A)
los
orígenes latinos
Decía Quintiliano
(Institutiones,
I,
4, 19)
que
el latín no sentía necesidad de artículo: "noster sermo artículos non
desiderat". Esta declaración del retórico, exacta en cuanto se refiere a la
lengua literaria de su tiempo, ¿desdeñaba o ignoraba tendencias que
apuntasen ya en el coloquio llano? En el último cuarto del siglo xix y
primeros decenios del actual, Rónsch, Wólfflin-Meader, Lindsay y Salonius1
rastrearon presuntos indicios de artículo en textos latinos y creyeron
encontrarlos en Plauto, Nepote, Horacio, Petronio o Apuleyo; con pleno
desarrollo, en las versiones de la Biblia o en la
Peregrinatio ad loca sancta.
Entre los romanistas, Bourciez daba el
siglo
11
como
época en que empezó la "debilitación" de los demostrativos
ille
e
ipse;
Grandgent situaba en el siglo
iv la difusión del artículo, y von Wartburg, durante el bajo Imperio2.
Pero en
1919
Wolterstorff, aunque todavía inclinado a ver precedentes de artículo en
pasajes de Apuleyo o de otros autores donde es firme el valor deíctico de
ille,
reconocía que su conversión en verdadero artículo no se consumó en la época
latina propiamente dicha3. En
1932
Trager afirmaba que en el
siglo vil la evolución seguía inconclusa4. En
1929
y
1945
F. H. Muller sostuvo que, si
bien hay desde el siglo vi vestigios de las nuevas funciones que el
demostrativo podía desempeñar, el progreso de su transformación no se
manifiesta hasta la segunda mitad del siglo VIII5. Finalmente Löfstedt, en
1942,
sitúa la constitución del artículo en la época en que cada lengua romance
seguía ya su rumbo particular, no en el latín vulgar común a toda la Romanía6.
Esta reacción obedece en
primer lugar a un análisis más escrupuloso de los pretendidos ejemplos
latinos de artículo: se ha advertido que en muchos de ellos
ille
o
ipse
conservan plenamente su
función demostrativa. Lindsay creyó encontrar en Plauto un antecedente del
italiano
il mió mendico:
"Vosne
ego patiar cum mendicis nuptas, me vivo, viris? -Placet
ille
meus
mihi
mendicus;
suos rex reginae placel"; pero
lo que la joven de Plauto quiere decir aquí es 'a mí me gusta ese mendigo
mío', con clara referencia demostrativa a los
mendici
viri
recién mencionados
despectivamente por su padre7. Muy traído y llevado en
controversias sobre el artículo y sus funciones ha sido otro ejemplo
indudable de
ille
demostrativo, esta vez de Petronio: sirven a la mesa un jabalí con su piel
y rodeado por una jauría; al trincharlo salen volando del vientre del animal
multitud de tordos, y Trimalción exclama: "Etiam videte quam
porcus ille silvaticus
lotam comederit glandem!"
¡Mirad también qué exquisita bellota había comido aquel jabalí!"; la
presencia del jabalí obliga a reconocer en este caso el valor deíctico de
ille6.
Lo mismo que en el citado
lugar de Plauto ocurre en uno de la ítala, "exiit ergo Petras
et
ille alius discipulus",
donde
ille
apunta hacia una mención
anterior: "venit ad Simonem Petrum et ad
alium discipulum
quem amabat Iesus"9.
En la Peregrinado,
donde el empleo
adnominal de
ipse
e
ille
es
abundantísimo, casi siempre se da en la anáfora, cuando el demostrativo
acompaña a un sustantivo mencionado o dado a entender antes ("nam et
ecclesia ibi est cum
presbítero.
Ibi
ergo mansimus in ea nocte, et inde maturius die dominica cum
ipso
presbítero..
. coepimus ascenderé montes",
m,
1);
o en
la catáfora, cuando anuncia lo que se dirá más tarde, sobre todo con el
antecedente de un relativo ("per
ualle illa, quam
dixi",
I,
I;
"peruenimus in
summitatem illam
montis Dei sancti Syna,
ubi
data
est lex", III,
2).
El
reconocimiento del carácter demostrativo en estos y otros ejemplos que se
habían tomado como de artículo ha sido consecuencia de la creciente
importancia concedida por la lingüística al elemento deíctico, tanto en la
situación o conjunto de circunstancias que encuadran y condicionan el
enunciado cuanto en las referencias dentro del discurso, campo de la anáfora
y la catáfora: demostrativos, relativos y conjunciones son las piezas
imprescindibles en este juego de flechas destinadas a orientar
en el contexto10. En el artículo romance el uso anafórico no es
exclusivo, pero sí fundamental: "Pedro venía con un amigo;
el
amigo se detuvo mientras Pedro
se adelantaba". Indudablemente no hay solución de continuidad entre este
empleo y la anáfora latina, en la cual intervenían
ille
e
ipse
al igual que los demás
demostrativos dentro de los límites que imponía el tipo de señalamiento
peculiar a cada uno. Ahora bien, después veremos textos castellanos del
siglo xiii con profusión de anáforas que se valen de plenos demostrativos,
cosa perfectamente posible hoy en determinadas circunstancias del discurso.
Lo difícil, pues, es precisar cuándo deben interpretarse como demostrativos
los
ille
o
ipse
adnominales que aparecen en anáforas y cuándo han de interpretarse como
artículos; la mayoría de los ejemplos latinos que se han alegado como de
artículo admite las dos posibilidades. No cabe decir que la frecuencia de
ille
e
ipse
denuncie por sí misma una debilitación de su valor deíctico, pues la
multiplicación de instrumentos señaladores obedeció a la intensificación
expresiva que tantas otras manifestaciones dejó en el latín vulgar.
El
estudio de Trager sobre el uso de los demostrativos latinos hasta fines del
siglo vi no deja lugar a dudas: desde los últimos años del iv la literatura
registra un gran aumento en el número total de demostrativos, que casi llega
a duplicarse. A cifras relativas de
482
en
Petronio,
491
en
Tertuliano o
412
en
Ammiano Marcelino corresponden
860
en
las
Confesiones,
945
en la
Ciudad de Dios
y
961
en epístolas de San Agustín,
652
en
epístolas de San Jerónimo,
759
en
la Peregrinatio,
etc. (Trager,
pp.
187-188).
Aparte quedan las versiones de la Biblia, cuyos elevadísimos índices
(1008
y
1032
en
pasajes de la ítala,
1159
y
1047
en
la Vulgata) se deben a una traducción literal tan ceñida que representan con
demostrativos latinos el artículo del texto griego
(ibid.,
p.
139).
Este
acrecimiento general en la literatura latina tardía no fue exclusivo de
ille
e
ipse,
los
dos demostrativos de que procede el artículo romance:
is
e
hic
seguían siendo los
demostrativos más comunes, incluso en los escritores del siglo vi. Pero tan
significativo como el total aumento de frecuencia es el cambio en la
proporción entre usos adnominales y usos pronominales. Aunque el número de
los demostrativos pronominales es casi siempre más alto, la relación entre
las cifras de ambos empleos para cada demostrativo experimenta notables
alteraciones con el correr del tiempo:
is
decae ostensiblemente
como adnominal (hay textos que
no ofrecen un solo ejemplo), mientras los demás aumentan sus apariciones en
esta función:
iste, ille
y
sobre todo
ipse
son
los más beneficiados, aunque también
hic
sustituye al
is
adjetivo (Trager,
pp.
187-188).
En
la Peregrinatio,
único texto con más
demostrativos adnominales que pronominales, la superioridad de los primeros
se da tanto en
iste
como
en
ille
e
ipse,
si
bien estos dos últimos son los más numerosos. Hay que desechar la idea de
que
ille o ipse
hubiesen sufrido ya decisivo menoscabo de su fuerza deíctica. Cuando la
autora describe lugares y episodios vistos o vividos en experiencias
concretas, la vena de demostrativos adnominales se hace irrestañable; así
ocurre, por ejemplo, al describir el Sinaí, lleno de reminiscencias bíblicas
puntualmente localizadas, al hablar de los caminos seguidos en la fatigosa
ascensión al sagrado monte, o al referirse a los anacoretas que le sirvieron
de guía. Entonces se apiñan los ejemplos de
is,
hic, ille
e
ipse.
En cambio el empleo de los
demostrativos amengua notablemente cuando se describen ritos y prácticas
piadosas como fijado proceder de personajes genéricos, no como cosa vista en
determinada ocasión y realizada por determinados individuos
(ibid.,
pp.
20-49).
Los verbos de estos pasajes no están en los pretéritos con que la narradora
cuenta sus recuerdos de lo vivido, sino en presente habitual, como
corresponde a actuaciones siempre repetidas de obispos, presbíteros,
diáconos o fieles como tales, sin interés en sus personas.
