Biblioteca Gonzalo de Berceo

 
     

    La imagen de la izquierda pertenece al folio 16 del Códice Albeldense o Vigilano finalizado hacia el 976; la de la derecha proviene de un manuscrito fechado en el siglo XV actualmente en la New York Public Library. Ambas imágenes recrean la tentación de Adán y Eva en el Paraíso. Cabe destacar que el fruto que ofrece la serpiente a Eva en el códice Albeldense es el higo. Para saber más sobre este códice véase http://www.vallenajerilla.com/albeldense/

 

      La importancia de Tomás de Aquino para la ética sexual no radica en que él introdujera un cambio en este terreno, sino, por el contrario, en que él fue el gran adaptado que fijó por escrito la doctrina de su tiempo -sobre todo, la de orientación conservadora- y la defendió contra todo intento de liberalización. Su error más grave, que, dada su autoridad, terminaría por tener consecuencias funestas, fue el de arremeter contra los que dudaban -tales dubitativos razonables existieron, pues, también en el siglo XIII, tan entregado a la creencia en los demonios­ que los diablos desplegaran una actividad especial en el terreno de lo sexual, que obraran, por ejemplo, la impotencia mediante encantamiento. Tal duda contradice -según Tomás de Aquino- la fe católica. «La fe católica nos enseña», dice él, «que los demonios tienen importancia, dañan al hombre y pueden poner obstáculos a la relación sexual». Con esto, Tomás va contra «algunos que han dicho que no existe tal embrujamiento y que éste no es sino un producto de la incredulidad. Según la opinión de esta gente, los demonios son sólo una fantasía de los hombres; es decir, los demonios son fruto de la imaginación humana, y el horror de esa imaginación les reporta daños» (Quaestiones quodlibetales X q. 9 a. 10).

Tomás tampoco inventa en este campo. Por el contrario, fue el más influyente conservador de la superstición. La idea de la impotencia producida mediante el encantamiento se encuentra ya en el año 860 en una carta del arzobispo Hincmaro de Reims. Según Burchardo de Worms († 1025), el confesor debía preguntar así en la confesión: «¿Has hecho lo que suelen hacer algunas mujeres lascivas? Cuando ellas observan que su amante quiere contraer un matrimonio válido, ahogan la concupiscencia de él mediante artes mágicas, a fin de que no pueda mantener relaciones  sexuales con su esposa. En el caso de que tú hayas practicado esas artes, debes hacer penitencia durante cuarenta días a pan y agua». Luego, recogieron esta superstición Ivo de Chartres (siglo XI) y Graciano (siglo en sus respectivas compilaciones legales, así como Pedro Lombardo (siglo XII) en su manual.

Pero sólo en el siglo de Tomás de Aquino, «Edad de Oro de la teología», en el siglo XIII, alcanzó una fuerza inimaginable esta creencia. Sin embargo, también se levantaron otras voces en ese siglo. El jesuita Peter Browe, conocedor del medievo eclesial, escribe: «Parece, sin embargo que este poder del diablo sobre el instinto procreador masculino fue negado por unos pocos teólogos y seglares; al menos, se repite en muchísimos manuales la objeción de que la creencia en el poder del diablo era un intento de explicar efectos cuyas causas se desconocían y que, en consecuencia, se atribuían a los demonios y a sus instrumentos; pero tal objeción fue refutada, por ejemplo, por Tomás de Aquino y rechazada como incrédula y acatólica» (Beiträge zur Sexualethik des Mittelalters, p. 124. Ya Alberto Magno, el maestro de Tomás, espetó a los acatólicos incrédulos respecto a la impotencia causada por encantamiento: «Nadie tiene derecho a dudar de que hay muchos (!) que han sido embrujados mediante el poder de los demonios» (Super IV Sent. d. 34 a. 8).

Sobre la pregunta de por qué el diablo obstaculiza a los hombres, especialmente, en la relación conyugal, pero no en la comida y bebida, san Buenaventura (t 1274), el gran teólogo de los franciscanos, opina: «Porque el acto sexual se ha corrompido (mediante el pecado original) y es mal oliente en cierta medida, y porque los hombres son casi siempre demasiado lascivos en él, por eso el demonio tiene tanto poder y permiso sobre él. Se puede demostrar esto con un ejemplo y con la autoridad de la Escritura, pues se dice que un demonio llamado Asmoneo mató a siete maridos en la cama, pero no mientras comían» (In IV Sent. d. 34 a. 2 q. 2).

