Biblioteca Gonzalo de Berceo Castillos y fortalezas en el baluarte oriental Leonés (Fray Justo Pérez de Urbel).Con Alfonso I, II, y III.

 
 

 

Los Reyes de Nájera

En los siglos X y XI, en el período comprendido entre los años 918 y 1076, la Historia de España se desarrolla con especial interés en el valle del Ebro, desde Miranda hasta Tudela y la ciudad de Nájera se convierte en el centro político más importante de la Reconquista, desenvolviéndose la vida de sus moradores entre los quehaceres cotidianos, los problemas de la organización interna, las relaciones con los reinos colindantes, especialmente con el astur-leonés y las luchas con los musulmanes, como adalides de la epopeya de la Reconquista.

Nace el reino de Nájera por la decisión de Sancho Garcés, rey de Pamplona, cuando el año 918, después de haber conquistado las fértiles tierras del Ebro, desde Miranda hasta Tudela, las entrega, en Pleno dominio, a su joven hijo García Sánchez para que la descargue, en parte, de las tareas gobierno y le prepare a fin de ser un buen rey , sepa cumplir mejor las futuras misiones de su naciente reino.

Cinco años después recuperado el Castillo de Nájera, le puso en esta fortaleza Casa y Corte y le asignó como consejero y tutor a su tío Jimeno. Al año siguiente, de 924, Abd al Rahman III, el poderoso emir de Córdoba, arrasó Pamplona y quedó su rey sin Corte y la que fuera sede de los reyes pamploneses, relegada un par de siglos a un segundo lugar.

Enfermó Sancho Garcés y yendo de monasterio en monasterio, buscando su curación, murió el año 925. Le sucedió su hijo García Sánchez que reinaba ya en Nájera y amplió sus estados con las tierras de Pamplona. Así la dinastía pamplonesa se instaura en el Reino de Nájera y los notarios dicen en privilegios y en escrituras reales que los monarcas otorgantes reinan en Nájera y Pamplona.

La Corte reside en Nájera, y la referencia a Pamplona viene a ser una expresión de reconocimiento del dominio y alcance de su jurisdicción, no siempre efectiva, por la acción de los ejércitos de Córdoba o de los reyes moros de Tudela, Zaragoza y Huesca, en las tierras heredadas de Sancho Garcés.

En esta primera etapa, del 918 al 1076 fueron Reyes de Nájera: García Sánchez (918-970); Sancho Garcés, Abarca (970-995); García Sánchez, el Temblón (995-1000); Sancho Garcés, el Mayor (1000-1035); García Sánchez el de Nájera (1035-1054); y Sancho Garcés, el Noble (1054-1076).

Su significación en el campo de la historia nacional es extraordinaria, sabido es que con Sancho III alcanzó la extensión de sus dominios al tercio superior de la Península, desde el Duero al Cantábrico y del Atlántico al Mediterráneo; en el ámbito de la cultura representaron un papel primordial los Monasterios najerinos, entre otros los de San Millán, Santa María la Real, Valvanera y San Martín de Albelda; interesante en extremo es el papel de la Ruta jacobea en la difusión de la cultura y en las relaciones con los estados de la Europa Occidental y en el último término, del Reino de Nájera nacieron los de Aragón y Castilla, de cuya unión surgió el estado español.

Es trascendental su influencia en el campo del Derecho hispano pues el Fuero que Sancho III otorgó a Nájera es manantial y origen de la gran familia de los Fueros Riojanos que los monarcas, sus sucesores, otorgaron a ciudades de sus estados, y por lo tanto constituyen la base de la legislación local en Castilla, Aragón, Navarra, y del Régimen foral en el País Vasco.

Igualmente tiene singular importancia el llamado Ordenamiento de Nájera, elaborado en las Cortes que Alfonso VII reunió en nuestra ciudad el 1137-1138 y que sería, en buena parte, incluido en codificaciones posteriores de mayor alcance territorial.


 

La ciudad de Nájera

Fray Antonio de Yepes, en su Crónica de la Orden de San Benito, nos brinda una descripción de la ciudad de Nájera, que por su interés merece la hagamos pórtico de este trabajo, dice así: «Esta ciudad de Nájera, en la provincia que ahora llaman La Rioja, al occidente de la Ciudad de Logroño, que está apartada de ella como cinco leguas; cuatro dista de la ciudad de Santo Domingo que está al poniente; al mediodía se levantan los montes Distercios, a cuyas raíces se ve asentado otro ilustrísimo monasterio de esta Orden que llaman San Millán de la Cogolla, que está como tres leguas de Nájera, el río Ebro corre distante de esta ciudad como dos leguas, que va torciendo desde el mediodía hacia el oriente; por la misma ciudad de Nájera pasa un buen río que lleva mucha agua y va a entrar en el Ebro, éste se llama Najerilla, tomando prestado su nombre de la ciudad de Nájera, porque desde que nace en los montes Distercios hasta que entra en el Ebro no topa con pueblo tan principal como éste y por ese le quieren honrar con este apellido».

Así queda claramente ubicada la ciudad y el lector puede actualizar las distancias, comprobar la posición y enriquecer al conocimiento con la consulta de un buen mapa y de la Guía de Nájera.

Pero seguimos con lo escrito por el P. Yepes: «Aunque el nombre de Nájera es nuevo en España, y se entiende que es de los tiempos en que eran señores de ella los moros, los cuales llamaron a la ciudad Nájera (que significa en arábigo: pueblo entre peñas); pero en sustancia no es tan nueva la ciudad como el nombre de Nájera», ya que en los privilegios, cartas y documentos reales de las colecciones diplomáticas, los notarios y escribanos usan muy diversas formas para designarla: Nágera, Nájara, Náxara, Naxera, Nacara, Nazara, Nacera, Nágela, Naiara, Naigara, Naiala y Naila, así como usan gentilicios de ella derivados, como Nagerensis, Naiarensis, Nacarense, Nagalensis, Naxerae y Naxarensis, entre otros, «sino que antes era población de lo más noble de España y muy conocida entre los cosmógrafos con el nombre de Tricio».

La población prerromana del valle del Najerilla, viene probada con certeza indudable por los restos arqueológicos hallados que se guardan en los museos provinciales y en colecciones particulares, pertenecientes a culturas prehistóricas, iberas, celtas y celtíberas, estudiadas por investigadores de pro.

«También dicen, sigue el P. Yepes, que aún de tiempos atrás se llamó Senonas, por haber tenido allí su habitación parte de los celtas franceses, que dejaron en esta tierra el nombre de su patria». En apoyo de su tesis reproduce parte del privilegio del rey Ordoño II, al abad Somnani, donándole el lugar de Santa Coloma y lo transcribe así: «Quod situm est in suburbio civitatis quae antiquitus vocitata fuit Senonas, postea quoque discurrente tempore derivato cognomen habuit Tritium, et nunc nostris temporibus Najara apellatur». Parece que este documento ha sido falsificado, si bien, insiste el P. Yepes, que entre los autores graves y que escriben con propiedad siempre llaman Tricio a esta ciudad de Nájera.

Nájera sigue diciendo el cronista benedictino, «ahora está en La Rioja, que es una parte principal de la Cantabria y según dice la Historia General, cabeza de ella y tan principal que fue silla de obispo y pueblo a donde estaba la Corte de los reyes de Navarra».

La Historia General a la que se refiere, es la que mandó componer el Rey Sabio y en cuanto a la denominación de Corte de los Reyes de Navarra que tantas veces se viene erróneamente repitiendo, hemos de aclarar que los monarcas de aquellas tierras, al principio se llamaron Reyes de Pamplona o de los pamploneses e incluso Reyes de las montañas, que en el siglo x y desde Sancho Abarca, concretamente hacia el año 918, después que sometió la zona de La Rioja desde el Castillo de Nájera a Tudela, arrebatándosela a los musulmanes, él la otorgó a su hijo García Sánchez con el nombre de Reino de Nájera, ya partir de este monarca, la mayoría de los documentos reales usan la fórmula: reinando en Nájera y otros dicen; reinando en Nájera y Pamplona. Sólo en una escritura de autenticidad dudosa, perteneciente al año 987, en la que se hace donación de la villa de Alastué, el notario real escribe reinando yo Sancho, rey de Navarra, en Aragón, en Nájera y hasta Montes de Oca, títulos que aún la hacen más sospechosa.

En el Apéndice núm. 3 de Govantes se relacionan las escrituras que ratifican la cronología de los Reyes de Nájera y son más de 60 las referencias, aunque la doble numeración resulta confusa y equivocada. Otro tanto puede decirse de los privilegios y cartas reales contenidas en las Colecciones diplomáticas medievales, y en los documentos utilizados por Llorente, Serrano, Magallón, Hergueta, Garrán, González, Pérez de Urbel y D. IIdefonso Rodríguez y R. de Lama, así como los modernos historiadores José María Lacarra y Antonio Ubieto.

Es a contar de Sancho VII el Fuerte y a partir del año 1196 cuando puede usarse realmente el título de rey de Navarra, puesto que así le denominó por primera vez el papa Celestino 111, si bien fue más tarde con Teobaldo I el Trovador (1234-1253), que instauró la Casa de Champagne, cuando el nombre genérico de Navarra hizo fortuna y suplantó a los anteriores.

También, para el cronista Prudencio de Sandoval, el primer monarca que comenzó a llamarse Rey de Nájera fue García Sánchez, y el título de Reyes de Nájera o la fórmula notarial reinando en Nájera la hallamos en los documentos reales y en las crónicas o cronicones desde García Sánchez hasta el año 1239, reinando Fernando 111 el Santo.

Por tanto, es un anacronismo el utilizar el apelativo de Reyes de Navarra o el de Reino de Navarra, aplicándolo a los monarcas del período comprendido entre 918 y 1240, aunque algunos reinarán en Pamplona, siendo Reyes de Nájera y otros formarán parte de la monarquía castellana.

