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Un buen lector es una persona
especial. Especial, no por sus títulos académicos, no por su
inteligencia. Especial, por la sensibilidad de su paladar anímico.
“Saber” se dice de las personas “que
saben” y de las cosas “que tienen sabor”. “Saborear” se dice del que
sabe comer o beber, porque es capaz disfrutar de la comida o de la
bebida; y del que sabe gozar de una buena música, de un acertado
verso, de un estupendo paisaje, por ejemplo.
Se “sabe leer” cuando se tiene la
capacidad de que los ojos, a medida que van observando las frases y
los párrafos de una página escrita, vayan ordenando a nuestro
cerebro traducirlos a ideas comprensibles para nosotros, es decir,
integradas en nuestra experiencia real o en la experiencia que
nosotros somos capaces de imaginar.
Leer es, repito, integrar en nuestra
vida, es hacer vida nuestra, el contenido del texto que leemos, en
el momento de leerlo. Un buen lector es, a su nivel, un buen actor
que sabe meterse en el pellejo de los personajes que aparecen en un
texto, que sabe vivir como reales las situaciones que en él se
describen.
La capacidad de leer con placer, con
gusto, es el fruto de una adecuada educación de la fantasía, de la
imaginación, como instrumento de penetración en la realidad con el
objetivo de comprenderla y explicarla. Es una forma de adquirir
capacidad de inventiva.
La lectura es perfecta cuando
coincidimos con el autor en la valoración que le damos a la
experiencia real que él nos ha hecho compartir o a la fantasía que
nos ha hecho tener. Voy a poner un par de ejemplos:
Me gustan mucho las parábolas del
Evangelio de Lucas por lo hondamente humanas que son. Entiendo
perfectamente que la gente dijera de Jesús que sabía hablar con
autoridad. Fíjense en ésta:
“Si una mujer tiene diez monedas y pierde
una, ¿no enciende un candil, barre la casa y busca
diligentemente hasta encontrarla? Al encontrarla, llama a
las amigas y vecinas y les dice: —Alegraos conmigo, porque
encontré la moneda perdida. Os digo que lo mismo se
alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se
arrepienta.” Lucas, 15,8-10.
Jesús habla de una mujer que maneja un dinero muy
escaso y que tiene que poner especial cuidado en conservarlo. Los
que hemos vivido tiempos de pobreza sabemos mucho de los apuros para
lograr encontrar una moneda que, en determinado momento de
necesidad, constituía un auténtico tesoro.
Vistas las cosas así, se entiende muy bien lo que
Jesús dice más adelante:
“Alzando la vista observó a unos ricos que
echaban sus donativos en el arca del templo. Observó
también, a una viuda pobre que echaba dos monedillas; dijo:
—Os aseguro que esa pobre viuda ha puesto más que todos.
Porque todos ésos han echado donativos de lo que les
sobraba; ésta, aunque necesitada, ha echado cuanto tenía
para vivir.” Lucas, 21, 1-4.
Por esa hondura humana me gusta también mucho el
Quijote del que, aún crío, empecé a disfrutar en casa de mi abuelo
Mariano, que lo tenía en una edición escolar de Calleja.
Lean detenidamente este maravilloso retrato de Sancho
que, acumulando “jambres” (con “j” de “jamelgo” < “famelicum”),
hambrunas, digo, de generaciones y generaciones, se las ve ante los
para él inimaginables preparativos de las bodas de Camacho. Recuerdo
haberlo leído en mis años 60 del Seminario de Logroño, años de mucha
juventud y escasa alimentación, nada bien cocinada y menos aún
condimentada. ¡Cómo entendía y comprendía yo al bueno de Sancho,
puesto en tan “asombrosa” situación!
Hagamos un sosegado recorrido por las
partes esenciales de este genial texto.
1. Es
el aroma de un guiso lo que hace que empiece a apetecernos. El dicho
común, “huele que alimenta”, expresa bien como es el olfato el que
empieza a despertar la irrefrenable codicia de los jugos gástricos.
Por el olfato le llega la tentación a Sancho.
“[…]
Despertó <Sancho>, en fin, soñoliento y perezoso, y volviendo el
rostro a todas partes dijo:
—De la parte de esta
enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de
torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por
tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser
abundantes y generosas.
