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X.
EL GENERAL ESPARTERO.
Seguramente habrá quien nos tache de arbitrarios al ver aquí
estampada la biografía del capitan general D. Baldomero Fernandez
Espartero; efectivamente, el duque de la Victoria no es hijo de la
provincia en que vive hace cuarenta años; pero esta larga residencia
en la Rioja, las afecciones que en ella se ha creado, y el cariño
que profesa á este país, le hacen considerarle como su hijo
adoptivo. ¿Quién al oir el nombre de Logroño no recuerda
inmediatamente el del hombre ilustre que despues de haber peleado
mas de cincuenta años por la independencia de la patria, por su
integridad y sus libertades públicas, permanece en aquel retiro
solitario, exento de pasion, libre de ambiciones, tranquilo, en fin,
por haber llenado su mision en nuestra época con la lealtad y
honradez que tanto le enaltecen?
Confesamos francamente que hasta el momento en que hemos
tenido que estudiar con detenimiento la historia del general
Espartero para llevar á cabo el propósito que estamos realizando, no
hemos podido apreciar como se deben las altas dotes que distinguen
al héroe de nuestra guerra civil. Bastante distantes en política de
las ideas que simboliza el ex-regente del reino, y conociendo su
vida, bien por obras de escritores apasionados que siempre hacen
desconfiar cuando no mueven á desden con su lisonja, bien por
enemigos suyos que si no logran llevar al ánimo la inspipiracion del
ódio y la calumnia, consiguen por lo menos estraviar el juicio,
habíamos considerado á Espartero mas como jefe de un partido
político que como militar; pero cuando hemos estudiado los hechos de
su vida tales como los presenta la razon fria, libres de toda
interpretacion apasionada, nuestra opinion respecto al hombre cuya
vida vamos á trazar se ha modificado profundamente, y lejos de
ver en él al jefe de partido que no perdona medio alguno para sostener á todo trance
sus ideas, buscando en la violencia y los medios ilegítimos la satisfaccion de sus deseos ó de su ambicion de mando, vemos en
Espartero al militar pundonoroso y valiente, al hombre amante de la
libertad y del principio de autoridad, al que despues de haber
ocupado el puesto mas elevado que puede adquirirse en un país,
espera tranquilo en el hogar doméstico el fallo de la historia.
Espartero nació en Granátula, provincia de Ciudad-Real y campo
de Calatrava, en 27 de octubre de 1793. Sus padres fueron D. Antonio
Fernandez Espartero y doña Josefa Alvarez, labradores. Antonio era
apreciado por su probidad y aplicacion, y no pudiendo obtener en las
faenas agrícolas lo necesario para el sosten de su familia, se
dedicó á la construccion de carros. De este modo, y desplegando una
constante laboriosidad, logró dar á sus hijos una educacion superior
á su estado y esperanzas. Tres de ellos obtuvieron las sagradas
órdenes; una de sus hijas profesó en un convento, y las demás se
casaron convenientemente. Vicente, uno de los varones, sufrió por
ocho años la suerte de soldado.
Quiso D. Antonio darle una carrera brillante á su hijo
Baldomero, y
auxiliado por otro de sus hijos, á la sazon sacerdote, le puso á
estudiar latin con ánimo de dedicarle á la iglesia ó al foro.
Aprendióle en un año el jóven estudiante, y su hermano D. Manuel,
presbítero de la órden de Santo Domingo en el convento de Almagro,
lo Ilevó allí en 1806 para que cursase filosofía. En efecto, estudió
los dos primeros años; pero entablada la guerra con los franceses,
sintióse Baldomero arrastrado por el espíritu patriótico que hacia
empuñar las armas á la juventud estudiosa, y marchando á Sevilla,
sentó plaza en el regimiento de infantería de Ciudad-Real que se
hallaba de guarnicion en aquel punto. La influencia de su hermano le
valió la consideracion de soldado dístínguído, y como tal,
asistió á la batalla de Ocaña portándose bizarramente, pasando en 25
de diciembre al Batallon sagrado de la universidad de Toledo,
tambien como soldado distinguido.
Aquel cuerpo como todos los demás que apoyaban á la Junta
central, tuvo que retirarse á la isla de Leon; formáronse allí las
academias militares, á las que concurrian como cadetes todos los
voluntarios que habian cursado dos años en las universidades, y
entre ellos Espartero. En todas las clases obtuvo notas de bueno y
la de sobresaliente en táctica, y prévio exámen, ingresó en 1.º de
enero de 1812 en el cuerpo de ingenieros con el grado de
subteniente.
Un incidente desagradable con uno de los profesores le movió á
pedir en marzo de 1813 pasar al arma de infantería, y en efecto,
ingresó en el provincial de Soria, asistiendo á las acciones en que
este regimiento tomó parte en Tortosa, Cherta y Amposta.
Concluida la guerra con Francia pidió pasar á América, formando
parte de la espedicion Morillo en 1814. Concediósele marchar en
clase de teniente en el regimiento de Estremadura, y queriendo antes
despedirse de su familia, pidió á Morillo el permiso competente.
-El buen soldado español, le contestó el general, debe olvidarse
de su familia cuando la patria lo reclama, y el que muestra un alma
tan madrera da pruebas de cobardía.
-Mi general, replicó indignado el ardoroso oficial, si otro que V.
E. hubiera osado ofenderme de ese modo, mi contestacion hubiera sido
muy pronta... con esta espada.
Todos los ruegos del general Morillo para que Espartero
satisfaciese sus deseos fueron inútiles; el 1.º de febrero de 1815
se embarcó en Cádiz, y en 14 de setiembre Ilegó al Callao. La guerra
de emancipacion ardia vivamente: los insurgentes, al par que
peleaban trataban de ganar á nuestros soldados, y hecho capitan por
haber contribuido eficazmente á apaciguar los síntomas de
insurreccion que se presentaron en su regimiento, tomó el mando de
200 hombres con los cuales derrotó á los caudillos Prudencio, Zárate
y Pereira en la provincia de Charcas. Despues de concurrir á once
acciones parciales, marchó con su coronel La Hera á atacar á varios
cabecillas que habian deshecho la division Marnis, y se portaron con
tanto arrojo, que con solo dos compañías batieron completamente á
los rebeldes.
Despues de tomar á Presto se presentó solo y á caballo á una
partida de rebeldes que esperaban á un célebre caudillo, al cual no
conocian, pero que debia mandarlos. Espartero se hizo pasar por tal
caudillo, y aclamado por los rebeldes les prometió la victoria, los
llevó á Presto, dándoles á entender que iban á ocuparlo por
sorpresa, y cuando conocieron el engaño era ya tarde. Las tropas los
cercaron súbitamente, y nadie se atrevió á moverse.
Las acciones de Jamparcas y Sopachui lo elevaron al empleo de
segundo comandante en agosto de 1817, y como tal batió al frente de
una fuerza de 200 hombres á varios cabecillas, sorprendió á otros,
hizo prisioneras partidas enteras, y dejó, en fin, pacificados los
pueblos de las provincias de Charcas, Cochachamba, la Paz y otras
limítrofes.
Logró evitar la intentona de entregar á Oruro, para lo cual
habia el plan de matarle. Por ello fué ascendido á primer
comandante, y despues de la retirada de nuestras tropas á Cuzco y de
la batalla de Ica, tan gloriosa para las armas españolas, fué
agraciado con el empleo de coronel en mayo de 1822.
Nuestras tropas ganaban terreno considerablemente, pero los
ausilios mandados por Bolivar y la república de Chile á los
peruanos, hicieron necesarios una grande actividad y bizarría para
evitar la reunion de de los generales Sucre y Alvarádo con Cochrane,
y conseguir los resultados apetecidos. Los insurgentes habian
enviado una espedicion á Arica, fuerte de 6,000 hombres, contra los
cuales marchó el general Valdés al frente de dos batallones, cinco
escuadrones y alguna artillería, y encontrándose en Calana, prefirió
atraer aquella fuerza superior hácia el punto donde se hallaba el
grueso de nuestro ejército. La operacion se llevó á cabo felizmente:
Valdés cambiaba continuamente de posicion, ganando terreno hácia el
punto donde debia hallarse el general en jefe, y el 19 de enero de
1823, Espartero fué encargado de entretener al enemigo. Dos horas
sostuvo con su solo batallon el empuje de 4,000 hombres, sin variar
de posicion, y cuando lo hubo juzgado conveniente, emprendió su
retirada en el mayor órden, disputando el terreno á palmos y
ocasionando al enemigo pérdidas considerables, hasta que á la legua
se reunió á la division Valdés. Este no creyó todavía prudente dar
la batalla, y luego que llevó á Alvarado á las posiciones donde
debia ser socorrido imprescindiblemente por el general en jefe
Canterac, le hizo frente. Apenas llegó este, aunque dejaba atrás sus
fuerzas, revolvieron nuestras tropas, y acometiendo Espartero el
frente del enemigo, arrolló la línea por completo, mató cuerpo á
cuerpo á uno de los jefes insurrectos, y decidió la batalla,
perdiendo el caballo y recibiendo tres heridas. Dos dias despues, el
ejército insurgente quedaba completamente destrozado en Moquehua, y
Espartero, á pesar dé hallarse con tres heridas, no dudó en
contribuir á aquel brillante hecho; él fué el primero que con su
batallon dobló y arrolló el ala derecha del ejército enemigo,
poniéndola en completa dispersion. Espartero obtuvo por ello el
empleo de coronel efectivo.
El grueso de nuestro ejército se hallaba al frente del Callao, y
habiendo quedado un tanto desguarnecido el Alto Perú, hubo necesidad
de desprenderse de algunas de las
tropas que sitiaban al Callao para evitar el golpe con que amagaban
los insurgentes, enviando 6,000 hombres al mando de Santa Cruz;
Espartero era de los espedicionarios, y reunidos estos con las
tropas del virey, cayeron sobre Santa Cruz, que apeló á la huida,
dejando en nuestro poder hombres, armas y municiones; el
lugarteniente de Bolivar, observado de cerca por Canterac, se
reembarcó, y todo el vasto plan formado por el presidente peruano
Riva Agüero, se deshizo, perdiéndose las esperanzas que sobre él se
habian fundado. Esta campaña fué llamada del Talon, por las
marchas terribles que hubo que hacer, y el virey, que deseaba
premiar al ejército por las penalidades que habia sufrido, concedió
gran número de gracias, tocando á Espartero el empleo de
brigadier.
El voluntario de 1809 habia hecho una rápida carrera: en solos
catorce años habia alcanzado pasar á la categoría de oficiales
generales, pero el lector mas apasionado no podrá menos de
reconocer que todo lo debió á su espada, á su valor nunca
desmentido, á su celo y pericia en los combates. Nombrado jefe de
Estado mayor del ejército del Sur, Espartero entró en otra esfera
mas ancha, tomando naturalmente una participacion mas directa en
aquellos sucesos y desempeñando frecuentemente la doble mision de
militar y diplomático.
La completa destruccion de los dos ejércitos independientes, la
retirada vergonzosa de la division Sucre, la vuelta á Chile de las
fuerzas con que para el último frustado golpe de mano habian
contribuido las repúblicas, y los prósperos sucesos con que la
fortuna habia favorecido á las armas españolas, dieron diferente
sesgo á nuestra causa. Desperdicíaronse estas circunstancias
favorables, alimentadas con las luchas que estallaron entre los
jefes de la insurreccion Riva-Aguero y Bolivar. Desesperado aquel de
alcanzar la victoria, trató de entenderse con el virey y de
concertar la paz bajo las bases mas convenientes para todos; pero
por desgracia, la manera fatal con que fueron planteadas y
conducidas las negociaciones frustaron este intento.
Al mismo tiempo que esto sucedia, habian llegado á América
comisionados de las córtes españolas para tratar de un arreglo
pacífico. Los comisarios habian estipulado en julio de 1823 en
Buenos-Aires un armisticio de año y medio que podia ser considerado
y admitido como un principio de inteligencia entre ambos
beligerantes y entre todos los demás Estados insurrectos de la
América.
Ufanos los comisarios con el triunfo recabado, dirigieron el
convenio al general Laserna para que lo aceptase si !os
independientes consentian en establecerlo por su parte; pero visto
el fracaso de negociaciones anteriores y comprendiendo la manera
torpe con que estaban los comisarios conduciéndose, acogió la
propuesta con frialdad. Sin embargo, deseoso de la paz comisionó al
brigadier Espartero para que se avistase en Salta con el comisionado
de los insurgentes; pero las cláusulas del convenio preliminar eran
tan contrarias al estado de las cosas, que los parlamentarios no
pudieron llegar á una inteligencia.
Reconocíase en el pacto convenido la independencia de las
repúblicas en la parte comercial y la admision de la bandera de los
insurrectos en los puertos españoles, y para el caso de que se
pactase el reconocimiento de la independencia, los americanos debian
contribuir con veinte millones de duros al afianzamiento del sistema
constitucional en España. ¿Se habian dejado alucinar los enviados de
las córtes por esta promesa? ¿Llevaban facultades para establecer el
reconocimiento? No es posible averiguarlo; pero lo cierto es que el
virey no quiso acceder al armisticio si no se establecia como base
principal el reconocimiento de la autoridad real en el Perú y la
retirada de la division de los Andes que habia sido enviada en
auxilio de los insurgentes de aquel vireinato.
La avenencia no fué posible á pesar de la inteligencia con que
Espartero manejó su comision, y no habiendo querido Laserna oir al
enviado de Buenos-Aires, tuvo este que regresar á aquel punto.
Rotas las negociaciones, se abrió de nuevo la campaña. Si
favorables eran las circunstancias para nuestra causa, terribles
eran á la verdad para la de los insurrectos. Bolivar, dueño casi
absoluto del Perú, al cual trataba como á país conquistado,
encontraba allí una oposicion que amenazaba con un rompimiento;
necesitaba tiempo para levantar y organizar nuevas tropas, y como si
esto no fuera bastante, los sargentos de la guarnicion del Callao
entregaron la plaza á los oficiales del ejército español que allí se
hallaban en calidad de prisioneros.
Tales y tan prósperos sucesos fueron esterilizados por la
ambicion de un hombre.