El
hecho expresivo que se advierte en la
Peregrinatio
se observa también en San Agustín y antes en Tertuliano11.
Tanto en la vehemencia de las apologías como en la predicación a las masas,
la literatura cristiana daba acogida a los demostrativos prodigados como
ademanes verbales en el coloquio popular. No es que haya absoluta
correspondencia entre la religión de los escritores y su aceptación o
repulsa de tal pleonasmo afectivo, que en último término dependían del gusto
lingüístico de cada cual. San Jerónimo emplea menos demostrativos que San
Agustín, sobre todo en función adnominal, de acuerdo con la mayor exigencia
que otras veces muestra en materia de lenguaje12. Pero si ello
prueba el carácter vulgar del uso que San Jerónimo rehuía, la atención a
elegancias formales era excepcional en los escritores cristianos, que por lo
general la juzgaban contraria a las necesidades y al espíritu de su
doctrina. Sabido es que el mismo San
Jerónimo soñó merecer castigo
celestial por haberse preocupado excesivamente de primores estilísticos. San
Agustín y otros propugnaban el abandono de prejuicios doctos para que la
exposición fuese más asequible a las gentes y más eficaz13: no
podían desaprovechar la multiplicación de demostrativos, sencillo recurso
para acentuar la vivacidad expresiva de la frase, para dramatizarla.
Al
tiempo que aumentaba en frecuencia, el demostrativo se capacitaba para
nuevas funciones. No surgieron éstas de manera repentina, sino por
desarrollo progresivo. Hubo de aflojarse poco a poco el vínculo de
ille
con
la idea de lejanía, o el de
ipse
con
la de identidad, para que uno u otro sirvieran a una distinción que el latín
no había establecido antes. Mediante la ausencia o presencia de
ille
o de
ipse
junto al nombre se iba a indicar si éste se tomaba en sentido categórico,
como expresión de una noción virtual, o si, actualizado, se refería a seres
o entidades existentes, a procesos o fenómenos que tienen lugar en la
realidad. Este cambio funcional es el más importante en la serie de
transformaciones que renovaron por completo el sistema deíctico en el paso
del latín al romance14, y ocurrió principalmente en la anáfora.
Wolterstorff y Löfstedt trataron de puntualizar los casos concretos en que
más fácilmente pudo producirse; pero guiados por la idea de que el artículo
nació por debilitación del demostrativo, buscaron las construcciones donde
éste parecía menos necesario, bien porque el carácter del nombre fuese
bastante para individualizarlo, bien porque hubiera otros determinativos.
Así adujeron agrupaciones como
ille alter, ille alius,
que de significar 'aquel otro'
pasaron a valer 'el otro';
ille
con
comparativos y superlativos, determinados por su misma superioridad o
"inferioridad respecto al término de la relación gradual ("earum hic
adulescens alteram efflictim perit. .'.;
illam minorem
in concubinatum sibi volt
emere miles quídam", Plauto,
Poenulus,
98,
102);
con
otros calificativos en distribuciones y contrastes ("mela bene matura in
arbore, quae dulcía sunt, bona sunt; nam
illa
acida
non sunt congrua", Antimo);
usos en que
ille,
para
evitar una repetición, representaba al sustantivo que se había mencionado
antes ("nam et 'odor' urbanitatis et 'mollitudo' humanitatis.. . et 'dulcitudo'
orationis sunt ducta a ceteris sensibus;
illa
vero oculorum multo acriora",
Cicerón,
De oratore,
III,
40,
161);
cuando, sin mención anterior expresa,
ille
daba a entender que la persona
o cosa a cuyo nombre acompañaba era conocida de todos
("ille
Iupiter",
"ille
rex Philippus", Plauto), etc.
Fuera de la anáfora, Wolterstorff y Löfstedt se fijaron en traducciones
donde el demostrativo calca el artículo griego;
en su empleo para poder declinar nombres invariables
("huic
Jacob"); en sustantivaciones
de infinitivos
("hoc
non
doleré",
"illum
aemulari", Cicerón; "nostrum
istud
vivere triste", Persio); y en aposiciones del tipo "Valerius
ille
Publicola" o "Macario
illo
maiore".
Es
muy poco probable que, fuera de la anáfora normal, por ninguna de estas vías
concretas se llegara a originar el artículo romance. Nótese que en casi
todas las construcciones románicas continuadoras de las latinas recién
enumeradas el descendiente de
ille
no
tiene función de artículo adnominal, sino pronominal sustantiva: "de las dos
hijas,
la menor",
"las
frutas dulces y
las ácidos",
"las
sensaciones de otros sentidos y
las de los ojos",
"Castilla
la
Nueva".
En alguna de ellas el francés
y el italiano emplean demostrativos inconfundibles
(celles
des yeux, quelle degli occhi).
Respecto a los infinitivos
sustantivados, no hay por qué pensar en "debilitación" de los demostrativos
acompañantes cuando nosotros diríamos igual que Persio
"este triste vivir
nuestro" y cuando la
literatura española de todas las épocas abunda en ejemplos análogos. Por
último, el uso de artículo con nombres propios tiene grandes limitaciones, y
aunque no faltan casos en que sé usa para dar idea de que se trata de
alguien o algo consabido o célebre, alterna entonces con los demostrativos
("ese
Roldan paladín" del Romancero).
No,
la suerte de los demostrativos latinos no consistió en una desvaloración, ni
fue resultado fortuito suyo la formación del artículo. En el lenguaje no hay
evoluciones ciegas ni hallazgos debidos al azar. La proliferación vulgar de
instrumentos señaladores, originada por afán expresivo, servía para
presentar seres y objetos en relación con las circunstancias y el punto de
vista personales. Mediante su empleo o ausencia el nombre quedaba ligado "a
una nueva entidad subyacente, «el hablante», la persona humana que se afirma
bajo la ola movediza del lenguaje, dando así a la lengua un acento personal
nuevo que contrastará grandemente con el carácter impersonal del latín"
(Muller,
L'époque,
p.
286).
El hablante, al referirse a
las realidades presentes en su espíritu, las puso de relieve empleando
primero unos u otros demostrativos; después especializó para esta función de
"acento sintáctico"15 los dos que más fácilmente podían dejar sus
funciones antiguas:
ille,
no
conectado con la primera ni segunda persona, se eximió de la notación de
lejanía para hacerse puro signo de referencia anafórica;
ipse,
que dejando la nota de
contraposición, se acercaba a
idem
hasta confundirse con él16, pasó, de expresar la identidad de una
persona o cosa en dos menciones distintas, a indicar simplemente
que tal persona o cosa había
sido mencionada ya. Un nuevo paso, paso decisivo, consistió en la extensión
de
ille
o
ipse
fuera de la anáfora para "evocar cosas que el discurso no designa, sino
implica", no mencionadas antes, sino implícitas en lo dicho o relacionadas
con ello. Este nuevo valor "se desarrolló con el empleo de las implicaciones
más comunes, es decir, existentes no sólo en relación con un sujeto
especialmente informado, sino en relación con todo sujeto pensante"17.
Así la compañía o ausencia de
ille o ipse
junto al sustantivo fue marcando progresivamente la distinción entre
realidades actuales y conceptos virtuales; sólo desde entonces existió
propiamente artículo. En griego la formación del artículo, poco avanzada en
los poemas homéricos, fue concomitante del espléndido despertar en que el
individuo tomó postura ante el mundo para tratar de explicárselo18.
En latín, bien por responder a un desarrollo espiritual más lento
(Wackernagel,
p.
129),
bien
por su "obstinado conservadurismo y por la monumental firmeza de su
estructura" (Löfstedt,
Syntactica,
I,
p.
382),
no
se creó la nueva categoría sino cuando estaba ya abierto el proceso de que
iban a surgir las lenguas romances. El nacimiento del artículo en ese
tránsito respondió a la propagación de la espiritualidad cristiana,
vinculada a la relación personal del individuo con Dios y con el mundo.
Es
muy probable que en la lengua hablada el desarrollo del artículo hubiera
ocurrido antes de la época en que lo sitúan los estudios basados en
testimonios escritos. Aunque los textos literarios o notariales trasluzcan
algunos de los usos que se iban extendiendo en el coloquio, no registran
todos, y la intensidad de los que manifiestan suele estar muy atenuada. Por
ejemplo los fragmentos elegidos por Trager para sus estadísticas reflejan el
incremento de los demostrativos adnominales, pero no la decadencia de
hic,
indudable si tenemos en cuenta que ninguna lengua románica ha conservado de
él sino restos fósiles. El lenguaje de escritores -e incluso de
notarios-latinos tardíos experimentaba el peso de la tradición culta aun en
los casos de mayor descuido. La fecha del siglo VIII asignada por Muller y Pei
a la extensión del artículo en la Francia merovingia ha de entenderse válida
para una etapa muy adelantada: el artículo estaba entonces tan consolidado
en el habla, que la lengua escrita ya no acertaba a evitarlo. Sin embargo,
ciertos argumentos en favor de una datación más antigua necesitan ser
cuidadosamente revisados.
