Cuando
a principios del siglo pasado Ramón Menéndez Pidal comenzó
su actividad intelectual, poco o nada se había hecho por
incorporar al ámbito hispánico los principios teóricos y
métodos que había desarrollado la filología europea a
finales del siglo XIX. Cuando unos cuarenta años después la
guerra civil interrumpió los proyectos de investigación de
don Ramón y su escuela, desmantelando el Centro de Estudios
Históricos y obligando a sus investigadores a la dispersión
o el exilio, la filología hispánica había sido fundada y
equiparada en gran medida a las filologías de otras naciones
europeas.
Es
precisamente en esta época, en los primeros años del siglo
XX, y gracias a su magisterio, cuando tiene lugar la
fundación de los estudios dialectales hispánicos. Esa
fundación no fue una casualidad, o el fruto de un interés
momentáneo, sino que formaba parte de un plan a largo
alcance diseñado por Menéndez Pidal. Ya en fecha tan
temprana como 1903, en una carta dirigida a Miguel de
Unamuno, manifiesta su interés en estudiar el leonés y el
aragonés y dedicarles dos monografías:
Mi ambición es
hacer dos libritos, uno sobre el Leonés y otro sobre el
Aragonés, que sean la base para una futura historia de la
Lengua española que algún día escribiré. Sé que la tarea es
muy grande, pues tengo que perderme primero en pormenores y
luego organizar conjuntos; pero si tengo vida, espero
realizar mi idea[1].
Mientras que
la proyectada monografía sobre el leonés vio la luz en 1906,
El dialecto
leonés,
la que había
planeado dedicar al aragonés nunca se hizo realidad, y ello
a pesar de que sus dos primeros trabajos que entrañan
análisis de datos dialectales, el estudio de del
Poema de
Yusuf
(1902) y la
Razón de amor (1905),
fueron dedicados a textos de carácter aragonés. No voy a
entrar ahora en los motivos de esa postergación, en la que
pueden haber contado muchos factores, tanto de orden
científico, político como personal[2].
Lo cierto es que
El dialecto
leonés
es la primera
monografía en que se organizan de un modo sistemático todos
los datos entonces disponibles en torno a un dominio
lingüístico peninsular y puede considerarse por ello el
símbolo de la fundación de los estudios dialectales
hispánicos que alumbró Menéndez Pidal y su escuela.
Pero, lejos
de ser un fruto aislado,
El dialecto
leonés
debe ser
enmarcado en el conjunto de contribuciones realizadas por
Menéndez Pidal (I) o diseñadas y patrocinadas por él en el
Centro de Estudios Históricos (II).
I.
La fundación
de los estudios dialectales
Poema de Yuçuf.
Materiales para su estudio
(1902).
Manual de
gramática histórica española
(1904).
Razón de amor
con los Denuestos del agua y el vino
(1905).
El dialecto
leonés
(1906).
Cantar de Mio
Cid. Texto, gramática y vocabulario
(1908-1911).
Elena y
María. Poesía leonesa inédita del siglo XIII
(1914).
Roncesvalles.
Un nuevo cantar de gesta español del siglo XIII
(1917).
Documentos
lingüísticos de España. Reino de Castilla
(1919).
Orígenes del
español
(1926).
II.
Recopilación
de fuentes dialectales inspirada por su magisterio:
Tomás Navarro
Tomás (dir.),
Atlas
lingüístico de la Península Ibérica
(19231936).
Tomás Navarro
Tomás,
Documentos
lingüísticos del Alto Aragón
(1919).
Américo Castro, Federico de Onís,
Fueros
leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma y Alba de Tormes
(1916).
Gracias a
estos trabajos, hacia 1936 se habían sentado las bases para
conocer la articulación dialectal de la Península Ibérica,
tanto en el pasado, en sus remotos orígenes medievales,
mediante la publicación de documentos y textos, como en el
presente, gracias al
Atlas
Lingüístico de la Península Ibérica.
La
metodología que sigue de Menéndez Pidal en todos los
trabajos de investigación lingüística citados en el epígrafe
I permanece esencialmente la misma en todas sus
producciones, desde 1900 hasta la guerra civil y en sus
estudios posteriores. En todas sus obras Menéndez Pidal hace
empleo de ciertas constantes en su método de trabajo. Esto
es, sus conclusiones lingüísticas se alcanzan siempre de
acuerdo con ciertos procedimientos, que se repiten (III):
III.
Método
de trabajo:
1)
La interpretación de los datos antiguos se combina y
apoya con los modernos y viceversa. Ello es así en
El dialecto
leonés,
en el
Manual de
gramática histórica,
en el
Cantar de Mio
Cid
o en
Orígenes del
español.
2)
No basta sólo con combinar datos antiguos y modernos,
sino que hay que reunir datos procedentes de cada uno de los
dialectos romances de la Península Ibérica. Los fenómenos
lingüísticos se interpretan a través de la comparación
intrapeninsular. En especial, el castellano sólo puede
comprenderse en comparación con el leonés y el aragonés.
3)
Los datos modernos y antiguos se complementan con el
testimonio de la toponimia, a la que se concede una
relevancia extraordinaria como prueba de la veracidad de las
hipótesis manejadas.
4)
Todos (o la inmensa mayoría de) los datos manejados
tienen un carácter fonético. La fonética histórica es la
estructura arquitectónica del edificio pidalino, al que se
añaden tabiques gramaticales y léxicos.
5)
Menéndez Pidal no se conforma con mostrar la
distribución areal de los fenómenos lingüísticos, sino que
persigue hallar los motivos históricos de la
formación de cada área o de cada preferencia lingüística por
parte de un grupo humano. Ese deseo de obtener la causa
eficiente, histórica, de cada fenómeno, tiene una
contrapartida: para Menéndez Pidal los testimonios
lingüísticos son pruebas de tanta o mayor importancia que
los documentales para reconstruir la historia de un pueblo o
de un territorio: la lingüística se convierte en una parte
más de la historia general.
6) En
Orígenes
encontramos
ya, además, la hipótesis difusionista del cambio
lingüístico: a más cantidad (más regularidad) de datos en la
manifestación de un fenómeno, mayor antigüedad del mismo.
Desde el punto de vista metodológico, la hipótesis implica
el uso de las estadísticas (por ejemplo, en la evolución del
diptongo
ai,
el grupo
m'n
o los
derivados de
medietate)
y la
comparación entre áreas geográficas peninsulares (los
principios geográfico-cronológicos) que permiten identificar
áreas focales en la difusión de los fenómenos descritos.
La
importancia de la estadística como método de alcanzar
conclusiones reaparece esporádicamente en las obras
posteriores, como su póstuma
Historia de
la lengua española,
publicada en
2005 pero escrita en su exilio durante la guerra civil y los
años inmediatamente siguientes[3].
Este método
de trabajo se pone al servicio de ciertas ideas sobre la
articulación lingüística de la Península, que compendiaré en
dos fundamentales: una es el papel preponderante del
castellano en la formación del español; otra es que el
español es el resultado de la evolución de los tres
dialectos románicos centrales de la Península Ibérica, el
castellano, el astur-leonés y el navarro-aragonés.
IV.
Papel
preponderante del castellano en la formación del español
La idea de
Menéndez Pidal más notoria es la continua reivindicación del
papel hegemónico de Castilla en la constitución del español.
Esa idea tiene dos raíces. Por un lado, responde al deseo
restaurador de la nación española propio de la generación
del 98. Igual que Azorín o Unamuno, Menéndez Pidal atribuía
a Castilla un papel dirigente en la configuración de España.
Por otro lado, y esta creo que era la razón determinante
para don Ramón, Castilla había alcanzado ese papel rector
por un factor cultural: la fuerza atrayente de su literatura[4].
