CAPÍTULO  X.-    Biografias.

 

X.

 

EL GENERAL ESPARTERO.

      Seguramente habrá quien nos tache de arbitrarios al ver aquí estampada la biografía del capitan general D. Baldomero Fernandez Espartero; efectivamente, el duque de la Victoria no es hijo de la provincia en que vive hace cuarenta años; pero esta larga residencia en la Rioja, las afecciones que en ella se ha creado, y el cariño que profesa á este país, le hacen considerarle como su hijo adoptivo. ¿Quién al oir el nombre de Logroño no recuerda inmediatamente el del hombre ilustre que despues de haber peleado mas de cincuenta años por la independencia de la patria, por su integridad y sus libertades públicas, permanece en aquel retiro solitario, exento de pasion, libre de ambiciones, tranquilo, en fin, por haber llenado su mision en nuestra época con la lealtad y honradez que tanto le enaltecen?
      Confesamos francamente que hasta el momento en que hemos tenido que estudiar con detenimiento la historia del general Espartero para llevar á cabo el propósito que estamos realizando, no hemos podido apreciar como se deben las altas dotes que distinguen al héroe de nuestra guerra civil. Bastante distantes en política de las ideas que simboliza el ex-regente del reino, y conociendo su vida, bien por obras de escritores apasionados que siempre hacen desconfiar cuando no mueven á desden con su lisonja, bien por enemigos suyos que si no logran llevar al ánimo la inspipiracion del ódio y la calumnia, consiguen por lo menos estraviar el juicio, habíamos considerado á Espartero mas como jefe de un partido político que como militar; pero cuando hemos estudiado los hechos de su vida tales como los presenta la razon fria, libres de toda interpretacion apasionada, nuestra opinion respecto al hombre cuya vida vamos á trazar se ha modificado profundamente, y lejos de ver en él al jefe de partido que no perdona medio alguno para sostener á todo trance sus ideas, buscando en la violencia y los medios ilegítimos la satisfaccion de sus deseos ó de su ambicion de mando, vemos en Espartero al militar pundonoroso y valiente, al hombre amante de la libertad y del principio de autoridad, al que despues de haber ocupado el puesto mas elevado que puede adquirirse en un país, espera  tranquilo en el hogar doméstico el fallo de la historia.
     Espartero nació en Granátula, provincia de Ciudad-Real y campo de Calatrava, en 27 de octubre de 1793. Sus padres fueron D. Antonio Fernandez Espartero y doña Josefa Alvarez, labradores. Antonio era apreciado por su probidad y aplicacion, y no pudiendo obtener en las faenas agrícolas lo necesario para el sosten de su familia, se dedicó á la construccion de carros. De este modo, y desplegando una constante laboriosidad, logró dar á sus hijos una educacion superior á su estado y esperanzas. Tres de ellos obtuvieron las sagradas órdenes; una de sus hijas profesó en un convento, y las demás se casaron convenientemente. Vicente, uno de los varones, sufrió por ocho años la suerte de soldado.
    Quiso D. Antonio darle una carrera brillante á su hijo
Baldomero, y auxiliado por otro de sus hijos, á la sazon sacerdote, le puso á estudiar latin con ánimo de dedicarle á la iglesia ó al foro. Aprendióle en un año el jóven estudiante, y su hermano D. Manuel, presbítero de la órden de Santo Domingo en el convento de Almagro, lo Ilevó allí en 1806 para que cursase filosofía. En efecto, estudió los dos primeros años; pero entablada la guerra con los franceses, sintióse Baldomero arrastrado por el espíritu patriótico que hacia empuñar las armas á la juventud estudiosa, y marchando á Sevilla, sentó plaza en el regimiento de infantería de Ciudad-Real que se hallaba de guarnicion en aquel punto. La influencia de su hermano le valió la consideracion de soldado dístínguído, y como tal, asistió á la batalla de Ocaña portándose bizarramente, pasando en 25 de diciembre al Batallon sagrado de la universidad de Toledo, tambien como soldado distinguido.
    Aquel cuerpo como todos los demás que apoyaban á la Junta central, tuvo que retirarse á la isla de Leon; formáronse allí las academias militares, á las que concurrian como cadetes todos los voluntarios que habian cursado dos años en las universidades, y entre ellos Espartero. En todas las clases obtuvo notas de bueno y la de sobresaliente en táctica, y prévio exámen, ingresó en 1.º de enero de 1812 en el cuerpo de ingenieros con el grado de subteniente.
    Un incidente desagradable con uno de los profesores le movió á pedir en marzo de 1813 pasar al arma de infantería, y en efecto, ingresó en el provincial de Soria, asistiendo á las acciones en que este regimiento tomó parte en Tortosa, Cherta y Amposta.
    Concluida la guerra con Francia pidió pasar á América, formando parte de la espedicion Morillo en 1814. Concediósele marchar en clase de teniente en el regimiento de Estremadura, y queriendo antes despedirse de su familia, pidió á Morillo el permiso competente.
  -El buen soldado español, le contestó el general, debe olvidarse de su familia cuando la patria lo reclama, y el que muestra un alma tan madrera da pruebas de cobardía.
  -Mi general, replicó indignado el ardoroso oficial, si otro que V. E. hubiera osado ofenderme de ese modo, mi contestacion hubiera sido muy pronta... con esta espada.
    Todos los ruegos del general Morillo para que Espartero satisfaciese sus deseos fueron inútiles; el 1.º de febrero de 1815 se embarcó en Cádiz, y en 14 de setiembre Ilegó al Callao. La guerra de emancipacion ardia vivamente: los insurgentes, al par que peleaban trataban de ganar á nuestros soldados, y hecho capitan por haber contribuido eficazmente á apaciguar los síntomas de insurreccion que se presentaron en su regimiento, tomó el mando de 200 hombres con los cuales derrotó á los caudillos Prudencio, Zárate y Pereira en la provincia de Charcas. Despues de concurrir á once acciones parciales, marchó con su coronel La Hera á atacar á varios cabecillas que habian deshecho la division Marnis, y se portaron con tanto arrojo, que con solo dos compañías batieron completamente á los rebeldes.
    Despues de tomar á Presto se presentó solo y á caballo á una partida de rebeldes que esperaban á un célebre caudillo, al cual no conocian, pero que debia mandarlos. Espartero se hizo pasar por tal caudillo, y aclamado por los rebeldes les prometió la victoria, los llevó á Presto, dándoles á entender que iban á ocuparlo por sorpresa, y cuando conocieron el engaño era ya tarde. Las tropas los cercaron súbitamente, y nadie se atrevió á moverse.
    Las acciones de Jamparcas y Sopachui lo elevaron al empleo de segundo comandante en agosto de 1817, y como tal batió al frente de una fuerza de 200 hombres á varios cabecillas, sorprendió á otros, hizo prisioneras partidas enteras, y dejó, en fin, pacificados los pueblos de las provincias de Charcas, Cochachamba, la Paz y otras limítrofes.
    Logró evitar la intentona de entregar á Oruro, para lo cual habia el plan de matarle. Por ello fué ascendido á primer comandante, y despues de la retirada de nuestras tropas á Cuzco y de la batalla de Ica, tan gloriosa para las armas españolas, fué agraciado con el empleo de coronel en mayo de 1822.
    Nuestras tropas ganaban terreno considerablemente, pero los ausilios mandados por Bolivar y la república de Chile á los peruanos, hicieron necesarios una grande actividad y bizarría para evitar la reunion de de los generales Sucre y Alvarádo con Cochrane, y conseguir los resultados apetecidos. Los insurgentes habian enviado una espedicion á Arica, fuerte de 6,000 hombres, contra los cuales marchó el general Valdés al frente de dos batallones, cinco escuadrones y alguna artillería, y encontrándose en Calana, prefirió atraer aquella fuerza superior hácia el punto donde se hallaba el grueso de nuestro ejército. La operacion se llevó á cabo felizmente: Valdés cambiaba continuamente de posicion, ganando terreno hácia el punto donde debia hallarse el general en jefe, y el 19 de enero de 1823, Espartero fué encargado de entretener al enemigo. Dos horas sostuvo con su solo batallon el empuje de 4,000 hombres, sin variar de posicion, y cuando lo hubo juzgado conveniente, emprendió su retirada en el mayor órden, disputando el terreno á palmos y ocasionando al enemigo pérdidas considerables, hasta que á la legua se reunió á la division Valdés. Este no creyó todavía prudente dar la batalla, y luego que llevó á Alvarado á las posiciones donde debia ser socorrido imprescindiblemente por el general en jefe Canterac, le hizo frente. Apenas llegó este, aunque dejaba atrás sus fuerzas, revolvieron nuestras tropas, y acometiendo Espartero el frente del enemigo, arrolló la línea por completo, mató cuerpo á cuerpo á uno de los jefes insurrectos, y decidió la batalla, perdiendo el caballo y recibiendo tres heridas. Dos dias despues, el ejército insurgente quedaba completamente destrozado en Moquehua, y Espartero, á pesar dé hallarse con tres heridas, no dudó en contribuir á aquel brillante hecho; él fué el primero que con su batallon dobló y arrolló el ala derecha del ejército enemigo, poniéndola en completa dispersion. Espartero obtuvo por ello el empleo de coronel efectivo.
    El grueso de nuestro ejército se hallaba al frente del Callao, y habiendo quedado un tanto desguarnecido el Alto Perú, hubo necesidad de desprenderse de algunas de las tropas que sitiaban al Callao para evitar el golpe con que amagaban los insurgentes, enviando 6,000 hombres al mando de Santa Cruz; Espartero era de los espedicionarios, y reunidos estos con las  tropas del virey, cayeron sobre Santa Cruz, que apeló á la huida, dejando en nuestro poder hombres, armas y municiones; el lugarteniente de Bolivar, observado de cerca por Canterac, se reembarcó, y todo el vasto plan formado por el presidente peruano Riva Agüero, se deshizo, perdiéndose las esperanzas que sobre él se habian fundado. Esta campaña fué llamada del Talon, por las marchas terribles que hubo que hacer, y el virey, que deseaba premiar al ejército por las penalidades que habia sufrido, concedió gran número de gracias, tocando á  Espartero el empleo de brigadier.
    El voluntario de 1809 habia hecho una rápida carrera: en solos catorce años habia alcanzado pasar á la categoría de oficiales generales, pero el lector mas apasionado no podrá  menos de reconocer que todo lo debió á su espada, á su valor nunca desmentido, á su celo y pericia en los combates. Nombrado jefe de Estado mayor del ejército del Sur, Espartero entró en otra esfera mas ancha, tomando naturalmente una participacion mas directa en aquellos sucesos y desempeñando frecuentemente la doble mision de militar y diplomático.
    La completa destruccion de los dos ejércitos independientes, la retirada vergonzosa de la division Sucre, la vuelta á Chile de las fuerzas con que para el último frustado golpe de mano habian contribuido las repúblicas, y los prósperos sucesos con que la fortuna habia favorecido á las armas españolas, dieron diferente sesgo á nuestra causa. Desperdicíaronse estas circunstancias favorables, alimentadas con las luchas que estallaron entre los jefes de la insurreccion Riva-Aguero y Bolivar. Desesperado aquel de alcanzar la victoria, trató de entenderse con el virey y de concertar la paz bajo las bases mas convenientes para todos; pero por desgracia, la manera fatal con que fueron planteadas y conducidas las negociaciones frustaron este intento.
    Al mismo tiempo que esto sucedia, habian llegado á  América comisionados de las córtes españolas para tratar de un arreglo pacífico. Los comisarios habian estipulado en julio de 1823 en Buenos-Aires un armisticio de año y medio que podia ser considerado y admitido como un principio de inteligencia entre ambos beligerantes y entre todos los demás Estados insurrectos de la América.
     Ufanos los comisarios con el triunfo recabado, dirigieron el convenio al general Laserna para que lo aceptase si !os independientes consentian en establecerlo por su parte; pero visto el fracaso de negociaciones anteriores y comprendiendo la manera torpe con que estaban los comisarios conduciéndose, acogió la propuesta con frialdad. Sin embargo, deseoso de la paz comisionó al brigadier Espartero para que se avistase en Salta con el comisionado de los insurgentes; pero las cláusulas del convenio preliminar eran tan contrarias al estado de las cosas, que los parlamentarios no pudieron llegar á una inteligencia.
     Reconocíase en el pacto convenido la independencia de las repúblicas en la parte comercial y la admision de la bandera de los insurrectos en los puertos españoles, y para el caso de que se pactase el reconocimiento de la independencia, los americanos debian contribuir con veinte millones de duros al afianzamiento del sistema constitucional en España. ¿Se habian dejado alucinar los enviados de las córtes por esta promesa? ¿Llevaban facultades para establecer el reconocimiento? No es posible averiguarlo; pero lo cierto es que el virey no quiso acceder al armisticio si no se establecia como base principal el reconocimiento de la autoridad real en el Perú y la retirada de la division de los Andes que habia sido enviada en auxilio de los insurgentes de aquel vireinato.
    La avenencia no fué posible á pesar de la inteligencia con que Espartero manejó su comision, y no habiendo querido Laserna oir al enviado de Buenos-Aires, tuvo este que regresar á aquel punto.
    Rotas las negociaciones, se abrió de nuevo la campaña. Si favorables eran las circunstancias para nuestra causa, terribles eran á la verdad para la de los insurrectos. Bolivar, dueño casi absoluto del Perú, al cual trataba como á país conquistado, encontraba allí una oposicion que amenazaba con un rompimiento; necesitaba tiempo para levantar y organizar nuevas tropas, y como si esto no fuera bastante, los sargentos de la guarnicion del Callao entregaron la plaza á los oficiales del ejército español que allí se hallaban en calidad de prisioneros.
     Tales y tan prósperos sucesos fueron esterilizados por la ambicion de un hombre.
     «El general Olañeta, dice un historiador de estos sucesos, que por su estraordinario valor personal y por los muchos servicios que como contratista proveedor tenia prestados al ejército real, habia ascendido á tan alta gerarquía, generosamente protegido por los vireyes Pezuela y Laserna, cubria las provincias del otro lado del Desaguadero, al frente de 4,000 hombres dependientes del ejército real del Sur. Sin preceder órdenes del virey, ni necesidad alguna de su inesperado movimiento, y cuando terminantemente estaba prohibido dar un paso en tanto que para ello no fuera facultado, abandonó sus posiciones, llevándose considerable armamento de la ciudad de Oruro, y partió al Potosí. Estando allí el dia 4 de enero, se hizo cargo de todos los recursos y trató de seducir al jefe político de aquella provincia, el mariscal de campo D. José Santos La Hera, para que cooperase al criminal intento de atropellar al de igual clase, D. Rafael Maroto, á quien mortalmente odiaba Olañeta y mandaba á la sazon la inmediata provincia de Charcas. Negóse La Hera rotundamente á tan manifiesta arbitrariedad, y estendiéndose entonces el encono de Olañeta hasta el jefe del Potosí, hubo de tratar á La Hera como á verdadero enemigo de guerra, arrojándolo de la provincia despues de haberle obligado á capitular á su capricho, sostenido por la superioridad de fuerzas.
     »Hecho esto, acomete á Maroto, quien, abandonado de la guarnicion de Charcas seducida por Olañeta, se vió en precision de replegarse á Oruro, quedando el traidor libre para apoderarse de todo el país, prodigar empleos y dinero á los que le seguian en su abierta insurreccion, y titularse á sí propio capitan general de las provincias del  Río de la Plata, y superintendente subdelelgado de real Hacienda, correos, etc.
    