[…]Hizo Sancho lo que su
señor le mandaba, y poniendo la silla a Rocinante y la
albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se
fueron entrando por la enramada.”
2.-Después del olfato, es la
vista la que comienza a trabajar. La vista busca cantidad y calidad.
Sancho, acostumbrado a la escasez y a las estrecheces, acostumbrado
a recoger amorosamente las migas para comérselas también, observa
atónito que la cantidad allí no tiene límite. En todo reina el
exceso en estado puro. La calidad es la carne. La carne que nunca
estuvo al alcance de los pobres. La carne de toda clase y
procedencia se oreaba ante sus ojos. Pero la más exquisita, sabrosa
y alimenticia ya se asaba o cocía debidamente puesta en su jugo.
“Lo primero que se le ofreció
a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo
entero, un entero novillo, y en el fuego donde se había de
asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que
alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la
común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias
tinajas que cada una cabría un rastro de carne: así embebían
y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver,
como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las
gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para
sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y
caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los
árboles para que el aire los enfriase.”
3.-Sigue el celestial
espectáculo. Para la famélica Antigüedad, la Gloria Celestial era un
eterno e inagotable banquete de bodas. Y ahora, los complementos
que acompañan a la carne, el plato principal: el generoso vino
manchego suave y abundante, el pan blanquísimo, en nada parecido al
pan negro y duro de los pobres; los quesos, también manchegos, y las
golosinas en forma de frutas de sartén sazonadas con miel del país.
“Contó Sancho más de sesenta
zaques de más de dos arrobas cada uno, y todos llenos, según
después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de
pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo
en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejados,
formaban una muralla, y dos calderas de aceite mayores que
las de un tinte servían de freír cosas de masa que con dos
valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra
caldera de preparada miel que allí junto estaba.”
4.- Y sigue el espectáculo.
Sancho se fija en los cocineros y sus ayudantes, todos limpios,
diligentes y contentos. Después descubre los saborizantes: la docena
de rostrizos en el vientre del novillo y las especias, las carísimas
especias, compradas por arrobas…y la intendencia de la boda capaz de
servir a un ejército.
“Los cocineros y cocineras
pasaban de cincuenta, todos limpios, todos diligentes y
todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban
doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima,
servían de darle sabor y enternecerle. Las especias de
diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras,
sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una
grande arca. Finalmente el aparato de boda era rústico, pero
tan abundante que podía alimentar a un ejército.”
5.- Y la vista produce deseo
que se convierte en ansia irrefrenable. Y Sancho no puede menos de
suplicar que, al menos, le sea permitido mojar un poco de su mal
pan duro en una de aquellas ollas para acallar la grave sublevación
que ha surgido en sus eternamente hambrientas tripas. Y se encuentra
con la generosa respuesta de un aperitivo que para él, pobre de
siglos, es ya todo un banquete. Sancho no acierta a aterrizar en la
realidad y es el cocinero el que le tiene que disponer la mesa y
servirle la mayor comida que nadie de su secularmente hambrienta
parentela había visto ni vería nunca.
“Todo lo miraba Sancho Panza,
y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba. Primero le
cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él
tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le
aficionaron la voluntad los zaques, y últimamente, las
frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes las
tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su
mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos
cocineros y con corteses y hambrientas razones le rogó le
dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A
lo que el cocinero respondió:
—Hermano, este día no es de
aquellos sobre quien tiene jurisdicción el hambre, merced al
rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y
espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
—No veo ninguno —respondió
Sancho.
—Esperad —dijo el cocinero—
¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco debéis de ser!
Y diciendo esto asió de un
caldero y, encajándole en una de las medias tinajas, sacó en
él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
—Comed, amigo, y desayunaos
con esta espuma, en tanto que se llega la hora de yantar.
—No tengo con qué echarla
—respondió Sancho.
—Pues llevaos dijo el
cocinero la cuchara y todo, que la riqueza y el contento de
Camacho todo lo suple.” Quijote, II, XX.