Como
prueba de que en el siglo vi el artículo tenía existencia reconocida en
latín vulgar y disponía de formas propias, distintas ya
de las del demostrativo, se ha
citado un aserto del gramático Cledonio: "Pronomina dicuntur et articuli et
demonstrationes. .. Pro articulis
tune ponuntur quando corripiuntur et nominibus iuncta fuerint; pro
demonstratione tune quando producuntur et adverbia faciunt loci"19.
Entre los gramáticos, según recuerda Gamillscheg20,
corripere
significaba abreviar las
sílabas o vocales largas;
producere,
alargarlas; por lo tanto no sólo habríamos de admitir que existía artículo
en tiempo de Cledonio, sino que con forma reducida ya, se oponía al
demostrativo, que había conservado sus formas plenas. Ahora bien, estas
frases de Cledonio están entresacadas de un pasaje lleno de interpolaciones
que no se refiere a un naciente uso de verdadero artículo, sino a otra cosa
muy distinta: para indicar el género del sustantivo al declinarlo era
costumbre escolar anteponerle el demostrativo
hic,
haec, hoc,
al modo que los griegos se
valían de ó,
ή,
τό.
La
correspondencia que en este empleo había entre
hic
y el artículo griego dio lugar
a que gramáticos como Donato y Probo trataran de establecer una distinción
entre los pronombres propiamente dichos, que iban solos, y los
articuli
o
articularia pronomina,
que acompañaban al nombre21.
Cledonio insiste varias veces en esta división22, que ni es suya
original ni tiene que ver con el paso de
ille
o
ipse
a la función de artículos.
Tampoco son concluyentes los argumentos de A. Dauzat23 para
deducir que el artículo existiera ya en el siglo v. Se basan en que el fr.
ant.
taie
'abuela' proviene de
atavia
con
separación de la
a
inicial, fundida con la final del artículo
(illa
atavia > *illa tavia);
y esa separación tuvo que ser
anterior al siglo vi, época en que está atestiguada la sonorización de las
oclusivas sordas intervocálicas. Pero ni la formación del artículo ni la
sonorización de la
t
intervocálica fueron hechos que ocurrieran de la noche a la mañana: si San
Isidoro usa
badare
por
batare,
no es el primero en registrar
sonoras por sordas; y éstas, por otra parte, en vez de desaparecer
súbitamente, siguen dominando en los documentos merovingios y en los
españoles de los siglos ix al xi; alrededor de
1100
las jarchyas mozárabes
recogían
matrana < maturana,
que hoy vive todavía en el
judeo-español de Salónica24; aun concediendo que la evolución
fonética del francés tuvo que ser mucho más rápida, no cabe duda que el
triunfo definitivo de las sonoras intervocálicas ocurriría en él tras largo
período de vacilación. Por otra parte ¿hace falta pensar en
illa
atavia
-con
illa
artículo ya- como único
sintagma donde se produjera la reducción
atavia > tavia?
Evidentemente no: igual pudo
ocurrir en
mea atavia, tua atavia, sua
atavia, illa atavia
con
illa
demostrativo, etc., etc. En
suma, los razonamientos de Dauzat no prueban nada.
Los raros testimonios vulgares
(sólo hasta cierto punto vulgares, pues al fin y al cabo son testimonios
escritos) que nos han llegado de la época visigoda parecen mostrar
considerable difusión del artículo. En una carta grabada en pizarra que un
tal Faustino escribe a su señor Paulo (siglo vii) hay varios
ille
y un
ipse
empleados con sustantivos que
se mencionan por primera vez, libres de anáfora: "per te ipsut
oliba illa
quollige"; "ut
ipsos mancipios
in
iuramento [peter]e debeas vt tibi fraudem non faciant;
illas cupas
collige. . . et uide
illas tegolas. . . Illum
Meracium
manda de tiliata uenire ut
ajvtet ibi unum quina de Siriola. ..
At
illa ammica
tua
oris dirige"25. Aunque pueda haber función demostrativa en
algunos de estos casos ('esos siervos', 'a ese Meracio'), en su mayoría
reclaman ser interpretados como ejemplos de artículo. Igual ocurre en una
extraña inscripción mágica grabada en otra pizarra algo posterior, al
parecer del siglo vni: "Omnes patriarcas. . . que
jlas
nub[e]s
c[a]ptis tinetis in manu
uestras..."; "ediciantur de uila e de
ilas
auitaciones
ejus"26.
B) "Ille"
e "ipse" durante los primeros siglos de la Reconquista
Durante el largo período en que los recién nacidos romances peninsulares no
gozaban de aprecio suficiente para dejar en la escritura reliquias
independientes del latín, el uso de
ille
e
ipse
en
los documentos notariales presenta muy distintas preferencias según las
zonas.Cataluña muestra hasta el
siglo xii marcado predominio de
ipse, ipsa,
de
acuerdo con la actual supervivencia del artículo
es,
sa
en la Costa Brava y en las
Baleares; en el siglo xii se inicia la reacción que había de dar a los
derivados de
ille (lu, lo, el, la)
su triunfo en el catalán
literario27. En el resto de la España cristiana
ille
prevalece claramente desde los
documentos más viejos; no obstante,
ipse
aparece con cierta frecuencia y en casos que requieren atención.
En el Centro y Occidente de la
España cristiana las escrituras de los siglos viii al xii ofrecen significativo
contraste entre las fórmulas de rigor, que se repiten sin uso anormal de
ille
o
ipse,
y
las cláusulas que el notario toma de sus otorgantes, donde tales
demostrativos surgen con profusión sin referirse a sustantivos mencionados
antes. Corresponde esto a la mayor espontaneidad y vulgarismo de tales
pasajes, pero también a circunstancias que favorecen el señalamiento
demostrativo. A veces la redacción de los documentos se hizo en el mismo
lugar que describen, y entonces nos hallamos ante una sencilla "demonstrado
ad oculos": así en una escritura ovetense fechada en
962:
"Vindo. . . quarta portionem...
in villa Pando,
hic
ubi
pater meus Leovinus abitabit, in ipso pomare cum suo fundamento. . . ;
hic
ubi
casas abui et
ipso
quintanare ubi illas sedent"28. Aun sin presencia física en sus
tierras, el que las dona o vende las ve en su imaginación y señala -mediante
lo que Bühler llama "Dei-xis am Phantasma"- el árbol aquel, las lagunas
esas, ese camino tantas veces recorrido. La situación se aproxima mucho a la
que hacía multiplicar demostrativos a la autora de la
Peregrinatio
cuando describía las cumbres y
valles del Sinaí. Véase un ejemplo del año 775 y de las proximidades de
Ribadeo: "locum que dicitur Lucís, determinatum de
ipsa
uilla ubi
ipse
noster mellarius abitauit
Espasandus, et per
illum
pelagum nigrum. .
., et per
illas
sasas alúas, et per
illa
lacuna usque in alia lacuna.
..,
et per
ila
lagenam et per
ipsum
uilare que dicitur Desiderii, et per
illum
arogium que dicitur Alesantiain.
. ., per
ipsa
strata qui eselude terminum"29.
Nótese que
ille
figura repetidamente ante sustantivo sin otra determinación; sólo una vez
sigue una oración de relativo
("illum
arogium que dicitur Alesantiam"); por el contrario, tres de los cuatro
sustantivos acompañados por
ipse
van
especificados por una oración cuyos introductores son* los relativos
qui, que, ubi.
Que
la referencia catafórica a un relativo favorece el empleo
de
ipse
es
cosa que parece comprobada por textos posteriores: "ut vinderem...
ipsa
mea
ratione
que
me
quadrat", "in villa quem dicunt Nembru.
..
ipsa
mea
ratione
que
me
ibidem competet",
948
y
949,
San
Vicente de Oviedo
(Cartulario,
pp.
12
y
13);
"adtestauit
ipsam
uillam
que
iacet ubi rio Medianus discurrit", "in
ipsa
uilla
quam
uocitant Petrauzos", en
escrituras portuguesas del siglo x, una sin fechar, otra de
99830;
"cerka ad
ipso
porto
ubi
ista aqua prendetis..
., ad
ipsa
presa
ubi
ipsa aqua filastes", hacia
1034,
León31.
La mayor frecuencia de
ille (o el) y
su
mayor despegue del uso demostrativo son evidentes. En un documento de San
Millán de la Cogolla, año
800,
se
cuentan
22
casos de
ille
con
valor de artículo
(18
de
ellos en primeras menciones), frente a 6 de
ipse,
alguno de los cuales merece
análisis: no es sorprendente la anáfora con
ipse
en casos como "ila serna.