Buenaventura alude aquí al veterotestamentario libro de Tobías, que, mediante inclusiones y supresiones de texto practicadas por su traductor, san Jerónimo, fue falseado y convertido en una obra hostil al placer, y que es considerada hasta la hoy en la teología católica como la prueba bíblica en favor de que la finalidad exclusiva fijada por Dios al acto conyugal es la procreación (por ejemplo, también para Bernhard Häring, Das Gesetz Christi III p. 371 s.) y que, hasta el siglo XVIII, se utilizó además como demostración de que el demonio, aunque no puede causar la muerte en el lecho matrimonial, al menos es capaz de provocar la impotencia. En el libro de Tobías se habla de la boda del joven Tobías con su pariente Sara, que había sido confiada ya a siete esposos, a los que el diablo Asmodeo había asesinado en la noche de la boda. El arcángel Rafael dio al joven Tobías el consejo (de Jerónimo): «El demonio tiene poder sobre aquellos esposos que excluyen a Dios y se entregan a su lascivia como los caballos o los mulos, que carecen de razón. Pero tú contente durante tres días de ella y ora durante ese tiempo juntamente con ella ... Cuando la tercera noche haya quedado atrás, toma a la virgen,  en el temor del Señor, más por amor a la prole que por placer». Después de tres días y noches, dice Tobías: «Ahora, ¡oh Señor!, sabes que tomo a mi hermana como esposa no por lascivia, sino sólo por amor a la descendencia» (Tob 6,14-22; 8,9). Según el texto original del libro de Tobías (siglo II a.C.), Tobías tuvo relaciones conyugales ya en la primera noche; es decir, que el sermón conyugal del arcángel y las palabras de Tobías son del asceta Jerónimo.

Innumerables son los sínodos que, desde principios del siglo XIII, arremeten contra las hechiceras «que encantan a los cónyuges para que no puedan llevar a cabo la relación conyugal». Así, el sínodo de Salisbury celebrado en el año 1217; el de Rouen, hacia el 1235; el de Fritzlar, en 1243; el de Valencia, en 1255; el de Clermont, en 1268; el de Grado, en 1296; el de Bayeux, en 1300; el de Luca, en 1308; el de Maguncia, en 1310; el de Utrecht, en 1310; el de Würzburg, en 1329; el de Ferrara, en 1332; el de Basilea, en 1434 (cf. Browe, p. 127).

 

El papa Inocencio VIII, en su tristemente célebre Bula sobre brujas, nombró inquisidores en 1484 a los dominicos alemanes Jakob Sprenger (profesor de teología en Colonia) y a Heinrich Institoris -futuros autores del Martillo de brujas- porque había oído que en los obispados de Maguncia, Colonia, Tréveris y Salzburgo muchas personas de ambos sexos practicaban la magia, con lo que «impedían a los varones procrear, y a las mujeres concebir, y hacían imposible el acto conyugaal». En virtud del ya muchas veces mencionado canon Si aliquis, que calificaba de asesinato la contracepción, Institoris y Sprenger exigieron en su Martillo de brujas (I, q. 8) del 1487 la pena de muerte para los que causan mediante la brujería el tipo de esterilidad e impotencia mencionado en la Bula sobre brujas del papa. Digamos a modo de inciso que, según ellos, Dios mismo procura directamente la pena de muerte por otro tipo de contracepción y lleva a cabo un proceso sumarísimo: «Ningún otro pecado ha vengado Dios en tantos tan frecuentemente, mediante la muerte súbita» como los vicios que van «contra la naturaleza de la procreación», por ejemplo, el «coito fuera del recipiente mandado» (I, q. 4). Para los autores del Martillo de brujas, la contracepción es merecedora de la muerte incluso cuando no interviene la brujería.

 

La creencia en la impotencia causada por encantamiento, la creencia en las brujas como obcecación colectiva, fue dirigida con eficacia desde arriba. Como Tomás de Aquino había arremetido contra los incrédulos y les había declarado carentes de la fe católica si negaban la impotencia como resultado de encantamiento y el papel básico del demonio en el acto sexual, así también la pontificia Bula sobre brujas va ante todo contra los muchos que -«independientemente de las dignidades, cargos, honores, preeminencias, títulos de nobleza, fueros o privilegios que pudieren poseer», los cuales, «clérigos o seglares, pretenden saber más de lo que les corresponde»- «obstaculizan» los procesos contra brujas incoados por los inquisidores comisionados por el papa (a los que éste llama «mis queridos hijos»), «les ofrecen resistencia o se rebelan contra ellos». Debía «agravarse» el castigo contra estos sabihondos, de los que, al parecer, había aún muchos en Alemania por aquellas fechas.

 

También el Martillo de brujas se dirige en primer lugar contra los escépticos. Comienza preguntando «si la afirmación de que hay brujas es tan perfectamente católica como para que la obstinada defensa de lo contrario deba ser tenida por absolutamente herética». Naturalmente, la respuesta es: Sí. Principal garante de tal doctrina católica es Tomás de Aquino. «Aunque este error (el de afirmar que no hay brujas que "pueden obstaculizar la fuerza procreadora o el disfrute del placer") sea rechazado por todos los demás eruditos dada su evidente falsedad, sin embargo ha sido combatido de forma aún más aguerrida por santo Tomás, dado que él lo condena al mismo tiempo como una herejía al decir que este error brota de las raíces de la incredulidad, y puesto que la carencia de fe en un cristiano se llama herejía, por eso hay motivo para considerar a esos sospechosos de herejía» (I, q. 8).