«El general Olañeta, dice un historiador de estos sucesos, que
por su estraordinario valor personal y por los muchos servicios que
como contratista proveedor tenia prestados al ejército real, habia
ascendido á tan alta gerarquía, generosamente protegido por los
vireyes Pezuela y Laserna, cubria las provincias del otro lado del
Desaguadero, al frente de 4,000 hombres dependientes del ejército
real del Sur. Sin preceder órdenes del virey, ni necesidad alguna de
su inesperado movimiento, y cuando terminantemente estaba prohibido
dar un paso en tanto que para ello no fuera facultado, abandonó sus
posiciones, llevándose considerable armamento de la ciudad de Oruro,
y partió al Potosí. Estando allí el dia 4 de enero, se hizo cargo de
todos los recursos y trató de seducir al jefe político de aquella
provincia, el mariscal de campo D. José Santos La Hera, para que
cooperase al criminal intento de atropellar al de igual clase, D.
Rafael Maroto, á quien mortalmente odiaba Olañeta y mandaba á la
sazon la inmediata provincia de Charcas. Negóse La Hera rotundamente
á tan manifiesta arbitrariedad, y estendiéndose entonces el encono
de Olañeta hasta el jefe del Potosí, hubo de tratar á La Hera como á
verdadero enemigo de guerra, arrojándolo de la provincia despues de
haberle obligado á capitular á su capricho, sostenido por la
superioridad de fuerzas.
»Hecho esto, acomete á Maroto, quien, abandonado de la
guarnicion de Charcas seducida por Olañeta, se vió en precision de
replegarse á Oruro, quedando el traidor libre para apoderarse de
todo el país, prodigar empleos y dinero á los que le seguian en su
abierta insurreccion, y titularse á sí propio capitan general de
las provincias del Río de la Plata, y
superintendente subdelelgado de real Hacienda, correos, etc.
»Atacada de este modo la autoridad del virey, pero espantado
este por la trascendencia fatal de aquella inesperada rebelion,
incierto estaba en la senda que debia adoptar en sus
determinaciones: escribió, empero, en términos correspondientes al
general Olañeta, y mientras que con manifiestos procuraba catequizar
la ilusa tropa que á aquel seguia, dirigió comunicaciones al Norte,
á los generales Canterac y Valdés, mandando á este último que
volviese inmediatamente con su division, á hacer entrar en órden á
los revoltosos.
»Olañeta, asustado de su propia obra, y temblando la esplosion
de la mina que habia cargado por sí mismo, estaba á punto de
retroceder en su infame camino, cuando por los periódicos de
Buenos-Aires, de que él se hallaba mas inmediato que el resto del
ejército real, fué el primero en el Perú que supo la salida del rey
de Cádiz, el real decreto de 1.º de octubre de 1823, y otras
noticias acerca del nuevo órden de cosas que habia sido establecido
en la Península, con cuyos antecedentes, de que no dió al virey idea
alguna, comenzó á titularse y á los suyos, únicos defensores del
altar y del trono, y á los demás caudillos y tropa que no
estaban á su devocion, liberales, judíos y herejes.
»Finalmente,
el 4 de febrero Ilevó su descaro al estremo de espedir profusamente
una proclama, donde despues del epígrafe Viva la Religion,
hablaba á los soldados y á los pueblos en el fanático sentido
realista, análogo á las circunstancias, procurando introducir
sangrienta division entre los defensores de la integridad de la
madre patria, para que de esta manera fuese desgarrada, como
forzosamente hubo de serIo, aquella estensa y rica posesion, cuyo
dominio debia producir la total obediencia de los demás fragmentos
americanos, á quienes pesaba ya su decantada y engañosa
independencia.»
Tan estraña conducta causó una indignacion general. Todo el
mundo comprendió que la causa nacional se perdia sin remedio; todo
el mundo vió que las palabras de que Olañeta se servia no eran mas
que la máscara de sus ambiciones, como se demostró á las claras mas
adelante, y Espartero, que se hallaba en Potosí de regreso de su
comision diplomática, hizo circular la siguiente proclama, cuyo
principal objeto era destruir el carácter realista y religioso que
Olañeta daba á sus pretensiones:
«Viva la religion, el rey y la nacion.
»El infame Olañeta, infatuado con las condecoraciones que
obtuvo, y á las que nunca pudo considerarse digno, acaba de cometer
la traicion mas horrible: él no obedece á la suprema autoridad del
Perú, no pertenece ya ni quiere pertenecer á la histórica nacion
española; quiere unirse con los insurgentes de la Plata, y sumergir
estos pueblos en el caos de males en que aquellos se miran. La
Divina Providencia que visiblemente nos protege, ha permitido que
por la. casualidad mas rara, llegasen á noticia del Excmo. señor
virey las tramas inícuas de este hipócrita, que para comprometernos
tiene la osadía de escudarse con el nombre sacrosanto de nuestra
religion: él pretende haceros creer que la desprecian los jefes
beneméritos que tantas pruebas os han dado de sus virtudes; los
supone enemigos de nuestro adorado monarca el señor D. Fernando VII,
y nadie como vosotros puede desmentir á este impostor inicuo: á
vosotros apelan estos varones ilustres, que viven tranquilos con la
seguridad de que les haceis la justicia que tanto merecen .
»El ladron mas descarado, el contrabandista mas público, y en
fin, el traidor Olañeta, desaparecerá muy en breve de entre vosotros
y os vereis libre de los males que preparaba. El mas virtuoso de los
vireyes, el inmortal Laserna, marcha á la cabeza de nuestros bravos
batallones, y estoy seguro que tan luego como se aviste, correrán á
implorar su perdon los que alucinados con las promesas del mas
infame de los hombres, sirven hoy de instrumento á sus crímenes:
el traidor huirá cargado de confusion y oprobio, sus inmundas
plantas no volverán a manchar este suelo.
»PERUANOS:
Ya restan muy pocos dias para que sepais hasta qué punto se
estendian las maquinaciones de un traidor hipócrita. El Excmo. señor
virey os manifestará con la franqueza y verdad que le son
características, la trama horrenda que disponia aquel pérfido. Quien
os habla, es impulsado solo del amor que profesa á los habitantes
del Perú y de la decision con que ha defendido siempre los derechos
de la nacion española, los del rey y los de la religion. Potosí 5 de
febrero de 1824.-BALDOMERO ESPARTERO.»
El lenguaje acalorado de la proclama precedente está justificado
de una manera cumplida, no solo por el hecho que en ella se
condenaba, sino por la conducta posterior de Olañeta y por los
antecedentes mismos que poseia Espartero respecto á los propósitos
de Olañeta. Sabia, en efecto, el jefe de Estado mayor del ejército,
que el nuevo ministro habia manifestado por escrito á cierta persona
el intento de alzarse con el mando de las provincias del Sur, y
cuando fué allí conocido el decreto de Fernando VII por el cual
quedaban anuladas todas las disposiciones del gobierno
constitucional, Olañeta se declaró en completa insurreccion y se
negó á todo lo que no fuera reconocerle como jefe de la indicada
parte del Sur .
El virey comprendió que todo estaba perdido, y con el intento de
ver si podia salvarlo, reconoció al fin al general usurpador; pero
visto que este no le obedecia ni secundaba sus disposiciones
militares como se habia pactado, trató de deponer la investidura en
el general Canterac, fundándose en la revocacion de los actos
determinada en el real decreto de 1.º de octubre de 1823; pero todo
el ejército se opuso á. esta determinacion y Laserna, no pudiendo
arbitrar términos eficaces, se decidió á enviar á Madrid una persona
de su confianza que espusiese al rey el estado de las cosas y
proveyese al remedio de los males que amenazaban de una manera tan
fatal el triunfo de nuestra causa.
La persona elegida por el virey con aplauso de todos los
generales, fué el general Espartero: el 15 de junio de 1824 se
embarcó en Quilca, y arribado á Cádiz el 23 de setiembre llegó á
Madrid en 12 de octubre.
Espartero
desempeñó perfectamente su mision. Espuso en la corte la situacion
de las cosas, las penalidades y heroismo del ejército, la pericia
militar del desgraciado Laserna, y el carácter ambicioso,
perjudicial.y altamente funesto de la rebelion de Olañeta. El
gobierno aprobó todo lo hecho por el virey, confirmó su
nombramiento, y satisfecho de la conducta valerosa del ejército,
premió sus sufrimientos con diferentes gracias; pero cuando
Espartero Ilegó á Quilca en 4 de mayo de 1825 llevando tan felices
nuevas, era tarde. El ejército reducido por la traicion á un puñado
de valientes, fué vencido en los campos de Ayacucho, y el que
esperaba ser recibido con demostraciones de júbilo, se vió cercado
por los soldados de Bolivar, preso, encerrado en un calabozo y
condenado á muerte para vengar así de una manera indigna los
descalabros que habia hecho sufrir á los insurrectos en tantas y tan
reñidas acciones.
Sus amigos D. Antonio Gonzalez, D. Facundo Infante y D. Antonio
Seoane lograron que se le perdonase la vida, y fué desterrado por
toda su vida á la isla de Capachica, roca desierta que se eleva en
medio de una laguna y en la cual no habia de tardar en recibir la
muerte. Nuevos ruegos decidieron al fin á Bolivar á ponerle en
libertad, y embarcado en Quilca en 1,º de agosto árribó á Burdeos.
Así terminó esta parte de su vida militar, donde tantas pruebas
dió de arrojado, pundonoroso y valiente y donde hizo lo mas difícil
de su carrera. Cuántos generales le tuvieron bajo sus órdenes
formaron de él un concepto distinguido. Hé aquí el que mereció al
general D. Alejandro Gonzalez de Villalobos en diciembre de 1824:
«Es jefe que goza de una opinion sobresaliente para el mando por
su mucho valor, inteligencia, en táctica, conocimientos generales en
la milicia, y muy acreditado en funciones de guerra, y tiene mucha
disposicion para el mando.»
El general Valdés dijo de él en la época en que Espartero era
coronel:
«Tiene mucho valor, talento, aplicacion y conocida adhesion al
rey nuestro señor: es muy á propósito para el mando de un cuerpo, y
mas aun para servir en clase de oficial de E. M. por sus
conocimientos. Este será algun dia un buen general, por su golpe de
vista militar y viveza para aprovecharse de los descuidos del
enemigo.»
Por último, el virey formó de él este concepto:
«Tiene conocimientos generales del arte militar y acreditado
valor en varias ácciones de guerra: tiene talento y viveza; es
inteligente en táctica, y mucha disposicion para el mando de un
cuerpo, y aun mas para el E. M. de un ejército: su conducta política
y militar fué buena.»
No dejaremos esta parte de su biografía sin hacer una
observacion no del todo inoportuna. El partido mas afecto al regente
del reino en 1843 Ilevó un tiempo el nombre de Ayacucho, y sin
embargo, Espartero no asistió como hemos visto á aquella batalla:
¿cómo ha podido darse esta calificacion al general y á sus amigos?
¿Qué es lo que con ella queria darse á entender? No lo sabemos;
estas son aberraciones políticas que no tienen esplicacion y que
solo se conciben en España.
* * *
Bajo tristes
auspicios regresaba á la tierra patria el entonces brigadier. La ira
absolutista no perdonaba á ninguno en que viese la mas ligera sombra
de liberalismo, y todos los militares procedentes del ejército de
América fueron tachados de este defecto abominable. Espartero juzgó
prudente permanecer tres meses en Bordeos, donde desembarcó, y
creyendo pasado aquel arrebato del bando apostólico, que sin embargo
no cesó hasta la muerte del rey, vino á Madrid en 4 de marzo de
1826. Espartero se équivocó: á pesar de sus merecimientos, á pesar
de que nunca habia pensado mas que en cumplir sus deberes de
militar, fué acogido friamente, y al dia siguiente de presentarse
recibió la órden de ir de cuartel á Pamplona. Cerca de dos años
permaneció en aquel punto, hasta que segura, al parecer, la córte de
que nada intentaba hacer en política, fué nombrado comandante de
armas de Logroño.
Casado ya con su actual esposa doña Jacinta Sicilia, hija de un
rico propretario de aquella capital, su nombramiento no pudo menos
de ser acogido favorablemente. Dos años pasó en Logroño, que desde
entonces fué mirada por Espartero como una patria adoptiva, hasta
que en 28 de octubre de 1830 obtuvo el mando del regimiento de
Soria, 5.º de línea, con el cual pasó á guarnecer la plaza de
Barcelona y despues la de Palma de Mallorca. Su celo por la
instruccion y comodidad del soldado fueron tales, que al pasar
revista el capitan general al indicado cuerpo, no pudo menos de
dirigir á su jefe la siguiente comunicacion que damos íntegra, pues
da á conocer su amor constante al servicio.
«Capitanía general de las islas Baleares.-He revistado en
detenida y escrupulosa inspeccion el regimiento de Soria del cargo
de V. S., en cumplimiento de la real órden de 21 enero de este año.
El rey N. S. sabrá el estado de brillantez y perfeccion de los
batallones del cuerpo; el esmero, inteligencia y celo ardiente de V.
S. ; la instruccion y espíritu de cuerpo de sus oficiales; la
aplicacion de los caballeros cadetes, y casi increible instruccion
que los adorna y decora; la exactitud con que la clase de sargentos
ha contestado al riguroso y severo exámen que yo mismo he hecho de
ellos en público; la precision con que los cabos y soldados han
satisfecho en la revista personal á presencia de la oficialidad del
batallon de descanso y de todos los jefes, á los deberes de que han
sido interrogados; el manejo de las armas; el completo lujo del
vestuario; la disposicion interior de compañías, almacen y talleres;
el órden de las oficinas del cuerpo; la uniformidad de los libros y
papeles de compañías; la instruccion de la banda en los toques de
guerra; la inteligencia y legalidad en las cajas, separacion de
fondos, cuentas de estas y ajustes comprobados de la tropa, su
completo desempeño y grandes alcances existentes en los fondos,
componen un complemento de interioridad tan perfecto y uniforme, que
puede decirse que jamás ha sido escedido y pocas veces igualado, la
instruccion militar corresponde á las demás calidades que distinguen
al regimiento: la precision de las maniobras presenta el desvelo de
V. S. en conseguir su perfeccion, y la de sus fuegos la atencion á
que V. S. ha acostumbrado su regimiento. Yo me doy la enhorabuena de
haber visto un cuerpo digno de su arma, y digno de servir á su
soberano, obedeciendo las órdenes que ha recibido V. S. del ministro
de inspeccion, con la escrupulosidad que le ha conducido al grado en
que se halla. Reciba V. S., principal interesado, mi sincera
complacencia y enhorabuena, y estiéndala V. S. con las debidas
gracias á los señores jefes, como oficialidad y tropa, cuyos méritos
respectivos elevo á la superioridad, con la seguridad del digno y
elevado espíritu de las clases en favor de los deberes sagrados de
fidelidad á SS. MM. y descendencia directa y demás sentimientos de
honor que las decoran.»