Nájera, escríbe el P. Yepes: «tomaba grande espacio en aquella hermosa y agradable llanura que hay desde el río hasta el pueblo de Tricio, y Sandoval va más allá en sus elogios al decir: «Nájera era en aquellos tiempos cabeza del reino y el monasterio que allí está fundado, silla obispal, y de tanta población que residían en ella muchas veces y largo tiempo, no sólo por ser frontera del reino, pues antes de serlo hacían los reyes el mismo asiento en ella, sino por ser ciudad de mucha calidad y la tierra mejor de España, sana y alegre y con todos los regalos que para la vida humana se pueden desear y los naturales de la gente discreta y de valor para paz y guerra y para las letras» y aquella población de Nájera, escribe en otro lugar Yepes, al principio no fue en las cuestas, ni a donde ahora la vemos, sino en la apacible y deleitosa llanura en que estaba Tricio. «Después, continúa el cronista, cuando los moros se apoderaron de España, como los fieles no podían hacer vida en las tierras se pasaron a las cuestas y poblaron una ciudad harto fortalecida desde la Mota (ahora llamado el Castillo), hasta la cuesta que llaman Malpica y con montes (Monsanroso, Cerro de la Horca, La Atalaya y Malvecino) y con baluartes, aprovechándose de la naturaleza y de la Arte (militar) hicieron una ciudad fortísima, y tal, que el rey D. Sancho el Mayor, considerando que estaba en medio de todas sus tierras, porque entonces sus dominios se extendían hasta cerca de Burgos y poseía todas las montañas de Alava y Bureba, puso en Nájera el asiento de su Corte.

El primer rey de Nájera, García Sánchez, debía ser muy joven, unos doce años, pues en los comienzos de su reinado tenía como tutor a su tío Jimeno y fue menester que su madre Tota Aznárez o D.ª Toda, recabara la ayuda de su sobrino-nieto Abd al-Rahman 111, para asegurar en el trono de Nájera a su primo carnal, el joven García, contra el tío de éste, lñigo y tal vez por esto algunos autores señalan un período oscuro de regencia que finalizará el año 933 ó el 934.

Continuamos con la narración del P. Yepes, tán pródiga en referencias sobre Nájera: «y como entonces la ciudad de Calahorra estaba en poder de los moros, erigió una silla episcopal en la misma ciudad de Nájera y así, por el año 1012, halló en los privilegios que confirmaba D. Benito, obispo de Nájera, en los documentos, Benedictus episcopus najerensis, y se creyese que tenía su asiento la silla episcopal en una iglesia que estaba allá arriba en la ciudad y dentro de ella (tal vez la llamada de Santa María en la peña).

Es muy probable que la primitiva población se estableciera, huyendo de los musulmanes, en las Cuevas, barrio donde personas, bestias, frutos y granos se hallarían a seguro y fuera de la rapacidad de los moros, pues para su construcción ofrecían condiciones excelentes los escarpes que hay desde río Cordovín a río Tuerto y acaso algún anacoreta, émulo de San MilIán, labró su cueva para que le sirviera de retiro y de ella tomaron modelo los fosores siguientes.

Terminamos con las abundantes referencias del P. Yepes sobre la ciudad de Nájera: «Ultra de estos dos sitios que ha tenido la ciudad de Nájera: abajo en el llano, en tiempos de romanos y godos y arriba, en lo alto, en tiempos que eran los moros señores de España, mudó después algún tanto el sitio, cuando se restauraba España, bajándose de las cuestas y habitando en un estrecho espacio que hay de ellas al río, acomodándose en el puesto que digo, parte por comodidad, parte por devoción, la comodidad les ofrecía el río Najerilla y la devoción, por amor a la imagen de Nuestra Señora que fue hallada en este tiempo por el rey D. García y fue ocasión de fundarse el monasterio de Santa María la Real».

En cuanto a la ciudad de Tricio, Sánchez Albornoz, en su mapa Límites tribales del solar del Reino de Asturias, señala un Tritium en la costa cantábrica, en el linde entre caristios y várdulos; otro en la punta meridional de la Autrigonia, entre turmogos y berones y el tercero Tritium Megalum o Metalicón, en la Beronia, valle del Najerilla, identificado como el primer lugar ocupado por los pobladores del llano y antecedente de Nájera, de la que después fue barrio y en la actualidad, municipio independiente.

De las viviendas-refugio de las cuestas y de las cuevas de las peñas, evolucionó la ciudad hasta convertirse en un poblado-fortaleza y en Castillo con los árabes, pues la calzada Césaraugusta a Astorga era vía militar desde los primeros tiempos de la invasión agarena y Tricio, Varea y Calahorra cayeron en poder de Muza, al parecer en su campaña del año 713 e incluso Pamplona capituló antes del 718.

Todavía a mediados del siglo IX, los árabes ocupaban Nájera, poseían Ibrillos, el Castillo de Buradón, tal vez el castro de Bilibio, el desfiladero de Pancorbo y el Castillo de Cellorigo (Peña Menga); pero, entre el 855 y 870, se hace patente la obra de los repobladores en la margen derecha del río Ebro, en su curso alto, reconstruyendo Oca y edificando castillos que defiendan las tierras colonizadas por los monjes. La carta de fundación del monasterio de San Juan de Orbañanos, por el abad Wisando, es del año 867 y tal obra cuenta con el beneplácito del obispo de Valpuesta Elmiro o Felmiro, ocupándose tierras por los montes Obarenes, la región de la Bureba y los términos de Orbañanos, Obarenes, Villasemprún, Frías y Barcena del Barco.

Hacia el 870, cayó en poder de los cristianos el castillo de Pancorbo y se alzaron otros para defender la frontera oriental, entre ellos: Cerasio (Cerezo de Río Tirón), Castil de Carrias, Castil Delgado, Ibrillos, Alba y sobre todos el de Grañón, por tratarse de una población clave en la calzada entre Belorado y Nájera.

A partir del 852, se menciona al conde Rodrigo y una escritura del año 860 reseña: «Rey en Oviedo, Ordoño; conde en Castilla, Rodrigo».

Ordoño I promovió la repoblación y así surgieron Amaya, en el año 860 y en los siguientes los castillos antes mencionados. Murió Ordoño y dejó el trono a su hijo Alfonso (año 866).

Los cronistas cristianos citan en las campañas de los monarcas astur-Ieoneses los castillos de Nájera, Viguera y Arnedo, aparte de otros y mencionan los ataques y expediciones de los musulmanes en el valle del Ebro contra los castillos que forman la línea del Baluarte Oriental del reino leonés por las huestes moras de Mohamed, Abdal-Rahman y el general Abd-elMelik.

La obra de la Reconquista y la repoblación de los territorios recuperados en el valle del Ebro, al que los árabes llamaron Velek-Asikia «tierra de regadío o tierra de acequias», y los historiadores denominaron Beronia, Ruconia, Cantabria, Celtiberia, Carpentania, Rioxa y Nájera, convirtió a esta región en una ubérrima zona, codiciada por sus cosechas.

Conocida es la expedición de Alfonso I de Asturias por el valle del Ebro, en la que trató de exterminar la población mora y llevarse consigo a los cristianos para reforzar sus fronteras. De ella dan cuenta los obispos de Salamanca, de Béjar y de Astorga y consignar entre los lugares tomados a los moros: Mave, Velagia, Carbonera, Abeica, Brunes, Cenicera, Alesanco, Argancia y Alabense, que los historiadores se han afanado por identificar, a la vez que otros cronistas aumentan a más de doscientas las plazas, aldeas y castillos recuperados y, como dice Ambrosio de Morales, todavía el arzobispo don Rodrigo y el obispo de Tuy, al ocuparse de las conquistas del monarca asturiano, añaden provincias y citan: Alava, Vizcaya, Oruña, Pamplona y Ruconia, que es Rioja.

El cronista Sebastián amplía los detalles y escribe que después de talar los bosques de Miranda, pasó a La Rioja por las Conchas de Haro, asolando a Reveréndecam (en el vado de Revenga), Carbonariam (Carbonera para unos y para otros el despoblado de Cabuérniga), Abeicam (Abalos), atravesó el Ebro, destruyó Briones y Cenicero, desde aquí y por Nájera siguió hasta Alesanco, en dirección a Ezcaray, arrasando cuanto hallaba a su paso, matando a los infieles y llevándose a los cristianos para repoblar tierras más seguras de Alava, Vizcaya, Cantabria y las Asturias de Oviedo.

El P. Mariana amplía, optimista, las plazas ganadas por Alfonso I hasta escribir que ganó en los últimos años de su reinado toda La Rioja, incluyendo en sus conquistas Nájera y Calahorra; plazas no mencionadas por los cronistas precitados.

La Rioja, con cuyo nombre inicialmente se designaba una pequeña zona de los valles del Oja y del Tirón, se fue extendiendo desde el sur de la sierra de Cantabria hasta Auca y Osma, si bien algunas partes recibieron nombres como los ya mencionados y además los de Camberos y Meltria. Los musulmanes la ocuparon y teníanla sujeta con castillos y fortalezas, desde Nájera hasta Calahorra y Tudela, probablemente hacia el 713 ó 718; mas como las riberas del Ebro y sus afluentes eran tierras ricas, durante los períodos de paz, se poblaban y cultivaban con provecho y su propia riqueza fomentaba las razias árabes y las expediciones de castigo, las cuales acabaron por despoblarla en el siglo V111, viéndose obligadas sus gentes a trasladarse a otras regiones más seguras, al amparo de reyes, caballeros poderosos o monasterios colonizadores.

Hubo un tiempo en que la frontera musulmana estuvo jalonada por los castillos de Pancorbo (Santa Engracia y Santa Marta como fortalezas a uno y otro lado del desfiladero), Buradón, Cellorigo, Lantarón y Término; pero, a mediados del siglo IX y ante el empuje cristiano, al no poder sostenerse en la línea del Tirón, donde tenían al Castro de Bilibio, ni del Oja, con la fortaleza de Ojacastro, se retiraron a la línea del río Tuerto o Cañas, en Azofra y a la del Najerilla, bien protegida con las defensas de su poderoso Castillo de Nájera.