»Atacada de este modo la autoridad del virey, pero espantado este por la trascendencia fatal de aquella inesperada rebelion, incierto estaba en la senda que debia adoptar en sus determinaciones: escribió, empero, en términos correspondientes al general Olañeta, y mientras que con manifiestos procuraba catequizar la ilusa tropa que á aquel seguia, dirigió comunicaciones al Norte, á los generales Canterac y Valdés, mandando á este último que volviese inmediatamente con su division, á hacer entrar en órden á los revoltosos.
    »Olañeta, asustado de su propia obra, y temblando la esplosion de la mina que habia cargado por sí mismo, estaba á punto de retroceder en su infame camino, cuando por los periódicos de Buenos-Aires, de que él se hallaba mas inmediato que el resto del ejército real, fué el primero en el Perú que supo la salida del rey de Cádiz, el real decreto de 1.º de octubre de 1823, y otras noticias acerca del nuevo órden de cosas que habia sido establecido en la Península, con cuyos antecedentes, de que no dió al virey idea alguna, comenzó á titularse y á los suyos, únicos defensores del altar y del trono, y á los demás caudillos y tropa que no estaban á su devocion, liberales, judíos y herejes.
    
»Finalmente, el 4 de febrero Ilevó su descaro al estremo de espedir profusamente una proclama, donde despues del epígrafe Viva la Religion, hablaba á los soldados y á los pueblos en el fanático sentido realista, análogo á las circunstancias, procurando introducir sangrienta division entre los defensores de la integridad de la madre patria, para que de esta manera fuese desgarrada,  como forzosamente hubo de serIo, aquella estensa y rica posesion, cuyo dominio debia producir la total obediencia de los demás fragmentos americanos, á quienes pesaba ya su decantada y engañosa independencia.»
    Tan estraña conducta causó una indignacion general. Todo el mundo comprendió que la causa nacional se perdia sin remedio; todo el mundo vió que las palabras de que Olañeta se servia no eran mas que la máscara de sus ambiciones, como se demostró á las claras mas adelante, y Espartero, que se hallaba en Potosí de regreso de su comision diplomática, hizo circular la siguiente proclama, cuyo principal objeto era destruir el carácter realista y religioso que Olañeta daba á sus pretensiones:
    «Viva la religion, el rey y la nacion.
    »El infame Olañeta, infatuado con las condecoraciones que obtuvo, y á las que nunca pudo considerarse digno, acaba de cometer la traicion mas horrible: él no obedece á la suprema autoridad del Perú, no pertenece ya ni quiere pertenecer á la histórica nacion española; quiere unirse con los insurgentes de la Plata, y sumergir estos pueblos en el caos de males en que aquellos se miran. La Divina Providencia que visiblemente nos protege, ha permitido que por la. casualidad mas rara, llegasen á noticia del Excmo. señor virey las tramas inícuas de este hipócrita, que para comprometernos tiene la osadía de escudarse con el nombre sacrosanto de nuestra religion: él pretende haceros creer que la desprecian los jefes beneméritos que tantas pruebas os han dado de sus virtudes; los supone enemigos de nuestro adorado monarca el señor D. Fernando VII, y nadie como vosotros puede desmentir á este impostor inicuo: á vosotros apelan estos varones ilustres, que viven tranquilos con la seguridad de que les haceis la justicia que tanto merecen .
    »El ladron mas descarado, el contrabandista mas público, y en fin, el traidor Olañeta, desaparecerá muy en breve de entre vosotros y os vereis libre de los males que preparaba. El mas virtuoso de los vireyes, el inmortal Laserna, marcha á la cabeza de nuestros bravos batallones, y estoy seguro que tan luego como se aviste, correrán á implorar su perdon los que alucinados con las promesas del mas infame de los hombres, sirven hoy de instrumento á sus crímenes: el traidor huirá cargado de confusion y oprobio, sus inmundas plantas no volverán a manchar este suelo.
   
»PERUANOS: Ya restan muy pocos dias para que sepais hasta qué punto se estendian las maquinaciones de un traidor hipócrita. El Excmo. señor virey os manifestará con la franqueza y verdad que le son características, la trama horrenda que disponia aquel pérfido. Quien os habla, es impulsado solo del amor que profesa á los habitantes del Perú y de la decision con que ha defendido siempre los derechos de la nacion española, los del rey y los de la religion. Potosí 5 de febrero de 1824.-BALDOMERO ESPARTERO.»
    El lenguaje acalorado de la proclama precedente está justificado de una manera cumplida, no solo por el hecho que en ella se condenaba, sino por la conducta posterior de Olañeta y por los antecedentes mismos que poseia Espartero respecto á los propósitos de Olañeta. Sabia, en efecto, el jefe de Estado mayor del ejército, que el nuevo ministro habia manifestado por escrito á cierta persona el intento de alzarse con el mando de las provincias del Sur, y cuando fué allí conocido el decreto de Fernando VII por el cual quedaban anuladas todas las disposiciones del gobierno constitucional, Olañeta se declaró en completa insurreccion y se negó á todo lo que no fuera reconocerle como jefe de la indicada parte del Sur .
    El virey comprendió que todo estaba perdido, y con el intento de ver si podia salvarlo, reconoció al fin al general usurpador; pero visto que este no le obedecia ni secundaba sus disposiciones militares como se habia pactado, trató de deponer la investidura en el general Canterac, fundándose en la revocacion de los actos determinada en el real decreto de 1.º de octubre de 1823; pero todo el ejército se opuso á. esta determinacion y Laserna, no pudiendo arbitrar términos eficaces, se decidió á enviar á Madrid una persona de su confianza que espusiese al rey el estado de las cosas y proveyese al remedio de los males que amenazaban de una manera tan fatal el triunfo de nuestra causa.
    La persona elegida por el virey con aplauso de todos los generales, fué el general Espartero: el 15 de junio de 1824 se embarcó en Quilca, y arribado á Cádiz el 23 de setiembre llegó á Madrid en 12 de octubre.     

    
Espartero desempeñó perfectamente su mision. Espuso en la corte la situacion de las cosas, las penalidades y heroismo del ejército, la pericia militar del desgraciado Laserna, y el carácter ambicioso, perjudicial.y altamente funesto de la rebelion de Olañeta. El gobierno aprobó todo lo hecho por el virey, confirmó su nombramiento, y satisfecho de la conducta valerosa del ejército, premió sus sufrimientos con diferentes gracias; pero cuando Espartero Ilegó á Quilca en 4 de mayo de 1825 llevando tan felices nuevas, era tarde. El ejército reducido por la traicion á un puñado de valientes, fué vencido en los campos de Ayacucho, y el que esperaba ser recibido con demostraciones de júbilo, se vió cercado por los soldados de Bolivar, preso, encerrado en un calabozo y condenado á muerte para vengar así de una manera indigna los descalabros que habia hecho sufrir á los insurrectos en tantas y tan reñidas acciones.
    Sus amigos D. Antonio Gonzalez, D. Facundo Infante y D. Antonio Seoane lograron que se le perdonase la vida, y fué desterrado por toda su vida á la isla de Capachica, roca desierta que se eleva en medio de una laguna y en la cual no habia de tardar en recibir la muerte. Nuevos ruegos decidieron al fin á Bolivar á ponerle en libertad, y embarcado en Quilca en 1,º de agosto árribó á Burdeos.
    Así terminó esta parte de su vida militar, donde tantas pruebas dió de arrojado, pundonoroso y valiente y donde hizo lo mas difícil de su carrera. Cuántos generales le tuvieron bajo sus órdenes formaron de él un concepto distinguido. Hé aquí el que mereció al general D. Alejandro Gonzalez de Villalobos en diciembre de 1824:
    «Es jefe que goza de una opinion sobresaliente para el mando por su mucho valor, inteligencia, en táctica, conocimientos generales en la milicia, y muy acreditado en funciones de guerra, y tiene mucha disposicion para el mando.»
    El general Valdés dijo de él en la época en que Espartero era coronel:
    «Tiene mucho valor, talento, aplicacion y conocida adhesion al rey nuestro señor: es muy á propósito para el mando de un cuerpo, y mas aun para servir en clase de oficial de E. M. por sus conocimientos. Este será algun dia un buen general, por su golpe de vista militar y viveza para aprovecharse de los descuidos del enemigo.»
    Por último, el virey formó de él este concepto:
     «Tiene conocimientos generales del arte militar y acreditado valor en varias ácciones de guerra: tiene talento y viveza; es inteligente en táctica, y mucha disposicion para el mando de un cuerpo, y aun mas para el E. M. de un ejército: su conducta política y militar fué buena.»
     No dejaremos esta parte de su biografía sin hacer una observacion no del todo inoportuna. El partido mas afecto al regente del reino en 1843 Ilevó un tiempo el nombre de Ayacucho, y sin embargo, Espartero no asistió como hemos visto á aquella batalla: ¿cómo ha podido darse esta calificacion al general y á sus amigos? ¿Qué es lo que con ella queria darse á entender? No lo sabemos; estas son aberraciones políticas que no tienen esplicacion y que solo se conciben en España.

