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La
lengua vasca ha carecido de cultivo escrito hasta el siglo
xvi, momento a partir del
cual cuenta ya con una tradición escrita ininterrumpida. Al carecer de
modelos propios de época pasada sobre los que forjar su andadura, la
conversión del vascuence en grafolecto se hizo tomando como pauta las
scriptae
románicas que había en su entorno (con el latín, claro está, al fondo),
tratando de formalizar su estructura mediante signos que habían servido
y servían a la familia latino-románica. Gracias a ello, y puesto que el
valor grafemático romance nos es bien conocido, podemos reconstruir
mejor el propio sistema vasco de otra época.(1)
Claro está que la correspondencia estructural vasco-románica no es
exacta, por lo que habrá imprecisiones no siempre fácilmente
solventables, pero tal correspondencia es lo suficientemente permeable
para permitirnos contrastar, con un margen de fiabilidad alto, lo
sucedido en uno y otro campo. Por ejemplo el euskera tiene dos fonemas
sibilantes africados, /ts/ (ápico-alveolar) y /tz/ (dorsoalveolar)(2)
que el castellano no posee hoy y de los cuales tan sólo uno —/tz/—
formaba parte de su inventario fonológico medieval; pues bien, si
encontramos sistemáticamente una grafía <c> o <ç>
allí donde sabemos que hay /tz/ en vasco, y otra grafía <x> para el
valor que es hoy /ts/, no nos resultará difícil inferir que hay un uso
especializado de ambas grafías para los valores fonológicos respectivos.
Tales consideraciones tienen posibilidades de interpretación mucho más
amplias si, además, tomamos en consideración la función que desempeña el
latinismo no sólo gráfico, sino también léxico, muy abundante en los
primeros textos vascos.(3)
Creo, así mismo, que el estudio de formas latino-románicas en textos
vascos, tarea que apenas si ha comenzado a llevarse a cabo,(4)
podría arrojar mucha luz sobre el problema de los llamados «cultismos»
en español. Así como la atención filológica se ha fijado sobradamente en
los vasquismos que aparecen en textos románicos (pensemos en los
repetidos intentos de análisis que las
Glosas
vascas de las
Emilianenses
han merecido, por poner tan sólo un ejemplo), no hay, en cambio,
trabajos que rastreen latinismos y romanismos en textos vascos, acaso
por la lejanía que desde un punto de vista tipológico impone el euskera
a los hispanistas y romanistas en general, o bien porque no se ha
valorado en su justa medida su importancia por parte de los vascólogos.
Y ello es tanto menos excusable si tenemos en cuenta las excelentes
ediciones críticas que de los textos vascos de los siglos
xvi y
xvII
existen, en las que la presencia románica podría ser adecuadamente
estudiada.
No estoy —lamentablemente— en condiciones de ofrecer un trabajo
exhaustivo de esta índole, sino tan sólo un apunte breve que tiene como
finalidad llamar la atención sobre las posibilidades que abre el estudio
vasco-románico y los beneficios que podrían derivarse de su empleo
metodológico conjunto, ai menos para intereses románicos y, más
concretamente, hispánicos.
Reflexionando en cierta ocasión sobre el hecho de que el primer texto
escrito en lengua vasca, auténtica
primicia
tal como su propio título reza, surgiera en pleno siglo xvi, me
preguntaba cómo habría decidido su autor resolver ciertos problemas
gráficos. Ello me condujo a tomar la obra en mis manos con intenciones
muy distintas a las que me habían movido a leerlo en otras ocasiones, y
el fruto final de esta lectura es el que hoy quiero exponer aquí, aún a
sabiendas de que no está seguramente maduro, pero con el convencimiento
de que puede ofrecer algún interés. Tiene razón Jon Juaristi cuando
afirma(5)
que las referencias a la literatura vasca han tenido, incluso entre los
propios vascólogos, finalidad más bien filológica que crítica
(entiéndase «crítica» desde una perspectiva literaria); pues bien, eso
es exactamente lo que yo, por mi parte, voy a seguir haciendo, pues
otros habrá que tomen en consideración aspectos propiamente literarios
de los hechos. Porque el interés que despierta en esta ocasión
Linguae Vasconum
Primitiae
es, ni más ni menos, su condición de primer texto intencionadamente
escrito en vasco y en él resultan de interés los pormenores que debieron
rodear su redacción, su puesta por escrito, independientemente del valor
literario que encierra, que es, por añadidura, más o menos discutible
según juicios más autorizados que el mío.