 

Alemania se convirtió en el país con el mayor número de procesos contra brujas. La resistencia de Alemania contra los procesos de brujas se quebró mediante la Bula sobre brujas de Inocencio VIII (1484) y el Martillo de brujas (1487) de los dominicos alemanes Institoris y Sprenger. Antes de la Bula sobre brujas hubo sólo procesos esporádicos en Alemania. En cambio, el número de procesos de brujas tuvo un crecimiento tan espectacular después de la publicación de la bula, que el jesuita Friedrich von Spee, a pesar del peligro de ser quemado, arremete contra esos procesos y dice en su Cautio criminalis («Advertencia contra los procesos»), 150 años más tarde, en el 1630, «que, sobre todo en Alemania, humean hogueras por doquier» (q. 2). Para Friedrich von Spee, la causa de que los procesos de brujas fueran mucho más frecuentes y numerosos en Alemania que en los restantes países del mundo fueron «Jakob Sprenger y Heinrich Institoris, a los que la Sede Apostólica envió como inquisidores a Alemania» (con la ayuda de la Bula sobre brujas). Spee prosigue: «Comienzo a temer o, por mejor decir, desde antiguo me viene con frecuencia a la mente la inquietante idea de que aquellos inquisidores introdujeron en Alemania aquel número incalculable de brujas mediante las torturas periódicas que ellos idearon con sutileza y repartieron con astucia» (q. 23). Spee alude aquí a la espantosa disposición del Martillo de brujas, a la introducción de las torturas periódicas, es decir, repetidas sin fin, con cuya ayuda se estaba en condiciones de chantajear todas las confesiones y denuncias.

El Martillo de brujas trata profundamente la cuestión de «por qué Dios ha dado al demonio mayor poder embrujador sobre la cópula que sobre otras actividades humanas». Los dos criminales y psicópatas sexuales responden a esta pregunta, a la que vuelven constantemente en su Martillo de brujas (I, q. 3,6,8,9,10; II, q. 1; q. 1, c. 6), haciendo una referencia a Tomás de Aquino: «Pues él dice que, al haber entrado en nosotros por el acto de procreación la primera perdición del pecado por el que el hombre se ha hecho esclavo del demonio, por ese motivo Dios ha dado al diablo más poder hechicero en ese acto que en todos los demás» (I, q. 6). De hecho, está justificada la referencia de los autores del Martillo de brujas a Tomás. El jesuita Josef Fuchs escribió en 1949: «Teniendo en cuenta el servicio del impulso sexual en la transmisión del pecado original, Tomás declara también el ámbito de lo sexual como un campo especial del diablo» (Fuchs, p. 60). Por su parte, Tomás se basa en el papa Gregorio I (De malo 15,2 0.6) para pensar que el diablo tienta más al hombre en el ámbito de lo sexual que en otros campos. Esta constante pregunta de «por qué se ha consentido al diablo ejercer la magia precisamente en el acto sexual y no en otras actividades del hombre» y la respuesta: «por la monstruosidad del acto procreador y porque el pecado original se transmite a través de él a todos los hombres» (I, q. 3; q. 10) constituyen el hilo conductor del Martillo de brujas.

Otra pregunta que preocupa de modo especial a ambos autores es la de por qué -entre las mujeres- «las comadronas brujas superan en infamias a todas las brujas restantes» (III q. 34). Ambos informan sobre su experiencia como inquisidores: «Como brujas arrepentidas han confesado con frecuencia a nosotros y a otros cuando decían: nadie hace más daño a la fe católica que las comadronas» (I, q. 11). Entre 1627 y 1630 fueron eliminadas casi por completo las comadronas de Colonia. De cada tres mujeres ejecutadas, una era comadrona. Bajo la impresión de estos procesos de Colonia escribió algunos capítulos de su Cautio criminalis Spee, que acompañó a muchas brujas a la hoguera.

Señalemos de paso que resulta incomprensible que Heinsohn y Steiger hayan podido afirmar en su libro Die Vernichtung der Weisen Frauen (1985, p. 131) que Spee «vio verdaderas brujas ... que actuaban en gran número». La frase de Spee a la que ellos aluden es una pregunta retórica: «¿Qué podría parecer hoy más insensato que creer que el número de las verdaderas brujas es escaso y tiende a desaparecer? Sin embargo ... , el enemigo mayor de la verdad es el prejuicio» (q. 9). Es insensato presentar como opinión de Spee lo que él señala como prejuicio. Spee prosigue en páginas posteriores: «Debo confesar que he acompañado a la muerte, en diversos lugares, a bastantes brujas de cuya inocencia dudo aún tan poco como de que no me he ahorrado fatiga ni diligencia grandísima para descubrir la verdad ... , pero no he podido hallar otra cosa que inocencia por doquier» (q. 11).

El reproche principal de Institoris y Sprenger a las «comadronas hechiceras» es el de que ellas matan a los niños no bautizados (II, q. 1, c. 2). «Pues el diablo sabe que tales niños están excluidos de entrar en el reino de los cielos por el castigo de la condena o del pecado original» (II, q. 1, c. 13). La idea de que existe una relación entre los recién nacidos muertos y el diablo es consecuencia de la insensata enseñanza de Agustín, padre de la Iglesia, según la cual Dios condena al infierno a los niños no bautizados. Nada justifica que el Martillo de brujas impute a las comadronas la culpa de la muerte de recién nacidos. El segundo reproche es el de que las comadronas hechiceras «impiden de diversas maneras la concepción en el útero materno» (II, q. 1, c. 5). Era natural que las comadronas suministraran nociones de contracepción o de lo que se tenía por tal. Pero es igualmente evidente que no se les podía responsabilizar de toda esterilidad. La insensata afirmación teológica tradicional de que contracepción es sinónimo de asesinato, afirmación que también Institoris y Sprenger hicieron suya amparándose en el canon Si aliquis, es la segunda razón decisiva para «incinerar» a las comadronas, como dice el término espantoso que ellos utilizan constantemente en su campaña para exterminar a comadronas y mujeres.