En la visión
de Menéndez Pidal, el castellano es la primera lengua con
una literatura propia: la épica es castellana y esa
literatura ejerce una tan potente atracción que hace del
castellano la lengua literaria por excelencia:
Esos poemas
tradicionales de Castilla, renovados por la actividad y la
erudición de los juglares, eran literatura oral, efímera: el
único cantar de gesta cuyo manuscrito se nos conservó, el de
Mio Cid,
no es
castellano. Los cantares épicos castellanos no consiguieron
perpetuarse en las bibliotecas, pero su popularidad los
imponía a la atención del cronista autor de la Najerense, y
ellos, sobre
toda otra producción literaria, ganaban crédito y admiración
para el dialecto castellano[5].
De ahí que le
resulte molesto el testimonio de los primeros textos
literarios, que no siempre están escritos en castellano.
Así, aunque para la Razón de amor
reconoce que "aragonés, como el copista, es el
lenguaje del texto", se resiste a concedérselo al autor:
"no podemos
asegurar si el aragonesismo de este texto es propio del
autor, o sólo del copista Lope [...]. El estar el pueblo de
Moros a unas cinco leguas de la frontera occidental
aragonesa, pudiera apoyar la suposición de un original
poético venido de Castilla" (1905: 108-109).
Esa misma
actitud se percibe al analizar
Elena y
María:
la no
sujeción de la lengua del poema a la regularidad por él
esperada en la manifestación de los diptongos (como es
habitual, un rasgo de la fonética) es aprovechada para
restar importancia al leonés como lengua literaria (y ello a
pesar de reconocer que el
Mio Cid
ofrecía
irregularidades análogas):
Los textos
literarios y los diplomas notariales [leoneses] no
concuerdan en su testimonio; ni aquellos ni estos reflejan
con suficiente fidelidad el dialecto leonés hablado; y en
los textos literarios, especialmente, se ven luchar dos
influencias, literarias también, y enteramente opuestas, la
galaico-portuguesa y la castellana, que no se ejercieron de
igual modo, ni mucho menos en la lengua hablada. La lengua
hablada mantuvo hasta hoy caracteres propios bien
armonizados entre sí, en los cuales se observa la transición
gradual en el espacio, de los rasgos gallego-portugueses
hasta los castellanos; en vez de esta transición gradual,
los textos escritos nos muestran mezcla antagónica, pues la
literatura leonesa, falta de personalidad, se movió
vacilante entre los dos centros de atención que
incontrastablemente la sobrepujaban (1914: 156).
Pero de todos
estos textos no-castellanos del XIII, que no se sujetaban a
su visión prevalente de la lengua y la literatura
castellanas, a Menéndez Pidal le disuena sobre todo el poema
de
Roncesvalles.
Mientras que
el
Cid
se ajusta más
o menos a su teoría de una épica originalmente castellana
(cuya primera manifestación sitúa en los
Infantes de
Lara),
el único otro
poema épico conservado está copiado en dialecto navarro. De
ahí que se esfuerce en arrebatárselo a Navarra para
concedérselo a castilla:
En resumen,
diremos que las formas navarro-aragonesas que ofrece nuestro
texto son muy pocas, muchas menos aún que las que ocurren en
los documentos del sur de Navarra (Fitero, Tudela) [... ] De
modo que nuestro manuscrito presenta un desequilibrio entre
la grafía y las formas dialectales; su carácter navarro se
debe, pues, en gran parte a un amanuense, y acaso a éste se
le puedan atribuir no sólo en gran parte, sino en su
totalidad los dialectalismos navarros [...]. El lugar en que
se redactó el poema de
Roncesvalles
pudiera ser
Navarra. Cierto que no nos lo asegura ningún navarrismo de
rima que se halle en nuestro fragmento; mas acaso parecerá
natural que Navarra, el país que primero recibía a los
juglares franceses que pasaban por el puerto de Roncesvalles
a santiago y otros puntos, se interesase primero por una
leyenda que se desarrollaba en su propio territorio [...].
No obstante, [... ] como se desconoce una literatura poética
navarra en general, como se desconocen hasta meros relatos
en prosa navarra acerca de la leyenda de Roncesvalles, y,
por otra parte, como la literatura épica es muy activa en
castilla, como en ésta el desastre de carlomagno fue popular
hasta dar nacimiento a otro tema, el de Bernardo del carpio,
y como, en fin, la métrica de
Roncesvalles
es en extremo
parecida a la de
Mio Cid,
parece más
natural suponer que en castilla se compuso el
Roncesvalles,
y que el
lenguaje navarro con que hoy se nos presenta el fragmento
recién descubierto es fruto simplemente de una adaptación
debida a cualquier copista (1917: 23 y 90).
El
Roncesvalles
obligaba a
hablar de la posibilidad de una épica navarra, como de
influencia navarra era la extremadura castellana donde
previsiblemente se compuso el
Poema de mio
Cid.
Y como
navarra es la Crónica najerense
en la que a finales del siglo XII se resumen por vez
primera en prosa latina muchos de los cantares épicos
perdidos en forma versificada. Pero Menéndez Pidal considera
que los asuntos de los poemas recogidos por la
Crónica najerense son
necesariamente castellanos[6].
Los primeros
testimonios literarios puestos por escrito no utilizan el
castellano, pero Menéndez Pidal no duda en degradar la
literatura de esos orígenes, a la que tilda de "dialectal"
en su
Historia de
la lengua
(dialectal,
claro está, desde una perspectiva castellanista anacrónica
en la cual el castellano se identifica con la variedad que
triunfará en la lengua literaria)[7].
sin embargo, si tenemos en cuenta que uno de los pasos
fundamentales para que una variedad lingüística comience un
proceso de estandarización es su representación escrita,
cabría argüir que, en esta época primitiva, más dialectal
deberíamos juzgar el castellano, sin textos literarios
puestos por escrito, que el navarro-aragonés, por ejemplo,
que contaba en su haber la Razón
de amor o el
Liber regum.
En el
castellanismo lingüístico de Menéndez Pidal se oculta, sobre
todo, un castellanismo literario que nace de su visión de la
poesía tradicional como única manifestación genuina del alma
colectiva del pueblo español. Esta idea se desprende
claramente de la cita siguiente, en que se minusvalora la
primera literatura escrita por "dialectal" y por imitar
modelos extranjeros mientras que se pondera la literatura de
tradición oral, a pesar de ser conocida solamente a través
de testimonios indirectos, y a la que se le atribuye
filiación castellana en su génesis y formulación
lingüística:
Castilla,
durante el reinado de Alfonso VIII, afirma más que en los
períodos anteriores su individualidad lingüística y propaga
rápidamente su influencia por los dialectos circunvecinos.
No se conserva
en este tiempo obra ninguna en castellano que nos revele
gran actividad poética o prosística como apoyo de la
preponderancia idiomática.
[...] Mientras
la literatura escrita, de imitación de modelos foráneos,
escrita en pareados o en cuaderna vía, continúa firme en su
dialectalismo, los juglares castellanos conseguían para
Castilla la hegemonía de la literatura cuasi-oral[8].
Es bien
sabido que Menéndez Pidal tenía por dogma que el romancero
existía allá "donde quiera se habla español" y el hecho de
que la lengua de los romances cantados en Galicia o Cataluña
fuera el castellano probaba, a su entender, tanto la fuerza
difusora de la literatura castellana como también de la
lengua en que esta se transmitía[9].
Este argumento, por ejemplo, fue utilizado reiteradamente
para probar que el español tenía una larga implantación
plurisecular en Cataluña y ha producido, por efecto rebote,
que los folkloristas catalanes apenas se hayan interesado
por su romancero[10].