Nos encontramos, en efecto, ante el proceso de creación de una lengua
escrita. Cuando Bernart Dechepare publica en 1545 su
Linguae Vasconum
Primitiae
nos ofrece una realidad lingüística en toda su plenitud, a diferencia de
lo que sucede con el romance en sus orígenes escritos, que presenta
caracteres poco elaborados (aunque, como ha advertido Alarcos,(6)
lo emergente en los primeros textos románicos es la lengua escrita, pues
la hablada debía existir desde tiempo atrás, cosa que es aún más cierta
para el euskera).
Ha hecho notar Sabatini(7)
que el texto escrito no se comprende en su valor real si no reparamos en
su posición específica y función en el marco general del sistema de
comunicación vigente en la sociedad en la que ha sido creado y en el
conjunto de exigencias reales de comunicación (jurídica, religiosa,
literaria...) que esa sociedad ofrece. Pues bien, habrá que comenzar
diciendo que este texto del navarro Dechepare (partidario, dicho sea de
paso, de las tropas castellanas que pusieron fin a la independencia de
Navarra) se publica en Burdeos seis años después de la promulgación del
decreto (1539) mediante el cual Francisco I decidía que el francés había
de ser la única lengua oficial en el territorio por él gobernado,
incluido el Sur de Francia, donde el occitano (cuna, a su vez, de la
cultura occidental) llevaba siglos de existencia. Para mayor
abundamiento del carácter insólito de la obra dechepariana, recordaré
que se publicó el mismo año en que dio comienzo el Concilio de Trento:
ya Michelena advirtió(8)
que esta breve colección de versos decheparianos sería imposible de
encontrar en autores eclesiásticos del siglo siguiente e, incluso en el
xvi, en el protestante
Leizarraga, dado el crudo realismo con que está descrito el amor mundano
y teniendo en cuenta, además, que tales versos estaban destinados a la
educación religiosa de la gente sencilla, tal como advierte su autor en
el prólogo.
Bien. Dechepare, que escribe estos versos en su modalidad vasca propia,
a saber, el bajo-navarro, se encuentra a mitad de camino entre la
cultura medieval y la renacentista, o, lo que viene a ser lo mismo,
entre una época en la que predomina la tradición oral (y manuscrita) y
el nuevo mundo de la letra impresa. Se trata, pues, es verdad, de un
texto
impreso
(no
manuscrito),
a pesar de lo cual creo que hay en él convenciones gráficas que pueden
ser consideradas resto de una
scripta
anterior y, en concreto, de la
scripta navarra.
Vayamos por partes.
Es cierto que hay en la obra de Dechepare un polimorfismo propio de la
época de orígenes (orígenes escritos, insisto) de las lenguas románicas
(no olvidemos que el siglo xvi
es época de orígenes para la lengua vasca escrita), así como el reflejo
de la anarquía que dominaba en el castellano escrito en el siglo xvi:
langoycua
aparece junto a
geyncoari,
ieincoagatic; Beccatuyez
se lee al lado de
beqhatuyez,
veccatutan, veqhaturia;
anarquía más acentuada, si cabe, por el hecho de encontrarnos en lugar
en el cual comenzaron los procesos de cambio fonológico que dejaron
inservible la ortografía alfonsí, tan adecuada a la fonología medieval,
para la nueva realidad lingüística. Ese anarquismo es, además,
consciente (o, por lo menos, no involuntario), dado que Dechepare era un
buen conocedor del latín (el título mismo de su obra está en latín, sin
ir más lejos). Es, así mismo, cierto que determinadas grafías atienden a
hechos exclusivamente vascos: tal sucede con la representación de
oclusivas más <h>: <th>, <ph>, etc., que deben estar en estrecha
relación con cierta
aspiración vasca de esa zona concreta, o el empleo de la grafía <x> con
valor
[ts],
como he dicho al comienzo (si bien es cierto que conoce también el valor
[š],
aunque menos frecuentemente, como en romance), pero hay otros hechos
permeables a la relación vasco-románica. Claro está que un caso como
fedea
«fé» resulta un latinismo demasiado crudo como para apoyar con él la
existencia de mantenimiento de /f-/inicial (tal como hace la
scripía navarra
con firmeza hasta que se consuma su castellanización).