* * *

     Bajo tristes auspicios regresaba á la tierra patria el entonces brigadier. La ira absolutista no perdonaba á ninguno en que viese la mas ligera sombra de liberalismo, y todos los militares procedentes del ejército de América fueron tachados de este defecto abominable. Espartero juzgó prudente permanecer tres meses en Bordeos, donde desembarcó, y creyendo pasado aquel arrebato del bando apostólico, que sin embargo no cesó hasta la muerte del rey, vino á Madrid en 4 de marzo de 1826. Espartero se équivocó: á pesar de sus merecimientos, á pesar de que nunca habia pensado mas que en cumplir sus deberes de militar, fué acogido friamente, y al dia siguiente de presentarse recibió la órden de ir de cuartel á Pamplona. Cerca de dos años permaneció en aquel punto, hasta que segura, al parecer, la córte de que nada intentaba hacer en política, fué nombrado comandante de armas de Logroño.
     Casado ya con su actual esposa doña Jacinta Sicilia, hija de un rico propretario de aquella capital, su nombramiento no pudo menos de ser acogido favorablemente. Dos años pasó en Logroño, que desde entonces fué mirada por Espartero como una patria adoptiva, hasta que en 28 de octubre de 1830 obtuvo el mando del regimiento de Soria, 5.º de línea, con el cual pasó á guarnecer la plaza de Barcelona y despues la de Palma de Mallorca. Su celo por la instruccion y comodidad del soldado fueron tales, que al pasar revista el capitan general al indicado cuerpo, no pudo menos de dirigir á su jefe la siguiente comunicacion que damos íntegra, pues da á conocer su amor constante al servicio.
      «Capitanía general de las islas Baleares.-He revistado en detenida y escrupulosa inspeccion el regimiento de Soria del cargo de V. S., en cumplimiento de la real órden de 21 enero de este año. El rey N. S. sabrá el estado de brillantez y perfeccion de los batallones del cuerpo; el esmero, inteligencia y celo ardiente de V. S. ; la instruccion y espíritu de cuerpo de sus oficiales; la aplicacion de los caballeros cadetes, y casi increible instruccion que los adorna y decora; la exactitud con que la clase de sargentos ha contestado al riguroso y severo exámen que yo mismo he hecho de ellos en público; la precision con que los cabos y soldados han satisfecho en la revista personal á presencia de la oficialidad del batallon de descanso y de todos los jefes, á los deberes de que han sido interrogados; el manejo de las armas; el completo lujo del vestuario; la disposicion interior de compañías, almacen y talleres; el órden de las oficinas del cuerpo; la uniformidad de los libros y papeles de compañías; la instruccion de la banda en los toques de guerra; la inteligencia y legalidad en las cajas, separacion de fondos, cuentas de estas y ajustes comprobados de la tropa, su completo desempeño y grandes alcances existentes en los fondos, componen un complemento de interioridad tan perfecto y uniforme, que puede decirse que jamás ha sido escedido y pocas veces igualado, la instruccion militar corresponde á las demás calidades que distinguen al regimiento: la precision de las maniobras presenta el desvelo de V. S. en conseguir su perfeccion, y la de sus fuegos la atencion á que V. S. ha acostumbrado su regimiento. Yo me doy la enhorabuena de haber visto un cuerpo digno de su arma, y digno de servir á su soberano, obedeciendo las órdenes que ha recibido V. S. del ministro de inspeccion, con la escrupulosidad que le ha conducido al grado en que se halla. Reciba V. S., principal interesado, mi sincera complacencia y enhorabuena, y estiéndala V. S. con las debidas gracias á los señores jefes, como oficialidad y tropa, cuyos méritos respectivos elevo á la superioridad, con la seguridad del digno y elevado espíritu de las clases en favor de los deberes sagrados de fidelidad á SS. MM. y descendencia directa y demás sentimientos de honor que las decoran.»
    La muerte de Fernando VII halló á Espartero al frente del regimiento de Soria. La ambicion de D. Cárlos dividió la España en dos bandos opuestos, y Espartero se colocó desde luego en aquel que le indicaban sus creencias, pidiendo inmediatamente al gobierno constitucional pasar con su regimiento al territorio vasco-navarro. Conocidas como eran sus cualidades de milititar valiente y aguerrido, el gobierno acogió con placer esta peticion é inmediatamente le facultó para que pasase con un batallon de su regimiento á la Península. Llegó á Valencia en diciembre y cumpliendo con las órdenes del capitan general, salió al dia siguiente en persecucion de una partida de 400 hombres que al mando de Magraner recorria las inmediaciones de Onteniente, Sus operaciones fueron combinadas con un acierto tal, que á los tres dias se desbandaron los carlistas cayendo su jefe prisionero, y conociendo el gobierno cuán útiles debian ser sus conocimientos y su práctica en esta clase de operaciones, le nombró comandante general de Vizcaya en 1.º de enero de 1834.
     Espartero, ávido de gloria, queriendo justificar las esperanzas que en él se habian fundado, salió de Madrid inmediatamente, El 9 se hallaba ya en Vitoria, y antes de llegar al punto de su destino tuvo ocasion de medir las armas con el enemigo que iba á combatir. Luqui á la cabeza de fuerzas numerosas le interceptó
el paso en Barambio y Espartero aceptó naturalmente el combate.
    El fuego se sostuvo con viveza por espacio de tres horas, hasta que Espartero, recelando que acudiesen otras fuerzas en auxilio del cabecilla carlista, dividió su gente en dos columnas, y dejando una de ellas en Arrigorriaga, avanzó al frente de la otra llegando á Bilbao el 11, y al dia siguiénte se encargó del mando militar de la provincia.
    El primer cuidado á que tuvo que acudir fué á fortificar aquella plaza, que durante el trascurso de esta guerra habia de ser encarnizadamente disputada, y que, á parte el interés político que años despues habia de cifrarse en su posesion, era entonces un punto de importancia como base de operaciones contra los insurgentes.
    Si Espartero hubiera podido disponer de tropas suficientes para ocupar el país en que la insurreccion dominaba; si hubiera tenido las fuerzas necesarias para formar un círculo alrededor de los que defendian la causa de B. Cárlos; si siquiera hubiéra dis
puesto de un número de hombres igual al de sus enemigos, la guerra hubiera quedado indudablemente terminada en una sola campaña, y en vez de una lucha tenaz de siete años, el carlismo no hubiera podido sostener mas que breves escaramuzas, que, por lo estériles, hubieran quedado abandonadas.
     Pero los gobiernos que ocuparon el poder durante aquel agitado período, no llegaron nunca á poner frente al carlismo un número igual al de los hombres que lo defendian, y lo mismo delante de Bilbao que en Arlaban, en Ramales y en Mendigorría, el ejército liberal tuvo que combatir siempre con un número doble de enemigos. Sea por pequeñez de miras, sea por falta de recursos, sea, en fin, por las agitaciones políticas que devoraban á los constitucionales, la verdad es que siempre estuvieron muy por bajo de lo que la situacion de las cosas exigia, y que fue necesario todo el valor é inteligencia de hombres esperimentados en la guerra para sacar triunfante una causa que obtenia las simpatías de la nacion.
     En todo el trascurso de la guerra, ora mandasen los exaltados, ora la fraccion que les disputaba el poder en el terreno constitucional, nunca brilló una idea grande y decisiva en las esferas del gobierno, si se esceptúa la que tuvo Mendizabal; así, aquel ejército pobre y mal equipado que dejó Fernando VIl, era insuficiente para dominar la guerra, y en vez de reconocerlo,así y de elevarlo rápidamente á las proporciones necesarias, los gobiernos, puede decirse que iban limitándose á imitar á sus enemigos, y que solo aumentaban sus fuerzas cuando hallaban que aquellos les llevaban el doble de ventaja.
    Esto, tratándose de una guerra que podia y debia considerarse de invasion, tenia que dar resultados muy amargos, y en efecto se obtuvieron. Los carlistas: faltos de organizacion militar, sin esa cohesion que constituye el núcleo de los ejércitos regulares, tenian en cambio una gran movilidad, una facilidad suma para rehacerse despues de una derrota, y presentarse al dia siguiente reunidos donde menos se esperaba. Aquella, en un principio, verdadera guerra de guerrillas, se fué formalizando á fuerza de combates, y cuando un dia llegaron los carlistas á presentar toda su fuerza, fué necesario un esfuerzo poderoso para inclinar la indecisa balanza en favor de los constitucionales.
    Y no era que los carlistas se presentasen desde luego cortos en número y faltos de brío. Apenas salió Espartero de Bilbao dejándolo fortificado, tuvo que emprender una série de reñidos encuentros, y desde mediados hasta últimos de enero, estos fueron tantos como dias, llegándose á contar hasta 17, entre los cuales fueron los mas tenaces los de Santa Cruz de Viezcarquiz, Mendata, Rigoitia, Arrieta, Larrabezua, Arechobalogana, Munguía y Bermeo.
    Las bandas carlistas que por todas partes pululaban, se reunieron en torno de Guernica en número de 6,000 hombres para apoderarse de aquel punto ocupado por 150 soldados del ejército liberal. Espartero, que habia vuelto á Bilbao, salió de allí en su socorro con solo 1,300 hombres, y á pesar de la inferioridad de sus fuerzas logró desalojar á los carlistas de sus posiciones; pero vueltos estos en sí y avergonzados de ha
berse dejado arrollar por fuerzas tan inferiores, acometieron á las tropas de Espartero, y faltas de víveres y municiones, tuvo este que replegarse á Bilbao, haciéndolo en buen órden, y despues de haber conseguido su objeto, esto es, libertar la corta guarnicion de Guernica.
     Un refuerzo de 2,000 hombres llegado dos dias despues á Bilbao, le permitió tomar la ofensiva, y marchando nuevamente sobre Guernica, hizo desalojar á los carlistas aquel punto, les persiguió hasta obligarles á presentar batalla en Oñate, donde quedaron derrotados y dispersos, dejando libre la provincia de Guipúzcoa.
     Pero si esta quedaba falta de enemigos, la de Vizcaya los veía reconcentrarse. En ella se libraron sucesivamente los encuentros de Eibar, Lemona, Cenauri, Acheriz y Marquina, en el trascurso de marzo, pero ninguno de ellos fué tan importante como el de Portugalete, cuyo punto sitiaba el cabecilla Castor con 1,000 hombres.
     Aquel puede decirse que fué el primer combate sério que sostuvieron los carlistas. La empresa de socorrer la plaza ofrecia varias dificultades, pues el puente colgante de Burceña, por el que era imprescindible atravesar, estaba en poder de los carlistas, que comprendian toda su importancia, y naturalmente habian aglomerado allí todas sus fuerzas. Apenas se presentaron las que mandaba Espartero, se dió principio á la accion. Las puertas del puente se hallaban cerradas, y esto hizo detener á las tropas de la reina hasta que colocándose su jefe frente á ellas, las lanzó á la bayoneta, y desconcertados los carlistas se retiraron entrada la noche, no sin haber opuesto una tenaz resistencia, que costó mucha sangre á los isabelinos. Espartero, despues de socorrer á Portugalete persiguió á los fugitivos hasta Sodupe, y alcanzándolos allí, los derrotó completamente.
     Pero estos triunfos, al par que mermaban las fuerzas de los isabelinos, no disminuian realmente las de los carlistas. Nuevas bandas, fanatizadas por la voz de los amigos del pretendiente, iban á engrosar sus filas, y así, pocos dias despues de la última derrota que acabamos de consignar, esto es, en primeros de abril, los enemigos se presentaron en número de 3,000 en Aulestia, mandados por Zabala y Valdespino, lisonjeándose con unirse pronto á Luqui y Latorre, que debian traerles otra fuerza igual. Espartero á la cabeza de 2,000 hombres trató de deshacer el primero de los cuerpos referidos antes de que se verificase su union con el segundo; pero á pesar de los esfuerzos que hizo por traerlos á un combate decisivo, especialmente en Rigoitia, Zavala y Valdespino se fueron replegando hasta que lograron unirse en Morga con la gente que esperaban.
    Eran 6,000 hombres, que ocupaban una fuerte posicion y que tenian ya prácticas militares. Llevaban además de la ventaja del número, la de hallarse apostados en un desfiladero enlazado con una fuerte cadena de alturas; pero no obstante, el jefe de las tropas de la reina les acometió con sus 2,000 hombres, y practicando un hábil movimiento se apoderó de la série de colinas de que dependia bajo algunos conceptos, la posicion del enemigo; pero lo que mas ímportaba era
posesionarse de la altura de Sarraya, y mientras el brigadier Benedicto lo intentaba, hizo Espartero un movimieóto de retroceso para protegerlo. Los carlistas creyeron que esto era una retirada y abandonaron sus posiciones para arrojarse sobre el enemigo con mas arrojo que acierto; pero rechazado su primer empuje, las tropas de la reina cargaron en cuatro columnas á la bayoneta, y fué tal la bizarría con que lo hicieron, que la estensa línea enemiga quedó rota en todas partes y sus huestes completamente derrotadas.
    Aquella victoria fué la mas importante de cuantas Espartero habia obtenido y en la que mejor demostró su habilidad para situar sus fuerzas y atraer al enemigo á terreno ventajoso, así como su pericia para disponer el ataque y su arrojo característico para llevarlo á cabo. El gobierno, reconociendo su mérito y deseando recompensarle por los muchos servicios que habia prestado en toda la campaña, le concedió el grado de mariscal de campo.

* * *

   Desde abril de 1834 hasta junio del siguiente año en que se eclipsó por un momento la suerte del caudillo liberal, sus triunfos no tuvieron interrupcion. Ceberio, Santa Cruz de Vizcarquiz, Oiz, Baquio, Ereno, Iparter, Arrieta, Plencia, Orozco, Gorbea, Ormaiztegui y Villareal de Zumárraga fueron teatro de otros tantos hechos de armas igualmente gloriosos; pero la reputacion que el general se habia adquirido á fuerza de tantos combates, padeció notable detrimento en el verdadero desastre de Descarga.
   El general Zumalacárregui habia tomado ya la direccion de las que aumentó con su prestigio, y habian llegado á ser verdaderas tropas regladas, y dejando la defensiva en que hasta entonces habian permanecido  desplegaba todos sus talentos militares para conseguir el propósito que habia formado de arrojar á las huestes liberales del territorio vasco-navarro. Su primer pensamiento fué poner sitio á Villafranca de Guipúzcoa, plaza fortificada con esmero y llave de un buen territorio. El incremento que iba tomando la insurreccion habia determinado la formacion de otros cuerpos que obrasen de concierto con el del general Espartero, siguiendo la direccion del general Valdés, y concediendo este toda la importancia que merecia á la posesion de Villafranca, combinó un plan bastante arriesgado para libraría del asedio en que la tenian los carlistas. Las fuerzas de las provincias vascongadas, compuestas de dos divisiones y una brigada auxiliar mandadas respectivamente por el baron del Solar, el conde de Mirasol y el coronel Ulibarri, debian ponerse en marcha bajo las órdenes de Espartero con direccion á Villafranca, combinando su movimiento con el que desde el fondo del valle del Baztan habia de verificar el general Oráa. Espartero, dice uno de sus historiógrafos, tomó el camino de Durango y tocó sucesivamente en Vergara y Mondragon, haciendo aquí alarde de sus fuerzas para imponer á las enemigas que habia en Oñate. Privado de comunicaciones, ignorando el punto en que se hallaba el general en jefe, no recibiendo tampoco aviso ni noticia alguna de las tropas auxiliares, comprendió que su situacion iba haciéndose muy crítica: avanzó resueltamente y se enseñoreó del alto de Descarga en la tarde del dia 2 de junio, decidido á esperar allí el concurso de las tropas isabelinas y las últimas y mas positivas órdenes del general en jefe.
     La posicion de Descarga, aunque muy dominante y en cierto modo inespugnable, ofrecia, sin embargo, varios accidentes y algunos peligros. En efecto, al pié de aquellas empinadas crestas se abren profundos barrancos sinuosos y cubiertos de maleza, que presentan mucha facilidad para una emboscada. Espartero adoptó prontas y eficaces disposiciones para asegurar los puntos mas espuestos, Fiados en la superioridad de sus posiciones, los soldados isabelinos descansaban de las fatigas de la espedicion, esperando los albores del día siguiente para combatir al enemigo que estrechaba vivamente á Villafranca, si bien habia relajado algun tanto el rigor del asedio para poner en observacion parte de sus fuerzas.
     Gran disgusto y profunda sorpresa produjo en las tropas isabelinas la órden de retirada dada á las diez de la noche en direccion de Vergara. El cielo encapotado y sombrío, despedia una  lluvia fina y abundante, que impelida por fuertes ráfagas de viento daba de cara á los soldados; solo la débil luz de las moribundas hogueras del campamento alumbraba el principio de esta marcha inesperada. Rompióla la division de Alava, que con el baron del Solar á la cabeza, llegó á Vergara á las diez y media, sin ser molestada por los enemigos; pero no alcanzaron igual y tan próspera fortuna los demás cuerpos. La brigada auxiliar de Navarra, que seguia inmediatamente despues el movimiento, se vió atacada por enemigos cuyo número ignoraba. Eran estos 40 caballos y cuatro compañías de infantería que el general carlista Eraso habia mandado salir de Villareal de Zumárraga bajo las órdenes de su hijo, con objeto de que observaran á las tropas de la reina. Debia ser la marcha de estas poco segura y concertada, cuando los carlistas con tan escaso caudal de gente concibieron el proyecto de caer sobre el grueso de los isabelinos, proyecto que hubiera podido graduarse de temerario, si el éxito no lo hubiera legitimado: treparon por el cuerpo de una de aquellas eminencias, llegaron cerca del punto en que se hallaba un centinela, y al Quién vive, dado por este, contestaron aquellos con el grito de «Isabel
II»
y avanzando siempre, le desarman y se arrojan impetuosamente sobre las avanzadas de la brigada de Navarra que hacia en aquel momento un pequeño alto para tomar descanso.
      Aquellas tropas, que habian dado tantas pruebas de serenidad en combates repetidos, se sintieron sobrecogidas de terror, y arrojando las armas se pronunciaron en completa fuga. Inútil fué que el general, los jefes y oficiales hiciesen cuantos esfuerzos son imaginables para que recobrasen el valor perdido. El pánico, el verdadero pánico, que no admite lugar á la refiexion, que no ve ni oye mas que el objeto que domina al individuo, se apoderó de tal modo de las tropas, que solo 1,500 hombres de toda la division pudieron llegar á Vergara oponiendo alguna resistencia al enemig
o.      