Después de este repliegue, IbriIlos, Frías y Grañón se convirtieron en posiciones de primer orden, en llaves estratégicas de las zonas de Castilla y de La Rioja, ahora en poder de los leoneses, y por la seguridad que ofrecían los monasterios y los castillos a una y otra parte del congosto de las Conchas de Haro, se repobló la zona de Miranda de Ebro con los valles del Bayas, del Oroncillo y del Tirón, surgieron pueblos amurallados y bien defendidos, al mando de tenentes, como los de Cellorigo, Buradón, Bilibio, Tulonium y otros, pues en el año 882, ganado definitivamente el desfiladero de Pancorbo y asegurado con los dos castillos de Santa Engracia y Santa Marta ya nombrados, surgieron poblados-monasterios como Bugedo y Santa María de Rivarredonda.

El desfiladero de Pancorbo, tenía un alto valor estratégico, por ser paso obligado del Valle del Ebro a la Meseta Central, se le ha llamado las Termópilas de Castilla y fue escenario de duros combates. Casi semejante es el del Paso de la Morcuera, entre Bugedo y Foncea, defendido por los castillos de CeIlorigo y Bilibio.

Estos caminos eran rutas militares de los generales de los emires y califas, como lo fuera para Almanzor en sus expediciones río Pedroso arriba, hasta alcanzar los manantiales del Neila, pasar la sierra de la Demanda por El Collado y tener el camino expedito por la ruta del Najerilla.

Nájera, ciudad musulmana

   Con el tiempo, el castillo moro de Nájera se convirtió en una ciudad árabe; pero a partir de su conquista, en el año 923, vino a ser la Cabeza de La Rioja y sucesora de Pamplona, correspondiéndole la misión de albergar a los monarcas del Reino de Nájera, a los magnates de la curia y del séquito regio y a las huestes de mílites y peones con su natural acompañamiento. La población se concentraba tras de sus murallas y torres, pues los poblados rurales eran simples aldeas, alquerías o granjas, de vida azarosa, por las frecuentes algaras moras.

Debemos partir de las características de Nájera como castillo o fortaleza musulmana. Los lugares principales de toda ciudad árabe son la mezquita y el mercado. Este solía estar constituido por una serie de zocos o pequeñas plazas, situadas alrededor de la mezquita o a un costado de ella. Las calles iban desde el núcleo mezquita-mercado a las puertas de la ciudad, abiertas en el recinto amurallado.

El lugar dominante y en la situación más favorable para la defensa, era frecuente que se construyera la ciudadela, almudena o alcazaba donde residía el gobernador y solía tener mezquita propia. Había explanadas o solares amplios, la almuzara, lugares donde celebraban las revistas o paradas militares, los ejercicios de luchas, las competiciones ecuestres, el espectáculo más frecuente de correr la pólvora y la lucha entre campeones. En Nájera, tal vez, los términos llamado la Explanada, el Excampao y el Terrero, como después la Ballestería, recuerdan los escenarios en que se celebraban.

Los barrios residenciales cumplían con la misión de recluir a la mujer en su casa y mantener el secreto de la vida familiar, fuera de miradas curiosas e inoportunas. Eran un verdadero laberinto de calles estrechas y sinuosas, ajenas a cualquier ordenación urbana y rebeldes a todo esquema de trazado o alineación. Las casas, de una sola planta, enjalbegadas y escondidas, diferían poco de las de los moros notables que podían tener un piso alto y en los pocos vanos abiertos había algún voladizo o saliente, fuera de la línea del piso bajo o ventanas y balcones de madera, cerrados por espesas celosías y artísticos huecos en arco, divididos en el centro por una columnilla o parteluz, cerrados por dentro con compuerta o tablero a modo de contraventana. Un pequeño patio las separaba de la calle y un muro o adarbe protegía la vivienda del exterior.

Las calles eran vías de entrada y salida para el tránsito por la ciudad e iban de puerta en puerta de la muralla. Las de los barrios comunicaban con las principales, eran callejuelas, calles sin salida o fondos de saco, algunas cubiertas. Venían a ser igual que caminos privados, propiedad de los vecinos y de modo y manera que garantizaran su seguridad, porque eran muchos los peligros durante la noche, abundantes los ladrones y asesinos y frecuentes los motines y altercados entre vecinos, barrios y tribus rivales.

En las pequeñas plazas, zocos y mercados, había tiendas y tenderetes como puestos provisionales de venta que contaban con la vigilancia del almotacén y sus ayudantes, vigilantes encargados de sancionar los fraudes en el peso y en el precio de las mercancías.

Fuera de la medina o castillo, alcázar o fortaleza, los barrios nacidos de la natural expansión podían hallarse amurallados; pero los cementerios, extramuros, carentes de vallas se contruían al borde de los caminos que conducían del campo a las puertas de la ciudad. Excepcionalmente existían mozarabias, barrios ocupados totalmente por cristianos y no eran raras las mancebias. En el campo, allí donde la tierra podía ser regada, las huertas constituían un regalo y los árabes las cuidaban con esmero, construyendo algunas bellas casas de campo o almunias.

Nájera, en su calidad de ciudad musulmana, con el aspecto de castillo o fortaleza, tendría la fisonomía general que hemos señalado. A pesar de los doscientos años que se halló bajo el dominio musulmán, no se han hallado huellas ni restos de construcciones y viviendas, sí de cerámica vidriada, más árabe que cristiana. Tudela ha sido mejor estudiada y nos puede servir de ejemplo para hacemos una idea más completa de Nájera como ciudad musulmana.

La población árabe no dejaría de ser importante y diversa por las funciones que desempeñaba la ciudad. Lacarra consigna la referencia Ibn Idari y los repertorios de AIDabbi e Ibn-Faradi, según los cuales en esta ciudad murió en el 903-904, aún bajo el dominio árabe, el tradicionalista Amir ibn Muwassal al Asbahi, originario de Tudela.

La estructura actual de la ciudad hemos de considerarla como trazada por la población mudéjar o árabe, transformada por los cristianos, reconstruida al convertirse en base militar, centro estratégico, sede real y capital de un reino cristiano. Es natural que se modificara su fisonomía por el imperio de las nuevas necesidades y servicios. Nos ha quedado el nombre con numerosas grafías, como ya hemos indicado, siendo las principales: Naxara, Naiara, Najara; ciudad entre peñas y posiblemente en el lugar o solar de la mezquita alzarían los cristianos su catedral y en los barrios residenciales las iglesias parroquiales, ya desaparecidas, conservando sin embargo la malla de la red viaria, las plazas y las cortinas de las murallas. El cambio de emplazamiento, de las colinas al pie de las mismas hubo de influir poderosamente en la desaparición de todo vestigio y sería necesaria una prolongada y metódica campaña de prospección y excavaciones arqueológicas, a fin de disponer de mejor información. Actualmente solo podemos hacer comparaciones y conjeturas, valiéndonos de una gran imaginación. Los factores físicos de la comarca, el espacio en que se asentaba, las características climatológicas y las condiciones topográficas son bien poca cosa para una reconstrucción ideal.

Hallándose situada la población en las vertientes y cimas de sus cinco cerros, a cuyos pies corría abundante el agua del Najerilla, y no siendo posible que existieran pozos ni fuentes dentro del recinto amurallado y siendo muy aleatoria la recogida de la lluvia en cisternas y pozas, habrían de acudir a buscarla a alguno de los tres ríos próximos: Cordovín, Tuerto o NajeriIla; pero el primero se hallaba relativamente lejos y como el Tuerto era de caudal exiguo, aun teniendo limpios y cuidados sus cauces, en cuyos trabajos eran los árabes muy hábiles, sólo en casos de extrema necesidad podían servir para remediar la escasez del líquido elemento. La aguada o servicio de agua resultaba más práctico y seguro hacerla en el Najerilla, a cuyo efecto habían de construir o un túnel de comunicación desde el alcázar al río al que todavía es frecuente aludan los niños en sus conversaciones, o un muro, espolón o adarbe que, arrancando de la muralla, llegara a la torre más próxima al río, la llamada torre albarrana. ¿Podrían ser los pocos restos de muralla hoy existentes, embebidos en algunos edificios de la antigua Plaza de las Posadas y de la calle Villegas, o los que enfilan la calle de la Judería, restos de la torre albarrana y de la coracha o muro que protegía a los aguadores de posibles ataques en días de asedio?

¿La Cárcava, cava o foso y el canal que la une al río Najerilla servirían de embalse para las aguas de lluvia en tiempos de los moros?

No es posible descubrir ni hallar vestigios que nos den idea de las torres, postigos, buardas, cadahalsos y bastidas de las murallas y defensas moras.

Para completar el cuadro natural en que se desenvolvía la vida de la Alta Edad Media en la comarca najerina, todavía ocupada por la grey agarena, ofrecemos un esquemático panorama de lo que podrían ser el medio rural, las aldeas, alquerías y mansiones que rodeaban a la ciudad de Nájera y venían a ser, por tanto, su complemento paisajístico.

«La aldea, describe el medievalista Dr. Suárez, ocupa el centro de los sembrados. Más allá están los bosques, el río, el pantano y el matorral, aprovechables también, porque proporcionan la caza, la pesca y el alimento del ganado, en especial de los cerdos». En nuestro concreto caso, los bosques cubrían las colinas y cerros; el río es el bravo e indómito Najerilla, con sus frondosas alamedas y más allá se hallarían las tierras de labor con sus aldeas y en los montecillos, el bosque de encinas con abundantes piaras.

«La labor más importante, prosigue el ilustre historiador, y con ello las mejores tierras, se dedican al cultivo del cereal, trigo, cebada o centeno, que en la mesa de los pobres constituye la base absoluta de la dieta. Después de la cosecha los campos se abren a los rebaños». Abundante el ganado ovino de buenas carnes y sedosas lanas; numerosas las reses de vacuno para tiro, leche y carne, con lo que se abastecerá el macelo del Castillo.

«El prado y el viñedo ocupan una extensión reducida», que aumentará con la repoblación, pues «es honor para los monasterios o los nobles dar buen vino a sus huéspedes». Será enaltecido, años después, por el astro de Berceo y constitúyese en precursor del mundialmente famoso Rioja. Es muy posible que las mejoras en la alimentación influyeran en la demografía y que la paz y la protección de las armas aumentaran la densidad de población; pero aun quedarían amplias zonas despobladas, pese a la tendencia general al aumento de la densidad.