La muerte de Fernando VII halló á Espartero al frente del
regimiento de Soria. La ambicion de D. Cárlos dividió la España en
dos bandos opuestos, y Espartero se colocó desde luego en aquel que
le indicaban sus creencias, pidiendo inmediatamente al gobierno
constitucional pasar con su regimiento al territorio vasco-navarro.
Conocidas como eran sus cualidades de milititar valiente y
aguerrido, el gobierno acogió con placer esta peticion é
inmediatamente le facultó para que pasase con un batallon de su
regimiento á la Península. Llegó á Valencia en diciembre y
cumpliendo con las órdenes del capitan general, salió al dia
siguiente en persecucion de una partida de 400 hombres que al mando
de Magraner recorria las inmediaciones de Onteniente, Sus
operaciones fueron combinadas con un acierto tal, que á los tres
dias se desbandaron los carlistas cayendo su jefe prisionero, y
conociendo el gobierno cuán útiles debian ser sus conocimientos y su
práctica en esta clase de operaciones, le nombró comandante general
de Vizcaya en 1.º de enero de 1834.
Espartero, ávido de gloria, queriendo justificar las esperanzas
que en él se habian fundado, salió de Madrid inmediatamente, El 9 se
hallaba ya en Vitoria, y antes de llegar al punto de su destino tuvo
ocasion de medir las armas con el enemigo que iba á combatir. Luqui
á la cabeza de fuerzas numerosas le interceptó
el paso en
Barambio y Espartero aceptó naturalmente el combate.
El fuego se sostuvo con viveza por espacio de tres horas, hasta
que Espartero, recelando que acudiesen otras fuerzas en auxilio del
cabecilla carlista, dividió su gente en dos columnas, y dejando una
de ellas en Arrigorriaga, avanzó al frente de la otra llegando á
Bilbao el 11, y al dia siguiénte se encargó del mando militar de la
provincia.
El primer cuidado á que tuvo que acudir fué á fortificar aquella
plaza, que durante el trascurso de esta guerra habia de ser
encarnizadamente disputada, y que, á parte el interés político que
años despues habia de cifrarse en su posesion, era entonces un punto
de importancia como base de operaciones contra los insurgentes.
Si Espartero hubiera podido disponer de tropas suficientes para
ocupar el país en que la insurreccion dominaba; si hubiera tenido
las fuerzas necesarias para formar un círculo alrededor de los que
defendian la causa de B. Cárlos; si siquiera hubiéra dispuesto
de un número de hombres igual al de sus enemigos, la guerra hubiera
quedado indudablemente terminada en una sola campaña, y en vez de
una lucha tenaz de siete años, el carlismo no hubiera podido
sostener mas que breves escaramuzas, que, por lo estériles, hubieran
quedado abandonadas.
Pero los gobiernos que ocuparon el poder durante aquel agitado
período, no llegaron nunca á poner frente al carlismo un número
igual al de los hombres que lo defendian, y lo mismo delante de
Bilbao que en Arlaban, en Ramales y en Mendigorría, el ejército
liberal tuvo que combatir siempre con un número doble de enemigos.
Sea por pequeñez de miras, sea por falta de recursos, sea, en fin,
por las agitaciones políticas que devoraban á los constitucionales,
la verdad es que siempre estuvieron muy por bajo de lo que la
situacion de las cosas exigia, y que fue necesario todo el valor é
inteligencia de hombres esperimentados en la guerra para sacar
triunfante una causa que obtenia las simpatías de la nacion.
En todo el trascurso de la guerra, ora mandasen los exaltados,
ora la fraccion que les disputaba el poder en el terreno
constitucional, nunca brilló una idea grande y decisiva en las
esferas del gobierno, si se esceptúa la que tuvo Mendizabal; así,
aquel ejército pobre y mal equipado que dejó Fernando VIl, era
insuficiente para dominar la guerra, y en vez de reconocerlo,así y
de elevarlo rápidamente á las proporciones necesarias, los
gobiernos, puede decirse que iban limitándose á imitar á sus
enemigos, y que solo aumentaban sus fuerzas cuando hallaban que
aquellos les llevaban el doble de ventaja.
Esto, tratándose de una guerra que podia y debia considerarse de
invasion, tenia que dar resultados muy amargos, y en efecto se
obtuvieron. Los carlistas: faltos de organizacion militar, sin esa
cohesion que constituye el núcleo de los ejércitos regulares, tenian
en cambio una gran movilidad, una facilidad suma para rehacerse
despues de una derrota, y presentarse al dia siguiente reunidos
donde menos se esperaba. Aquella, en un principio, verdadera guerra
de guerrillas, se fué formalizando á fuerza de combates, y cuando un
dia llegaron los carlistas á presentar toda su fuerza, fué necesario
un esfuerzo poderoso para inclinar la indecisa balanza en favor de
los constitucionales.
Y no era que los carlistas se presentasen desde luego cortos en
número y faltos de brío. Apenas salió Espartero de Bilbao dejándolo
fortificado, tuvo que emprender una série de reñidos encuentros, y
desde mediados hasta últimos de enero, estos fueron tantos como dias,
llegándose á contar hasta 17, entre los cuales fueron los mas
tenaces los de Santa Cruz de Viezcarquiz, Mendata, Rigoitia,
Arrieta, Larrabezua, Arechobalogana, Munguía y Bermeo.
Las bandas carlistas que por todas partes pululaban, se
reunieron en torno de Guernica en número de 6,000 hombres para
apoderarse de aquel punto ocupado por 150 soldados del ejército
liberal. Espartero, que habia vuelto á Bilbao, salió de allí en su
socorro con solo 1,300 hombres, y á pesar de la inferioridad de sus
fuerzas logró desalojar á los carlistas de sus posiciones; pero
vueltos estos en sí y avergonzados de haberse
dejado arrollar por fuerzas tan inferiores, acometieron á las tropas
de Espartero, y faltas de víveres y municiones, tuvo este que
replegarse á Bilbao, haciéndolo en buen órden, y despues de haber
conseguido su objeto, esto es, libertar la corta guarnicion de
Guernica.
Un refuerzo de 2,000 hombres llegado dos dias despues á Bilbao,
le permitió tomar la ofensiva, y marchando nuevamente sobre Guernica,
hizo desalojar á los carlistas aquel punto, les persiguió hasta
obligarles á presentar batalla en Oñate, donde quedaron derrotados y
dispersos, dejando libre la provincia de Guipúzcoa.
Pero si esta quedaba falta de enemigos, la de Vizcaya los veía
reconcentrarse. En ella se libraron sucesivamente los encuentros de
Eibar, Lemona, Cenauri, Acheriz y Marquina, en el trascurso de
marzo, pero ninguno de ellos fué tan importante como el de
Portugalete, cuyo punto sitiaba el cabecilla Castor con 1,000
hombres.
Aquel puede decirse que fué el primer combate sério que
sostuvieron los carlistas. La empresa de socorrer la plaza ofrecia
varias dificultades, pues el puente colgante de Burceña, por el que
era imprescindible atravesar, estaba en poder de los carlistas, que
comprendian toda su importancia, y naturalmente habian aglomerado
allí todas sus fuerzas. Apenas se presentaron las que mandaba
Espartero, se dió principio á la accion. Las puertas del puente se
hallaban cerradas, y esto hizo detener á las tropas de la reina
hasta que colocándose su jefe frente á ellas, las lanzó á la
bayoneta, y desconcertados los carlistas se retiraron entrada la
noche, no sin haber opuesto una tenaz resistencia, que costó mucha
sangre á los isabelinos. Espartero, despues de socorrer á
Portugalete persiguió á los fugitivos hasta Sodupe, y alcanzándolos
allí, los derrotó completamente.
Pero estos triunfos, al par que mermaban las fuerzas de los
isabelinos, no disminuian realmente las de los carlistas. Nuevas
bandas, fanatizadas por la voz de los amigos del pretendiente, iban
á engrosar sus filas, y así, pocos dias despues de la última derrota
que acabamos de consignar, esto es, en primeros de abril, los
enemigos se presentaron en número de 3,000 en Aulestia, mandados por
Zabala y Valdespino, lisonjeándose con unirse pronto á Luqui y
Latorre, que debian traerles otra fuerza igual. Espartero á la
cabeza de 2,000 hombres trató de deshacer el primero de los cuerpos
referidos antes de que se verificase su union con el segundo; pero á
pesar de los esfuerzos que hizo por traerlos á un combate decisivo,
especialmente en Rigoitia, Zavala y Valdespino se fueron replegando
hasta que lograron unirse en Morga con la gente que esperaban.
Eran 6,000 hombres, que ocupaban una fuerte posicion y que
tenian ya prácticas militares. Llevaban además de la ventaja del
número, la de hallarse apostados en un desfiladero enlazado con una
fuerte cadena de alturas; pero no obstante, el jefe de las tropas de
la reina les acometió con sus 2,000 hombres, y practicando un hábil
movimiento se apoderó de la série de colinas de que dependia bajo
algunos conceptos, la posicion del enemigo; pero lo que mas
ímportaba era
posesionarse de la
altura de Sarraya, y mientras el brigadier Benedicto lo intentaba,
hizo Espartero un movimieóto de retroceso para protegerlo. Los
carlistas creyeron que esto era una retirada y abandonaron sus
posiciones para arrojarse sobre el enemigo con mas arrojo que
acierto; pero rechazado su primer empuje, las tropas de la reina
cargaron en cuatro columnas á la bayoneta, y fué tal la bizarría con
que lo hicieron, que la estensa línea enemiga quedó rota en todas
partes y sus huestes completamente derrotadas.
Aquella victoria fué la mas importante de cuantas Espartero
habia obtenido y en la que mejor demostró su habilidad para situar
sus fuerzas y atraer al enemigo á terreno ventajoso, así como su
pericia para disponer el ataque y su arrojo característico para
llevarlo á cabo. El gobierno, reconociendo su mérito y deseando
recompensarle por los muchos servicios que habia prestado en toda la
campaña, le concedió el grado de mariscal de campo.
* * *
Desde abril de
1834 hasta junio del siguiente año en que se eclipsó por un momento
la suerte del caudillo liberal, sus triunfos no tuvieron
interrupcion. Ceberio, Santa Cruz de Vizcarquiz, Oiz, Baquio, Ereno,
Iparter, Arrieta, Plencia, Orozco, Gorbea, Ormaiztegui y Villareal
de Zumárraga fueron teatro de otros tantos hechos de armas
igualmente gloriosos; pero la reputacion que el general se habia
adquirido á fuerza de tantos combates, padeció notable detrimento en
el verdadero desastre de Descarga.
El general Zumalacárregui habia tomado ya la direccion de las que
aumentó con su prestigio, y habian llegado á ser verdaderas tropas
regladas, y dejando la defensiva en que hasta entonces habian
permanecido desplegaba todos sus talentos militares para
conseguir el propósito que habia formado de arrojar á las huestes
liberales del territorio vasco-navarro. Su primer pensamiento fué
poner sitio á Villafranca de Guipúzcoa, plaza fortificada con esmero
y llave de un buen territorio. El incremento que iba tomando la
insurreccion habia determinado la formacion de otros cuerpos que
obrasen de concierto con el del general Espartero, siguiendo la
direccion del general Valdés, y concediendo este toda la importancia
que merecia á la posesion de Villafranca, combinó un plan bastante
arriesgado para libraría del asedio en que la tenian los carlistas.
Las fuerzas de las provincias vascongadas, compuestas de dos
divisiones y una brigada auxiliar mandadas respectivamente por el
baron del Solar, el conde de Mirasol y el coronel Ulibarri, debian
ponerse en marcha bajo las órdenes de Espartero con direccion á
Villafranca, combinando su movimiento con el que desde el fondo del
valle del Baztan habia de verificar el general Oráa. Espartero, dice
uno de sus historiógrafos, tomó el camino de Durango y tocó
sucesivamente en Vergara y Mondragon, haciendo aquí alarde de sus
fuerzas para imponer á las enemigas que habia en Oñate. Privado de
comunicaciones, ignorando el punto en que se hallaba el general en
jefe, no recibiendo tampoco aviso ni noticia alguna de las tropas
auxiliares, comprendió que su situacion iba haciéndose muy crítica:
avanzó resueltamente y se enseñoreó del alto de Descarga en la
tarde del dia 2 de junio, decidido á esperar allí el concurso de las
tropas isabelinas y las últimas y mas positivas órdenes del general
en jefe.
La posicion de Descarga, aunque muy dominante y en cierto modo
inespugnable, ofrecia, sin embargo, varios accidentes y algunos
peligros. En efecto, al pié de aquellas empinadas crestas se abren
profundos barrancos sinuosos y cubiertos de maleza, que presentan
mucha facilidad para una emboscada. Espartero adoptó prontas y
eficaces disposiciones para asegurar los puntos mas espuestos,
Fiados en la superioridad de sus posiciones, los soldados isabelinos
descansaban de las fatigas de la espedicion, esperando los albores
del día siguiente para combatir al enemigo que estrechaba vivamente
á Villafranca, si bien habia relajado algun tanto el rigor del
asedio para poner en observacion parte de sus fuerzas.
Gran disgusto y profunda sorpresa produjo en las tropas
isabelinas la órden de retirada dada á las diez de la noche en
direccion de Vergara. El cielo encapotado y sombrío, despedia una
lluvia fina y abundante, que impelida por fuertes ráfagas de viento
daba de cara á los soldados; solo la débil luz de las moribundas
hogueras del campamento alumbraba el principio de esta marcha
inesperada. Rompióla la division de Alava, que con el baron del
Solar á la cabeza, llegó á Vergara á las diez y media, sin ser
molestada por los enemigos; pero no alcanzaron igual y tan próspera
fortuna los demás cuerpos. La brigada auxiliar de Navarra, que
seguia inmediatamente despues el movimiento, se vió atacada por
enemigos cuyo número ignoraba. Eran estos 40 caballos y cuatro
compañías de infantería que el general carlista Eraso habia mandado
salir de Villareal de Zumárraga bajo las órdenes de su hijo, con
objeto de que observaran á las tropas de la reina. Debia ser la
marcha de estas poco segura y concertada, cuando los carlistas con
tan escaso caudal de gente concibieron el proyecto de caer sobre el
grueso de los isabelinos, proyecto que hubiera podido graduarse de
temerario, si el éxito no lo hubiera legitimado: treparon por el
cuerpo de una de aquellas eminencias, llegaron cerca del punto en
que se hallaba un centinela, y al Quién vive, dado por este,
contestaron aquellos con el grito de «Isabel
II»
y avanzando siempre, le desarman y se arrojan impetuosamente sobre
las avanzadas de la brigada de Navarra que hacia en aquel momento un
pequeño alto para tomar descanso.