Confieso que he tenido la suerte de
educarme en un medio rural donde la cultura oral era todavía muy
importante. También he tenido la suerte de que en mi niñez y primera
juventud la radio estuviera en su mejor época. Igualmente el cine,
pero no sustituyendo a la literatura, sino siendo su complemento,
cuando el guión era ya una obra literaria de éxito Y lo mismo digo
de las ilustraciones.
El aprendizaje como lectores de la
gente de mi edad—lo he comentado con varios buenos lectores amigos
de Nájera y alrededores— tuvo los siguientes pasos:
1.
En casa, nos contaron y
nos leyeron cuentos populares desde que supimos hablar. Así
aprendimos a escuchar con atención y a disfrutar haciéndolo.
2.
En nuestra vida entraron
para quedarse definitivamente: la Biblia—esos maravillosos relatos
bíblicos de ambos Testamentos—, Perrault (1628 – 1703), Jacob (1785
– 1863) y Wilhelm (1786 – 1859) Grimm, y Andersen (1805 – 1875), Las
muy divulgadas, corregidas y aumentadas, “Mil y una noches”. Eso,
sin hablar de los fabulistas de todas las épocas. También la
tradición popular riojana, la colección Calleja (recuérdese el
“tener más cuento que Calleja”) y los cuentecitos que aparecían
dentro de las tabletas de chocolate que nuestras madres compraban en
la “tienda de ultramarinos” para darnos de merendar.
3.
En casa los adultos
mimaban los pocos libros que había, el periódico provincial, las
pocas revistas que de vez en cuando se compraban o en invierno se
recibían por suscripción de varios vecinos a la misma revista que
leían por turno; y se cuidaba el oír los buenos o atractivos
programas de radio. “Matilde, Perico y Periquín” era una delicia. Se
le daba mucha importancia a hablar bien, a la cultura y a ser culto.
4.
Nunca nos faltaron los
tebeos como regalo. Por “tebeo” hay que entender cualquier
publicación humorística o seria donde las historias se cuentan en
viñetas sucesivas.
5.
En la escuela primaria nos
enseñaron a leer en alto, con entonación y sentido. Se distinguía
bien la lectura de la declamación y del teatro leído. Se enseñaba la
lectura natural, sin afectación ni tonillo, pero se cuidaban de que,
por su tono normal y por el ritmo apropiado, dejase muy claro el
lector que se estaba comprendiendo bien lo que estaba leyendo.
6.
Los textos que se leían
eran muy variados, muchos de ellos de autores clásicos, estaban bien
graduados en vocabulario y dificultad de comprensión y contenían
siempre información interesante o útil para el aprendizaje de la
vida. Se escogían sobre todo los textos narrativos con suspense.
Historias e historietas reales o inventadas, Ya he explicado que
“lee bien quien imagina mucho y bien”.
7.
Desde muy pronto se nos
inculcó el racional aprendizaje del vocabulario. Las famosas
libretas hechas a mano donde se anotaban las palabras no conocidas
que había que mirar en el diccionario de la escuela y memorizar.
8.
A partir de los 10 ó 11
años se nos aficionó en casa y en el colegio a la literatura juvenil
formada por obras de magistrales narradores como:
·
Daniel Defoe (1660
-1731), inglés, conocido por su novela Robinson Crusoe.
·
Jonathan
Swift (1667 –1745), irlandés. Su obra principal es
Los viajes de Gulliver.
·
Herman Melville (1819 - 1891),
estadounidense, que escribió
Moby-Dick
.
·
Julio Verne (1828
– 1905), francés, autor de relatos de viajes inolvidables y
uno de los creadores de “la ciencia ficción”.
·
Emilio Salgari
(1862 – 1911), italiano, creador de Sandokán y de novelas de
aventuras muy atrayentes.
De todos ellos guardo un magnífico
recuerdo, pero sobre todo mi preferido es:

R. L. Stevenson (1850-1894).
El mundo en el que Stevenson vivió es
del de la época victoriana. El reinado de la reina Victoria
de Inglaterra va de 1837 a 1901. Es el apogeo del Imperio Británico,
esa inmensa red industrial, comercial y civilizadora levantada sobre
las palabras de Nelson en Trafalgar: “Inglaterra espera que cada uno
cumpla con su deber”, y confirmada la madrugada del lunes 19 de
junio de 1815 por las del duque de Wellington con el lacónico
informe enviado a Londres, al ministro de la guerra, pocas horas
después de haber ganado la decisiva batalla de Waterloo, y de haber
perdido en ella 15.000 hombres. Se publicó en el The Times
el día 22. Decía así: “Me da la mayor satisfacción poder asegurar a
Su señoría que el Ejército nunca se ha comportado mejor.”
