Biblioteca Gonzalo de Berceo

 

     Detalle del folio 17v del Códice Albeldense o Vigilano. A la izquierda está representado Noé con sus hijos Sem, Cam y Jafet, y a la derecha el mapamundi con los tres continentes.
Obra capital del escritorio albeldense y de la miniatura riojana es este códice, llamado Vigilano por el nombre de su principal autor, Vigila . Se realizó en San Martín de Albelda, entonces reino de Pamplona, hoy La Rioja (España), y la fecha de su término fue el año 976. Contiene las actas de los concilios nacionales, de muchos generales y particulares de otras naciones, decretales pontificias, el Fuero Juzgo, el calendario mozárabe, tratados de cronología y aritmética. [...]   Para saber más en https://www.vallenajerilla.com/albeldense/

 

[La enciclopedia que resume y clasifica el conjunto del saber de una época -género heredado de la Antigüedad y favorecido por San Agustín como repertorio de los conocimientos necesarios para la comprensión de la Biblia- fue un tipo de obra cultivado a lo largo de toda la Edad Media, desde los Origenes o Etimologias de San Isidoro († 636). Libros como el De imagine mundi atribuido a Honorio de Autun (Augustodunensis) nos ofrecen una útil aproximación a las ideas sobre el universo y la historia y a los modos de pensamiento más comunes entre los doctos a partir del siglo XII.]
     ¿Qué es el mundo? «Mundus dicitur quasi undique motus»: la palabra mundus significa 'en movimiento por todas partes', porque se encuentra en movimiento perpetuo. Es una bola cuyo interior está dividido como el de un huevo; la gota de grasa que hay en el centro de la yema es la Tierra; la yema es la región del aire cargada de vapores; la clara es el éter, y la cáscara del mundo es el cielo. [ ... ] El mundo; tal como es actualmente, está hecho de cuatro elementos. Elemento significa a la vez hyle' (materia) y ligamento. Efectivamente, la tierra, el agua, el aire y el fuego son la materia de que todo ha sido hecho, y se ligan entre sí en el curso de una incesante revolución circular. El fuego se transforma en aire, el aire en agua, el agua en tierra y después, a su vez, la tierra en agua, el agua en aire y el aire en fuego. En efecto, cada elemento posee dos cualidades: una de ellas le es común con otro elemento, y se puede decir que, gracias a estos elementos comunes, se dan la mano. Fría y seca, la tierra está ligada al agua por medio del frío; fría y húmeda, el agua se une al aire por la humedad; el aire, que es húmedo y cálido y seco, se une a la tierra mediante la sequedad. La tierra, el más pesado de los elementos, ocupa la parte baja del mundo; el fuego, que es el más ligero, ocupa el lugar más elevado; el agua se sitúa cerca de la tierra, y el aire más cerca del fuego. La tierra soporta a lo que camina, como el hombre y las bestias; el agua, a lo que nada, como los peces; el aire, a lo que vuela, como los pájaros; el fuego, a lo que brilla, como el sol y las estrellas.

Hay que empezar por la tierra, puesto que ocupa el centro. Tiene forma redonda. Si se la mirase desde lo alto, se verían las montañas y los valles como rugosidades menores que las que se aprecian en una pelota sostenida en la mano. La tierra tiene 180.000 estadios, es decir, unas 22.500 millas (en estadios y millas terrestres romanas: alrededor de 33.750 kilómetros). Situada exactamente en el centro del mundo, no descansa en nada, salvo en el poder de Dios. Por lo demás, leemos en la Escritura: «No me temáis -dice el Señor- a Mí, que he suspendido la tierra en la nada, pues está fundada en su estabilidad» (Salmo CIII, 5). En otras palabras: como cualquier elemento, la tierra ocupa el lugar conveniente a su cualidad distintiva. El Océano la rodea como un cinturón. En el interior está recorrida por conductos de agua que moderan su sequedad natural: por eso se encuentra agua en todas partes donde se cava. La superficie de la tierra está distribuida en cinco zonas o círculos. Las dos zonas extremas son inhabitables a causa del frío, porque el sol nunca se acerca a ellas; la zona media es inhabitable a causa del calor, pues el sol nunca se aleja de ella; las dos zonas medias son habitables, porque están templadas por el calor y el frío de las zonas vecinas. Estas zonas se llaman: círculos septentrional, solsticial, equinoccial, brumal y austral. El círculo solsticial (solstitialis) es el único -que sepamos- habitado por el hombre. Constituye, pues, la zona habitable, que se encuentra dividida en tres partes por el mar Mediterráneo; esas partes se llaman Europa, Asia y África. [ ... ]

