El charivari según dibujo de Julio Caro Baroja realizado especialmente para la edición de este artículo en la revista HISTORIA16, nro. 47 (Diciembre de 1979)

 

   

   La palabra charivari se ha incorporado a la lengua española en época bastante moderna y en el dominio de la crítica y de la literatura satirica. A fines del XIX, un escritor joven y revolucionario que con el tiempo sería maestro de la prosa castellana y nada revolucionario, don José Martínez Ruiz,Azorín,publicó un librito que se llama Charivari y lleva entre paréntesis el subtitulo deCrítica Discordante (1). En este caso y en el de otros empleos en el mundo literario y artístico de fines del siglo XIX o comienzos del XX, parece claro que los escritores españoles tenían en la mente el recuerdo del famoso periódico francés Le Charivari, fundado en 1832 por Charles Philipon, periódico que, como es sabido, pasó por varias etapas y sucesivos altibajosy donde colaboraron dibujantes y caricaturistas, acaso más destacados que los mismos hombres de pluma.
     Los diccionarios de la lengua española y las enciclopedias, cuando registran la palabra, la dan como de origen francés y alguna enciclopedia (2) indica, de modo categórico, que es equivalente a la castellana
cencerrada. Es decir, la definición del charivari que se lee en los viejos léxicos galos y bajo latinos, se puede aplicar a la indicada voz hispana en tanto en cuanto alude, sobre todo a un ludus tinnitibus et clamoribus varíis, quibus illudunt iis. aui ad secundas convolant nuptias (3). Dejando a un lado la cuestión de cuál sea la etimología de charivari, de charivarium y de las formas chalvaricum, chalvaritum o charavallium que recoge Du Cange (4). o las otras de las hablas de Francia, como chalivali, hay que aceptar que en tierras de habla castellana existe la costumbre expresada por ellas y que, por el nombre, se le da un particular sentido auditivo en relación con determinado instrumento que es el cencerro y con el ruido, nada armonioso, que este produce. 
      En un sondeo histórico y lingüística preliminar, convendrá que recordemos ahora la caracterización que se hace de la
cencerrada en el Diccionario de Autoridades de 1729:el son y ruido desapacible que hacen los cencerros quando andan las caballerías que los llevan. En lugares cortos, suelen los mozos las noches de dias festivos andar haciendo este ruido por las calles y también quando hai bodas de viejos o viudos, lo que llaman Noche de Cencerrada, Dar Cencerrada, Ir a la Cencerrada (5). Cosa rústica, en suma, de lugares cortos, sobre todo y en que son los hombres solteros los que participan de modo primordial.
     Podemos recoger otro testimonio lexicográfico algo más antiguo, de fines del XVII, en el Diccionario de Ayala (1693):
Aunque este vocablo en su sentido es castellano -dice de modo equívoco al artículo cencerrada- no lo es porque nació en otra parte. En el reyno de Valencia, quando un viejo se casa con una niña o un moço con una vieja, o dos sumamente viejos, o alguna, aunque no sea muy anciana, ha tenido muchos maridos y se casa tercera o quarta vez, la gente popular acostumbra darles chasco la noche de boda haziendo ruido con sartenes y hierro viejo o cencerros, de donde tomó el nombre y a esto llaman cencerrada. También se usa en Francia y lo llaman charivari, como dice el Tesoro de las Tres Lenguas en esta palabra (6). Subrayemos la relación de la cencerrada no sólo con la celebración de matrimonios de viudos, sino con los de personas de edades desiguales o en edades impropias para el matrimonio (lo cual se encuentra en tierra valenciana y en otras muchas) y volvamos al nombre y a su significado auditivo. 
     La palabra
cencerro se considera onomatopéyica (7): al parecer, forma voces en castellano y vasco un elemento zinc o zinz. Mas dejando la etimología problemática a un lado (8), los derivados claros de cencerro, como cencerrear, cencerreo, cencerrería, cencerril y cencerruno, parecen referirse siempre a sonidos rústicos, desapacibles y de efecto grotesco (9). Cervantes, por dos veces en el Quijote, asocia el ruido cencerril o cencerruno a otros ruidos alborotados, como los que hacen los gatos en sus peleas: espanto cencerril y gatuno (10). en un caso; canalla gatesca, encantadora y cencerruna (11), en otro. Asociación del cencerro con el maullido irritado de los gatos que me hace recordar que el mismo carácter, en esencia auditivo, lo contiene también de una forma especialmente marcada la palabra alemana para designar al charivari, es decir, Katzenmusik, música de gatos (12). La asociación del texto de Cervantes no parece fortuita si se piensa en algunas prácticas brutales de Carnaval consistentes en atar cencerros a las colas de gatos y perros. Que de cencerros nunca se concertó música suave, dice Antonio Pérez en la carta LXXXVI de su Epistolario (13) y Covarrubias que quando alguno tañe alguna guitarra mal templada y tañe mal y rasgado dezimos que cencerrea (14). Cencerrear será para el Diccionario de Autoridades, tocar sin orden de tañido o música algún instrumento o estando destemplado (15). Habrá que advertir, por último, que dentro de las diferentes clases de instrumentos parecidos, el cencerro tiene una forma cilíndrica, más tosca y elemental que las campanas y esquilas (16).
     Consideremos ahora que el nombre más común, castellano o español, se da también
en vasco, que sobre la misma base auditiva se forma otro nombre en catalán, y que aun en el ámbito castellano hay zonas donde la idea del ruido producido por otro instrumento menos conocido ha dado lugar a palabras referentes al mismo uso.