La cita del duque de Wellington no es
aquí un adorno. A la incertidumbre vivida durante la época de las
guerras napoleónicas le sigue, por un lado, el florecimiento de una
burguesía emprendedora que impulsa el desarrollo industrial y la
expansión comercial, buscando un aumento del confort, de la
seguridad en el propio equilibrio, poder y bienestar.
Por otro lado el crecimiento del
proletariado industrial que no busca una revolución, sino que se le
permita llegar a compartir con la burguesía el bienestar y el poder
en una sociedad sin supersticiones e hipocresías en la que la
justicia defienda no el privilegio sino el merito de todos sin
excepción.
Esa nueva sociedad tiene dos
eminentes portavoces: Charles Dickens (1812-1870) en Inglaterra y
Mark Twain (1835-1910) en Estados Unidos, donde se vivía una edad
dorada similar, posterior a la Guerra Civil. Los tiene porque ha
logrado que los ideales del Romanticismo: la preeminencia del propio
yo, el no sometimiento a límite alguno, la inquietud existencial y
social, se atemperen y se apliquen a fecundar un vigoroso Realismo.
Efectivamente, en el mundo de habla
inglesa, con la búsqueda de la estabilidad propia de la burguesía
van a convivir los descubrimientos científicos y la inventiva
tecnológica, el afán viajero y la búsqueda de la aventura, y el
impulso colonizador y civilizador al mismo tiempo. En la literatura,
sin abandonar la poesía, se va a pasar a la novela cuyo
desarrollo convive con la creciente influencia de la prensa.
La Isla del Tesoro
es hija de la propia vida de R. L. Stevenson y de su invencible
voluntad de escritor.
“El escritor, a quien su
lucha de dieciséis años con la enfermedad––dice en un
hermoso prólogo Fernández Santos––no le impidió llevar
acabo tan amplia y variada obra literaria, parece como si a
través de la aventura de Jim Hawkins quisiera resarcirse,
incluso físicamente, de su propia miseria física, que
acabará llevándole a su tumba de Samoa. Como para tantos
otros, escribir no fue para él un esfuerzo sino, vocación
aparte, el único modo de realizarse, de liberase de sí
mismo, en un cuerpo ágil y vigoroso que no tuvo, a través de
una serie de arriesgadas aventuras que quizás tampoco pudo
correr, pero que, a un lado sus ambiciones estéticas,
hubiera deseado.”
Los otros personajes, sigue diciendo
Fernández Santos,
“sólo tuvo que arrancarlos
de su realidad (en el caso de los presuntos “malos”, de la
sociedad que Stevenson había conocido bien en sus años
juveniles de vagabundeo; y en caso de los supuestamente
“buenos”, de la clase social a la que pertenecía por
nacimiento) y enfrentarlos embarcándolos a la búsqueda de un
tesoro y una isla que sólo en su imaginación (de escritor)
existían”.
Pero, además, La Isla del Tesoro
es considerada cada vez más como una obra maestra por la genial
creación de sus personajes y de sus situaciones, el mantenimiento
del ritmo vigoroso de su progresión temática y su muy cuidada lengua
inglesa.
La Isla del Tesoro
comenzó a escribirse en agosto de 1881, mientras Stevenson
descansaba en Braemar (Escocia), para atender las peticiones de
entretenimiento de LLoid Osbourne, un adolescente de 13 años, hijo
de Fanny, su mujer. Durante las tardes desapacibles, Lloid, bajo la
dirección de Stevenson se entretenía en dibujar o pintar los más
diversos paisajes o los más estrafalarios tipos.