      
Espartero tuvo que retroceder hasta Bilbao, perdiendo en aquella noche desastrosa mas de 1,000 hombres y abandonando muchos puntos importantes.
     ¿Qué es lo que pudo determinar aquella inoportuna retirada?
     Nadie lo sabe. La única razon que en su favor se aduce, es la presuncion de que los generales que debian operar con Espartero, no podrian llegar hasta el punto que les estaba designado. No habia avisos, en efecto, de que hubieran realizado ya sus movimientos: el general se creyó comprometido, y la division que mandaba, perdido el valor moral que le iban arrebatando los crecientes triunfos del bando carlista, se dejó llevar por la exageracion del ascendiente que concedian al enemigo.
      Ahora bien: ¿debió Espartero emprender su retirada, caso de que fuera absolutamente necesaria, en condiciones tales como las que eligió? ¿Eran tan fuertes los carlistas, que pudieran impedir su movimiento hecho á la luz del dia y con todas las ventajas que le daba la disciplina de sus tropas?

      
No creemos que haya semejante conviccion. Tal vez un esceso de prudencia fué lo que determinara á Espartero á retroceder; pero al darse la órden á las tropas, debieron creerse comprometidas por estremo, y al verse sorprendidas, es natural que se dejaran llevar de los mas contrarios sentimientos.
     Todas las fuerzas carlistas que habian asistido á aquella derrota, no pasaron de cuatro compañías y algunos caballos destacados en observacion de las tropas: en un momento de entusiasmo aventuraron un golpe audaz, y el resultado fué el que acabamos de esponer .
     La desgracia batia sus alas sobre el campo de los liberales. Los carlistas habian llegado á formar tropas regladas, y en tanto número, si no superior como el de las que combatian; frecuentes encuentros, todos ellos favorables á la causa del Pretendiente, les habian dado una confianza sin límites, y el gobierno de Madrid, impotente para salvar las dificultades de aquella situacion, lejos de adoptar grandes medidas que devolviesen al ejército liberal su perdido ascendiente, participó del comun desaliento, y mandó que las fuerzas que combatian en el territorio vascongado se replegasen sobre el Ebro.
     Todo el país quedó, pues, abandonado á las armas de D. CárJos Zumalacárregui sitió á Bilbao, único punto que se mantenia por la causa legítima, y fué necesario todo el heroismo de aquellos habitantes para que una plaza, á la cual iba ligado el triunfo de los beligerantes, no cayese en manos del carlismo. La inaccion dominó, pues, durante muchos dias al ejército leal, y esa inaccion impuesta por el gobierno de Madrid, debia ser tan absoluta en el concepto de este, que cuando el general Valdés dispuso que Espartero avanzase sobre Bilbao, tuvo que hacer dimision del mando en jefe del ejército por no sufrir las reconvenciones de un ministerio pusilánime. .
    La Hera, que sucedió á Valdés en tan importante mando, ordenó á. Espartero que retrocediese; pero este, que se hallaba ya casi á la vista de Bilbao, le dirigió una carta, en que, despues de encarecerle la conveniencia, ó mas bien la necesidad de hacer á los carlistas levantar el sitio, concluia con estas animosas palabras: «,Si, como no espero, Vd, desatiende el consejo de su amigo, este tirará la faja, detestará el nombre de español, y Vd. quedará cubierto de ignominia. No crea Vd. que es duro este lenguaje; lo dicta el interés de la patria: mañana en Balmaseda, aunque arda el mundo. »
    Felizmente La Hera oyó el consejo de su antiguo compañero en las campañas de América, y adelantando todas las fuerzas que se hallaban disponibles, se presentaron sobre Bilbao, obligando á los carlistas á levantar el sitio sin disparar un tiro.
    La batalla de Mendigorría concedió una gran parte de su gloria para el general Espartero que mandaba el ala izquierda; y si aquella batalla, por tantos conceptos gloriosa, no abrió la tumba á la causa del carlismo, no fué ciertamente por culpa del general
cuya historia vamos relatando á grandes rasgos. A haber seguido sus consejos, no se hubiera detenido el alcance del enemigo, dejándole en completa libertad para rehacerse y proseguir con empeño la guerra fratricida.
    Críticas, por estremo severas y hasta injustas, sobre  los castigos impuestos á algunos soldados que habian faltado á sus deberes, entregándose al robo y al saqueo, fueron causa, pues no hay nada que lo esplique, de que Espartero fuese reemplazado en el mando de la division que operaba en Vizcaya, por el general Lacy Evans; pero el importante triunfo que alcanzó en Orduña sobre las fuerzas mandadas por Eguía, hicieron borrar bien pronto la impresion que habian causado en ciertos ánimos sensibles los fusilamientos antes referidos.
    La importancia de este glorioso combate, en que la fama de Espartero recobró todo su brillo, nos obliga á reproducir el relato que de él hace un distinguido escritor:
     «Supo  Espartero, hallándose á la cabeza de la segunda division y la brigada de vanguardia, consistentes ambas en doce batallones y dos escuadrones de lanceros, que el general carlista Eguía dominaba la línea de Amurrio á Orduña con veinte batallones, habiendo adelantado sobre ese punto un batallon castellano y dos escuadrones. Ocurrióle desde luego al jefe isabelino la idea de practicar un fuerte reconocimiento sobre Orduña, trabando serio y formal combate en el caso de que elI enemigo se opusiera con el grueso de sus fuerzas. Se puso en marcha en la mañana del dia 5, y Ilegó con sus tropas á la cima de la peña de Orduña, gigantesco antemural de granito, puesto allí como para proteger á la ciudad de los hombres y de los elementos.
    »Figurábanse los carlistas que los isabelinos no emprenderian el descenso de la peña para caer en brazos de sus veinte batallones; pero se engañaron.
    »Espartero escalonó las dos brigadas de la segunda division sobre el cuerpo de la peña, y al frente de la vanguardia y de los escuadrones de húsares, avanzó sobre Orduña. Al observar este movimiento, los carlistas mejoran sus posiciones y pretenden disputar á las tropas de la Reina el paso de la carretera, y al efecto adelantan dos escuadrones hasta el pié de la venta de Tertanga, y una compañía ocupa las casas del pueblo del mismo nombre y las alturas de la derecha, dispuestos aquellos y esta á hacer firme rostro á  sus enemigos.
    »Espartero que ve la situacion de las tropas carlistas, lanza sobre ellas dos compañías del Infante y de la Princesa, y al propio tiempo desciende al trote seguido de los húsares, y se precipita en el llano para arrollar los escuadrones enemigos. Pero estos buscando el apoyo de la ciudad se replegan aceleradamente sobre ella. Persíguelos el general isabelino á rienda suelta, y las lanzas de sus soldados casi tocaban ya la espalda de los carlistas, cuando la infantería de estos, oculta detrás de unas tapias, fulmina fuego terrible, que, si no desconcierta, desune al menos las filas de los húsares. Entonces Espartero manda hacer alto, y practicar un movimiento retrógrado, con el fin de atraer al enemigo. Reputando este por retirada lo que no era mas que un ardid, sale de sus improvisadas trincheras y se presenta á cuerpo descubierto al frente de los húsares. Espartero conoce el valor de aquellos momentos, y cae sobre los carlistas con ímpetu y decision tales, que, sin ser poderosos á  resistirle, se desbandan unos, perecen otros debilitada ya la resistencia por el desórden, y los mas afortunados logran penetrar en Orduña, creyendo lograr allí un asilo para salvar su vida ó un buen sitio para restaurar su honor. Y ambas cosas podian lograr, si encerrándose en el fuerte edificio de la Aduana, daban tiempo á que acudieran en su auxilio los numerosos batallones reconcentrados á una legua dé distancia. Pero este peligro tan probable no retrae al intrépido general de la Reina; comprende que es posible apoderarse de Orduña por un golpe de mano, y dando él mismo el ejemplo, entra en la ciudad acompañado de unos cuantos ginetes, mientras los demás se apresuraban á seguir este movimiento arriesgado. Opusieron los carlistas menguada resistencia, pues no viéndose protegidos por algunas de sus fuerzas huyeron por la puerta de Bilbao. Durante todo el tiempo de la accion, esperimentaron sensibles bajas ambos combatientes, si bien fué mucho mas considerable la de los carlistas, pereciendo de ellos cerca de 600 campeones al defender la entrada de la ciudad.»
    La crudeza del invierno hizo detener las operaciones, pero habiendo reunido en marzo hasta 17 batallones ganó sobre los enemigos la importante y reñida accion de Unzá, terminada con la mas brillante carga á la bayoneta, carga en que combatieron cuerpo á  cuerpo al arma blanca dos grandes ejércitos, y en que la victoria quedó por el que mandaba el general Espartero.
    No hablaremos de la gloriosa parte que cupo á aquel ejército en la batalla de Arlaban; en ella le tocó la mas difícil y gloriosa de aquella gran jornada, como decia en su comunicacion el general Córdoba. Sus tropas no perdieron jamás el palmo de terreno que con tanta pena llegaban á adquirir, y aquel dia conquistaron una reputacion de invencibles.
    Tanto valor, tanta pericia y tanto arrojo fueron recompensados con el empleo de teniente general. .     

