anónimos (fols. 7v-81 v); el Libellus de miraculis beatae Mariae de Hugo Farsito, en el que se incluyen dos que no son de esta colección -uno de ellos el milagro de Teófilo- (fols. 81v-114v); y una copia incompleta de las partes I y II del Liber sancti Iacobi, tal como lo transmite el Codex Calixtinus (fols. 115r-238v). La numeración consecutiva de los capítulos de las tres primeras obras indica que éstas fueron concebidas con un criterio de uni-dad temática, la referencia a la vida y milagros de la Virgen María. El Códice es probablemente obra de un solo escriba. Muestra numerosas inscripciones marginales en francés, lo que podría significar el origen galo de su compilador. Los prefacios de este Manuscrito y el Thott 128 son idénticos y las coincidencias en los 27 milagros comunes, prácticamente totales. De los 25 milagros de Berceo, sólo el último, "La iglesia robada", no se encuentra en el Ms. de Madrid 6.
     El Ms. Alcobacense 149 de la Biblioteca Nacional de Lisboa es un Mariale, compuesto y divulgado entre los siglos XII y XIII (en el s.XV se le añadió una breve Ars acentualis). Son 179 folios, divididos en diferentes cuadernos. Se recogen en ellos, entre otras composiciones marianas, 49 milagros, el último de los cuales (De quodam paruulo, un niño curado en Espira) está separado de los restantes por la obra de Hugo Farsito, Libellus de miraculis beatae Mariae virginis in urbe Suessionensi. Los 17 primeros milagros representan la colección HM. Otros 2, el 46, De miraculo in Chiuiaco acto, y el 47, De eo qui pedem et crus perditum Sancta Maria restituit, son obra de Guiberto de Novigento. Tiene una gran proximidad formal con el Thott 128, en aquellos milagros en que coinciden. La obra de Berceo recrea 24 milagros de esta colección (el milagro 25, "La iglesia robada" es, al igual que en las demás, el único que carece de correspondencia en el Ms. Alcobacenser.

     El Códice 879 del archivo de la catedral de Zaragoza es un misceláneo de cuyo primer texto, que ocuparía los 79 folios iniciales, sólo se conserva un breve fragmento. Los Milagros de la Virgen se extienden desde el folio 293v al 311r. Son 28 milagros marianos. Como vemos, coincide en el número de milagros con el Thott 128 y un cotejo con éste muestra enormes similitudes; sólo variantes ortográficas o leves alteraciones en el orden de palabras se comprueban en los milagros comunes. El primer bloque de milagros de este Códice se abre en esencia con la colección HM, 17 milagros, de los que el Thott omite el 14, De linteolo post infectionem per matrem candoris candidato, también ausente en Berceo; tampoco recoge este autor el milagro 17, De muliere que sensum amissum recepit, con el que se cierra la colección HM (el milagro de Murieldis). A estos 17 milagros, el Códice de Zaragoza añade otros 11, presentes en su mayoría también en Thott 8.

      En el estudio particularizado de cada uno de los milagros de Berceo, señalamos las referencias de estos manuscritos más importantes, a nuestro juicio, en lo que se refiere a su relación con el texto del poeta riojano. De gran ayuda para este cotejo ha sido el realizado por F. Baños en su edición de los 24 milagros del Ms. de Madrid coincidentes con los de Berceo en su edición crítica de los Milagros.
     
Algunas expresiones precisas parecen afirmar una mayor proximidad del Ms. de Madrid a la obra de Berceo. También se ha señalado que las coplas 104 y 155 reflejan más fielmente la redacción del Ms. de Madrid que la de los otros, así como el título del milagro 2, «La abadesa preñada» y el tono general de este milagro, más desenfadado en Berceo y el Manuscrito madrileño que en los Manuscritos de Lisboa y Copenhague 9.

     Pero en general, la conclusión sería una coincidencia casi total, excepto en divergencias puntuales, de tipo eminentemente gráfico-morfológicas.
     Reproducimos en la siguiente tabla las correlaciones de Thott 128, Berceo y las colecciones peninsulares de las que hemos tratado:

 

 

 

 

     A la vista de este cuadro, como conclusión general, podemos afirmar con F. Baños que «la deuda de Berceo se remonta no ya a un texto latino concreto, sino a la tradición de las colecciones de milagros, del mismo modo que sus vidas de santos son una contribución a un género ya muy antiguo del que existía plena conciencia», sin renunciar nunca a reconocer la enorme creatividad que el riojano manifiesta en toda su obra 10.

 

 

 

II.2. La redacción de Berceo y su cotejo con el Ms. Thott 128

 

     R. Becker ofrece en su trabajo, además de la edición del Manuscrito latino, un breve estudio de los 24 milagros de Berceo, con un resumen de su contenido y un análisis comparativo en el que señala los puntos que el riojano omite, altera o añade al texto de Copenhague. Quizás peque de ser excesivamente escueto, pero marca un camino muy útil para conocer en profundidad Los Milagros de Nuestra Señora.

     B. Dutton se ocupa de darnos el texto crítico de Berceo, seguido de unas sucintas notas críticas al texto. Reproduce el texto latino de Copenhague (sólo 24 milagros) e igualmente realiza un cotejo entre el texto de Berceo y su fuente latina.

     Nosotros, tomando como base estos análisis anteriores y, sobre todo, partiendo de las propias obras, intentamos completar las apreciaciones de ambos autores, extendiéndolas a puntos más numerosos, tratados de modo más amplio y acercando el comentario al ambiente socio-cultural de aquella época en Castilla y la Rioja. En algunos casos especialmente significativos para la mejor comprensión de la obra de Berceo nos referimos a las anteriormente citadas colecciones peninsulares, Ms. 110 de la B.N. de Madrid, Ms. Alcobacense 149 de la B.N. de Lisboa y Codex 879 del Archivo de la Catedral de la Seo de Zaragoza, mostrando la estrecha proximidad de Berceo a estas colecciones, señalada ya por F. Baños en su edición de los Milagros.

 

 

 

NOTAS

 

1.  A. WEBER en Zeitschriff für roman. Philologie 1,1877

2. BERCEO, Becker, p.5

3. GONZALO DE BERCEO, Milagros de Nuestra Señora, ed. A. GARCÍA SOLALINDE Clásicos Castellanos, Madrid, 1922.

4. Milagros de Nuestra Señora, ed. A. GARCÍA SOLALINDE, ed. cit., p. LVI

5. Para estas referencias, cf. PONCELET , Index.

6. Cf. R. KINKADE, «A New Latin Source for Berceo's Milagros: Ms. 110 of Madrid's Biblioteca Nacional», Romance Philology XXV (1971), pp. 188-192.
7. Cf. A.A. NASCIMENTO, «Testamunho Alcobacense de Ponte Latina de Los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo», Revista da Biblioteca Nacional I (1981), pp. 41-43.

8. Cf. W J. LACARRA DUCAY, «El códice 879 del archivo de la catedral de Zaragoza y los "Milagros de Nuestra Señora" de Gonzalo de Berceo», Príncipe de Viana XLVll, 2 (1986), pp. 387-394.
9. Cf. J. MONTOYA MARTÍNEZ, «El ms. 110 de la Biblioteca Nacional de Madrid: ¿un texto más próximo a Berceo?», Actas dell  Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, ed. V. BELTRAN, Barcelona, 1988, pp. 445-451.

10. Cf. BERCEO, Baños, p. XLII.

 

 

 

 

     A partir de este punto AVELINA y FÁTIMA CARRERA DE LA RED hacen un exhaustivo estudio de los 25 Milagros en los diversos códices marianos incluyendo en paralelo el texto íntegro del Thot 128 y su traducción, notas del original latino y versión castellana. En suma, una obra imprescindible de investigación berceana.

 

AVELINA CARRERA DE LA RED Y FÁTIMA CARRERA DE LA RED

 

MIRACULA BEATE MARIE VIRGINIS
(Ms. THOT 128 de COPENHAGUE)


- UNA FUENTE PARALELA A LOS MILAGROS DE NUESTRA SEÑORA DE GONZALO DE BERCEO -


COLECCIÓN CENTRO DE ESTUDIOS GONZALO DE BERCEO

NÚMERO 19


INSTITUTO DE ESTUDIOS RIOJANOS
GOBIERNO DE LA RIOJA
LOGROÑO 2000

 

 


 

Esta Biblioteca Gonzalo de Berceo ofrece la tradución de los Milagros de Ms. Thot 128 de las Profesoras Carrera de la Red. Con ella complementamos la versión latina original con anotaciones del B. Dutton ya disponible en nuestro portal  en la dirección electrónica: http://www.vallenajerilla.com/berceo/miracula.htm

 


 

 

 

 

EMPIEZAN LOS MILAGROS DE LA GLORIOSA MADRE DE DIOS Y SIEMPRE VIRGEN MARÍA

 

 

Prólogo

 

Empieza la introducción a los milagros de Santa María Virgen


     1Si en alabanza de Dios omnipotente con frecuencia se relatan los milagros que ha hecho la divina providencia por medio de los santos, con mayor razón deben pregonarse las glorias de Santa María, Madre de Dios, que son más dulces que todas las mieles. Por eso, para robustecer en el amor a Ella las almas de los fervorosos y enardecer los corazones de los perezosos, con la ayuda del Señor, intentemos reproducir los relatos que fielmente hemos oído contar. Fin de la introducción.

 

 

Principio de los milagros de la gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen, María

 

<1>

 

La vestidura que la misma Virgen entregó al arzobispo Ildefonso*


      1En la ciudad de Toledo hubo un arzobispo que se llamaba Ildefonso, hombre muy piadoso y adornado de buenas obras; el cual, entre otras preocupaciones por las cosas buenas, tenía la de amar mucho a Santa María, Madre de Dios, y, en la medida que podía, la honraba con toda reverencia. En su honor escribió con elegante estilo un libro famoso sobre su santísima virginidad que agradó tanto a la santa y siempre Virgen Madre de Dios, María, que se le apareció, con el libro en la mano, para agradecerle el haber escrito esa obra*. El, por su parte, deseoso de honrarla todavía más, decretó que todos los años se celebrase una fiesta solemne en honor de la Virgen ocho días antes de Navidad, para que de ese modo la festividad de la Anunciación del Señor, si caía en tiempo de Pasión o de Resurrección, se pudiera celebrar, como conviene, con el mismo esplendor en la fecha citada. Porque pensaba que era muy justo que antes de Navidad se pusiese una fiesta de la Santa Madre de Dios, ya que Dios vino al mundo, hecho hombre, por medio de ella. Tal fiesta, confirmada después en un concilio general, se celebra en las iglesias de muchos lugares*. 

     Por ello la Santa Madre de Dios se le apareció por segunda vez, de pie junto al altar, estando él sentado en la cátedra, y le entregó una vestidura (la que conocemos como alba sacerdotal*), diciéndole: Del paraíso de Dios, mi hijo, te he traído esta vestidura para que te la pongas en la fiesta solemne de Dios y en la mía; y en esa cátedra tú te podrás sentar cuando quieras. Pero te aseguro que, fuera de ti, nadie podrá sentarse en ella *ni ponerse esta vestidura impunemente, y si alguno se atreviere a ello, según juicio de Dios, no quedará sin castigo.

     10Dicho esto, la Santa Madre de Dios desapareció de su lado, pero le dejó la vestimenta que había traído. Él la usaba lleno de gozo, y crecía a diario en el servicio de Dios y de Santa María, con la práctica de buenas obras. Pasado un tiempo, emigró a la casa del Señor, dejando a la posteridad un ejemplo hermosísimo de cómo hay que honrar a la Madre de Dios.

     A su muerte fue nombrado arzobispo de la citada ciudad un clérigo, llamado Siagrio, el cual, teniendo en poca estima la virtud de su antecesor, y aún peor, engañado por las artes del enemigo, contra la prohibición de Santa María, Virgen, se sentó en aquella cátedra, y con intención de revestirse con la sagrada vestidura dijo: Yo soy un hombre y pienso que mi antecesor fue un hombre igual que yo. ¿Por qué yo no me voy a poner la misma vestidura que se ponía él, si desempeño el cargo de obispo lo mismo que él lo desempeñó ? Y, diciendo esto, se vistió aquel ornamento sagrado. Pero Dios castigó su arrogancia, porque, sin tocarlo nadie, cayó muerto, ahogado por la propia vestidura.

          Al ver esto los circunstantes, sobrecogidos de gran temor, le despojaron de la prenda que él se había vestido indignamente y la volvieron a poner en el tesoro de la iglesia, donde se conserva hasta hoy. 20 Así honró la Santa Madre de Dios a San Ildefonso que la había servido con devoción. En cambio castigó con la muerte el atrevimiento de Siagrio, enseñándonos que todo aquel que la honre obtendrá el favor de Dios y el de Ella.

 

 

<2>

 

Un monje librado por Santa María de las dos clases de muerte*


      1En cierto monasterio había un monje que desempeñaba el cargo de sacristán. Era muy lujurioso y a veces, instigado por el demonio, se dejaba llevar por el fuego de la sensualidad. A pesar de eso amaba no poco a la Santa Madre de Dios y, al pasar ante su altar, la saludaba con reverencia, diciendo: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. En las cercanías del monasterio había un río que el fraile tenía que pasar cuando iba a satisfacer su concupiscencia.

     Una noche, dispuesto a salir para su acostumbrada mala acción, al pasar ante el altar saludó a Santa María, como siempre, y a continuación, abriendo las puertas de la iglesia, se dirigió al mencionado río. Pero cuando intentaba atravesarlo, empujado por el diablo, cayó al agua, y en pocos instantes murió ahogado. Al punto una caterva de demonios echaron mano de su alma con la intención de arrastrarla hasta el abismo. Pero por la misericordia de Dios se presentaron también los ángeles, por ver si podían llevarle algún consuelo. Al verlos llegar los demonios les dijeron con voces altaneras: ¿A qué venís vosotros? 10En esta alma no tenéis parte alguna porque por las malas obras que ha hecho con toda justicia nos pertenece. Ante estas palabras los santos ángeles se quedaron muy tristes, al no poder presentar en contra ninguna obra buena. De repente se presentó la Santa Madre de Dios y con noble autoridad les dijo a los demonios: iOh, espíritus perversos! ¿por qué os habéis apoderado de esta alma? Ellos respondieron: Porque hemos visto que acabó su vida en pecado. Ella replicó: Es mentira lo que decís. Yo sé bien que para ir a cualquier parte llevaba permiso mío, porque me saludaba al marchar y lo mismo hacía al volver: y para que no digáis que nos imponemos por la fuerza, llevaremos el caso al tribunal del Rey Supremo. Y, después de discutir unos con otros sobre este asunto, el veredicto del Altísimo Señor fue que, por los méritos de su Madre Santísima, el alma del fraile volviera a su cuerpo, para que hiciera penitencia de sus pecados.

 

     20 Mientras tanto llegó la hora de llamar a los frailes para el canto de maitines, y como tardaba en sonar la campana, algunos frailes se levantaron y empezaron a buscar al sacristán; como no lo encontraban, se acercaron al río y lo hallaron en el agua, ahogado. Al sacar el cuerpo del agua, estaban sorprendidos cavilando en qué circunstancias le habría podido ocurrir aquello. Y, mientras lo comentaban entre sí, barajando distintas hipótesis, el fraile, de modo sorprendente, levantándose de donde yacía muerto, se puso de pie en medio de ellos y les contó lo que le había sucedido y cómo había salido bien parado gracias al socorro de la Madre de Dios. En adelante, no sólo dejó aquel vicio con el que acostumbraba a deleitarse sino que sirvió con mayor fervor a Dios ya Santa María, su Madre, y, acabando su vida en buenas obras, también en paz entregó su alma a Dios.

 

 

 

 <3>

 

El clérigo devoto de Santa María, en cuya boca, después de muerto, se halló una flor


      1 Vivía en la ciudad de Chartres* un clérigo de costumbres livianas, dado a los negocios del siglo y además esclavo de las pasiones de la carne en alto grado. En cambio, siempre tenía en la memoria a la Santa Madre de Dios y, como hemos dicho en el milagro anterior de otro clérigo, la saludaba muchas veces con las palabras del ángel. Según se dice, fue asesinado por unos enemigos, y, sabiendo que había llevado una vida poco piadosa, decidieron que debía ser enterrado fuera del lugar sagrado. y así lo hicieron, le dieron sepultura fuera del atrio de la iglesia, lugar no correspondiente a un clérigo como él.
     Cuando ya llevaba allí enterrado treinta días, la Santa Virgen de las vírgenes, compadecida de él, se apareció a otro clérigo y le dijo: ¿Por qué os habéis portado tan injustamente con mi canciller *, enterrándolo fuera de vuestro cementerio? Y, cuando él le preguntó quién era su canciller, la Santa le dijo: Ése que hace treinta días fue enterrado por vosotros fuera del atrio me servía con la mayor devoción y ante el altar me saludaba muchísimas veces. Id, pues, a toda prisa y, sacando su cadáver de ese lugar profano, enterradlo otra vez en el atrio.
      
10 Después de contarles esto, ellos muy extrañados abrieron su sepultura y en su boca encontraron una flor hermosísima y su lengua intacta y sana, como dispuesta a dar alabanzas a Dios. Todos los que se hallaban presentes, comprendieron que con su lengua había prestado a la Madre de Dios un servicio que le había sido grato. Y trasladado su cuerpo al cementerio, lo enterraron con cánticos de alabanza a Dios como correspondía.

     Nosotros creemos que la Santa Madre de Dios hizo esto no sólo por él sino también por nosotros, para que nosotros y los que lo oyeren nos encendamos en amor a Dios y a Ella.

 

 

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Un clérigo que cantaba a Santa María deseándole gozo fue hecho por Ella partícipe de dicho gozo


      1 Vivía también en cierto lugar otro clérigo que igualmente era muy devoto de Dios y de su Santa Madre. En su empeño por las buenas obras con las que trataba de agradar a la Virgen Santa, entonaba muchas veces devotamente en su honor la antífona siguiente: Alégrate, Madre de Dios, Virgen María; alégrate, Tú, que recibiste gozo de parte del ángel; alégrate, Tú, que engendraste al resplandor de la luz eterna; alégrate, Madre,. alégrate, Santa Virgen, Madre de Dios, Tú que eres la sola Madre Virgen, a tí te alaba toda la creación como Madre de la luz. Sé siempre, te lo pedimos, mediadora en favor nuestro *.

     En esta antífona la Iglesia de Cristo desea gozo a la Santa Madre de Dios cinco veces, porque una espada de profundo dolor atravesó su alma, cuando su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, clavado en la cruz por la salvación del género humano, recibió en su propio cuerpo las cinco llagas, para borrar por ellas los pecados de todo el mundo, cometidos por los cinco sentidos del hombre. También por relación a estas benditas llagas, fueron escritos por el Espíritu Santo en otro tiempo aquellos cinco versículos al final del salterio en los que se nos manda once veces alabar al Señor, para que por esas alabanzas consigamos el perdón de las acciones con las que quebrantamos la Ley de Dios *.

     Pero, volviendo a nuestro relato, el citado clérigo, víctima de una enfermedad, hallándose ya en las últimas, comenzó a verse angustiado y turbado por un miedo espantoso. Entonces se le apareció la Virgen, Santa María, y le dijo: ¿Por qué tiemblas con tanto miedo, tú, que tantas veces me has deseado alegría? 10No temas, no te va a pasar nada malo; al contrario, pronto participarás conmigo del gozo que tantas veces me has deseado. Él, al oir esto, pensó que le había devuelto la salud y cuando lleno de alegría intentaba levantarse, su alma, saliendo del cuerpo, voló a los gozos del paraíso donde, como se lo prometió la Santa Madre de Dios, se alegra por los siglos infinitos. Se sigue de aquí que debemos ponderar con cuánto amor y con cuánto anhelo hemos de tener en nuestro corazón a aquella que a los que le sirven nunca deja de prestarles su ayuda con toda prontitud.

 

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Respuesta que la Madre de misericordia dio apareciéndose a un pobre, devoto suyo


     1En cierta villa vivía un pobre que al no tener jornal iba de un lugar a otro y se ganaba el sustento de cada día en parte con las limosnas de los buenos y en parte con el trabajo de sus manos. Según su poder y entender, honraba de todo corazón a Santa María, Madre de Dios, hasta un punto tal que, por amor a Ella, muchísimas veces de las limosnas que sacaba daba a los demás pobres.