«El rendimiento de las cosechas es muy escaso aún: la mayor parte del grano recogido ha de servir de simiente en seguida. Los pequeños cultivadores empiezan a arrancarse de la inveterada pobreza».

La familia, restringida, había acabado por imponerse como célula esencial. Un manso, o hof o hide, según las regiones, era la tierra necesaria para el sostenimiento de cada familia y al mismo tiempo la que tenía capacidad de trabajar; su extensión normal era de 120 acres, siendo el acre la arada de un par de bueyes en una sola jornada. La obrada es la unidad de trabajo y medida en las viñas. En las grandes explotaciones el mayor problema era el poder disponer de mano de obra. Los musulmanes la obtenían de los cautivos cristianos. En el siglo IX la esclavitud estaba en trance de desaparecer y no se podía contar con asalariados. Los señoríos, encomiendas o indominicatum se valen del asiento de campesinos libres o ingenuos y adscritos (serviles, unidos a la tierra con dos obligaciones: pagar un censo, canon o renta y prestar ciertos servicios o jornadas de trabajo en el predio del señor anubdas, ansanges y cargas).

Como el auto-abastecimiento no era posible en absoluto, hubo necesidad de implantar abundantes mercados semanales. Pero en el siglo IX, escribe el profesor Suárez, es evidente que los grandes señores, en especial los monasterios que contaban con directores más instruidos, hicieron grandes esfuerzos para bastarse a sí mismos. Nájera y Oña se extienden hasta el Cantábrico porque necesitan la sal para sus rebaños. A los monasterios mencionados habríamos de añadir los de Santa Coloma y San Millán, como más próximos a Nájera. Los documentos confirman el interés de la Abadía de Santa María la Real por obtener sal de las Salinas de Añana o de Herrera.

Junto a los extensos dominios señoriales, se hallaban las tierras alodiales, explotadas por propietarios libres con la ayuda de sus hijos y de algunos siervos.

Por su parte, don Claudio Sánchez Albornoz, ilustra la vida económica con magistrales pinceladas: «Perduró, dice, en la Edad Media un régimen de economía doméstica cerrada, de tipo señorial, en la producción, distribución y consumo. Una villa en el siglo X venía a ser un fundo de no gran extensión, algo semejante a una dehesa de labor, que era explotado por un muy reducido grupo de labriegos, en su mayoría no asentados en ella».

En nuestra región ni siquiera se puede conocer la importancia de las riquezas territoriales de los señores laicos o religiosos, por falta de estudios especiales, salvo lo que diremos de la reciente obra de García de Cortázar y Ruiz de Aguirre sobre el dominio del monasterio de San Millán de la Cogolla. En cuanto a los monasterios más poderosos como San Millán de la Cogolla, San Martín de Albelda, San Prudencia de Monte Laturce y a partir de los2, de Santa María la Real de Nájera, desconocemos la existencia de inventarias, tasas y valoraciones cuantitativas, si bien consta que eran muy ricos porque se vieron favorecidos por numerosas donaciones, franquezas o privilegios reales, como prueban las Colecciones diplomáticas.

En nuestro medio regional como en las tierras colindantes, pronto surgió una embrionaria economía de mercado y una incipiente industria artesanal que tuvo mayor representación en la ciudad de Nájera por su Importancia como sede de la Corte y Cabeza del reino. Sabemos que existían en ella herrerías, almazaras, trujales, tejerías, molinos y hórreos, así como cuberos, tiraceros, tejedores y otros artesanos, de la misma manera que existían en las aldeas próximas de Tricio, Cárdenas, Azofra, Santa Coloma, Somalo, etc., industrias artesanales abastecedoras de la sede real como macelos, ollerías, torneros, herreros, tiraceros y demás. Del mismo modo se iniciaron concentraciones de vendedores en los mercados principales de Albelda, Calahorra, Arnedo y Nájera e incluso tiendas para la venta permanente, como atestigua el Barrio de las Tiendas de Nájera.

La agricultura y la ganadería fueron las principales fuentes de riqueza. Los bosques eran de hayas, robles y encinas; abundaban las extensiones de monte bajo y matorrales de tomillo, romero, espliego, retamas, jaras, tamarices y arnajos. En el secano se cultivaban cereales, viñas y olivos; entre los cereales ya hemos visto que predominaban, el trigo, la cebada y el centeno. Había además campos de lino, otros de leguminosas y en los claros y calvas del bosque crecían las hierbas, destinadas a pasto del ganado, como los prados de las cimas montañosas, por encima de los límites del bosque.

En las riberas del río se impuso la horticultura y emplearon abundantemente el riego, en el que eran expertos los mozárabes y mudéjares, seguidores de los procedimientos árabes.

La ganadería alcanzó un desarrollo notable en las colonizaciones de los monjes, creándose aldeas de pastores en los altos valles y rebaños en los sotos y dehesas, donde se abastecían los monasterios de buenos ejemplares de cría, leche y trabajo, abundando en ellos los caballos, yeguas, mulas y asnos, así como ovejas, cabras y puercos. Constituía para los abades una seria preocupación el disponer de pastos en las tierras yermas, valdíos, sotos, montes, dehesas, etc. Según dice D. José Angel García de Cortazar el principal renglón económico lo constituyó para el monasterio de San Millán la ganadería y de ahí la necesidad de disponer de tierras de pastos y la aplicación del sistema de la trashumancia, de la que dan testimonio abundantes documentos. Por ellos sabemos de las posesiones que tenían los monasterios en Pazuengos, San Félix de Oca y San Miguel de Pedroso, en las que pastaban los rebaños del monasterio. De otras escrituras con acuerdos sobre el disfrute de hierbas y dehesas comunales, se deduce la necesidad de apriscos y de zonas de pasto.

En cuanto a los precios, señala Sánchez Albornoz, que los más elevados correspondían al ganado mular y caballar, que el vacuno oscilaba entre cuatro y doce sueldos, siendo el más corriente el valor de diez sueldos o modios por cabeza. En el valle del Najerilla abundaba más el ganado ovino, y en la Sierra de la Demanda, el caballar que alcanzaba precios oscilantes entre los 30 y 300 sueldos, variable, como es natural, para potros y yeguas. Los bueyes para tiro eran corrientes y su precio se hallaba por encima de los seis sueldos.

En el cartulario de San Millán consta que el monasterio de San Martín de Pontacre poseía, en el año 852, diez yugos de bueyes, 60 vacas, 20 caballos, 70 yeguas, 10 mulas y 2 asnos.

De las industrias extractivas sólo parece tener alguna importancia la explotación de las salinas y canteras. El hierro provenía principalmente de la Sierra de la Demanda y de Alava y aunque la mayor parte de los instrumentos y aperos se hicieran de madera, también había herramientas, carros, azadas, ruedas y otros útiles, además de armas, objetos de adorno y artículos para el culto que eran labores de la metalurgia y permitieron el desarrollo de las artes menores y suntuarias con la proligidad y perfección que hoy admiramos en los museos.

Mayor difusión tuvo la elaboración del vino en lagares con tórculos y prensas, conservándose los caldos en cuevas, cobas o apotecas, en cubas de roble, de capacidad variable y diversas medidas, como arrobas, azumbres, cántaras, cuartillas, etc. En Nájera y en las orillas del Najerilla existían varios molinos, el río Molinar, muelo o acequias cuyas aguas, derivadas del río principal, servían para mover las muelas. Los monasterios contaban con olleros, ferreros, siervos o libres, que atendían las necesidades del convento.

Mención aparte hemos de hacer a la industria textil, para cuyo consumo Nájera era un extraordinario mercado, por las necesidades de su abundante población en telas de seda, lino y lana, así como de paños, tapices, alfombras y colgaduras que eran indispensables en las viviendas, tanto en las de los nobles como en las plebeyas. El servicio del culto precisaba de frontales, manteles, velos, casullas, albas, hábitos y ropas talares en cantidades importantes. Los palacios reales y los de los nobles debían hallarse abastecidos de tapetes y manteles, servicios completos de comedor, abundante lencería, sábanas (líneas o línulas: de lino), colchas, cubrecamas, almohadas almohadones, plumatios, galnapes, superlectiles y mutas de lecto palleas y cuanto la moda exigiera de las elegantes e insatisfechas damas y doncellas. Gran parte de estas industrias tenían un sello oriental, las desempeñaron moros y judíos y las introdujeron los inmigrantes mozárabes.

El ajuar de la casa y el vestido promovieron necesariamente actividades artesanas y el florecimiento de talleres y obradores.

Lugar importante en los monasterios era el escriptorium, donde los monjes, copistas e ilustradores, miniaturistas y dibujantes, desarrollaron una actividad productora de códices, libros y pergaminos realmente sorprendentes.

Antecedentes y origen del Reino de Nájera

Existe un período de doscientos años, entre 711 y 918 aproximadamente, durante el cual los documentos fiables son muy escasos y las crónicas árabes y cristianas los refieren muchos años después. Esta circunstancia obliga al historiador a proceder con prudencia. Utilizando la fórmula de la escuela historiográfica catalana que fundara Vicens Vives, hemos de movemos en el área por ellos denominada Aproximación a la Historia.

Son los tiempos iniciales del siglo V111, cuando Tarik, Muza y Abdelaziz, en una campaña logística, invadieron España. En el año 714 eran dueños de Zaragoza y Huesca, indicio de la posible ocupación del territorio riojano. Dueños de la Península, pretendieron la expansión más allá de los Pirineos; pero Abd al-Rahmán el Gafequi fue derrotado y muerto por Carlos Martel en Poitiers, el año 732 y Ocba fracasó ante Carcasona, en el 740, lo que cortó las ansias expansionistas marroquíes.

En este período de dos siglos el proceso político responde a dos actividades esenciales, conocidas, con los nombres de Reconquista y Repoblación.