La ciencia del fuego comprende la descripción de los siete planetas, cada uno de los cuales recorre una órbita particular. Los planetas se mueven de oriente a occidente, empujados por la inmensa velocidad del firmamento. Se les llama astros errantes, porque los planetas tienden naturalmente a ir en sentido inverso a este movimiento de rotación. De la misma manera que una mosca, movida por la rueda de un molino, parecería dotada de movimiento propio, pero opuesto al de la rotación de la rueda. Tras una breve descripción de los siete planetas por su orden (Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte. Júpiter y Saturno) y después de la del Zodiaco, cuyo camino siguen, vienen algunas observaciones sobre la música de las esferas. La revolución de las siete esferas produce el efecto de una dulce armonía, pero no la oímos porque no se produce en el aire, único medio en el que percibimos los sonidos. Se dice que nuestros intervalos musicales se derivan de los de las esferas celestes. Las siete notas de la escala proceden de ahí. Hay un tono de la Tierra a la Luna; un semitono de la Luna a Mercurio; un semitono de Mercurio a Venus; tres semitonos de Venus al Sol; del Sol a Marte, un tono; un semitono de Marte a Júpiter; de Júpiter a Saturno, un semitono, y de Saturno hasta el círculo del Zodíaco, tres semitonos. Así como el mundo se compone de siete tonos, y nuestra música de siete notas, igualmente nosotros estamos compuestos de siete ingredientes: los cuatro elementos de nuestro cuerpo y las tres facultades de nuestra alma, que atempera naturalmente el arte musical. Por eso se dice que el hombre es un microcosmos (un pequeño mundo), pues forma una consonancia parecida a la de la música celestial. Entre la tierra y el firmamento hay una distancia de 109.375 millas, o sea, unos 164.000 kilómetros.