 

 

Otros nombres de otras lenguas peninsulares

    A.-Digamos primero algo sobre el vasco. El Padre Larramendi, en su Diccionario, ya emitió la opinión de que la palabra cencerro se tomó del vasco cincerria y da los derivados de cincerraldia o cencerrada y cincerriduna (17) como relativos a costumbres de su tierra y de una época coincidente con la del Diccionario de Autoridades ya utilizado, la de Felipe V. A comienzos de este siglo, un lexicógrafo vasco poco larramendiano, Azkue, consideraba que es voz común a los dialectos orientales del vasco (alto navarro y guipuzcoano, suletino y roncalés) la de zintzarri, y que la cencerrada o charivari se llama zintzarrots en Soule (18), es decir, en la parte más oriental del país vasco-francés. Ots significa sonido fuerte y es voz que se encuentra en palabras que designan al trueno (19).

Pero hay otra palabra en el ámbito vasco que expresa sensaciones auditivas: tobera es la tolva, en Vizcaya, y el barquín o fuelle de fragua en el Roncal y por toberak se entienden las serenatas que a modo de epitalamios se daban a los recién casados -tobera jo- en muchos pueblos de la Navarra septentrional y Guipúzcoa ... y las cencerradas destinadas a los que contraen segundas nupcias y a casados mal avenidos (20).

La voz compuesta tobera-mustra que en Baja Navarra y Labourd sirve para designar ciertas representaciones teatrales (que también recoge Azkue) merece especial examen; mas de ella trataremos luego. Tolva parece provenir de tubula, femenino de tubulus, tubo. Toba y tolva se dan en dominio vasco. Tobera puede derivar, en hipótesis, de tubularia o tubaria (21). En las toberak normales, sin embargo, el instrumento sobre el que se golpeaba para obtener particular sonido, combinado con el del txistu, era una palanca (22). Mas el sonido armonioso producido al golpear la palanca, de suerte que acompañe al canto nupcial o epitalámico, se convierte en ruido estrepitoso y cencerruno cuando se trata de la tobera-mustra, denominación en la que hay referencia, por otra parte, a acciones distintas. Mustra parece que ha de relacionarse con el neutro plural latino monstra (de monstrum), alusivo a cosas no naturales, extrañas o, por lo menos, singulares: monstra et portenta. Esta voz, en todo caso, indica acciones que rebasan lo puramente auditivo, acciones que encontraremos en cencerradas dadas, tanto o más que a viudos, a gentes que han provocado escándalos en la comunidad por irregularidades en su vida matrimonial o por actos que se estiman contrarios al orden establecido.

B.-la palabra cencerrallada ha sido usual en Galicia, así como los verbos cencerrallar y cencerrar y los nombres de cencerralleiro y cencerreiro para designar a los que participan en el acto (23). Pero en gallego existe también la voz choca para denominar el cencerro grande del ganado vacuno y su diminutivo chocallo, del que derivan chocallada, como cencerrada, chocallar, chocalleiro y chaqueiro: este es personaje carnavalesco, sobre todo (24), y habrá que advertir que muchas máscaras que salen de Reyes a Cuaresma en las aldeas del Norte, se distinguen por llevar cencerros. Choca y chocallo, que parecen derivar de la palabra latina tardía clocca, se hallan en ámbito leonés y portugués, y chocallada por cencerrada se registra en pueblos con evolución fonética hacia Ilueca, en Asturias oriental, choca y chueca en la occidental y sus derivados correspondientes (25).