La actitud de los habitantes hispano-godos del valle del Ebro, con respecto a los conquistadores, se ajustó a tres formas distintas; la islamización y sumisión, para eludir el castigo de los conquistadores y sus impuestos, conservando el mando y el poder en sus tierras, aunque obedecieran al emir, como hicieron los Banu Qasi de Borja, el pacto con los árabes, pagando mayores impuestos por conservar sus creencias y jefes, aunque sufrieran vejaciones y malos tratos y resistir desde los refugios que les ofrecía el relieve y luchar por su independencia, actitud adoptada por la familia lñiga, desde sus dominios de Sangüesa y Aibar.

En este duelo de rivalidades y creencias encontradas se movió la obra de la Reconquista y la repoblación de los territorios que se iban recuperando en el valle del Ebro, a los que los árabes llamaron Velek- Asikia, tierra de regadío o tierra de acequias.

Diversas son las fuerzas que intentarán poner su dominio en estas ubérrimas tierras: de un lado los walíes, gobernadores y jefes militares de los emires cordobeses, para mante.ner el poder y la autoridad en la zona; la acción de los reyezuelos, renegados o no de Tudela, Zaragoza y Huesca; la acción expansiva de las tropas ultrapirinaicas de la dinastía carolingia con Carlomagno y Ludovico Pío, en sus intentos de apoderarse de Zaragoza y del valle del Ebro que fracasaron en episodios tan renombrados como el de la derrota de RoncesvalIes; y el empuje de la naciente monarquía asturiana que ya dio señales de su poder, con la expedición de Alfonso I por el valle del Ebro, el exterminio de la población mora y la liberación de los cristianos, a fin de reforzar sus fronteras, repoblando los territorios yermos y vacíos. Estas empresas se remontan a los tiempos de Fruela I, quien reprimió la sublevación de sus vasallos en Alava y la Bureba, llevándose consigo una doncella noble como prisionera, a la que después tomó como esposa y llamó Munia o Nuña, madre de Alfonso II, quien garantizó la seguridad de sus conquistas en La Rioja, encomendando castillos y tierras a capitanes suyos, en calidad de tenentes o gobernadores.

En Castilla era conde Rodrigo y favoreció con privilegios al obispo Juan de Valpuesta (año 812), cuyo monasterio desempeñó un papel importante en la repoblación de la zona occidental de La Rioja y de Alava. También Alfonso II mandó edificar iglesias y monasterios que actuaron eficazmente en la colonización de la zona reconquistada y prosiguieron la obra de la reconquista en el siglo IX Ramiro I y Ordoño I. En el primer año de su reinado (850) se sublevaron los vascones de Calahorra, el rey los venció y dejó sujetos a él.

Alfonso III el Magno se acreditó de varón guerrero y dotado de muchas prendas, reconociendo los cronistas sus campañas contra los moros, las alianzas con los francos y los pamploneses y la repoblación de importantes ciudades, así como la obra constructora de castillos, iglesias y monasterios. Entre sus magnates se cuenta a Odoarío, conde de Castilla y Berceo y a Diego Porcelos, fundador de Burgos por orden del rey. Las crónicas árabes refieren la ocupación de Oca, Nájera y La Rioja y su intento de ayuda en el cerco de Pamplona, quien resistió el ataque musulmán y no murió en él como erróneamente dicen aquellas.

García de Cortazar y Ruiz de Aguirre plantea una hipótesis sobre la procedencia de los primeros repobladores cristianos que se instalaron con el abad Vitulo en el valle de Mena y fundaron las iglesias de Taranco, Burceña y de San Emeterio y San Celedonio, quienes bien pudieran ser labradores de la zona de Calahorra y que con los cristianos de Briones, Alesanco y Cenicero, traidos por Alfonso I se establecieron en un principio en tierras alavesas, vizcaínas y de la Montaña, matrimoniaron allí y más tarde produjeron una corriente migratoria, de norte a sur, hacia el valle de Mena, San Miguel de Pedroso e incluso San Millán de la Cogolla.  

Es muy significativo que existiera, como atestigua un documento_ del cartulario de San Millán, una abadía de monjas cerca de Belorado, la de San Miguel de Pedroso, hecho que da base para suponer que el valle del Tirón y la parte del Ebro de este sector, habían sido repoblados y se consideraban suficientemente seguros como para ser residencia de religiosas. La acción repobladora se intensificó con Alfonso II, a fines del siglo V111, al liberar las tierras hasta el Ebro y colonizar el mencionado valle de Mena y los de Soba, Losa, Tobalina y Petralata, origen de La Bardulia, y al instalarse los cristianos más al este, sobre Miranda y las Conchas de Haro, las defendieron fortificándolas con los castillos de Bilibio, Término, Lantarón y Buradón y las colonizaron, surgiendo así monasterios y aldeas en lo que vino a ser Miranda, Valpuesta y Armentia que contaron con infatigables abades, como Vitulo y Avito y los obispos Juan de Valliposita (Valpuesta) y Fredulfo.

Los monasterios no sólo fueron casas de oración, sino que a su condición de centros espirituales y de cultura, unieron su actividad colonizadora con el asentamiento de la población, la roturación de los campos y su transformación en tierras de labor, huertas, viñedos, dehesas y prados.

Ya en los comienzos del siglo IX, se implantó la presura en el valle del Ebro, desde Brañosera hasta Puentelarrá y pronto se extendió hasta las tierras de las Conchas de Haro y los valles del Bayas, de Cuartango y aledaños, interviniendo en la obra repobladora también los condes e infanzones, autorizados por los monarcas, entre ellos los magnates Nuño Núñez, Fernidandus, Gutina, Gundesindo, etc.

Los monjes y los colonos, siervos y libres, fueron en su mayoría montañeses de Asturias y Santander, alaveses y riojanos.

La colonización de los valles del Tirón y del Oja tuvo una índole especial por el asentamiento de monjes y colonos, algunos de habla euskara, alaveses y vizcainos que al ocupar el yermo estratégico y establecerse en las altas tierras de bosques y prados, dedicados al pastoreo se vieron en la perentoria necesidad de dar nombres a los lugares ocupados, montes y ríos y de ahí la toponimia euskara que aún existe y que se conservó como consecuencia del aislamiento en que vivían. No pocos de los monjes serían bilingues y utilizarían el euskara para entenderse con sus colonos euskos, así como emplearían el latín culto y vulgar, en los actos de la liturgia, en sus escritos y en sus conversaciones con otros monjes y con los colonos agrícolas. La topografía, el aislamiento en valles altos, espesos bosques y fuera de caminos frecuentados o de rutas militares, juntamente con su economía autárquica y la dificultad de relacionarse con quienes no entendieran su lenguaje, explican la pervivencia de éste. Los pobladores de la zona cultivada y agrícola siguieron la evolución general, en cuanto a la lengua y la cultura.

Con Alfonso II y Ordoño I prosiguió la repoblación, se extendió a otros lugares y así se mencionan otros abades: Paulo y su sobrino Munio y Rodanio, los condes Fernando y Rodrigo; se fortificó Frías, se asentaron en la Bureba, pasaron el Ebro y se construyeron los monasterios de Tejada, en Valdivielso y de Obarenes, cerca de Término o Santa Gadea y alzáronse castillos que van desde Amaya e Hitero del Castillo hasta Oca.

Con Alfonso III, desde el año 873 la colonización progresa, destruyó la fortaleza de Ibrillos en la frontera riojana, autorizó las repoblaciones de Diego Porcelos, ya mencionada y el asentamiento de cristianos en el Arlanzón, el Tirón y el Oroncillo. Proliferaron las colonias alavesas con el conde Vela Jiménez, quien se instaló en Cellorigo y favoreció la expansión desde el Gorbea a los valles del Bayas y el Zadorra y a los términos de Miranda, Orón y Montes Obarenes. A fines del siglo IX, se afincaron los cristianos en Cerezo de Río Tirón y en Grañón.

Las poblaciones importantes de La Rioja Alta, incluida la zona alavesa y el actual Condado de Treviño, estaban en poder de los cordobeses y las tenían fuertemente guarnecidas, en condiciones de poder resistir los ataques de las tropas cristianas, sirviéndoles de bases militares y puntos de partida para sus razias y algaras, como sucedía con los castillos riojanos de Nájera, Viguera, Albelda y Arnedo, entre otros.

Ya los sucesores de Nuño Núñez de Brañosera habían restablecido la fortaleza de Castrogeriz (Castro Sigerici), desde el año 880.

Los cordobeses reaccionaron ante la actividad repobladora de los castellanos y Almondir, en el verano del año 882, lanzó sus tropas contra Muza de Zaragoza, aliados de Alfonso III, atravesó La Rioja y penetró en la Bardulia por su frontera oriental. Resistieron el ataque Vela Jiménez desde Cellorigo, Diego Porcelos se acogió al castillo de Pancorbo, pero Nuño Núñez tuvo que abandonar Castrogeriz y otro tanto debieron hacer los defensores de Burgos. Repitió Almondir la expedición de castigo al año siguiente; pero resistieron con éxito las guarniciones de Cellorigo, Pancorbo y Castrogeriz por lo que firmó un tratado con Alfonso III, respetando la tregua y reconociendo el dominio cristiano sobre la ruta militar que él venía utilizando, a través de Castilla, para combatir a los leoneses.

Si bien el tratado detuvo la expansión cristiana, permitió asegurar las fortalezas y consolidar los repoblados. Se fundaron los monasterios de Cardeña y Saldaña, renacieron ciudades como Simancas, Zamora y Toro, en el baluarte oriental destacó la fortaleza de Grañón y en la línea del Arlanzón se construyeron torres, castillos y castros que aseguraron las tierras del interior, en las que aún quedaron valles desierto, aldeas arruinadas y campos yermos. La muerte de Alfonso III no detuvo la conquista y repoblación del Arlanza al Duero que sería obra de los reyes García, Ordoño II y Fruela II.

Las relaciones entre el reino de León y el de Pamplona favorecieron la obra de la reconquista y la repoblación, fomentadas aquellas por la política matrimonial de Alfonso III, pues su hijo Ordoño II casó con Sancha, hija de Sancho Garcés de Pamplona; Alfonso IV lo hizo con Oneca y Ramiro II se desposó con Urraca, hijas ambas también de Sancho Garcés. Del primero de los matrimonios citados nació Ordoño IV el Malo y del segundo, Sancho el Craso. La disputa entre ellos por el reino de León 111 orientaron la política de los reyes de Nájera y de los condes de CastilIa, como veremos en el lugar oportuno.