     Este hombre, estando ya para morir, empezó a pedir a la Santa Madre de Dios que tuviera a bien apiadarse de él y por sus súplicas le concediera la bienaventuranza del paraíso. Entonces la Santa Madre de misericordia en persona, poniéndose junto a su cabecera, le dijo: Ven, hijo querido, y gozarás del descanso del paraíso, como me lo has pedido.

     Muchos que se hallaban en la casa aquella oyeron estas palabras que pronto confirmaron los hechos, porque, efectivamente, su alma, nada más salir del cuerpo, fue llevada por los ángeles a las delicias del paraíso, donde, como se lo prometió la Santa Madre de Dios, vive alegre en compañía de los santos.

 

 

<6>

 

Un ladrón colgado de la horca, al que la Virgen Santa libró de la muerte


     1Como dijo el papa San Gregorio hablando de las Pléyades que, siendo siete estrellas distintas, en sus rayos de luz se nos muestran como una sola, así ha habido en el mundo en distintas épocas muchos hombres santos que se esforzaron con parecido fervor por agradar a Dios y a su Madre Santísima en una misma y única virtud. Por ser devotos de estos santos, inferiores en méritos a la Virgen Santa, algunos hombres se han visto libres en ocasiones de las penas, tanto del alma, como del cuerpo. Por tanto, nadie sienta dudar, porque contamos un milagro no muy distinto en circunstancias diferentes*.

     Había un ladrón que se llamaba Ebbo*; muchas veces robaba lo ajeno y con los bienes que sustraía furtivamente a los demás se mantenían él y los suyos. Sin embargo, veneraba de corazón a la Santa Madre de Dios y, hasta cuando iba a robar, la rezaba y la saludaba con la mayor devoción.
     Pero sucedió que un día, cuando estaba robando, inesperadamente cayó en manos de sus enemigos. No pudiendo justificarse de su delito, los jueces lo condenaron a morir colgado de una soga. Fue llevado a la horca sin la menor piedad para ser colgado sin demora. Estando ya suspendido y balanceándose sus pies en el aire, vino en su ayuda la Virgen Santa y durante tres días, le parecía a él, lo sostuvo en sus santas manos y no permitió que sufriera lesión alguna.
     10 Los que lo colgaron, al volver al lugar donde él estaba colgado y de donde ellos se habían alejado poco antes, al verlo vivo y con cara alegre, como si nada le pasara, pensaron que no le habían echado bien la soga y subiendo allá con presteza trataron de atravesarle la garganta con la espada, pero por segunda vez la Virgen Santa puso las manos delante de su cuello y no permitió que se lo traspasaran.
     Ellos, dándose cuenta, por lo que él contaba, de que era la Virgen Santa la que le estaba prestando su ayuda, pasmados de admiración, lo descolgaron y lo dejaron libre por amor a Dios y a su Madre. Él se fue y se metió monje y sirvió a Dios y a su Madre de por vida.

 

 

<7> 

 

Un monje que por los méritos de Santa María resucitó para hacer penitencia*

 

1 En el monasterio de San Pedro que hay cerca de la ciudad de Colonia había un fraile cuya vida y costumbres no estaban de acuerdo con el hábito monacal, porque procedía livianamente en muchas de sus acciones; incluso había tenido un hijo, quebrantando el voto de monje, y en muchas ocasiones se había entregado a prácticas mundanas. Un día, mientras estaba con algunos frailes tomando un brebaje medicinal para mantener sano el cuerpo, atacado de una fortísima debilidad, murió de repente sin confesión y sin la comunión del cuerpo de Cristo.
     En seguida su alma, cautiva del enemigo antiguo, fue llevada hacia los calabozos infernales. Al verlo San Pedro, de cuyo monasterio era el monje, se fue al Señor misericordioso y empezó a rogarle por su alma. El Señor le dijo: ¿No sabes, Pedro, que por inspiración mía el Profeta dijo: «Señor, ¿ quién habitará en tu tabernáculo o quién descansará en tu santo monte?» y añade luego: «El que camina sin mancha y obra con rectitud»? 10Por tanto, ¿cómo puede salvarse éste que ni 'ha caminado sin mancha' ni ha 'obrado con rectitud', como debía?
     
Oyendo esto, San Pedro pidió a los santos ángeles y después a todos los órdenes de santos que rogaran al Señor por el alma del fraile. Rogándole todos ellos y contestándoles el Señor lo que hemos dicho antes, en última instancia San Pedro acudió a la Santa Madre de Dios y a las santas vírgenes, estando plenamente seguro de que las súplicas de ella siempre son escuchadas. La Santa Madre de Dios se levantó para ir a rogar a su hijo con las santas vírgenes y al punto Cristo se levantó también para recibirlas y les dijo a su Santa Madre y a las santas vírgenes: ¿Qué es lo que venís a pedirme, Madre mía dulcísima y mis queridísimas hermanas ? La Virgen, Santa María, respondió que venía a interceder por el alma del mencionado fraile y Cristo le contestó: Aunque dije por boca del Profeta que nadie puede habitar en mi tabernáculo sino el que camina sin mancha y obra con rectitud, sin embargo, como tú quieres que consiga el perdón, consiento que el alma de ese fraile vuelva a su cuerpo, para que, haciendo penitencia de sus pecados al fin disfrute del descanso.

      Cuando la Virgen Santa hizo saber esto al apóstol San Pedro, éste al punto, atemorizando al diablo con la gran llave que tenía en la mano, lo puso en fuga y le arrebató el alma del fraile que tenía en su poder. Luego se la entregó a dos apuestos jóvenes y ellos a su vez se la entregaron a un fraile que había sido monje del citado monasterio, para que la hiciera volver a su cuerpo. Este fraile, al devolver el alma a su cuerpo, le pidió como recompensa que a diario rezara por él el salmo: Miserere mei, Deus y que barriera frecuentemente con la escoba su sepultura. 20 El muerto resucitó y contó lo que había pasado y lo que había visto y cómo había sido arrancado de las manos del diablo por intercesión de la Santa Madre de Dios y del apóstol San Pedro.
     Por cierto, que si el milagro que acabamos de contar a alguno le parece que no es creíble, piense cuán grande es el poder de la Santa Madre de Dios, más grande que el de todos los órdenes de santos, ante el Señor y Rey de los cielos y tierra, su Hijo, y desechará toda sombra de duda. Si pone reparos a lo de que San Pedro atemorizó al enemigo con la llave, tenga en cuenta que a los hombres, compuestos de cuerpo, las cosas incorpóreas no se les pueden explicar más que por signos corporales. A fin de cuentas, nada es imposible para Dios, a quien se debe honor y gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

<8> 

 

El peregrino que después de amputarse los genitales y la garganta fue devuelto a la vida por orden de Santa María


      1Tampoco debemos pasar en silencio aquí el milagro de Santa María que Don Hugo, abad de la iglesia de Cluny, suele contar de un fraile de su monasterio. El fraile se llamaba Giraldo. Cuando aún era seglar, un día le entraron deseos de ir en peregrinación a Santiago.
     Preparado ya lo necesario para el camino, al rayar el día en que iba a emprender el viaje con sus compañeros, vencido por la concupiscencia de la carne, se acostó con su concubina. y cuando llevaba hechas muy pocas jornadas con sus amigos, el enemigo antiguo, que a veces se transforma en ángel de luz, tratando de engañarlo, se le presentó en figura de apóstol Santiago y le dijo: Te hago saber que por las malas obras que has hecho ya no puedes conseguir tu salvación, si no haces lo que yo te diga. El contestó: ¿ Qué quieres que haga ? El diablo respondió: lo primero, córtate los genitales y luego date la muerte y por ello obtendrás de Dios el premio eterno. Él, convencido de que quien le mandaba tal cosa era de veras Santiago, empuñando su espada, se cortó los órganos viriles y después, llevando el hierro a su garganta, se asestó un tajo mortal.

     Los compañeros, al oir que se quejaba ya próximo a la muerte y al ver que estaba exhalando el último suspiro de muerte violenta y que estaba cubierto de sangre lo abandonaron huyendo precipitadamente, temerosos de que dijeran que ellos lo habían matado para robarle o por otro motivo.

     Tan pronto como se alejaron del muerto, el enemigo antiguo, que le había engañado, se apoderó de su alma, regocijándose no poco con sus esbirros de haber logrado así su presa. Pero como tuviesen que pasar por delante de la iglesia de San Pedro, por la voluntad de Dios, les salió al paso Santiago, en compañía de San Pedro, y le dijo a la chusma demoníaca: ¿ Por qué os habéis apoderado del alma de mi peregrino ? Ellos alegaban todo lo que podían de malo y el hecho de que a la postre se había suicidado. Pero Santiago les contestó: Estad seguros de que no os vais a reir de su muerte porque le engañasteis, haciéndoos pasar por mí; y lo que hizo, lo hizo sencillamente creyendo que me obedecía a mi y si os rebeláis contra esto, vayamos al tribunal de Santa María, Madre de Dios*.
     
20Se presentaron, pues, ante la Santa Madre de Dios y le preguntaron qué quería que se hiciese en este asunto; la Virgen Santa, llena de piedad, sentenció que esa alma debía volver a su cuerpo, para que haciendo penitencia pudiera quedar limpia de los pecados que había cometido. De esa manera, por los méritos de la Virgen, Santa María, y del apóstol Santiago, el alma volvió al cuerpo. y aquel hombre, al revivir, se encontró sano y que sólo le había quedado, como prueba, la cicatriz de la cuchillada en el cuello. Por cierto, los órganos que se había amputado no los recuperó; sólo le quedó un pequeño orificio por el que orinaba, según exigencias de la naturaleza. Finalmente se metió monje en el citado monasterio de Cluny y vivió muchos años, entregado al servicio de Dios.

 

 

<9>

 

El sacerdote que no sabía cantar más misa que la de Santa María *


      1 En cierta parroquia había un sacerdote al frente de la iglesia, de vida honesta y de muy buenos sentimientos, pero no muy impuesto en materia de letras; de hecho no sabía más que una misa, que era la que cantaba todos los días en honor de Dios y de su Santísima Madre, y cuyo introito empieza así: Salve, Santa Madre *.
     Acusado de ello por los clérigos ante el obispo, enseguida fue llamado y conducido a su presencia. El obispo, en tono de reproche, le preguntó si era verdad lo que de él le habían contado. Él respondió que era verdad y que habitualmente ni sabía ni cantaba otra misa. Entonces el obispo, montando en cólera, le dijo que era un embaucador del pueblo y le prohibió decir misa. El sacerdote volvió a su casa triste por verse privado de su misa. Pero a la noche siguiente Santa María se le apareció al obispo en una visión y le dijo con tono un tanto severo: ¿ Por qué has tratado de ese modo a mi canciller prohibiéndole celebrar el sacrificio en honor de Dios y mío? 10Te aseguro que si no le autorizas inmediatamente para que celebre el sacrificio divino, como es su costumbre, morirás a los treinta días.

     El obispo, temblando con semejante visión, se levantó turbado y, enviándole un recado, le mandó que viniera a toda prisa. Cuando llegó, el obispo cayó a sus pies y humildemente le pidió perdón. Después le ordenó que nunca jamás cantara otra misa que la de Santa María como la había cantado siempre. A partir de entonces colmaba de honores a dicho sacerdote, al cual, por amor a Dios y a Santa María, alimentó y vistió durante toda su vida.

     Así la Santa Madre de Dios, defendiendo de la injusticia al sacerdote que la servía, hizo que se le proveyera de todo lo necesario y al morir, por los méritos de Ella, lo llevó a la vida eterna.

 

 

<10>

 

El hombre a quien la Virgen Santa mandó que todos los días cantase en su honor el salmo Bienaventurados los que andan por el camino


      
1 En la ciudad de Roma había dos hermanos, uno de los cuales se llamaba Pedro, arcediano de la Iglesia de San Pedro, sabio y diligente, pero avaro. El otro se llamaba Esteban, el cual, siendo juez en dicha ciudad, actuaba injustamente en multitud de ocasiones, porque aceptaba regalos, falseaba los procesos, no daba a unos lo que debía ya otros les quitaba lo que era suyo. Hasta había quitado contra justicia tres casas a la iglesia de San Lorenzo y un huerto a la iglesia de Santa Inés.
     Sucedió que su hermano Pedro murió y por sus culpas fue condenado a las penas del purgatorio. Unos días más tarde murió también Esteban y fue conducido al tribunal de Dios. Al verlo San Lorenzo, a quien había quitado las tres casas, se acercó a él como con indignación y le oprimió con fuerza por tres veces en un brazo, causándole un dolor no pequeño. Santa Inés y las vírgenes santas también le volvieron el rostro por haberles robado su huerto. Y luego el Señor del cielo, juez justo, pronunciando sentencia contra él, dijo: Por haber quitado muchas veces lo ajeno y por haber vendido la verdad, aceptando regalos y dando sentencias injustas, es justo que sea llevado al lugar de Judas, el traidor.
      
10¿Qué más? Sin pérdida de tiempo se ejecuta la sentencia del Señor. Pero Esteban, en vida, tenía mucha devoción a San Proyecto*, obispo y mártir, y todos los años celebraba solemnemente su fiesta, dando una comida a los clérigos y muchas limosnas a los pobres. Por eso dijeron a San Proyecto: San Proyecto, ¿por qué no ayudas a Esteban que fue tan diligente para prestarte su servicio ? Acude con confianza a Dios misericordioso y benigno, para que en su inmensa piedad le conceda un poco de su misericordia. Entonces San Proyecto acudió, en primer lugar, a San Lorenzo y Santa Inés, contra quienes Esteban había cometido el robo y les rogó que lo perdonaran. Ellos, en atención a él, le perdonaron inmediatamente su culpa. Después, San Proyecto fue a interceder por él ante el Señor y con la ayuda de Santa María, Madre de Dios, consiguió pronto que su alma volviera al cuerpo para que devolviera lo que había robado e hiciera penitencia de sus pecados, dándole para ello un plazo de treinta días de vida *.

     Mientras tanto, cuando Esteban era llevado al lugar de Judas el traidor, según lo había dispuesto el Señor en su sentencia, oyó a lo lejos unas voces como de almas que se lamentaban en medio de las penas, entre las cuales reconoció a su hermano Pedro. 20Y aproximándose allá, le dijo: ¿Cómo es, hermano, que te han traído a estas penas, si pensábamos que eras un hombre justo? El contestó: Me han traído acá porque fuí algo avaro. Esteban añadió: ¿ nenes esperanza de salvarte al fin? A lo que él dijo: Esa esperanza tengo, porque, aunque avaro, me esforcé en hacer muchas obras buenas en pro de la iglesia. y si el papa y los cardenales cantaran una misa por mí conseguiría el perdón por la gracia de Dios y me vería libre de las penas que estoy padeciendo.

     Más tarde, cuando Esteban, según juicio de Dios, como antes dijimos, había sido arrojado al lugar donde es atormentado Judas, que es como un pozo erizado de pinchos agudos en derredor, llegó la orden del Dios Altísimo de que su alma fuera devuelta al cuerpo. 30Sacado de allí se presentó ante Santa María, Madre de Dios, y la piadosísima Virgen le mandó que todos los días de su vida rezara el salmo Bienaventurados los que andan por el camino inmaculado *. Luego Esteban contó al Papa ya los que con él estaban lo que le había sucedido y lo que había oído a su hermano Pedro y les mostró también su brazo seco, el que le había oprimido San Lorenzo, que de un modo extraño estaba tan amoratado como si le hubiera ocurrido eso cuando vivía en el cuerpo; y añadió además: Conoceréis que es verdad lo que os cuento, cuando dentro de treinta días me veáis salir de esta vida. Dejando a todos convencidos de lo que decía, devolvió lo que había quitado injustamente y, tras hacer penitencia de sus pecados, a los treinta días emigró felizmente de este mundo.

 

 

<11>

 

El seglar que se libró del infierno por ser devoto del Ave María


      
1 Había un seglar dedicado a las faenas del campo y ocupado en los demás negocios del mundo. Entre las muchas malas mañas que tenía, cuando araba su tierra, robaba también a los colindantes la cantidad de tierra que podía y, no respetando los mojones, añadía a sus propiedades furtivamente las fincas de los demás. Sin embargo, con frecuencia se acordaba de Santa María, Madre de Dios, y, como hemos dicho más arriba de otros*, muchas veces le rezaba el Avemaría devotamente, en cuanto él sabía.

     Cuando este hombre murió, se arracimaron junto a él los demonios, seguros de poder llevarse su alma; acudieron también los ángeles. Mientras éstos alegaban las pocas obras buenas que había hecho, los demonios por contra empezaron a sacar un montón de cosas malas. Y, cuando pensaban alborozados que con eso quedaban vencedores, uno de los ángeles trajo a consideración que había tenido por costumbre saludar con devoción a Santa María. Al escuchar esto, los espíritus inmundos abandonando el alma de aquel hombre, se alejaron precipitadamente confundidos.

     De ese modo aquella alma fue arrancada del poder de sus enemigos y escapó de la condenación eterna, concediéndoselo Dios, por los méritos de su Madre, que con Él sea bendita siempre. Amén.

 

 

<12>

 

El monje que rezaba las horas a Santa María sin sentarse y se salvó por sola esta devoción

 

     1Cerca de la ciudad de Pavía, en el monasterio de San Salvador, hubo un monje, prior de dicho monasterio. Era ligero de lengua, de depravadas costumbres y metido en negocios que no le eran convenientes. Pero, aunque parecía tan mal religioso, sin embargo como amaba mucho a Santa María, Madre de Dios, a las horas cantaba las alabanzas de Dios y de ella y, mientras las cantaba, siempre lo hacía de pie y por nada se avenía a hacerlo sentado*.

     Llegado el término de su vida, murió y lo enterraron, y a la vuelta de un año se apareció al sacristán del monasterio, que se llamaba Huberto. Éste, como hacen los sacristanes, se levantó una noche antes de maitines y estaba espabilando la llama de las lámparas, de pie ante el altar, cuando he aquí que el fraile muerto empezó a llamarlo con voz clara: iFray Huberto!, iFray Huberto! .Él, al oirlo, se llenó de miedo, sin saber qué sentido tenía aquello y se fue a unas habitaciones privadas que había en la residencia para enfermos, porque estaban bastante cerca del monasterio. También allí el fraile difunto empezó a llamarle: i Fray Huberto! , i Fray Huberto! 10Pero él no se atrevió a contestarle y, temblando de miedo, se volvió a la cama. Y, habiéndose dormido, el susodicho fraile se le presentó y le dijo: ¿ Por qué, cuando te llamaba, no quisiste contestarme ? El lo reconoció ya su vez le preguntó: ¿ Cómo te encuentras, hermano ? Le respondió el otro: Hasta ahora he estado mal, he estado desterrado en una región, cuyo rey se llamaba Esmirna *. Allí vivía lleno de tribulaciones cuando acertó a pasar por aquel lugar Santa María, reina digna de toda veneración y dignísima de toda alabanza, Madre poderosísima de nuestro gran Rey, a la cual yo en vida tenía costumbre de enviar saludos a las horas. Ella al verme me reconoció y, sacándome de allí, me llevó consigo y me puso en un lugar excelente. Tras escuchar esto, el sacristán contó al resto de los frailes que el fraile difunto se había librado del tormento gracias a la Santa Madre de Dios, como él mismo le había contado. 

     20Por donde se puede comprender qué grande es la esperanza de que van a librarse de cualquier peligro aquellos que se afanen cada día por servir a tan clementísima Señora, cantándole incensantemente con devoción las horas que le son tan agradables. Por lo que a Huberto se refiere, después de haber visto y haber contado esto, muriendo a los pocos días, abandonó este mundo.

 

 

<13>

 

Un clérigo de Pavía, elevado a obispo por la intervención de Santa María


      1 En dicha ciudad hubo un clérigo llamado Jerónimo*, muy distinguido por su rectitud de costumbres, que siempre estaba pensando en agradar a la Santa Madre de Dios, o rezándole el Avemaría o cantándole las horas o prestándole servicio de mútiples maneras.

     Sucedió un día que murió el obispo de la ciudad y la iglesia se quedó sin guía. Por ello se reunieron los clérigos con los senadores de la ciudad y decretaron celebrar tres días de ayuno para que Dios les manifestara quién quería que fuera elegido obispo. En ese intervalo, la Santa Madre de Dios se le apareció a un caballero y le dijo: Vete y dí al pueblo que busque a mi canciller * y le nombren obispo de la ciudad. Y, al preguntar él quién era su canciller, ella le contestó que era uno que se llamaba Jerónimo, que de día y de noche estaba ocupado en servir a Dios ya Ella.