La fuerza
expansiva alcanzada por el castellano es, en la perspectiva
de Menéndez Pidal, una consecuencia del carácter
irresistible de su literatura. Por ello, igual que
revolucionaria es la poesía épica castellana, revolucionaria
debe ser la lengua vehicular de la misma. El carácter
disidente, indócil, rebelde e inventivo del castellano se
reitera insistentemente en
Orígenes del
español.
Dos breves
ejemplos:
se ve que la
tendencia vulgar a suprimir la
g-
estuvo algo
extendida por casi toda España, aunque sólo en la
revolucionaria castilla arraigó decididamente (19503: 235).
El artículo en castilla se encuentra más adelantado en su
evolución [...]. Las grandes vacilaciones de forma que el
artículo tiene en León y en Aragón son en castilla poquísimo
usadas o totalmente desconocidas. castilla, como en otros
fenómenos que ya hemos notado, es la región en que la
evolución se ha realizado más rápida y decididamente (19503:
337 y 339).
Estos
comentarios, que se van jalonando a lo largo de la obra,
concluyen con su conocida enumeración de rasgos de la
disidencia castellana (que, salvo en lo referente al
artículo, son fonéticos) y con la siguiente afirmación:
cantabria, la
última conquista romana, y además comarca de romanización
más lenta, nos aparece en su evolución lingüística como
región más indócil a la común evolución de las otras
regiones, más revolucionaria, más inventiva, original y dada
al neologismo [...]. Hemos visto que castilla aparece en la
Historia rechazando el código visigótico vigente en toda la
Península y desarrollando una legislación consuetudinaria
local. Pues lo mismo sucede con el lenguaje. El dialecto
castellano representa en todas esas características una nota
diferencial frente a los demás dialectos de España, como una
fuerza rebelde y discordante que surge de cantabria y de las
regiones circunvecinas (19503: 487).
Creo
que esa reconstrucción del área geográfica en que surge el
castellano, cantabria y sus regiones circunvecinas, es
esencialmente certera, si bien cabe hacer algunas
matizaciones a la exposición pidalina. Por un lado, está
claro que no son lícitas las valoraciones de "arcaico y
conservador" y "revolucionario e inventivo" aplicadas a
cualquier dialecto: ese carácter depende en gran medida de
los rasgos elegidos en la observación. Hay ocasiones en que
las soluciones castellanas pueden considerarse las
"conservadoras", como es el caso de la ausencia de
diptongación ante yod o de palatalización de la
l-[11].
Por otro lado, en
Orígenes
nunca se
destacan aquellas opciones lingüísticas en que la solución
preferida posteriormente en la lengua común española no fue
la castellana: este es el caso de la palabra
mitad,
solución
procedente de oriente y allí antes implantada, tal como se
demuestra en el libro (19503: 265-270). Lo mismo ha sido
observado respecto de la asimilación
mb
>
m,
procedente
del este, o de las palatalizaciones de
pl-,kl-
y
fl-,
procedentes
del oeste, en las que Castilla figura como
"área
intermedia, ni pionera ni radical"12
.
Este deseo de
afirmar la disidencia castellana en lo lingüístico le
plantea problemas cuando testimonios que considera
castellanos por su localización geográfica no se someten al
castellanismo lingüístico. Así, se niega a hacer castellanas
las
Glosas
silenses,
al reconocer
el carácter navarro-aragonés de su lengua, pese al lugar
geográfico al que pertenecen y a la tradición escrituraria
en la que se inscriben:
Las Glosas
silenses, si por la escritura de su amanuense son tan
castellanas como lo que se escribía por los monjes a las
orillas del Arlanza, por su lenguaje son tan riojanas,
casi, como loque se escribía en las celdas de San Millán
[...]. La falta de documentos notariales viejos de Silos
nos impide comprobar el lenguaje de las Glosas Silenses.
Es de suponer que todos estos rasgos navarro-riojanos
que hemos apuntado no eran comunes a la alfoz de Lara,
sino que eran lenguaje individual del monje glosador que
quería seguir el patrón de los escritos usuales en el
monasterio navarro de San Millán (19503: 484-485).
¡No fuera a
ser que lo navarro estuviera infiltrado en el corazón de
Castilla! Por motivos semejantes niega que la documentación
de Oña refleje adecuadamente el dialecto, por supuesto
arcaísmo notarial y escriturario, cuando en otras zonas
(como León) supone ese arcaísmo como propio del habla:
El idioma
castellano que servía para la elocuencia de este conde
Sancho García era una continuación progresada del idioma que
había servido para redactar las Glosas Silentes en los
tiempos ya lejanos de Fernán González
[.]; pero no
conocemos muestras de esa progresada habla vulgar
castellana, sino sólo de su variedad latinizada que usaban
los notarios. En el archivo del monasterio de Oña, fundado
por el mismo Sancho García en 1011, y rico depósito de buena
parte de nuestros documentos lingüísticos, todavía podemos
descubrir algunos restos del habla vulgar corriente en el
Norte del condado de Sancho, la cual conservaba
fossateira,
junto a la
forma nueva más general,
fossadera
o 'fonsadera',
y prefería aún
lomba
y
portiello,
canaliella,
en vez de los
neologismos
loma,
portillo,
etc, que se
usaban ya corrientemente en Castilla
(19503: 477).
De la misma
forma, por seguir un criterio apriorístico sobre las áreas
lingüísticas basado en los límites políticos, a veces
engloba los resultados de León oriental con los del resto
del reino leonés, ocultando así la coincidencia primitiva de
los rasgos castellanos con los del oriente de León. Ese es
el caso, por ejemplo, de la evolución del diptongo
ai
o de las
palabras que comienzan por
BR-, FR-,
en las que la
documentación de Sahagún marcha de acuerdo con Castilla[12].
No obstante, en otras evoluciones como la de
m'n,
la de
kt > c
o la de
ske > ts
reconoce
claramente que el oriente de León coincide con el
castellano. Pese a ello, al comentar los datos, resalta
siempre el liderazgo castellano:
Una vez más
Castilla sigue evolución diversa de la mayoría de los
romances:
fascia > haga
(19503: 308).
El neologismo
de la
ch
en
pechar, lecho,
ya aludido,
que se propaga por el Oriente y el Centro del reino
astur-leonés, obedece probablemente a influjo castellano.
Seguramente viene de Burgos el grupo
mbr
en vez de las
formas leonesas
mn, m
en
nombre,
techumbre,
etc. (19503:
452).
Y esta misma
distorsión podría argumentarse respecto al artículo, ya que
el oriente de León coincide mucho antes con los usos
castellanos que el resto del reino[13].
Y respecto al leísmo asociado a discontinuos masculinos es
también completa la coincidencia entre el oriente leonés y
el primitivo solar del castellano[14].
Cabría plantearse, pues, si esa coincidencia no es también
originaria: el área primitiva del castellano debería
entonces ampliarse por el oeste a la zona oriental del
antiguo reino de León.
Otros
aspectos supuestamente diferenciales sabemos hoy que
pudieron tener una distribución mucho más amplia que la
admitida por Menéndez Pidal (por ejemplo, los cambios
-LY-
>
ž,
Ge,i-
>
Ø), al
tiempo que la reevaluación de los documentos utilizados por
Menéndez Pidal muestra en el castellano un comportamiento
mucho menos decidido del que se da a entender en
Orígenes[15].