La alta Edad Media conoce de cincuenta a sesenta maneras en que los demonios obstaculizan el acto conyugal. El Martillo de brujas enumera toda una serie de esas maneras, por ejemplo, «una momentánea relajación de la fuerza del miembro que sirve para la fecundación» (I, q. 8). Para demostrar que la castidad entendida en el sentido de frigidez protege de que los diablos «embrujen a uno los miembros masculinos» (II, q. 1, c. 7), ambos autores citan con diligencia el libro bíblico de Tobías manipulado por Jerónimo: «El diablo ha adquirido poder sobre aquellos que están entregados al placer» (I, q. 8; q. 9; q. 15; II, q. 1, c. 7; q. 1, c. 11; q. 2, c. 2; q. 2, c. 5).

Particularmente temida era la llamada «ligadura», lo que los franceses llamaban nouer l'aiguillette. Consiste en que el brujo o la bruja hacen un nudo durante la ceremonia de la boda o realizar que se cierre de golpe una cerraja. Según la clase de fórmula recitada al realizar esa acción, dura más o menos tiempo el efecto. Para que la relación conyugal sea posible, antes hay que romper el embrujo. Francisco Bacon de Verulam († 1626), lord guardián del gran sello y canciller inglés, dijo que la ligadura era un fenómeno muy difundido en Saintes y en la Gascuña (Silva sylvarum seu historia naturalis, n.º 888).

Pero también hubo voces razonables. Montaigne († 1592) trata con detalle el fenómeno de la ligadura (le nouement d'aiguillette) en el capítulo «El poder de la imaginación» de sus Ensayos, «pues no se habla de otra cosa». Y cuenta cómo ayudó a su amigo, el duque de Gurson -con motivo de la boda de éste- a superar el temor a la impotencia por encantamiento. La receta perspicaz que Montaigne recomendó a los recién casados para superar la fijación en la impotencia consiste en la indulgencia y en la paciencia con la fuerza de la propia imaginación. Él consideraba esto más eficaz que la obstinación de los que se obsesionan con la idea de vencerse a sí mismos.

Siguiendo un procedimiento diverso al de este escéptico humanista, la Iglesia, supersticiosa, condenó a hechiceros y brujas. Un sínodo provincial convocado por san Carlos Borromeo en 1579 para Lombardía blande amenazas de castigo contra la magia que impide el acto conyugal; igualmente los sínodos de Ermland de 1610 y de Lieja en 1618; y el sínodo de Namur actualiza en 1639 una vieja disposición contra el embrujamiento «porque sabemos que diariamente se trae a mal andar a matrimonios mediante el embrujamiento» (Browe, p. 128 s.). También el sínodo celebrado en 1662 en Colonia se ocupó de la impotencia por encantamiento. El jesuita bávaro Kaspar Schott (t 1667), que fue durante largo tiempo profesor de física en Palermo, declaraba: «Ninguna otra magia está más difundida hoy ni es más temida; en algunos lugares, los novios ya no se atreven a presentarse públicamente en la iglesia para contraer matrimonio ante el párroco y los testigos, sino que lo hacen el día anterior en su casa y luego van al día siguiente a la iglesia» (Browe, p. 129). Muchos se casaban a puerta cerrada o durante la noche y consumaban el matrimonio antes de que despuntara el día, a fin de no ser vistos por los magos y las brujas (Browe, p. 129). Algunos sínodos provinciales franceses e italianos, como los de Napoles (1576), de Reims (1583) y de Bourges (1584) prohíben tales casamientos supersticiosos. El sinodo de Reims aconseja a los recién casados como antídoto lo que el libro de Tobías, alias Jerónimo, aconsejaba como ayuda frente a los demonios: «consumar el matrimonio no por placer, sino por amor a la descendencia». La creencia en la impotencia por encantamiento estaba viva aún en el siglo XVIII -todavía Alfonso de Ligorio († 1787) se ocupó detenidamente de ella y estaba firmemente convencido de ella-, lo que era causa de una psicosis angustiosa para innumerables casados.