     Al levantarse, contó el caso a los senadores, los cuales buscando al tal Jerónimo, hicieron que fuera ordenado obispo con gran pompa. De este modo Jerónimo, elevado a la dignidad episcopal por el favor de Santa María, Madre de Dios, trabajó por servir en santidad todos los días de su vida a Dios ya la Virgen, su Madre, y después de todo, muriendo alegremente, subió a los cielos.

 

 

<14>

 

El velo de una imagen y el abanico que estaba al pie; el fuego, embravecido en torno, ni siquiera lo ennegreció


     1 Hay una iglesia dedicada a San Miguel, en el monte llamado Tumba en peligro del mar* .En esta iglesia sirven a Dios un gran número de monjes, sujetos a las normas de la regla.

     En cierta ocasión cayó un rayo del cielo y por designios de Dios empezó a arder la iglesia. Había en ella una imagen, bellamente tallada en madera, que representaba a Santa María, Madre de Dios, la cual tenía sobre su cabeza un velo blanco a modo de toca. Cuando el fuego llegó al sitio en que estaba dicha imagen, abrasó todo cuanto había a su alrededor. Pero a la imagen, como si se espantara de ella, la dejó completamente intacta, hasta el punto de que al velo blanco que tenía en la cabeza ni siquiera llegó a ennegrecerlo lo más mínimo con las espirales del humo. También se libró del fuego, porque estaba unido a la imagen, un plumero de plumas de pavo real, a manera de abanico.

     Se prestan estos milagros a una interpretación muy apropiada porque el fuego no pudo tocar a la imagen de aquella que, siendo siempre virgen en cuerpo y alma, nunca conoció el fuego de la concupiscencia de la carne*.

     La Santa Madre de Dios libró a su imagen del fuego, como hemos dicho, para enseñarnos que a los que la sirven puede Ella librarlos del fuego eterno con la mayor facilidad.

 

 

<15>

 

El clérigo que dejó a su esposa y lo dejó todo por Santa María*

 

     1 En la comarca de la ciudad de Pisa había un clérigo, canónigo de la iglesia de San Casiano. Como hemos contado de otros muchos, éste rendía devotamente culto a Santa María Virgen, reina de los ángeles y reina del mundo, y cantaba solícito en su honor las horas del día, que entonces eran rezadas por muy pocos. Sus padres, llegada la muerte, emigraron de esta vida y, como habían sido muy nobles y ricos, le dejaron una gran fortuna, ya que no tenían más herederos que él. Sus amigos venían a verlo y le insistían en que se volviese a la casa que sus padres le habían dejado y, tomando una esposa, administrase la herencia. Les hizo caso, se fue con ellos, se instaló en las posesiones de sus padres y decidió casarse. Mientras tanto empezó a descuidarse en los rezos que solía hacer a Santa María.

     El día en que iba a celebrar la boda con la mujer que había elegido, en el trayecto llegó ante una iglesia, y acordándose de que tenía por costumbre prestar su servicio a Santa María, pidió a los acompañantes que le esperaran un ratito, diciéndoles que quería entrar en aquella iglesia a hacer oración. Entrando, pues, en la iglesia se puso a cantar devotamente las horas de Santa María. Los acompañantes le mandaban avisos para que abreviara, pero él no quiso moverse del sitio hasta que acabó las horas cumplidamente. 10Y, permaneciendo él todavía en la iglesia, se le apareció Santa María, Madre de Dios, y con tono severo le dijo: iOh ingrato y el más tonto de los hombres! ¿ Por qué me has dejado a mí, que era tu amo!; prendido en las redes del amor a otra? ¿Acaso has encontrado otra mejor? Hazme caso, no me dejes, no tomes otra mujer despreciándome a mí.

     Y, lleno de temor por estas palabras, volvió de nuevo con sus compañeros, fingiendo que de verdad se iba a casar. Así pues, se celebró la boda, como es costumbre, con gran alegría. Pero al llegar la noche, entró en la alcoba, como si fuera a acostarse con su esposa, y sin que nadie se diera cuenta, a escondidas, salió de casa, abandonó a su mujer y todo lo que pudiera tener y, según se cree, buscó un lugar apropiado para servir a Dios y a su Santa Madre, sin que se haya podido saber hasta hoy adónde fue o con qué muerte murió.  

     Sin embargo, nadie debe dudar de que hasta el fin de su vida gozaría de la protección de la Santa Reina del cielo, por la cual y a petición suya decidió dejar todo el mundo, con la ayuda de Dios, a quien se debe dar honor y gloria por los siglos de los siglos. 20 Amén.

 

 

<16>

 

Una mujer recuperó la razón que había perdido


     1No me importa relatar un milagro muy pequeño ciertamente para los méritos de Santa María, porque para nadie debe ser molesto contar milagros, grandes o chicos, a mayor gloria de la que es refugio de míseros y recuperadora de perdidos*.
     Una mujer, llamada Murielde, esposa de un caballero de nombre Rogelio, hijo de Vimundo, que vivía cerca de Fiscanno*, una noche vio en sueños que llevaba un estandarte de color sangre. Vio eso cuando estaba embarazada en espera de un niño que después nació. Al despertar del sueño, perdió de golpe la razón y comenzó a decir locuras con gran extrañeza de su marido. Un poco más tarde le parecía que la fe cristiana, que hasta ese momento había profesado, se hallaba situada entre sus pechos y de ellos se le marchaba sin parar. Así la engañaba el diablo que quería apoderarse de su alma*.
     Sus amigos, llenos de consternación por la desgracia tan grande que veían le había sobrevenido, tomándola a su cargo, la llevaron por distintos santuarios, por ver si podían hallar algún remedio para su salud; hasta llegó a pasar una noche en la iglesia de la Santa Trinidad de Fiscanno; pero la Santa Trinidad, un solo Dios en tres personas, tampoco por entonces le quiso conceder la salud, porque el don de su curación lo reservaba para Santa María, Reina del cielo, Madre de Dios omnipotente. Después de esto, le prepararon un baño de agua bendita, sobre la cual habían pronunciado exorcismos muchos sacerdotes y la habían santificado con muchas bendiciones*. Después de haberla tenido sumergida en él empeoró tanto su enfermedad que padeció unos trastornos de cabeza mucho mayores aún.
     10Transcurrido un año desde que había caído en la enfermedad, estando próxima la fiesta de la Purificación de Santa María, la llevaron a una iglesia, levantada en honor de la misma Santa María, Madre de Dios, que, según se dice, fue construida en otro tiempo por los griegos en medio de un extenso olivar y es muy diferente del resto de las iglesias y muy apropiada para que allí vivieran los eremitas. Habiendo, pues, pasado allí la noche de dicha festividad, por los méritos de la Santa Madre de Dios, se sintió tan sana como si nunca hubiese tenido enfermedad alguna. Porque no sólo recuperó enteramente el juicio que había perdido sino que quedó completamente sana de la cabeza. Por lo cual, tanto ella como su marido y el resto de los amigos dieron gloria a Dios y a su Santa Madre.
     Pidamos, pues, carísimos, a la piadosísima Madre de nuestro Señor Jesucristo que se digne obtenemos el perdón de los pecados mortales a nosotros, pecadores, que alabamos de corazón sus méritos extraordinarios. Ella, que en los precedentes milagros mostró una misericordia tan eficaz a muchos siervos suyos, sea nuestra protectora en todos los peligros de la vida, ya todos los que invocamos su dulcísimo nombre, Ella, que es Madre de misericordia, venga presurosa como auxiliadora nuestra en la hora de la muerte y poderosísima defensora en el día del juicio frente a todas las acometidas de los enemigos, concediéndonoslo su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

 

 

<17> (16)

El niño judío al que la Virgen Santa conservó ileso en medio de un horno

 

     1Ocurrió este suceso hace tiempo en la ciudad de Bourges y lo suele contar un monje de San Miguel de Clusa, llamado Pedro, diciendo que él había estado allí por entonces*.

     El día solemne de Pascua, cuando los niños cristianos iban a la iglesia a recibir el sagrado cuerpo del Señor, un niño de familia judía, que iba a la escuela con ellos, se acercó entre todos al altar y, sin advertirlo el sacerdote, recibió con ellos el cuerpo del Señor. Había en el retablo del altar una imagen de Santa María que tenía un velo sobre la cabeza, y le parecía al niño judío que Ella, en la figura de una mujer de aspecto venerable, repartía junto con el sacerdote la sagrada forma a cada uno de los que se acercaban a comulgar.

     De vuelta a casa, cuando el padre preguntó al niño de dónde venía, él le contestó que había ido con los niños, sus compañeros, a la iglesia y que, cuando ellos recibieron la comunión, él también había comulgado. Oyendo esto el padre, se encendió en cólera, y, cogiendo al niño con rabia, vio allí cerca un horno encendido y corriendo lo arrojó en él*.

     Al punto, la Santa Madre de Dios, con los rasgos de aquella imagen que él había visto sobre el altar, se le apareció al niño y protegiéndole del fuego no permitió que notara ni el más pequeño grado de calor. Pero la madre del niño, presa de un grandísimo dolor, comenzó a gritar y a dar alaridos, y en breve tiempo congregó un gran gentío, tanto de cristianos como de judíos. Ellos, viendo que el niño estaba vivo en el horno y que no sufría daño ninguno del fuego, lo sacaron, preguntándole cómo había podido evitar ser abrasado por las llamas. Él les contestó: 10 Porque aquella venerable Señora que estaba sobre el altar y nos daba las partículas al comulgar; me vino en ayuda y mantuvo el fuego lejos de mí; y no permitió siquiera que yo sintiera el olor a quemado.

      Entonces los cristianos, comprendiendo que la Santa Madre de Dios era su protectora, arrojaron al judío, padre del niño, al mismo horno al que él había arrojado a su hijo. Al punto, torturado por el fuego, en un momento quedó reducido a pavesas. Los que lo vieron, judíos y cristianos, alabaron conjuntamente al Señor y a su Santa Madre, y desde aquel día perseveraron fervorosos en la fe de Dios.

 

 

<18> (17)

 

Castigo y también compasión que tuvo la Virgen Santa con ciertos caballeros


      1 Así como hay muchos que leyendo los milagros ya relatados de la Santa Madre de Dios pueden darse cuenta de que Santa María usa de gran piedad como Madre de misericordia, sobre todo con los que se esfuerzan por ser devotos suyos, así también hay que saber que es severa con los que la desprecian. Para demostrarlo, vamos a contar un milagro que sabemos ha tenido lugar en nuestros días.

      Tres caballeros que tenían odio a otro y querían matarlo, encontrándolo sin la protección de sus amigos, en una ocasión muy propicia se lanzaron sobre él con la intención de darle muerte. Él, despavorido, se refugió en una iglesia, consagrada a Santa María, por ver si conseguía, por la reverencia debida a ella, librarse del peligro de muerte inminente. Pero ellos, inhumanos, entrando en la iglesia, lo mataron ante el altar sin compasión alguna.
     Por acto semejante, la Virgen Santa María, se indignó contra ellos. Y, castigándolos Dios por tal atrevimiento, de repente se vieron atacados por un fuego que empezó a quemar cada uno de sus miembros con violencia. Ellos, al darse cuenta de que caía sobre sí el castigo divino y forzados por el grandísimo dolor, se volvieron con gran contrición de corazón a invocar a Santa María, Madre de Dios, a la que habían ofendido gravemente.

     Aplacada por sus ruegos la Virgen Santa, siempre llena de misericordia, por la bondad de Dios, les libró piadosamente del fuego que los devoraba. Sin embargo, no quedaron completamente sanos. Mas tan pronto como pudieron caminar, fueron a ver al obispo, le contaron lo que ellos habían hecho y lo que les había pasado y le pidieron que les impusiera una penitencia. Al señalársela el obispo, le pareció bien imponerles, en lugar de otra penitencia, las armas con las que habían matado a aquel hombre, es decir, les mandó que continuamente llevaran las armas sobre su cuerpo y así hicieran la penitencia que les correspondía hasta que dieran satisfacción a Dios ya Santa María, su Madre.

     10Ellos, aceptada esa penitencia, se separaron entre sí, se fueron lejos de su tierra, y peregrinaron durante largo tiempo por distintos lugares, buscándose el sustento. Uno de los cuales vino a una ciudad llamada Anifridi, situada junto al río Itona, y entró en casa de una mujer que se llamaba Emma. Por casualidad entonces estábamos nosotros allí, pidiendo limosna. Y por eso él nos contó punto por punto lo que había sucedido (lo que hemos dicho anteriormente de él y de sus compañeros ), y para convencer más a los oyentes, se desnudó ante nosotros y nos mostró, ceñida a la carne viva, la espada con que había herido de muerte al susodicho caballero. La espada era bastante ancha, según pudimos ver; pero estaba ya cubierta en gran parte por la carne que había crecido por encima. Añadió después que le había sido ordenado por revelación divina que se dirigiera a una iglesia de San Lorenzo y que esperara, que allí en breve Dios tendría misericordia de él. Dicho esto y recibida la limosna, con prisa se fue de aquella ciudad *.

     Es grato detenemos un poco a considerar la grandísima benignidad de Dios y de su Santa Madre para con estos hombres, porque, habiendo pecado gravemente contra el Señor, los castigó también bastante gravemente pero no quiso acabar con ellos, es más, les volvió a llamar a penitencia y les dio esperanza de salvación eterna.

     Pero tal vez alguno diga: ¿ Por qué la Virgen Santa María, no defendió al caballero que se refugió en su iglesia? El que hablare así pondere que, como dice el Sabio, los designios de Dios son ocultos y por eso no debemos discutirlos temerariamente. 20Y después de todo, que nadie dude de que dicho hombre no pidió la ayuda de la Madre de Dios en vano. Porque, si leemos de algunos santos que en peligros semejantes prefirieron librar un alma antes que un cuerpo (porque librar el cuerpo en comparación con librar el alma es como comparar un instante con una eternidad), cuánto mejor puede la Santa Madre de Dios librar de la muerte eterna al hombre mencionado o a cualquier otro, ella que puede obtener libremente del Señor, su Hijo, todo cuanto quisiere. Por tanto, debemos creer firmemente que la Señora, según su voluntad, dispensó su misericordia al alma de dicho caballero, el cual tal vez por sus pecados había merecido que lo mataran, como lo hace siempre con todos los que recurren a ella de todo corazón. Pidámosle también nosotros que nos alcance el perdón del Señor, su Hijo, a quien con el Padre y el Espíritu Santo sea dada gloria por siempre. Amén.

 

 

<19> (18)

 

La imagen que los judíos decidieron crucificar


     1 Para levantar los corazones de los humildes a saborear los gozos eternos, con brevedad (como dice el refrán, «con poco, abarcar mucho» ) voy a contar por escrito un milagro de la excelsa Madre del Salvador, que ha llegado a mis oídos de labios de varones espirituales.

     En la ciudad de Toledo*, el día de la Asunción de la Virgen, Santa María, mientras el obispo celebraba la misa solemne y el pueblo elevaba devotamente sus preces al Señor, en mitad de los sagrados oficios, por intervención divina, se dejó oír una voz del cielo que se quejaba así de que su Hijo único, Salvador de todo el mundo, era maltratado con insultos y al fin con la muerte de cruz por el pérfido pueblo judío: iAy, ay, cómo se ve que la malicia de los judíos es patente y monstruosa! iAy, qué desgracia tan tremenda! iDentro del redil de Dios, mi Hijo, del Redentor del mundo, del Rey que tiene por distintivo la señal de la cruz salvadora, permanecen y viven pujantes los insensatos judíos! i Ellos de nuevo injurian y quieren dar muerte en el patíbulo de la cruz a mi Hijo único, luz y salvación de los creyentes!

     Una gran multitud de gente escuchó esto con viva atención donde lo íntimo del alma, y lejos de echarlo en olvido, bajo el impulso del Dios soberano, lo grabó en su memoria y en su mente, y luego el arzobispo y los fieles a él encomendados de común acuerdo decidieron ir, una por una, a las casas de los judíos de la ciudad y con prudencia, pero con diligencia, hacer averiguaciones sobre aquello de lo que la voz de la Virgen se había quejado. Así se hizo. Y, entrando en las casas del Rabí de los judíos y en la sinagoga, registrando los rincones de las casas, no fuera que los judíos hubieran hecho algo oculto por temor a ser descubiertos, pronto los investigadores encontraron una imagen de cera que, como si fuera una persona viva, habían hecho según la doctrina y la fe de los cristianos, y a la cual tenían preparada para llenarle de salivazos y bofetadas y darle muerte de cruz. Hallada la imagen, los cristianos borraron esta afrenta y la perfidia de los arteros judíos, y les dieron muerte en el acto.

     Sintamos, pues, todos veneración por la altísima dignidad de María, Madre de Dios, por cuya integridad virginal y por cuya saludable misericordia somos ayudados y destinados a la salvación eterna por su Hijo único, redentor del género humano. Así como se quejó de que los pérfidos judíos habían urdido con malicia como una segunda pasión de su Hijo y, quejándose, recordó al pueblo cristiano la pasión escrita en el Evangelio y le quiso librar de los engaños del demonio, enemigo del linaje humano, así también su amor misericordioso nos acerque al seno benditísimo de su Hijo y nos libre del fuego eterno del infierno. 10Por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, Hijo suyo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

<20> (19)

 

Una mujer librada por Santa María del peligro de muerte


     1 Acabamos de contar, en cuanto nos ha sido posible, un milagro piadosísimo de la Santa Madre de Dios, que tuvo lugar en el aire; nos parece que debemos exponer también brevemente qué es lo que hizo su misericordia en el agua.

     En un lugar que se llama Tumba, hay una iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, construida Con el mayor esplendor*. Dicho lugar, ceñido alrededor por el océano, debido a la agitación del oleaje, que en griego se llama reuma, y a causa del flujo del mar, llamado malina, y del reflujo llamado ledona, es muy temido por todos los que vienen con deseos de visitar la iglesia del santo Arcángel, porque dos veces al día la marea cubre por completo el camino de entrada. Pero no lo hace, Como en otros mares, lentamente, sino que irrumpe bruscamente, dando bramidos, Con estruendo y un ruido terrorífico, y a menudo sorprende a los que están en el camino, y por eso a ese mismo lugar lo llaman el peligro del mar*. 

     Gentes de todos los países visitan con devoción permanente este lugar en la festividad de San Miguel Arcángel, esperando alcanzar así los angélicos favores. Una vez, el día de la fiesta del Arcángel, cuando las multitudes acudían a su iglesia, hallándose ya en la franja arenosa de la entrada, entre los demás se encontraba una pobrecita mujer, embarazada, en trance ya próximo al parto, cuando de repente estalla el terrible rugido del mar. Huyen todos, como locos, en desenfrenada carrera; la infortunadísima mujer quedó sola, sin ayuda ninguna de los hombres, sin poder dar un paso siquiera, agarrotada por exceso de miedo, por el dolor y por la angustia. Como dice la Sagrada Escritura, hablando de otra mujer, habían caído sobre ella dolores repentinos. No sabía qué hacer ni adónde volver los ojos. Daba alaridos, pidiendo desgarradoramente auxilio, pero nadie atendía a su llamada porque cada cual trataba de salvar su propia vida. Tal vez esto no ocurrió por casualidad, sino que más bien fue buscado por la voluntad divina, para que en ello quedara a todos manifiesta la bondad de Cristo, que se hace patente sobre todo en momentos de aflicción, y la bondad de María, su piadosísima Madre. 10Fallándole, pues, todo auxilio humano, recurrió al auxilio divino, invocando con voz lacrimosa a Dios, a su Madre María y a San Miguel Arcángel. También la gente, deteniéndose en la orilla ante semejante espectáculo, con las manos levantadas al cielo, imploraba llorando el auxilio de la misericordia de Dios y de su piadosísima Madre, María.

     Estando todos pidiendo la intervención de Cristo, llegó nuestra Señora, Madre de Dios y siempre Virgen, María, compasiva más que todos los ángeles y todos los hombres, y, según le parecía a la mujer, echando sobre ella la manga de su túnica*, la puso tan a salvo del empuje horrísono de las olas que ni la más pequeña gota del océano tocó sus vestiduras. Allí mismo, como si se hallara en el lugar más seguro, dio a luz a su hijo y allí permaneció sin temor hasta que el mar, replegándose las olas sobre sí mismas, ofreció a la mujer despejado el camino para salir.