.. iuxta
calzata
qui discurrit ad Sala, et alia
serna ad illa ponte iuxta
ipsa cálzata
qui
discurrit ad Sala"; pero en ocasiones no acompaña
ipse
a un término mencionado antes,
sino a otro que indica algo perteneciente o relativo a aquél: "et vadit
inter ambas ripas ad illa conliola et iuxta
ipso
arrogio de inter ambas ripas".
En total, tres de los seis
ipse
del
documento emilianense se dan en anáfora, ya exacta, ya "latu sensu", y otro
en catáfora42. En el Fuero de Brañosera, de
824,
es normal el uso de
ille
como
artículo;
ipse
figura sólo en dos anáforas y una catáfora33. Pasando a los
siglos x y xi, siete de los documentos publicados por Menéndez Pidal en sus
Orígenes del español
ofrecen exclusivamente
ille
o
sus descendientes romances; en los otros cinco documentos el predominio de
ille, el, la
es
absoluto, con muy frecuentes casos en que acompaña a sustantivos mencionados
por primera vez; cuando surge
ipse
es
en anáforas o con nombre seguido de relativo, salvo rarísimas excepciones34
Igual ocurre en las escrituras notariales examinadas por
Aebischer, Sacks y Bastardas35.
Por lo tanto
ipse
no
parece funcionar como verdadero artículo, sino como demostrativo anafórico o
correlativo. Menéndez Pidal nota que casi siempre se usa "con forma
enteramente latina, sin aspecto de romance; si a veces se halla
«yssa
vinea»,
«isso
prado». . . , la
i
denuncia el cultismo de esa forma; era, sin duda, un arcaísmo heredado del
latín vulgar", si bien la poesía épica conservó por muchos siglos después el
empleo de
esse
con
valor semejante
(Orígenes,
§
65). Este reparo final del maestro, unido a testimonios de documentos y
crónicas que después veremos, obligan a matizar aquí dos distintos aspectos
de ese arcaísmo heredado: por una parte, la forma semivulgar
yssa,
isso,
cuyo rasgo culto -la
i
latina- es habitual también en
iste,
que
en toda la época preliteraria sólo aparece con vocal romance en las Glosas y
en algún documento excepcional
(ibid.,
§ 681)
sin duda los demostrativos
pertenecían a los rudimentos de latín mejor recordados por los notarios. De
otra parte, hemos de considerar herencia del latín tardío la costumbre de
prodigar demostrativos, que no cesó con la creación del artículo, sino que
continuó vigente cuando éste existía ya, hasta época muy avanzada de la Edad
Media. Más adelante examinaremos ejemplos de los siglos XII y
xiii.
Basten ahora a título de muestra unas líneas escritas hacia
1030
en Castilla, llenas de
demostrativos anafóricos: ". ..
Et illas uineas per uindemiare, sic eas partiberunt illos jnfanciones de
Spelia. . .
Ipsos
jnfanciones de Spelia abuerunt fuero per anutba tenere in Gormaz et jn Oxima
et jn sancti Stefani; quando prenderunt
jpsas
casas mauros, mandau't domno
Sancio comite que tenuissent
ipsos
anutbas jn Karazo et jn Penna fidele"
(ibid.,
3ª
ed.,
p.
36).
Las Glosas Emilianenses y
Silenses, los primeros textos escritos en romance con plena conciencia y
propósito, no ofrecen otro artículo que
elo,
ela,
reducidos a
lo,
la
después de preposición o
fundidos con ésta en los conglomerados
eno,
ena, cono.
La extensión del artículo era
muy grande ya: no sólo se usa cuando puede tener un resto de valor
demostrativo, como en "por
lo
anno
pleno", GlSil.329,
sino también con sustantivos
tomados en sentido genérico ("non se cuempetet
elo
uamne en siui", GlEmil.68);
con adjetivos sustantivados
("a
los
misquinos", GlEmil.48,
"a
los
gentiles", "elos
predatores", GlSil.51,
174);
con abstractos
("elos
serbicios",
"ena
honore",
"cono
ajutorio",
"ena
felicitudine", GlEmil.18,
89, 123;
"de
la
lebatione",
"eno
periculo", "por
la
bebetura", "de
la
uergoina", "a
las
uoluntates malas",
"ena
pollutione",
"ena
sota", "de
la
famne",
GlSil.21,
47, 55, 171, 195, 231, 258, 340).
Se emplea cuando el sustantivo
es sujeto
("elo
terzero diabolo uenot", GlEmil.9), pero asimismo con el objeto directo
("tienet
ela
jnandatione", GlEmil.
89)
y
con el complemento preposicional, según manifiestan muchos de los ejemplos
que se acaban de citar. Las Glosas usan, pues, el artículo en circunstancias
donde había de tardar siglos en generalizarse. Parece como si los
glosadores, percatados de que el artículo era peculiaridad romance, no
quisieran omitirlo incluso en ocasiones donde aun ahora es potestativo36.
Es cierto que abundan también en las Glosas ejemplos sin artículo, pero no
pueden tenerse en cuenta, porque casi todos son en equivalencias léxicas que
pueden referirse a los significados virtuales de las palabras en sí, y en
este plano categórico y esencial no hay lugar para el uso del artículo,
instrumento actualizador. Cuando éste aparece es porque los glosadores,
siguiendo el contexto, actualizan las palabras refiriéndolas a realidades
existentes. La presencia de artículo en las Glosas es prueba de su creciente
extensión; las muestras sin él no revelan escaso desarrollo, pues casi todas
se darían hoy mismo en diccionarios y anotaciones textuales.
Igual que las Glosas, las
jarchyas mozárabes de los siglos XI al
xiii
sólo conocen como artículo el
procedente de
ille,
pero
con uso más restringido que en las Glosas. Aparece en casos donde la
situación o el contexto determinan la referencia del sustantivo, como al
mencionar partes del cuerpo: "¡Mamma, ayy habibi!
...El
eollo
albo,
[l]a
boquella
hamrella" ('¡Madre, qué amigo!
. . .El cuello blanco, la boquita roja",
33)37;
"¡Bon Abul-Qásim,
la faĉe
de
matrana!"
(36).
Lo
lleva también un nombre de festividad conocida: "Viened
la
Pasea"
(5). Pero frente a estos
cuatro ejemplos falta el artículo en
"coll'albo
quiered fora mió
çidi"
(11),
"enfermiron
uelyoš
[njidios"
(18b),
etc.; la ausencia de artículo ocurre insistentemente cuando un complemento
introducido por
de
determina al sustantivo: "con
filyo
d'Aben al-Dayyeni"
(1),
"como
rayo
de
šol yéšed"
(3),
"Non
dormireyo, mamma, a
rayyo
de
manyana"
(36);
es
cierto que en tal construcción la resistencia al artículo duró mucho en la
lengua general. Otro ejemplo chocante en que falta el artículo ante nombre
determinado por la situación, "mió al-habib est ad
yana"
('mi amigo está a la puerta')
tiene aún paralelos en el asturiano actual ("en carru" "en teyau" por 'en el
carro' en el tejado) De todos modos el contraste entre la
extensión del artículo en las
Glosas y la parquedad con que se da en las jarchyas, cien o doscientos años
posteriores, responde a la evolución más lenta de las hablas mozárabes y
acaso también al carácter elemental de todo lenguaje híbrido.
Glosas y jarchyas prueban la existencia de un artículo ya formado, que no
compartía su función con ningún demostrativo. Esto aclara definitivamente la
alternancia de
ille
e
ipse
en
los documentos notariales del Centro y Occidente peninsulares: no contendían
en ellos dos formas de artículo, sino el artículo
ille
y el demostrativo
ipse,
empleado con su valor propio en ocasiones donde hoy no sentimos necesidad de
señalar, a diferencia de la lengua medieval, más afectiva, que prefería
hacerlo.
C)
Demostrativos y artículo en la
literatura narrativa medieval
En
las páginas anteriores se ha hecho notar que la costumbre de prodigar
demostrativos en referencias contextúales no cesó con la creación del
artículo, sino que continuó mucho después. En efecto, la expresividad
señaladora que aparece en Tertuliano, San Agustín o la
Peregrinatio
no sólo subsistía en el ínfimo
latín notarial de los siglos x y xi, sino que se manifiesta viva en la
literatura romance de las centurias siguientes. Varios pasajes de la
Primera crónica general
mostrarán cómo un
narrador de hacia
1289
sentía necesidad de indicar que el nombre propio o el apelativo se referían
a alguien o algo mencionado antes, o de anunciar la oración de relativo que
vendría después. Para ambas cosas echaba mano de
este, aquel
y sobre todo de
esse,
con valor demostrativo:
Pves
que fue muerto el rey don Alffonso de Aragón, regnó empos él su fijo don
Pedro...