Quizá no sea claro ni suficiente el empleo de la grafía <yl> con valor
palatal /l/
(trabayluia),
presente en textos navarros, y que en Dechepare encontramos en
latinismos o romanismos, o la presencia de sonorización de oclusivas
intervocálicas como en
segretu,
que otras veces se documenta como
seqretuqui,
propio todo ello de la
scripta navarra;
o la grafía <g> ante
e
en
magestatia,
único contexto en que Saralegui ha detectado tal grafía para el navarro
(muger, genero, agenar).(9)
No resulta ya tan casual, creo, la semejanza entre el
volondades
documentado por Saralegui para documentos de Irache y el
vorondatez
dechepariano, semejanza no sólo apreciable en el consonantismo
(sonorización de
t
tras
n),
sino y sobre todo en el vocalismo. Pero no ofrece ya dudas la grafía<goa>
para el segmento /gua/, que en los textos navarros aflora en 1205 y se
registra ininterrumpidamente hasta el siglo
xvi.(10) Antes
de avanzar por este camino querría argumentar el rechazo de la
posibilidad de atribuir este rasgo a influjo de la
scripta gascona,
como también cabría pensar. Y apoyo tal rechazo en el hecho de que
Dechepare hubiera podido servirse de grafías de tal
scripta
para representar el sistema de sibilantes, cosa que le habría resultado
particularmente útil. Veámoslo: el verso 1, 336, dice:
Hiz hux batez icituric
egocitu lurrian(11)
Pues bien, no hay rastro de la grafía <tz>, que le habría sido no sólo
útil, sino incluso necesaria; en su lugar emplea únicamente las grafías
propias del románico hispánico (castellano ya en la Navarra del siglo
xvi). Lo mismo sucede en
el verso I, 347:
Suyac
vero hurac xahu harceco ayria(12)
Creo, pues, que puede descartarse la posibilidad de que la grafía <goa>
sea de filiación occitana (y, más concretamente, gascona), pues, además,
están ausentes también en Dechepare otras grafías occitanas
características, como <lh> y <nh> para [Į]
y [ŋ].
Pues bien, <quoa> para/kwa/
y <goa> para /gwa/ es muy característica de los textos navarros, cosa
que está reconocida unánimemente. Ya Francisco Ynduráin apuntó la
posibilidad de que podrían deberse a influencia vasca."1'
Esta atribución al vasco está suscitada, en parte, por la frecuencia en
esa lengua del grupo vocálico /oa/, raro en castellano; Saralegui y
Cierbide rechazan tal posibilidad(14)
por creer que la frecuencia de tal grupo vocálico /oa/ ni siquiera es
léxica, sino resultado de la adición del artículo /-a/ a las palabras
terminadas en /-o/. Esto último puede ser cierto para casos como
Jaingouycoa,
donde la /-a/ fina] puede no ser orgánica, sino producto de la adición
del artículo, pero no sirve para otros ejemplos que se documentan en
Dechepare y que son los siguientes:
goarnitu, lengoagia,
lengoage
(repetidas veces),
goardaceco.
Resulta cuando menos sorprendente que la lengua vasca escrita haga su
aparición con una colección de poemas (manifestación literaria, pues),
siendo así que la literatura navarra medieval no existe (tal como el
propio González Ollé ha puesto de relieve al estudiar el romance
navarro).(15)
Más sorprendente aún es que tal obra ofrezca características formales
del romance
navarro.