      ¡Oh, admirable poder de Dios! Él en otro tiempo mantuvo vivo al profeta Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, pero a esta mujercita la conservó también sana y salva en medio de las aguas gracias a la Estrella del mar, a María, excelsa Madre de Dios. En otro tiempo al antiguo pueblo de Dios las aguas le formaron como una muralla a derecha e izquierda; pero a esta pobrecita en sus necesidades le levantaron como una casa gracias a la Reina del cielo. Cuentan algunos que San Miguel Arcángel a un peregrino suyo lo libró del peligro del mar, haciendo que las aguas se retirasen*, pero a esta mujer la Reina del mundo en medio mismo de las aguas la libró del peligro de muerte. ¿ Quién será capaz de comprender la piedad tan grande de la Madre de Dios? ¿Quién no quedará admirado de ver que la Reina de cielo y tierra acude con presteza en socorro de una pobrecita mujer en un trance tan comprometido?
     20Llegó, digo, a la playa con su niño la que había sido dejada sola en el mar ofreciendo a las gentes el espectáculo de un milagro, porque la daban ya por muerta en el océano. Aquí de verdad cualquiera que esté en su juicio puede aplicar aquel dicho verdadero: Cuando falta el auxilio humano, queda sin duda el auxilio divino. Ante un hecho tan maravilloso era digno de verlos a todos felicitarse y admirarse, más de lo que uno puede imaginar, y contárselo unos a otros, como cosa nunca vista; todos en general alababan la piadosísima misericordia de María, Madre de Dios y siempre Virgen.  

     Por último, se dirige la mujer acompañada del gentío a la iglesia de San Miguel Arcángel, cuentan a los frailes del lugar el milagro de la Santa Madre de Dios, se tocan las campanas, todos con gran algaraza gritan: iQué piadosa es nuestra Señora, Santa María!

     ¡Oh, Virgen, Madre de Dios! Socórrenos también a nosotros, miserables pecadores, tus siervos, que esperamos en tu misericordia, para que no nos sumerja la tempestad del agua, ni nos trague el profundo del abismo, ni el pozo cierre sobre nosotros su boca, sino que ayudados y fortalecidos por tu misericordiosísima piedad y tu sacratísima intercesión, sirvamos al Rey verdadero, que vive y reina por los siglos que no acaban. Amén.

 

 

<21> (20)

 

Un monje librado tres veces del diablo por Santa María


      1Hubo hace tiempo en una comunidad monacal un monje que era muy familiar para Nuestra Señora y Ella quiso mostrárnoslo del modo siguiente. Sucedió una vez que el monje, por instigación del diablo (según creo), bebió tanto en la bodega que podemos pensar que perdió totalmente los sentidos. A la hora de vísperas, salió de allí así bebido y por el claustro se dirigía a la iglesia cuando le pareció que el diablo, en forma de un toro descomunal, le salía al encuentro y lo quería atravesar de parte a parte con los cuernos. Entonces vio que ante el toro se ponía una doncella de hermoso rostro, con el cabello cayéndole a lo largo de la espalda, con un pañuelo blanco* en la mano derecha, la cual, tras increpar al diablo diciéndole que por qué hacía eso contra su siervo, le ordenó que se fuera en el acto y no se atreviera en adelante a causarle ningún mal. Dicho esto, desaparecieron el miedo al demonio y la visión de la hermosísima doncella.
          Después continuó su camino y, estando ya cerca de la iglesia, de repente se lanzó sobre él el demonio en forma de un perro rabioso y en extremo temible; pero la joven, como antes, se presentó ahora y, haciendo huir al demonio lejos de él, le permitió seguir su camino libremente. y también desaparecieron la fantasmagoría del diablo y la bellísima visión de aquella joven.

          Finalmente, el monje entra en la iglesia, adonde iba, con mayor seguridad debido a que el demonio había sido rechazado y a que la joven le había dado ánimos. Nada más entrar, se le presenta de nuevo el enemigo del género humano, más temible que antes, en forma de un león ferocísimo, rugiendo frente a él y atacando como si fuera a devorarlo de un momento a otro.                     

        10Pero aquella joven, que lo había defendido una y dos veces, antes de que sufriera ningún daño, acudió en su ayuda y con un palo que llevaba en la mano, dio al diablo una soberana paliza, al tiempo que le decía: Porque no has querido obedecerme, te has ganado por de pronto esta somanta y, si te atreves a acercarte a él otra vez, la llevarás mayor aquí y en el otro mundo. De este modo aquel diablo de piel cambiante*, vencido por tres veces, aún más, bien apaleado, se disipó, como el humo, en un instante y no apareció más por allí.

     Luego la joven tomó al monje de la mano y éste al momento se encontró bien y recuperó los sentidos, como si no hubiera bebido ni una gota, y así de la mano se fue con él poco a poco y lo llevó hasta su lecho, subiendo las escaleras que había en el intermedio. Llegados allá, la joven abrió las ropas de la cama, colocó al monje en ella, reclinó suavemente la cabeza de él sobre la almohada, le hizo sobre la frente la señal de la cruz y le dijo: Te mando que mañana vayas a ver a fulano ( a quien conoces bien porque es tu compañero y es también amigo mío verdadero por su devoción) y que hagas con él una confesión sincera y lo que él te ordenare, mira bien, que no tardes en cumplirlo.

     Entonces el monje, muy contento ya, dijo humildemente a aquella, por así llamarla, su ama*: Oh, joven dulcísima, desde ahora deseo servirte con todo el corazón. Pero te pido, por favor, que antes de separarte de mi me digas a mi, tu siervo quién eres, tú que tantos favores me estás haciendo. 20 A lo que Ella contestó que se llamaba María, Madre de Dios, por el cual fue hecha cuando no existía, como fueron hechas todas las cosas, y gracias al cual ella podía defender así a sus siervos. Oídas estas palabras de sus amables labios, con gran alegría en lo íntimo de su corazón, encendido todo él en fervor hacia la dulce Madre del Señor, espoleado por el ardor de la fe, levanta sus manos en alto e intenta agarrarse a ella y alegrarse con ella, besando sus pies, y venerarla y abrazarla como su salvadora y Madre de su Señor. Pero la casta Madre del Señor y madre de piedad y misericordia, esperanza de los humildes y consuelo de los infortunados, como ya le había prestado su gran servicio, cuando él creía que la iba a retener consigo, levanta raudo vuelo hacia lo alto y, más bella que una rosa, se vuelve a las brillantes regiones del cielo, siendo ella más brillante aún. Él, a su vez, después de vistas, y aún más, después de oídas estas cosas, dio infinidad de gracias a Dios y a su Santa Madre por tan grandes beneficios como le habían hecho y en adelante, de mil maneras, empezó a amarla con fervor y a servirla con la mayor devoción. Lo mismo hizo aquel que le oyó en confesión y aquellos a cuyos oídos llegó en alas de la fama la noticia de este prodigio. También, hermanos queridísimos, nosotros a quienes en fidedigna relación ha llegado este milagro debemos hacer lo mismo con gran gozo, dejando a un lado las excusas, para que en todas nuestras necesidades merezcamos recibir la ayuda de Ella aquí y en la eternidad. Así se digne concedérnoslo aquel que vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

                                          

 <22> (Ø)
 

Un niño al que la misma Señora resucitó de entre los muertos*


      1 En los confines de la Galia hay un monasterio levantado en honor y bajo la advocación de la Virgen Santa, al que acude mucha gente a pedir la intercesión de la gloriosa Señora en sus necesidades. Entre otros, una mujer casada solía llegarse a menudo a las puertas de dicho monasterio y celebrar allí las vigilias. Aquella mujer se sentía desgraciada y consumida por la tristeza, ya que se veía marcada con el baldón de la esterilidad. Esa era la causa de su tristeza, esa era la causa de su dolor. Decía: A tí acudo, piadosa Madre de misericordia; invoco en esta prueba tu clementísima bondad. Tú sabes, Señora, qué es lo que te pide con ansia mi corazón contrito; qué, mis sollozos más profundos, y qué te suplican mis más abundantes lágrimas. Soy una mujer desgraciada en grado sumo, que, privada del fruto de mis entrañas y cubierta por ello de confusión y oprobio, me avergüenzo de aparecer ante los vecinos y conocidos. Esta vida me causa repugnancia; la luz del día me produce hastío. 10La noche es mi compañera; las tinieblas para mi alma son amables, porque está hecha a la amargura ya la tristeza. Escucha, Madre benigna, estas voces lacrimosas,. borra tú, fuente de misericordia, esta oprobiosa mancha; manantial de piedad, más dulce que la miel, derrama la lluvia de tu gracia sobre mi alma y endulza sus amarguras. Consuelo de los desgraciados, consuélame en mi llanto. Virgen fecunda, piadosísima y tiernísima, aparta de mí el estigma de la esterilidad, consigue con tus súplicas de tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que siempre te honra y nunca te niega nada, que me conceda por su gracia el don de la fertilidad, a mí, mujer estéril, como en otro tiempo a Sara, cargada de años y estéril, la hizo fecunda con un inesperado embarazo *.

     Estas cosas y otras semejantes decía, más con el corazón que con los labios, aquella mujer, llorando continua e incesantemente, puesta ante los ojos de la Madre Gloriosa. y la Madre de misericordia, importunada con tan constantes súplicas, no dilató por más tiempo el dar cumplimiento a su petición. Así que la mujer quedó embarazada y, según su deseo, dio a luz un hijo. Se llenó de un gozo indescriptible, tanto porque se veía libre de la esterilidad como porque con el hijo varón, concedido por los méritos de la santa Madre de Dios, había logrado ser llamada y ser de verdad madre de un hijo.  

      Pero un fin tenebroso, que llegó repentina e inesperadamente, oscureció el gozoso principio de aquel hijo. 20Porque el pequeño, atacado de altísima fiebre, en su cuna murió con muerte acerba. La madre, herida con la muerte del hijo como de un golpe mortal, cogiendo en brazos el cuerpo muerto del niño, se presentó en el monasterio y allí, posándolo en el suelo, prorrumpió en estos suplicantes y plañideros lamentos: De nuevo recurro a Ti, de nuevo derramo lágrimas en tu presencia, de nuevo llamo a las puertas de tu piedad con amargas y obligadas súplicas, a Ti, mi único refugio después de Dios; mi consuelo, Madre de la infinita misericordia y clemencia. i Ay, infeliz de mí! ¿Qué es lo que me ha sucedido? ¿Qué es lo que has querido hacer, Madre ? ¿ Por qué has taladrado el alma de una madre con la espada de un dolor tan grande ? ¿ Para qué me diste un hijo, si me lo ibas a arrebatar con una muerte para mí y para él tan temprana? Con todo, sin dudar, creo, espero y confío que puedes resucitar, después de muerto, al que diste ser cuando no era. Devuelve el hijo a una madre, privada de él y digna de compasión. Haz que de nuevo sea llamada madre yo, que era feliz con mi único hijo y he perdido al que era el motivo de merecer tan dichoso nombre.
     
30Mientras seguía diciendo estas cosas y a lo largo de la noche perseveraba en su oración, el calor vital, expulsando el frío de la negra muerte, entró de pronto en los yertos miembros del niño. Recuperado el aliento, el pequeño, que había estado muerto, con los movimientos que podía empezó a dar señales de estar vivo; la madre, dándose cuenta de ello y acercándose más para comprobar si era cierto lo que se apreciaba, al ver que su hijo estaba vivo, en un primer momento quedó presa de estupor, y después, llorando de alegría, cambió los gemidos y el llanto por gritos de alabanza, de alegría y de júbilo.

     Vuela la noticia de un milagro tan grande por los lugares cercanos hasta los pueblos remotos, y a muchos los mueve a salir de su casa para ver y comprobar la verdad del milagro. Acude la gente; vienen corriendo a ver a un hombre que ha resucitado de entre los muertos. Todos sienten admiración y se alegran, glorifican al autor de la vida, y alaban, sobre todo, unánimemente a la gloriosa Madre de Dios*, la encarecen y la ensalzan con inmensos cánticos de alabanza, a la que siempre protege a cuantos la invocan de todo corazón en cualquier apuro y necesidad. La mujer aquella, al fin, recuperado el hijo, volvió a su casa jubilosa. Amén.

 

<23> (21)

 

Una abadesa a la que la Señora libró misericordiosamente de la mayor angustia

 

     1 Es natural que los enfermos acudan a porfía a un médico si saben que es tan experto en su profesión que es capaz de curar cualquier enfermedad. y si además de pericia estuviera también dotado de la piadosa voluntad de darle a cada cual por amor lo que por su sabiduría le puede dar, entonces no hay duda de que todos desearán vivamente su asistencia, anhelarán su intervención eficaz y buscarán su diagnóstico. Ese aprecio sin reservas hacia su persona por parte de los enfermos lo experimentan los médicos, a pesar de que ellos sólo saben remediar los males del cuerpo. Pero si hay alguien de un poder tan sublime que con su intervención puede remediar no menos a las almas que a los cuerpos, a ése se le busca con mayor ahínco, se le desea con mayor anhelo y se le ama con mayor ternura. En este menester, es sabido que sobresalieron muchos santos, contando con la gracia celestial, pero la Madre del Santo de los santos está por encima de todos ellos en poder, después de Dios por especial privilegio, y el que se acoge felizmente a su clemencia, se ve libre de toda enfermedad y queda sano con la verdadera salud. Esto, que es muy fácil probarlo por multitud de medios, preferimos demostrarlo con los ejemplos que brevemente damos a continuación*.

     Según cuentan hombres dignos de crédito en un relato fiel, hubo una madre espiritual de un convento de monjas que desempañaba el cargo de abadesa, no sólo de nombre sino también de verdad, porque valientemente mantenía la observancia de la regla y con espiritual celo obligaba a la comunidad que estaba a su cargo a guardar las santas normas con piadosa exigencia. ( traducción del texto latino de la fotografía de portada ). Pero como el aprovechamiento de los buenos causa pesar a los malos por la envidia que los corroe, las monjas a las que vigilaba para que guardaran la saludable disciplina, comenzaron a devolver mal por bien ya sentir odio en pago del cuidado que ella ponía en mantener aquel régimen de vida. Digo que odiaban sin razón a la que debían amar con razón y anhelaban despojar de todo honor a la que trabajaba por hacerlas dignas de honores eternos.  

     10 A la inquina de las monjas se unió la malicia siempre beligerante del antiguo urdidor de asechanzas que tenía prisa por derrocar, fuera como fuera, de la torre de la santidad a aquella de la que estaba dolido porque arrancaba de sus manos a las que él tenía por cosa suya. Así, pues, la astuta malicia del envidioso ladrón se abalanzó sobre el celestial tesoro y, valiéndose de los ocultos designios de Dios, rompió el precioso sello de su castidad, que merece más estima que todas las riquezas de este mundo. Porque la citada madre de las monjas, derribada por las artes del engañador, cometió un pecado de fornicación con su despensero. Mas, cuando ya llevaba bastante tiempo contenta porque su delito estaba oculto, por disposición de Dios, que de nuestras maldades saca alabanzas en su honor, quedó encinta con un embarazo no deseado. Sin embargo no cejó en el empeño de exigir con el rigor de la regla la observancia de las sagradas normas a la comunidad de monjas que estaban a su cargo, y de no conceder a ninguna de ellas la perjudicial licencia para salir libremente. y de ahí se siguió que murmuraran de ella con mayor acritud y trataran con mayor ahínco de encontrar en ella cualquier cosa que mereciese reprensión*.
     Ya estaba llegando el momento de quedar libre de la carga del sacrílego embarazo, que había mantenido oculto celosamente, cuando, tanto por el modo de andar como por las cantidades que comía, las monjas, con sagacidad propia de mujeres, descubrieron que estaba embarazada y la noticia fue pasando de unas a otras hasta llegar a conocimiento de todas. Todas experimentaron una alegría especial, exultantes por haber encontrado una razón justa para acusar a aquella que consideraban era enemiga de sus caprichos. Escriben cartas delatando el pecado descubierto; a un hecho de por sí grave, lo hacen más grave aún, añadiendo mentiras, como ocurre entre los que se odian; esas cartas acusadoras llegan hasta el obispo de la diócesis a la que pertenecía aquel lugar. Es inminente la venida del obispo, sin que ella lo sepa; tampoco sabía qué hacer, tan pesada como se encontraba con su carga. Tenía ella una capilla privada en la que a diario dirigía con toda devoción sus himnos acostumbrados de alabanza a María, Madre de Dios y siempre Virgen, y le cantaba las horas canónicas con el sentimiento más tierno de que era capaz. 20 Aunque se movía ya con gran dificultad, se fue a esa capilla y empezó a decir las alabanzas de costumbre a la gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María. Al terminar dichas horas se le grabó más penetrantemente en el alma el horror de su enorme pecado y de la deshonra pública que se le venía encima; y, sintiendo quebrantarse de dolor lo más íntimo de su alma, entre amargos suspiros, dejaba escapar sollozos, a modo de los balidos de un ciervo* y redoblaba sus profundos gemidos.

Mantuvo así, como don concedido por el cielo, una esperanza segura en quienes no saben fallar: en la misericordia de Dios y de su piadosísima Madre, María, Reina poderosísima y dignísima de toda la creación; y su alma dolorida se volvió con entera devoción a tan grande y piadosa Virgen, implorando su intercesión. Postrándose en oración con todo el alma y con todo el cuerpo decía: A Ti acudo, mi Señora, clementísima y santa, Madre inefable de la mayor piedad, María, Virgen incomparable, refugio singular y único de los infortunados, después de Dios,. a Ti, regazo donde descansa la incomprensible piedad eterna, grito con lágrimas y suspiros en medio de mis angustias, deseando, por tu intercesión, por la inefable misericordia de tu Hijo único, Dios y Señor nuestro, Jesucristo, obtener el perdón de mi pecado, y librarme del horrible oprobio de mi inminente deshonra.

     Con lágrimas y oraciones de este tenor, arrasada en llanto, invocaba al singular consuelo de los atribulados, a la Santísima Madre de Dios, María, y le pedía con la mayor insistencia alivio de su desgracia. Así, mientras con ansiedad, con permanente contrición de corazón, desgranaba estas súplicas envueltas en lágrimas y exclamaciones, sorprendida por un sueño repentino, se tranquilizó y, tornándose en silencio los lamentos, se quedó dormida. Estando dormida, María, la de verdad y singularmente piadosa, y la piadosamente singular Madre de misericordia y Virgen sin mancha, acompañada por dos ángeles, se le apareció clemente. y hablándole con bondad a la triste, que al principio temía y dudaba de tal visión, le aclaró que era la Madre de misericordia y añadió estas palabras para darle el consuelo que pedía: He oído -le dijo- tu oración, he visto tus lágrimas y te hago saber que he alcanzado para ti de mi Hijo, el cual benignamente acepta tu arrepentimiento, no sólo el perdón de tu pecado, sino también la liberación de la infamia y deshonra que estás temiendo.

     Así le habló y, según le pareció ver, dio orden a los ángeles que le acompañaban de que le exoneraran de la carga de la criatura de la que estaba embarazada y de que llevaran el niño a un ermitaño que vivía en las cercanías, a unas siete millas de allí, para que lo cuidara hasta los siete años. 30Hecho esto y dándole una piadosa reconvención a la que ya estaba libre, le dijo: Te has salvado de la deshonra que estabas temiendo, huye en adelante de los lazos del demonio y aplícate con más fervor a las cosas santas. Por lo demás debes saber que el obispo te va a colmar de improperios; tú, sin embargo, no te asustes, sino ten confianza, porque lo vas a soportar todo con facilidad. Terminando de hablar, desapareció la visión y la monja despertó y notó que ya no tenía aquella carga que la atormentaba; dio incesantes gracias a Dios y a su liberadora, María, Santísima Madre de Dios y siempre Virgen.

     Entre tanto llegó el obispo, llamado por las hermanas, entró en la sala del capítulo, preguntó por la abadesa y mandó que se presentara ante él. Después de buscarla un buen rato, la encuentran en su oratorio en donde más íntimamente hacía sus rezos a Santa María y le mandan que vaya ante el obispo. Ella se levanta, entra en el capítulo y va derecha a sentarse junto al prelado en la silla suya de costumbre.