    
El nuevo teniente general, que seguramente no esperaba verse al frente del ejército de operaciones, se halló sorprendido á los pocos dias con tan importante cargo. El general Córdova, movido por razones cuya esplicacion no nos incumbe, renunció el mando que que venia desempeñando, y al partir para Madrid, lo dejó en manos del espresado general.
    Ardua era la mision que este iba á echar sobre sus hombros: aquel ejército, falto absolutamente de recursos, combatido por la desnudez y el hambre, sin medicamentos ni camas para los heridos, tenia que llevar á cabo la empresa verdaderamente heróica de desalojar de fuertes posiciones á un enemigo superior en número, y que contaba con todas las ventajas de la disciplina y de la posesion del país en que acampaba.
    Un incidente bastante importante vino á retrasar el instante de que ambos ejércitos midieran todas sus fuerzas. El general carlista Gomez emprendió una de aquellas espediciones que le acreditaron de jefe esperto y atrevido. Desprendiéndose con una fuerza considerable del núcleo del ejército carlista, emprendió una marcha sobre la falda de la cordillera cantábrica y penetró en Oviedo, encaminándose despues al reino de Galicia. Espartero, lanzado en su persecucion, no pudo alcanzarlo hasta mes y medio despues de haber abandonado el campamento isabelino: tanta era la celeridad de las marchas y contramarchas del general carlista.
    Alcanzóle en Ezcaro, y pocos dias despues en Oceja de Sajambre; pero la resistencia de Gomez á empeñar ningun sério combate impidió que el triunfo de los isabelinos pasase de cogerle algunos centenares de prisioneros. Fué tambien parte á ello la mala situacion de los caminos; mas que todo el lamentable estado de las tropas que llevaban 50 dias de marcha, casi descalzas y mal alimentadas; y por último, el haber caido el general atacado de la dolencia que le ha combatido durante toda su vida.
    Trasladado en una camilla á Lerma y desde allí á Logroño, marchó restablecido apenas á tomar el mando del ejército del Norte en que habia sido confirmado, al mismo tiempo que el gobierno le conferia el cargo de virey de Navarra y capitan general de las Provincias Vascongadas.
    No hay que decir que el nuevo gobierno no habia mejorado en nada la situacion material del ejército. Espartero lo encontró, como lo habia dejado, falto de todo, inferior en número á sus enemigos, y obligado á tomar una ofensiva vigorosa, si la disciplina no habia de relajarse, dejando á la vocinglería y malas pasiones de partidos intrigantes el triunfo del Pretendiente.
    iTriste cosa es que en esta España, donde todos los pechos arden en amor á la patria, la exageracion á que llevamos todas las ideas, la fatal tendencia á resolverlo todo menos por el cálculo que por el sentimiento, haya perjudicado siempre al triunfo de las causas verdaderamente patrióticas! Todos los partidos, todos los españoles interesados en la terminacion de la guerra, pedian una accion rápida y enérgica; los unos, porque creian comprometer así al gobierno; los otros, porque no querian admitir mas dilaciones, contando con que ya habian hecho bastantes sacrificios. Ni unos ni otros, ni mucho menos los gobiernos todos de aquella época azarosa estuvieron á la altura de su mision. «Los ejércitos, ha dicho un escritor satírico, se forman por el vientre; para sostener la guerra y obtener un pronto triunfo se necesitan tres cosas: dinero; dinero y mas dinero, ha dicho otro escritor no menos crónico y profundo. Estos verdaderos axiomas de la ciencia militar eran desconocidos por los hombres que en el poder ó á la espectativa de él se entregaban á estratagemas inocencentes ó á recursos ilusorios para terminar la guerra,
    El ejercito del Norte, reanimado, ya que no por los recursos pecuniarios, por la presencia de un jefe activo y valeroso, que le inspiraba una entera confianza, se puso en marcha para hacer levantar el sitio que los carlistas habian puesto á Bilbao por segunda vez. No eran mas que 15 batallones y los carlistas contaban con 23; sin embargo se marchó con decision. El hambre les hacia detenerse en algunos puntos: sin embargo se siguió avanzando. Horrorosos vendabales de agua y nieve disputaban el paso á aquel ejército descalzo y mal arropado: sin embargo, se Ilegó á la vista de Bilbao y comenzó la espugnacion de los inaccesibles reductos defendidos por la gruesa y numerosa artillería carlista.
    ¿Habremos de detenernos á narrar una por una aquella série de gloriosos combates, de heróicos prodigios y de titánicos esfuerzos que cubrieron de gloria al ejército español y llenaron de admiracion á Europa? Muy á nuestro pesar tenemos que renunciar á ello, pues ya se han referido en el curso de esta obra; pero no  podemos menos de rendir aquí un tributo de admiracion al ejército y al general que llevaron á cabo tan memorable empresa.
    La derrota del ejército carlista, terminada con la carga mas brillante de que hay ejemplo en la moderna história militar, fué la señal de la derrota de los ejércitos del Pretendiente. Si no puede decirse que aniquiló su poderío, le privó de toda probabilidad de triunfo. La discordia, compañera inseparable de la desgracia, surgió en el campo de D. Cárlos, porque como no podia atribuirse en el fuero de la justicia la derrota á la falta de elementos, se atribuyó á la falta de tino en emplearlos. Por otra parte, como la reaccion de un esfuerzo violento produce siempre una gran debilidad, los mas fieles partidarios del infante cayeron de ánimo, y cayeron tanto mas cuanto mas ardientes habian sido sus esperanzas y mas fundadas sus aspiraciones. El crédito, fuente de muchos recursos materiales con que contaba D. Cárlos, sufrió una fuerte conmocion, y desde entonces se fué estinguiendo poco á poco: las mismas provincias vascongadas, cuna de la guerra, empezaban á fatigarse en vista de su prolongacion, y estas causas reunidas motivaron despues un movimiento de los carlistas sobre el centro del reino, que perdió mucho de su imponente carácter por ser obra de una necesidad estrema.
    En la mIsma proporcion y contraria escala fué el efecto que produjo en todos los que seguian la causa de la reina Isabel. Nadie hubo que no admirase la heróica intrepidez de los bilbainos, y el ardor y constancia de las tropas y las cualidades del general en jefe. La reina gobernadora espidió con fecha 3 de enero un decreto encomiando á todos los que habian tomado una parte activa en aquella difícil y empeñada empresa, dándoles las gracias en su real nombre, y concediendo al general Espartero la merced de título de Castilla, con la denominacion de conde de Luchana y vizconde de Banderas, para él y sus descendientes por el órden regular. Las Córtes que á la sazon se hallaban reunidas, declararon que los defensores de Bilbao, el general en jefe y las tropas de mar y tierra habian merecido bien de la patria, y no pareciéndoles cumplida prueba de su reconocimiento esta manifestacion, dispusieron que su presidente D. José María Ferrer dirigiese al general Espartero una carta congratuloria. En ella está el siguiente párrafo que prueba el concepto que se habia formado del rasgo de Espartero en las altas horas de la noche del 24. «Un momento soló, la resolucion de un instante valen tanto como la vida del mas distinguido general. Cuando despues de una prolongada y sangrienta lucha habia la fuerza de los elementos reducido ya á la impotencia á unos y á otros combatientes, V. E. se atrevió á  pensar que se podia romper aquella tregua que la naturaleza hacia necesaria. Lo pensó y lo hizo. V. E. fué inspirado por la patria y los soldados españoles entendieron esta inspiracion. Bilbao se salvó, la memoria de cuantos han contribuido á ello será eterna».
     Tales fueron las consecuencias del levantamiento del sitio de Bilbao. La nacion lanzó un grito de júbilo; pero la guerra no habia terminado. El ejército de Espartero quedó notablemente quebrantado, y hasta que estimulado el gobierno por el triunfo, mandó considerables refuerzos, no pudieron conseguirse los resultados deseados. Duplicadas las fuerzas de Espartero y aumentadas considerablemente las que tenian en Pamplona y San Sebastian Sarsfield y Lacy Ewans, pensóse en un movimiento combinado de los tres. La operacion, era arriesgada y difícil, pues vista la gran inferioridad de las fuerzas de los generales ingleses, era esponerlos á un descalabro cierto en el caso muy probable de que no cayeran todos tres á un mismo tiempo sobre el ejército carlista.
    Así sucedió en efecto, el general Lacy fué el primero que se puso al alcance del ejército mandado por D. Sebastian Gabriel, y á no ser por haber podido retirarse á la plaza de que habia partido hubiera sido completamente destrozado. Sarsfield, que habia avanzado hasta Lisazo, tuvo tambien que retroceder hasta Pamplona; solo Espartero pudo oponer una tenaz resistencia en Zornoza á la impetuosa acometida de todas las fuerzas carlistas, considerablemente aumentadas y hábilmente dirigidas, y regresó á Bilbao despues de once horas de combate.
    Frustrado el plan anterior, que no habia obtenido nunca la aprobacion de Espartero, pensó este en poner por obra otro de mayor eficacia, que consistia en trasladar su ejército desde Bilbao á San Sebastian, y reunido allí con las fuerzas de Lacy empujar al ejército carlista sobre las tropas que defendian el paso del Ebro, y obligarlos á una batalla decisiva, ó bien forzarlos á que abandonasen el país, viniendo á tierra llana de Castilla, donde la superioridad de la caballería leal aseguraba el triunfo. Así sucedió en efecto. Reunidas las fuerzas de Espartero y Lacy, pudieron ganar las posiciones de 0riamendi, Hernani, Irun y Fuenterrabia. Los carlistas se anticiparon, sin embargo, á las maniobras de Espartero, y dejando 30 batallones en el territorio vasco-navarro, emprendieron con otros diez y seis la famosa espedicion, que á las órdenes del mismo Pretendiente Ilegó á las puertas de Madrid.
    Habiéndose dirigido en demanda de Aragon el ejército espedicionario, pudo llegar  á Huesca, y a haberse cumplido las prescripciones de Espartero, que habia mandado entretener la marcha de D. Cárlos hasta que él llegase á sus alcances, hubiera sido indudablemente derrotado; pero el arrojo temerario del general Leon proporcionó á los carlistas la victoria de Huesca, permitiéndoles incorporarse con Cabrera y difiriendo el resultado de la operacion.
    Espartero, que se habia dirigido sobre Pamplona desde Hernani, halló tal resistencia en el camino, que tardó cinco dias en recorrer un trayecto de diez leguas . Sin embargo, esta marcha escedió todos los cálculos, pues, segun dijo el veterano Sarsfield, habia llevado á cabo una empresa cuyo proyecto hubiera arredrado al general de mayor reputucion. Al llegar á Haro, supo la espedicion de Zariátegui sobre Castilla y su entrada en Segovia. Cumpliendo con las órdenes del Gobierno, se dirigió á fijarse en Calatayud, punto desde el cual podia acudir rápidamente al auxilio de la capital de la monarquía y al de las provincias de Aragon y Valencia. Instado nuevamente por el Gobierno, forzó sus marchas, y el 12 de agosto entró en Madrid, siendo recibido con indecible júbilo por sus habitantes. Madrid estaba á cubierto de todo golpe de mano; las tropas, victoriosas en tantos combates, fueron objeto de una ovacion completa; pero los hombres políticos que no perdonan medio alguno, por reprobado que sea, para conseguir el triunfo de sus cábalas, pusieron sus miras en aquel ejército y en el jefe que simbolizaba todas sus glorias.
    Hiciéronse á este, hasta entonces apartado de la política, proposiciones halagüeñas por parte de los que aspiraban á derrocar al ministerio; pero ya que nada pudieron conseguir del jefe, se dirigieron á los subordinados. El aspecto de aquel ejército, que demostraba en sus desgarradas vestiduras las penalidades á  que vivia sujeto, escitó vivas reclamaciones en las Córtes, y el ministro de Hacienda Mendizabal, que fué seguramente el único que dió algun nervio á la guerra, allegando hombres y dinero, tuvo la desdicha de decir en un arranque de coraje que aquellas quejas eran infundadas, que cada oficial llevaba un cinto de onzas.
   Aseveracion tan gratuita, cuando el ejército se hallaba lleno de privaciones, fué la señal de la esplosion . Los oficiales de la Guardia Real, acantonada en Pozuelo y Aravaca, se negaron á marchar y pidieron su retiro. Otorgóseles al punto; pero arrepentidos bien pronto de su proceder, los oficiales de la primera brigada pidieron
ser conducidos frente al enemigo para restaurar de esta manera su reputacion militar; intercedieron por sus compañeros de armas que habian pedido y obtenido su retiro; pero al poner estos por condicion para ingresar de nuevo en sus cuerpos, que habia de retirarse del poder el ministerio Calatrava, se comprendió que obedecian á instigaciones estrañas al ejército.
     Este incidente tuvo mas importancia de la que da á entender su simple narracion. El ministerio Calatrava se sintió herido vivamente por la conducta de los oficiales de la Guardia; al mismo tiempo que Seoane acusaba de lenidad al general Espartero, Mendizabal, dejándose llevar de su fogoso carácter, esclamaba que debia fusilársele, y que si se le daba la libertad necesaria para obrar, él se comprometia á hacerlo con los mismos soldados que estaban á sus órdenes. Las polémicas habidas en las Córtes y en la prensa, se fueron agriando por momentos, y al fin se resolvieron con la caida del ministerio Calatrava.
     Era la primera vez que la personalidad de Espartero influia en la política. Habíase mostrado liberal ardiente desde el momento en que fué restablecida la Constitucion de 1812; pero ocupado en cuerpo y alma en las operaciones del ejército, su influjo no habia pasado mas allá de las líneas de su campamento. Su estrella le habia traido á Madrid; la marcha misma de los sucesos le obligó á mezclarse en las contiendas políticas, y de general en jefe del ejército pasó á la Presidencia del consejo de ministros.
    Grandemente sorprendidos debieron quedar con este nombramiento los que le habian buscado para servir de contrapeso al ministerio Calatrava. Espartero se mostró desde el primer momento tan liberal ó mas que el ministerio anterior; pero las necesidades de la guerra y la agitacion que dominaba al ejército, tanto por no mejorar su situacion precaria, como por ver creciente la pujanza del carlismo, le obligaron á marchar al teatro de las operaciones. Escalera, Sarsrfield y otros muchos jefes del ejército, habian sido víctimas de la soldadesca amotinada: parecia que el ejército se hallaba poseido del delirio de la desesperacion, y si pronto no se restablecia la disciplina, era probable que la causa del carlismo ganase la partida.
    Espartero marchó, pues, al teatro de la guerra, y su primer cuidado fué dirigir una ardorosa proclama á las tropas de su mando, condenando los desmanes cometidos; hizo algunas reformas en la parte material del ejército, y comprendiendo que lo que principalmente debia restablecer su cohesion era el laurel de la victoria, activó los preparativos de su marcha para caer con todo el peso del ejército sobre el que acaudillaba el Pretendiente.
    Este, que habia recorrido los territorios aragonés y valenciano, venia por Cuenca y Tarancon á arrojarse sobre Madrid. Espartero, forzando considerablemente sus marchas, lIegó en muy pocos días á Alcalá de Henares, y allí dió vista al ejército de D. Cárlos, que no se atrevió á empeñar una batalla, y movió su campo en demanda de las provincias vascongadas. Madrid se vió al fin libre del tremendo enemigo que le habia estado amenazando, y acaso por devolverle una entera confianza, ó mejor por reponer á su ejército de las penalidades de la violenta marcha que acababa de hacer, vino á alojarse á Madrid, en lugar de estrechar al enemigo. Cuatro dias permaneció en la córte aquel ejército, cuyas penalidades nunca hallaban fin, y repuesto ya considerablemente marchó otra vez en busca del carlista.
    No es fácil esplicar por qué D. Cárlos se empeñó en su retirada en apoderarse de Guadalajara. ¿Era que se veia lastimado en su honra militar, por no haber aceptado la batalla que le ofreció Espartero pocos dias antes á la vista de Madrid, ó que queria buscar una segura posicion para evitar su retirada de Castilla? Seguramente, si Cárlos hubiese podido apoderarse de aquel punto y atraer allí la mayor parte de las fuerzas que llevaban su bandera en todo el territorio que se estiende hasta los Pirineos, hubiera podido hacer cambiar el aspecto de la guerra; se hubieran hallado frente á frente, separados por una corta distancia, y contando con fuerzas casi iguales las dos córtes; pero D. Cárlos no tuvo tiempo para ello. Espartero salió de Madrid, y habiendo avistado al ejército enemigo, quiso obligarle á una batalla decisiva; mas á pesar de haberlo hostigado vivamente en Retuerta y Aranzueque,no logró conseguirlo. El ejército de D. Cárlos se vió obligado á dividirse: una parte marchó sobre la Rioja y la otra á Navarra. .
    La esperanza de poderse apoderar de la capital de la monarquía  húyó, pues, para  siempre de la tienda de D. Cárlos. El ejército isabelino iba á operar de nuevo sobre el territorio en que habia librado tantos combates. Pero antes de llevarlo á él, quiso Espartero esterminar los gérmenes de insubordinacion que que habian producido las terribles escenas de Pamplona y Miranda. Los asesinos de Sarsffield .Y Esc~lera fueron descubiertos y ejecutados: la disciplina qu~dó a'sí restablecida; mas esto no bastaba para emprender la lu~ cha: era necesario rémediar la situacion siempre precaria del ejército.
     Los soldados ápenas contaban con la racion diaria; faltaban pantalones de paño cuando ya se hacian sentir los rigores del invierno, y los zapatos eran de tan mala calidad, que difícilmente resistian una sola marcha sin romperse; las plazas y puntos fuertes guarnecidos por los isabelinos, se hallaban faltos de vitualias, y por tanto era imposible acometer ninguna empresa séria sin variar antes tan desventajosa situacion. «Si el gobierno, decia el conde de Luchana al hacer presente estos males, no procura por todos los medios hacer la guerra con ventaja, es el deber mio solicitar el nombramiento de un general que me sustituya en el mando con la robustez suficiente para contrastar las impresiones morales que en semejante estado aumentan los males de que adolezco.»
      Nada contestó el gobierno que pudiera satisfacer las justas exigencias de Espartero. El nuevo gabinete, como todos los que le habian precedido, miraba con gran indiferencia al enemigo mas terrible con que tenia que luchar el ejército, el hambre, y en lugar de hacer un esfuerzo decidido para entorpecer su accion, remitió á Espartero las bases de un nuevo plan de campaña, que es lo menos de que necesitaba el general.
       Si el ejército hubiera tenido las fuerzas necesarias para ocupar convenientemente á Vitoria, Pamplona, Durango, Villafranca y Tolosa, asegurar á Orduña y Durango y disponer de una masa que pudiera caer rápidamente sobre D. Cárlos, el éxito hubiera sido pronto y decisivo; pero este plan que era el propuesto por el gobierno, venia en la mente de todos los militares desde el principio de la campaña, y si no se habia puesto por obra, era debido á la falta de tropas en suficiente número para ello. Para cubrir los puntos y líneas que se designaban, se necesitaban fuerzas que dejaban reducidas las de Espartero á 13 batallones, y todavía tenia que atender con ellas á cubrir la orilla del Ebro, que era vadeable por 48 puntos y que debian ocuparse fuertemente si se habia de evitar el peligro de nuevas espediciones sobre Castilla.
    Antes de que pudiera acordarse nada decisivo recibieron los carlistas fuertes auxilios pecuniarios del esterior, y comprendiendo la importancia que para ellos tenia divertir la atencion del enemigo, llevando la guerra al interior de la Península é intentando nuevamente la reunion de la mayor parte de sus huestes, procuraron despedir algunas columnas que satisficieran este objeto. El general D. Basilio García pudo, en efecto, forzar la estensa y débil línea que ocupaban los isabelinos, y puso á Espartero en la necesidad de desprecnderse de ocho batallones para perseguirlo. Menos afortunado D. Carlos, halló  un obstáculo á su espedicion en el general Buerens.    
    Hízose preciso, en cambio, rechazar al enemigo de las posiciones que ocupaba cerca de Balmaseda, y este propósito acarreó una accion. Espartero llegó á Villanueva de Mena con siete batallones, y reunidas á ellos las divisiones de Latre é Iriarte, se logró completamente el objeto despues de dos dias de contínuo pelear; el ejército de la reina se cubrió de gloria, y el nombre de Espartero brilló tan alto como en sus mas memorables acciones; pero los carlistas, aunque, incapacitados para llevar á cabo laa gran espedicion que se les habia frustrado, pudieron. realizar una consistente en nueve batallones y cuatro escuadrones á las órdenes del conde de Negri.
     A travesó este el Ebro en 16 de marzo por el puente de Aldea, y en tanto que Iriarte le perseguia, marchó Espartero á cubrir las márgenes del Ebro y á esperar al mismo tiempo á los espedicionarios. Búrgos era el punto mas á propósito para este doble objeto, y en efecto, el conde de Luchana se fijó allí con su cuerpo de ejército; al cabo de 10 dias, Negri, acosado por Iriarte, pretendió acogerse al territorio vascongado; pero fué á caer en Robledo sobre las bayonetas de Espartero.
      La accion fué muy reñida; pero Negri sufrió una derrota tan completa, que quedó deshecho en pocas horas, perdiendo 2,300 prisioneros, toda su artillería, enseres y bagajes, y teniendo que buscar en la fuga la salvacion de los pocos que le seguian.
      Esparteto, que dió allí, como siempre, grandes pruebas de pericia y valor personal, contrajo un mérito brillante, salvando á las provincias del centro del grave apuro en que comenzaba á ponerlas el conde de Negri, y reconociéndolo así el gobierno, lo promovió al grado superior de la milicia.