Aquellas tropas, que habian dado tantas pruebas de serenidad
en combates repetidos, se sintieron sobrecogidas de terror, y
arrojando las armas se pronunciaron en completa fuga. Inútil fué que
el general, los jefes y oficiales hiciesen cuantos esfuerzos son
imaginables para que recobrasen el valor perdido. El pánico, el
verdadero pánico, que no admite lugar á la refiexion, que no ve ni
oye mas que el objeto que domina al individuo, se apoderó de tal
modo de las tropas, que solo 1,500 hombres de toda la division
pudieron llegar á Vergara oponiendo alguna resistencia al enemigo.
Espartero
tuvo que retroceder hasta Bilbao, perdiendo en aquella noche
desastrosa mas de 1,000 hombres y abandonando muchos puntos
importantes.
¿Qué es lo que pudo determinar aquella inoportuna retirada?
Nadie lo sabe. La única razon que en su favor se aduce, es la
presuncion de que los generales que debian operar con Espartero, no
podrian llegar hasta el punto que les estaba designado. No habia
avisos, en efecto, de que hubieran realizado ya sus movimientos: el
general se creyó comprometido, y la division que mandaba, perdido el
valor moral que le iban arrebatando los crecientes triunfos del
bando carlista, se dejó llevar por la exageracion del ascendiente
que concedian al enemigo.
Ahora bien: ¿debió Espartero emprender su retirada, caso de
que fuera absolutamente necesaria, en condiciones tales como las que
eligió? ¿Eran tan fuertes los carlistas, que pudieran impedir su
movimiento hecho á la luz del dia y con todas las ventajas que le
daba la disciplina de sus tropas?
No
creemos que haya semejante conviccion. Tal vez un esceso de
prudencia fué lo que determinara á Espartero á retroceder; pero al
darse la órden á las tropas, debieron creerse comprometidas por
estremo, y al verse sorprendidas, es natural que se dejaran llevar
de los mas contrarios sentimientos.
Todas las fuerzas carlistas que habian asistido á aquella
derrota, no pasaron de cuatro compañías y algunos caballos
destacados en observacion de las tropas: en un momento de entusiasmo
aventuraron un golpe audaz, y el resultado fué el que acabamos de
esponer .
La desgracia batia sus alas sobre el campo de los liberales.
Los carlistas habian llegado á formar tropas regladas, y en tanto
número, si no superior como el de las que combatian; frecuentes
encuentros, todos ellos favorables á la causa del Pretendiente, les
habian dado una confianza sin límites, y el gobierno de Madrid,
impotente para salvar las dificultades de aquella situacion, lejos
de adoptar grandes medidas que devolviesen al ejército liberal su
perdido ascendiente, participó del comun desaliento, y mandó que las
fuerzas que combatian en el territorio vascongado se replegasen
sobre el Ebro.
Todo el país quedó, pues, abandonado á las armas de D.
CárJos Zumalacárregui sitió á Bilbao, único punto que se
mantenia por la causa legítima, y fué necesario todo el heroismo de
aquellos habitantes para que una plaza, á la cual iba ligado el
triunfo de los beligerantes, no cayese en manos del carlismo. La
inaccion dominó, pues, durante muchos dias al ejército leal, y esa
inaccion impuesta por el gobierno de Madrid, debia ser tan absoluta
en el concepto de este, que cuando el general Valdés dispuso que
Espartero avanzase sobre Bilbao, tuvo que hacer dimision del mando
en jefe del ejército por no sufrir las reconvenciones de un
ministerio pusilánime. .
La Hera, que sucedió á Valdés en tan importante mando, ordenó á.
Espartero que retrocediese; pero este, que se hallaba ya casi á la
vista de Bilbao, le dirigió una carta, en que, despues de
encarecerle la conveniencia, ó mas bien la necesidad de hacer á los
carlistas levantar el sitio, concluia con estas animosas palabras:
«,Si, como no espero, Vd, desatiende el consejo de su amigo, este
tirará la faja, detestará el nombre de español, y Vd. quedará
cubierto de ignominia. No crea Vd. que es duro este lenguaje; lo
dicta el interés de la patria: mañana en Balmaseda, aunque arda el
mundo. »
Felizmente La Hera oyó el consejo de su antiguo compañero en las
campañas de América, y adelantando todas las fuerzas que se hallaban
disponibles, se presentaron sobre Bilbao, obligando á los carlistas
á levantar el sitio sin disparar un tiro.
La batalla de Mendigorría concedió una gran parte de su
gloria para el general Espartero que mandaba el ala izquierda; y si
aquella batalla, por tantos conceptos gloriosa, no abrió la tumba á
la causa del carlismo, no fué ciertamente por culpa del general
cuya historia vamos relatando á grandes rasgos. A haber seguido sus
consejos, no se hubiera detenido el alcance del enemigo, dejándole
en completa libertad para rehacerse y proseguir con empeño la guerra
fratricida.
Críticas, por estremo severas y hasta injustas, sobre
los castigos impuestos á algunos soldados que habian faltado á sus
deberes, entregándose al robo y al saqueo, fueron causa, pues no hay
nada que lo esplique, de que Espartero fuese reemplazado en el mando
de la division que operaba en Vizcaya, por el general Lacy Evans;
pero el importante triunfo que alcanzó en Orduña sobre las fuerzas
mandadas por Eguía, hicieron borrar bien pronto la impresion que
habian causado en ciertos ánimos sensibles los fusilamientos antes
referidos.
La importancia de este glorioso combate, en que la fama de
Espartero recobró todo su brillo, nos obliga á reproducir el relato
que de él hace un distinguido escritor:
«Supo Espartero, hallándose á la cabeza de la segunda
division y la brigada de vanguardia, consistentes ambas en doce
batallones y dos escuadrones de lanceros, que el general carlista
Eguía dominaba la línea de Amurrio á Orduña con veinte batallones,
habiendo adelantado sobre ese punto un batallon castellano y dos
escuadrones. Ocurrióle desde luego al jefe isabelino la idea de
practicar un fuerte reconocimiento sobre Orduña, trabando serio y
formal combate en el caso de que elI enemigo se opusiera con el
grueso de sus fuerzas. Se puso en marcha en la mañana del dia 5, y
Ilegó con sus tropas á la cima de la peña de Orduña, gigantesco
antemural de granito, puesto allí como para proteger á la ciudad de
los hombres y de los elementos.
»Figurábanse los carlistas que los isabelinos no emprenderian el
descenso de la peña para caer en brazos de sus veinte batallones;
pero se engañaron.
»Espartero escalonó las dos brigadas de la segunda division
sobre el cuerpo de la peña, y al frente de la vanguardia y de los
escuadrones de húsares, avanzó sobre Orduña. Al observar este
movimiento, los carlistas mejoran sus posiciones y pretenden
disputar á las tropas de la Reina el paso de la carretera, y al
efecto adelantan dos escuadrones hasta el pié de la venta de
Tertanga, y una compañía ocupa las casas del pueblo del mismo nombre
y las alturas de la derecha, dispuestos aquellos y esta á hacer
firme rostro á sus enemigos.
»Espartero que ve la situacion de las tropas carlistas, lanza
sobre ellas dos compañías del Infante y de la Princesa, y al propio
tiempo desciende al trote seguido de los húsares, y se precipita en
el llano para arrollar los escuadrones enemigos. Pero estos buscando
el apoyo de la ciudad se replegan aceleradamente sobre ella.
Persíguelos el general isabelino á rienda suelta, y las lanzas de
sus soldados casi tocaban ya la espalda de los carlistas, cuando la
infantería de estos, oculta detrás de unas tapias, fulmina fuego
terrible, que, si no desconcierta, desune al menos las filas de los
húsares. Entonces Espartero manda hacer alto, y practicar un
movimiento retrógrado, con el fin de atraer al enemigo. Reputando
este por retirada lo que no era mas que un ardid, sale de sus
improvisadas trincheras y se presenta á cuerpo descubierto al frente
de los húsares. Espartero conoce el valor de aquellos momentos, y
cae sobre los carlistas con ímpetu y decision tales, que, sin ser
poderosos á resistirle, se desbandan unos, perecen otros
debilitada ya la resistencia por el desórden, y los mas afortunados
logran penetrar en Orduña, creyendo lograr allí un asilo para salvar
su vida ó un buen sitio para restaurar su honor. Y ambas cosas
podian lograr, si encerrándose en el fuerte edificio de la Aduana,
daban tiempo á que acudieran en su auxilio los numerosos batallones
reconcentrados á una legua dé distancia. Pero este peligro tan
probable no retrae al intrépido general de la Reina; comprende que
es posible apoderarse de Orduña por un golpe de mano, y dando él
mismo el ejemplo, entra en la ciudad acompañado de unos cuantos
ginetes, mientras los demás se apresuraban á seguir este movimiento
arriesgado. Opusieron los carlistas menguada resistencia, pues no
viéndose protegidos por algunas de sus fuerzas huyeron por la puerta
de Bilbao. Durante todo el tiempo de la accion, esperimentaron
sensibles bajas ambos combatientes, si bien fué mucho mas
considerable la de los carlistas, pereciendo de ellos cerca de 600
campeones al defender la entrada de la ciudad.»
La crudeza del invierno hizo detener las operaciones, pero
habiendo reunido en marzo hasta 17 batallones ganó sobre los
enemigos la importante y reñida accion de Unzá, terminada con la mas
brillante carga á la bayoneta, carga en que combatieron cuerpo á
cuerpo al arma blanca dos grandes ejércitos, y en que la victoria
quedó por el que mandaba el general Espartero.
No hablaremos de la gloriosa parte que cupo á aquel ejército en
la batalla de Arlaban; en ella le tocó la mas difícil y gloriosa de
aquella gran jornada, como decia en su comunicacion el general
Córdoba. Sus tropas no perdieron jamás el palmo de terreno que con
tanta pena llegaban á adquirir, y aquel dia conquistaron una
reputacion de invencibles.
Tanto valor, tanta pericia y tanto arrojo fueron recompensados
con el empleo de teniente general. .
El nuevo
teniente general, que seguramente no esperaba verse al frente del
ejército de operaciones, se halló sorprendido á los pocos dias con
tan importante cargo. El general Córdova, movido por razones cuya
esplicacion no nos incumbe, renunció el mando que que venia
desempeñando, y al partir para Madrid, lo dejó en manos del
espresado general.
Ardua era la mision que este iba á echar sobre sus hombros:
aquel ejército, falto absolutamente de recursos, combatido por la
desnudez y el hambre, sin medicamentos ni camas para los heridos,
tenia que llevar á cabo la empresa verdaderamente heróica de
desalojar de fuertes posiciones á un enemigo superior en número, y
que contaba con todas las ventajas de la disciplina y de la posesion
del país en que acampaba.
Un incidente bastante importante vino á retrasar el instante de
que ambos ejércitos midieran todas sus fuerzas. El general carlista
Gomez emprendió una de aquellas espediciones que le acreditaron de
jefe esperto y atrevido. Desprendiéndose con una fuerza considerable
del núcleo del ejército carlista, emprendió una marcha sobre la
falda de la cordillera cantábrica y penetró en Oviedo, encaminándose
despues al reino de Galicia. Espartero, lanzado en su persecucion,
no pudo alcanzarlo hasta mes y medio despues de haber abandonado el
campamento isabelino: tanta era la celeridad de las marchas y
contramarchas del general carlista.
Alcanzóle en Ezcaro, y pocos dias despues en Oceja de Sajambre;
pero la resistencia de Gomez á empeñar ningun sério combate impidió
que el triunfo de los isabelinos pasase de cogerle algunos
centenares de prisioneros. Fué tambien parte á ello la mala
situacion de los caminos; mas que todo el lamentable estado de las
tropas que llevaban 50 dias de marcha, casi descalzas y mal
alimentadas; y por último, el haber caido el general atacado de la
dolencia que le ha combatido durante toda su vida.
Trasladado en una camilla á Lerma y desde allí á Logroño, marchó
restablecido apenas á tomar el mando del ejército del Norte en que
habia sido confirmado, al mismo tiempo que el gobierno le conferia
el cargo de virey de Navarra y capitan general de las Provincias
Vascongadas.
No hay que decir que el nuevo gobierno no habia mejorado en nada
la situacion material del ejército. Espartero lo encontró, como lo
habia dejado, falto de todo, inferior en número á sus enemigos, y
obligado á tomar una ofensiva vigorosa, si la disciplina no habia de
relajarse, dejando á la vocinglería y malas pasiones de partidos
intrigantes el triunfo del Pretendiente.
iTriste cosa es que en esta España, donde todos los pechos arden
en amor á la patria, la exageracion á que llevamos todas las ideas,
la fatal tendencia á resolverlo todo menos por el cálculo que por el
sentimiento, haya perjudicado siempre al triunfo de las causas
verdaderamente patrióticas! Todos los partidos, todos los españoles
interesados en la terminacion de la guerra, pedian una accion rápida
y enérgica; los unos, porque creian comprometer así al gobierno; los
otros, porque no querian admitir mas dilaciones, contando con que ya
habian hecho bastantes sacrificios. Ni unos ni otros, ni mucho menos
los gobiernos todos de aquella época azarosa estuvieron á la altura
de su mision. «Los ejércitos, ha dicho un escritor satírico, se
forman por el vientre; para sostener la guerra y obtener un pronto
triunfo se necesitan tres cosas: dinero; dinero y mas dinero, ha
dicho otro escritor no menos crónico y profundo. Estos verdaderos
axiomas de la ciencia militar eran desconocidos por los hombres que
en el poder ó á la espectativa de él se entregaban á estratagemas
inocencentes ó á recursos ilusorios para terminar la guerra,
El ejercito del Norte, reanimado, ya que no por los recursos
pecuniarios, por la presencia de un jefe activo y valeroso, que le
inspiraba una entera confianza, se puso en marcha para hacer
levantar el sitio que los carlistas habian puesto á Bilbao por
segunda vez. No eran mas que 15 batallones y los carlistas contaban
con 23; sin embargo se marchó con decision. El hambre les hacia
detenerse en algunos puntos: sin embargo se siguió avanzando.