Después de haber atravesado así el fuego por medio de los planetas, al sabio no le queda más que explorar el cielo, cuya parte superior es el firmamento. De forma esférica, de naturaleza acuosa, pero hecho de un cristal sólido análogo al hielo, el firmamento tiene dos polos: el polo boreal, siempre visible, y el polo austral, al que nunca vemos, porque nos lo oculta la convexidad de la tierra. El cielo gira sobre sus dos polos, como una rueda sobre su eje; con el cielo giran las estrellas. Una estrella, stella, equivale a decir una luna parada: stans luna, porque las estrellas están fijas en el firmamento. Un grupo de estrellas forma una constelación. Solamente Dios conoce la distribución de las estrellas, sus nombres, sus virtudes, sus lugares, sus tiempos y sus órbitas; los sabios les pusieron nombres de animales o de hombres para reconocerlas con mayor facilidad. Una descripción de las constelaciones cierra esta cosmografía del mundo visible; pero el mundo real no se acaba ahí, porque más arriba del firmamento están suspendidos estos vapores, a los que se llama cielo de las aguas; por encima de este cielo acuoso se encuentra el cielo de los espíritus, desconocido para los hombres, donde los ángeles están dispuestos en nueve órdenes, y que contiene el paraíso de los paraísos, morada de las almas bienaventuradas. De este cielo es del que dice la Escritura que fue creado al principio con la tierra. Finalmente, encima de éste, y dominándolo desde muy lejos, se encuentra el Cielo de los Cielos, donde habita el Rey de los ángeles.
     Así como el mundo se extiende en el espacio, dura en el tiempo; debemos, pues, considerarlo en este nuevo aspecto. De todos los modos de duración, el más noble es el aevum: una duración que existe antes del mundo, con el mundo y después del mundo; pertenece exclusivamente a Dios, que no ha sido ni será, sino que es siempre. [ ... ] El tiempo mismo no es más que una sombra de la eternidad; comenzó con el mundo y acabará con él, semejante a un cable tendido de oriente a occidente, que cada día se enrolla sobre sí mismo, hasta que haya terminado de enrollarse. [ ... ] La historia de lo que ha sucedido en el tiempo, desde los orígenes del mundo, [se ordena y se divide] en edades (aetates). Primera edad, desde la caída de los ángeles hasta el fin del diluvio; segunda edad, desde el fin del diluvio hasta Abraham; tercera edad, desde Abraham hasta David, Codro, la caída de Troya y Evandro; cuarta edad, desde David hasta la cautividad de Babilonia, Alejandro Magno y Tarquino; quinta edad, desde la cautividad de Babilonia hasta Jesucristo y Octavio: hasta entonces, el mundo había durado cuatro mil setecientos cincuenta y tres años, según el texto hebreo, o cinco mil doscientos veintiocho, según los Setenta; sexta edad, desde Jesucristo
y César Augusto hasta el presente. El contenido de estas edades sucesivas es una cronología sumaria de los principales acontecimientos de la historia de los pueblos más célebres: hebreo, egipcio, asirio, griego y romano; los emperadores y reyes de la Edad Media occidental son colocados naturalmente después de los emperadores romanos, como si, hasta Federico I, se hubiera continuado la misma historia sin interrupción. [ ... ] Para nosotros, la Edad Media se opone a la Antigüedad, redescubierta por el Renacimiento; para los hombres medievales, su propio tiempo era una continuación de la Antigüedad, sin que, históricamente hablando, nada los separase de ella. En ningún terreno les parecía más evidente esa continuidad de las dos edades que en el ámbito de la cultura intelectual, en el que hoy es corriente oponerlas del modo más radical. El mito histórico de la translatio studii -aceptado casi universalmente en la Edad Media- atestigua ese estado de espíritu. [ ... ] [Determinados modos de razonamiento que parecen extraños en nuestros días fueron ampliamente utilizados en la Edad Media. La etimología de las palabras, así, era entonces un método explicativo universalmente aceptado.] Se admitía que, pues los nombres han sido dados a las cosas para expresar la naturaleza de éstas, era posible conocer las naturalezas de las cosas encontrando el sentido primitivo de sus nombres; [por ejemplo: mulier
< mollis aer; cadaver < caro data vermibus]. A la explicación etimológica se une, con frecuencia, la interpretación simbólica, que consiste en tratar las cosas mismas como signos y en desentrañar sus significaciones. Cada cosa tiene generalmente varios significados. Un mineral, una planta, un animal, un personaje histórico, pueden, simultáneamente, recordar un suceso pasado, presagiar un acontecimiento futuro, significa una o varias verdades morales y, por encima de éstas, una o varias verdades religiosas. El sentido simbólico de los seres era entonces de tal importancia que, a veces, se olvidaba verificar la existencia misma de aquello que lo simbolizaba. Un animal fabuloso -el fénix, por ejemplo- constituía un símbolo tan precioso de la resurrección de Cristo, que nadie pensaba en preguntar si existía el fénix. [ ... ] A las interpretaciones etimológicas y simbólicas hemos de añadir el razonamiento por analogía, que consistía en explicar un ser o un hecho por su correspondencia con otros seres u otros hechos. Método legítimo éste y utilizado por todas las ciencias, pero que los hombres de la Edad Media emplearon más como poetas que como sabios. La descripción del hombre como un universo en pequeño, es decir, como un microcosmos análogo al macrocosmos, es el ejemplo clásico de este modo de razonamiento. Así concebido, el hombre es un universo a escala reducida: su carne es la tierra, su sangre es el agua, su aliento es el aire, su calor vital es el fuego, su cabeza es redonda como la esfera celeste; en ella brillan dos ojos, como el sol y la luna; siete aberturas en su rostro corresponden a los siete tonos de la armonía de las esferas; su pecho contiene el aliento y recibe todos los humores del cuerpo, de igual modo que el mar recibe todos los ríos; y así se continúa indefinidamente, como atestigua, v.gr., el Elucidarium atribuido a Honorio de Autun. Cuando estos diversos modos de razonamiento concurren para explicar un mismo hecho, se obtiene el tipo de inteligibilidad más satisfactorio para un espíritu medio [del período en cuestión], que estuvo constantemente repartido entre la imaginación de sus artistas y la razón raciocinante de sus dialécticos.

 

ÊNTIENNE GILSON

LA IMAGEN DEL MUNDO EN LA EDAD MEDIA

La philosophie au Moyen Age, Payot, París, 1952; trad. cast. de A. Pacios y S. Caballero,
La filosofia de la Edad Media,
Gredos (Biblioteca Hispánica de Filosofía, 12), Madrid, 1958, vol. l, pp. 397-398, 402-408.

 


FLORILEGIO MEDIEVAL