* * *

Quedaba reducido el círculo de accion de los carlistas por esta parte de España al territorio de las provincias vascongadas. La dura leccion que Negri habia esperimentado y la reconcentracion de fuerzas sobre los límites de aquel territorio, hacian imposible el pensar en nuevas espediciones. Tanto era así, que el general Espartero se dirigió á Navarra para restablecer allí el predominio de las fuerzas isabelinas: se apoderó de Nanclares; hizo repasar el Arga á los carlistas; reportó algunas ventajas sobre el general Guergué; fortificó los puntos mas importantes de la línea, y guarneciéndolos debidamente volvió al territorio que acababa de abandonar para imprimir un vigoroso impulso á las operaciones.
    Peñacerrada, que habia sido rodeada de importantes fortificaciones; y cuyos alrededores se hallaban cuajados de reductos, debia ser vivamente defendida por las huestes de D. Cárlos. No era menos importante su espugnacion para las armas liberales, pues llevaban la probabilidad de atraer á los carlistas á una batalla general, en la cual tenian grandes probabilidades de seguir triunfantes: aun suponiendo que así no sucediera, el movimiento de concentracion que debian practicar los enemigos habia de dar una mayor facilidad á las divisiones liberales que operaban en la circunferencia del país, permitiéndoles llegar hasta el corazon del carlismo.
    Todas estas consideraciones debian hacer muy ventajosa la operacion indicada, y Espartero se decidió á llevarla á cabo. El éxito fué tan feliz como se habia previsto. Despues de tres dias de contínuo pelear, los carlistas, confiados en la escasez de municiones que se sentia en el ejército de Espartero, contaban ya con un seguro triunfo; pero el general, que comprendia lo precioso de aquellos momentos, forma en masa siete batallones, y se arroja á la bayoneta sobre las posiciones enemigas. Los carlistas suspenden su fuego hasta tenerlos á corta distancia; pero en vez de recibirlos á metralla y fuego de fusil, lanzaron sobre ellos una masa de caballería, que, rechazada por las tropas de la reina, dió á estas la ocasion de verificar un rápido movimiento que las hizo dueñas de todas las posiciones. Efectivamente, antes de que acabaran de entrar en sus líneas los ginetes de D. Cárlos, el intrépido general se puso á la cabeza de varios escuadrones y se arrojó sobre las posiciones enemigas. Fué el ataque tan breve y tan violento, que los carlistas, no teniendo tiempo aun para volver de su sorpresa, huyeron desconcertados, dejando sobre el campo 300 de los suyos con toda su artillería, trenes y bagajes y 800 prisioneros. Las tropas de Don Cárlos evacuaron sigilosamente la plaza, y Peñacerrada quedó en poder de la causa legítima.
    El hecho de que acabamos de hacer una ligera referencia, fué de grandísima importancia. Los carlistas perdieron entonces la llave del Ebro por aquella parte; quedaron circunscritos á un territorio mucho mas estrecho, y por último, vieron nacer en su seno la discordia, que es casi siempre compañera de la desgracia. Habia quedado derrotada allí la parte mas ardiente del bándo carlista, parte acaudillada por el general Guergué, y naturalmente el bando que le hacia la guerra dentro de la misma córte de D. Cárlos, aprovechó esta oportunidad para tomar la direccion de los negocios militares.
    Siguiéronse de aquí luchas violentas, que de los jefes trascendieron á los cuerpos y á los soldados mismos, produciendo la desmoralizacion, los escesos y todos los síntomas que podian dar á demostrar la rápida y
completa decadencia de la causa de D. Cárlos. Su ejército se habia limitado ya á la defensiva, y Espartero, que comprendia ser este el único papel que le quedaba, acometió la empresa, por tantos conceptos atrevida, de apoderarse de Estella.
    Era esta la córte de D. Cárlos, y ya se comprende cuán importante debia ser su ocupacion por las tropas dehla reina. España entera fijó su vista en aquel punto, y la Europa consideró el éxito de la operacion como decisivo. Las victorias obtenidas por Cabrera en el Maestrazgo, hicieron que el gobierno mandara á Espartero detenerse cuando se hallaba casi á la vista de tan importante punto; pero lo que no resolvióla fuerza de las armas, lo llevaron á efecto las mismas divisiones de los carlistas.
    La parte mas fanática de la córte de D. Cárlos se hallaba mal avenida con que se hubiera confiado la direcion del ejército á un jefe del carácter templado de Maroto Querian á todo trance que se repusiese en ella al general Guergué, y al efecto trabajaron sigilosamente cerca de D. Cárlos. Pero Maroto, que contaba con la adhesion del ejército, tuvo el valor suficiente para coger y fusilar a los que conspiraban contra él, y hasta para imponer á D. Cárlos la aprobacion de aquellos hechos. Esta aprobacion no podia ser sin embargo mas que perentoria: Maroto comprendia que estaba perdido sin remedio, y que en la primera ocasion en que pudieran sus enemigos derrocarle, cosa muy fácil, dadas las tendencias de D. Cárlos, le harian sufrir la pena del talion.
    Espartero, á quien no pudieron escaparse acontecimientos de tanta trascendencia, comprendió que podia sacar un gran partido de la terrible situacion del general carlista. Brindóle, en efecto, con la oliva de la paz, prometiéndole para él y todos los que le siguiesen las mayores ventajas que podian apetecer; pero Maroto impuso como condicion el casamiento del hijo mayor del Pretendiente con la reina Isabel, y como era natural, quedó interrumpida toda negociacion, pues Espartero no podia acceder á ello ni mucho menos á entregar en rehenes una plaza, como pedia el general Maroto.
    La fuerza de las armas iba al parecer á decidir de nuevo el éxito de la lucha. Espartero emprendió la ofensiva: los fuertes de Ramales y Guardamino, que constituian la llave de las posiciones carlistas en la provincia de Santander, y á cuyo amparo podian lanzar espediciones sobre toda la costa cantábrica, fueron el objeto de sus primeras operaciones. La empresa era verdaderamente gigantesca: ambos fuertes ocupaban el centro de un anfiteatro formado por diversas colinas, fuertemente ligadas entre sí, con robustos atrincheramientos defendidos por una poderosa artillería. Sus fuegos enfilaban la carretera, única línea que permitia el paso á las tropas, y que á mas de desarrollarse en repetidas curvas, estaba cortada en varios puntos. Como coronamiento de este sistema de defensas, tenian los carlistas fortificada una estensa cueva: á cuyo abrigo podian hacer un vivo fuego de artillería sobre las tropas que avanzasen por la carretera, á la cual enfilaban perfectamente.
     Nada de esto fué bastante, sin embargo, para contener la ruina de la causa carlista: despues de heróicos y reñidos combates, que duraron diez dias de trabajos prodigiosos, de terribles acometidas y de vigorosa resistencia, el fuerte de Ramales cayó en poder del general Espartero, que en lo mas crítico de un combate encarnizado se lanzó con su escolta sobre las trincheras; el otro, gracias á los esfuerzos del general O'donnell, que á la cabeza de varios batallones tomó todas las defensas esteriores, tuvo que ser evacuado por la guarnicion. La mortandad de los carlistas fué grande: los que se salvaron de las balas del ejército leal, fueron á caer en su precipitada fuga en las aguas de Riodova y solo unos pocos lograron atravesar el puente y reunirse con las fuerzas de Maroto, que babia permanecido á corta distancia, presenciando impasible aquel tremendo combate.
    El triunfo fué por todos conceptos importante; la causa carlista dió un paso inmenso hácia su tumba, al mismo tiempo que la de Isabel II se elevaba sobre las altas cimas de aquellas montañas. El ejército del Norte adquirió una gran fuerza moral, y con ella la seguridad del triunfo. El conde de Luchana agraciado con el título de duque de la Victoria y con la grandeza de España de primera clase por aquel brillante hecho, comprendió que no debia desperdiciar el abatimiento de los carlistas, en favor de la idea tras que se habia venido negociando antes de emprender las operaciones felizmente terminadas. No era Maroto el único que abrigaba ideas desfavorables al éxito de la guerra, y propicias por tanto á la pacífica terminacion de la contienda; Espartero hizo comprender á todos la necesidad de su triste situacion, la ninguna esperanza que podian tener en el triunfo, la adversa suerte que esperaba á Maroto y á todos sus amigos en el caso muy probable de que la parte fanática del bando carlista recobrase el mando del ejército; y por último, no solo las ventajas personales, que podian reportar reconociendo á la reina y pasando al ejército con sus grados y empleos, sino tambien el gran beneficio que harian á la nacion poniendo fin á una guerra tan desesperada como desastrosa. La verdad es, que la nacion estaba ya cansada de una lucha de siete años de resistencia, y mas que ella lo estaban las provincias que habian servido de campo de batalla: la voz de paz y fueros se habia dejado oir en el territorio vascongado, y ante aquel cúmulo de causas diferentes, y á cual más poderosa, conjuradas todas contra la causa de D. Cárlos, debia suceder de una manera fatal y necesaria lo que en efecto sucedió.
    El general Maroto prestó oidos nuevamente á las proposiciones del victorioso general en jefe; pero vacilando todavía, le dió tiempo para que continuase sus operaciones y se apoderase de Orduña y Amurrio, con otros puntos importantes que le aseguraron por completo la posesion del país conquistado. Maroto quiso hacer un ensayo de resistencia en Areta; pero esto no hizo mas que empeorar su situacion. El general Leon maniobraba coni fortuna en el territorio de Navarra; el general Castañeda estrechó tambien su círculo por las Encartaciones, y en fin, las tropas de D. Cárlos quedaron reducidas á un espacio tan pobre como sus esperanzas. Los síntomas de insurreccion y de protesta que se levantaron contra Maroto en algunos cuerpos del ejército carlista, fueron la señal de la consumacion de la obra. Maroto, no pudiendo retroceder ya en el camino que habia emprendido, activó las negociaciones acompañado por el general Latorre, que ofrecia la sumision de ocho batallones vizcainos, y el 29 de agosto de 1839 quedó definitivamente concertado el célebre Convenio de Vergara, por el cual quedaban reconocidos todos los grados y empleos á los jefes y oficiales que depusieran las armas, dejando pendiente la cuestion de fueros para la resolucion de las Córtes. Maroto, Latorre y Urbiztondo se presentaron el 31 de agosto en los campos de Vergara, seguidos de las divisiones castellana, vizcaina y guipuzcoana, y depusieron las armas ante el ejército de Espartero que los recibió en sus brazos. Un grito inmenso de júbilo resonó por toda la Península: el duque de la Victoria ciñó á su frente un nuevo laurel, y el esquisito tacto con que condujo las negociaciones, le hizo adquirir una reputacion de hábil y prudente, no menos gloriosa que la que le habian proporcionado los repetidos triunfos de siete años de campaña.