Este
rey
don Pedro fue a Roma seyendo apostóligo Inocencio el tercero; et coronol a
este
rey
don Pedro
esse
Inocencio papa... Don Arnaldo, arçobispo de Narbona, ayuntó de Francia grand
yente de cruzados contra los hereges, que eran muchos en
esse
su arzobispado de Narbona...
Ueno
y
el
rey don Pedro en ayuda del conde de Tolosa. Et
esse
don Remont, conde de Tolosa,
era casado con donna Leonor, hermana de
esse
rey don Pedro de Aragón. Et el
rey don Pedro, en uno con
el dicho
conde de Tolosa..., ouieron su batalla con los franceses (pp.
478b-479a).
Et
desque fue la noche espidiosse de la mugier... Et andido toda
essa
noche... Otro día mannana...
fue posar a la sierra de Miedes... Et passaron
aquella
sierra de noche... et mandó a
todos que diessen ceuada de día porque quería trasnochar... Et andidíeron
toda
essa
noche (p.
524b).
Esos
moros de Seuilla38
.. .auién buena puente... por o
pasauan a
Triaría
et a
todas esas partes o se querién...; et los que en
esa
Triana otrosy estauan,
esa
puente era el su mantenimiento todo... El rey don Fernando entendió que ssi
les
esa
puente non tolliese, que su fecho se podié más alongar...; et mandó a Remont
Bonifaz... que fuesen ensayar algún artificio commo les quebrantasen... la
puente... Tomaron dos naues... Et
esse
Remont Bonifaz... entró en la una
naue... Et el rey... mandó poner encima de
los mastes
dessas
dos
naues sendas cruzes (pp.
760b-761a).
La
anáfora puede referirse a un término no mencionado antes de manera
exactamente igual, como ocurre con
noche,
que
se entiende incluido en el previo
trasnochar,
o
con
arçobispado de Narbona
después de haber nombrado al
arçobispo de Narbona.
En la p. 761 de la
Primera crónica
se lee: "Et yuan quantos
ý auía a muy grant peligro de algarradas et de engennos, que por todo logar
dése
arraual
tenién posadas los moros"; no ha surgido antes la palabra
arraual,
pero sí
Triana,
que es el arrabal en cuestión.
El demostrativo más usado en estas referencias es
esse,
pero, como puede verse,
tampoco faltan
este
ni
aquel.
El
Fuero de Brihuega proporciona otro empleo de
aquel
en anáfora exacta: "Eche mano
el querelloso en qual se quisiere daquellos. . . Et
aquel
querelloso prenda qual se
quisiere por enemigo"39. Notemos finalmente en uno de los pasajes
citados de la Crónica
la catáfora "Todas
essas
partes
o
se
querién". Indudablemente esta machacona insistencia en el señalamiento no
responde al gusto moderno; para nosotros bastaría con usar el artículo. Pero
esto no quiere decir, ni mucho menos, que los demostrativos tuvieran papel
de artículo en la lengua antigua.
A la
luz de lo que vemos en la prosa del siglo xiii hay que examinar el hecho de
que la épica medieval francesa ofrezca
cil
o
cist
y la española
este, esse
o
aquel
donde hoy se emplearía
simplemente el artículo. La explicación que se viene dando es la de que en
los textos épicos y en narraciones influidas por ellos los demostrativos
suelen atenuar su significación hasta funcionar como meros artículos,
arcaísmo que arrancaría de una época anterior al triunfo de
ille,
le
o
el
como exclusivo representante
del artículo40. No puede rechazarse la idea de un arcaísmo, ya
que la perpetuación de usos lingüísticos caducados en el habla corriente es
rasgo esencial de la tradición épica: pensemos en la
-e
final de las rimas, conservada
del latín
(señore, pane, sole)
o paragógica
(sone, estanñe, farade),
propia de un estado de lengua
anterior al siglo xii, según ha demostrado Menéndez
Pidal", pero todavía usada en
romances que se cantan hoy. Lo difícil es admitir que la función de artículo
existiera sin estar vinculada a un instrumento único. Más bien parece que el
arcaísmo épico no consiste aquí en valerse de los demostrativos como
artículos, sino en emplearlos mucho más liberalmente que hoy, prolongando el
desbordamiento expresivo surgido en el latín vulgar. La diferencia con el
uso moderno no estribaba sólo en la mayor frecuencia de los demostrativos,
sino también en la mayor amplitud del campo que se les concedía, lo que daba
lugar a algunas interferencias con el área del artículo. En los casos de
máxima aproximación podría aceptarse con una salvedad la opinión de
Gamillscheg
(Hist. französ. Syntax,
p.
153),
para quien las formas del
demostrativo llegan a ser ocasionalmente en francés antiguo "variantes
expresivas" del artículo. Hay que hacer una salvedad, sin embargo, y es que
tal expresividad procedía de que conservaban siempre valor deíctico mayor
que el del artículo, y esta realidad gramatical fue aprovechada con
finalidad estilística por la epopeya. Para determinar cómo, se impone una
revisión cuidadosa de los casos en que los demostrativos han parecido tener
función de artículo en textos narrativos medievales.
Algunos de ellos son simples mostraciones "ad oculos": en discurso directo
un personaje señala mediante el demostrativo a alguien o algo que está
presente: así en "Grado a Dios del cielo e
aquel
rey don Alfons"
(Mió
Cid,
v.
3452),
cuando Alvar Fáñez habla en
las cortes presididas por el monarca. H. Yvon cree que la equivalencia entre
cil
y el
artículo se manifiesta comparando el verso
42
del
Pélerinage
de Charlemagne,
"je vous ferai
cele
teste colper" con el
22
de
la Secuencia de Santa Eulalia, "ad una spede li roveret tolir
lo
chief", si bien admite que
cele
es
probablemente más expresivo que
lo42;
pero lo que ocurre es que el
hablante del
Pélerinage,
en
discurso directo,
señala
la
cabeza del interlocutor a quien amenaza, cosa que no sucede en el pasaje del
poema hagiográfico.
Como
en toda narración, el desarrollo del relato épico pedía insistente juego de
referencias que apuntasen a lo narrado. Cuando aparecía de nuevo un
personaje que había intervenido ya o se mencionaban nuevamente hechos o
circunstancias ya conocidos, el juglar solía advertirlo sirviéndose de
demostrativos anafóricos. Prueba de que entonces no actúan como artículos es
que van a menudo con nombres propios, los cuales no llevan nunca
el
ni
la
en
el
Cantar de mió Cid
ni en otros muchos textos,
como observa Menéndez Pidal
(Cantar,
t.
1,
p.
330):
"este
don Ierónimo",
"aquel
Muño Gustioz",
"aquel
Pero Vermúdez" (vs.
704, 1303, 2324,
etc.), todos nombrados antes.
La intención a que responde la anáfora es muy clara en el verso
2764:
tras
la afrenta de Corpes
alavándos' yvan ifantes de Carrión;
mas yo vos diré
d'aquel
Félez Muñoz...
Hasta aquel momento Félez
Muñoz ha sido una figura sin relieve, pero ahora va a tener una intervención
decisiva, y el autor se preocupa de recordarnos algo que podríamos haber
olvidado: el Campeador, en vista de agüeros contrarios, había mandado a Félez Muñoz que acompañara a sus hijas (v.
2618).
En otras ocasiones la anáfora
es simulada: los demostrativos se emplean entonces para dar por consabido lo
que se cita por primera vez y crear así una intimidad entre el juglar y su
público, supuestos partícipes de un mismo caudal de datos previos. Cuando se
nos anuncia (v.
1621):
Dezir vos quiero nuevas de allent partes del mar, de
aquel
rey Yuçef que en Marruecos
está...,
el demostrativo indica que se
va a hablar de alguien famoso y lejano, como el emperador almorávide muerto
en
1106
tenía que ser para los cristianos españoles de hacia
1140;
la treta juglaresca resalta
más cuando el personaje es de perfil borroso, como en
"âquel
rey de Sevilla el mandado
llegava / que presa es Valencia" (v.
1222).
Introducidos así en las
primeras menciones, las sucesivas llevan el demostrativo anafórico normal:
"aquel
rey
de Sevilla"
(1230),
"aquel
rey de Marruecos
(1625, 1850,
etc.). Siglos más tarde el Romancero seguía empleando irrestañablemente los
demostrativos pseudo-anafóricos, que -dice
Spitzer
(RFH,
7,
1945,
p.
264)-
se
multiplican como si muchos dedos agitados apuntaran al público:
"Aquel
perro de
aquel
Cid
/ prenderélo por la barba".