Una tarde pintó Stevenson el esbozo
de una isla imaginaria donde unos piratas habían escondido un
tesoro. La llamó “La isla del tesoro”. En las tardes sucesivas, la
isla se fue llenando de paisajes, hombres y aventuras. A Stevenson,
animado por el éxito del entretenimiento, se le ocurrió que podría
escribir un cuento que la tuviera por escenario. Primero escribió
una lista con los títulos de los capítulos del futuro relato. Luego
pensó en el fascinante personaje de John Silver, y lo construyó a
imagen de W.E. Henley, un viejo y admirado escritor y amigo. Henley
era un hombre de gran fortaleza que había perdido un pie a causa de
una enfermedad. Stevenson lo despojó de todas sus buenas cualidades
menos su coraje, fortaleza, su maravillosa genialidad y su poder de
encantamiento. Le añadió la hipocresía, la crueldad, el espíritu
traicionero. Llamó al relato “El cocinero de a bordo”.
A Lloid le encantaron los tres
primeros capítulos y Stevenson decidió continuar. Ahora ya era toda
la familia la que oía con atención y colaboraba con sugerencias y
aportaciones. Lloid quiso que no hubiese mujeres en la aventura. Los
primeros quince capítulos fueron redactados en quince días. Pero la
preocupación de cómo acabar el relato, un agravamiento de su
enfermedad y la necesidad de abandonar Escocia y volver a Davos
(Suiza) para que su clima ayudase a la recuperación de Stevenson,
interrumpieron la redacción del relato.
Un amigo de la familia había enviado
lo escrito a la revista Young Folks y se empezaron a publicar
en forma de folletón bajo pseudónimo. Cuando Stevenson los leyó,
decidió acabar el relato escribiendo un capítulo diario. La serie
había empezado el 1 de octubre de 1881 y terminó el 28 de enero de
1882. Se publicó en forma de libro, incluyendo una imagen de la ya
celebérrima Isla del Tesoro.
Pero no nos engañemos. La Isla del
Tesoro no es sólo el relato de un azaroso viaje hacia el oro
del capitán Flink. Es también la crónica del aprendizaje del precio
de vivir de un niño asustadizo que, después de este viaje iniciático,
regresa a Bristol como un encallecido veterano que sabe que hay que
adaptarse a la azarosa vida con un código moral del que formen parte
la lealtad y el instinto de supervivencia, las fascinaciones y las
renuncias, y sobre todo el realismo de encarar las situaciones como
vengan y conviviéndolas con quien nos ayude a superarlas con bien
por muy opuesto a nosotros que sea. Stevenson le está diciendo al
adolescente Lloid que la vida es muy compleja y que el bien y el mal
rarísimamente se dan claros y distintos. Que el maniqueísmo y la
moral teórica no son precisamente la mejor manera de afrontar la
vida.
El maestro de Jim Hawkins es sin
duda John Silver “el Largo”, el fascinante amigo y compañero que
todos los lectores de este relato, con ciento veintitantos años de
éxito a sus espaldas, hemos deseado tener como maestro. No invento
nada. En el aviso inicial “Al comprador indeciso” Stevenson deja
claro que dirige su novela a los “jóvenes listos” que todavía
disfruten con relatos de aventuras. Listo aquí es sinónimo de
sabio: el que quiere saber cómo vivir y cómo morir.
Stevenson la organizó de la siguiente
manera:
A Samuel Lloid Osbourne que quiso que
éste fuera un relato clásico.
Al comprador indeciso, advirtiéndole
que tan bien le parece que a “los chicos listos de ahora” les gusten
los clásicos relatos de aventuras como que no. Eso sí, si es la
segunda opción la real y verdadera, deja muy claro que a él no le
importa ir a compartir la muerte del olvido con tantos buenos
escritores de relatos de aventuras.
Seis partes distribuidas con exacto
equilibrio entre el protagonista del relato, Jim Hawkins, y su
antagonista, John Silver, de la siguiente manera:
1ª parte: El viejo bucanero. 6 capít.
( Introducción)
2ª parte: El cocinero del barco. 6
capít. (Silver)
3ª parte: Mi aventura en tierra. 3
capít. ( Jim)
4ª parte: La empalizada. 3 capít.
relato del doctor.
+ 3 capít., todos los personajes. (Jim,
en estos 3 capítulos).