Horrorosos vendabales de agua y nieve disputaban el paso á aquel
ejército descalzo y mal arropado: sin embargo, se Ilegó á la vista
de Bilbao y comenzó la espugnacion de los inaccesibles reductos
defendidos por la gruesa y numerosa artillería carlista.
¿Habremos de detenernos á narrar una por una aquella série de
gloriosos combates, de heróicos prodigios y de titánicos esfuerzos
que cubrieron de gloria al ejército español y llenaron de admiracion
á Europa? Muy á nuestro pesar tenemos que renunciar á ello, pues ya
se han referido en el curso de esta obra; pero no podemos
menos de rendir aquí un tributo de admiracion al ejército y al
general que llevaron á cabo tan memorable empresa.
La derrota del ejército carlista, terminada con la carga mas
brillante de que hay ejemplo en la moderna história militar, fué la
señal de la derrota de los ejércitos del Pretendiente. Si no puede
decirse que aniquiló su poderío, le privó de toda probabilidad de
triunfo. La discordia, compañera inseparable de la desgracia, surgió
en el campo de D. Cárlos, porque como no podia atribuirse en el
fuero de la justicia la derrota á la falta de elementos, se atribuyó
á la falta de tino en emplearlos. Por otra parte, como la reaccion
de un esfuerzo violento produce siempre una gran debilidad, los mas
fieles partidarios del infante cayeron de ánimo, y cayeron tanto mas
cuanto mas ardientes habian sido sus esperanzas y mas fundadas sus
aspiraciones. El crédito, fuente de muchos recursos materiales con
que contaba D. Cárlos, sufrió una fuerte conmocion, y desde entonces
se fué estinguiendo poco á poco: las mismas provincias vascongadas,
cuna de la guerra, empezaban á fatigarse en vista de su prolongacion,
y estas causas reunidas motivaron despues un movimiento de los
carlistas sobre el centro del reino, que perdió mucho de su
imponente carácter por ser obra de una necesidad estrema.
En la mIsma proporcion y contraria escala fué el efecto que
produjo en todos los que seguian la causa de la reina Isabel. Nadie
hubo que no admirase la heróica intrepidez de los bilbainos, y el
ardor y constancia de las tropas y las cualidades del general en
jefe. La reina gobernadora espidió con fecha 3 de enero un decreto
encomiando á todos los que habian tomado una parte activa en aquella
difícil y empeñada empresa, dándoles las gracias en su real nombre,
y concediendo al general Espartero la merced de título de Castilla,
con la denominacion de conde de Luchana y vizconde de Banderas, para
él y sus descendientes por el órden regular. Las Córtes que á la
sazon se hallaban reunidas, declararon que los defensores de Bilbao,
el general en jefe y las tropas de mar y tierra habian merecido bien
de la patria, y no pareciéndoles cumplida prueba de su
reconocimiento esta manifestacion, dispusieron que su presidente D.
José María Ferrer dirigiese al general Espartero una carta
congratuloria. En ella está el siguiente párrafo que prueba el
concepto que se habia formado del rasgo de Espartero en las altas
horas de la noche del 24. «Un momento soló, la resolucion de un
instante valen tanto como la vida del mas distinguido general.
Cuando despues de una prolongada y sangrienta lucha habia la fuerza
de los elementos reducido ya á la impotencia á unos y á otros
combatientes, V. E. se atrevió á pensar que se podia romper
aquella tregua que la naturaleza hacia necesaria. Lo pensó y lo
hizo. V. E. fué inspirado por la patria y los soldados españoles
entendieron esta inspiracion. Bilbao se salvó, la memoria de cuantos
han contribuido á ello será eterna».
Tales fueron las consecuencias del levantamiento del sitio de
Bilbao. La nacion lanzó un grito de júbilo; pero la guerra no habia
terminado. El ejército de Espartero quedó notablemente quebrantado,
y hasta que estimulado el gobierno por el triunfo, mandó
considerables refuerzos, no pudieron conseguirse los resultados
deseados. Duplicadas las fuerzas de Espartero y aumentadas
considerablemente las que tenian en Pamplona y San Sebastian
Sarsfield y Lacy Ewans, pensóse en un movimiento combinado de los
tres. La operacion, era arriesgada y difícil, pues vista la gran
inferioridad de las fuerzas de los generales ingleses, era
esponerlos á un descalabro cierto en el caso muy probable de que no
cayeran todos tres á un mismo tiempo sobre el ejército carlista.
Así sucedió en efecto, el general Lacy fué el primero que
se puso al alcance del ejército mandado por D. Sebastian Gabriel, y
á no ser por haber podido retirarse á la plaza de que habia partido
hubiera sido completamente destrozado. Sarsfield, que habia avanzado
hasta Lisazo, tuvo tambien que retroceder hasta Pamplona; solo
Espartero pudo oponer una tenaz resistencia en Zornoza á la
impetuosa acometida de todas las fuerzas carlistas,
considerablemente aumentadas y hábilmente dirigidas, y regresó á
Bilbao despues de once horas de combate.
Frustrado el plan anterior, que no habia obtenido nunca la
aprobacion de Espartero, pensó este en poner por obra otro de mayor
eficacia, que consistia en trasladar su ejército desde Bilbao á San
Sebastian, y reunido allí con las fuerzas de Lacy empujar al
ejército carlista sobre las tropas que defendian el paso del Ebro, y
obligarlos á una batalla decisiva, ó bien forzarlos á que
abandonasen el país, viniendo á tierra llana de Castilla, donde la
superioridad de la caballería leal aseguraba el triunfo. Así sucedió
en efecto. Reunidas las fuerzas de Espartero y Lacy, pudieron ganar
las posiciones de 0riamendi, Hernani, Irun y Fuenterrabia. Los
carlistas se anticiparon, sin embargo, á las maniobras de Espartero,
y dejando 30 batallones en el territorio vasco-navarro, emprendieron
con otros diez y seis la famosa espedicion, que á las órdenes del
mismo Pretendiente Ilegó á las puertas de Madrid.
Habiéndose dirigido en demanda de Aragon el ejército
espedicionario, pudo llegar á Huesca, y a haberse cumplido las
prescripciones de Espartero, que habia mandado entretener la marcha
de D. Cárlos hasta que él llegase á sus alcances, hubiera sido
indudablemente derrotado; pero el arrojo temerario del general Leon
proporcionó á los carlistas la victoria de Huesca, permitiéndoles
incorporarse con Cabrera y difiriendo el resultado de la operacion.
Espartero, que se habia dirigido sobre Pamplona desde Hernani,
halló tal resistencia en el camino, que tardó cinco dias en recorrer
un trayecto de diez leguas . Sin embargo, esta marcha escedió todos
los cálculos, pues, segun dijo el veterano Sarsfield, habia llevado
á cabo una empresa cuyo proyecto hubiera arredrado al general de
mayor reputucion. Al llegar á Haro, supo la espedicion de Zariátegui
sobre Castilla y su entrada en Segovia. Cumpliendo con las órdenes
del Gobierno, se dirigió á fijarse en Calatayud, punto desde el cual
podia acudir rápidamente al auxilio de la capital de la monarquía y
al de las provincias de Aragon y Valencia. Instado nuevamente por el
Gobierno, forzó sus marchas, y el 12 de agosto entró en Madrid,
siendo recibido con indecible júbilo por sus habitantes. Madrid
estaba á cubierto de todo golpe de mano; las tropas, victoriosas en
tantos combates, fueron objeto de una ovacion completa; pero los
hombres políticos que no perdonan medio alguno, por reprobado que
sea, para conseguir el triunfo de sus cábalas, pusieron sus miras en
aquel ejército y en el jefe que simbolizaba todas sus glorias.
Hiciéronse á este, hasta entonces apartado de la política,
proposiciones halagüeñas por parte de los que aspiraban á derrocar
al ministerio; pero ya que nada pudieron conseguir del jefe, se
dirigieron á los subordinados. El aspecto de aquel ejército, que
demostraba en sus desgarradas vestiduras las penalidades á que
vivia sujeto, escitó vivas reclamaciones en las Córtes, y el
ministro de Hacienda Mendizabal, que fué seguramente el único que
dió algun nervio á la guerra, allegando hombres y dinero, tuvo la
desdicha de decir en un arranque de coraje que aquellas quejas eran
infundadas, que cada oficial llevaba un cinto de onzas.
Aseveracion tan gratuita, cuando el ejército se hallaba lleno de
privaciones, fué la señal de la esplosion . Los oficiales de la
Guardia Real, acantonada en Pozuelo y Aravaca, se negaron á marchar
y pidieron su retiro. Otorgóseles al punto; pero arrepentidos bien
pronto de su proceder, los oficiales de la primera brigada pidieron
ser conducidos frente al enemigo para restaurar de esta manera su
reputacion militar; intercedieron por sus compañeros de armas que
habian pedido y obtenido su retiro; pero al poner estos por
condicion para ingresar de nuevo en sus cuerpos, que habia de
retirarse del poder el ministerio Calatrava, se comprendió que
obedecian á instigaciones estrañas al ejército.
Este incidente tuvo mas importancia de la que da á entender su
simple narracion. El ministerio Calatrava se sintió herido vivamente
por la conducta de los oficiales de la Guardia; al mismo tiempo que
Seoane acusaba de lenidad al general Espartero, Mendizabal,
dejándose llevar de su fogoso carácter, esclamaba que debia
fusilársele, y que si se le daba la libertad necesaria para obrar,
él se comprometia á hacerlo con los mismos soldados que estaban á
sus órdenes. Las polémicas habidas en las Córtes y en la prensa, se
fueron agriando por momentos, y al fin se resolvieron con la caida
del ministerio Calatrava.
Era la primera vez que la personalidad de Espartero influia en
la política. Habíase mostrado liberal ardiente desde el momento en
que fué restablecida la Constitucion de 1812; pero ocupado en cuerpo
y alma en las operaciones del ejército, su influjo no habia pasado
mas allá de las líneas de su campamento. Su estrella le habia traido
á Madrid; la marcha misma de los sucesos le obligó á mezclarse en
las contiendas políticas, y de general en jefe del ejército pasó á
la Presidencia del consejo de ministros.
Grandemente sorprendidos debieron quedar con este nombramiento
los que le habian buscado para servir de contrapeso al ministerio
Calatrava. Espartero se mostró desde el primer momento tan liberal ó
mas que el ministerio anterior; pero las necesidades de la guerra y
la agitacion que dominaba al ejército, tanto por no mejorar su
situacion precaria, como por ver creciente la pujanza del carlismo,
le obligaron á marchar al teatro de las operaciones. Escalera,
Sarsrfield y otros muchos jefes del ejército, habian sido víctimas
de la soldadesca amotinada: parecia que el ejército se hallaba
poseido del delirio de la desesperacion, y si pronto no se
restablecia la disciplina, era probable que la causa del carlismo
ganase la partida.
Espartero marchó, pues, al teatro de la guerra, y su primer
cuidado fué dirigir una ardorosa proclama á las tropas de su mando,
condenando los desmanes cometidos; hizo algunas reformas en la parte
material del ejército, y comprendiendo que lo que principalmente
debia restablecer su cohesion era el laurel de la victoria, activó
los preparativos de su marcha para caer con todo el peso del
ejército sobre el que acaudillaba el Pretendiente.
Este, que habia recorrido los territorios aragonés y valenciano,
venia por Cuenca y Tarancon á arrojarse sobre Madrid. Espartero,
forzando considerablemente sus marchas, lIegó en muy pocos días á
Alcalá de Henares, y allí dió vista al ejército de D. Cárlos, que no
se atrevió á empeñar una batalla, y movió su campo en demanda de las
provincias vascongadas. Madrid se vió al fin libre del tremendo
enemigo que le habia estado amenazando, y acaso por devolverle una
entera confianza, ó mejor por reponer á su ejército de las
penalidades de la violenta marcha que acababa de hacer, vino á
alojarse á Madrid, en lugar de estrechar al enemigo. Cuatro dias
permaneció en la córte aquel ejército, cuyas penalidades nunca
hallaban fin, y repuesto ya considerablemente marchó otra vez en
busca del carlista.
No es fácil esplicar por qué D. Cárlos se empeñó en su retirada
en apoderarse de Guadalajara. ¿Era que se veia lastimado en su honra
militar, por no haber aceptado la batalla que le ofreció Espartero
pocos dias antes á la vista de Madrid, ó que queria buscar una
segura posicion para evitar su retirada de Castilla? Seguramente, si
Cárlos hubiese podido apoderarse de aquel punto y atraer allí la
mayor parte de las fuerzas que llevaban su bandera en todo el
territorio que se estiende hasta los Pirineos, hubiera podido hacer
cambiar el aspecto de la guerra; se hubieran hallado frente á
frente, separados por una corta distancia, y contando con fuerzas
casi iguales las dos córtes; pero D. Cárlos no tuvo tiempo para
ello. Espartero salió de Madrid, y habiendo avistado al ejército
enemigo, quiso obligarle á una batalla decisiva; mas á pesar de
haberlo hostigado vivamente en Retuerta y Aranzueque,no logró
conseguirlo. El ejército de D. Cárlos se vió obligado á dividirse:
una parte marchó sobre la Rioja y la otra á Navarra. .
La esperanza de poderse apoderar de la capital de la monarquía húyó,
pues, para siempre de la tienda de D. Cárlos. El ejército isabelino
iba á operar de nuevo sobre el territorio en que habia librado
tantos combates. Pero antes de llevarlo á él, quiso Espartero
esterminar los gérmenes de insubordinacion que que habian producido
las terribles escenas de Pamplona y Miranda. Los asesinos de
Sarsffield .Y Esc~lera fueron descubiertos y ejecutados: la
disciplina qu~dó a'sí restablecida; mas esto no bastaba para
emprender la lu~ cha: era necesario rémediar la situacion siempre
precaria del ejército.