El carácter de poesía recitada
ante un público daba en la epopeya impulso especial a la costumbre de
prodigar demostrativos. Si en los cantares de gesta y en los romances la
tradición imponía exigencias rituales, el histrionismo y la vivificación
contaban también como importantes factores. El juglar necesitaba que, aun
sin figurillas como las que destrozó don Quijote, sus oyentes tuvieran ante
los ojos de la fantasía un retablo de maese Pedro; por eso actualizaba a los
personajes, cosas y circunstancias del relato. Igual que la "translatio
temporum", la sustitución de un demostrativo que implicara lejanía por otro
que connotase proximidad le servía para insertarse como testigo en la
situación narrada y traerla al momento presente: "¡Dios, qué bueno
es
el
gozo por
aquesta
mañana!", exclama el juglar cidiano al revivir (v.
600)
el momento en que su héroe
ganó la villa de Alcocer. El acercamiento no se hubiera producido diciendo
"¡Dios, qué bueno
fue
el
gozo por
aquella
mañana!" El mismo efecto se lograba sustituyendo el artículo por un
demostrativo de proximidad: el poeta dice que el segundo casamiento de las
hijas del Cid "a muchos plaze de tod
esta
cort" (v.
3437),
como si él y su auditorio
estuvieran asistiendo físicamente a las cortes de Toledo; para dar tal
sensación de presencia, "toda
la
cort" habría sido ineficaz. Aunque en estos ejemplos no se ha puesto nunca
en duda la plenitud semántica de los demostrativos, necesitamos tenerlos en
cuenta para encontrar explicación a muchos otros casos en los cuales se ha
creído encontrar verdaderos artículos. Examinémoslos:
En
ocasiones los demostrativos acompañan a nombres de seres o circunstancias
que no se dan como presentes ni se han mencionado o se dan por mencionados
con anterioridad, sino que están sugeridos por el contexto o forman parte de
la situación narrada. Muchas veces su empleo es perfectamente normal para
nosotros: "en
aquel
día,
del rey so huésped
fo"
(Mió
Cid,
2057);
"¡Dios, cómmo
fo
alegre todo
aquel
fonssado!"
(id.,
926);
"vino mió
fid yazer a Spinaz de Can; / grandes yentes se le acojen
essa
noch
de todas partes"
(395);
"es
día es salido e la noch es
entrada"
(1699)43.
Pero los textos épicos
medievales se apartan del uso moderno concediendo a los demostrativos un
margen mucho mayor: para emplearlos bastaba tratar de personas o cosas
implicadas en lo que se contaba o describía, aunque fuese en primeras
menciones. En toda corte medieval había caballeros, sentados en sitiales o
escaños cubiertos de ricas telas, y jóvenes que se adiestraban en el manejo
de la espada; al pasar cualquier hueste podían verse lanzas erguidas y picas
relucientes. Hoy diríamos: "ocupan sus asientos
los
caballeros"; "muestran
los
jóvenes su agilidad en esgrimir"; "enhiestas
las
lanzas, lucen
las
picas"; confiaríamos al
artículo la precisión de que nos referimos a los caballeros y donceles de
"aquella" corte, a las lanzas de "aquel" ejército de que hablamos. Pero el
autor del
Roland
prefiere el demostrativo para expresar esta pertenencia al cuadro de la
situación:
Sur
palies blancs siedent
cil
cevaler...
e
escremissent
cil
baceler leger (vs.
110,
113).
...Dreites
ees
lances, luisent cil espiet brun (v.
1043)44.
En
la "situación" de una batalla entran las fuerzas enemigas que contienden, la
persecución del vencido, el campamento que éste abandona y el botín obtenido
por el vencedor. El juglar cidiano pone frecuentemente demostrativos en la
primera mención específica de cada componente de la situación:
Cavalgó Minaya el espada en la mano,
por
estas
fuerças fuertemente lidiando (v.
757).
Dos
reyes de moros mataron en
es
alcaz (v. 1147).
Esta
albergada, los de mió gid
luego la han robado (v. 794).
Tornado es mió Çid con toda
esta
ganancia (v.
1231)45
Moros e moras avienlos de ganancia
e
essos
ganados quantos en derredor andan (v. 466).
Un jefe militar no sale sin
escolta a dar sus parabienes al destacamento victorioso: la escolta forma
parte de la situación, y el juglar dice:
..
.el Campeador cavalga,
saliólos recebir con
esta
su
mesnada (v. 487)46.
Así
moros, cristianos, yentes
aparecen con demostrativos
para indicar que se trata de aquellos que intervienen en lo que se cuenta o
de aquellos que constituyen el tema de la narración:
A
Mynaya Albar Fáñez bien Tanda el cavallo:
d'aquestos
moros mató a treinta e quatro
(v. 779).
Nos
detardan de adobasse
essas
yentes cristianas (v. 1700)47.
Minaya Albar Fáñez fuera era en el campo
con
todas
estas
yentes escriviendo e contando (v. 1773).
En
la ueste de los moros los atamores sonando;
a
maravilla lo avien muchos
dessos
cristianos (v. 2346)48.
Como
ejemplo "particularmente probatorio" de la equiparación de los demostrativos
con el artículo citaba Meyer-Lübke
(Gramm. des l. rom.,
t. 3, p. 178) un pasaje de
Ille et Galerón
de
Gautier d'Arras, "qui lors veïst
cel
baiseïs, /
la
joie
et
cel
acoléis", donde
"cel
y
la
se
encuentran en el mismo rango". Pero si desde el punto de vista lógico pueden
considerarse igualados, no lo están para la imaginación: mientras el nombre
del sentimiento invisible,
joie,
lleva artículo, los nombres que representan las manifestaciones perceptibles
de tal sentimiento
(baiseïs, acoléïs)
llevan demostrativo:
cel
acompaña, pues, al auténtico objeto directo de
veïst.
Esto nos encamina hacia una
explicación de la preferencia que
los textos épicos manifiestan por el demostrativo donde lógicamente bastaría
el artículo: el demostrativo responde a igual propósito que las fórmulas "la
veissiez", "veríedes", tan repetidas en las descripciones. Nos hallamos ante
un demostrativo evocador, necesario para la vivificación de los relatos: el
narrador, instalado imaginativamente en la situación que cuenta o describe,
señala lo que ve con la fantasía para hacer que también lo vean sus oyentes.
En un caso como el ya citado "saliólos recibir con
esta
su compaña", habiendo ya
determinación sobrada mediante el posesivo, el uso de
esta
sólo se justifica como ademán
señalador.
En
resumen: casi todos49 los demostrativos a los cuales se ha
atribuido valor de artículo, tanto en la literatura narrativa de la Edad
Media francesa como en el
Cantar de mió Cid
o en el Romancero, tienen
función deíetica muy perceptible: señalan seres y cosas que
(a)
se hallan a la vista o se dan
por presentes,
(b)
o
bien han sido mencionados antes,
(c)
o
bien se relacionan con circunstancias de la situación, pertenecen a ella. A
veces los demostrativos tienen clara intención evocadora o son un artilugio
para dar por consabido lo que no lo está. En ningún caso es probable que
hicieran de verdaderos artículos. Lo que se dio en las narraciones
medievales y en el Romancero fue la manifestación literaria románica más
valiosa -y en el Romancero, además, la última- de las tendencias
expresivistas que poblaron de demostrativos la frase latino-vulgar. Pero esa
manifestación literaria no se limitó a aprovechar las posibilidades que el
sistema lingüístico ponía a su alcance, sino que las amplió con arreglo a
sus necesidades artísticas. Como otras libertades propias de la épica, este
especial uso de los demostrativos fue una estilización divergente del uso
lingüístico general.
Sin embargo, la "debilitación" o "atenuación" significativa de los
demostrativos ha de reconocerse como hecho no insólito cuando acompañan al
nombre antecedente de un relativo. En tal ocasión conservan la función deíctica, pero no
es raro verlos desprovistos de su respectiva connotación de lugar de su
referencia a la persona gramatical correspondiente o de la noción de
identidad convertidos en mera señal anunciadora del
relativo que después ha de venir. Ya en la
Peregrinatio
resulta difícil establecer diferencias efectivas entre
is, hic, ille
e
ipse
adjetivos ante relativo:
"eo
loco,
quo
sunt memoriae concupiscentiae"; "sancti
illi, qui
nobiscum
erant"; "per mediara uallem
ipsam, qua
iacet in
longo"; "et cum
hi omnes
[montes],
qui
per
girum sunt, tam excelsi sint. .."
(ed. Heraeus, § 11-2).En las páginas anteriores hemos visto repetidamente ejemplos de
los siglos viii al xiii donde
ipse
o
esse
parecen estar favorecidos por la
existencia de un relativo posterior, sin conservar marcada noción de identidad
ni conexión ninguna con la
2ª
persona
(supra,
pp.