Es claro que el modelo en el que se fijó Dechepare debía ser castellano
(la castellanización del romance navarro se había cumplido sobradamente
ya para el siglo xvi);
quién sabe si incluso el modelo del verso dechepariano no era también
románico, tal como ha sugerido recientemente
Jon
Juaristi,(16)
abriendo una polémica que aún traerá larga secuela.(17)
Lo que yo quiero decir es que, en la grafía, hay una duda innegable con
la
scripta
navarra;
en fin de cuentas, la lengua escrita constituye un sistema autónomo,(18)
He aquí que la primera obra escrita en lengua vasca podría servir, sin
haberlo sospechado, para detectar las postrimerías del romance navarro.
Creo que las implicaciones vasco-románicas y la necesidad de su estudio
quedan suficiente y plenamente justificadas tras lo aquí expuesto.
NOTAS
(1)
Como complemento, claro está, de la labor reconstructora realizada por
Luis
Michelena,
en su magistral
Fonética Histórica Vasca,
San Sebastián, 1985.
(2)
Utilizo la notación clásica, empleada por Luis
Michelena
(cf.
nota anterior),
dado que la ausencia de esta oposición en románico es causa seguramente
de carencia de signos más actualizados.
(3) Como he estudiado en
El latinismo en los escritores vascos de los siglos XVI y XVII,
en prensa en las
Actas del XIX Congreso Internacional de LingüÍstica
e
FILOLOxía
Románicas,
Santiago de
Compostela,
1989.
(4)
Los textos vascos han sido tomados en consideración, hasta ahora, como
apoyo al estudio de hechos exclusivamente vascos, sin que se haya tenido
en cuenta
la
otra cara de la moneda.
(5) Cf. Jon
Juaristi,
Literatura vasca,
Madrid, 1987, pág. 9.
(6)
Cf. Emilio
Alarcos
Llorach,
El español, lengua milenaria (y oíros escritos castellanos),
Valladolid, 1982, pág. 18.
(7)
Cf.
Francesco
Sabatini,
Lingua parlata,
scriptae e
coscienza linguistica nelle origine romanze,
Atti del XIV Congresso Internazionale dì Linguistica e Filologia
Romanza,
Napoli,
1974,
I,
pág.
4.
(8)
Cf.
Luis
Michelena,
Historia
de la Literatura Vasca,
Madrid,
I960,
pág.
65.
(9)
Cf.
Carmen
Saralegui,
El dialecto navarro en
Los
documentos del Monasterio de Irache (958-1397),
Pamplona,
1977,
pág.
79.
(10) Cf.
ibidem,
págs. 54-55.
(11)
Me apoyo, para la interpretación del valor consonántico,
en la magnífica edición crítica realizada por Patxi
Altuna,
Bilbao,
1987,
quien reconstruye así el texto:
hitz huts batez izituric egotzitu turnan,
en la pág. 63.
(12) Reconstruido por Patxi
Altuna,
en
obra citada,
pág. 65 como:
Suiak bero, hurak xahu, hats
hartzeko airia.
(13)
Cf. Francisco
Ynduràin,
Contribución al estudio del dialecto
navarroaragonës
antiguo,
Zaragoza,
1945,
pág.
67,
(14)
Cf.
Carmen
Saralegui,
obra citada,
pág,
55,
y
Ricardo
Cierbide,
OLIte
en el siglo XIII,
Pamplona,
1980,
pág.
64.
(15)
Cf.
Fernando
González
Ollé,
El romance navarro,
«Revista
de Filología Española»,
53, 1970,
págs.
45-93.
Cf.
ahora del mismo autor,
Introducción a la historia literaria de Navarra,
Pamplona,
1989.
(16)
Cf.
Jon
Juaristi,
obra citada,
pág.
35.
(17)
Cf.
Patxi
Altuna,
El metro vasco,
en
homenaje
a
Luis MIChelena,
San Sebastián,
1990.
(16)
Cf.
Lise
Lorentzen,
Étude de graphonomie appliquée à un texte du moyen français,
«Revue
Romane»,
15-16 (1980-81),
pág.
102.
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