C.-En el dominio catalán, las palabras más usuales para designar el uso que nos ocupan se forman sobre esquella, esquila, que se distingue a veces del cencerro por su forma más parecida a la campana propiamente dicha. El viejo diccionario catalán de Labernia dice que esquellot en plural significa el ruido desapacible que's fá ab esquellas, corns i altras cosas pera burlarse deIs viudos la nit que's casan (26). léxicos más modernos dan esquellatada y esquellotada (27). Griera (28) vuelve sobre esqueIlots refiriéndose a costumbres de Igualada, Viladrau y Falset (fer esquellots). Otros lexicógrafos confirman lo indicado y aun amplían el área de nombres formados sobre esquila (29). En mallorquín también se registra esquella, esquellejar (cencerrear) y esquelleig y esquellería (cencerreo) (30). Esquellada por cencerrada se da en valenciano (31) y los diccionarios aragoneses dan esquilada (32). Así, provisionalmente al menos, podemos señalar dos grandes dominios, el occidental en el que la palabra cencerro y otras similares sirven de base, y el oriental en que la base son esquella y esquila, dejando aparte nombres particulares o menos generalizados que se han solido formar teniendo en cuenta otros instrumentos menos comunes.

D.-Ayala, en su ya citado Tesoro de la Lengua Castellana de 1693, dice además en el artículo cencerrada: usase también con el nombre de matraca en algunas partes de Castilla la Vieja (33). la expresión dar matraca, es común todavía en castellano. Correas indicaba que era lo mismo que dar vaya (34). Pero la palabra matraca tiene un significado que hay que aclarar: para el Diccionario de Autoridades se llama así cierto instrumento de madera con unas aldabas o mazas con que se forma un ruido grande y desapacible. Usan de ella los religiosos para hacer señal a los maitines y assimismo sirve en lugar de campana en los tres días de Semana Santa. Y añade: Covarrubias dice se llamó matraca por la figura onomatopeya del sonido que forma (35).

También indica Covarrubias que un conocedor práctico del árabe, Tamarid, decía ser voz arábiga (36), lo cual aceptan los etimologistas modernos (37). Para Eguilaz, sería martillo (38). La matraca, en suma, parece haber sido un instrumento usado, en ocasiones, por la Iglesia en vez de campanas o campanillas, como también por Semana Santa se usa la carraca, juguete infantil que adoptaba diversas figuras y cuyo ingrato sonido parece significar el terremoto de final de las Tinieblas (39). La conexión de matraca y carraca nace de su forma y porque también se empleaba aquella, en vez de campanas, durante Semana Santa y hasta el Sábado de Gloria. El Diccionario de Autoridades ilustra las expresiones dar matraca, matraquear y la palabra matraquista con textos de autores del Siglo de Oro, pero no en relación con cencerradas propiamente dichas (40).

 

 

Legislación

A comienzos de este siglo eran mucho más frecuentes las cencerradas que hoy y el que vayan desapareciendo no se debe, tanto a la legislación como a un profundo cambio en las ideas y costumbres, ya que hace más de dos siglos que se dieron leyes generales contra ellas, repetidas y modificadas después, que no tuvieron efectos absolutos y que son posteriores a algunas particulares de determinados reinos.

En efecto, las cencerradas a gentes que contraen segundas nupcias fueron prohibidas en tiempo de Carlos II bajo pena de cuatro años de presidio y multa de cien ducados, como especifica la Ley VII del Título XXV del Libro XII de la Novísima Recopilación, constituida por un bando publicado en Madrid el 27 de septiembre de 1765 (41). Ley recogida, con nueve más, en el título cuyo epígrafe general reza: De las injurias, denuestos y palabras obscenas y que abarca asuntos ya legislados en el Fuero Juzgo y Fuero Real, pero no precisamente los de este tipo (42), sino otros de carácter individual, como los de lIamarle a uno corcovado, bizco, tiñoso, leproso, cornudo o sodomita.