* * *

    D. Cárlos, rodeado de un corto número de soldados, no pudo resistir por mas tiempo en aquel país, y tuvo que emigrar á tierra estraña para no volver de ella jamás; pero quedaban por apaciguar los territorios de Aragon, Valencia, Cataluña, donde el general Cabrera continuaba sosteniendo con ánimo esforzado el pendon del Pretendiente. Era el célebre y temido guerrillero la última, aunque vana esperanza de los carlistas, que no querian doblegarse á la fuerza del destino; su firmeza de carácter, su decision y arrojo y la pericia que habia demostrado constantemente en los combates, merecian por completo la confianza en él depositada. Mas, ¿de qué habian de servirle todas aquellas cualidades ante un ejército de 50,000 hombres, enardecido por el triunfo, instado por el deseo de poner fin á la guerra y auxiliado por los distintos cuerpos que hasta entonces habian tenido á raya al caudillo tortosino? Apenas hubo Espartero puesto en órden las cosas de Navarra, dirigióse á Zaragoza (era el mes de setiembre) donde fué recibido con estremado júbilo. La campaña debia ser rápida y decisiva, y con objeto de no verse en la necesidad de interrumpir sus operaciones por los rigores del invierno, que aquel año se habian anticipado, difirió el rompimiento de las hostilidades hasta el mes de marzo. Formó entretanto una estensa línea que abrazaba las provincias de Aragon y Valencia, protegiendo de un golpe á Castilla la Nueva y cerrando la comunicacion con el territorio de Cuenca; adoptó al mismo tiempo las medidas necesarias para abastecer el ejército; estableció el bloqueo de los principales puntos fortificados, y para ponerse en actitud de maniobrar vigorosamente cuando declinara el frio, trasladó su cuartel general al Mas de las Matas. Desde aquel punto podia llegar en breve á Segura y Castellote, últimos y seguros baluartes del carlismo en aquella region.
    Era Segura una verdadera plaza, asentada sobre una empinada roca con cuatro recintos de mampostería y coronada por la torre del Homenaje; la fortaleza tenia grande importancia por ser la llave de una estensa línea y por cerrar el paso hácia el corazon del país. Cabrera se proponia defenderla hasta el último estremo; pero una grave enfermedad le impidió el intentar acudir á su socorro.
    Llegó Espartero en los últimos dias de marzo al frente de la plaza con un numeroso tren de artillería y todas las fuerzas que conceptuó necesarias para la espugnacion. Pocos dias despues quedaron levantadas ocho baterías, á pesar de los nutridos fuegos de los sitiados y el 26 de marzo abrieron los sitiadores un fuego tan terrible, que se vinieron abajo lienzos enteros de muralla. La defensa era locura ante los poderosos medios que para combatirles se habian acumulado, y faltos los carlistas de toda esperanza  de socorro, dominados por el desaliento y la desmoralizacion, solo aspiraron á obtener una capitulacion honrosa; ni aun esto pudieron conseguir, y puestos en la alternativa de entregarse en el término de ocho minutos ó ser pasados á cuchillo, se rindieron sin condiciones. Espartero plantó con su mano sobre la torre del Homenaje el estandarte de Castilla que llevaba: el primer regimiento de la Guardia, dirigiendo á sus tropas palabras llenas de fuego y entusiasmo.
    «Soldados, dijo; el pendon de Castilla vuelve á tremolar sobre los muros que un momento ha servian de asilo á la rebelion. Tan hermoso triunfo solo es debido á vuestro valor y sufrimiento: la reina cuenta desde hoy con un obstáculo menos para la paz. Valientes camaradas; viva la Reina, viva la Constitucion. »
    Tomada Segura, reclamaba Castellote la atencion del caudillo victorioso. Esta fortaleza se levanta sobre un escarpado y colosal peñasco, inaccesible en todas direcciones. En la parte oriental se elevaba sobre las fortificaciones una torre de sólida y grosera arquitectura y á medio tiro de fusil la ermita llamada de San Cristóbal, que habia sido fortificada con esmero, enlazandola al recinto con una caponera aspillerada. El pueblo se estendia en anfiteatro por la falda de aquella empinada roca, y en todos los alrededores solo se hallaba un punto, el cerro del Calvario, desde el cual pudiera combatirse, aunque difícilmente, la elevada fortaleza.
    A penas llegaron los isabelinos á la vista de CastelIote, venciendo dificultades sin número para hacer pasar la artillería, izaron los carlistas sobre la torre del castillo una bandera negra. Se habian apoderado del pueblo y del cerro del Calvario, contaban con víveres y municiones para mucho tiempo y fiados en la fortaleza de sus defensas, habian resuelto sostenerse á toda costa. Harto demostraron los hechos esta resolucion llevada á cabo mas allá de los límites del valor; pues rayó en temeridad, en alarde de despreciar la vida y de posponerlo todo al cumplimiento del mas ciego deber.
    Todo debia ser inútil, sin embargo. Espartero llevaba 30 batallones, un inmenso tren de artillería y cuantos medios podian exigirse para la espugnacion de una plaza aun mucho mas fuerte que aquella. Así es que nada bastó á contener su empuje.
    Situadas las primeras baterías despues de vencer las dificultades del terreno, los carlistas tuvieron que desocupar, primero el pueblo y despues la ermita y cerro del Calvario, encerrándose en el castillo. Conforme iban recejando se levantaban nuevas baterías, y el fuego era cada vez mas terrible. La torre del Homenaje se vino abajo con terrible estrépito y las murallas se derruian por todas partes: mas no por esto disminuia la entereza de los defensores. Trabajaban noche y dia para reparar los desperfectos causados por los cañones isabelinos; los sacos de arroz y vituallas que no esperaban ya emplear en su alimento les servian para formar parapetos en los claros ábiertos por las balas rasas, y allí donde no era posible cubrirlos de otro modo, salian á cuerpo descubierto á desafiar la muerte con la sonrisa en los lábios. Aquello era una locura; el delirio del heroismo.
    Firmes sostuvieron el asalto dado al derruido edificio situado al Este de la fortaleza; firmes se mantuvieron hasta haber perdido la mitad de su gente; mas una noticia horrible les hizo abandonar las armas. Los zapadores del ejército liberal habian abierto una mina bajo la torre del Homenaje, y de un momento á otro iba á estallar lanzando por los aires, no solo la torre, sino una gran parte de las fortificaciones: ¿qué podian hacer los sitiados? Su honor militar estaba con creces satisfecho; la esperanza de un próximo auxilio no existia; la probabilidad del triunfo no cabia en ninguno de aquellos denodados corazones. Era inútil resistir mas, y los sitiados, suspendiendo el fuego, enarbolaron bandera blanca.
    Aquel puñado de valientes, rendidos á discrecion, fueron tratados con toda la consideracion que su infortunio merecia, y Castellote quedó por la causa liberal, dejando en la historia de los fastos militares una página gloriosa.
    Este nuevo triunfo redobló las probabilidades de poner pronto fin á la campaña. Al paso que Espartero aumentaba sus medios de ataque, reconcentrando tropas cada vez mas fuertes por el número y el ascendiente moral, los carlistas veian disminuir su gente mas desanimada de dia en dia, y reducirse el círculo de su accion. Cabrera, apenas restablecido de su grave enfermedad, reunió en consejo en Mora á sus principales jefes, y el acuerdo, como no podia dejar de ser, fué limitarse á la defensiva de aquellos puntos que ofrecian mas probabilidad de resistencia. Cantavieja fué evacuada, y apenas se habian reconcentrado una buena parte de sus fuerzas en Morella, se presentó Espartero delante de esta plaza al frente de 50 batallones y 100 piezas de artillería.
    Era Morella de gran ventaja estratégica, cuna del caudillo que mas ardorosamente y con mayor fortuna sostuvo la bandera de D. Cárlos, y capaz de sostener un largo sitio por el esmero con que habia sido fortificada. Dábanle guarnicion 1,500 hombres escogidos, mandados por jefes espertos y valientes y contaba con víveres y municiones suficientes para defenderse por mucho tiempo.
    Antes de pensar en la espugnacion de la plaza, propiamente dicha, era necesario apoderarse de los dos fuertes reductos, denominados San Pedro y la Querola, que defendian su recinto. El caudillo liberal comprendió que el primero era el que debia ser objeto de su ataque, pues, una vez tomado, quedaba á su disposicion el de la Querola. Pocos dias bastaron para que las numerosas baterías del ejército sitiador dejaran derruida la parte principal del fuerte, y las tropas que lo guarnecian, imposibilitadas de refugiarse en la plaza, tuvieron que rendirse á discrecion despues de haber hecho una salida infructuosa. Mas afortunada la guarnicion de la Querola, pudo evacuar el fuerte y reunirse á los defensores de Morella, cuyo recinto vino desde entonces a ser el objeto del ataque.
    Los fuegos se abrieron con tal brío por parte de los sitiadores, que en solos tres dias arrojaron 7,000 proyectiles sólidos y huecos sobre la plaza y el castillo. El acierto de los artilleros era tal, que cuantas veces se enarbolaba la bandera de guerra sobre la torre del castillo, otras tantas la echaban abajo; el incendio hacia presa frecuentemente en las casas, y ante el fuego terrible de los sitiadores era imposible estinguirlo: una bomba hendiendo los aires en la mañana del 29 de mayo fué á penetrar en el depósito de municiones donde se hallaban almacenados centenares de quintales de pólvora, y una gran parte del castillo voló por los aires. El sol se oscureció, y cuando aquella inmensa columna de humo se hubo disipado; aparecieron derruidas muchas casas, sobre las cuales habian caido las moles inmensas, lanzadas á larga distancia; por aquella terrible esplosion, que produjo la muerte de infinidad de personas y llevó el terror hasta á los mas esforzados corazones.
    La posicion de la plaza se hacia cada vez mas crítica: sus defensores comenzaban á vacilar, y Espartero, que no queria comprometer sus tropas en un asalto, seguro como estaba del éxito de sus poderosos medios ofensivos, redobló el ataque. Las balas lanzadas sobre la inmensa peña en que se alzaba el castillo, arrancaban pedazos de roca que iban á caer con gran violencia sobre la poblacion, haciendo aun mas daño que los proyectiles que seguian lloviendo desde el campo isabelino.
    Era imposible sostenerse por mas tiempo en la plaza. Los jefes, despues de dejar una corta guarnicion en el castillo, resolvieron abandonarla, abriéndose paso á través de las filas enemigas: mas desdichadamente, aquella operacion tuvo para los morellanos mas tristes consecuencias que las que hubieran esperimentado en la continuacion del sitio.
    Apenas se difundió por la poblacion la noticia de que iba á ser evacuada, sus habitantes, que influidos por el clero creian no hallar piedad en los soldados de la reina, se reunieron tumultuariamente en las primeras horas de la noche y pidieron marchar juntamente con las tropas. Nada bastó para disuadirles de tan descabellada idea, y formada una columna á cuya cabeza y retaguardia marchaban las tropas, salieron con ellas todas ó casi todas las personas que se hallaban en la plaza, inclusos los ancianos, niños, frailes y mujeres. Aquellos desgraciados pensaban caminar á su salvacion, cuando iban derechos á la muerte. Espartero que tuvo noticia de la proyectada evasion trató de evitarla, haciendo aproximar las tropas al recinto, y apenas llegó la columna fugitiva á las líneas sitiadores, la descarga fulminada por un batallon llevó la muerte y el espanto á aquel grupo de gente desarmada. La escena fué terrible; pero aun no habia terminado. Aterrorizados hombres y mujeres ante aquel peligro, corrieron dando gritos á refugiarse en la plaza;  pero los que habian quedado allí para defenderla, creyendo que los sitiadores daban un asalto, acudieron á la muralla y fulminando sobre los fugitivos un fuego terrible, aumentaron la mortandad entre aquellos desgraciados. Los defensores del castillo, dominados por la misma idea, comenzaron á lanzar proyectiles sobre el campo, y por un largo intervalo de tiempo, aquellas pobres gentes fueron el objeto de un fuego horroroso: centenares de personas quedaron muertas en las inmediaciones de la plaza, y cuando las que sobrevivian creyeron haber hallado su salvacion en el puente levadizo, este se hundió, dejando el foso cubierto de cadáveres.
    Apenas se salvaron un centenar de las personas que salieron de la plaza con la guarnicion. Esta logró abrirse paso haciendo prodigios de valor; pero al rayar el dia y al tener conocimiento de lo que habia pasado, los pocos defensores de la plaza quedaron tan profundamente afectados, que no pensaron mas en resistir, y el 30 de mayo se rindieron á discrecion, siendo trasladados á Zaragoza en calidad de prisioneros. Espartero fué agraciado con el título de duque de Morella y con el Toison de oro.
     Cayó Morella, y con ella la última esperanza de la causa carlista. Los ejércitos que pocos años antes dominaban las provincias del Norte, Valencia y Aragon, amenazando contínuamente la capital de la monarquía, habian desaparecido. De tantos puntos fuertes como enarbolaban la bandera del infante, solo quedaba en pié Berga, en la montaña de Cataluña, y este punto, ni por sus condiciones, ni por la posicion que ocupaba, podia en manera alguna servir de un seguro baluarte al puñado de hombres que se conservaban adictos á Cabrera. Derrotado este en la Cen.a por el general O'Donnell, marchó á aquel único punto en que podia prolongar por algunos instantes la desesperada resistencia, que mas por un resto de caballeresca hidalguía que por ningun otro movimiento se complacia en oponer á sus poderosos enemigos.
     Harto comprendia el obstinado caudillo carlista que no le quedaba mas medio que la espatriacionl para salvarse. Así es que, apenas instalado en Berga, fortificó las alturas que ponian esta plaza en comunicacion con la frontera francesa. Pero apenas se presentó á su vista el ejército mandado por Espartero, y á pesar de que habia reunido hasta 10 ó 12 mil hombres, comprendió que era inútil la resistencia. Todos los jefes carlistas, en quienes la razon lograba superar el sentimiento, conocian que la lucha era una locura, y cuantos de aquella manera discurrian, opinaban por la deposicion de las armas: así fué que Cabrera solo halló á su lado un corto número que opinase como él, y despues de un ligero combate en las inmediaciones de Berga, en que salió bastante mal  librado, decidió renunciar á la resistencia y acogerse á Francia. Cabrera, dirigió una proclama á sus tropas en que les esponía la realidad de su situacion, en que les hacia ver que «los pueblos no contestaban ya á su llamamiento» y dió la órden de marchar en demanda de la vecina Francia. La escena que sucedió fué conmovedora: algunos de los mas obstinados defensores de D. Cárlos hundieron en su pecho sus propias bayonetas: dos aragoneses, despues de haberse abrazado, se separan con la última protesta de amistad, asesta cada uno su fusil al pecho de su amigo y ambos caen atravesados. ¡Rasgos dignos de héroes españoles!
    Las tropas de la reina suspendieron el fuego que habian abierto sobre la columna carlista en el momento de emprender la retirada, y la dejaron noblemente marchar á refugiarse en la nacion vecina.
    España quedaba pacificada: pero ¡cuánta sangre, cuántos sacrificios en hombres y dinero habia costado aquella obra de siete años! Los estados que tenemos á la vista arrojan un total de 66,159 muertos en todos los cuerpos del ejército y 45,000 licenciados por inútiles, prisioneros y estraviados en solo el arma de infantería, la cual tuvo la tercera parte de los muertos arriba figurados. Debe, por consiguiente, calcularse, que hubo una baja de 135,000 hombres por el segundo de los conceptos espresados, lo que da un total de mas de 200,000, y suponiendo una pérdida igualen los carlistas, no hay exageracion en decir que la guerra civil robó á España medio millon de hombres. Pero aparte de esto ¡cuántas fortunas perdidas, cuántos pueblos arruinados, qué perturbacion tan grande en toda la nacion!  La riqueza pública sufrió un terrible detrimento: allí donde los beligerantes llevaban el estruendo de sus armas, todo era desolacion; y hubo pueblos, que despues de sufrir los rigores del hambre, quedaron desiertos. El Tesoro, incapaz de atender á las exigencias del ejército, estuvo siempre exhausto, y el aumento que tuvo la deuda nacional, que fué inmenso, apenas puede compararse con la que despues se ha creado para indemnizar á los pueblos que mas sufrieron. De aquel período parten los graves obstáculos que encuentra nuestra Hacienda para seguir una marcha desembarada: sin aquella tremenda crisis, es evidente que nuestra patria se veria hoy en muy distinto lugar del que ocupa entre los pueblos modernos.
     Pero nos vamos separando del objeto de nuestra obra, y tenemos que prescindir de las reflexiones que nos ocurren. Espartero tenia que recorrer aun la seda que el destino le habia reservado: el ejército, que bajo sus órdenes se habia cubierto de gloria, esperaba de él la recompensa de sus heróicos esfuerzos, y el país que le contemplaba en todo el esplendor del triunfo, cifró en él su esperanza en medio de las revueltas tempestades de la política.