Los antecedentes de Reino de Nájera se remontan al primer tercio del siglo V111, cuando importantes familias cristianas hispanogodas del norte y del valle del Arga mantenían relaciones políticas y familiares con los Banu Qasi, renegados que mandaban en Borja, Tarazon y Tudela, en rebeldía o bajo la obediencia de los emires de Córdoba, según sus conveniencias.

Cuando los pamploneses dieron muerte a Mutarrif, hijo de Muza ben Fortún, eligieron como jefe a uno de los suyos, llamado Velasco. Otro caudillo pamplonés, lñigo Arista, se enfrentó a Velasco y buscó la alianza con los Banu Qasi, casándose con la viuda de Muza ben Fortún y concertando el de su propia hija Assona con el hermano de Mutarrif. Con esta alianza se aseguró en Pamplona el inicio de un reino, al que los cronistas llaman de los reyes de las montañas, de los pamplonicas o de los pamploneses, el cual prevaleció sobre las presiones carolingias, la influencia astur-Ieonesa y las veleidades de los Banu Qasi, viniendo a ser, según expondremos más adelante, el antecedente del Reino de Nájera.

Los moros dieron muerte en el valle de Aibar a García lñiguez y a éste le sucedió Fortunio, padre de Oneca o lñiga. Habían sido llevados en rehénes a Córdoba, donde Oneca casó con Abdalla y fue la madre de Muhammad, padre a su vez de Abd al-Rahman III. Liberado Fortún el Tuerto, retornó a Pamplona y ocupó el trono; pero tuvo dificultades con Muhammad Banu Qasi, quien se alió con los cordobeses, dio paso libre a los moros por La Rioja, apresó a su tío Ismael y a dos de sus primos, hijos de Fortún Ibn Muza, en la batalla de Calahorra y los encerró en el castillo de Viguera. Mandaba Muhammad en Tudela, Arnedo y Tarazona, fortificó los castillos de Nájera y Tudela; pero fue muerto a traición en el arrabal de Zaragoza y le sucedió su hijo Lubb.

Los Banu Qasi ampliaron sus campañas al Pallars y Luesia y los pamploneses conquistaron San Esteban de Deyo (Monjardín) y ambas márgenes riojanas del Ebro, fortificaron Cárcar y Calahorra, mientras García el rey de León atacaba Arnedo (914). Aquéllos se apoderaron una vez más de Calahorra. Yunus, hermano de Lubb, se hizo fuerte en Valtierra y Caparroso; pero su otro hermano Yunus, le arrasó Arnedo, Alfaro y Falces.

Sancho Garcés I (905-925) buscó la ayuda de Ordoño II de León (914-924), para avanzar Ebro arriba y ocupar La Rioja. Juntos atacaron sin éxito el castillo de Nájera; pero triunfaron en Calahorra, Arnedo y Viguera. Siguió combatiendo y tomando algunas fortalezas como Bilibio (antecedente de Haro), la zona de Nájera, Alfaro, Calahorra, Tudelas y además Tera, Agreda, Tarazona y diversas tierras hasta el Duero.

Sancho Garcés I, al extender sus dominios por las tierras de La Rioja, con el fin de defender mejor lo conquistado y aliviar sus tareas de gobierno, lo repartió con su hijo el infante don García, colocándolo en Nájera, donde le puso corte, quedándose él con la suya de Pamplona. Así se expresa Carlos Clavería y, en términos análogos el riojano Casimiro Govantes en su Diccionario.

A partir de esa decisión, ya se puede hablar del Reino de Nájera, siendo numerosos los testimonios documentales que lo apoyan.

Sancho Garcés, antes del año 924 en el que Abd al-Rahman 111 destruyó Pamplona hasta sus cimientos, residió en Calahorra y en Nájera. Pero esta ciudad le ofrecía mayor seguridad, ya que la Ciudad de los Mártires era presa codiciada de los musulmanes, ocupada y perdida en 914, ganada por los musulmanes en el 920 y se mantuvo musulmana hasta el 1045, año en que la reconquisto definitivamente García Sánchez, el de Nájera.

Las crónicas cristianas y las historias árabes han posibilitado la reconstrucción de este período de la Historia, que estaba lleno de conjeturas y suposiciones. Por ellas sabemos que durante los veinte años de su reinado no cesó de combatir contra los musulmanes, extendió sus dominios hasta el Gállego por el este y la raya con León en el oeste, mantuvo amistad con los tenentes de las fortalezas del bastión defensivo leonés y con la familia real leonesa, con la que concertó alianzas, selladas por medio de enlaces matrimoniales. Por estas razones y por hallarse enfermo, asoció Sancho Garcés a su primogénito, aunque de corta edad, en las tareas de gobierno y le dio las tierras conquistadas en La Rioja Alta con el título de Rey de Nájera, aunque esta ciudad y su fuerte castillo seguían en poder de los musulmanes.

La alianza entre Sancho y Ordoño permitió la recuperación de Nájera y Viguera, en el año 923, y la repoblación de sus tierras, afianzando la vida cristiana en la región. Ordoño restauró el monasterio de Santa Columba y lo entregó al abad Sumnio y a los monjes que moraban con él. Sancho Abarca a su vez fundó el monasterio de San Martín de Albelda, conmemorando el triunfo alcanzado en Viguera.

La ocupación de Viguera y la calidad de alguno de los prisioneros hechos, exasperó al califa Abd al-Rahman 111, quien lanzó una fuerte ofensiva contra el rey pamplonés, que ya no podía contar con la ayuda de Ordoño, su yerno, porque acababa de fallecer. Su acción fue rápida y decisiva, ocupó las plazas perdidas, que los cristianos se apresuraban a abandonar y llegó a Pamplona, que igualmente se hallaba desguarnecida. Un cronista árabe nos hace la siguiente referencia: Entró allí el príncipe en persona y después de haber recorrido la población dio orden de destruir todas las viviendas y una célebre iglesia que allí había servido a los infieles para sus prácticas religiosas, no quedó piedra sobre piedra (año 924). Siguió el emir su marcha victoriosa y entró en Calahorra, también desguarnecida, abasteció Valtierra y llegó a Tudela, donde permaneció algún tiempo y regresó a Córdoba. Como la expedición fue más una campaña de castigo que de conquista, pronto restableció Sancho Garcés sus antiguas fronteras y recuperó todos los castillos desde Nájera hasta Tudela.

Destruida Pamplona y habiendo pasado a ser Nájera el centro de la política y de las actividades militares con el rey García Sánchez y su tutor Jimeno, Pamplona vino a ocupar un lugar secundario, aunque el prestigio de Sancho Garcés se extendía desde León hasta Ribagorza, pasando por los condados de Vizcaya, Alava, Castilla y Ribagorza.

Los que recibieron con mayor entusiasmo a las huestes cristianas Iiberadoras fueron los muladies o hispano godos, convertidos al Islam, que no olvidaron nunca su primitiva condición, seguían hablando su lengua vernácula, enriquecida con arabismos que vendrían a enriquecer los dialectos romances. Los hijos de padre musulmán y madre cristiana tenían que seguir la ley, lengua y religión del padre; pero las madres siguieron añorando su antigua condición y fe que inculcaban a sus hijos.

El gran mérito de Sancho Garcés fue el haber extendido sus dominios desde Sobrarbe hasta más allá de Nájera, tener bajo su autoridad a Aragón, poseer la región de Deyo (Monjardín-Estella) y La Rioja con los castillos de Arnedo, Calahorra, Viguera y Nájera, así como las dos márgenes del Ebro y su valle desde montaña a montaña. Aun cuando perdiera Arnedo y Calahorra, dejó a sus sucesores marcado el camino de la reconquista, contó con parte de Gascuña y en la ulterior colocó a su hijo García el Curvo; pero el mérito político de este monarca consistió en la creación de un reino, el de Nájera, y el hecho mismo de ser él señor y gobernador, promotor de la fe y defensor del pueblo mereciendo el calificativo de Emperador Optimo.

El Reino de Nájera, que fundara para su hijo García Sánchez, nacía como un estado prestigioso y sólido, aliado y emparentado con condes y reyes.

García Sánchez, rey de Nájera (918-970)

El nuevo rey García Sánchez, durante su minoría, contó con la tutela de su tío Jimeno. Unió a su reino las tierras de Pamplona, a la muerte de su padre, pues en la donación que hizo el año 926 de las villas de Logroño y Asa al abad de San Millán Gomesano, dice imperar en el reino de Pamplona.

Del año 927 hay cuatro cartas reales, concediendo mercedes diversas a San Millán: en la primera, da al abad Gomesano el monasterio de Santa Agueda en Nájera, yuso la peña, entre el río Najerilla y el arroyo Molinar que corría a los palacios del rey; por la segunda, dona la iglesia de San Julián en Agreda, y la de Santa Cruz en Tarazona; en la tercera, le otorga la iglesia de Santa María de Tera, cerca de Garray, y en la cuarta, el monasterio de la Santa Cruz en Ciórriz, junto a Pamplona, escrituras que acreditan la recuperación de las tierras de Tarazona, Agreda, Garray y Tera, perdidas en las campaña de Valdejunquera, victoriosa para Abd al-Rahman, en el año 921.

Con su madre, doña Toda, hacia los años 30, entrega al monasterio de San Millán, lo que será la base de la riqueza y hasta el fundamento de su existencia.

Padeció el monarca najerino una crisis de poder en los años 931 al 933, en los que su tío lñigo pretendió arrebatarle el trono, si bien la superó por la energía y habilidad de su madre, la reina Toda, que contó con la ayuda militar de Abd al-Rahman 111, su sobrino-nieto.