El tema de las injurias constituye capítulo considerable de la legislación foral de reinos, villas y ciudades (43). No es posible dar ahora idea, siquiera parcial, de lo legislado sobre el tema, pero si decir que la injuria con escándalo público ha producido muchos maleficios -muertes, asesinatos, enemistades de familia- y que, en casos, se relaciona con la cencerrada. Parece precisamente que el bando cortesano de 1765 tuvo justificación en la muerte de una persona en la Corte a causa de una cencerrada (44), lo que no quitó para que se siguieran dando y que en 1815, la Sala de Alcaldes de Casa y Corte de Madrid ordenase impedirlas a la Justicia del cercano pueblo de Parla (45).

El espíritu ordenancista de los golillas de la Ilustración -de lo que de modo gráfico se llama Despotismo Ilustrado-- conecta con el que, medio siglo después, se denominó Despotismo a secas o Absolutismo y al que también podríamos definir de Despotismo sin Ilustrar. Ya en el XVIII, una nube de autoridades civiles -corregidores, alcaldes de villas y aun de aldeas- abusaron de lo legislado por los políticos de la Ilustración dando una tónica sombría y ordenancista a la vida de las comunidades. Jovellanos, al final de su Informe sobre la Ley Agraria, impreso en 1795, considera como gran abuso propio de las autoridades de los pueblos, el de cargar sobre ellos, de modo inexorable, las reglamentaciones policíacas: no hay alcaIde que no establezca su queda, que no vede las músicas y cencerradas, que no ronde y pesquise y que no persiga continuamente no ya a los que hurtan y blasfeman, sino también a los que tocan y cantan (46).

El punto de vista liberal de Jovellanos, dirigido siempre a hacer la vida de los núcleos urbanos pequeños más grata o tolerable, no parece haber tenido, en lo que se refiere a este punto, mucho éxito. Las cencerradas se siguen prohibiendo en el siglo XIX aunque no del modo violento de la Ley de 1765, y el Código Penal de 1870 -artículo 589, núm. 1- (47) considera la cencerrada falta contra el orden público objeto de multa de cinco a veinticinco pesetas y represión, tanto a los que toman parte activa como a los que la promueven con ofensa de alguna persona o con perjuicio y menoscabo del sosiego público. La sanción no sólo se refiere a cencerradas a viudos y viudas.

 

 

Cuando se dieron los sistemas políticos del XIX, la cencerrada podía aplicarse a la vida pública: si los adeptos o correligionarios, para expresar su afecto a un jefe, le daban una serenata nocturna -como si se tratara de la joven amada por algún mozo-, los enemigos del mismo jefe también podían organizarle una cencerrada o pita, según acreditan testimonios literarios (48). No estará tampoco de más recordar que uno de los periódicos satíricos y anticlericales del Madrid de principios de este siglo se llamaba El Cencerro y que se anunciaba por las calles con este instrumento.

Las leyes generales contra las cencerradas fueron precedidas en algunos reinos y provincias por otras de alcance más limitado en apariencia. En los Cuadernos de Leyes de las Cortes de Navarra de los años 1724 a 1726, hay una, la LlX, contra los que hacen matracas, cencerradas y dicen pullas y cantares desonestos (49). Lo más grave y en ofensa de Dios dice la Ley que eran las pullas que iban contra la honestidad pública y buen crédito de muchas personas a las quales o se manifiestan defectos secretos o por lo regular, se les atribuyen muchos que no tienen. Antes ya se habían tomado medidas para atajar el mal (50), pero sin efecto. Ahora se prohibía decir o cantar, de día o de noche, palabras sucias y lascivas o cantares sucios y deshonestos bajo pena -a los plebeyos- de cien azotes y dos años de destierro y de dos años de presidio a los hidalgos.

Respecto a las cencerradas propiamente dichas -aunque sean con color o motivo de casamiento de viudos o viudas- se condenaba a los participantes con un mes de cárcel y cincuenta ducados de multa o dos años de destierro la primera vez si eran pobres, y la segunda con cien azotes y cuatro años de destierro siendo plebeyo y lo correspondiente siendo hidalgo. La Ley fija las mismas penas e incluye en el delito a los que de día o de noche enraman algunas puertas con cosas o yervas ofensivas, estiércol u otras inmundicias. Se tocan, pues, tres puntos: el del bullicio y ruido, el de la sátira personal y el de los olores repelentes. Los tres, como se verá, se asocian constantemente.