Los soldados ápenas contaban con la racion diaria; faltaban
pantalones de paño cuando ya se hacian sentir los rigores del
invierno, y los zapatos eran de tan mala calidad, que difícilmente
resistian una sola marcha sin romperse; las plazas y puntos fuertes
guarnecidos por los isabelinos, se hallaban faltos de vitualias, y
por tanto era imposible acometer ninguna empresa séria sin variar
antes tan desventajosa situacion. «Si el gobierno, decia el conde de
Luchana al hacer presente estos males, no procura por todos los
medios hacer la guerra con ventaja, es el deber mio solicitar el
nombramiento de un general que me sustituya en el mando con la
robustez suficiente para contrastar las impresiones morales que en
semejante estado aumentan los males de que adolezco.»
Nada contestó el gobierno que pudiera satisfacer las justas
exigencias de Espartero. El nuevo gabinete, como todos los que le
habian precedido, miraba con gran indiferencia al enemigo mas
terrible con que tenia que luchar el ejército, el hambre, y en lugar
de hacer un esfuerzo decidido para entorpecer su accion, remitió á
Espartero las bases de un nuevo plan de campaña, que es lo menos de
que necesitaba el general.
Si el ejército hubiera tenido las fuerzas necesarias para
ocupar convenientemente á Vitoria, Pamplona, Durango, Villafranca y
Tolosa, asegurar á Orduña y Durango y disponer de una masa que
pudiera caer rápidamente sobre D. Cárlos, el éxito hubiera sido
pronto y decisivo; pero este plan que era el propuesto por el
gobierno, venia en la mente de todos los militares desde el
principio de la campaña, y si no se habia puesto por obra, era
debido á la falta de tropas en suficiente número para ello. Para
cubrir los puntos y líneas que se designaban, se necesitaban fuerzas
que dejaban reducidas las de Espartero á 13 batallones, y todavía
tenia que atender con ellas á cubrir la orilla del Ebro, que era
vadeable por 48 puntos y que debian ocuparse fuertemente si se habia
de evitar el peligro de nuevas espediciones sobre Castilla.
Antes de que pudiera acordarse nada decisivo recibieron los
carlistas fuertes auxilios pecuniarios del esterior, y comprendiendo
la importancia que para ellos tenia divertir la atencion del
enemigo, llevando la guerra al interior de la Península é intentando
nuevamente la reunion de la mayor parte de sus huestes, procuraron
despedir algunas columnas que satisficieran este objeto. El general
D. Basilio García pudo, en efecto, forzar la estensa y débil línea
que ocupaban los isabelinos, y puso á Espartero en la necesidad de
desprecnderse de ocho batallones para perseguirlo. Menos afortunado
D. Carlos, halló un obstáculo á su espedicion en el general Buerens.
Hízose preciso, en cambio, rechazar al enemigo de las posiciones
que ocupaba cerca de Balmaseda, y este propósito acarreó una accion.
Espartero llegó á Villanueva de Mena con siete batallones, y
reunidas á ellos las divisiones de Latre é Iriarte, se logró
completamente el objeto despues de dos dias de contínuo pelear; el
ejército de la reina se cubrió de gloria, y el nombre de Espartero
brilló tan alto como en sus mas memorables acciones; pero los
carlistas, aunque, incapacitados para llevar á cabo laa gran
espedicion que se les habia frustrado, pudieron. realizar una
consistente en nueve batallones y cuatro escuadrones á las órdenes
del conde de Negri.
A travesó este el Ebro en 16 de marzo por el puente de Aldea, y
en tanto que Iriarte le perseguia, marchó Espartero á cubrir las
márgenes del Ebro y á esperar al mismo tiempo á los espedicionarios.
Búrgos era el punto mas á propósito para este doble objeto, y en
efecto, el conde de Luchana se fijó allí con su cuerpo de ejército;
al cabo de 10 dias, Negri, acosado por Iriarte, pretendió acogerse
al territorio vascongado; pero fué á caer en Robledo sobre las
bayonetas de Espartero.
La accion fué muy reñida; pero Negri sufrió una derrota tan
completa, que quedó deshecho en pocas horas, perdiendo 2,300
prisioneros, toda su artillería, enseres y bagajes, y teniendo que
buscar en la fuga la salvacion de los pocos que le seguian.
Esparteto, que dió allí, como siempre, grandes pruebas de
pericia y valor personal, contrajo un mérito brillante, salvando á
las provincias del centro del grave apuro en que comenzaba á
ponerlas el conde de Negri, y reconociéndolo así el gobierno, lo
promovió al grado superior de la milicia.
* * *
Quedaba reducido el
círculo de accion de los carlistas por esta parte de España al
territorio de las provincias
vascongadas. La dura leccion que Negri habia esperimentado y la
reconcentracion de fuerzas sobre los límites de aquel territorio,
hacian imposible el pensar en nuevas espediciones. Tanto era así,
que el general Espartero se dirigió á Navarra para restablecer allí
el predominio de las fuerzas isabelinas: se apoderó de Nanclares;
hizo repasar el Arga á los carlistas; reportó algunas ventajas sobre
el general Guergué; fortificó los puntos mas importantes de la
línea, y guarneciéndolos debidamente volvió al territorio que
acababa de abandonar para imprimir un vigoroso impulso á las
operaciones.
Peñacerrada, que habia sido rodeada de importantes
fortificaciones; y cuyos alrededores se hallaban cuajados de
reductos, debia ser vivamente defendida por las huestes de D. Cárlos.
No era menos importante su espugnacion para las armas liberales,
pues llevaban la probabilidad de atraer á los carlistas á una
batalla general, en la cual tenian grandes probabilidades de seguir
triunfantes: aun suponiendo que así no sucediera, el movimiento de
concentracion que debian practicar los enemigos habia de dar una
mayor facilidad á las divisiones liberales que operaban en la
circunferencia del país, permitiéndoles llegar hasta el corazon del
carlismo.
Todas estas consideraciones debian hacer muy ventajosa la
operacion indicada, y Espartero se decidió á llevarla á cabo. El
éxito fué tan feliz como se habia previsto. Despues de tres dias de
contínuo pelear, los carlistas, confiados en la escasez de
municiones que se sentia en el ejército de Espartero, contaban ya
con un seguro triunfo; pero el general, que comprendia lo precioso
de aquellos momentos, forma en masa siete batallones, y se arroja á
la bayoneta sobre las posiciones enemigas. Los carlistas suspenden
su fuego hasta tenerlos á corta distancia; pero en vez de recibirlos
á metralla y fuego de fusil, lanzaron sobre ellos una masa de
caballería, que, rechazada por las tropas de la reina, dió á estas
la ocasion de verificar un rápido movimiento que las hizo dueñas de
todas las posiciones. Efectivamente, antes de que acabaran de entrar
en sus líneas los ginetes de D. Cárlos, el intrépido general se puso
á la cabeza de varios escuadrones y se arrojó sobre las posiciones
enemigas. Fué el ataque tan breve y tan violento, que los carlistas,
no teniendo tiempo aun para volver de su sorpresa, huyeron
desconcertados, dejando sobre el campo 300 de los suyos con toda su
artillería, trenes y bagajes y 800 prisioneros. Las tropas de Don
Cárlos evacuaron sigilosamente la plaza, y Peñacerrada quedó en
poder de la causa legítima.
El hecho de que acabamos de hacer una ligera referencia, fué de
grandísima importancia. Los carlistas perdieron entonces la llave
del Ebro por aquella parte; quedaron circunscritos á un territorio
mucho mas estrecho, y por último, vieron nacer en su seno la
discordia, que es casi siempre compañera de la desgracia. Habia
quedado derrotada allí la parte mas ardiente del bándo carlista,
parte acaudillada por el general Guergué, y naturalmente el bando
que le hacia la guerra dentro de la misma córte de D. Cárlos,
aprovechó esta oportunidad para tomar la direccion de los negocios
militares.
Siguiéronse de aquí luchas violentas, que de los jefes
trascendieron á los cuerpos y á los soldados mismos, produciendo la
desmoralizacion, los escesos y todos los síntomas que podian dar á
demostrar la rápida y
completa decadencia
de la causa de D. Cárlos. Su ejército se habia limitado ya á la
defensiva, y Espartero, que comprendia ser este el único papel que
le quedaba, acometió la empresa, por tantos conceptos atrevida, de
apoderarse de Estella.
Era esta la córte de D. Cárlos, y ya se comprende cuán
importante debia ser su ocupacion por las tropas dehla reina. España
entera fijó su vista en aquel punto, y la Europa consideró el éxito
de la operacion como decisivo. Las victorias obtenidas por Cabrera
en el Maestrazgo, hicieron que el gobierno mandara á Espartero
detenerse cuando se hallaba casi á la vista de tan importante punto;
pero lo que no resolvióla fuerza de las armas, lo llevaron á efecto
las mismas divisiones de los carlistas.
La parte mas fanática de la córte de D. Cárlos se hallaba mal
avenida con que se hubiera confiado la direcion del ejército á un
jefe del carácter templado de Maroto Querian á todo trance que se
repusiese en ella al general Guergué, y al efecto trabajaron
sigilosamente cerca de D. Cárlos. Pero Maroto, que contaba con la
adhesion del ejército, tuvo el valor suficiente para coger y fusilar
a los que conspiraban contra él, y hasta para imponer á D. Cárlos la
aprobacion de aquellos hechos. Esta aprobacion no podia ser sin
embargo mas que perentoria: Maroto comprendia que estaba perdido sin
remedio, y que en la primera ocasion en que pudieran sus enemigos
derrocarle, cosa muy fácil, dadas las tendencias de D. Cárlos, le
harian sufrir la pena del talion.
Espartero, á quien no pudieron escaparse acontecimientos de
tanta trascendencia, comprendió que podia sacar un gran partido de
la terrible situacion del general carlista. Brindóle, en efecto, con
la oliva de la paz, prometiéndole para él y todos los que le
siguiesen las mayores ventajas que podian apetecer; pero Maroto
impuso como condicion el casamiento del hijo mayor del Pretendiente
con la reina Isabel, y como era natural, quedó interrumpida toda
negociacion, pues Espartero no podia acceder á ello ni mucho menos á
entregar en rehenes una plaza, como pedia el general Maroto.
La fuerza de las armas iba al parecer á decidir de nuevo el
éxito de la lucha. Espartero emprendió la ofensiva: los fuertes de
Ramales y Guardamino, que constituian la llave de las posiciones
carlistas en la provincia de Santander, y á cuyo amparo podian
lanzar espediciones sobre toda la costa cantábrica, fueron el objeto
de sus primeras operaciones. La empresa era verdaderamente
gigantesca: ambos fuertes ocupaban el centro de un anfiteatro
formado por diversas colinas, fuertemente ligadas entre sí, con
robustos atrincheramientos defendidos por una poderosa artillería.
Sus fuegos enfilaban la carretera, única línea que permitia el paso
á las tropas, y que á mas de desarrollarse en repetidas curvas,
estaba cortada en varios puntos. Como coronamiento de este sistema
de defensas, tenian los carlistas fortificada una estensa cueva: á
cuyo abrigo podian hacer un vivo fuego de artillería sobre las
tropas que avanzasen por la carretera, á la cual enfilaban
perfectamente.
Nada de esto fué bastante, sin embargo, para contener la ruina
de la causa carlista: despues de heróicos y reñidos combates, que
duraron diez dias de trabajos prodigiosos, de terribles acometidas y
de vigorosa resistencia, el fuerte de Ramales cayó en poder del
general Espartero, que en lo mas crítico de un combate encarnizado
se lanzó con su escolta sobre las trincheras; el otro, gracias á los
esfuerzos del general O'donnell, que á la cabeza de varios
batallones tomó todas las defensas esteriores, tuvo que ser evacuado
por la guarnicion. La mortandad de los carlistas fué grande: los que
se salvaron de las balas del ejército leal, fueron á caer en su
precipitada fuga en las aguas de Riodova y solo unos pocos lograron
atravesar el puente y reunirse con las fuerzas de Maroto, que babia
permanecido á corta distancia, presenciando impasible aquel tremendo
combate.
El triunfo fué por todos conceptos importante; la causa carlista
dió un paso inmenso hácia su tumba, al mismo tiempo que la de Isabel
II se elevaba sobre las altas cimas de aquellas montañas. El
ejército del Norte adquirió una gran fuerza moral, y con ella la
seguridad del triunfo. El conde de Luchana agraciado con el título
de duque de la Victoria y con la grandeza de España de primera clase
por aquel brillante hecho, comprendió que no debia desperdiciar el
abatimiento de los carlistas, en favor de la idea tras que se habia
venido negociando antes de emprender las operaciones felizmente
terminadas. No era Maroto el único que abrigaba ideas desfavorables
al éxito de la guerra, y propicias por tanto á la pacífica
terminacion de la contienda; Espartero hizo comprender á todos la
necesidad de su triste situacion, la ninguna esperanza que podian
tener en el triunfo, la adversa suerte que esperaba á Maroto y á
todos sus amigos en el caso muy probable de que la parte fanática
del bando carlista recobrase el mando del ejército; y por último, no
solo las ventajas personales, que podian reportar reconociendo á la
reina y pasando al ejército con sus grados y empleos, sino tambien
el gran beneficio que harian á la nacion poniendo fin á una guerra
tan desesperada como desastrosa. La verdad es, que la nacion estaba
ya cansada de una lucha de siete años de resistencia, y mas que ella
lo estaban las provincias que habian servido de campo de batalla: la
voz de paz y fueros se habia dejado oir en el
territorio vascongado, y ante aquel cúmulo de causas diferentes, y á
cual más poderosa, conjuradas todas contra la causa de D. Cárlos,
debia suceder de una manera fatal y necesaria lo que en efecto
sucedió.