     Al acercarse a él, el obispo la llena de improperios y la obliga a salir de allí rápidamente, cubierta de injurias. Pero ella, trayendo a la memoria las palabras de María, la Santa Madre de Dios y siempre Virgen, tuvo serenidad y, yéndose fuera, permaneció sin miedo. Por orden del obispo son enviados dos clérigos para que investiguen el delito que se ha divulgado sobre ella. 40Se acercan, la auscultan, pero no encuentran indicio alguno de que su vientre vaya a tener una criatura. Vuelven al obispo con la noticia de que esa mujer es inocente, pero él, pensando que les ha sobornado a base de dinero, investiga por sí mismo con más rigor la verdad del caso. y no encontrando en ella rastro alguno del delito imputado, cae a sus pies y le pide perdón por las injurias proferidas contra ella. Estupefacta, al ver la humildad del prelado, se postra en tierra delante de él, confesándose indigna de que por ella una persona tan elevada se humille hasta un grado tan bajo. Finalmente el obispo, fuertemente irritado contra todas las que le habían imputado aquel delito, les ordenó que salieran rápidamente del monasterio.

     La abadesa, en cambio, considerando que, aunque con torcida intención, habían dicho la verdad, prefirió para honra de la Santa Madre de Dios, su liberadora, revelar al obispo el pecado que había cometido, antes que permitir que sus acusadoras sufrieran ese castigo. Así, pues, acercándose a él en secreto, se postró delante con humildad y le declaró punto por punto todo lo sucedido. Él se queda admirado y, bendiciendo a Dios por la inmensa piedad de la gloriosa Virgen y Santa Madre de Dios, María, envía dos clérigos en busca del ermitaño para comprobar con exactitud todo lo referente al niño. Llegan, pues, preguntan por el niño y de labios de aquel hombre se enteran de que el niño había nacido aquel mismo día, que hacía poco dos jóvenes se lo habían traído a él y se lo habían encomendado de parte de Santa María, y de vuelta se lo cuentan todo al prelado.
     Éste, lleno de alegría, permitió que el niño se criara con el hombre de Dios hasta los siete años, como había dispuesto la Madre de Dios, y, después, tomándolo a su cargo, lo puso a estudiar y lo educó para que pudiera ser un digno sucesor suyo, tan notable por su piedad como por su ciencia. 50En efecto, cuando él descansó en el Señor, al fin de sus días, le sucedió en la sede episcopal; y con su tenor de vida y con sus palabras predicó espléndidamente las glorias de María, Santa Madre de Dios y digna de ser llamada siempre Virgen*.
     Acudan, pues, todos los enfermos a la Señora que da una medicina tan eficaz, acudan y recuperen la salud, y, recuperada, en una vida intachable honren con entusiastas alabanzas a Santa María. Su piedad para con los desventurados nunca desfallece; que ella nos encomiende a todos a la misericordia de su dulcísimo Hijo, nuestro Señor, Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

<24> (22)

 

Cómo un hombre que cayó al mar se libró con la ayuda de Santa María


     1 Me he decidido a contar dos milagros de Santa María, Madre de Dios, uno de los cuales se lo oí relatar al abad de un convento y el otro, a otro. De ambos es autora la singular y siempre Virgen, María, la verdaderamente misericordiosa Madre del Señor y se manifiesta con pruebas evidentes como verdadera Estrella del Mar. Cuento éste en primer lugar porque éste fue el que oí primero*.
     Había en el Mar Mediterráneo una nave cargada de peregrinos a los que su devoción llevaba a tierras de Jerusalén para orar allí*. Después de haber hecho una larga travesía con toda prosperidad, el piloto se dio cuenta de que la nave en el fondo tenía una grieta, que el agua entraba con fuerza, que no se podía reparar de ninguna manera y que todos se hallaban a punto de morir. Al punto saca fuera de la nave un bote que llevaba, como lo suelen llevar las naves grandes, lo lanza al mar y salta a él con un obispo, que iba entre los demás, y con algunos otros hombres nobles. Sin embargo, uno de éstos, al intentar saltar de la nave al bote, cayó al agua y en un momento se fue al fondo del mar sin que apareciera más. El piloto, dirigiéndose a los que había dejado en la nave, les hizo saber que les amenazaba el peligro de muerte sin posibilidad de escapar de él y les exhortó a que confesaran sus pecados y devotamente encomendaran su alma a Dios. Les entra a todos un pavor insuperable, se eleva al cielo un inmenso griterío, confiesan sinceramente los pecados pasados y dirigen a Dios piadosas oraciones por los bienes venideros.
     10Terminada su alocución, el piloto empezó a alejarse con rapidez con los que había recogido en el bote, no fuera que el remolino del mar al tragarse la nave grande pudiera también volcar la pequeña, si estaba demasiado cerca; y mientras tomaba todas las precauciones para que eso no sucediese, se quedó mirando desde lejos, intentando ver qué suerte corrían los siervos de Dios que por amor a Él iban con devoción a los Santos Lugares de Jerusalén.

     No pasó mucho tiempo cuando la nave, a causa del agua que le entraba por el fondo, fue tragada por el remolino del mar. El obispo con los demás, derramando lágrimas y suspiros, encomendaba a Dios las almas de sus acompañantes cuyos cuerpos veía perecer con tan horrible clase de muerte. Y al extender la mirada alrededor por la superficie de las aguas, por si podía alcanzar a ver algún rastro de los cuerpos de los ahogados, de pronto vio que de las olas marinas salían hermosas palomas, una aquí, dos allí y muchas más que con raudo vuelo se perdían en los espacios lejanos de los cielos. Al darse cuenta de que aquellas palomas eran las almas de sus compañeros, le invadió una profunda pena por no haber merecido la suerte de ahogarse con ellos. Todo lo que antes había llorado porque los había visto ahogarse, lo lloraba ahora porque no se había ahogado en su compañía.
     Cuando finalmente, a bordo de la barquilla, llegó a tierra con sus acompañantes, de pronto (¡oh, maravilla!) ven salir del mar sano y salvo a aquel compañero que dijimos había caído al agua entre las dos naves. ¡Qué estupor se apoderó de todos!, iqué alegría inundó sus corazones al recuperar al compañero! Pasmados como estaban, le preguntan qué le había ocurrido, cómo había podido librarse de las olas del mar. Él les contestó: 20 ¿ Por qué os maravilláis de que me haya salvado, si se ha dignado salvarme aquel por quien vino la salvación a todos los hombres ? Al caer al agua, pronuncié el nombre de Santa María, Madre de Dios, y así acordándome de Ella e invocando su nombre, llegué al fondo del mar: La Madre de misericordia, que no puede olvidar a los que no la olvidan, sin tardanza se puso junto a mí allá bajo las aguas. Me cubrió piadosamente con su manto y, así cubierto, por debajo de las olas me trajo hasta la playa.

     Al contar él esto, dan a Dios rendidas alabanzas. La Santa Madre de Dios es aclamada por todos como Madre de misericordia. Su manto, verdaderamente grande, se extiende sobre el mundo: con él se cubre el género humano, se abriga el que tiene frío para entrar en calor, se protege el que tiene calor para refrescarse, se ampara el pecador para que no le dañe la desesperación, se defiende el culpable para no ser herido por el enojo de Dios.

     i Oh manto, refugio de todos los desamparados! i Oh escondite seguro en toda adversidad! Si su Hijo, juez justo, te quiere castigar por tu pecado, huye a cobijarte bajo el manto de María, su misericordiosísima Madre; envuélvete en su manto y no quedará parte en que te hiera; porque el Hijo perdonará misericordiosamente a aquel a quien ve que la Madre de misericordia misericordiosamente protege. 30Si te quiere hacer daño el enemigo antiguo, escóndete en su regazo adonde no se atreve a acercarse el maligno enemigo. Si naufragas a causa de cualquier peligro, invoca y vuelve a invocar el nombre de María misericordiosísima, que ahuyenta todos los peligros. Aquí tenemos a este náufrago que en su adversidad invocó ese nombre que todos debemos invocar y no pudo perder la esperanza ni siquiera en el fondo del mar con la ayuda de aquella a la que había invocado. Porque fue llevado sano y salvo hasta la playa, conducido por aquella que se ha convertido en puerto para el mundo náufrago.

 

 

<25> (Ø)

 

Cierto abad


     1 Voy a contar otro milagro de Santa María, Madre de Dios, que escuché de boca del abad mismo que experimentó en su propia persona lo que voy a escribir.

     Porque en cierta ocasión él con otros muchos en el Mar de Bretaña se vio sorprendido por una enorme tempestad hasta el extremo de que todos habían perdido la esperanza de salir con vida. Para merecer que los libraran de aquel peligro, a grandes voces invocaban unos a unos santos, y otros a otros. Éstos acudían a San Nicolás, aquellos a San Claro y los demás al bienaventurado San Andrés o a cualquier otro santo. Cada uno en su angustia recurría con mayor devoción al santo del que había sido más devoto*. En último término prometían algunas ofrendas pequeñas, como suelen hacer los que se ven sorprendidos por una tempestad en el mar.

      Viendo el abad que invocaban a unos santos y a otros que tienen menos poder, mientras que ninguno tan siquiera nombraba a la Madre de misericordia, que a la hora de compadecerse es más poderosa que todos los otros, les dijo: ¿ Qué hacéis, hermanos ? ¿ Por qué sólo invocáis a los otros santos que pueden menos y dejáis a aquella que puede más que todos ellos ? Lo que hacéis está bien, pero sería mejor que todos a una voz llamaseis a la Madre de misericordia. 10Oído esto, todos a coro invocan a la Madre de Dios, repiten la invocación a la Madre de misericordia, piden todos que tenga compasión de ellos. Decían: Santa, piadosa y siempre Virgen, María, auxilia a los desventurados, socorre a los que estamos en trance de morir; sintamos tu alivio los que pedimos tu consuelo en nuestra tribulación. Tú, Santa Madre de Dios; Tú, poderosa reina del cielo; Tú, siempre pronta en tu misericordia; Tú, consuelo de los desconsolados; Tú, amparo de los oprimidos; Tú, protectora de los desamparados.

     El abad mismo, que no había comido nada más que una manzana, dado que durante dos días y casi dos noches había estado angustiado hasta ese extremo, junto con los monjes empezó a cantar con mucha devoción el responsorio que dice: Dichosa eres y el versículo que le sigue: Ora por el pueblo.

     iOh maravilla de decir pero no imposible de hacer para la Madre de Dios! No habían terminado sus oraciones unos y otros, la gente, oraciones con lamentos, los monjes sus cánticos con devoción, cuando en lo más alto del mástil apareció una llama grande como si el mástil fuera un cirio, la cual, disipando la oscuridad de la noche, envolvió a todos los que estaban en la nave con su resplandor *. Ya podían reconocerse unos a otros, cuando poco antes no habían podido ni siquiera verse a causa de la densa oscuridad. Cesó por completo la tempestad en el mar y, al mandato de la Reina del cielo, de repente se produjo una calma grande. 20No mucho después brilló el sol de un día sereno y la nave arribó al puerto adonde se dirigía.

     iOh Estrella del mar, más resplandeciente que todas las otras, más que las otras poderosa para prestar socorro! Miran a las estrellas menores y ni siquiera reciben su luz, a la Estrella del mar la miran y se salvan. Invocan a los santos menores y no reciben ayuda, invocan a la más santa de las santas y se salvan. Hacen ofrendas a los demás santos y no cesa la tempestad, hacen oración a la Madre de misericordia y vuelve la tranquilidad. No actúa el piadoso San Andrés con sus obras de piedad, porque en lo de mostrarse piadoso deja paso a la más piadosa de las piadosas. No actúa San Nicolás, siempre dispuesto a socorrer por tierra y por mar, porque deja paso a aquella por la que se salvó el mundo perdido. No actúan San Claro ni otros santos, porque dejan paso a la que es más poderosa que todos los santos. Tú, quienquiera que seas, que te ves envuelto en alguna tempestad de este mar grande y espacioso, invoca, antes que a otros, a la que puede calmar muy fácilmente este mar grande y dilatado, tenga las turbulencias que tenga.

 

 

<26> (Ø)

 

Cierto monje


     
1 Había un religioso que amaba mucho a la Madre de Dios y cantaba puntualmente a diario el oficio de la Virgen, menos las Completas*.

     Una noche la Madre de misericordia, apareciéndosele en una visión, le preguntó qué hacía su capellán- Él, muy tembloroso y estupefacto, respondió con humildad: ¿ Quién es, Señora mía, ése de quien me hablas ? Ella le respondió: Pues tienes que saber que eres tú, y no digo que no me sirvas, pero me parece que eres un poco perezoso, porque no quieres cantarme las Completas. Al oir esto él, lleno de miedo, se confiesa culpable y luego, puesto de rodillas y pidiendo perdón, añadió: iOh, queridísima Señora! Yo de muy buena gana quiero cumplir tus órdenes y deseo hacer con toda devoción eso que dices que tengo descuidado, con tal de que por tu dulcísima piedad te dignes enseñarme en qué orden puedo realizarlo a gusto tuyo-
      
10 A lo que Ella le dijo: En primer lugar dirás, como es costumbre, la invocación «Conviértenos, Señor; Salvador nuestro»- Después debes empezar por la antífona «Se cumplieron los días de María»- Luego los salmos: «Cuando invoqué», «En Ti, Señor; esperé», «El que habita», «Ahora bendecid»,- el Capítulo «He aquí que una Virgen concebirá»; el Responsorio: «Santa Madre de Dios, Virgen María»; el Himno « Virgen singular ...Danos una vida pura ... Sea dada alabanza...»,- el versículo «Ave María»,- la antífona: «He aquí que se cumplieron»; el cántico: «Ahora dejarás libre»; la colecta: «Oh Dios, que del seno de Santa María ...» *.

 

 

<27> (23)

 

Una imagen de nuestro Señor Jesucristo dio testimonio en favor de un cristiano

 

     1 Hubo un devoto arcediano de la catedral de Lieja que, deseoso de hacer oración, recorrió muchos países para ir a visitar los Santos Lugares y un día llegó a la ciudad de Bizancio. Allí, entrando en una iglesia para elevar sus plegarias al Señor, la encontró tan revuelta con el ruido de los que bailaban, con los aplausos de los que danzaban, con el pulsar del címbalo y de la cítara y, en fin, con el sonido de instrumentos musicales de todo tipo, que parecía una casa no de gente que oraba con devoción sino de gente que se divertía con la actuación de algún juglar. Quedó admirado por lo inesperado de un alboroto tan grande y dirigiéndose en latín a un griego que apenas entendía la lengua latina le preguntó con curiosidad cuál era la causa de aquella actitud tan nueva. El griego le contestó escuetamente: iTestimonio, testimonio! El arcediano, no entendiendo lo que le quería decir, se dirige rápidamente a otro y le pregunta por los motivos de lo mismo. Éste que entendía perfectamente el latín, comenzó a contarle la siguiente historia que le dejó estupefacto:

     «Hubo un hombre que, aspirando a que su nombre se hiciera famoso, empezó a emplear en cuantiosos gastos las abundantes riquezas que tenía. Pero a la postre, como los gastos eran mayores que las riquezas, le faltaron riquezas, aunque no le faltaron ganas de gastar. 10En consecuencia contrajo grandes deudas con sus amigos y el nombre que había ganado, derrochando lo propio, se empeñó en mantenerlo malgastando lo ajeno. Pero, como también se le acabó lo que había pedido prestado y como no encontraba entre los amigos, es más, ni entre los cristianos, uno que le prestase más, se fue a casa de un judío muy rico y le rogó insistentemente que le hiciese un préstamo de cierta cantidad. El judío le dijo: Haré lo que me pides si me traes un fiador con solvencia. El cristiano contestó: No tengo ningún fiador con solvencia, pero te prometo solemnemente que, lo que me prestes, te lo devolveré en la fecha convenida. Pero el otro le dijo: Sin fiador no te voy a prestar absolutamente nada, porque temo que me falles. y el cristiano responde: Como no puedo encontrar otro, ¿quieres aceptar por fiador a Jesucristo, mi Dios, al que adoro? Y el otro dice: 20No creo que Jesucristo sea Dios, pero, como no dudo de que fue hombre justo y un profeta, si me lo das por fiador lo acepto sin la menor duda. Y el cristiano añadió: Vamos, pues, a una iglesia dedicada a su Madre, la Santa Madre de Dios, y, como no puedo darte por fiador a Jesucristo presente en persona, en su lugar te doy su imagen, o sea, te doy a él en persona por medio de su imagen, como garantía para ti y como fiador para mí. Y si dejase pasar la fecha que me marques, me convertiré en esclavo tuyo para el resto de mi vida, sea como sea, yo te devolveré el dinero, antes de que se cumpla el plazo. Y dice el judío: Sea, como dices. i En marcha! i Voy contigo adonde vayas!

     Llegaron los dos juntos y sus respectivos amigos a esta iglesia y se pusieron ante la venerable imagen de la Santa Madre de Dios, que tiene en su regazo la venerable imagen de su Hijo. El cristiano, tomando la mano de la imagen y ofreciéndola al judío para tomarla los dos al mismo tiempo, la puso como garantía del dinero, y acto seguido, doblando humildemente sus rodillas ante la imagen, oyéndolo todos a la vez y estando todos de acuerdo con el pacto, añadió: Señor Jesucristo, puesto que he dado tu imagen como garantía por este dinero, y te he dado a Ti mismo como fiador a este judío, te ruego y te pido humildemente que, si por cualquier circunstancia yo no pudiera devolverle el dinero en el día señalado y si yo te lo entregara a Ti, Tú se lo entregues a él en lugar mío, de la manera y por el procedimiento que más te plazca.
     
30Una vez dados y aceptados una garantía y un fiador tan grandes, el judío, acompañado del cristiano, sale del templo, se va a casa, da al cristiano todo el dinero que le pide y le señala una fecha para su devolución. ¿Qué más? El cristiano, tomando el dinero, compra un equipo de diversas cosas*, se hace con una nave para lanzarse a navegar, la carga con mercancías variadas, se embarca, despliega las velas al viento, recorre distintos mares y con próspera singladura llega a naciones extrañas lejos de la ciudad de Bizancio. Vendidas esas mercancías, se enriquece con otras nuevas, multiplica sus naves y las carga con mercancías exóticas. Transcurren días y más días, cada vez piensa en nuevos negocios y se le va de la memoria la fecha señalada para devolver el dinero. Cuando no faltaba ya más que un día, de repente se acuerda de que al día siguiente era la fecha límite pactada con el judío. De golpe queda perplejo y cae por tierra, está medio muerto por lo acontecido. Acuden sus criados, se llenan todos de tristeza, preguntan cuál es la causa de esa angustia, pero no obtienen respuesta. Al fin, como quien vuelve de la muerte, recobra el sentido y piensa qué debe hacer; está indeciso sobre lo que puede hacer. Se da cuenta de que está ya encima el día de devolver el dinero y ve también que el lugar para devolverlo está muy lejos. 40Finalmente, hablando consigo mismo se dice: ¿ Por qué piensas en cosas poco prácticas ? ¿ No pusiste por fiador tuyo a Jesucristo, tu Señor? Pues dale a él el dinero y encárgale que Él se lo entregue a tu acreedor como le plazca. Después manda preparar un cofre, pone dentro el dinero que debe al judío en la cantidad exacta y se lo confía al mar y al que hizo el mar y la tierra, para que lo lleven.
     