      La impotencia sexual ocasionada por el diablo mediante encantamiento, creída por los teólogos y defendida contra los escépticos, tenía consecuencias legales. Ya Hincmaro de Reims dice que, en el caso de que -por causa de encantamiento- no se haya consumado el matrimonio ni se pueda consumar, los esposos deben separarse y pueden contraer nuevas nupcias. En un principio, Roma no reconoció tales separaciones, sino que mandaba que los esposos siguieran conviviendo, pero como hermano y hermana. Sin embargo, desde que la opinión de Hincmaro entró en la colección legal de Graciano y en el manual de Pedro Lombardo en el siglo XII, casi todos los teólogos decidieron que la impotencia por encantamiento era un impedimento matrimonial. El papa Inocencio III decidió en 1207 que el matrimonio de Felipe II Augusto de Francia con Ingeborg debía ser disuelto por este motivo si fracasaba un nuevo intento que el rey debía emprender empleando medidas concomitantes como la limosna, la oración y la misa. También por razón de encantamiento fue disuelto en 1349 el matrimonio de Juan de Tirol con Margarita de Carintia. Aún hoy sigue siendo impedimento matrimonial dirimente la llamada impotencia relativa (sólo frente al cónyuge) si ella es duradera e incurable. El matrimonio puede ser declarado nulo (canon 1084/CIC 1983), y ambos pueden volver a casarse. Hoy no se relacionan ya con el diablo ni con el embrujamiento los temas de impotencia, sino que se les considera como algo que cae dentro de la medicina o de la psicología.

 

Al comienzo de la Bula sobre brujas afirma el papa que los brujos de ambos sexos practican, junto a la impotencia por encantamiento, otra monstruosidad, concretamente la fornicación con el diablo: «No sin gran preocupación ha llegado recientemente a nuestros oídos que en algunas partes de la Alemania septentrional, así como en provincias, ciudades, comarcas, localidades y diócesis de Maguncia, Colonia, Tréveris y Salzburgo un gran número de personas de ambos sexos, descuidando su propia salvación y alejándose de la fe católica, tienen relaciones carnales con el diablo en figura de varón (incubus) o de mujer (succubus) ... ». Subyace en esta afirmación la concepción teológica de la posición estándar en el acto sexual, a la que también los diablos parecen atenerse: los diablos-varón yacen encima; los diablos-mujer, debajo. De ahí que también el papa dé una denominación distinta a los demonios con los que practican la fornicación los brujos o brujas y los llame «Suprayacentes» y «Subyacentes». Fuente principal para la Bula sobre brujas y para el Martillo de brujas, que quiso ser un comentario de la Bula sobre brujas, es la idea que tiene Tomás de Aquino acerca de la copulación satánica con los diablos «suprayacentes» y «subyacentes». El desdichado Martillo de brujas (1487) en nadie se apoya tan abundantemente como en Tomás de Aquino, pues éste dice lisa y llanamente cómo funcionan la relación sexual con el diablo y la procreación de hijos del demonio, habiendo llegado a desarrollar toda una teoría sobre la transmisión del semen: un único y mismo demonio puede procurarse semen masculino copulando en forma de mujer (como succubus, es decir, subyacente) con un varón, y luego, a continuación, en figura de hombre (como incubus, es decir, suprayacente) trasladar a la mujer ese semen en el acto sexual. Los hijos del diablo procreados de esa manera -éstos se caracterizan frecuentemente por una talla especial- son, en realidad, hijos de hombre, pues se trata de semen humano (S. Th. I, q. 51 a. 3 ad 6). Tomás no llega a tratar detalladamente cómo este semen que el diablo se ha procurado de un varón mantiene su frescura y actividad procreadora hasta que tiene lugar la copulación con la bruja. El Martillo de brujas llenará esa laguna: para la transferencia del semen, los demonios disponen de un termo especial que mantiene activo y fresco el semen (I, q. 3).

También Sigmund von Riezler -que ha investigado la Historia de los procesos de brujas en Baviera- escribe que Tomás de Aquino, el mayor teólogo católico, fue el sistematizador de la copulación con el diablo: «En su (de Tomás) autoridad se basan los sucesores; siempre que uno examina los pasajes probatorios citados en favor de esta opinión, constata que sólo lo de Tomás tiene el carácter de una tesis concluyente. Por eso, hay que decir que el "Doctor Angélico", el celebrado santo y sabio de la orden dominicana, fue el que más contribuyó a consolidar este desvarío. Por eso, como cuentan los autores del Martillo de brujas, su colega, el inquisidor de Como, en el condado de Bormio o en Wormserbad, hizo quemar 41 mujeres en un solo año (1485), mientras que otras muchas escaparon a igual destino refugiándose en el Tirol tras haber franqueado la frontera» (1896, p. 42 s.).

A ambos autores del Martillo de brujas preocupa la cuestión de por qué los hombres tienen menos relaciones sexuales con los succubi (diablos subyacentes con figura de mujer) que las mujeres con los incubi (diablos suprayacentes con figura de varón) (II, q. 2, c. 1), por qué, pues, hay más brujas que brujos. Esta cuestión ofrece a ambos la oportunidad para desarrollar con todo lujo de detalles su visión de la mujer, uniéndose así al coro teológico eclesial de los difamadores de la mujer, abundantísimos en la tradición católica. No falta aquí el aristotélico mayor contenido de agua de las mujeres, que -según Alberto y Tomás-las hace inconstantes y nada fiables, una opinión que había llegado a afianzarse de tal modo en la tradición teológica sobre las mujeres que los autores del Martillo de brujas consideran superflua una cita concreta al respecto (I, q. 6). Citan a Crisóstomo († 407) sobre Mateo 19: «No tiene cuenta casarse. ¿Qué otra cosa es la fémina sino la enemiga de la amistad, un castigo inevitable, un mal necesario, una tentación natural, una desdicha deseable, un peligro doméstico, un daño que divierte, un defecto de la naturaleza pintado con bellos colores?» (I, q. 6). Los autores del Martillo de brujas recurren a «la experiencia» para afirmar que se da «mayor perversidad entre las mujeres que en los varones». En cualquier caso, las mujeres son «defectuosas en todas las fuerzas, del alma y del cuerpo ... , pues, en lo tocante a la razón o a la captación de lo espiritual, ellas parecen ser de otra especie que los varones, a lo que aluden autoridades, un motivo y diversos ejemplos en la Escritura».