El general Maroto prestó oidos nuevamente á las proposiciones
del victorioso general en jefe; pero vacilando todavía, le dió
tiempo para que continuase sus operaciones y se apoderase de Orduña
y Amurrio, con otros puntos importantes que le aseguraron por
completo la posesion del país conquistado. Maroto quiso hacer un
ensayo de resistencia en Areta; pero esto no hizo mas que empeorar
su situacion. El general Leon maniobraba coni fortuna en el
territorio de Navarra; el general Castañeda estrechó tambien su
círculo por las Encartaciones, y en fin, las tropas de D. Cárlos
quedaron reducidas á un espacio tan pobre como sus esperanzas. Los
síntomas de insurreccion y de protesta que se levantaron contra
Maroto en algunos cuerpos del ejército carlista, fueron la señal de
la consumacion de la obra. Maroto, no pudiendo retroceder ya en el
camino que habia emprendido, activó las negociaciones acompañado por
el general Latorre, que ofrecia la sumision de ocho batallones
vizcainos, y el 29 de agosto de 1839 quedó definitivamente
concertado el célebre Convenio de Vergara, por el cual quedaban
reconocidos todos los grados y empleos á los jefes y oficiales que
depusieran las armas, dejando pendiente la cuestion de fueros para
la resolucion de las Córtes. Maroto, Latorre y Urbiztondo se
presentaron el 31 de agosto en los campos de Vergara, seguidos de
las divisiones castellana, vizcaina y guipuzcoana, y depusieron las
armas ante el ejército de Espartero que los recibió en sus brazos.
Un grito inmenso de júbilo resonó por toda la Península: el duque de
la Victoria ciñó á su frente un nuevo laurel, y el esquisito tacto
con que condujo las negociaciones, le hizo adquirir una reputacion
de hábil y prudente, no menos gloriosa que la que le habian
proporcionado los repetidos triunfos de siete años de campaña.
* * *
D. Cárlos,
rodeado de un corto número de soldados, no pudo resistir por mas
tiempo en aquel país, y tuvo que emigrar á tierra estraña para no
volver de ella jamás; pero quedaban por apaciguar los territorios de
Aragon, Valencia, Cataluña, donde el general Cabrera continuaba
sosteniendo con ánimo esforzado el pendon del Pretendiente. Era el
célebre y temido guerrillero la última, aunque vana esperanza de los
carlistas, que no querian doblegarse á la fuerza del destino; su
firmeza de carácter, su decision y arrojo y la pericia que habia
demostrado constantemente en los combates, merecian por completo la
confianza en él depositada. Mas, ¿de qué habian de servirle todas
aquellas cualidades ante un ejército de 50,000 hombres, enardecido
por el triunfo, instado por el deseo de poner fin á la guerra y
auxiliado por los distintos cuerpos que hasta entonces habian tenido
á raya al caudillo tortosino? Apenas hubo Espartero puesto en órden
las cosas de Navarra, dirigióse á Zaragoza (era el mes de setiembre)
donde fué recibido con estremado júbilo. La campaña debia ser rápida
y decisiva, y con objeto de no verse en la necesidad de interrumpir
sus operaciones por los rigores del invierno, que aquel año se
habian anticipado, difirió el rompimiento de las hostilidades hasta
el mes de marzo. Formó entretanto una estensa línea que abrazaba las
provincias de Aragon y Valencia, protegiendo de un golpe á Castilla
la Nueva y cerrando la comunicacion con el territorio de Cuenca;
adoptó al mismo tiempo las medidas necesarias para abastecer el
ejército; estableció el bloqueo de los principales puntos
fortificados, y para ponerse en actitud de maniobrar vigorosamente
cuando declinara el frio, trasladó su cuartel general al Mas de las
Matas. Desde aquel punto podia llegar en breve á Segura y Castellote,
últimos y seguros baluartes del carlismo en aquella region.
Era Segura una verdadera plaza, asentada sobre una empinada roca
con cuatro recintos de mampostería y coronada por la torre del
Homenaje; la fortaleza tenia grande importancia por ser la llave de
una estensa línea y por cerrar el paso hácia el corazon del país.
Cabrera se proponia defenderla hasta el último estremo; pero una
grave enfermedad le impidió el intentar acudir á su socorro.
Llegó Espartero en los últimos dias de marzo al frente de la
plaza con un numeroso tren de artillería y todas las fuerzas que
conceptuó necesarias para la espugnacion. Pocos dias despues
quedaron levantadas ocho baterías, á pesar de los nutridos fuegos de
los sitiados y el 26 de marzo abrieron los sitiadores un fuego tan
terrible, que se vinieron abajo lienzos enteros de muralla. La
defensa era locura ante los poderosos medios que para combatirles se
habian acumulado, y faltos los carlistas de toda esperanza de
socorro, dominados por el desaliento y la desmoralizacion, solo
aspiraron á obtener una capitulacion honrosa; ni aun esto pudieron
conseguir, y puestos en la alternativa de entregarse en el término
de ocho minutos ó ser pasados á cuchillo, se rindieron sin
condiciones. Espartero plantó con su mano sobre la torre del
Homenaje el estandarte de Castilla que llevaba: el primer regimiento
de la Guardia, dirigiendo á sus tropas palabras llenas de fuego y
entusiasmo.
«Soldados, dijo; el pendon de Castilla vuelve á tremolar sobre
los muros que un momento ha servian de asilo á la rebelion. Tan
hermoso triunfo solo es debido á vuestro valor y sufrimiento: la
reina cuenta desde hoy con un obstáculo menos para la paz. Valientes
camaradas; viva la Reina, viva la Constitucion. »
Tomada Segura, reclamaba Castellote la atencion del caudillo
victorioso. Esta fortaleza se levanta sobre un escarpado y colosal
peñasco, inaccesible en todas direcciones. En la parte oriental se
elevaba sobre las fortificaciones una torre de sólida y grosera
arquitectura y á medio tiro de fusil la ermita llamada de San
Cristóbal, que habia sido fortificada con esmero, enlazandola al
recinto con una caponera aspillerada. El pueblo se estendia en
anfiteatro por la falda de aquella empinada roca, y en todos los
alrededores solo se hallaba un punto, el cerro del Calvario, desde
el cual pudiera combatirse, aunque difícilmente, la elevada
fortaleza.
A penas llegaron los isabelinos á la vista de CastelIote,
venciendo dificultades sin número para hacer pasar la artillería,
izaron los carlistas sobre la torre del castillo una bandera negra.
Se habian apoderado del pueblo y del cerro del Calvario, contaban
con víveres y municiones para mucho tiempo y fiados en la fortaleza
de sus defensas, habian resuelto sostenerse á toda costa. Harto
demostraron los hechos esta resolucion llevada á cabo mas allá de
los límites del valor; pues rayó en temeridad, en alarde de
despreciar la vida y de posponerlo todo al cumplimiento del mas
ciego deber.
Todo debia ser inútil, sin embargo. Espartero llevaba 30
batallones, un inmenso tren de artillería y cuantos medios podian
exigirse para la espugnacion de una plaza aun mucho mas fuerte que
aquella. Así es que nada bastó á contener su empuje.
Situadas
las primeras baterías despues de vencer las dificultades del
terreno, los carlistas tuvieron que desocupar, primero el pueblo y
despues la ermita y cerro del Calvario, encerrándose en el castillo.
Conforme iban recejando se levantaban nuevas baterías, y el fuego
era cada vez mas terrible. La torre del Homenaje se vino abajo con
terrible estrépito y las murallas se derruian por todas partes: mas
no por esto disminuia la entereza de los defensores. Trabajaban
noche y dia para reparar los desperfectos causados por los cañones
isabelinos; los sacos de arroz y vituallas que no esperaban ya
emplear en su alimento les servian para formar parapetos en los
claros ábiertos por las balas rasas, y allí donde no era posible
cubrirlos de otro modo, salian á cuerpo descubierto á desafiar la
muerte con la sonrisa en los lábios. Aquello era una locura; el
delirio del heroismo.
Firmes sostuvieron el asalto dado al derruido edificio situado
al Este de la fortaleza; firmes se mantuvieron hasta haber perdido
la mitad de su gente; mas una noticia horrible les hizo abandonar
las armas. Los zapadores del ejército liberal habian abierto una
mina bajo la torre del Homenaje, y de un momento á otro iba á
estallar lanzando por los aires, no solo la torre, sino una gran
parte de las fortificaciones: ¿qué podian hacer los sitiados? Su
honor militar estaba con creces satisfecho; la esperanza de un
próximo auxilio no existia; la probabilidad del triunfo no cabia en
ninguno de aquellos denodados corazones. Era inútil resistir mas, y
los sitiados, suspendiendo el fuego, enarbolaron bandera blanca.
Aquel puñado de valientes, rendidos á discrecion, fueron
tratados con toda la consideracion que su infortunio merecia, y
Castellote quedó por la causa liberal, dejando en la historia de los
fastos militares una página gloriosa.
Este nuevo triunfo redobló las probabilidades de poner pronto
fin á la campaña. Al paso que Espartero aumentaba sus medios de
ataque, reconcentrando tropas cada vez mas fuertes por el número y
el ascendiente moral, los carlistas veian disminuir su gente mas
desanimada de dia en dia, y reducirse el círculo de su accion.
Cabrera, apenas restablecido de su grave enfermedad, reunió en
consejo en Mora á sus principales jefes, y el acuerdo, como no podia
dejar de ser, fué limitarse á la defensiva de aquellos puntos que
ofrecian mas probabilidad de resistencia. Cantavieja fué evacuada, y
apenas se habian reconcentrado una buena parte de sus fuerzas en
Morella, se presentó Espartero delante de esta plaza al frente de 50
batallones y 100 piezas de artillería.
Era Morella de gran ventaja estratégica, cuna del caudillo que
mas ardorosamente y con mayor fortuna sostuvo la bandera de D.
Cárlos, y capaz de sostener un largo sitio por el esmero con que
habia sido fortificada. Dábanle guarnicion 1,500 hombres escogidos,
mandados por jefes espertos y valientes y contaba con víveres y
municiones suficientes para defenderse por mucho tiempo.
Antes de pensar en la espugnacion de la plaza, propiamente
dicha, era necesario apoderarse de los dos fuertes reductos,
denominados San Pedro y la Querola, que defendian su recinto. El
caudillo liberal comprendió que el primero era el que debia ser
objeto de su ataque, pues, una vez tomado, quedaba á su disposicion
el de la Querola. Pocos dias bastaron para que las numerosas
baterías del ejército sitiador dejaran derruida la parte principal
del fuerte, y las tropas que lo guarnecian, imposibilitadas de
refugiarse en la plaza, tuvieron que rendirse á discrecion despues
de haber hecho una salida infructuosa. Mas afortunada la guarnicion
de la Querola, pudo evacuar el fuerte y reunirse á los defensores de
Morella, cuyo recinto vino desde entonces a ser el objeto del
ataque.
Los fuegos se abrieron con tal brío por parte de los sitiadores,
que en solos tres dias arrojaron 7,000 proyectiles sólidos y huecos
sobre la plaza y el castillo. El acierto de los artilleros era tal,
que cuantas veces se enarbolaba la bandera de guerra sobre la torre
del castillo, otras tantas la echaban abajo; el incendio hacia presa
frecuentemente en las casas, y ante el fuego terrible de los
sitiadores era imposible estinguirlo: una bomba hendiendo los aires
en la mañana del 29 de mayo fué á penetrar en el depósito de
municiones donde se hallaban almacenados centenares de quintales de
pólvora, y una gran parte del castillo voló por los aires. El sol se
oscureció, y cuando aquella inmensa columna de humo se hubo
disipado; aparecieron derruidas muchas casas, sobre las cuales
habian caido las moles inmensas, lanzadas á larga distancia; por
aquella terrible esplosion, que produjo la muerte de infinidad de
personas y llevó el terror hasta á los mas esforzados corazones.
La posicion de la plaza se hacia cada vez mas crítica: sus
defensores comenzaban á vacilar, y Espartero, que no queria
comprometer sus tropas en un asalto, seguro como estaba del éxito de
sus poderosos medios ofensivos, redobló el ataque. Las balas
lanzadas sobre la inmensa peña en que se alzaba el castillo,
arrancaban pedazos de roca que iban á caer con gran violencia sobre
la poblacion, haciendo aun mas daño que los proyectiles que seguian
lloviendo desde el campo isabelino.
Era imposible sostenerse por mas tiempo en la plaza. Los jefes,
despues de dejar una corta guarnicion en el castillo, resolvieron
abandonarla, abriéndose paso á través de las filas enemigas: mas
desdichadamente, aquella operacion tuvo para los morellanos mas
tristes consecuencias que las que hubieran esperimentado en la
continuacion del sitio.
Apenas se difundió por la poblacion la noticia de que iba á ser
evacuada, sus habitantes, que influidos por el clero creian no
hallar piedad en los soldados de la reina, se reunieron
tumultuariamente en las primeras horas de la noche y pidieron
marchar juntamente con las tropas. Nada bastó para disuadirles de
tan descabellada idea, y formada una columna á cuya cabeza y
retaguardia marchaban las tropas, salieron con ellas todas ó casi
todas las personas que se hallaban en la plaza, inclusos los
ancianos, niños, frailes y mujeres. Aquellos desgraciados pensaban
caminar á su salvacion, cuando iban derechos á la muerte. Espartero
que tuvo noticia de la proyectada evasion trató de evitarla,
haciendo aproximar las tropas al recinto, y apenas llegó la columna
fugitiva á las líneas sitiadores, la descarga fulminada por un
batallon llevó la muerte y el espanto á aquel grupo de gente
desarmada. La escena fué terrible; pero aun no habia terminado.
Aterrorizados hombres y mujeres ante aquel peligro, corrieron dando
gritos á refugiarse en la plaza; pero los que habian quedado allí
para defenderla, creyendo que los sitiadores daban un asalto,
acudieron á la muralla y fulminando sobre los fugitivos un fuego
terrible, aumentaron la mortandad entre aquellos desgraciados. Los
defensores del castillo, dominados por la misma idea, comenzaron á
lanzar proyectiles sobre el campo, y por un largo intervalo de
tiempo, aquellas pobres gentes fueron el objeto de un fuego
horroroso: centenares de personas quedaron muertas en las
inmediaciones de la plaza, y cuando las que sobrevivian creyeron
haber hallado su salvacion en el puente levadizo, este se hundió,
dejando el foso cubierto de cadáveres.
Apenas se salvaron un centenar de las personas que salieron de
la plaza con la guarnicion. Esta logró abrirse paso haciendo
prodigios de valor; pero al rayar el dia y al tener conocimiento de
lo que habia pasado, los pocos defensores de la plaza quedaron tan
profundamente afectados, que no pensaron mas en resistir, y el 30 de
mayo se rindieron á discrecion, siendo trasladados á Zaragoza en
calidad de prisioneros. Espartero fué agraciado con el título de
duque de Morella y con el Toison de oro.