Tan severísima ley no debió tener mucha aplicación y en las Cortes de 1743, 1744, 1780 y 1781 se volverá sobre el tema. Las pullas (51) debían desencadenar muertes, robos, riñas, insultos y hasta atropellos de la Justicia y las leyes navarras de 1780-1781 coinciden con otras muchas de entonces en el deseo de reprimir los excesos' populares en una época en que abundaban los guapos, majos, chulos y matones en general y en la que el uso de armas blancas diversas y de arcabuces, trabucos, palos, porras y hondas se había generalizado. En cualquier caso, con legislación draconiana o más moderada, siguió habiendo cencerradas por los motivos más comunes o por otros varios, ajustadas, según regiones y casos, a arquetipos o modelos bastante antiguos conectados, al parecer, con ideas morales también muy viejas, de la historia del Cristianismo por lo menos.

 

 

Datos de 1901 en toda España

En 1901, la Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid promovió una información en el campo de las costumbres populares sobre los tres hechos más característicos de la vida, nacimiento, matrimonio y muerte. Un grupo de sociólogos jóvenes elaboró un cuestionario del que se imprimieron dos ediciones (52) y en su sección II, parágrafo D(boda), el artículo último (u) se refería a las bodas de viejos y viudos y se pedía información acerca de cencerradas y otras burlas. La encuesta desapareció del Ateneo con la guerra civil, si bien pude consultarla antes de 1936. En el antiguo Museo Antropológico quedó un fichero con sus resultados desmenuzados, que todavía se conserva y sobre el que trabaja intensamente Don A. Limón Delgado. En la primavera de 1950 y a indicación mía, lo examinó George M. Foster, que mandó hacer un extracto que aprovecho ahora, añadiendo algunas referencias de mi propia cosecha, tomadas de varias obras. Indicaré, también, que Don Enrique Casas Gaspar dedicó un capítulo al tema en su libro Costumbres españolas de nacimiento, noviazgo, casamiento y muerte (53), cuya información depende, en parte, de la encuesta del Ateneo, y en el que se recogen hasta tres fotograbados relativos a cencerradas: una foto de la revista Estampa, de 10 de diciembre de 1929, de un pueblo de Castilla; otra, más antigua y un dibujo de García Ramos de la Ilustración Artística de 1893 (54).

A.-EI recuento de las fichas da como común en Galicia la cencerrada a viudos, viejas y novios de edades desproporcionadas, usándose cuernos y latas de petróleo además de cencerros. En las inmediaciones de la casa de los cónyuges se colgaban de

los árboles los aperos de labranza y se apoyaba la lanza del carro sobre la puerta para que se produjera un fuerte golpe al abrirla. Esto, la noche de la boda; cencerradas, las 9 noches anteriores, como norma general. A veces, se construían unos muñecos de paja para hacer el simulacro de la boda. Se dice en el Diccionario de Don Eladio Rodríguez (55) que la cencerralada o chocallada se aplicaba asimismo en el Ribeiro de Avia y otras comarcas de Orense a los mozos que iban a casarse a otras parroquias o a los que no respetaban costumbres establecidas como la de pagar piso, costear los domingos músicos para el baile o convidar a vino.
   B.-Con respecto a
Asturias, en un informe general se da como extendida la costumbre, pero no hay mayores noticias de detalle aunque se sabe adoptaba varias modalidades y nombres especiales. Según Cabal (56), la palabra cencerrada se utilizaba en Oviedo capital, pero en Arriondas se hablaba de lloquerada, de turga en Ribadesella y de pandorga en otras partes. Lloquerada está en relación con Iloca, palabra de la que ya se ha tratado.
   
Turga es voz enigmática que acaso haya que relacionar con turba y otras afines, que expresan tumulto y confusión de gentes. Parece que la turga se desenvolvía con arreglo a una acción fija, dramática, repetida en otras partes con otros nombres. Se la llamaba entierro hacia Pola de Siero y los que se dedicaban a enterrar hacían, cuando les llegaba la ocasión, dos monigotes de paja; sacaban uno de donde vivía el galán y otro de donde la mujer y los juntaban en un prado. Allí levantaban un púlpito, un hombre ingenioso predicaba y terminado el sermón, quemaban los muñecos (57). Es decir, parece que el matrimonio se consideraba una muerte. Similar parodia de extremaunción se celebraba en Avilés, según informa Don Celestino Graiño: un individuo, vestido de blanco, va a caballo con acompañamiento de gran número de personas con velas de paja en la mano y en un sitio cercano a la casa nupcial dos individuos representando a los novios fingen estar moribundos y reciben la extremaunción en medio de un griterio espantoso. Al día siguiente es el entierro. Diez o doce mozos vestidos de blanco con camisa y saya representaban los curas y dos muñecos de paja los novios e imitan  su entierro lIevándoles en andas. Les rezan responsos y en un prado espacioso hacen alto, leen el testamento (escrito jocoso) y por último queman los dos muñecos entre voces, ruido y algazara (58).
      No suministra tantos detalles respecto a la
pandorga (59), palabra no exclusiva de Asturias y con varias acepciones. El Diccionario de Autoridades de 1737 daba, en primer lugar, la de junta de variedad de instrumentos de que resulta consonancia de mucho ruido, y en segundo, en estilo festivo y familiar se llama la mujer mui gorda, pesada, dexada y floxa en sus acciones (60). Góngora usa panduerga como jaleo, en oposición a penitencia: disciplinas anoche i oi panduerga (61) Y sabemos que al nacer Felipe IV en Valladolid, se organizó una comparsa burlesca o pandorga, acepción ésta que llega hasta Andalucía. En castellano común y relacionada con alboroto ridiculo, se usa pandorgada.
     