     ¡Maravilla es decirlo, pero para Dios nada hay difícil de hacer! En una sola noche, recorriendo una larga distancia por el mar, el cofre llega a la ciudad de Bizancio y de madrugada se detiene en medio de las olas frente a la casa del judío, que vivía cerca de la playa. De la casa por fortuna sale muy temprano un esclavo, echa la vista al mar, ve el cofre sobre las olas, intenta echarle la mano pero el cofre parece escabullírsele de ella. El esclavo vuelve corriendo a casa y le cuenta al amo lo que ha visto allá afuera. Sale también el judío, observa atentamente las olas de la playa, al ver el cofre alarga la mano y lo coge, lo lleva a casa y lo abre, lo vacía del dinero y lo guarda debajo de la cama.
     50Pasado algún tiempo, el cristiano, dando por terminada su actividad comercial, vuelve a esta ciudad de Bizancio; salen a recibirle con gran alegría sus amigos y vecinos. Al oír el judío que aquel a quien había prestado su dinero había regresado y que con la ayuda de Dios lo había aumentado enormemente, negociando con mercancías exóticas, no pudiendo aguantarse por más tiempo, y, después de unas frases de bienvenida, continuó con el reproche siguiente: i Vaya con los cristianos! i Vaya con los cristianos, cómo dicen la verdad! Él preguntó: ¿ Por qué dices eso ? y el otro dijo: Porque me pediste dinero prestado y, pasado el plazo, no me lo has devuelto. Y el cristiano: Todo lo que me habías prestado te lo he devuelto; ya no te debo nada. Y el judío: Pues yo tengo muchos testigos de habértelo prestado, pero tú de habérmelo devuelto no tienes ninguno. El cristiano respondió: 60Tengo como testigo a uno que es también mi fiador, y por su testimonio podrás comprobar que el préstamo te lo he devuelto escrupulosamente. Ven conmigo y escucha tú mismo su testimonio
 

     Vienen, pues, a la iglesia los dos juntos, con otros muchos se ponen ante la imagen de nuestro magno Salvador y el cristiano dice: Señor Jesucristo, escucha en esta ocasión a tu siervo y, como verdadero Hijo de Dios y del hombre que eres, da testimonio de verdad sobre si a este judío le he devuelto o no todo lo que me había prestado. Nada más acabar de decir él esto, oyéndolo todos, ¡oh milagro!, la imagen respondió con una voz rotunda: Doy testimonio en tu favor de que todo lo que te había prestado se lo devolviste en la fecha convenida, y la prueba de ello es que el cofre en el que estuvo el dinero se encuentra debajo de su cama. Lo oye el judío y se queda helado, reconoce los detalles y queda pasmado. ¿Qué más? Declara que el judaísmo es un error. 70 Abraza con toda su casa la fe de Cristo. Por eso, porque el Salvador dio testimonio en favor del cristiano, tanto la iglesia como la fiesta que hoy se celebra se llaman "Martirio", es decir "Testimonio"*, y ésta es la causa principal de esta algaraza tan grande».

     Al conocer este milagro por la larga relación del griego aquel, el arcediano, prorrumpió en alabanzas al Salvador, que jamás abandona a quien espera en Él y que socorre a cuantos de verdad honran a su Santa Madre.

 

 

<28>

 

Pública penitencia y satisfacción que dio Teófilo, que, después de renegar de Cristo, mereció el perdón por intercesión de Santa María


     1Sucedió, cuando aún no había tenido lugar el ataque del execrable pueblo persa contra el imperio romano*, que en una ciudad de Cilicia, región fronteriza con Persia, había un vicario episcopal de la Santa Iglesia de Dios, llamado Teófilo, de excelentes costumbres y tenor de vida, el cual administraba en paz y con toda moderación las pertenencias de la Iglesia y gobernaba muy sabiamente la grey de Cristo, hasta el punto de que su obispo, hombre de señalada prudencia, descargaba en él todo el peso del cuidado de la iglesia y de todo el pueblo. Por eso, desde el mayor hasta el más pequeño, todos le mostraban su gratitud y lo querían, porque prestaba prudentemente ayuda a los huérfanos, a las viudas ya los pobres.

     Y sucedió que por disposición de Dios, el obispo de aquella ciudad llegó al fin de su vida y de inmediato todo el clero y el pueblo activamente, porque apreciaban al vicario y conocían sus cualidades, de común acuerdo decidieron nombrarle obispo, y, reunida la asamblea, a continuación enviaron una carta al obispo metropolitano. Éste, al recibirla y comprobadas las virtudes del candidato, ordenó al vicario que se presentara ante él para promoverlo al episcopado. El vicario, recibiendo a los mensajeros y la carta, en principio dilató el viaje, pidiendo a todos que no le obligaran a ser obispo, porque -decíale- bastaba con seguir siendo vicario, como hasta entonces, y protestaba que no era digno de un cargo tan honroso. Pero el pueblo se impuso y, en contra de su voluntad, fue llevado ante el metropolitano. Recibido por el metropolitano con gran alegría, él se postró en tierra y agarrado a sus rodillas, le suplicaba que no hiciera con él tal cosa, porque, consciente de sus pecados, se veía indigno de ser elevado a una dignidad tan alta; y, permaneciendo así largo tiempo en tierra, logró que le diera un plazo de tres días para pensarlo. Pasado el plazo, el obispo lo llamó a su casa y comenzó a instarle a que cediera a la voluntad del pueblo, asegurándole que era digno de ese ministerio. 10 El, al contrario, seguía afirmando que era indigno de ocupar un grado tan alto como la silla episcopal. Al fin, el obispo, viendo su firmeza en oponerse y que no quería ceder en absoluto, lo dejó en paz y en su lugar promovió a otro al cargo de obispo.
     Ordenado por fin éste, cuando el vicario volvió a su ciudad, algunos del clero intrigaron ante el obispo para que le quitase de vicario de la iglesia y pusiese a otro en su lugar. Así lo hizo y él, apartado del cargo anterior, se quedó entonces solamente con el cuidado de su propia casa.

     Pero el enemigo astuto y envidioso, contrario del género humano, viendo que nuestro hombre vivía modestamente y se dedicaba a hacer buenas obras, empezó a turbar su corazón con malos pensamientos y, despertando en él deseos del vicariato y una rivalidad mezclada con ambición, lo llevó a la idea de aspirar a la gloria humana antes que a la gloria de Dios, ya apetecer la dignidad vana y transitoria antes que la celestial, hasta el punto de ir a buscar para ello incluso la ayuda de los hechiceros.

     Había, en efecto, en aquella ciudad un judío abominable y perverso, sabedor de las artes diabólicas, que ya había hecho caer a muchos en la apostasía y en la fosa de la perdición. Teófilo, ardiendo en deseos de gloria vana y abrasado por la pasión desmedida de la ambición, se fue a buscarlo de noche y, llamando a la puerta, le pidió que le abriese. Aquel judío, odioso a Dios, viéndolo tan interiormente atormentado, le hizo entrar en casa y le preguntó: ¿A qué vienes a mi casa? y él, postrado a sus pies, contestó: 20 iAyúdame, por favor; porque mi obispo me ha llevado al menosprecio y me ha hecho esto y aquello! Aquel execrable judío le dijo: Mañana por la noche, a esta misma hora, vuelve acá, y te llevaré a ver a mi protector; y él te ayudará en lo que tú quieras. Él, al escuchar esto, se sintió afortunado y así lo hizo; a la noche siguiente volvió a su casa. El infame judío le condujo al anfiteatro de la ciudad y le advirtió: No te asustes, veas lo que veas y oigas lo que oigas y por nada del mundo hagas la señal de la cruz. Al decir él que sí, que estaba de acuerdo, el judío de repente le hizo ver una muchedumbre de individuos con clámides blancas y candelabros que aclamaban a su rey que estaba sentado en medio de ellos. Era el diablo con sus satélites.  

     Aquel desdichado judío cogió de la mano a Teófilo y le presentó ante aquella infame asamblea. y el diablo preguntó al judío: 30 ¿ Para qué nos has traído a este hombre ? y él contestó: Lo he traído porque ha sido tratado mal por su obispo y viene a pedir vuestra ayuda, mi señor. Pero el diablo replicó: ¿Qué clase de ayuda puedo dar a un hombre que está al servicio de su Dios ? Con todo, si quiere ser siervo mío y ser contado entre nuestros soldados, yo le ayudo hasta el punto de que pueda hacer más cosas que antes y pueda mandar sobre todos, incluso sobre el obispo. El judío, volviéndose al infeliz Teófilo, le dijo: ¿Has oído lo que te ha dicho ? Él respondió: Sí, lo he oído, y estoy dispuesto a hacer lo que me mande, con tal de que me ayude. 40Y comenzó a besar los pies del rey y a rezarle. Entonces el diablo dijo al judío: Que reniegue del Hijo de María y de Ella, porque me resultan odiosos, y que firme un escrito diciendo que reniega para siempre de Él y de Ella, y luego obtendrá de mí todo lo que quisiere. Entonces entró Satanás en el vicario* y dijo: Reniego de Cristo y de su Madre. y escribiendo de su mano un documento, vertió cera sobre él y lo selló con su anillo, y se separaron con enorme gozo del rey de la perdición.

     Al día siguiente el obispo, impulsado, creo, por la divina providencia, removió de su cargo y sustituyó al vicario que él mismo había encumbrado sin razón, y nombró al anterior; y le concedió ante el clero y el pueblo autoridad para gobernar la iglesia y sus posesiones ya todo el pueblo, y de nuevo fue elevado a un honor doblemente mayor que el que había tenido antes, hasta el extremo de que el obispo confesaba abiertamente que se había equivocado al rechazar, por informes de otros, a una persona tan idónea y al haber preferido a aquél otro inútil y menos apto. Así pues, Teófilo, repuesto en el cargo primitivo, comenzó a mandar y a encumbrarse por encima de todos, obedeciéndolo todos con temor y temblor y sirviéndolo por un lapso corto de tiempo. El execrable judío iba a menudo en secreto a casa del vicario y le decía: ¿Has visto cómo has encontrado apoyo y remedio rápido en mí y en mi protector para lo que nos pediste ? 50Y él contestaba: Sí; lo reconozco y os agradezco vuestra intervención.

     Cuando ya llevaba algún tiempo en esa postura de soberbia y hundido en la fosa de los renegados, Dios, Creador de todos y Redentor nuestro que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, teniendo en cuenta su vida anterior y cómo antes había administrado fielmente las cosas de su Iglesia y que nunca había sido de mal corazón ni infiel para con las viudas, los huérfanos y los pobres, no despreció a su criatura, sino que le dio la conversión y penitencia. Porque, volviendo en sí, recuperado el buen juicio, empezó a sentir bajamente de sí mismo y a mortificarse por lo que había hecho, con ayunos, oraciones y vigilias, reflexionando mucho, viéndose sin esperanza de salvarse, considerando que le aguardaban el fuego y los tormentos del infierno, la salida del alma de su cuerpo y la llama inextinguible. Teniendo todo esto en su mente, aterrado, con gemidos y con lágrimas amargas empezó a decir: ¡Oh, miserable!, ¿qué he hecho, en qué me he metido? ¿A quién recurriré, lleno de desórdenes para salvar mi alma? ¿A quién me acogeré, infeliz y pecador que negué a Cristo, mi Dios, y a su Santa Madre, y me hice esclavo del diablo por un documento nefando que me dejó comprometido ? ¿ Qué hombre habrá, pienso yo, que pueda rescatar ese documento de manos del diablo devastador? ¿Qué necesidad tenía yo de ir a ver a aquel nefasto judío? (Siendo así que hacía poco que ese dichoso judío había sido condenado por un juez de acuerdo con la ley) 60 ¿ De qué me ha servido medrar por algún tiempo ? ¿ De qué, sobresalir en este vano mundo? jAy, infeliz de mí, pecador y amigo del lujo, cómo me han derribado! jAy, infeliz de mi cómo perdí la luz y encontré la oscuridad! Bien estaba yo sin cargo ninguno, ¿por qué se me antojó, a cambio de gloria vana y fama hueca, dar mi alma miserable a la perdición de la gehena ? ¿ Qué ayuda voy a pedir yo que he perdido el apoyo divino ? Yo soy el culpable de ello, yo soy el causante de la perdición de mi alma, yo soy el que ha perdido su salvación. jAy de mi no sé cómo me he dejado sorprender! jAy de mí!, ¿qué hacer?, ¿a quién acudir?, ¿qué explicación daré el día deI juicio, cuando todo quede al desnudo ? 70 ¿ Qué diré en aquella hora, cuando los justos sean coronados, y yo condenado? ¿O con qué confianza voy a presentarme ante aquel tribunal regio y terrible? ¿A quién invocaré, a quién suplicaré en aquella tribulación? ¿o a quién imploraré en aquella necesidad, cuando cada uno reciba el premio de sus méritos y no el de los ajenos?, ¿quién se apiadará de mí?, ¿quién me ayudará?, ¿quién me protegerá?, ¿quién será mi defensor? En realidad, nadie ayudará allí a nadie, sino que todos darán cuenta de sí mismos. 80 jAy infeliz alma mía!, ¿cómo te dejaste cautivar?, ¿cómo, destruir?, ¿cómo, caer en otras manos y ser destruida? ¿Con qué ruina te arruinaste ? ¿ Con qué naufragio naufragaste ? ¿ En qué cieno te revolcaste ? ¿A qué puerto te acogerás ? ¿A qué remedio recurrirás ? i Ay miserable de mi que derribado y hundido en tierra por propia voluntad, no me puedo levantar!
     
Y después de estar dándole vueltas en su interior a éstas y a otras muchas cosas, Dios, piadoso y compasivo, que no desprecia a su criatura sino que la acepta cuando se vuelve a El suplicante, reconfortó su alma con la esperanza de poder recuperarse. Animado con esa esperanza, dijo con lágrimas: Aunque sé que Cristo nuestro Señor; Hijo de Dios, nació de la santa e inmaculada siempre Virgen, María, y de ella, por consejo e instigación del malvado judío, yo, desgraciado de mi renegué infelizmente, sin embargo acudiré a esa misma Madre gloriosa e inmaculada del Señor y le invocaré a Ella sola con todo el corazón y el alma, y le dirigiré incesantes oraciones y ayunos en su santo templo, hasta que por su santa intercesión logre alcanzar la misericordia del Señor.
     
Y luego decía: Pero no sé con qué labios me atreveré a suplicar su benignidad, porque reconozco que he pecado gravemente contra Ella. 90 ¿ Por dónde empezaré mi confesión, y, al hacer la confesión, con qué ánimos intentaré mover mi sacrílega lengua y mis sucios labios? ¿o de qué pecados pediré perdón en primer lugar? Infeliz de mí, porque, aunque temerariamente me atreviera a hacerlo, bajará fuego del cielo y me abrasará, porque el mundo no soporta las maldades que yo, mil veces desgraciado, he cometido. i Ay de ti, desventurada alma mía!, ¡levántate de las tinieblas que te han envuelto, y de rodillas llama a la Madre de nuestro Señor; Jesucristo, porque Ella es verdaderamente poderosa. Busca remedio para este pecado.
     
Y, pensando en esto, abandonó todos los trabajos de este mundo que le podían estorbar, cayó de rodillas con humilde devoción en el santo y venerable templo de la inmaculada y gloriosa siempre Virgen María, ofreció incesantes súplicas, se entregó a ayunos y vigilias, pidiendo que, una vez purificado de tal pecado, se le recuperase y se le arrancase de las manos del pernicioso engañador y maligno dragón y de la apostasía que había hecho, y así permaneció 40 días con sus noches en ayunos y oraciones, invocando a nuestra protectora, la Madre del Salvador.
     Cumplidos los 40 días, a media noche, se le apareció claramente nuestra Señora y Madre de Cristo, auxilio universal y protección destinada a los que se vuelven a Ella, refugio de los cristianos que a Ella se acogen, camino de errados y redención de cautivos, verdadera luz en las tinieblas, consoladora de los atribulados y consuelo de los afligidos, la cual le dijo: ¿Cómo es que sigues aquí, hombre, atreviéndote a pedir lo que no mereces, que te ayude, cuando tú has renegado de
mi Hijo, Salvador del mundo, y de mí? ¿ y cómo puedo yo pedirle que te perdone las fechorías que has cometido ? ¿ Con qué ojos voy a mirar al rostro misericordiosísimo de mi Hijo, a quien tú negaste ? ¿ Cómo me voy a atrever a interceder ante Él por ti ? ¿ En qué me voy a apoyar para rogarle por ti, cuando tú has apostatado de Él ? 100 ¿ Cómo me voy a presentar ante aquel tribunal terrible y cómo voy a atreverme a abrir la boca ya implorar para ti su clementísima bondad? Porque no puedo sufrir al que colma de ultrajes a mi Hijo. Pase, hombre, que pueda perdonar hasta cierto punto lo que has hecho contra mí, porque amo mucho a los cristianos, sobre todo a los que con recta fe y pura conciencia acuden a mi templo, a ésos los atiendo por todos los medios y los socorro, los tomo en mis brazos y los estrecho contra mi corazón, pero en cambio, ver u oir que se ensañan con mi Hijo no lo puedo soportar. Por eso es menester que implores su misericordia con gran insistencia, con gran dolor y contrición de corazón para que puedas lograr que sea benigno contigo, porque ya sabes que no es sólo misericordioso, sino también justo juez.

     A esto Teófilo respondió: Sí, Señora mía por siempre bendita; sí, Señora, protectora del género humano,. sí, Señora, puerto y lugar de abrigo para los que a Ti se acogen; lo sé, Señora, lo sé; sé que he pecado mucho contra Ti y contra tu único Hijo, Señor nuestro, y que no soy digno de alcanzar tu misericordia, pero teniendo presente el ejemplo de los que en tiempos pasados pecaron contra tu Hijo, nuestro Señor, y por la penitencia merecieron el perdón de los pecados que habían cometido, me atrevo a acercarme a Él y a Ti, Señora. Porque si no hubiera sido por la penitencia, ¿ cómo se habrían salvado los Ninivitas ? Si no hubiera sido por la penitencia, Raab, la meretriz, no se habría salvado *. Si no hubiera sido por la penitencia, David, que, teniendo el don de profecía, el reino y la promesa del Señor, cayó en el abismo del adulterio y del homicidio, ¿ cómo habría merecido el perdón de unos pecados tan grandes, y además recobrar el don de profecía al mostrarse arrepentido con una sola frase ? * 110Si no hubiera sido por la penitencia, San Pedro, príncipe de los apóstoles, el primero de los discípulos, columna de la iglesia, que recibió además las llaves del reino de los cielos, ¿ cómo habría obtenido el perdón, después de que negó a Cristo no una vez, ni dos, sino hasta tres veces ?

      De hecho, llorando amargamente y derramando lágrimas mereció el perdón de un pecado tan grave y además alcanzó un honor mayor, fue nombrado pastor del rebaño del Señor. Si no hubiera sido por la penitencia, a aquel que en Corinto había cometido incesto, ¿cómo San Pablo habría mandado admitirlo de nuevo para que no fuera víctima de los engaños de Satanás? *. Si no hubiera sido por la penitencia, Cipriano, que había cometido muchas atrocidades, incluso había abierto el vientre de mujeres embarazadas y estaba lleno de toda clase de desvergüenzas, ¿ cómo habría recurrido a buscar remedio, valientemente animado por Santa Justina? Éste, no sólo obtuvo el perdón de pecados tan grandes, sino que alcanzó también la corona del martirio *. De ahí que yo también, animado por el ejemplo de unos pecadores tan grandes, me acerque a Tí para implorar tu benigna misericordia y para que te dignes concederme la protección de tu diestra y alcanzarme el perdón de los pecados de parte de nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, contra quien yo, miserable, pequé gravemente.
     
Finalmente, al terminar de decir estas cosas, la santa y venerable Señora nuestra, Madre de Dios, bendita en cuerpo y alma, que goza de la singular libertad de suplicar a aquel a quien dio a luz, que sabemos también que es consuelo de los atribulados, compasión para los afligidos, vestido para los desnudos, báculo de la vejez, fuerte protección para los que a Ella se acogen, que con santas y piadosas entrañas trata a todos los cristianos, le dijo: Hombre, confiesa que el Hijo que yo dí a luz, y al que tú negaste, es Cristo, Hijo de Dios vivo, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos; y yo también le pediré por ti para que que se digne acogerte. A lo que Teófilo contestó: 120 ¿ y cómo voy a atreverme a confesarlo, Señora mía, siempre bendita, yo infeliz e indigno, que tengo la boca sucia y manchada, porque negué a tu Hijo y Señor nuestro? ¿ Yo, que no sólo fui arrastrado por las vanas apetencias de este mundo, sino que además el remedio que tenía mi alma, me refiero a la santa cruz y al santo bautismo que recibí, lo he profanado con la más amarga apostasía por medio de un documento con mi firma? La santa e inmaculada Madre de Dios, la Virgen María le insistió: Tú no tienes más que acercarte a Él y confesar, porque es misericordioso y aceptará tus lágrimas de arrepentimiento y las de todos los que con pureza y sinceridad se acerquen a Él, porque para eso, siendo Dios, se dignó tomar carne de mi seno, sin merma de la esencia divina, para salvar a los pecadores.
     