32-33, 37).
En la
frase citada de la Primera crónica general
"pasauan
a Triana et a todas
esas
partes
o
se
queríen" o en el verso de Berceo "valié más
essi
pueblo
que
la avié vecina"
(Milagr.,
320)
no se
indica cercanía al interlocutor o conocimiento previo por parte suya, ni se
mantiene la significación de mismo'. Igual puede ocurrir en
"essos
ganados
quantos
en derredor andan"
(Mió
Cid,
466),
aunque
en este caso y en
"aquel
rey
Yuçef
que
en
Marruecos está"
(id.,
1621)
es preferible entender que el
demostrativo, empleado con propósito evocador, guarda plenamente su valor
privativo. El desdibujamiento de
este
parece
innegable en dos ejemplos del
Cantar
donde no
tiene el habitual matiz de cercanía al hablante: "mió
Çid aguijó. . . / con
estos
cavalleros
quel
sirven a
so sabor"
(234);
"a todos
los sos estar los mandó / si non a
estos
cavalleros
que
querie
de coraçón"
(2010):
no hay
indicación previa ni posterior de quiénes sean esos buenos servidores ni tales
caballeros predilectos. También en francés antiguo
cil
o
cist
pierden frecuentemente su
respectivo significado de lejanía o proximidad cuando se anteponen al nombre
antecedente de relativo: "Par
cele
lei
que
vous
tenez plus salve", "trenchent les quirs e
cez
fuz qui sunt dublés"
(Roland,
649, 3583,
etc.)50.
En todos
estos casos españoles y franceses el acercamiento entre los demostrativos y el
artículo es muy grande; pero además de que la identidad no fue completa, los
ejemplos de máxima aproximación son exigua minoría. En las lenguas del Occidente
románico se había establecido ya la distinción entre dos maneras de actualizar
el antecedente de un relativo: empleaban los demostrativos cuando se quería
situarlo en el espacio o en el tiempo o especificar su pertenencia al ámbito de
una de las personas gramaticales; se valían del artículo cuando no había tal
intención. En la literatura francesa anterior al siglo xiv es muy claro el
predominio de los casos en que
cil
o
cist
conservan sus correspondientes
valores aunque vayan con nombre seguido de relativo: "puis
icel
tems que Deus nos vint salver"
(St. Alexis,
11),
"ceste
espee
que je ai ceinte ici"
(Roland,
3385)51.
En el
Cantar de mio Cid
hay
13
casos
como "gradéscolo. . . a
estas
mesnadas
que
están
aderredor"
(2038),
donde
este
figura
con su significado pleno52, frente a los dos citados arriba como
ejemplos de atenuación y un tercero inseguro53. El ocasional
desdibujamiento de los demostrativos adnominales ante relativo desapareció
pronto, dejando clara la divisoria entre
"les
choses
que
tu m'as dites" y
"ees
choses
que
tu m'as dites",
"la
casa
que
busco" y
"esta
(o
esa)
casa
que
busco". Las aproximaciones e
interferencias han durado más cuando tanto los demostrativos como
el, la,
lo
desempeñaban función pronominal;
pero esta cuestión requiere estudio independiente.
NOTAS
1
Hermann Rönsch,
ítala und Vulgata,
Marburg, 1875, pp. 419-425;
C. L. Meader
und
Eduard Wölfflin,
"Zur Geschichte der Pronomina demonstrativa",
ALLG,
11
(1900), 369-393;
W.
M.
Lindsay,
Syntax of Plautus,
Oxford, 1907, § 13, p. 46; A.
H.
Salonius,
Vitae Patrum, Kritische Untersuchungen,
Lund, 1920, pp. 235-237.
2
E.
Bourciez,
Éléments de linguistique
romane,
París, 1910, § 108;
C. H. Grandgent,
Introducción al latín vulgar,
Madrid, 1928, § 392;
W. von Wartburg,
Évolution et structure de la
langue francaise,
Leipzig-Berlin, 1934, pp.
31-32.
3
G.
Wolterstorff,
"Entwickelung von
ille
zura
bestimmten Artikel",
Glotta,
10
(1919), 62-93.
4 G. L.
Trager,
The use of the Latín
demonstratives (specially "ille" and "ipse") up to 600 a.D., as the source
of the Romance article,
New York, 1932.
5
F.
H.
Muller,
A chronology
of vulgar Latin,
Beiheft 78 zur
ZRPh,
1929, pp. 83-84, y
L'époque mérovingienne,
New York, 1945, pp. 152-153 y
283.-Mario
A.
Peí,
The language
of the eighth century texts in
Northern France,
New York, 1932, p. 196,
concede que
ille
parece desempeñar función de artículo en
ejemplos datados entre 700 y 717, si bien su uso y el de
ipse
en tal función se manifiesta
con evidencia mucho mayor en la segunda mitad del mismo siglo.
6
Einar Löfstedt,
Syntactica,
I,
2ª ed., Lund-Leipzig-London, 1942, cap. xix, "Zur Vorgeschichte des
romanischen Artikels".
7
Plauto,
Stichus,
v. 133.
Lindsay,
p. 46;
Löfstedt,
p. 370.
8
Ed.
Heraeus,
40.
Lerch,
ZRPh,
60 (1940), 116-117.
9
San Juan, 20:3.
Rónsch,
p. 419;
Löfstedt,
p. 367.
10
Estos factores empezaron a ser
puestos de relieve por
Philipp Wegener,
Untersuchungen über die
Grundfrage des Sprachlebens,
Halle,
1885,
pp.
21-29,
y por
Karl
Brugmann,
"Die Demonstrativpronomina der indogerm. Sprachen",
Abhandlungen der sachsischen Gesellschaft der Wissenschaften,
22
(1904),
pero han cobrado interés
primordial con
Alan
H.
Gardiner,
The
theory of speech and language,
Oxford,
1932,
p.
16,
y con la
Sprachtheorie
de
Karl
Bühler, 1934
(traducción española de Julián
Marías, Madrid,
1950,
pp.
94-166).
11
Muller,
L'époque mérovingienne,
pp. 40-46.
12
ibid.,
p. 43, n. 26;
Trager,
pp. 127-132. La menor abundancia de demostrativos se refiere a las epístolas
del santo, no a la Vulgata; véase lo dicho antes sobre las versiones latinas
de la Biblia. E.
Lerch,
ZRPh,
60 (1940), pp. 165-166, duda
que el crecimiento de
ille o ipse
adnominales fuese vulgar; prefiere atribuirlo al influjo de las traducciones
bíblicas y de los predicadores, afanosos de expresarse con claridad. Pero
tal como aparece en la Peregrinatio,
el
fenómeno tiene aspecto de proceso espontáneo, no libresco ni obediente a
necesidades catequísticas.
13
Trager,
p. 186. Más discutible parece el que, como sostiene
Muller,
p. 150 el demostrativo fuese para los
cristianos primitivos un signo del dominio que el hombre, ser espiritual, ejerce
sobre el mundo, del cual se desliga.
14 Véase
la exposición conjunta de ellas por
W. von Wartburg,
Problemas y métodos de la lingüistica,
trad. esp. de Dámaso Alonso y
Emilio Lorenzo, Madrid, 1951, pp. 235-240.
15
Acepto el término empleado por
Trager,
p. 37, etc., y por
Muller,
L'époque mérovingienne,
p. 150.
16 E. Löfstedt,
Philologischer Kommentar zur "Peregrinatio Aetheriae",
1911,
pp. 65-66.
17
G.
Guillaume,
Le probléme de l'article et sa
solution dans la langue frangaise,
1919, p. 226.
18
A. Meillet,
Apergu
d'une histoire de la langue grecque,
1913, pp. 44 y 202; J.
Wackernagel,
Vorlesungen über Syntax,
t. 2, 1924, p. 128.
19
Ars
grammatica,
ed.
Keil,
Grammatici latini,
t.
5, Leipzig, 1868, p. 53, lín. 4
ss.
20
Ernst Gamillscheg,
"Zur romanischen Artikel und Possessivpronomen",
Sitzungsberichte der preuss. Akad. der Wissensch., Philosoph.-histor. Klasse,
121 (1936), p. 330 (estudio
recogido en los
Ausgewáhlte Aufsatze von E. G.,
Jena-Leipzig, 1937, pp. 43
ss.).
21
Véase L.
Jeep,
Zur Geschichte der Lehre von der
Redetheilen bei den lateinischen Grammatikern,
Leipzig,
1893, p. 166, n. 1, y pp. 174-175. Es contundente lo que dice Prisciano, según
cita de Jeep: "pronomen 'hic', quod grammatici in declinatione nominum loco
praepositivi, ut dictum est, ponunt articuli,
numquam
in
oratione
sensum
articuli
habet".