Pero todos
estas observaciones son sólo de menor importancia: el
edificio pidalino y, a mi entender, la reconstrucción de
muchos de los hechos lingüísticos hasta el siglo XI es
esencialmente certera, por mucho que hoy se pudiera mejorar,
refinar y ajustar con nuevos documentos y ediciones más
fiables de los mismos. El principal error (o uno de los
principales) de
Orígenes
quizá está,
en mi opinión, en sus conclusiones finales, al haber dado
por hecha aquella parte de la historia de la lengua
posterior a finales del siglo XI: esto es, en haber dado por
segura la evolución lingüística del siglo XII en adelante
sin fundamentarla en los cimientos positivos en que se había
basado su trabajo interpretativo de los siglos IX al XI. Lo
peor de
Orígenes
son estas
palabras cercanas al final de la obra y tan bien conocidas:
Hasta el siglo
XI los dialectos romances de la Península tenían
distribución y relaciones muy diversas de las que estamos
habituados a considerar más propias de ellos desde el siglo
XIII acá. Los rasgos de los dos extremos dialectales que los
diferencian del castellano, es decir, los rasgos del leonés
y gallego al Occidente y los del aragonés y catalán al
Oriente, no sólo se acercaban más por el Norte, estrechando
en medio a los rasgos castellanos, sino que se unían por el
Centro y por el sur mediante el habla mozárabe de Toledo, de
Badajoz, de Andalucía y de Valencia, análoga a la de los
extremos en muchos de sus rasgos principales. Castilla no
era más que un pequeño rincón donde fermentaba una
disidencia lingüística muy original, pero que apenas ejercía
cierta influencia expansiva.
Hasta aquí la
reconstrucción puede ser aceptable hoy todavía salvo en lo
supuesto respecto al mozárabe. En cualquier caso, es
aceptable para lo que se sabía en su época sobre los
mozárabes y porque realiza afirmaciones que parten de sus
datos y de la época que ha estudiado. Pero a partir de este
punto Menéndez Pidal se lanza a suponer lo que pasa después
del siglo XI, y ahí es donde prejuzga la historia desde su
visión castellanista:
Todo esto
cambia con la hegemonía castellana que progresa desde el
último tercio del siglo XI. El gran empuje que Castilla dio
a la reconquista por Toledo y Andalucía y el gran desarrollo
de la literatura y cultura castellanas trajeron consigo la
propagación del dialecto castellano, antes poco difundido,
el cual, al dilatarse hacia el sur, desalojando de allí a
los empobrecidos y moribundos dialectos mozárabes, rompió el
lazo de unión que antes existía entre los dos extremos
oriental y occidental e hizo cesar la primitiva continuidad
geográfica de ciertos rasgos comunes del Oriente y el
Occidente que hoy aparecen extrañamente aislados entre sí.
La
constitución de la lengua literaria española depende
esencialmente de este fenómeno [...]: la nota diferencial
castellana obra como una cuña que, clavada en el Norte,
rompe la antigua unidad de ciertos caracteres comunes
románicos antes extendidos por la Península y penetra hasta
Andalucía, escindiendo alguna uniformidad dialectal,
descuajando los primitivos caracteres lingüísticos del Duero
a Gibraltar, esto es, borrando los dialectos mozárabes y en
gran parte también los leoneses y aragoneses, y ensanchando
cada vez más su acción de Norte a sur para implantar la
modalidad especial lingüística nacida en el norte cántabro.
La gran
expansión de la lengua castellana no se realiza sino después
del siglo XI, es decir, después de la fecha que nos hemos
impuesto como término a este estudio
(cursiva mía,
19503: 513-514).
Cada vez hay
más pruebas de que esta expansión castellana no fue un
proceso tan simple como el supuesto por Menéndez Pidal, que
dependía en exceso de sus deseos de conferir a Castilla un
papel hegemónico y director y que erigió su hipótesis solo
en datos fonéticos. Probablemente haya que entender muchos
de los cambios que transforman el castellano antiguo en el
español en un contexto peninsular, como resultado de
innovaciones de carácter oriental u occidental que acaban
triunfando en el área central, o como resultado de la
nivelación lingüística entre los diferentes dialectos[17].
Olvidado de otra dialectología histórica que no fuera la
fonética y de otros testimonios que no fueran los
literarios, más allá del siglo XIII Menéndez Pidal consiguió
imponer esta visión simplificada de la historia de nuestra
lengua, visión que ha hecho que sean muy pocos los que se
hayan preocupado después por componer una visión dialectal
de la historia de la lengua. Resulta paradójico que quien
fundó la dialectología histórica del español haya sido
precisamente quien arrumbó con las posibilidades de que esta
floreciera aplicada a épocas más tardías del siglo XI.
En este hecho
ha influido, sin duda, la aceptación general de dos
criterios de valoración pidalinos que son, cuando menos,
discutibles. En la visión pidalina es la lengua literaria la
vara de medir de la formación de la lengua común y la prueba
de cargo sobre la estirpe lingüística de cada variedad es
exclusivamente la fonética. Véase, a modo de ejemplo de
innumerables citas posibles, su forma de razonar:
Todo este
dialectalismo [leonés o aragonés] se ve cada vez más minado
en todas partes por la intrusión de formas extrañas, sobre
todo por el avance de los castellanismos: primero, el
diptongo
ué
se impone a
las vacilaciones
o, uo, ua;
luego la
ch
se propaga
rápidamente, excluyendo a la
t
etimológica;
algo más tarde, la
j
va
arrinconando a la
ll
o
y
antigua. Todas
estas grandes innovaciones castellanas, que van
descomponiendo y arruinado los dialectos literarios, señalan
el fin de la edad primitiva del idioma. Pero Castilla, en
suma, va haciendo respecto al idioma lo que había hecho
respecto a la política durante el siglo anterior, combatir
el estado de cosas propio de la Alta Edad Media para
instaurar un orden nuevo. El castellano se ha impuesto ya a
los dialectos circunvecinos, y pronto acabará con los
sincretismos primitivos así como con el polidialectalismo
literario. Pero claro es que Castilla, fuera de la
literatura, tenía mucho menos fuerza para acabar con el
dialectalismo. Los dialectos continuaron no sólo dominando
en la lengua familiar de varias regiones, sino en la lengua
escrita no literaria (2005: 482-483).
La expansión
del castellano se juzga a partir de datos exclusivamente
fonéticos y se da por probada su imposición a los dialectos
vecinos a pesar de no estar documentada en la literatura
anterior a mediados del XIII ni en la documentación notarial
hasta época muy posterior. Y una vez que Menéndez Pidal da
por asentado el castellano como lengua apta para el cultivo
escrito a mediados del siglo XIII, prefiere dejar de lado el
testimonio de las fuentes documentales no literarias, quizá
no tan maleables a su teoría de la hegemonía castellana, y
fijarse exclusivamente en la evolución de la lengua
literaria, a la que considera base constitutiva fundamental
de la lengua común. Probablemente por ese motivo, en sus
Documentos
lingüísticos de España,
que
distinguen hasta quince diversas áreas castellanas (La
Montaña, Campó, Castilla del Norte, Rioja, Álava, Burgos,
Osma, Valladolid y Cerrato, Segovia y Ávila, Sigüenza,
Toledo, Cuenca, Plasencia, Andalucía y Murcia), apenas
incluye diplomas de los siglos XIV y XV (271 del siglo XIII
frente a 42 del XIV y 16 del XV). Esa renuncia a mostrar la
potencial variedad dialectal de los documentos castellanos
de esos siglos la argumenta Menéndez Pidal con el siguiente
juicio de valor:
porque de ese
tiempo ya los textos literarios castellanos se conservan en
gran número y la lengua restringida y cada vez más amanerada
de los notarios pierde casi todo su interés frente a la rica
de los escritores de varia índole que entonces abundan
(1966: V-VI).