Entonces Teófilo, con reverencia y con toda humildad, inclinando la cabeza, a voz en grito, hizo protesta de su fe diciendo: Creo, adoro y glorifico, como un solo Dios en la Santa Trinidad a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, nacido del Padre de modo inefable antes de los siglos, que en los últimos tiempos se dignó hacerse hombre y concebido por obra del Espíritu Santo, nació de la santa e inma
culada Virgen María, para la salvación del género humano. También confieso que es perfecto Dios y perfecto hombre, que por nosotros, pecadores, se dignó padecer; ser escupido y abofeteado, y que extendió sus manos sobre el vivificante madero, dando su vida, como buen pastor; por los pecadores; que fue sepultado, resucitó y subió al cielo con la carne castísima que tomó de Ti y que ha de venir en su gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y para dar a cada uno según sus obras, no como acusador de su pueblo, sino que será la conciencia la que nos acuse o exculpe, según la bondad de nuestras obras, y el fuego probará de qué clase son las obras de cada uno. Esto confieso con el corazón y con los labios; a éste honro, adoro y me abrazo. y con la garantía de esta súplica pronunciada con toda la fuerza de mi alma, oh, santa e inmaculada Virgen, Madre de Dios, ofréceme a tu Hijo y Señor nuestro, y no desoigas ni desprecies mi petición, la de un pecador; yo que he sido arrastrado, zarandeado y engañado, antes bien líbrame de las iniquidades que me han aprisionado y la turbulenta borrasca en que me encuentro, ya que desgraciadamente he sido despojado del vestido de la gracia del Espíritu Santo.
      
130Yal terminar él de decir esto, la Santa Madre de Dios, como si aceptara de él una cierta satisfacción, Ella que es esperanza y consuelo de los cristianos, redentora de errados y verdadero camino para los que suben hasta Ella, agua tranquila para los zarandeados por las olas, refrigerio de pobres, aliento de pusilánimes, mediadora de los hombres ante Dios, le anunció: Por el bautismo que recibiste en el nombre de mi Hijo, Jesucristo, nuestro Señor; y por la mucha compasión que siento por vosotros los cristianos, fiándome de tus palabras, voy a rogarle por ti, postrada a sus pies, para que se digne acogerte.
     
Y después de esta visión, cuando ya había amanecido, la santa e inmaculada Virgen, Madre de Dios, se separó de él. Teófilo, en cambio, durante tres días rezó al Señor con mayor insistencia y golpeaba la tierra con su cabeza muchas veces, permaneciendo en el sagrado templo sin comer y derramando lágrimas; no abandonó aquel lugar, teniendo puesta su mirada en la clara luz e inefable rostro de la gloriosa Santa María, Señora nuestra y Madre de Dios, poniendo en Ella la esperanza de su salvación.

Por segunda vez, la protectora y piadosa consoladora de los que a Ella acuden, nubecilla resplandeciente que se crió en el Sancta Sanctorum*, se le apareció con alegre semblante y animados ojos, y con mansa voz le dijo: Hombre de Dios, ya es suficiente la penitencia que has hecho en presencia del Salvador de todos y Creador tuyo. A petición mía ha aceptado tus lágrimas y ha accedido a tus peticiones, con la única condición de que cumplas hasta el día de tu muerte todo lo que -Yo soy testigo- has prometido a mi Hijo. El contestó: De acuerdo, Señora mía, cumpliré y no descuidaré lo que me dices, porque, después de Dios, Tú eres mi protección y mi amparo, y con tu ayuda no dejaré de cumplir lo que he prometido. Porque sé, y lo sé bien, que Tú eres la mayor protectora de los hombres. 140porque, Señora mía, Virgen sin mancha, ¿quién puso en Ti su esperanza y quedó confundido ? ¿ O quién imploró tu clemencia y se vio abandonado ? * Por eso, yo, pecador pido también que la perenne fuente de tu bondad, tus entrañas de misericordia, se vuelquen en mi favor, equivocado y engañado, que estoy hundido en lo profundo del fango, para que pueda recuperar de las manos del diablo, que me engañó, aquel execrable documento de mi apostasía y aquel nefando escrito firmado por mí; porque eso es lo que más temblor produce en mi alma mil veces miserable.

     De nuevo Teófilo, llorando profusamente y lamentándose en extremo, estuvo durante tres días seguidos pidiendo a la única esperanza de los hombres y salvación de nuestras almas, a la santa e inmaculada Virgen María, que le concediese poder recuperar aquel funesto documento.

     Pasados los tres días la santísima Virgen se le apareció otra vez en una nueva visión, mientras dormía, y le mostró el papel firmado, enrollado como estaba, que todavía tenía el sello de cera, y se lo puso sobre el pecho. Al despertar, lo encontró y, todo alborozado, temblaba de tal manera que por poco se le desarticulan todas las junturas de sus miembros. Al día siguiente, que era domingo, se presentó en la iglesia en la que se hallaba el obispo con todo el pueblo y después de la lectura del Santo Evangelio se postró a los pies del prelado y le contó toda la historia de su impiedad: cómo había sido engañado por el judío perverso y hechicero. su negación y apostasía, así como la escritura del documento firmado con el diablo para recobrar la vanagloria de este mundo, y también cómo, habiendo acudido a la benignísima fuente de misericordia, a la inmaculada y santísima Virgen María, por sus santos méritos y su intercesión, mediante la penitencia y las lágrimas. había merecido de Dios el perdón; y también cómo había recuperado el documento de aquel pésimo contrato.

     Todo esto se lo manifestó al obispo punto por punto ante todo el pueblo congregado en la iglesia y le entregó el contrato firmado, rogándole que diera lectura de él en público. Todos, pues, clérigos y mujeres, conmovidos por tan gran misericordia de Dios, dieron muy cumplidas gracias al Señor, porque se digna recibir tan misericordiosamente aun a aquellos que se alejan de Él, cuando a Él se vuelven. El obispo, a su vez, lleno de gozo, decía en voz muy alta: 150Venid, fieles todos, glorifiquemos juntos la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. Venid todos a ver milagros tan estupendos. Venid, carísimos, ved cómo las lágrimas borran las heridas de las malas acciones y dejan al alma más blanca que la nieve. Venid y ved cómo alcanzan el perdón de los pecados. Venid, cristianos todos y ved cómo las lágrimas alejan la ira divina. Venid. Mirad cuánto pueden los gemidos del alma y la contrición de corazón. Hermanos, ¿quién no admirará la inefable paciencia de Dios? ¿ Quién no se pasmará ante el inexplicable amor de Dios a los pecadores ? Moisés, el autor de la Ley, después de ayunar durante 40 días, recibió las Tablas escritas por Dios,. igualmente este hermano nuestro, después de permanecer durante 40 días en el venerable templo de la inmaculada y gloriosa siempre Virgen María, recuperó por el ayuno la gracia que había perdido por la negación de Cristo. Demos, pues, nosotros juntamente con él, gloria a nuestro Dios que tan misericordiosamente aceptó el arrepentimiento del que recurría a Él por la intervención de la inmaculada siempre Virgen María, que es entre Dios y los hombres fuente verdadera, esperanza de los desesperados, refrigerio de los afligidos, que detuvo la maldición contra la naturaleza humana, que es de verdad una puerta para presentar todas nuestras peticiones y conseguir el perdón de nuestros pecados.
     
160iOh, Santa Madre de Dios, acuérdate también de nosotros que a Ti dedicamos nuestros desvelos con fe pura y a Ti acudimos; no abandones el redil de los pobres, antes ruega por él ante Dios misericordioso para que se digne conservarlo sin daño y sin engaño. Porque todos los cristianos en Ti esperamos, a Ti acudimos y a Ti levantamos nuestros ojos día y noche. Por Ti rendimos honor y damos gloria a aquél que de Ti tomó carne, Jesucristo, nuestro Señor.  

     Pero, ¿ qué voy a decir o qué voy a hablar o qué gloria y alabanza puedo tributar a aquel que de Tí nació ? Pues, verdaderamente, «tus obras son dignas de ser ensalzadas, Señor», hasta la lengua desfallece cuando quiere contar la gloria de tus maravillas. Verdaderamente, tus obras, Señor; merecen ser ensalzadas.

     Realmente a este hombre le cuadra bien la frase del Evangelio: «Traed el mejor vestido y ponédselo; poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies," y traed el ternero cebado y matadlo, y comamos y alegrémonos, porque este hermano nuestro estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado»"

     Mientras el obispo decía esto, Teófilo permanecía postrado en tierra. Y, después de este largo sermón de congratulaciones, el obispo le mandó que se levantara y le ordenó que a vista de todos quemara aquel nefando papel maldito, cosa que él cumplió en el acto. Las gentes, viendo consumirse en el fuego aquel abominable documento, prueba de que había renegado de Cristo, empezaron a gritar durante largo rato con gran derramamiento de lágrimas: Kirieleison *. 170Y el obispo, haciendo una señal con la mano para que se callaran, dijo: Pax vobis! y continuó las interrumpidas ceremonias de la misa.

     Al acabar los sagrados misterios y recibido por Teófilo el sacramento de la Eucaristía, de repente brilló su rostro como el sol. Al verlo todos, o sea, al ver aquella súbita transformación, daban más gloria a Dios, que hace grandes maravillas solo, y prorrumpieron en alabanzas a la bienaventurada María, durante largo rato, porque Ella le había librado del execrable engañador.

     El bienaventurado Teófilo se retiró a aquel lugar en el que había tenido la dichosa visión, y allí permaneció, como estático, durante tres días. Pasados los tres días, se fue despidiendo de todos los hermanos con un ósculo, distribuyó generosamente a los pobres y necesitados todos sus bienes, encomendó su alma a la Santísima Trinidad ya Santa María, su liberadora, y pasó felizmente el último día de vida en el mismo lugar en el que había tenido las visiones y con una muerte dichosa, siéndole el Señor propicio, emigró a la gloria eterna. Su cuerpo, enterrado allí mismo, espera la resurrección del último día, cuando salga al encuentro de nuestro Señor Jesucristo, que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, a quien con el Padre y el Espíritu Santo sea dada gloria ahora y siempre por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

 

 

<29>

 

Un monje que murió de muerte repentina, y declaró que había alcanzado misericordia gracias a la Madre de misericordia

 

     1 Hace mucho tiempo fue notorio el caso de un monje de la región de Borgoña*. Este monje amaba mucho a Cristo, Hijo de Dios, y no menos, sino con igual ternura, amaba a la Virgen María, su Madre, cuyas alabanzas era muy aficionado a cantar, y con ello servía de estímulo a los otros monjes.

     Así lo hizo mientras vivió en este mundo. Una noche, fatigado por el llanto y el tiempo que llevaba en vela, dió una cabezada en su misma cama, mas, apenas había cerrado los ojos, se espabiló y empezó a rezar con todo fervor los maitines en honor de María y el resto de las preces de costumbre que tenía prometido a la Virgen.

     Pero, mientras estaba en esto, lanzó un grito fuerte, seguido de unas voces aún más angustiosas, con las que los frailes se asustaron y se llenaron de estupor, se tiraron rápidamente del lecho y acudieron con presteza al lugar aquel de donde habían salido las voces.

    Y mientras todos corrían hacia allá, tres monjes que corrían con los demás, arriba en los cielos escucharon aún más voces, pero no entendían lo que querían decir, tal vez porque todavía no eran dignos de conocer los misterios celestiales que suceden allá arriba. Corrían, sin embargo, con más prisa y con los demás frailes a donde estaba el enfermo, pero le había dado un colapso y había perdido el habla, y cuando llegaron, lo encontraron ya muerto. Sin embargo, ellos no sabían con certeza si todavía tenía algo de vida, y para estar seguros, se acercaron más a

 


 

 

 NOTAS A LA TRADUCCION

 

     1, Tit. San Ildefonso (607 -667) fue discípulo de San Isidoro y Arzobispo de Toledo desde el año 657 hasta su muerte. Junto a San Julián de Toledo, su amigo y escritor de una biografía suya, son las mayores lumbreras de la Iglesia visigótica.

     1,2. Se trata del De virginitate perpetua Sanctae Mariae adversus tres infideles libellus. La obra de San Ildefonso se difundió enormemente. En el s.X aparece copiada en la biblioteca de muchos monasterios, particularmente en los de monjas; así, en San Millán un manuscrito del s.XI contenía dicha obra (R.A.H. Ms. Emil. 47). Se halla publicada entre los escritos de los Padres de la Iglesia (Migne, P.L. 96).

     1,3. Es una fiesta de la Virgen, propia de España. Se celebra el 18 de diciembre con los títulos «Expectación del parto de Nuestra Señora», «Nuestra Señora de la Esperanza» y «Virgen de la O». Como dice el texto, se instituyó para recuperar la festividad de la Anunciación, que solía ser en Cuaresma o Pascua, tiempo en el que la Iglesia tenía por costumbre no celebrar fiesta ninguna de la Virgen ni de los santos. Fue sancionada en el X Concilio de Toledo (año 650).

     1,5. El texto dice albam, vestidura blanca hasta los pies. Berceo, en cambio, sólo una vez emplea 'alba' (64 c); en los demás casos lo traduce por 'casulla', vestidura que el sacerdote se coloca sobre el alba para decir misa:

«dioli una casulla      sin aguja cosida» (Milagros 1,60 b)

     La tradición popular aceptó que era «casulla» ; así lo recogen los pintores, como se ve en «La imposición de la casulla a San Ildefonso» de Velázquez y otro cuadro igual de Murillo. Los escultores representaron la escena de la casulla en el tímpano de la puerta del Perdón, en la catedral de Toledo (s.XV). En la literatura se recoge esta tradición en la poesía de Valdivielso, El sagrario de Toledo y Lope de Vega la llevó al teatro en El capellán de la Virgen.

     1,8. La prohibición de sentarse en esta silla que repiten el Ms. de Copenhague y Berceo tiene mejor explicación si se atiende a otras redacciones de este milagro, como la de la edición de Pez, según la cual la Virgen no se aparece de pie junto al altar sino sentada en la silla arzobispal; de ahí que quede bendecida la silla y que la Virgen la reserve para Ildefonso y le sea prohibida a cualquier otro.
     2, Tit. El caso de un monje o clérigo lujurioso librado de la muerte por la Virgen tiene en la Legenda Aurea tres versiones diferentes: 1. La primera (c.CXIX, p. 488) sustancialmente es la misma que la del Ms. de Copenhague. 2. La segunda (c.CXXXI, p.573) no cuenta el hecho como real sino como un sueño que tuvo el clérigo deshonesto en el que se vio muerto y Cristo le acusaba de su mala vida, mientras la Virgen lo defendía y conseguía que volviera a la vida para hacer penitencia. Al despertar se corrigió de sus desórdenes. 3. La tercera (c. CLXXXIX, pp. 852-853) pertenece a los añadidos a la Legenda Aurea y presenta algunas novedades: el clérigo es francés, se ahoga en el Sena y la Virgen misma lo saca del fondo del río, ya vivo, y le invita a enmendarse ya celebrar todos los años el día 8 de diciembre la fiesta de la Inmaculada Concepción, fiesta por entonces discutida.

     3,1. Chartres, ciudad francesa, capital del Departamento de Eure y Loira. Fue famosa por su Escuela, fundada en el s.XI por el obispo Fulberto, importante por su sentido humanístico de la cultura; en arte es conocida por su hermosísima catedral gótica (1194-1260).

     3,6. «Mi canciller», en latín cancellarium meum. Cancellarius era quien guardaba la cancela o puerta; más tarde se dijo del que guardaba el sello del rey y del escribano real; en las Universidades, el que confería los grados académicos. En Castilla se llamó cancellarius al escribano del rey desde el reinado de Alfonso VII (1105-1157). El escritor de estos milagros pone este término en boca de la Virgen cuando se refiere a ciertos clérigos a los que quiere mostrar una distinción especial y los llama con expresión propia meum cancellarium (véanse los milagros 3, 9 y 13).

     4,4. Adviértase que el texto del Ms. de Copenhague da cinco frases que empiezan por Alégrate (Gaude) de donde extrae el paralelo entre estos cinco gozos de María y las cinco llagas de Cristo. Ni la Legenda Aurea ni Los Milagros de Nuestra Señora guardan ese número cinco en el anuncio de gozo; por eso es menos comprensible la alusión a las cinco llagas de Cristo que se hace en ambas obras.

     4,6. Es una referencia al salmo 150, último del salterio: Laudate Dominum in sanctis eius que consta de cinco versículos y un epifonema ( 11 veces la palabra laudate). Se reza en el Oficio Divino en los Laudes del sábado; por ello los monjes entendían bien la relación que en el milagro se establece entre este salmo y los cinco gozos de María.
     6,3. La Legenda Aurea (p.401) refiere otro caso parecido que atribuye a la intervención de Santiago; en él un peregrino se libra de morir en la horca de idéntica manera.

     6,4. Los protagonistas de los milagros suelen ser anónimos. Pero en ocasiones como ocurre aquí, por inercia de los copistas mantienen ciertos detalles que en realidad no añaden nada interesante al relato. Berceo lo omitió, sin duda por considerarlo inútil para la historia que cuenta.

     7,Tit. En el s.Xll se extiende la doctrina de María como mediadora universal y, en consecuencia, en algunos milagros se le da a Ella el primer plano ya San Pedro, el segundo, perdiéndose la alusión al "poder de las llaves", como se comprueba en el relato que Berceo hace de este milagro y en el milagro X, "Los dos hermanos, Pedro y Esteban".
     8,19. El cliché por el que se rige la estructura de las leyendas es bastante repetitivo. Uno de los elementos recurrentes es la discusión entre buenos y malos, entre ángeles y demonios, y la solución se encuentra en el recurso a un tribunal superior; aquí, en el tribunal de María; en el milagro 2, María invoca el fallo del Supremo Juez.

     9,Tito La Legenda Aurea ( c. CLXIII, p.709) refiere un milagro idéntico al que aquí se cuenta con sólo dos variantes: una, que lo cuenta Pedro de Cluny; otra, que el sacerdote que sólo decía una misa decía únicamente la misa de difuntos y no es la Virgen quien amonesta y amenaza al obispo sino las almas de los muertos. Se trata de un caso más de adaptación de una leyenda a dos o más devociones.

     9,2. El introito, primer texto que el sacerdote lee ante el altar para comenzar la misa, varía de unas misas a otras. En las misas comunes de la Virgen el introito está tomado del poeta cristiano Sedulio (s. V): Salve, Sancta Parens, / enixa puerpera Regem, / qui caelum terramque regit / in saecula saeculorum. Es una misa muy conocida, fácil de retener; recurren a ella los sacerdotes ancianos, los ciegos o aquellos que no pueden tener a mano un misal.

     10,Tit. La transmisión de este milagro muestra cierta diversidad, según las devociones preferidas de cada lugar. La Legenda Aurea, que dice haberlo tomado del libro Los milagros de la Santa Virgen, menciona sólo a uno de los hermanos, Esteban, y entre los santos protectores no aparece San Pedro. A principios del s. XI, en los Dicta Anselmi (San Anselmo de Canterbury, 1 033-1109), los hermanos son dos, Esteban y Pedro, y los mediadores, tres, San Lorenzo, Santa Inés y San Proyecto. En el Ms. de Copenhague los hermanos son dos y los intercesores cuatro, San Lorenzo, Santa Inés, San Proyecto y Santa María. Finalmente, en Berceo aparecen los dos hermanos y cinco protectores: San Lorenzo, Santa Inés, San Proyecto, San Pedro y Santa María.

     10,11. 'Proyecto' (Preiectus en latín) podría tratarse de Proyecto, obispo de Imola (Italia central), muerto en el 460 ( cf. Dutton).

     10,18. El tema de la segunda oportunidad, vuelta a la vida para enmendar los yerros, es recurrente en esta colección de milagros. Además de en este milagro se encuentra en cuatro de los anteriores; 2, el sacristán impúdico; 6, el ladrón ahorcado; 7, el monje librado por San Pedro y 8, el peregrino de Santiago. En las leyendas de la Antigüedad, en los temas del romancero y en los cuentos populares hay algunos elementos que se trasvasan de unos a otros, como es este caso.

     10,31. Ps. 118,1: Beati inmaculati in vía, qui ambulant in lege Domini. El salmo canta las excelencias de la Ley de Dios. Está dividido en 22 tramos (según las 22 letras del abecedario hebreo) y cada tramo tiene 8 versos; en total, 176 versos. Es el más largo del salterio.

     11,3. 'Como hemos dicho más arriba de otros'. El autor es consciente de lo repetitivo que resulta este esquema: mala conciencia -práctica de alguna devoción a la Virgen -efecto milagroso. Así se ve en este milagro, en el 2, el sacristán impúdico, el 3, el clérigo y la flor y el 6, el ladrón ahorcado.

     12,3. 'A las horas' : Se refiere a las "horas canónicas" o partes del Oficio divino o del Oficio de la Virgen que en los monasterios se rezan a lo largo de las 24 horas del día, divididas en siete tramos, desde la media noche hasta el atardecer. Son maitines y laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. El mérito

que se atribuye a este monje es doble porque rezaba las siete horas y además las rezaba de pie, imponiéndose con esto un mayor sacrificio.