Se encuentran autoridades para todo. Los autores del Martillo de brujas encontraron a Terencio y Lactancio con sus proverbios antifeministas. También en la Biblia encontraron materiales abundantes; sobre todo en los Proverbios de Salomón: «Una mujer bella e indisciplinada es como un anillo de oro en la nariz de un cerdo». Permanece el «motivo»: «El motivo es uno sacado de la naturaleza: porque ella (la mujer) es más sensual que el hombre, como se desprende de las muchas obscenidades carnales».

 

Estos dos autores citan también dichos infames sobre las lágrimas de la mujer: «Dice Catón: "Si llora una mujer, es que está tramando alguna perfidia". Se dice también: "Si una mujer llora, es que piensa engañar al marido"» (I, q. 6). Por otra parte, la ausencia de llanto es señal de culpa y de brujería. El hecho fisiológico de que un ser humano sometido a torturas sea incapaz de derramar una lágrima fue interpretado por ambos inquisidores en contra de las brujas y procuró a las mujeres torturas añadidas: «La experiencia ha demostrado», escriben ellos, «que cuanto más brujas eran, menos podían llorar ... ; es posible que, más tarde, en ausencia del juez y fuera del lugar y del tiempo de la tortura, fueran capaces de llorar delante de los guardianes. Si uno pregunta por qué no pueden llorar las brujas, cabe decir: porque la gracia de las lágrimas en los arrepentidos es uno de los dones más sobresalientes». Pero estos dos sádicos saben también qué pensar si una bruja llora. «¿Pero qué pensar si -mediante la astucia del diablo y con el permiso de Dios- sucede que también una bruja llora, pues, al fin y al cabo, el llorar y el engañar debe formar parte de la peculiaridad de las féminas? Se puede responder que los designios de Dios están ocultos ... , etc., etc.» (III, q. 15).

La inferioridad de la mujer (femina, en latín) se pone de manifiesto ya en ese término latino. «En efecto, el nombre femina proviene de fides (fe) y minus (menos), luego femina significa: la que tiene menos fe; puesto que ella tiene y conserva siempre una fe menor por su natural constitución proclive a la credulidad, también fue posible, como consecuencia de la gracia y de la naturaleza, que la fe nunca se tambaleara en la santísima Virgen, mientras que sí vaciló en todos los varones durante la pasión de Cristo» (I, q. 6). Como casi todos los grandes difamadores de la mujer que se han dado en el cristianismo, también los autores del Martillo de brujas -sobre todo Sprenger, que había contraído méritos especiales en la difusión del rezo del rosario- fueron grandes devotos de María.

Los autores del Martillo de brujas tienen otras muchas cosas en contra de las mujeres: «Si proseguimos nuestras investigaciones, comprobaremos que casi todos los imperios de la tierra fueron destruidos por medio de las mujeres. En efecto, el primer reino dichoso fue el de Troya ... ». Opinan ellos que «si no existieran las maldades de las féminas, por no hablar de las brujas, el mundo permanecería libre aún de innumerables peligros». También se les ocurre lo siguiente a propósito de las mujeres: «Mencionemos aún otra propiedad, la voz. Como la mujer es mentirosa por naturaleza, también lo es al hablar, pues ella pincha y deleita a la vez. De ahí que se compare su voz con el canto de las sirenas, que atraen con su dulce melodía a los transeúntes y luego los matan. Las mujeres matan porque vacían la bolsa del dinero, roban las fuerzas y obligan a despreciar a Dios ... Proverbios 5: "Su paladar (su forma de hablar) es más suave que el aceite; pero al fin es amargo como el ajenjo"» (I, q. 6).

Pero no sólo la voz de la mujer, también su cabello la predestina a copular con el diablo: «También Guillermo observa que los incubi (demonios en figura de varón) parecen intranquilizar más a tales mujeres y chicas que tienen bonito cabello ... porque ellas tienen el deseo o la costumbre de excitar a los hombres mediante el cabello. O porque presumen vanidosamente de él; o porque la bondad celestial lo permite para que las féminas escarmienten y dejen de excitar a los hombres con aquello con lo que también los demonios quieren que los hombres se exciten» (II, q. 2, c. 1). En cualquier caso, un fastuoso cabello femenino tiene algo que ver con la proximidad del diablo.