Que sea la
literatura la vara de medir explica también a sus ojos la
decadencia del leonés en la Edad Moderna:
En el antiguo
reino de León, Asturias ofrece una producción literaria
mínima, casi nula, y Galicia muy poca. Y aunque exceden con
mucho a esas dos, las otras regiones del reino, considerando
éste en conjunto durante la edad del español clásico,
muestran una fecundidad bastante menor (244 autores) que la
de Castilla la Vieja (450 autores) o Castilla la Nueva (519
autores), con ser cada una de estas territorio menor que el
del reino leonés. Esto por sí solo explica la supremacía
incontrastable del patrón lingüístico castellano (2005:
701).
Por el mismo
motivo, resta importancia a la inoportuna literatura
medieval aragonesa promovida por Juan Fernández de Heredia,
por si cupiese alguna duda sobre si podría hacer sombra a la
castellana, haciendo ver que sigue modelos extranjeros y no
tendencias propias:
La más
importante acción cultural del reino de Aragón no procede de
su propia entraña (casi estéril en la época medieval), sino
de importación externa (2005: 595).
¡Cómo si gran
parte de la literatura medieval castellana (incluida la
épica) nada tuviera que ver con la influencia externa!
V.
El español es
el resultado de la evolución de los tres dialectos románicos
centrales de la
Península
Ibérica
Esta idea
sobre la hegemonía del castellano en la evolución
lingüística peninsular se ha asentado firmemente tanto en
los defensores de las ideas pidalinas como en sus
detractores. Entre los primeros, la consecuencia de su
adopción incondicional ha sido no considerar la posibilidad
de que el astur-leonés o el navarro-aragonés hayan
contribuido a la formación de la lengua española (por no
mencionar al gallego-portugués o al catalán), de forma que
con frecuencia se prescinde de su testimonio al investigar
la historia del español, que pasa a ser exclusivamente
historia del castellano. Entre los segundos, el resultado de
la aceptación de las ideas pidalinas no se reduce a la
identificación del español con el castellano, sino a estimar
el español-castellano una lengua foránea fuera de los
límites de Castilla, que invade territorios lingüísticamente
ajenos y los somete a un proceso de castellanización. Tanto
unos como otros olvidan que junto a la pertinaz y sesgada
defensa de lo castellano como núcleo y esencia de lo
hispánico, Menéndez Pidal siempre sostuvo que el español (o
lengua común española, como la llama a veces) se constituyó
sobre una base castellana que habría absorbido (o se habría
fusionado con) el leonés y el aragonés, y si uno lee su
Historia de
la lengua,encuentra
que se preocupó por explicar las fases de ese proceso
[18]
. En cambio, ese proceso constitutivo de lo español no está
tratado salvo tangencialmente en la
Historia de la lengua de
Rafael Lapesa, porque, para entonces, las ideas
castellanistas de su maestro habían calado tan profundamente
que, según se deduce de la exposición del libro, desde el
siglo XIII se considera historia de la lengua española sólo
la historia del castellano, sin plantearse el problema de
cómo se produjo la desaparición de los dialectos históricos,
la castellanización consecuente de sus territorios ni si en
ese proceso pudieron esos dialectos influir en la formación
de la lengua común española.
Esas ideas,
en las que estaba presente la necesidad de contar al menos
con el leonés y el aragonés para explicar lo español, latían
ya en Menéndez Pidal a principios de siglo: en la carta a
Unamuno de 1903 antes citada se comprueba que sólo tras
haber estudiado el leonés y el aragonés se podrá acometer la
historia de la lengua española. Y en el
Manual de
gramática histórica
afirma:
El castellano,
por servir de instrumento a una literatura más importante
que la de otras regiones de España, y sobre todo por haber
absorbido en sí otros dos romances principales hablados en
la Península (el leonés y el navarro-aragonés) recibe más
propiamente el nombre de lengua española (19406: 2).
Y como es
bien sabido, así lo defendió tanto en la Real Academia, con
éxito, como en la redacción de la Constitución de la
República, sin fruto. Interesa destacar de esta cita el
hecho de que considera impropio hablar de lengua castellana
porque estima que el resultado, que es la lengua común
española, también contiene elementos del leonés y el
navarro-aragonés. Ello se ve más claramente cuando trata de
los préstamos de las otras lenguas romances al castellano:
Las otras
hablas de España más afines al castellano y que se fundieron
con él para formar la lengua literaria, dieron también a
ésta muchísimas palabras; pero son difíciles de reconocer,
pues como estos dialectos afines tienen la mayoría de sus
leyes fonéticas comunes con el castellano, tales palabras no
llevan sello de evolución especial (19406: 27).
Es
interesante resaltar de este pasaje el máximo valor
conferido a la fonética por Menéndez Pidal, ya antes
expuesto. Aunque participa plenamente de la idea de una
formación compleja de lo español, reconoce su impotencia
para identificar la aportación de cada área lingüística al
basar casi todas sus deducciones sobre argumentos fonéticos.
El propio
título de
Orígenes
es
ilustrativo respecto a las ideas de Pidal sobre la lengua
común española: no son los
Orígenes del
castellano,
sino
del español,
y en romance
español afirma estar escritas las
Glosas
emilianenses,
pese a su
neto carácter navarro-aragonés:
Esta zona es
la patria de las Glosas Emilianenses en que un monje mezcla
el naciente idioma español con unas frases en vasco [...].
Las Glosas [... ] son el primer texto en que el romance
español quiere ser escrito con total independencia del latín
(19503: 225 y 470).
De acuerdo
con esa perspectiva, el libro analiza datos procedentes de
los dominios lingüísticos centrales de la Península Ibérica,
desde León a Aragón, que estima la base del español, al
tiempo que prescinde casi siempre del gallego-portugués y el
catalán.
Como muestra
de que creyó hasta cierto punto en la asimilación o
nivelación lingüística entre los dialectos centrales
peninsulares, también puede señalarse que pensaba, por
ejemplo, que el rechazo de la apócope en la lengua literaria
común, a la que dedica muchos epígrafes en su
Historia de
la lengua
(y de nuevo
es un fenómeno concerniente a la fonética) fue debido a
influencia leonesa. Así, al tratar de los dialectalismos
presentes en la obra de Alfonso X, afirma:
En la misma
General
Estoria
(manuscrito
vaticano) aparece otro leonesismo que más especialmente nos
interesa:
piedade,
salude,
indicio de que
el leonés echa el peso de su tradicional autoridad en contra
de la apócope de la vocal final que el castellano extremaba;
el leonés, veremos que obtendrá un triunfo en ese terreno.
En sintaxis se
observa más abundantemente el influjo leonés, generalizando
la interpolación de una palabra, a veces más de una, entre
el pronombre átono y el verbo [...] Es un uso irradiado
desde el Occidente de la Península, pues estas
interpolaciones tienen su máximo uso en el gallego
portugués, donde aún hoy subsisten; luego abundan en el
leonés antiguo, y son desconocidas, o casi, en el aragonés.
Su boga en Castilla se ha de deber a influjo galaico-leonés
(2005: 532).
Y
al
tratar de la persistente apócope de los pronombres
me, te
en el
Libro de buen
amor,
indica que
todos los casos
ocurren en la
parte de las serranillas, sin duda representando la lengua
rústica de Guadarrama, a la cual no había llegado la
influencia leonesa adversa a la apócope (2005: 577).
En el
tránsito del siglo XIV al XV Menéndez Pidal reafirma la
contribución leonesa a la lengua y literatura españolas al
relacionar el rechazo a la apócope con el triunfo de dos
nuevas composiciones métricas, los romances y las octavas de
arte mayor, que acaban con las formas poéticas hasta
entonces tradicionales:
El leonés
vencerá por completo en cuanto a la apócope, como en otros
puntos, pero ya no hay clara conciencia de que represente un
dialecto aparte (2005: 584).