5ª parte: Mi aventura en el mar. 6
capít. ( Jim)
6ª parte: El capitán Silver, 7 capít.
(Silver)
Menos los tres primeros capítulos de
la parte cuarta, que lo son por el doctor, todos los demás están
redactados por Jim en forma autobiográfica. Jim, como Lázaro de
Tormes, nos cuenta su vida, pero a diferencia de la de él, su vida,
gracias a la suerte, y también a la intuición y a la inteligencia y
al esfuerzo, ha ido creciendo en sabiduría y gracia delante de sus
conciudadanos. El papel de Jim, un muchacho de un ambiente rural,
huérfano además, y sin amigos de su edad, es ir adelantándose a las
maniobras del inteligente y experimentado lobo de mar John Silver,
sin que el pirata lo sepa. Por John siente Jim igual atracción que
repugnancia, con él que finalmente tiene que asociarse para lograr
la común supervivencia y con él finalmente tiene que compartir la
victoria. Veamos el desarrollo de este antagonismo tal como nos lo
cuenta Jim:
Jim y sus amigos y protectores
rivalizan con John el Largo y sus antiguos compañeros de
tripulación en el deseo de hacerse con el tesoro del capitán Flint
(c. VI). Tesoro depositado en una isla desierta cuyo mapa–– el mapa
es un elemento clave en la creación y desarrollo de la obra–– estaba
en el baúl que a Jim le ha confiado Billy Bones, el segundo de a
bordo y sucesor de Flint, poco antes de que cayera en manos de
Silver (el Johnny del capítulo V) y los suyos. (cs. III y IV).
La primera iniciativa de Jim es la de hacerse con los papeles de
Bones y de Flint. Esa iniciativa es la que va a poner en marcha la
búsqueda del tesoro.
Jim va cayendo en la cuenta de que
John Silver ha reclutado a sus compañeros, la antigua tripulación
del Walrus, el barco de Flint y de Bones, y liderándolos, se ha
embarcado con ella en la Hispaniola, la goleta que el squire
(el hidalgo) Trelawney ha fletado para llevar a Jim a buscar ese
tesoro (La canción––otro elemento constante en la obra–– de John en
el inicio del c. X). Jim, oculto en un tonel de manzanas, descubre
los planes de John Silver y de la tripulación de Flint, cuando
Silver intenta atraer a otros marineros a su bando (c. XI).
Jim, una vez llegados a la isla del
tesoro y después de avisar a los suyos de lo que la antigua
tripulación de Flint prepara, decide embarcarse con la mayor parte
de esa tripulación que va a ir a tierra. Se libra del control de
John Silver y se encuentra con Ben(jamín) Gunn, a quien Silver y sus
compañeros dejaron allí abandonado, que, a cambio de protección, le
ofrece su ayuda (c. XV). La ayuda, como luego se verá, es la de
haber permanecido 3 años en la isla del tesoro y de haberlo
encontrado y puesto a buen recaudo.
Es la segunda iniciativa de Jim la que va a dejar resuelto lo
referente a conseguir el tesoro en la isla.
Jim entra en el fortín, refugio de
los suyos, les da cuenta de su encuentro con Ben Gunn, de lo que el
doctor toma buena cuenta (cs. XIX y XXII). Asiste a las fracasadas
negociaciones propuestas por el que se dice nombrado capitán Silver
y al ataque de la antigua tripulación de Flint al fortín. Ataque en
el que Silver no participa y que fracasa, pero que deja al capitán
Smollet fuera de combate. A partir de aquí es el doctor Livesey el
que toma las iniciativas.
A
Jim le da envidia que el doctor vaya tomando iniciativas muy
importantes para el futuro de todos fuera del fortín, mientras él
tiene que contentarse con lavar los platos dentro de él (c. XXII).