La respuesta a la pregunta de por qué hay más brujas que brujos culmina, finalmente, en la siguiente constatación de ambos autores: «Concluimos: todo sucede por concupiscencia carnal, que es insaciable en ellas. Proverbios en el penúltimo capítulo: "Hay tres cosas insaciables, y lo cuarto, que nunca dice: ya es suficiente, concretamente, la apertura del útero materno". Por eso tienen que ver ellas también con los demonios para saciar su propia concupiscencia. Podrían traerse aquí más citas, pero queda suficientemente claro para los inteligentes ... Por eso, es también lógico llamar herejía no la de los brujos, sino la de las brujas ... ; loado sea el Altísimo que tan bien ha protegido hasta hoy el sexo masculino frente a  tal desgracia: porque en él quiso él nacer y sufrir por nosotros, por eso lo prefirió también de ese modo» (I, q. 6).

Después de esta presentación detallada de la naturaleza de la mujer, se entiende que ambos autores tuvieran una sintonía conceptual tan especial con Tomás de Aquino, del que ellos cuentan lo siguiente: «También leemos que le fue concedida tal gracia a santo Tomás, el Doctor de nuestra orden, el cual, encarcelado por sus parientes a causa de su ingreso en la mencionada orden, fue tentado carnalmente, instigado por una prostituta vestida con suma elegancia y con joyas enviada por sus parientes. En cuanto la vio el Doctor, corrió al fuego de verdad, cogió un leño en llamas y echó fuera de la cárcel a la que quería despertar en él el fuego del placer. Inmediatamente después, cayó de rodillas para pedir el don de la castidad y se quedó dormido. Entonces se le aparecieron dos ángeles que le dijeron: "Mira, por voluntad de Dios te ceñiremos con el cinturón de la castidad, que no podrá ser desatado por ninguna tentación posterior; y lo que no ha sido conseguido por la virtud humana, por el mérito, es dado por Dios como don". Él sintió, pues, el cinturón, es decir, el tacto mediante el cinturón, y despertó dando un grito. Entonces se sintió dotado con el don de tal castidad, de modo que, a partir de ese mismo instante, retrocedió espantado ante toda lozanía, hasta el punto de que ni una sola vez pudo hablar con las mujeres sin tener que hacerse violencia, pues poseyó la castidad perfecta». En opinión de los autores del Martillo de brujas, de ese modo consiguió Tomás la dicha de pertenecer a las «tres clases de hombres» fuera de los cuales nadie «está a salvo de las brujas, de no ser embrujado según las dieciocho maneras descritas abajo o tentado a la brujería o descarriado, acerca de lo cual hay que tratar siguiendo un orden» (II, q. 1).

Todavía Alfonso de Ligorio († 1787) se ocupa detenidamente de la copulación demoníaca en el capítulo «De cómo el confesor tiene que tratar a los molestados por el diablo». Apoyándose en Tomás, Alfonso esboza cómo nacen los hijos del diablo: de la copulación del demonio con una mujer; y dice que tal niño no es propiamente un hijo del diablo, sino de aquel varón del que el demonio se había procurado previamente el semen.

Alfonso se dirige a los confesores: «Si, pues, viene alguien que ha sido atacado por el enemigo malo, el confesor deberá sentir profunda preocupación y pertrechar al penitente con armas en su terrible lucha ... Exhórtele encarecidamente a que se distancie lo más posible del placer sensual... Además, pregunte al penitente si no ha invocado jamás al enemigo malo y si jamás ha hecho un pacto con él... Pregúntele bajo qué figura se le presenta el diablo, si en la masculina, en la femenina o en la de un animal, porque entonces, si tuvo lugar la copulación con el diablo, además del pecado contra la castidad y contra la religión se dio también el pecado de la lujuria o de la sodomía (= homosexualidad) o del incesto o de adulterio o de sacrilegio ... Pregunte también en qué sitio y en qué tiempo tuvo lugar esa relación sexual... Trate de mover al confesando a  una confesión completa, pues tales hombres perdidos omiten fácilmente en la confesión algunos pecados» (Praxis confesarii VII, 110-113). Incluso en el año 1906, el moralista Göpfert imparte a los confesores indicaciones sobre cómo deben proceder con los penitentes que confiesan copulación con el diablo (cf. «Teología moral del siglo XX», en este libro, pp. 297-311).

La idea de la copulación con el diablo tuvo terribles consecuencias no sólo para las brujas, sino también para muchos niños (hijos del diablo). Walter Bachmann pinta en su libro Das unselige Erbe des Christentums: Die Wechselbälge - Zur Geschichte der Heilpädagogik (1985) las consecuencias que -hasta el siglo XIX- derivaron de la teoría de la copulación con el diablo para muchos niños minusválidos. El Martillo de brujas informa en 1487 sobre estos niños «suplantados»: «Existe aún otra terrible permisión de Dios respecto de los hombres, pues a veces se quitan a las mujeres sus propios hijos y los demonios los sustituyen con otros. Y esos niños suelen ser llamados generalmente "campsores", es decir, niños suplantados ... Algunos son siempre magros y berrean» (II, q. 2, c. 8). Lutero recomendó ahogar a estos niños cambiados, pues, en su opinión, «tales niños suplantados no son más que un pedazo de carne, pues no hay alma dentro» (Bachmann, pp. 183, 191, 195).