Con estas dos
invenciones métricas [romance y arte mayor], la lengua
española había encontrado su propio ritmo en frases o
hemistiquios de 6 y 8 sílabas [...]. Este cambio de
versificación sin duda se relaciona con el olvido de la
apócope, o sea, con la conservación de la
-e
final latina
que, por influjo principal de León, dio al idioma su nuevo y
definitivo ritmo; no es por esto de extrañar el influjo del
reino leonés en la constitución de los dos metros de Romance
y de Arte Mayor (2005: 594).
Y
al
relatar la final extinción de la apócope no verbal, concede
a León el protagonismo:
Durante cuatro
siglos el dialecto central castellano vacila entre el leonés
y el aragonés respecto a la conservación o pérdida de la
-e
final,
cediendo por fin a la tendencia leonesa, como era de
esperar, dada la antigua unidad política de los reinos de
Castilla y de León (2005: 645).
Que esa
cesión "fuera de esperar" no es, desde luego, lo esperable a
tenor de la constante insistencia pidalina en la prevalente
adopción de las soluciones castellanas. Frente a este
reconocimiento, si bien testimonial, de la contribución
leonesa, no parece haber un fenómeno equivalente en que las
soluciones aragonesas se presenten como triunfadoras en el
español, salvo en el caso de algún aragonesismo léxico
(como, por ejemplo,
entremés,
faxa
o
arrollar)
(2005: 646,
698). Este silencio parece tener que ver con el propio
método de trabajo empleado por Menéndez Pidal, esencialmente
basado sobre las diferencias fonéticas, al no hallar trazos
de fenómenos fonéticos inequívocamente aragoneses en la
lengua literaria común (a diferencia de la ausencia de
apócope extrema, rasgo occidental).
Sin embargo,
no debe descartarse una cierta tendencia "latente" en su
discurso a no resaltar o a minusvalorar las posibles
contribuciones aragonesas, frente a las leonesas. Este
hecho, por ejemplo, es perceptible en su reconstrucción de
la formación yla extensión del sistema fonológico del
español moderno. La responsabilidad de la nueva
pronunciación se atribuye insistentemente en la
Historia de la lengua a la
fonética castellano-vieja a pesar de que, en realidad, por
"castellano-vieja" se refiere a la pronunciación del norte,
en la que se incluyen laxamente territorios pertenecientes a
varios orígenes, situados en los márgenes del Ebro y del
Duero.
No puedo
menos que observar que, en la concepción de Menéndez Pidal,
Castilla la Vieja se circunscribe a Cantabria y regiones
circunvecinas en la Edad Media, y, en coherencia con esa
reconstrucción, argumenta que el
Auto de los
reyes magos
o el
Poema de mio
Cid
no son
castellanos (2005: 468-472). Pero a partir de la Edad
Moderna el área territorial se dilata no poco y considera
Castilla la Vieja territorios que hasta bien entrada la Edad
Media formaron parte del reino de León, como Valladolid y
Palencia, o incluso situados en el oriente de León y en la
Tierra de Campos. Así estima fiel exponente de la
pronunciación "castellano-vieja" el testimonio proporcionado
por Antonio de Torquemada, que dice "hacerlo 'conforme al
uso y estilo de la casa de Benavente'", a pesar de ser
consciente de que "Torquemada [...] parece describirnos la
pronunciación más autorizada de su tierra, esto es, desde el
Esla (Benavente) hasta el Pisuerga (Torquemada) en cuyo
centro está tierra de Campos (Mayorga)" (2005: 880), esto
es, territorios que formaban parte del reino de León. No
obstante la ubicación geográfica del autor del
Manual de
escribientes,
insiste
repetidamente en que la pronunciación moderna tiene su
origen en Castilla la Vieja (2005: 875-887, 995-1017) y
asegura que, debido a su influencia,
Desde luego
los dialectos afines al español literario, el astur-leonés y
el navarro-aragonés, ensordecieron contemporáneamente sus
fricativas
j, z, s
(2005: 1016).
A pesar de
que reconoce en nota que "casos esporádicos de
ensordecimiento ocurrían desde época antiquísima en
aragonés" (2005: 1016, n. 47), nada se hace para relacionar
este hecho con la evolución castellana, ni se discute el
comportamiento lingüístico de autores de origen navarro o
aragonés contemporáneos de los castellanos, cuyo uso, en
cambio, es prolijamente comentado.
VI.
Final
El
castellanismo de Menéndez Pidal responde indudablemente a
los "prejuicios" ideológicos de su tiempo y al papel que
reservaba a Castilla en la expresión literaria del ser
nacional hispánico. Debemos, pues, prescindir de él como
"prejuicio", como "juicio previo", ya que está basado,
además, en un análisis exclusivamente fonético de los hechos
lingüísticos. Pero, además, ni siquiera en lo relativo a la
pronunciación es evidente la existencia de la famosa "cuña
castellana", que sólo resulta cierta basada en el imperfecto
conocimiento que se tenía de la fonética dialectal entre los
años 20 y 50 del pasado siglo. No se habían publicado
entonces (ni todavía hoy) los datos que hubieran permitido
articular dialectalmente la Península Ibérica: los del
Atlas
Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI),
datos que
deben considerarse un tesoro sin par, ya que son los únicos
que agrupan en una malla común, por muy imperfecta que sea,
a todo el territorio peninsular[19].
Si esos datos hubieran sido conocidos entonces, hubieran
puesto de manifiesto una realidad mucho más compleja que la
de la cuña castellana.
Esa
complejidad ya fue planteada por Navarro Tomás (1975) en sus
estudios de geografía lingüística fonética publicados tras
la aparición del primer volumen del
ALPI,
o por Catalán
en su artículo magistral "De Nájera a Salobreña. Notas
históricas y lingüísticas sobre un reino en estado latente"
(1975), en que analiza el único mapa léxico del
ALPI
disponible
por ahora:
aguijón.
Los trabajos
de Navarro Tomás permiten visualizar que muchos aspectos
fonéticos del castellano occidental son comunes con el
dominio leonés (la pronunciación reducida de la
-s
y
-θ
finales, la
articulación abierta
de la
o
tónica)[20]
, mientras que el País Vasco, Navarra, Aragón, La Rioja y la
franja oriental del castellano marchan unidos: no hay, pues,
un castellano uniforme en muchos aspectos, incluso en los
relativos a la pronunciación. Así sucede que muchas
soluciones fonéticas que Menéndez Pidal consideraba en
exclusividad castellano-viejas probablemente fueran al mismo
tiempo bien navarras, bien aragonesas o bien leonesas (y no
por simple castellanización), tal como ya desde los años 60
autores como Alonso (1962) se encargaron de demostrar para
la confusión medieval entre la
b
y la
v
o para el
ensordecimiento de sibilantes
[21].