* * *

    Pocas veces se habrá visto un hombre en una posicion tan escepcional como el general Espartero. Su brillante carrera militar habia hecho de él la gran figura de nuestra época moderna: habia vencido en nombre de la libertad á los ejércitos defensores del absolutismo, y como era natural, el pueblo que le aclamaba libertador, debia buscar en su espada el mas seguro apoyo para el sostenimiento del régimen que acababa de ser establecido.
    Desgracia grande ha sido para España, que desde el momento mismo en que se inauguró el sistema liberal, haya imperado en las esferas superiores del gobierno una tendencia mas ó menos marcada hacia el retroceso político. Esa tendencia, que se apoyaba principalmente en la tradicion, ha sido causa constante de desconfianza por parte del país, de esperanza y estímulo para los que, afectos en mayor ó menor grado á las ideas antiguas, aspiraban á escatimar las libertades á tanta costa conseguidas.
    Desde los primeros tiempos de la regencia de Doña María Cristina, la reina Gobernadora pareció personificar esa tendencia, primero declarándose inclinada á un absolutismo ilustrado, despues mostrando la mayor parsimonia en la estension concedida á los demás poderes por el Estatuto real, y últimamente, prefiriendo emplear en la gobernacion del Estado hombres qué habian profesado mas ó menos claramente ideas absolutistas, y sosteniéndolos á todo trance aun en presencia de las repetidas censuras de las Cámaras.
    Como era natural, los hombres de ideas avanzadas creian ver en esa tendencia una rémora constante al planteamiento de sus doctrinas; los pueblos, estraviados por la fantasía, la atribuian todas las desgracias que pesaban sobre ellos, y no habia suceso, por desagradable que fuese, que no se supusiera fraguado ó convenido en esferas misteriosas. De aquí la agitacion constante en que vivió el país por un largo período, las alarmas y revueltas que eran el pan de cada dia, y la necesidad de una persona, que por su gran prestigio y su decision á la libertad, sirviera de contrapeso á la tendencia de que hemos hecho mérito.
    El pueblo buscó esa personalidad, y la halló en Espartero. Por mas que el caudillo de Ramales y Morella no se hubiese significado abiertamente en política, prefiriendo siempre el gobierno que mejor atendia á las necesidades del ejército, no puede negarse que siempre se mostró como constitucional ardiente. La palabra libertad con que habia llevado á sus soldados al triunfo tantas veces, no podia menos de haberse encarnado en su corazon, y cuando llegó el momento en que los pueblos la pronunciaron dirigiéndose á él, tenia que resonar allí con toda la fuerza de que era capaz el corazon que siente.
     Tenemos que retroceder un poco.
     Era la época en que la guerra civil tocaba ya á su término. Las Córtes, disueltas por tres veces en un breve período, habian concluido por dar su aprobacion á un proyecto de ley, en que se reducian notablemente las atribuciones de los ayuntamientos, y por el cual se coartaba la libertad de accion que estas corporaciones habian tenido aun en los tiempos de mayor absolutismo. La lucha que se habia entablado entre el poder y la representacion nacional para conseguir tan importante innovacion, el desenfado con que se proclamaban otras no menos trascendentales desde las esferas del gobierno, y la creencia general de que habia de imperar al fin la tendencia contraria á las aspiraciones populares, produjeron una efervescencia en el país, que amenazó convertirse desde luego en una conflagracion.
    A los primeros síntomas de la tempestad que amenazaba abandonó á Madrid la Reina Gobernadora, ya fuese para ponerse fuera del alcance de la conmocion que amenazaba á la metrópoli, ya con objeto de mejorar su salud en las aguas de Barcelona, ó lo que es mas probable, con el deseo de celebrar una conferencia con Espartero, privando á este suceso de la importancia que no podria menos de dársele, á no presentarle como una cosa natural, hallándose aquel caudillo en el trayecto que debia atravesar Doña María Cristina. Aquella conferencia era necesaria para conocer el ánimo del general en jefe del ejército, que constantemente recibia esposiciones de los pueblos escitándole á oponerse á los designios del gobierno, y cuyo nombre corria de boca en boca como una palabra de amenaza contra los que se empeñaban en llevar adelante á todo trance los proyectos en cuestion. Espartero, que se hallaba á la sazon en Berga, dirigiendo el sitio de esta plaza, pasó á Lérida á recibir á la Regente del reino, y allí se verificó la deseada conferencia.
    Su resultado fué el que, dada la situacion del general, debia esperarse. Espartero manifestó francamente á la Reina Gobernadora, que para salvar la situacion política que el país atravesaba, era preciso que negara su sancion á la ley de ayuntamientos, y que llamase al poder otros hombres que por sus ideas liberales y conciliadoras hiciesen desaparecer por completo la desconfianza que trabajaba á la mayoría del país.
    Doña María Cristina espuso por su parte lo que en su concepto habia de humillante en llamar al poder hombres de ideas progresistas, cuya elevacion podria equivaler para muchos á una abdicacion, y lo peligroso que era negar su sancion á una ley hecha en Córtes. Sin embargo, convino en que, si Espartero no hallaba inconveniente en formar un ministerio en que tomara parte el Sr. Istúriz, bien conocido ya por sus ideas templadas, podria verificarse el cambio, prometiendo en tanto no sancionar la ley, causa del conflicto.
    El duque de la Victoria, aunque violentándose algun tanto, accedió al fin á la proposicion de la Reina Gobernadora, y marchó á Berga á terminar el sitio mientras la augusta señora proseguia su viaje á Barcelona. Todo parecia encaminado á una solucion satisfactoria; pero apenas llegó la córte á la capital de Cataluña, los ministros que veian próximo su fin, hicieron un esfuerzo para cambiar el ánimo de la Reifia, y lo consiguieron. Fué necesario para ello, que le espusieran los graves inconvenientes de un disentimiento con las Cámaras, por mas que esto no pasase de ser un contrasentido en vista de los conflictos que de otro lado amenazaban, y que manifestasen que tendiendo la ley á robustecer el principio de autoridad, no era posible retroceder ante exigencias que parecian anárquicas.
    La Reina vaciló ante la promesa empeñada y ante la inconveniencia de romper enteramente con el que era á la sazon ídolo del ejército y del pueblo. Al fin, la Reina, cediendo á las razones de sus consejeros, tomó la pluma para firmar la ley; pero vacilando aun, la arrojó sobre la mesa.
   -¿Quién representa aquí al rey, V. M. ó el general Espartero? dijo entonces con resolucion el Sr. Perez de Castro.
    Herida en su amor propio la Gobernadora, tomó por segunda vez la pluma; pero al ir á estampar su firma, halló que aquella no marcaba.
    Cediendo á una inspiracion del fatalismo, la Reina arrojó de nuevo la pluma, negándose á firmar; mas Perez de Castro la cogió, y limpiándola cuidadosamente en su levita, la mojó en tinta, y despues de escribir con ella sin dificultad, la devolvió á la Reina diciéndole irónicamente:
   -Señora: mi levita es mas poderosa que la espada del general Espartero.
    Difícil era que una reina resistiese á aquellas sugestiones. Doña María Cristina puso al fin su firma, y los sucesos vinieron á demostrar que no en vano vacilaba en sancionar la ley.
    Nos hemos detenido un tanto en esto, porque la escena que acabamos de referir, habia de tener una influencia poderosa en los destinos del país, y muy especialmente en los del general Espartero.
    Sin la sancion de aquella ley, que rechazaba el sobreescitado sentimiento público, ni Espartero hubiera sido llamado á ocupar la Regencia, ni hubieran ocurrido en España dos de las mas importantes revoluciones que registra nuestra calamitosa historia contemporánea.
    El duque de la Victoria, que se habia trasladado ya á Barcelona, resentido por la solucion dada á. aquel importante asunto, y que era enteramente contraria á lo que con él se habia convenido, dimitió el importante cargo que ejercia para quedar exento de la responsabilidad que podia achacarsele por su solidaridad con aquella situacion. Aunque la guerra habia ya terminado, el ministerio comprendió la trascendencia que podia tener un acto semejante, y nombró al dimisionario comandante general de la Guardia; pero los sucesos se precipitaron de una manera que hicieron inútil el paso dado por el gabinete.
    Apenas se difundió por la capital del principado la noticia de la sancion de la ley y de la dimision del caudillo popular, estalló la revuelta que tanto tiempo se venia presintiendo. Diversos grupos armados recorrieron la poblacion tumultuariamente, dando gritos sediciosos y cometiendo escesos deplorables. El nombre de Espartero era tomado en boca de los que, formando solo una pequeña parte de la masa liberal, querian escudarse en él para entregarse á sus resentimientos particulares.
    El duque de la Victoria, que jamás se ha asociado á motines de ninguna especie, no lo consintió, y marchando á. la casa de Ayuntamiento donde se hallaba reunida la municipalidad, penetró por medio de la muchedumbre apiñáda en la plaza de San Jaime, se presentó ante aquella corporacjon, y con voz enérgica protestó contra los sucesos que se verificaban, añadiendo que no consentiria nunca que su nombre sirviese de lema para cometer desórdenes, alterar el reposo público y ultrajar las leyes.     

    
Estas palabras bastaron para disipar la tempestad. La tumultuosa muchedumbre se dispersó como por encanto, y deseoso Espartero de que no se repitiesen escenas semejantes, desplegó las tropas de su ejército por toda la ciudad, consiguiendo en efecto restablecerla tranquilidad.
    Pero si bien cesó la agitacion en las calles, no desapareció de los ánimos; y el ministerio Perez de Castro se vió obligado al fin á presentar su dimision, dando con esto una prueba de que, antes de pensar en resistir, es fuerza ver los límites en que debe encerrarse