Le va tomando gusto a ser adulto, a protagonizar la resolución de
importantes problemas colectivos (obsérvese la idea que Stevenson
tiene de la educación de los adolescentes). Si el doctor va a
hablar con Ben Gunn, él decide comprobar que se puede contar con el
bote de Ben. Pero a la vista del bote, pensando como un adulto,
piensa que debe hacerse con el barco antes de que los derrotados
piratas decidan huir con él, y dejarlos a ellos tirados en la isla
(c. XXII).El resto de la quinta parte de Stevenson es la narración
de esta ventura que Jim culmina con éxito, compitiendo con un tipo
de la talla de Israel Hands al que logra dominar intelectual y
físicamente (c.XXVI). La colaboración de conveniencia termina en una
lucha a muerte (siga observándose, en estos tiempos del
pensamiento único, débil y políticamente correcto,
la idea que Stevenson tiene de la educación de los adolescentes,
Stevenson sabe bien lo durísima que es la vida para la que hay que
prepararlos sin engañarse ni engañarlos).
Es la tercera decisiva iniciativa de
Jim. La que resuelve el dominio definitivo del barco y por lo tanto
de la vuelta a casa con el tesoro.
Jim, ante una muerte que ve
inminente, se enfrenta de hombre a hombre a los piratas y descubre
su juego, el que ha hecho y el que piensa hacer. Sus enemigos, en
una rápida vista hacia atrás, reconocen que él, Jim, ha sido su
verdadero rival, el causante de todos sus males. Silver, que ya
sabe que con sus antiguos compañeros no puede ir a ninguna parte, se
da cuenta de que ha llegado la hora de pactar con Jim por el bien de
los dos (c. XXVIII). Jim, se admira de que, por primera vez, un
adulto de la categoría de Silver lo trate de igual a igual, pero ya
está preparado para el pacto de supervivencia mutua gracias a su
aventura compartida con Israel Hands. Aquí, y ésta es la
diferencia, se lucha por la vida de los dos y no por quién va a
matar a quién.
En el c. XXIX, Stevenson, en una
jugada magistral, pone el verdadero mapa de la isla del tesoro, el
rubricado por el mismísimo J. Flint, en manos de Jim y de sus
rivales. Aparentemente estamos como al comienzo, sólo que ahora se
ha llegado a un acuerdo y están todos sobre la isla del tesoro.
En el c. XXX es el doctor el que reconoce el absoluto protagonismo
de Jim,
que, inteligentísimamente, es capaz, a la vez, de serle fiel a él y
a los suyos y a Silver; y por Jim decide pactar con Silver. Jim y
Silver saben que se salvarán o se condenarán juntos dependiendo de
si encuentran o no el tesoro, tesoro que todos sospechamos que ya ha
sido encontrado ( el “soy rico” de Ben, el contacto del doctor con
Ben, la entrega del mapa autentico a Silver por el doctor).
Stevenson es un genial narrador y gracias a Ben Gunn, el doctor
logra salvar in extremis a Jim y a Silver. Y finalmente
Silver logra su libertad y parte del botín también gracias a ese
servicial y apañado portero que siempre fue el buenazo de Ben Gunn.
Obsérvese que Stevenson es muy
consciente de que no hay buenos ni malos puros en la realidad. En la
vida todas las personas son a la vez buenas y malas.
W. Bones había
sido un buen y celoso administrador de sus bienes y fue generoso con
Jim.
Ben tenía alma
de meapilas.
Silver era un
contramaestre con talento de capitán y mucha vida pensada y
repensada a las espaldas.
Israel Hands
era un experto en sobrevivir y por experiencia propia había
aprendido––tapénse los oídos los postmodernos, hijos amantes y
obedientes del hipócrita
Rousseau–– que
de la bondad no puede salir nada bueno…
Y, en definitiva, a los buenos y a
los malos, lo que les mueve en este relato, por encima de todo es la
más pura avaricia.
La cuarta iniciativa de Jim es la decisión inquebrantable de
permanecer fiel al pacto con Silver por la supervivencia mutua. Así
asegura su vuelta a casa con el tesoro.
Es perfectamente aplicable:
Final del c. III, llegada del
ciego con la marca negra y muerte de Billy Bones.
En el c. IV Jim se hace con el
mapa de Flint y lo pone a buen recaudo en manos del doctor
Livesey (c. VI).
Las aventuras de Jim en el barco
y en la isla ya descritas en el esquema biográfico.
Tres párrafos finales del
último capítulo.
Es también perfectamente aplicable.
I-X.
XI-XXXIII.
XXXIV.
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