El artículo
de Catalán, aparte de mostrar la existencia de áreas
lingüísticas que no se correspondían con el papel hegemónico
que Menéndez Pidal atribuía a Castilla, revela claramente
que en la articulación dialectal de la Península Ibérica
debe considerarse no sólo la fonética, sino también el
léxico, a lo que, por mi parte, añado la necesidad de
valorar la gramática. Hay rasgos gramaticales castellanos,
como el leísmo, que sólo se dan en el oriente de León, la
Castilla occidental y el País Vasco. El conjunto de
fenómenos conectados con el neutro de materia propios del
habla castellana desde la Edad Media (Fernández-Ordóñez
1994, 2001, 2006-2007) no ha encontrado acogida ni en la
lengua estándar ni en el español de la mayor parte de la
Península. Tampoco avanza más allá del Duero, en Castilla,
ni del Ebro, en La Rioja y Navarra, un fenómeno cuyo foco se
sitúa en el castellano oriental de Burgos, Vizcaya y La
Rioja: el desplazamiento de las formas verbales en
-ra
/
-se
por el
condicional
-ría,
pese a estar
ya bien documentado en esa zona en la Edad Media (Pato
2003). En la constitución de la lengua común de los antiguos
reinos medievales de León, Aragón, Navarra, Castilla,
Toledo, Sevilla, Murcia y Jaén (en la terminología de
Alfonso X), no siempre han prevalecido los rasgos de
Castilla. Los tiempos compuestos, por ejemplo, tienen su
foco en el oriente peninsular catalano-aragonés (Rodríguez
Molina 2004, 2008) y sólo fueron acogidos tardíamente en el
centro peninsular, de forma que todavía hoy gallego
yasturiano los desconocen mientras que el castellano norteño
y el habla de los antiguos territorios del reino de León
(con Extremadura, Andalucía occidental y América) los
emplean hoy con muchas más restricciones que otras áreas y
que el español estándar peninsular. La desaparición de
amase
a favor de
amara
debe tener su
foco originario en el occidente peninsular, tal como dan fe
hoy el asturiano, las variedades habladas en el antiguo
reino de León, Andalucía occidental y el español atlántico,
variedades todas ellas en las que
amara
ha eliminado
absolutamente a
amase
como forma
subjuntiva, frente a la conservación preferente de
amase
en la montaña
aragonesa (cf. Alvar 19791983). Podría argumentarse así con
otros muchos aspectos. Muchos de los cambios lingüísticos
que transforman las variedades medievales en las modernas,
contemplados simplemente en una perspectiva panpeninsular,
en la que tengamos en cuenta el testimonio simultáneo de
todas las lenguas romances, nos hacen formular hipótesis
sobre los focos de difusión de las soluciones modernas que
hasta ahora apenas se han considerado. Sin negar que haya
existido en ocasiones una cuña castellana, habrá que admitir
que simultáneamente aparecen una cuña castellano-leonesa,
otra castellano-navarro-aragonesa, a veces una cuña que
agrupa a todo el bloque central leonés-castellano-aragonés[22],
además de distribuciones geolingüísticas en que la cuña
castellana no progresa, detenida bien en el Duero o en el
Tajo, y queda anclada en una tierra de filiación lingüística
aún incierta.
En
conclusión, sólo en un contexto comparatista pueden
interpretarse correctamente los hechos lingüísticos. Si las
lenguas románicas peninsulares se han marginado con
frecuencia de la investigación del español es, sin duda,
porque en la escuela filológica española caló tan hondo el
castellanismo de Menéndez Pidal que quizá se llevó más lejos
de lo propuesto por su autor. Es obligación de los filólogos
y lingüistas del siglo XXI el repararlo.
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NOTAS
[1]
Citado
por
Catalán
(2005:
89). También en
Pérez
Pascual
(1998:
81).
[2]
En lo
científico bien pudo influir la publicación del
artículo de G. W.
Umphrey
(1911), que es citado
como
referencia válida de conjunto para describir las
características del aragonés antiguo: Menéndez
Pidal
(1923:
19). Hasta, al menos, 1906, la idea de escribir una
monografía dedicada al aragonés no debió ser
descartada, ya que el tema elegido por Menéndez
Pidal en su contribución al I Congrés de la Llengua
Catalana de 1906 es precisamente el de los límites
entre el aragonés y el valenciano: véase
Fernández-Ordóñez
(2006:
174-175). En lo político bien pudo influir la
polémica desencadenada sobre el carácter foráneo o
plurisecular del castellano en Cataluña a raíz de la
publicación de su artículo "Cataluña bilingüe" en
1902. Tratan de la polémica, Cid
(1991:
539-549, esp. 541-542), Pérez
Pascual
(1998:
7980), Perea
(2005:
263-278, 287-292), García
Isasti
(2004:
336-342) y Morgades
(2006:
33-38). Y en lo personal el aragonés nunca debió de
interesarle en la misma medida que el asturiano.
Probablemente carecía de datos modernos de primera
mano como los que sin duda conocía de Asturias tanto
por sus orígenes familiares como por sus estancias
de juventud en esa tierra (véase
Pérez
Villanueva
1991:
2337). Que siempre le atrajo más el asturiano que
el aragonés se revela, por ejemplo, en las varias
encuestas planeadas y acometidas con posterioridad a
1906 (en 1907, 1910, 1912, 1932 y 1946-50) con el
objeto de perfeccionar el conocimiento del dominio
lingüístico
(Catalán
/
Galmés
19892:
167-170).
[3]
Véanse, por ejemplo, los recuentos relativos a la
apócope de la vocal final (2005: 547-553, 580-584,
643-644), el leísmo (2005: 1019-1024) o la
aspiración de la
f-
latina
(2005: 999-1003).
[4]
Al
respecto véanse Portóles
(1986),
Armistead
(2001),
Gerli
(2001),
Santano
(2003)
y el mucho menos ponderado análisis de
García
Isasti
(2004).
[5]
Cursiva mía. Menéndez
Pidal
(2005:
472).
desde
luego, del relativo a la sucesión del rey sancho el
Mayor. Más que asunto castellano los relatos
contenidos en la crónica parecen compartir un cierto
rechazo al reino de León.
[6]
"La
Crónica Najerense,
escrita a raíz de la muerte del emperador Alfonso
VII, hacia 1160, nos da resumen o prosificación
latina de cinco poemas de asunto castellano" (2005:
471). Afirmación esta muy discutible, ya que también
varios de ellos bien podrían considerarse de asunto
navarro, como es el caso,
[7]
El
capítulo X de la parte III se titula "Esplendor de
la literatura dialectal (1140-1180)" y dentro de ese
capítulo, el epígrafe 8 "Carácter dialectal de la
literatura". En el capítulo XI contrastan los
epígrafes 1 "Preponderancia castellana" y 7
"Castellanización de la lengua literaria" con el 6
"Convivencia y mixtura de dialectos" y el 8
"Dialectalismo cancilleresco y notarial". En el
capítulo II de la parte IV, al hablar de la lengua
de los poemas de clerecía, se encabeza el epígrafe 1
con "Dialectalismo atenuado". En todos estos casos,
lo lingüísticamente no castellano es descrito como
"dialectal", incluyendo como no-castellano el reino
de Toledo y la Extremadura castellana. Así, tanto el
Auto
de los reyes magos
como
el
Poema
de mio Cid
no son
considerados castellanos.
[8]
Cursiva mía. Menéndez
Pidal
(2005:
474-475).
[9]
Así,
al comentar el romance transcrito por el mallorquín
Jaume de Olesa en 1421, precisamente la primera
documentación existente de un romance lírico, dice:
"El castellano, en sus manifestaciones populares,
hablado o cantado, ejerce influjo poético en tierra
catalana antes e independientemente de su difusión
política. La lengua no sigue al imperio, como decía
Nebrija; la lengua sigue a la cultura" (2005:
647).
[10]
"Muchos folkloristas catalanes dejaron de
interesarse por
su
romancero, excelente como pura poesía si más, al
recelar que no fuera tan netamente catalán como
deseaban", en palabras de
Cid
(1991:
550). Sin embargo, hay territorios bilingües que no
han aceptado el romancero como género de transmisión
oral, como el País Vasco, a pesar del uso
plurisecular del romance y del intenso contacto con
Castilla, según hace notar
Cid
(1991). Por otro lado, tanto en Cataluña como en
Galicia y Portugal los romances
muestran hibridismo lingüístico, si no adaptación
completa a las lenguas del entorno, frente a lo que
pensaba Menéndez Pidal. Véanse los estudios de Forneiro
sobre
las lenguas empleadas en el romancero
de
Galicia (2000, 2004, 2005, 2009).