García Sánchez, casado con Andrégoto Galíndez, es alabado en las crónicas cristianas por la liberalidad que usó con los monasterios de su reino. En el año 943 concedió al de San Millán con su esposa Teresa (tal vez nombre de la misma Andrégoto) Villar de Torre; en el 946, Cordovín, Barbarana y Barbaranilla (a orillas del Ebro); en 956, Logroño y Asa y patrocina la construcción de la enfermería de San Millán, antecedente probable del monasterio de Yuso, cuyo templo se consagraría el 984.

García de Cortázar nos proporciona en su obra El dominio del monasterio de San Millán de la Cogolla (siglos X a X111) interesantes datos sobre su riqueza y por ella sabemos que, entre 931 y 970, el monasterio de San Millán poseía cinco ermitas, diez iglesias, el monasterio de Salcedo, siete villas, ocho eras de sal, una casa, nueve vaquerizas o corrales y cuarenta hombres (siervos adscritos o libres).

En Nájera tenía el rey sus palacios y residía la Curia real. Pamplona -dice Lacarra- pasó a ocupar un lugar secundario por las destrucciones que padeció y por haber trasladado los reyes su residencia a Nájera y con ella la dirección política del reino. En la escritura de fundación de Albelda se manifiesta que García Sánchez mandaba en Nájera, en las tierras de La Rioja y en otras de la falda del Moncayo y la Crónica de Navarra hace "alusión a la extensión de sus dominios, por las tierras de Tarazona, Agreda, Garray y Tera, y a las del Ebro hacia sus fuentes (Rioja Alta y Alava), que se habían perdido en la jornada grande de Abd al-Rahman 111, en el año 924.

El tomo de los Concilios de AIbelda escribe de este monarca; que ejecutó muchas veces estragos sobre los sarracenos, y las crónicas cristianas recuerdan su presencia en la victoria de Osma y en la celebérrima de Simancas, donde a las huestes de Ramiro II, además de los castellanos de Fernán González hay que agregar las de Añava, Nájera y Pamplona que mandaba su rey García Sánchez, y en las que iba su madre la reina Toda, armada de caballero con su pesada cota y su ligera espada, según la describen los anales de Saint Gall.

El monarca najerino se distinguió por su valor en tales empresas y consiguió para sus huestes muchas riquezas en el botín.

En Simancas cayó prisionero Abuyaya, virrey de Zaragoza, voluble aliado de Nájera o de León, quien en esta ocasión servía al califa.

Durante 16 días, dicen los Anales Castellanos y la Crónica de Sampiro, fueron perseguidos y acosados los restos del ejército de cien mil hombres de Annásir, que tuvo más de treinta mil muertos en los campos de Simancas y muchos prisioneros. El califa pudo, no obstante, llegar a Mérida y Badajoz. La segunda batalla se dio en Alhandega, con éxito total del ejército cristiano. Se libró el 21 de agosto y los historiadores árabes, ocultando el desastre, la llamaron La jornada del foso.

Estas victorias proporcionaron algún tiempo de paz y tranquilidad al monarca najerino y a los leoneses, lo que les permitió la reorganización del nuevo Reino de Nájera, la repoblación de una parte del valle del Duero y la creación del obispado de Simancas.

En documentos de Leire se llama a la reina Andrégoto y en la donación del monte Abeito, Oneca o lñiga. Según el P. Moret, era una misma persona, Oneca de nombre, Teresa de sobrenombre y Andrégoto de patronímico, pues era hija del conde aragonés Andrégoto Galíndez; pero para otros autores, Andrégoto Galíndez y García Sánchez eran primos hermanos y este parentesco hace suponer que fuera la causa de la anulación del matrimonio y del repudio de la aragonesa, para casarse con Teresa, de la que tuvo a Ramiro, Urraca y Jimeno.

El Reino de Viguera

La reina doña Teresa,pretendió con la posible ayuda de castellanos y leoneses, que fuese su hijo Ramiro el que heredara el trono de Nájera, en vez de Sancho, hijo de la repudiada Andrégoto, lo que no logró; pero sí obtuvo que se concediera a su hijo la haereditas de Viguera.

En varios documentos figura Ramiro como Rey de Vecaria, y su

padre, en Nájera y Pamplona o reinando Sancho en Nájera y Pamplona y bajo su imperio, su hermano Ramiro en Vecharia et Leza.

Don Ramiro fue herido en la batalla de Estercuel; pero siguió confirmando documentos como los de San Millán, entre su hermanastro y la reina Urraca. Debió morir entre el 981 y el 991 y fue enterrado en el monasterio de San Salvador de Leire.

Tuvo Ramiro dos hijos, Sancho y García Ramírez, y ambos confirman con su padre las donaciones que éste hizo de Navardún al monasterio de Leire, en sufragio del alma de su hijo Ramiro (año 991).

En cuanto a Sancho, parece murió después del 997, ya que firma en escrituras de García Sánchez el Temblón de los años 996 y 997. Su otro hermano, García Ramírez, estuvo casado con Toda, de la que tuvo dos hijas, Toda y Fronila y parece murió antes del 1050, porque su yerno Fortún Sánchez, señor de Nájera, y su esposa, doña Toda, concedieron en dicha fecha a San Millán de la Cogolla la mitad de una villa en Santovenian por el alma de García Ramírez. Al no tener hijos los esposos Toda-Fortún Sánchez, revertió el reino de Viguera al de Nájera, en tiempos de Sancho III o de Sancho el de Peñalén.

El Castillo de Viguera, que se menciona en las crónicas medievales, con los nombres de Vecaria, Vekaria y Vecharia, ocupaba una posición estratégica en el valle del Iregua, por su emplazamiento y fácil defensa. Por él pasaba la antigua calzada romana que desde Vareia iba hasta Numancia y la utilizaban las huestes moras, juntamente con el camino que desde Osma, por Tarazona, conducía a Tudela, en ocasión de sus expediciones contra Calahorra y Pamplona.

Es muy posible que la creación del Reino de Viguera para Ramiro, no tuvo efecto hasta la muerte de García Sánchez. Las relaciones de aquél con Sancho Garcés fueron siempre cordiales, le acompañó a los combates, asistió a la Curia y firmó documentos, reconociendo en alguno de ellos estar bajo su imperio.

La opinión de Lacarra es que, al no haber descendencia masculina en la tercera generación, Sancho el Mayor obtuvo para sí el Reino de Viguera.

El Reino de Nájera se vio libre de las algaras moras por el parentesco de García Sánchez con Abd alRahman y la habilidad política de la reina Toda. Sólo se les vio intervenir en contra del emir cordobés en la tentativa de rebelión de los de Calatayud, el año 936, que constituyó un rotundo fracaso y en la que hallaron la muerte los caballeros najerinos, alaveses y pamplonicas que colaboraron en la revuelta. El califa, en venganza, desde Calatayud saqueó La Rioja Baja y la Ribera, amenazó a Pamplona y obligó a la reina Toda a pedir la paz.

Los efectos de las victorias de Simancas y Alandega se advirtieron en el reino de León, con el robustecimiento de la autoridad real en manos de Ramiro II frente a las aspiraciones del conde castellano Fernán González.

Fernán González reunía, en el año 931, bajo su mandato, pero con la anuencia real: Castilla, Lara, Cerezo, Lantaron, Cellorigo, Amaya y Alava, si bien en su fuero interno mantenía sus pretensiones a la independencia, titulándose, en una escritura del año 935, Conde por /a gracia de Dios. La organización que Ramiro II dio a su reino, afectó a Castilla, donde suprimió la diversidad de circunscripciones y las agrupó bajo un 5010 poder o señorío que encomendó a su cuñado Fernán González, con la denominación de Condado de Castilla, cuyo centro y capital fue Burgos, si bien sometido a la autoridad real.

Sandoval, el que fuera monje de Santa María la Real, cronista regio y obispo de Tuy, Pamplona, Valladolid y Zamora, al ocuparse del conde Fernán González y de sus luchas con García Sánchez, escribe que la causa fue que ambos pretendían La Rioja, como prueba el hecho de que en los mismos años haya escrituras en las que se llaman don García, rey de Nájera y el conde, señor de Nájera, y que el hecho de haber dos señores en la misma tierra, bastaba para explicar las rivalidades y pleitos entre ellos y que al final el rey, como más poderoso, se quedó con ellas y de este modo, de aquí en adelante le vemos reinar en esta tierra y tener en Nájera su casa y corte.

Fernán González favoreció al monasterio de San Millán, tuvo a este santo gran devoción, propagó su culto por Castilla de la que fue Santo patrono y procuró ganarse el afecto del abad y de sus monjes a fin de atraerlos a sus planes políticos.

Fernán González es uno de los héroes enaltecidos por la épica castellana y en torno suyo se han fraguado varias leyendas. Entre ellas la más novelesca es la que supone que Sancho Abarca peleó contra su yerno Fernán González y éste lo mató en el combate que tuvo lugar en los campos de Valpierre. Que el conde de Tolosa vino a vengar la muerte del rey; pero en la lucha con el conde también halló la muerte. Entonces doña Teresa, reina de León e hija del rey Sancho, engañó al conde, ilusionándole con la boda entre él y su sobrina Sancha, infanta de Pamplona e hija de García el Temblón. Concertadas las vistas en el lugar de Cirueña, a una legua de Santo Domingo, el rey acudió con gente armada y los sacó a la fuerza de la iglesia de San Andrés, en la que el conde se había refugiado, acogiéndose a sagrado, y lo encerró en el castillo de Castroviejo. La infanta Sancha, dolida de que por ella se viera en prisión, se ingenió para liberarlo y juntos escaparon y huyeron disfrazados. En un lugar boscoso y apartado toparon con un arcipreste que los reconoció y en pago de su silencio, quiso abusar de la infanta; pero el conde lo mató y en la mula del arcipreste siguieron su camino, hasta que se encontraron con un grupo de jinetes castellanos cerca de Nájera, quienes llevaban ostentosamente una estatua del conde y acudían a Iibertarle. Sandoval insiste en que son cuentos porque se mezclan personajes que vivieron en tiempos distintos.