C.-De León hay varios informes detallados: en las bodas de viudos de Sahagún (también en relación con Mansilla de las Mulas), las cencerradas fenomenales tenian parte de acción dramática; los que intervenían en ellas se disfrazaban como en Carnaval y llevaban bajo palio unas figuras grotescas ante las que agitaban incensarios ridículos compuestos por pucheros en los que quemaban pimienta picante y sustancias malolientes. Esto del palio, el incensario y los sahumerios parece repetirse en Valderas, la Bañeza, Grajal y también -como se verá- fuera de la provincia. El informe de Sayago, en Zamora, contiene referencia a una variedad de cencerrada: durante las vísperas de las amonestaciones de viudos, los mozos recorrían el pueblo tocando cencerros y cuernos y a la salida de la misa de boda, esperaban a los cónyuges vestidos de modo grotesco, les montaban en un carro tirado por asnos cubiertos de andrajos y llenos de esquilas y les llevaban a su casa, si bien no les dejaban en paz hasta que no soltaban dos o tres pesetas para vino. A fin de evitar estos trastornos, se dice con relación a Villarmayor de Salamanca y otros pueblos de la zona que los novios procuraban casarse muy de mañana.
      D.-Respecto a
Castilla la Vieja, suplimos la falta de datos sobre la Montaña o Santander con los aportados por folkloristas (62). La información sobre cencerradas es, sin embargo, insuficiente, tanto desde el punto de vista etnográfico como del lingüístico. Con tobera se designa en los léxicos montañeses una grotesca máscara de Carnaval (63) y en muchas partes se forman voces sobre la palabra campana y no cencerro. El campano es un cencerro grande con badajo de cuerno y campaneros son en Iguña y Toranzo los que aparecen en la vejenera con cencerros, como los zarramacos o zorromacos de otras partes (64). Habrá que seguir la pista igualmente a la voz zumba: cencerro alargado y de gran tamaño (65), en relación evidente con zumbar, chanza o burla, voz castellana conocida.
      En Gumiel dél Mercado (Burgos), se paeaba a dos monigotes que representan a los novios bajo un palio constituido por una manta vieja. Se usaba entonces de sahumerios malolientes y a veces se obligaba a los novios a subir a un carro para pasearlos. En Villarramiel (Palencia) se les instaba a caminar bajo un palio sucio y viejo quemándose ante ellos sustancias pestilentes. Algo parecido ocurría en Valdespina, dentro de la misma provincia. En el informe de Frechilla se indica: que se hacían peleles de lienzo, rellenos de paja, a los que denominaban
bichos; que representaban con ellos a los viudos o viejos, haciéndose con los monigotes todo lo posible para excitar la risa de los espectadores; que en Boadilla de Rioseco y Fuentes de Nava obligaban a los contrayentes a subir a un carro y dar una vuelta al pueblo y que en Frechilla, Mazuecos y otros pueblos, la cencerrada se hacía extensiva a cualquier boda celebrada de San Antonio a Carnaval (66), costumbre igualmente seguida en Rioseco (Valladolid). Pero para viudos, etc., se aplicaba lo del palio y los sahumerios, lo mismo que en Medina del Campo y en tierra de Segovia donde los informes de Fuentepelayo y Cabañas y Castroserna lo indican.
      Don Gabriel María Vergara, en una memoria escrita antes de
1907, decía que en pueblos de la provincia de Segovia la cencerrada a viudos y viejos se celebraba la misma noche del ajuste de la boda, participando los vecinos con esquilas, cencerros, latas, calderos, etc. Una primera cencerrada nadie la podía evitar; si acaso, interrumpirla y que no se repitiera en noches sucesivas obsequiando con vino a la gente (67).
      E.-Ya en
Castilla la Nueva, vemos que en Huete (Cuenca) también se acostumbraba a pasear en carro a los novios o a ir bajo el palio grotesco y que en Almorox (Toledo) existía la misma práctica lIevándolos en carro hasta la puerta de la iglesia desde su casa. En cambio, en Cabañas de Yepes, se representaba a los novios por muñecos. Lo del paseo en carro se repite en Miedes de Atienza (Guadalajara).
      F.-En
Extremadura parece haber continuidad con respecto a Salamanca y Castilla, en general. En Guijo de Caria se daba el recorrido en carro y en Las Hurdes lo de incensar con sustancias malolientes o picantes. Más significativo es un informe de Llerena (Badajoz) que dice que algunos participantes en la cencerrada representaban a los cónyuges y, fingiendo su voz, simulaban  conversaciones ridículas y resaltaban sus pecadillos y defectos. Desde el punto de vista del léxico, anotaremos la aparición de la palabra vaquillada como equivalente a cencerrada.
      G.-los datos sobre
Andalucía son pobres pese a haberse dado allí cencerradas en épocas recientes. Informes posteriores a los del Ateneo (1926) mencionan cencerradas a viudos y viudas durante tres noches seguidas en la comarca de los Pedroches, al norte de Córdoba (68). Otro, también posterior, sobre la Sierra de Segura, dice que hacia 1920 se celebraban cencerradas y que consistían en lo siguiente: arrastrar latas y trastos viejos que hagan bastante ruido por las calles del pueblo y, sobre todo por la de los novios; subirse en esquinas a una reja, tocar una cuerna o caracola y hacer un relato burlesco acerca de los mismos sacando a relucir sus características y haciendo hincapié en el interés que les puede mover a casarse; a veces, el orador hacía unas preguntas que el público contestaba a coro. Por ejemplo:

- ¿Quién se casa?

- Amparico.

- ¿Con quién?

- Con Pamplinas.

- ¿Por qué?

- Porque le cuide las gallinas.

A veces los participantes asistían a la ceremonia religiosa. Pero a veces también los viudos se casaban en secreto para evitar la cencerrada (69). En otras partes, se les representaba en forma de muñecos. Dicen las fichas del Ateneo refiriéndose a Alcalá de los Gazules (Cádiz) que en algunos casos se presentaron gigantones a la puerta de los novios que, al compás de una música, bailaban y parodiaban sus actitudes y gestos. En Puente Genil (Córdoba) se representaba a los novios mediante maniquís y en Marmolejo (Jaén) con enmascarados y entre sahumerios malolientes o picantes, lo que parece extendido en otros pueblos de la misma zona. De una cencerrada sin ánimo de ofensa nos habla Valera en Juanita la Larga (70) y Leonard Williams (71) de aquel barbero sevillano que casó por segunda vez después de haber intervenido de joven en muchas cencerradas. Por esto en su boda se organizó tan grande escándalo -por aquellos de los que él se había burlado- que hubo de intervenir la Guardia Civil, motivo que inspiró a Don Felipe Pérez y González la publicación en El Liberal de un poema festivo titulado El barbero de Sevilla.

Todavía entre 1949 y 1950, cuando Julian Pitt-Rivers preparaba en el pueblo serrano de Grazalema su tesis (72), pudo hacer observaciones sobre cencerradas y sobre lo que allí se llama vito y en algún otro pueblo pandorga, acciones similares a las de las tobera-mustrak vascas, provocadas por algún escándalo. Diré que la palabra vito parece ser la misma que da nombre a un baile andaluz muy movido, en compás de tres por ocho, y que posiblemente este nombre se relaciona con el de la enfermedad convulsiva llamada Baile de San Vito.

H.-Al ser parca la información respecto a los antiguos reinos de Valencia y Murcia suplimos una vez más esa falta con datos de distintas publicaciones. Se documenta como generalizada la palabra senserrá (sobre cencerro) y se fija en ocho noches consecutivas la duración. En Villajoyosa (Alicante). se seguía la práctica del paseo bajo un palio hecho con cañas y redes (73).

l.-Con relación a las provincias vascongadas, dice Azkue que en Alto y Bajo Navarro, Labortano y Suletino, las cencerradas cuando se casa un viudo se llaman astolasterrak, carreras de burros (74), denominación que puede relacionarse con el paseo sobre asnos de los recién casados. Mas también se llamaba así a otra clase de acción de la que el mismo Azkue recoge informes.