[11]
Como
bien señala
Cano
(1998:
130).
[12]
Véase
Cano
(1998:130),
[13]
Según
han oportunamente demostrado
Pascual
y
Santiago
(2003).
[14]
Tal
como prueba
Egidó
(2003).
[15]
Véanse
Fernández-óRDÓÑez
(1994,
2001, 2006-2007) y Matute
(2004).
[16]
Cano
(1998:
131-134).
[17]
Son
cada vez más los que abogan a favor de la idea de la
nivelación de dialectos en el proceso de
repoblación, y no de simple castellanización: véanse
Ridruejó
(1995), Penny
(2004), Tuten
(2003). El propio
Menéndez
Pidal
no es
ajeno a la idea: "Cuando se produce la conquista de
Andalucía y Murcia, se habían unido para siempre
Castilla y León, así que la repoblación se hace con
gentes mezcladas de los dos reinos, sin separación
territorial entre gallegos, leoneses o castellanos,
mezcla favorable a los influjos dialectales que
integran la lengua común" (2005: 491). Pero siempre
defiende la base castellana de la variedad
triunfante, según prueban sus palabras sobre la
mezcla de dialectos en el Toledo reconquistado:
"Junto a los mozárabes (y los musulmanes y judíos,
que en el reino toledano permanecieron o
concurrieron a él) se establecieron, desde la
conquista, como pobladores diferenciados los
"castellanos" (nombre bajo el cual se incluían ya
indistintamente tanto los procedentes del reino de
León como a los procedentes del reino de Castilla y
a los de las Extremaduras) y los "francos". Con el
paso del tiempo, la legislación mozárabe del
Fuero
Juzgo,
rechazada al principio por los pobladores
castellanos, se fue generalizando en el curso de los
siglos XII y XIII para todos. En cuanto al lenguaje
ocurrió lo contrario, la lengua vulgar fue
unificándose sobre base castellana" (2005: 453).
[18]Aparte
de los epígrafes citados
supra,
nota
7, son muestra de su interés por la contribución del
leonés y el aragonés a la lengua común los
siguientes: parte IV, capítulo VI "Estado de la
lengua común", 1. "Relativa estabilidad", 2. "La
lengua común. Toledo y Sevilla", 4. "Los dialectos
laterales y el dialecto central"; capítulo VII
"Período de transición (1370-1400)", 1. "Influjo
galaico-leonés. Romances y arte mayor", 2. "Ensayos
humanísticos en aragonés: Fernández de Heredia";
parte V, capítulo II "Los dialectos viejos completan
su nacionalización", 1. "Ojeada general", 2. "La
unidad política y el reino de
Aragón", 3. "El reino de León", 4. "Castilla la
Nueva. Toledo y la corte como normas uniformadoras".
A ellos hay que sumar, como muestra de análisis de
aspectos sujetos a variación dialectal, los
dedicados a la disidencia andaluza y a la fonética
castellano-vieja.
[19] Seguido por otros muchos. Véase
Cano
(1998:
135-138), (2005).
Posibilidad ésta apuntada por
Cano:
"En
los muchos casos de diferencias dialectales
(históricas y modernas) basadas en la morfología, en
especial la verbal, tampoco se trata de que el
castellano desplazara desde el principio unas formas
que, ante su empuje, quedaran arrinconadas en los
márgenes: por el contrario, el castellano compartió
muchas de esas formas en la época antigua, e incluso
después. [...] en el plano sintáctico [...] este
dialecto vuelve a estar acompañado por los vecinos:
del leonés al aragonés, con el castellano como
elemento central, la imagen de homogeneidad interna
y de mutua comunidad sintáctica es completa. Los
dialectos centrales forman en este sentido un bloque
compacto, en el que comparten fenómenos como el
empleo de
a
ante
Objeto Directo en condiciones idénticas, el uso de
los tiempos y modos verbales, los mecanismos y modos
específicos de rección y complementación oracional e
interoracional..." (1998: 138-139). Aunque no puedo
compartir la idea de que haya completa uniformidad
sintáctica entre los dialectos centrales, es cierto
que en muchos aspectos marchan a la par frente al
gallego-portugués y/o al catalán.
Sólo
se publicó un tomo del ALPI en 1962 y sus materiales
permanecieron desaparecidos por más de 40 años,
hasta que, reencontrados por
Heap
(2002), están siendo ofrecidos en Internet en forma
de imágenes: véase
Heap
(2003-2009)
[20]
Véanse
las conclusiones de su análisis de la
o
de
boca:
"Las zonas del
catalán, aragonés y del
castellano oriental excluyen visiblemente la variedad de
tendencia abierta. Las del castellano occidental y
del
leonés rechazan la tendencia cerrada" (1975: 91). Igual
separación entre dos tipos de castellano hay en
la
articulación de la
-s
final: "La
diferenciación entre las variedades plena y reducida de la
final
-s
señala
en
Castilla dos zonas distintas. La
-s
plena en el
mapa de
árboles
corresponde
con raras excepciones a las
provincias orientales de Logroño, Soria, Guadalajara, Cuenca
y Albacete [articulación en que coinciden
con
Aragón y los territorios catalano-hablantes]; la reducida se
da en las provincias centrales y
occidentales de Santander, Burgos, Palencia, Valladolid,
Segovia, Ávila, Madrid, Toledo y Ciudad Real"
(1975:
189). Y muy parecida también es la distribución de
-z
final: "La
amplia extensión de la
-z
interdental
comprende las provincias castellanas, leonesas y aragonesas.
Se distinguen en la articulación
de la
final
-z,
como en la de
la
-s,
una modalidad
plena y otra reducida y débil. La zona más uniforme de
-z
plena incluye
Navarra, La Rioja, Aragón, La Alcarria y Cuenca. Soria
practica la
modalidad
reducida,
pero Logroño,
Guadalajara y Cuenca, con variedad plena, contrastan con la
atenuada predominante en
Santander, Burgos, Palencia, Valladolid, Segovia, Ávila y
Madrid. Se advierte también en este caso la
mencionada diferencia entre el lado oriental de Castilla y
el occidental, aunque con menos regularidad
que en
el de la
-s.
En Asturias,
León, Zamora, Lugo y Orense, la
-z
interdental
plena es más frecuente
que la
reducida, al contrario que Salamanca, adscrita a la variedad
reducida de la Castilla occidental"
(1975:191-192).
[21]
Seguido por otros muchos. Véase CANO (1998:
135-138), (2005).
[22] Posibilidad ésta
apuntada por CANO: "En los muchos casos de
diferencias dialectales (históricas y modernas)
basadas en la morfología, en especial la verbal,
tampoco se trata de que el castellano desplazara
desde el principio unas formas que, ante su empuje,
quedaran arrinconadas en los márgenes: por el
contrario, el castellano compartió muchas de esas
formas en la época antigua, e incluso después. […]
en el plano sintáctico […] este dialecto vuelve a
estar acompañado por los vecinos: del leonés al
aragonés, con el castellano como elemento central,
la imagen de homogeneidad interna y de mutua
comunidad sintáctica es completa. Los dialectos
centrales forman en este sentido un bloque compacto,
en el que comparten fenómenos como el empleo de a
ante Objeto Directo en condiciones idénticas, el
uso de los tiempos y modos verbales, los mecanismos
y modos específicos de rección y complementación
oracional e interoracional…" (1998: 138-139). Aunque
no puedo compartir la idea de que haya completa
uniformidad sintáctica entre los dialectos
centrales, es cierto que en muchos aspectos marchan
a la par frente al gallego-portugués y/o al catalán.