El primer alemán que arremetió contra la obsesión por las brujas y contra el trato inhumano dado a los enfermos mentales y a los minusválidos fue el médico calvinista Johann Weyer († 1588). Su libro Sobre las tantaciones del demonio, encantamiento y brujería, publicado en 1563, fue incluido inmediatamente por la Iglesia en el índice de libros prohibidos. Weyer fue médico personal del duque Juan Guillermo de Jülich y Cleve. Terminó por ser inculpado de haber provocado la psicopatía del duque mediante hechicería, y tuvo que huir de Düsseldorf. Su voz no fue atendida.

     En la obra Investigación científica sobre los niños suplantados, de M. G. Voigt (Wittenberg, 1667), se dice, por ejemplo, que «la finalidad de estos niños es la gloria del diablo», que los «niños suplantados carecen de alma racional», que los «niños suplantados no son seres humanos» (Bachmann, pp. 38,45).

Un capítulo triste es el que se refiere a los sordomudos, aunque no se les computó entre los suplantados. Para afirmar que éstos estaban excluidos de la fe y que incluso iban al infierno, toda una serie de teólogos se amparó en Agustín, que había dicho: «Este defecto (la condición de sordomudo) impide (impedit) también la fe misma, como atestigua el Apóstol con las palabras: la fe viene de lo escuchado (Romanos 10, 17») (Contra Julianum 3,4). Por consiguiente, el destino de los sordomudos era malo, "pues su curación y educación no sólo era tenida por imposible, sino incluso por una intromisión indebida en la providencia divina, como el famoso pastor Goeze de Hamburgo, inmortalizado por Lessing, que pronunció atronadores sermones contra la irreligiosa osadía de pretender hacer hablar a los sordomudos» (Georgens y Deinhardt en su primer volumen de la Heilpädagogik mit besonderer Berücksichtigung der Idiotie und der Idiotenanstalten, Leipzig, 1861, cf. Bachmann, p. 230 s.). Dietfried Gewalt, protestante hamburgués dedicado a la pastoral de los sordos, indica que no fue el párroco Goeze, sino el párroco Granau de Eppendorf, en la periferia de Hamburgo, el que emitió un veredicto tan negativo sobre los sordomudos (Samuel Heinicke y Johann Melchior Goeze, en Hörgeschädigtenpädagogik, 1989, cuaderno 1, p. 48 ss.). Pero es innegable que los sordomudos tuvieron que padecer una consecuencia sombría y extremada de la teología agustiniana. «Así se dice todavía en el Brockhaus (edición jubilar de 1903, vol. 15, p. 635): "Tampoco la Iglesia se ocupó de ellos (de los sordomudos), puesto que san Agustín había acuñado la frase: Los sordomudos de nacimiento jamás pueden recibir la fe, pues ésta viene de la predicación, de lo que uno oye"» (Bachmann, p. 291 ss.).

Por «Salvador de los sordomudos» es tenido el sacerdote francés de l'Epée († 1789), sobre el que escriben Georgens y Deinhardt: «El abate, un hombre piadoso, compasivo, de espíritu independiente -independencia de la que había dado sobradas pruebas- conoció a dos hermanas sordomudas de buenas costumbres y de esmerada formación, en las que un eclesiástico había puesto en práctica el método de impartirles conocimientos a través de imágenes, pero el intento no se repitió en otros sordomudos. Pues bien, el conocimiento de aquellos dos seres impactó de tal forma al abate l'Epée, que éste tomó la decisión de ayudar a esa clase de desdichados. En los primeros tiempos de su entrega a ese tipo de personas tuvo que luchar contra las resistencias más violentas, contra mofas y persecuciones, pero, siguiendo imperturbable su camino, supo en el atardecer de su vida que contaba con un reconocimiento y veneración generales, y, lo que era para él mucho más valioso que la fama, vio que había asegurado la suerte de sus hijos, de los sordomudos de su instituto» (Bachmann, p. 233).

Bachmann hace el siguiente resumen amargo: «Sin duda, en ningún otro círculo cultural de la historia de la humanidad podría jamás haber tocado en suerte a los disminuidos un daño mayor, un desprecio, intolerancia y una falta de humanidad tan grandes como en el cristianismo» (p. 442).  

 

 

Cap. 16 :
TOMÁS DE AQUINO
LUZ DE LA IGLESIA

 

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EUNUCOS POR EL REINO DE LOS CIELOS
Iglesia católica y sexualidad
UTA RANKE-HEINEMANN

2ª edición
Capítulo 19 (págs. 205-217)
IMPOTENCIA POR ENCANTAMIENTO,
COPULACION CON EL DEMONIO,
BRUJAS Y SUPLANTACION DE NIÑOS


Editorial Trotta
Madrid, 2005

         Uta Ranke-Heinemann, estudió teología en Oxford, Bonn, Basilea y Montpellier. De familia protestante, se convirtió al catolicismo en 1953. En 1970 consigue la cátedra de Nuevo Testamento e Historia de la Iglesia en la Universidad de Essen. Fue la primera mujer que accedió a una cátedra de teología católica; pero también la primera mujer que fue retirada de su cátedra por su interpretación de la virginidad de María como una realidad no biológica. Desde 1987 es profesora de Historia de la Religión en la Universidad de Essen. Es también autora de No y amén. Invitación a la duda, publicado en esta misma Editorial (1998).

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