Cayó Morella, y con ella la última esperanza de la causa
carlista. Los ejércitos que pocos años antes dominaban las
provincias del Norte, Valencia y Aragon, amenazando contínuamente la
capital de la monarquía, habian desaparecido. De tantos puntos
fuertes como enarbolaban la bandera del infante, solo quedaba en pié
Berga, en la montaña de Cataluña, y este punto, ni por sus
condiciones, ni por la posicion que ocupaba, podia en manera alguna
servir de un seguro baluarte al puñado de hombres que se conservaban
adictos á Cabrera. Derrotado este en la Cen.a por el general
O'Donnell, marchó á aquel único punto en que podia prolongar por
algunos instantes la desesperada resistencia, que mas por un resto
de caballeresca hidalguía que por ningun otro movimiento se
complacia en oponer á sus poderosos enemigos.
Harto comprendia el obstinado caudillo carlista que no le
quedaba mas medio que la espatriacionl para salvarse. Así es que,
apenas instalado en Berga, fortificó las alturas que ponian esta
plaza en comunicacion con la frontera francesa. Pero apenas se
presentó á su vista el ejército mandado por Espartero, y á pesar de
que habia reunido hasta 10 ó 12 mil hombres, comprendió que era
inútil la resistencia. Todos los jefes carlistas, en quienes la
razon lograba superar el sentimiento, conocian que la lucha era una
locura, y cuantos de aquella manera discurrian, opinaban por la
deposicion de las armas: así fué que Cabrera solo halló á su lado un
corto número que opinase como él, y despues de un ligero combate en
las inmediaciones de Berga, en que salió bastante mal librado,
decidió renunciar á la resistencia y acogerse á Francia. Cabrera,
dirigió una proclama á sus tropas en que les esponía la realidad de
su situacion, en que les hacia ver que «los pueblos no contestaban
ya á su llamamiento» y dió la órden de marchar en demanda de la
vecina Francia. La escena que sucedió fué conmovedora: algunos de
los mas obstinados defensores de D. Cárlos hundieron en su pecho sus
propias bayonetas: dos aragoneses, despues de haberse abrazado, se
separan con la última protesta de amistad, asesta cada uno su fusil
al pecho de su amigo y ambos caen atravesados. ¡Rasgos dignos de
héroes españoles!
Las tropas de la reina suspendieron el fuego que habian abierto
sobre la columna carlista en el momento de emprender la retirada, y
la dejaron noblemente marchar á refugiarse en la nacion vecina.
España quedaba pacificada: pero ¡cuánta sangre, cuántos
sacrificios en hombres y dinero habia costado aquella obra de siete
años! Los estados que tenemos á la vista arrojan un total de 66,159
muertos en todos los cuerpos del ejército y 45,000 licenciados por
inútiles, prisioneros y estraviados en solo el arma de infantería,
la cual tuvo la tercera parte de los muertos arriba figurados. Debe,
por consiguiente, calcularse, que hubo una baja de 135,000 hombres
por el segundo de los conceptos espresados, lo que da un total de
mas de 200,000, y suponiendo una pérdida igualen los carlistas, no
hay exageracion en decir que la guerra civil robó á España medio
millon de hombres. Pero aparte de esto ¡cuántas fortunas perdidas,
cuántos pueblos arruinados, qué perturbacion tan grande en toda la
nacion! La riqueza pública sufrió un terrible detrimento: allí
donde los beligerantes llevaban el estruendo de sus armas, todo era
desolacion; y hubo pueblos, que despues de sufrir los rigores del
hambre, quedaron desiertos. El Tesoro, incapaz de atender á las
exigencias del ejército, estuvo siempre exhausto, y el aumento que
tuvo la deuda nacional, que fué inmenso, apenas puede compararse con
la que despues se ha creado para indemnizar á los pueblos que mas
sufrieron. De aquel período parten los graves obstáculos que
encuentra nuestra Hacienda para seguir una marcha desembarada: sin
aquella tremenda crisis, es evidente que nuestra patria se veria hoy
en muy distinto lugar del que ocupa entre los pueblos modernos.
Pero nos vamos separando del objeto de nuestra obra, y tenemos
que prescindir de las reflexiones que nos ocurren. Espartero tenia
que recorrer aun la seda que el destino le habia reservado: el
ejército, que bajo sus órdenes se habia cubierto de gloria, esperaba
de él la recompensa de sus heróicos esfuerzos, y el país que le
contemplaba en todo el esplendor del triunfo, cifró en él su
esperanza en medio de las revueltas tempestades de la política.
* * *
Pocas veces se
habrá visto un hombre en una posicion tan escepcional como el
general Espartero. Su brillante carrera militar habia hecho de él la
gran figura de nuestra época moderna: habia vencido en nombre de la
libertad á los ejércitos defensores del absolutismo, y como era
natural, el pueblo que le aclamaba libertador, debia buscar en su
espada el mas seguro apoyo para el sostenimiento del régimen que
acababa de ser establecido.
Desgracia grande ha sido para España, que desde el momento mismo
en que se inauguró el sistema liberal, haya imperado en las esferas
superiores del gobierno una tendencia mas ó menos marcada hacia el
retroceso político. Esa tendencia, que se apoyaba principalmente en
la tradicion, ha sido causa constante de desconfianza por parte del
país, de esperanza y estímulo para los que, afectos en mayor ó menor
grado á las ideas antiguas, aspiraban á escatimar las libertades á
tanta costa conseguidas.
Desde los primeros tiempos de la regencia de Doña María
Cristina, la reina Gobernadora pareció personificar esa tendencia,
primero declarándose inclinada á un absolutismo ilustrado, despues
mostrando la mayor parsimonia en la estension concedida á los demás
poderes por el Estatuto real, y últimamente, prefiriendo emplear en
la gobernacion del Estado hombres qué habian profesado mas ó menos
claramente ideas absolutistas, y sosteniéndolos á todo trance aun en
presencia de las repetidas censuras de las Cámaras.
Como era natural, los hombres de ideas avanzadas creian ver en
esa tendencia una rémora constante al planteamiento de sus
doctrinas; los pueblos, estraviados por la fantasía, la atribuian
todas las desgracias que pesaban sobre ellos, y no habia suceso, por
desagradable que fuese, que no se supusiera fraguado ó convenido en
esferas misteriosas. De aquí la agitacion constante en que vivió el
país por un largo período, las alarmas y revueltas que eran el pan
de cada dia, y la necesidad de una persona, que por su gran
prestigio y su decision á la libertad, sirviera de contrapeso á la
tendencia de que hemos hecho mérito.
El pueblo buscó esa personalidad, y la halló en Espartero. Por
mas que el caudillo de Ramales y Morella no se hubiese significado
abiertamente en política, prefiriendo siempre el gobierno que mejor
atendia á las necesidades del ejército, no puede negarse que siempre
se mostró como constitucional ardiente. La palabra libertad con que
habia llevado á sus soldados al triunfo tantas veces, no podia menos
de haberse encarnado en su corazon, y cuando llegó el momento en que
los pueblos la pronunciaron dirigiéndose á él, tenia que resonar
allí con toda la fuerza de que era capaz el corazon que siente.
Tenemos que retroceder un poco.
Era la época en que la guerra civil tocaba ya á su término. Las
Córtes, disueltas por tres veces en un breve período, habian
concluido por dar su aprobacion á un proyecto de ley, en que se
reducian notablemente las atribuciones de los ayuntamientos, y por
el cual se coartaba la libertad de accion que estas corporaciones
habian tenido aun en los tiempos de mayor absolutismo. La lucha que
se habia entablado entre el poder y la representacion nacional para
conseguir tan importante innovacion, el desenfado con que se
proclamaban otras no menos trascendentales desde las esferas del
gobierno, y la creencia general de que habia de imperar al fin la
tendencia contraria á las aspiraciones populares, produjeron una
efervescencia en el país, que amenazó convertirse desde luego en una
conflagracion.
A los primeros síntomas de la tempestad que amenazaba abandonó á
Madrid la Reina Gobernadora, ya fuese para ponerse fuera del alcance
de la conmocion que amenazaba á la metrópoli, ya con objeto de
mejorar su salud en las aguas de Barcelona, ó lo que es mas
probable, con el deseo de celebrar una conferencia con Espartero,
privando á este suceso de la importancia que no podria menos de
dársele, á no presentarle como una cosa natural, hallándose aquel
caudillo en el trayecto que debia atravesar Doña María Cristina.
Aquella conferencia era necesaria para conocer el ánimo del general
en jefe del ejército, que constantemente recibia esposiciones de los
pueblos escitándole á oponerse á los designios del gobierno, y cuyo
nombre corria de boca en boca como una palabra de amenaza contra los
que se empeñaban en llevar adelante á todo trance los proyectos en
cuestion. Espartero, que se hallaba á la sazon en Berga, dirigiendo
el sitio de esta plaza, pasó á Lérida á recibir á la Regente del
reino, y allí se verificó la deseada conferencia.
Su resultado fué el que, dada la situacion del general, debia
esperarse. Espartero manifestó francamente á la Reina Gobernadora,
que para salvar la situacion política que el país atravesaba, era
preciso que negara su sancion á la ley de ayuntamientos, y que
llamase al poder otros hombres que por sus ideas liberales y
conciliadoras hiciesen desaparecer por completo la desconfianza que
trabajaba á la mayoría del país.
Doña María Cristina espuso por su parte lo que en su concepto
habia de humillante en llamar al poder hombres de ideas
progresistas, cuya elevacion podria equivaler para muchos á una
abdicacion, y lo peligroso que era negar su sancion á una ley hecha
en Córtes. Sin embargo, convino en que, si Espartero no hallaba
inconveniente en formar un ministerio en que tomara parte el Sr.
Istúriz, bien conocido ya por sus ideas templadas, podria
verificarse el cambio, prometiendo en tanto no sancionar la ley,
causa del conflicto.
El duque de la Victoria, aunque violentándose algun tanto,
accedió al fin á la proposicion de la Reina Gobernadora, y marchó á
Berga á terminar el sitio mientras la augusta señora proseguia su
viaje á Barcelona. Todo parecia encaminado á una solucion
satisfactoria; pero apenas llegó la córte á la capital de Cataluña,
los ministros que veian próximo su fin, hicieron un esfuerzo para
cambiar el ánimo de la Reifia, y lo consiguieron. Fué necesario para
ello, que le espusieran los graves inconvenientes de un
disentimiento con las Cámaras, por mas que esto no pasase de ser un
contrasentido en vista de los conflictos que de otro lado
amenazaban, y que manifestasen que tendiendo la ley á robustecer el
principio de autoridad, no era posible retroceder ante exigencias
que parecian anárquicas.
La Reina vaciló ante la promesa empeñada y ante la
inconveniencia de romper enteramente con el que era á la sazon ídolo
del ejército y del pueblo. Al fin, la Reina, cediendo á las razones
de sus consejeros, tomó la pluma para firmar la ley; pero vacilando
aun, la arrojó sobre la mesa.
-¿Quién representa aquí al rey, V. M. ó el general Espartero?
dijo entonces con resolucion el Sr. Perez de Castro.
Herida en su amor propio la Gobernadora, tomó por segunda vez la
pluma; pero al ir á estampar su firma, halló que aquella no marcaba.
Cediendo á una inspiracion del fatalismo, la Reina arrojó de
nuevo la pluma, negándose á firmar; mas Perez de Castro la cogió, y
limpiándola cuidadosamente en su levita, la mojó en tinta, y despues
de escribir con ella sin dificultad, la devolvió á la Reina
diciéndole irónicamente:
-Señora: mi levita es mas poderosa que la espada del general
Espartero.
Difícil era que una reina resistiese á aquellas sugestiones.
Doña María Cristina puso al fin su firma, y los sucesos vinieron á
demostrar que no en vano vacilaba en sancionar la ley.
Nos hemos detenido un tanto en esto, porque la escena que
acabamos de referir, habia de tener una influencia poderosa en los
destinos del país, y muy especialmente en los del general Espartero.
Sin la sancion de aquella ley, que rechazaba el sobreescitado
sentimiento público, ni Espartero hubiera sido llamado á ocupar la
Regencia, ni hubieran ocurrido en España dos de las mas importantes
revoluciones que registra nuestra calamitosa historia contemporánea.
El duque de la Victoria, que se habia trasladado ya á Barcelona,
resentido por la solucion dada á. aquel importante asunto, y que era
enteramente contraria á lo que con él se habia convenido, dimitió el
importante cargo que ejercia para quedar exento de la
responsabilidad que podia achacarsele por su solidaridad con aquella
situacion. Aunque la guerra habia ya terminado, el ministerio
comprendió la trascendencia que podia tener un acto semejante, y
nombró al dimisionario comandante general de la Guardia; pero los
sucesos se precipitaron de una manera que hicieron inútil el paso
dado por el gabinete.
Apenas se difundió por la capital del principado la noticia de
la sancion de la ley y de la dimision del caudillo popular, estalló
la revuelta que tanto tiempo se venia presintiendo. Diversos grupos
armados recorrieron la poblacion tumultuariamente, dando gritos
sediciosos y cometiendo escesos deplorables. El nombre de Espartero
era tomado en boca de los que, formando solo una pequeña parte de la
masa liberal, querian escudarse en él para entregarse á sus
resentimientos particulares.
El duque de la Victoria, que jamás se ha asociado á motines de
ninguna especie, no lo consintió, y marchando á. la casa de
Ayuntamiento donde se hallaba reunida la municipalidad, penetró por
medio de la muchedumbre apiñáda en la plaza de San Jaime, se
presentó ante aquella corporacjon, y con voz enérgica protestó
contra los sucesos que se verificaban, añadiendo que no consentiria
nunca que su nombre sirviese de lema para cometer desórdenes,
alterar el reposo público y ultrajar las leyes.
Estas
palabras bastaron para disipar la tempestad. La tumultuosa
muchedumbre se dispersó como por encanto, y deseoso Espartero de que
no se repitiesen escenas semejantes, desplegó las tropas de su
ejército por toda la ciudad, consiguiendo en efecto restablecerla
tranquilidad.
Pero si bien cesó la agitacion en las calles, no desapareció de
los ánimos; y el ministerio Perez de Castro se vió obligado al fin á
presentar su dimision, dando con esto una prueba de que, antes de
pensar en resistir, es fuerza ver los límites en que debe encerrarse
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