22
Ed. cit, p. 15, lin. 3:
"Articulare [pronomen] eo dicitur, quia articuli huius pronominis nominibus
iunguntur; nam inter artículos et pronomina hoc interest: pronomina sola
declinantur, articuli iuncti nominibus, ut
hic
magister
et
haec
Musa;
potest etiam, si nomini non
iungitur, aliquid demonstrare, ut si dicas
hic est".
Véase también p. 50, lin. 19.
23
Albert Dauzat,
"L'article existait-il au ve siécle?",
Word,
5
(1949), pp. 123125.
24
R.
Menéndez
Pidal,
Orígenes del español,
§
46; E.
García Gómez,
"Veinticuatro jarŷas romances en muwaššahas árabes",
AlAn,
17 (1952), pp. 112-114; I. S.
Révah,
ibid.,
18 (1953), p. 148.
25
Encontrada en El Barrado, cerca de
Plasencia (Cáceres). La ha publicado don
Manuel Gómez Moreno,
"Documentación goda en pizarra",
BRAE,
34 (1954), p. 43. Gómez Moreno interpreta "oliballa", pero en el calco que
reproduce de la inscripción se lee "oliba illa", con la última
l incompleta.
26
Recogida en Carro, cerca de
Villayón (Occidente de Asturias); publicada por
Gómez
Moreno,
art. cit., p. 49.
27
Véanse
Paul
Aebischer,
"Contribution á la protohistoire des articles
ille
et
ipse
dans les langues romanes",
CuN,
8 (1948), 182-203;
Juan
Bastardas Parera,
Particularidades sintácticas del
latín medieval,
1953, pp. 68-69;
Antonio
Badía Margarit,
Gramática histórica catalana,
1951, § 136.
28
Cartulario de San Vicente de
Oviedo,
publ. por el
P.
Luciano Serrano,
1929, p. 16. En otro documento,
año 969, p. 17: ".. .karta donationis de sua ereditatem
ic
in
ipsa
Villa Áspera quam etiam in alias".
29
Documento transcrito por el
P. Zacarías García Villada,
Paleografía española,
1923, t. 1, pp. 218-219.
30
Monumento, Portugaliae histórica,
Diplómata et chartae,
1867, pp. 1 y 142.
31 Citado por
Menéndez
Pidal,
Orígenes del español,
§
65. El pasaje contiene varios
ipse
más que
podrían ser simples demostrativos con señalamiento a cosas presentes en la
realidad o en la imaginación.
32
Cartulario de San Millán de la
Cogolla,
publ. por el P.
Luciano
Serrano,
1930, pp. 2-3.
33
Cartulario de San Pedro de
Arlanza,
publ. por el P.
Luciano
Serrano,
1925, pp. 1-2.
34
Sólo
ofrecen
ille, el, la
u otras
formas romances, pero no
ipse,
los
documentos de h. 980; h. 1050, Bezdemarbán; 1078, León; 1097, Carrión; 1063,
Oña; 1062 y 1063, San Juan de la Peña, y h. 1090, Sobrarbe. En el de 938, Monzón
de Campos, hay 11
ille
contra 3
ipse
(uno
anafórico, otro que anuncia relativo; falta transcripción completa del pasaje
que precede al restante); en 1055, Pámames, 12
ille o
el
/rente a un solo
ipse,
anafórico; en 1061, León, 6
illo, ilo, ela, inna, innas
contra dos
ipse
anafóricos y otro claramente
demostrativo; en 1011, en Valpuesta, 15
ille
contra 9
ipse
(5
anáforas, 3 catáforas ante relativo y un caso de interpretación difícil);
finalmente en el documento de h. 1030, Chmia, cuento 23
ille
y 6
ipse,
cinco de ellos en anáfora y uno solo en primera mención: "In uilla de
Scemeno presit
ipsa
hereditate de illo populatore et ad sua socra dedit ea jn préstamo".
Menéndez Pidal (§ 65) estima este ejemplo como "demostrativo.
.. con valor atenuado a modo de
artículo".
35
Aebischer,
art. cit., p. 188.
Norman
P.
Sacks,
The
Latinity of dated documents in
the Portuguese territory,
194!, pp. 88-90, atiende
principalmente a los casos de
ipse,
mientras recoge sólo unos pocos
ille
entre los infinitos que aparecen en las escrituras; de sus 42 ejemplos de
ipse,
36
por lo menos son anafóricos y 3 catafóricos ante relativo. Los que cita
Bastardas,
op.
cit.,
p. 68, son todos anafóricos
menos uno, catafórico ante relativo.
36
Así en "per necessitate inedie: de
la
famne", "per poculum: por
la
bebetura", GISil. 340, 55. A veces ni siquiera hoy se emplearía: "non per
speciem ñeque per uelamen: quemo
eno
spillu no ke non quemo
eno
uello", GlEmil. 115.
37
Para las citas me atengo a la numeración de S. M.
Stern,
Les chansons mozárabes,
Palermo, 1953.
38
La Crónica ha hablado líneas antes de "los moros
que estuan en Sevilla".
39
El
Fuero de Brihuega,
ed. J.
Catalina
García,
1888, p. 138.
40
E.
Gessner,
"Das spanische Possessiv- und Demonstrativpronomen",
ZRPh,
!7 (l893),
p.
349;
Meyer-Lübke,
Gramm. des l. rom.,
t. 3, §
141;
Menéndez Pidal,
Cantar
de mió Cid,
t.
3, pp. 339-330,
y t.
3, 1946, Adiciones, p. 1166;
Orígenes del español,
§
65;
Gustave Guillaume,
Le
probléme de l'article et sa solution dans la langue française,
1919,
pp. 15, 16, etc.
41
"La
forma épica en España y en Francia",
RFE,
20
(1933), pp. 345
ss.
42
H.
Yvon,
"Cil
et
cist,
articles démonstratifs",
Ro,
72 (1951), pp. 152-153.
43
Para
el sentido de 'el dia de referencia, aquel día', compárense
"des
día", "en
es
día" (vs. 1591, 1678). En
1699
no
hay paridad entre el demostrativo de
"es
día", que establece la
conexión entre
día
y
los hechos que se vienen relatando, y el artículo de
la
noch,
donde tal precisión temporal
no necesitaba reiterarse.
44
Más ejemplos en el citado artículo de
H. Yvon.
45 Otros
ejemplos análogos de
esta ganancia, estas ganancias
en los vs. 1031, 1733, 2429.
46
En los
vs. 1828-29 ("Enviávale mandado Per Vermudoz e Minaya / que mandasse recebir a
esta
conpaña"),
el uso de
esta,
donde
esperaríamos
su
o
aquella,
parece responder a un tránsito no
anunciado del discurso indirecto al directo. La
compaña
en cuestión está formada por los
dos guerreros cidianos y los caballeros que han ido con ellos de Valencia a
Castilla.
47 Cuando
Berceo escribe
(Sto. Dom.,
106)
"bien partía la ganancia con
esa
yent
christiana" se refiere, claro está, a quienes vivían cerca del santo
biografiado.
48 Igual
empleo de
essos cristianos
en los
vs. 797, 800 y 1236.
49
Queda por explicar "vayámoslos ferir en
aquel
dia de eras"
(Mio
Cid,
676), que no tiene el sentido
de 'en el futuro' que hoy damos a "el dia de mañana"; ha de relacionarse con
las aposiciones del Romancero "Esperéisme vos, señora, fasta mañana
aquel
dia",
"Convidaros quiero, conde, por
mañana en aquel día" (Primav.,
151, 163) y de Cervantes,
"Mañana en aquel día
me habéis de armar caballero"
(Quijote,
I,
cap. 3). Las construcciones apositivas parecen obedecer a insistencia
puntualizadora, 'mañana, tal día precisamente, no otro', 'mañana mismo',
'mañana solamente'. Como el sentido de 'mañana mismo' es el que conviene a
la impaciencia de Alvar Fáñez en el pasaje cidiano, podría pensarse que
"aquel día de eras" procede de un *"cras
aquel
día" (cf. la alternancia
"Valencia la casa" y "la casa de Bivar"), donde
aquel
respondiera al énfasis
expresivo.
50
Yvon,
art. cit., pp. 148, 156, etc.; variantes
cele,
ceste
según los distintos manuscritos
del
Charroi de Nîmes,
p. 157.
51 Más ejemplos en
Yvon,
art. cit.
52
Vs. 1153, 1273, 1281, 1512, 1764, 1809, 1819, 2143, 2148, 2150, 2485, 2905.
53
Verso 3136, "e
estos
otros
condes
que
del
vando non sodes". Siendo como es en discurso directo, podría tratarse de
señalamiento a quienes están presentes.
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