Por otra parte, las relaciones del Reino de Nájera con el condado de Castilla arrancan del siglo IX. La primera mención de Castilla, se haya en un documento del año 800 y hace referencia a la comarca que tenía como centro a Espinosa de los Monteros y se extendía hasta Villarcayo y Medina de Pomar. Eran los años de Hisham I. En el año 814 dice un documento, salieron de Mallacoria los foramontanos y vinieron a Castilla. Los monasterios desempeñaron un papel protagonista en la repoblación, según hemos dicho del abad Vitulo y del obispo Juan, quien instauró la diócesis de Valpuesta, que se fusionaría con la de Nájera en el siglo XI.

Pérez de Urbel ratifica la opinión general de que los castellanos escogieron dos jueces: Nuño Rasura (el de Brañosera) y Laín Calvo. En los tiempos de Fruela I, entendían en los asuntos del gobierno, mientras los condes se ocupaban en los asuntos militares.

Las colecciones documentales testifican la existencia de una comarca regida por el conde Rodrigo y que fue Ordoño I quien ordenó a éste la repoblación y defensa de Amaya.

A pesar del desastre de la Morcuera siguió la repoblación en La Bureba y se fortificó la frontera desde Hitero del Castillo hasta Cerezo de Río Tirón, poseyendo entonces los cristianos Pancorbo, llave de Castilla.

Diego Rodríguez Porcelos, hijo y heredero de Rodrigo, sucedió a éste hacia el 873, repobló Ubierna y Burgos y favoreció la fundación del monasterio de Cardeña, adelantando la frontera castellana hasta el Arlanza. Según la crónica najerense murió el año 885.

En estos tiempos el reino de León había avanzado la frontera oriental, lindando con los moros que dominaban en La Rioja y el monarca leonés mandaba en los castillos de Cerezo de Río Tirón, Cellorigo y Bilibio que eran parte del baluarte oriental y le pertenecían Vizcaya y Alava.

Los monarcas leoneses daban a sus gobernadores y tenentes los nombres de iudices, potestates o comites, las tierras se ocupaban por el régimen de presura, la población se diferenciaba en nobles, colonos y siervos, y para facilitar la repoblación los reyes concedían cartas pueblas y fueros; los yermos y valdíos, eran rotulados (squalido) y los pobladores nuevos eran mozárabes, gallegos, asturianos, cántabros, alaveses y riojanos.

Las Villas eran poblados establecidos en zonas con agua y ocupaban colinas de fácil defensa; en las tierras de secano predominaban los vicos o aldeas. Los aldeanos disponían de una casa, huerto contiguo y tierras de sembradura propias, además de una participación en las comunales, llamadas compascua, fuera bosque, dehesa, río, pantano, etcétera.

Cada vico disponía de una castillo o fortaleza en el que hallaban refugio en caso de peligro (castillo, castro o burgo).

Los monasterios, que adquirirán fama extraordinaria en sus jurisdicciones de La Rioja, fueron centros culturales, focos de colonización, granjas agrícolas y ganaderas. Tenían escritorios, buenas bibliotecas, practicaban la catequesis, formaban sus clérigos y albergaban monjes arquitectos, canteros, escultores y pintores. El latín era la única lengua escrita y culta, pues el pueblo llano en las aldeas y zonas rurales, hablaba el latín vulgar que se convertiría en el sermo vulgaris o   romance.

Muertos los jueces castellanos, eligieron como jefe al conde Fernán González, hijo de don Gonzalo Núñez.

La campaña de Fernán González hasta Medina del Campo, se paralizó por las noticias que recibiera de las razias moras por La Rioja y cerca del castillo de Bilibio, se enfrentaron ambas huestes, venciendo los cristianos, como en la campaña de Salamanca, cercada y tomada por el rey de León y sus condes, entre los que iba el castellano, regresando aquél a su capital y el conde a Burgos.

Antes del año 912, había contraído matrimonio Fernán González con Sancha, infanta de Pamplona e hija de Sancho Garcés; viudo de ésta casó con Urraca.

La idea del imperio

La idea del Imperio, heredada de Roma y reverdecida por los visigodos, surgió con Alfonso II al proclamar el orden gótico, con su organización y sus valores como raíz de la monarquía asturiana. Así lo consigna el albeldense: el rey estableció todas las cosas, así en el orden civil como en el eclesiástico, según el orden gótico que había regido en Toledo. Al concepto Imperio se agregaron las notas de universal o católico, aplicadas al reino y éste se identificó con España.

Si con Alfonso III la idea imperial aparecía imprecisa y vacilante, sus hijos la consolidaron, empleando los títulos de Emperador y Gran emperador.

Frente a esta orientación política surgieron brotes de independencia, desde los tiempos de Fruela II (924-925) y Alfonso IV y una expresión patente fueron las rebeliones de Fernán González y Diego Muñoz, presos en León y Gordón, respectivamente. Por otra parte, las ideas políticas que bullían en el occidente europeo feudal arraigaron y tuvieron su expresión en el Reino de Nájera.

Esta puede ser la explicación de los motivos de Fernán González para buscar la amistad del rey de Nájera, frente a la presión del leonés y la alianza con la reina Toda contra Annásir; para titularse señor de Nájera, halagar a la comunidad de San Millán de la Cogolla con donaciones y a García Sánchez, rey de Nájera, contrayendo matrimonio con su hermana Sancha, viuda de Ordoño II y de Alvaro Herramelliz. El propio Ramiro II alentó el orgullo del conde castellano al nombrarlo Conde de Castilla, de Cerezo, de Cellorigo, de Lantaron, Amaya y Alava cuando impuso la nueva organización centralista. Apoyaban las pretensiones del conde los demás nobles castellanos, quienes, como dice el Tudense: «Conosciendo los propios derechos del rey Ramiro, sojuzgáronsele, mas apropiaron para sí algunas condiciones, otorgándoselo el rey».

Estas aspiraciones se vincularon en Fernán González, trascendieron a la masa popular y a la poesía épica, enalteciéndolo como gran señor y héroe de la independencia castellana, cuando la realidad fue bien diferente. Preso Fernán González envió Ramiro II a Castilla como señor, a su hijo Sancho, nieto de la reina Toda, acompañado de su ayo Assur Fernández, conde de Monzón y rival del conde preso. Volvió éste a la gracia del rey y le nombró Conde de Castilla (947) y la hija de éste Urraca, casó con Ordoño, hijo de Ramiro y de su primera esposa Adosinda.

Un episodio singular motivó la intervención del Reino de Nájera en la crisis leonesa, pues al morir Ramiro II (951), subió al trono Ordoño II1, pero Sancho, su hermano de padre, se alzó contra él apoyado por su abuela Toda, la reina de Nájera y por Fernán González, aunque era suegro de Ordoño. El rey de Nájera y el conde de Castilla se dirigieron a León para arrebatar la corona a Ordoño y entregársela a Sancho; pero fracasaron, Ordoño los expulsó de sus tierras, repudió a Urraca y se casó con la gallega Elvira, de la que tendría al futuro Bermudo II. Cambió Fernán González de parecer, se pasó al lado de Ordoño, retornó a la corte su hija Urraca y alejaron de ella a Elvira (954). Dos años después subió al trono Sancho, al morir su hermano Ordoño, quien por su obesidad fue llamado El Craso, pues tenía que ser ayudado para caminar, se hallaba incapacitado para montar a caballo y era inexperto en el combate. Fracasó en su campaña del 957 contra los musulmanes y Fernán González, ahora al lado de los nobles gallegos, se alzó contra él, obligándole a dejar León y poniendo en su lugar a Ordoño IV el Malo, hijo de Alfonso IV y de Oneca, hija ésta de Sancho Garcés y de Toda Aznárez, hermana de García Sánchez, de Nájera; Ordoño era jorobado y de cualidades morales nada recomendables, lo que no fue óbice para que Fernán González le apoyara y diera por esposa a su hija Urraca, la viuda de Ordoño.

El rey de Nájera intervino activamente en la política leonesa, asesorado por su madre, quien consiguió la ayuda de su sobrino Abd al-Rahman, y el califa le envió al médico judío Abu Yusuf Hasday. Este puso en tratamiento a Sancho y convenció a Toda y a García Sánchez para que fueran a Córdoba a sellar la amistad con un tratado. Merced a las buenas relaciones con Annásir, un ejército najerino y otro musulmán ocuparon León, pusieron en el trono a Sancho el Craso y el rey de Nájera venció y apresó en Cirueña a Fernán González, lo encerró en Pamplona y después en el castillo de Tobía.

Ordoño IV, abandonado de todos, halló refugio en Córdoba y murió poco después. Abd alRahman falleció el 16 de octubre del año 961 y le sucedió al Hakam II, quien reclamó la entrega de diez plazas fronterizas, como se había acordado en el pacto firmado con Sancho, y que el rey de Nájera le entregara a su prisionero el conde castellano; pero Ordoño y García Sánchez se negaron a complacerle.

García Sánchez liberó al prisionero y le dio por esposa a su hija Urraca y, el heredero del rey de Nájera, Sancho Garcés, contrajo matrimonio con la viuda de Ordoño IV, la mencionada Urraca, hija del conde Fernán González.

Una vez curado Sancho de su obesidad y colocado en el trono de León, reforzó su poder con la alianza del conde de Castilla, la del rey de Nájera y la de los condes de Barcelona, Borrell y Mirón. Exasperado el califa lanzó sus tropas contra ellos. García Sánchez y Sancho el Craso fueron batidos por el Tochibí Yahya ibn Muhammad. Los generales Galib y Said se apoderaron de Calahorra, la fortificaron y guarnecieron para garantizar su defensa. Por su parte, el visir de Huesca asoló la frontera, ganó cuantioso botín e hizo numerosos prisioneros entre los cristianos.

Nuevamente el rey de Nájera buscó la paz, a cuyo fin envió una embajada a Córdoba, donde la consiguió «no obstante, dice un cronista árabe, el retraso y mala fe que este monarca había demostrado últimamente.»

Muerto Sancho el Craso (966) le sucedió Ramiro II1, entonces de cinco años de edad, bajo la tutela de su tía Elvira (monja en San Salvador de León), quien reinaría hasta el año 985, con el apoyo de caballeros y magnates de Nájera, domiciliados en León.

El 22 de febrero del año 970 murió el rey de Nájera García Sánchez y algunos meses después