     12,15. 'Esmirna' (derivado del griego smyrna 'mirra'). Parece un nombre alegórico para significar al demonio. La mirra se producía en Arabia, Etiopía y la zona desértica del bajo Egipto. Tales desiertos, se creía, eran lugares dominados por el demonio y por ello, como se ve en esta leyenda, era región muy propia para tener allí castigada un alma.

     13,1. San Jerónimo de Pavía, obispo entre 778 y 787

     13,5. 'Ami canciller' , meum cancellarium .En este caso Berceo lo traduce por dos nombres diferentes: "el mi creendero" y "mi clavero". Creendero , de credendus 'que merece ser creído', equivale a 'protegido o favorecido de alguien'. Clavero, de clavis 'llave', era el amo de llaves y en las órdenes Militares de los tiempos de Berceo se llamaba clavero a ciertos señores que custodiaban algunos castillos e iglesias.

     14,1. Se refiere a la famosa Abadía del Mont-Saint-Michel en los límites entre Bretaña y Normandía, cerca de Avranches, en la costa Oeste francesa. Data del siglo V m y se llamó 'San Miguel in monte Tumba' por su forma de montículo, ya que está en un islote escarpado, rodeado de mar y unido a tierra por una estrecha franja arenosa. También se llamó 'San Miguel in periculo maris' por el peligro que ofrecía el acceso a dicho monasterio, como se cuenta en el milagro 20. Residían allí, y residen hoy día, los monjes benedictinos.

     14,8. El escritor interpreta expresamente este milagro como un hecho que confirma la doctrina de la virginidad de María y de su Inmaculada Concepción. No se debe olvidar que esta doctrina de la Inmaculada, defendida desde muy pronto, tomó fuerte auge en Europa en los siglos XI -XllI a impulsos de San Anselmo, nacido en Italia, monje benedictino en Francia y Arzobispo en Inglaterra, siendo entonces los principales abanderados los monjes de San Benito, orden a la que pertenecía también el Monasterio del Mont-Saint-Michel.

     15, Tit. Similar a éste es el relato milagroso n° 32. La Legenda Aurea ofrece dos versiones de este milagro. La primera es la misma que ofrece el Ms. de Copenhague, aunque más escueta. La segunda, en el añadido a la Legenda, posterior al año 1264, repite el tema, pero con notables variantes; el hecho sucede en tiempos del rey Carlos (quizá, Carlos IV de Francia, 1322-1328); el clérigo es hermano del rey de Hungría y no se dice que fuera canónigo de Pisa; celebrada la boda, se hace monje y más tarde es nombrado obispo de Aquileya (Italia); es el primero que instituye la fiesta de la Inmaculada Concepción, como se lo había pedido Santa María en su aparición. Se trata de una acomodación de un milagro precedente a una nueva devoción mariana, la Inmaculada Concepción, que se discutió con ardor a partir del s.XI.

     16,1. Este prólogo que comienza Miraculum me referre non piget (Poncelet, Index n° 1092) se suprime en otras colecciones (cf. Poncelet, Index n° 1293).

     16,2. Fiscanno, probablemente Scanno, en Italia Central

     16,6. El texto del Ms. de Copenhague no es muy claro al exponer las causas de la locura de la mujer. Dice que le parecía "llevar un estandarte color sangre", cuando en realidad le parecía que, estando embarazada, en vez de un hijo llevaba en su seno un estandarte cubierto de sangre. También le parecía que la fe se salía de sus pechos; en realidad le parecía que sus pechos en vez de leche arrojaban a chorro la fe cristiana que ella profesaba. La redacción de la Legenda Aurea lo explica bien.

     16,8. Los baños en agua fría como remedio de la locura eran recomendados por los médicos hasta hace poco tiempo. En este milagro, además del baño ordinario aplicaban conjuntamente otros remedios espirituales Como eran los exorcismos y bendiciones, por considerarse la locura inducida por el maligno.
     17,1. En el texto latino se dice in civitate Bituricensi, hoy Bourges, capital del departamento de Cher, en la cuenca del Loira, en Francia Central. Fue célebre en los siglos XII y XIII. La Legenda Aurea la confunde Con Burgos. Allí mismo se dice que el hecho ocurrió en el año 527, sin dar explicaciones. Como fuente para este milagro se da al monje Pedro "que había estado allí (en Bourges) por entonces" y que "solía contarlo", más tarde, cuando estaba en la abadía de San Miguel de Chiusa, diócesis de Turín. Muchos detalles de estos milagros varían según la fuente de donde se toman; una de las recensiones lo sitúa en Oriente: In oriente quidam puer Judeorum (Poncelet, Index , n° 826).

     17,5. Algunas recensiones, para dar mayor verosimilitud a lo que cuentan, nos dicen que el niño era hijo de un judío vidriero, que tenía en su casa un horno para la fabricación de objetos de cristal (Poncelet, Index , n° 911,913 y 915).

     18,11. En el fragmento trascrito en cursiva, la narración se hace en primera persona; un mendigo cuenta lo que él mismo presenció. El autor del Ms. de Copenhague lo toma a la letra de la fuente literaria que tenía delante. El lugar en el que ocurrió este suceso no aparece claramente. Dutton, siguiendo a Devoto, identifica la villa de Anifridi con la población francesa de Amfreville-sur-Iton, en el departamento de Eure.

     19,2. Es el segundo milagro localizado en Toledo, junto con el de San Ildefonso, recogidos en el Ms. de Copenhague. Tampoco trae otros que hubieran ocurrido en España y la Legenda Aurea no hace mención de ninguno de los dos.
     20,2. En este mismo monasterio tiene lugar el milagro 14, «La imagen respetada por el fuego». La Legenda Aurea atribuye este segundo milagro no a la Virgen sino a San Miguel Arcángel. En cuanto a la fecha, de la que ni el Ms. de Copenhague ni Berceo dicen nada, la Legenda lo sitúa en los años posteriores con poco a la fundación del Monasterio de San Miguel, que -dice- se constituyó en el año 710, sin más precisiones. Dutton señala que ocurrió en el año 1011, citando a Daniel Devoto ( Obres p.195).

     20,4. Se conoce como Saint Michel au-péril-de-la-mer.

     20,12. No hay que pensar en las mangas usuales hoy, ajustadas a los brazos, sino en las mangas que entonces se usaban y aún hoy usan algunos monjes en los oficios litúrgicos. Eran mangas amplísimas, que llegaban más abajo de las rodillas, y podían proteger a alguien si se extendían sobre él.
     20,17. El mismo prodigio de las aguas que se retiran en una fecha determinada se cuenta también en la vida de San Clemente Papa, que fue arrojado al mar a tres millas de la costa en una isla del Mar Negro. Se dice que cada año, en la fiesta del Santo, las aguas abren paso para que las gentes lleguen hasta una iglesia submarina donde enterraron al Santo. Es más, una mujer, huyendo del avance de las olas, se olvidó de un niño pequeño que dormía en un rincón de dicha iglesia. Al año siguiente lo encontró allí dormido bajo la protección del santo mártir (Legenda Aurea CLXX, p. 763). En la vida de Santa María Magdalena no se retiran las aguas, pero una mujer embarazada se salva en un naufragio gracias a la Santa que la ampara y la lleva hasta la orilla. Más tarde nace el niño y es consagrado a Dios, ingresando a su tiempo en un monasterio (Legenda Aurea XCVI, pp. 390-391).

     21,4. Mapulam 'servilleta, pañuelo'. En el manuscrito una mano posterior escribió virgulam sobre mapulam, pensando que había una contradicción en el texto, ya que en un principio la joven -se dice- tenía en la mano una mapula y luego se dice que en la mano llevaba una virga. Pero no hay tal contradicción: la joven ante el toro aparece con una mapula (pañuelo), como ahora los toreros llevan una muleta; pero, cuando aparece ante el león, la joven lleva una virga o virgula (palo ) Como es lógico para propinarle el castigo que le propinó. Berceo lo entendió también así.

     21,12. Versipellis (de verto 'cambiar' y pellis 'piel'). No tiene traducción exacta en castellano, pero se dice de aquellos que cambian de aspecto o de figura, como el camaleón o el mítico Proteo.

     21,17. Nutrici. Normalmente equivale a 'nodriza' o 'ama de cría' ; aquí tiene más bien el sentido de 'ama', mujer que cuida de un eclesiástico. El comportamiento maternal que se atribuye a la Virgen en la segunda parte de este milagro es una reproducción de lo que se supone haría una madre al acostar a su hijo pequeño. Con razón al principio de este relato se nos anuncia que a este monje lo consideraba la Virgen como a uno de su familia.

     22,Tito Ni la Legenda Aurea ni Berceo mencionan este milagro. En realidad este relato no es más que una reelaboración de otro hecho prodigioso que cuenta la Biblia en la historia del profeta Eliseo: una mujer de Sunam (Palestina) hospedaba en su casa al profeta; la mujer no tenía hijos y su marido era anciano. Eliseo un día, queriendo recompensar a esta mujer, le ofreció atenderla en lo que le pidiera. Ella estaba afligida por no tener un hijo pero no se atrevía a pedírselo al hombre de Dios; pero Eliseo le prometió que lo tendría; como sucedió. Creció el niño, pero un día sufrió una insolación y murió. La mujer se quejó a Eliseo, desilusionada porque, habiendo sido parte en el buen anuncio del nacimiento del hijo, lo había dejado morir. Eliseo acudió a casa de la Sunamita, resucitó al niño y se lo entregó a su angustiada madre (Reg. 4, 8-37). El milagro del Ms. de Copenhague es un calco de éste, con variantes como que en él se atribuye a Santa María, y el autor lo ha adornado con mucha literatura en las intervenciones que tiene la madre del niño.

     22,13. Sara, mujer de Abraham, estéril y de edad muy avanzada, recibió un anuncio del Señor de que sería madre de un hijo, Isaac, por el cual su descendencia iba a ser muy numerosa, nada menos que el Pueblo de Israel (Gen. 18,1-15; 21,1-8).

     22,34. Por tres veces en la redacción de este milagro se da a Santa María el título de 'gloriosa' que no aparece en otros. Un detalle éste que nos recuerda a Berceo, para quien la Virgen María es La Madre gloriosa, La Virgen gloriosa y La Gloriosa, por antonomasia.
     23,6. Hasta aquí llega la introducción de este milagro. Como se ve por la última frase este prólogo sobre los enfermos y la eficacia de los médicos no está hecho exclusivamente para la leyenda que le sigue sino para una colección de milagros. De esa presunta colección lo toma el copista del Manuscrito de Copenhague sin pensar demasiado en eliminar lo que sobraba. Berceo, en cambio, atento a la capacidad de sus oyentes, saltó este preámbulo que no significa nada para la comprensión del milagro de la abadesa encinta. El prólogo empieza así: Celebre est etc. (Poncelet, lndex , n° 164); la narración, como aparece en otros autores, comienza con las palabras: Fuit igitur, ut veracium (Poncelet, lndex , n° 562).
     23,15. Se muestra aquí una singular postura del escritor ante sus personajes: la abadesa para él es un modelo en cuanto defensora acérrima de la Santa Regla; las monjas, un ejemplo de súbditas malévolas y relajadas, sin atenuantes. Cuando la abadesa falla en un punto capital como es la castidad, nada se le reprocha sino que se busca un culpable, el demonio, astuto urdidor de engaños.

     23,21. Singultus cervosos escribe Becker con un interrogante, indicando que no entiende la palabra cervosos. Nos parece que es correcto el vocablo y que califica bien a los sollozos, indicando que se parecían al balido lastimero de los ciervos.

     23,50. Este niño tan prodigiosamente criado no podía menos que llegar a ser un obispo ejemplar, como se dice en este relato. Pero, además, la tradición popular lo ensalzó, asegurando que este filius abbatissae 'hijo de una abadesa' se llamaba Bonus o Bonitos y a él le corresponde el milagro 33 en que se cuenta cómo Bonus fue escogido para celebrar una misa ante la corte celestial y recibió además en premio una vestidura sacerdotal de manos de la Virgen María (Poncelet, lndex , n° 410).

     24,3. Hasta aquí llega el prólogo que comienza Duo beate Dei Genitricis (Poncelet, lndex , n° 384). En otros autores la narración empieza así: Erat navis in medio maris (Poncelet, lndex , n° 441 ). Este milagro y el siguiente están relacionados entre sí por tres detalles: los dos ocurren en la mar, los dos fueron escritos por la misma persona y los dos tienen como objetivo justificar el título que se da a María de "Estrella de la mar". No sabemos quién fuera ese autor que genéricamente dice haber escuchado estos milagros a sendos abades. El Ms. de Copenhague los copia de su fuente, sin hacer ningún retoque.
     24,4. Durante la Edad Media muchos cristianos viajaron a los Santos Lugares para satisfacer su deseo de orar en la tierra del Señor; no faltaron los que iban en plan de aventureros. Pero a mediados del s.XI los turcos seldjúcidas se apoderaron de todo el Próximo Oriente e impidieron a los cristianos acceder a Tierra Santa, lo cual produjo la reacción europea que se tradujo en el movimiento de las Cruzadas. El ambiente que recoge este milagro parece corresponder a la época de tranquilidad anterior a la mitad del s.XI.

     25,4. Familiarem beneraverat 'al que había sido más devoto'. Respecto a los santos que aquí invocan los marineros sabemos lo siguiente: San Nicolás es el conocido como de Bari, donde se venera su cuerpo desde el s.XI; fue obispo de Myra en el Asia Menor (s.IV). Viviendo aún el santo tenía tal fama de hombre de Dios que en una tempestad los marineros invocaron su nombre y se vieron salvados. San Andrés, dice la leyenda, se hallaba en Escitia (Mar Negro) y recibió de un ángel la orden de ir a Etiopía a ayudar a San Mateo, que estaba en la cárcel. No sabía el camino, pero el ángel le dijo: Ponte a la orilla del mar y toma el primer barco que llegue. Así lo hizo y con viento favorable llegó a Etiopía. San Claro, desconocido en nuestro santoral, parece ser un santo de origen británico, dado que su nombre ha dejado topónimos como Saint Clears, en el País de Gales y Saint Claire sur Epte, en la Bretaña francesa.
     25,17. El fenómeno que aquí se describe, visión de una luz sobre el mástil, coincide con el meteoro conocido como 'fuego de Santelmo' que consiste en que durante las tormentas, al cargarse la atmósfera de electricidad, aparece sobre los palos de las embarcaciones una llama como de mechero de gas, dando al mástil el aspecto de un cirio encendido.

     26,1. Se llaman 'Completas' la última de las Horas Canónicas que se reza en los monasterios, como despedida del día, antes de acostarse. En las fiestas de la Virgen, las Completas se componen de textos que hacen referencia a Santa María. Con este milagro se quiere darlos a conocer y promover su rezo entre monjes y clérigos. Por eso no aparece esta leyenda ni en Berceo ni en la Legenda Aurea, que se dirigen especialmente al pueblo devoto.

     26,10. Para promover el rezo del Oficio Parvo de la Virgen, que se impuso entre los siglos XI y XIII, se relata esta intervención de Santa María ofreciendo una estructura para las Completas similar a la que todavía figura en el Breviario Romano de nuestros días.

     27,32. Antecam, id est, diversis rebus 'un equipo de diversas cosas ' .La palabra antecam no parece tener un significado adaptado al texto. Pez la tradujo por varia mercimonia 'mercancías variadas'. Es posible esta interpretación si partimos del griego anatíthemi 'cargar'. Anteca (anatheca) equivaldría a 'carga' en general; como el mercader del milagro compra también la nave, lo traducimos por 'equipamiento' o 'equipo'.
     27,71. 'Martirio' procede del griego martyrion , que originariamente significa lo que aquí se dice, 'testimonio, declaración de un testigo' .Más tarde, hacia el s.III el latín cristiano a la palabra martyrium le dio el significado de la muerte violenta que padecieron algunos por dar testimonio de su fe en Cristo. Incluso se llamó martyrium a algunas iglesias en las que se veneraba a algún mártir.

     28,1. Antes de la muerte del Emperador Justiniano (año 565). A partir de esa fecha. los persas empezaron a atacar al Imperio Bizantino en las regiones fronterizas como lo era la de Cilicia, donde tiene lugar este milagro.

     28,43. El autor reproduce la expresión evangélica, al decir de Judas: Tras el bocado entró en él Satanás (Jo.13,27).

     28,108. Aduce ejemplos del Antiguo Testamento en los que resplandece el perdón de Dios concedido gracias a la penitencia: Dios perdonó a los habitantes de Nínive que se arrepintieron ante la predicación del profeta Jonás (Jon. 3, 1-10). Josué perdonó la vida a la meretriz Raab y a toda su familia, por haber protegido en su casa y librado de morir a los exploradores enviados por Josué a la ciudad de Jericó (Jos. 2, 8-15; 6, 22-25).

     28,109. Ejemplo particular de penitencia el del rey David que mandó matar a Urías, capitán de su ejército, para casarse con Bersabé, su esposa. Dios envió al profeta Natán que le recriminó su conducta, y el Rey respondió: Pequé contra el Señor, e hizo dura penitencia (2 Sam. 11, 14-27; 12,1-13).

28,112. En Corinto hubo un cristiano que vivía con la mujer repudiada por su padre. San Pablo en la primera Carta a los Corintios (5, 1-5) manda que lo expulsen de la comunidad. Pero en la segunda Carta (2, 5-11) da orden de que se le perdone y se le vuelva a admitir para que no sea víctima de los engaños de Satanás.
     28,114. La mención de Cipriano como ejemplo de hombre arrepentido y salvado por la penitencia es muy pertinente en boca de Teófilo, ya que este Cipriano es un tipo clásico del "hombre que había vendido su alma al diablo", aunque aquí no se diga. Se contaba que en el s.III, en Antioquía, Cipriano había sido desde niño consagrado por sus padres al demonio; así adquirió poderes mágicos para hacer raros portentos. Enamorado de la cristiana Justina, y no pudiendo rendirla, hizo pacto con Satanás de darle su alma a cambio del éxito en sus propósitos. Lo intentaron muchos diablos pero Justina no sólo los resistió a todos sino que logró convertir a Cipriano y ambos fueron martirizados en la persecución de Diocleciano. Sobre este tema escribió Calderón en su drama El mágico prodigioso. Para Berceo este caso no debía serle muy conocido porque lo omite, citando en cambio otros ejemplos que no vienen aquí, como el de Santa María Magdalena y Santa María Egipciaca, pecadores y penitentes, bien conocidas de la gente, y San Longinos, del cual cuenta la leyenda que era ciego y recobró la vista, cuando con su lanza abrió el costado de Cristo.

     28,134. 'Nubecita resplandeciente que se crió en su Sancta Sanctorum' es una alusión a la 'nubecilla que llenó la casa del Señor', el día de la dedicación del Templo que hizo Salomón (3 Reg. 8,10). A eso se añade aquí la tradición cristiana popular que asegura que la Virgen María, desde niña, se había criado con otras en el Templo de Jerusalén.
     28,141. Estas expresiones corresponden a las de San Bernardo de Claraval (1091-1153), renovador del Císter, en la conocida oración que empieza iOh, Señora mía! iOh, Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a vos ..., y en la que dice que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Vos, haya sido abandonado de Vos

     28,169. Kyrie eleyson, frase griega admitida por la Iglesia latina en algunas oraciones de súplica, como en la misa o las letanías. El hecho de que fuera la gente la que gritaba con semejante exclamación nos confirma que este milagro se copia de algún relato originario de Oriente, donde el pueblo hablaba griego.
     29,1. Lurgundia se refiere a Burgundia 'Borgoña' según Poncelet, Index, n° 26 y n° 1574. ,

     29,10. Reunión que celebra la comunidad de monjes, presidida por el abad. En ella se dan ciertas normas, se corrigen los defectos que se observan en cada uno y se imponen ciertas penitencias.

     29,11. La muerte repentina, en la literatura eclesial y monacal, era considerada como una amenaza de la cual el cristiano pedía a Dios que lo librara. En las letanías generales se hacía la siguiente petición: «De la muerte repentina e imprevista, ¡líbranos, Señor!». Se tenía como un cierto indicio de reprobación. Además, muerto sin sacramentos, se dudaba si podía ser enterrado en lugar sagrado. De ahí el problema que se plantea en esta leyenda, que se resuelve en sentido positivo, como se ve en el desenlace.

 

Biblioteca Gonzalo de Berceo