El primero de ellos es alto-navarro, del Baztán. Cuando una mujer -dice- había pegado a su marido, a la tarde del siguiente domingo se llevaba a la plaza del pueblo el arado, el yugo de las vacas y algunos instrumentos de labranza. Dos jóvenes -uno, vestido de mujer- representaban a los cónyuges y mientras el que hacía de mujer golpeaba al que hacía de hombre, éste trabajaba con el arado u otro apero. Esta misma costumbre se denominaba asto-yokua o juego de burros en Valcarlos. En Murelaga (Vizcaya). el altercado daba lugar a cencerradas simples. Y ya en zona vasco-francesa, en Saint Jean le Vieux (Basse Navarre), se hacía un tablado -trapa- donde aparecían dos disfrazados de marido y mujer y también se les paseaba en burros con otra gente antes de subir al tablado. En Soule, Barcous, se organizaba esta carrera cuando un hombre tenía excesiva amistad con mujer casada (75).

Los informes de Azkue son exactos, pero fragmentarios y difícil será recoger otros más completos porque las cencerradas han quedado en desuso dentro de grandes áreas del País Vasco desde comienzos de siglo, de suerte que en la zona que me es más familiar no conservo memoria de que se haya celebrado alguna desde 1920. En otras localidades, sin embargo, han durado hasta fechas más recientes y así José María Iribarren recogió informes en Valcarlos, a mediados de este siglo, sobre las galarrosak que se celebraban cuando había escándalos tales como el de que un viejo tuviera relaciones irregulares con una moza. Entonces, dos cuadrillas de jóvenes, cerca de la casa del galán, dialogaban sobre el suceso y aunque la palabra gave o gale equivale a cencerro, lo que al final del diálogo se tocaba eran cuernas o bocinas (76). En fin, respecto al país vasco francés, simplemente diré que Francisque Michel (77) recogió, hace mucho, interesantes informaciones sobre los charivaris, que luego amplió Georges Hérelle (78), y que en una novela de mi tío Pío Baroja (79) se describe una tobera mustra o asto-Iasterra labortana, de las que se hacían cuando la mujer pegaba al marido. Añadiré para terminar que en la Navarra media y meridional se documenta el uso de la palabra matraca. La dan las leyes, Iribarren la trae y recuerda que las ordenanzas municipales de Puente la Reina de 1828, vigentes hasta este siglo, prohibían las matracas, decir pullas y echar chizgos en las casas. Chizgos deben ser basuras o cosas malolientes (80).
      J.-Pasemos ahora a Cataluña. A
Els esquellots y en la Cataluña francesa parece en su enorme Folklore de Catalunva (81); según sus informaciones, había pueblos en los que la facultad de organizar la cencerrada era propia de una cofradía. Así, las de San Sebastián, en Monistrol de Montserrat o San Esteban, en Santa Coloma de Queralt. En Aiguafreda había un General deIs Esquellors y en la Cataluña francesa parece que se habla de un Aba del Mal Govern. Pero en el dominio catalán hay memoria también de muchas representaciones cómicas que Amades transcribe.

Habrá, pues, que relacionar los datos acerca de los generales y abades referidos, con los de zonas de Francia limítrofes y de los que hay información ya en el famoso libro de Jean Baptiste Thiers sobre las supersticiones que tocan a los sacramentos, en que se recogen muchas condenas eclesiásticas y civiles de los charivaris (82). No habrá de extrañar que en el Valle de Arán, en el extremo septentrional de la Cataluña peninsular se hayan registrado voces relacionadas con ésta. En efecto, en un estudio fechado en 1925 de doña Marina Bonet y Collado sobre el traje regional y las costumbres de la provincia de Lérida, se indica que allí se usaba que cuando el novio era forastero, después de las amonestaciones los del pueblo le hacían pagar la entrada, dinero que se gastaba en comida y bebida y que si se negaba al pago, se le montaba el callcarri o carribarri, es decir, la cencerrada.

Según otras informaciones, la acción burlesca, teatral, revestía importancia; en Prat de Llobregat se alzaba un cadalso frente a la casa de los novios representándose una comedia con cuatro personajes: los novios, el padre del uno y la madre del otro, todos ellos, hombres disfrazados. La acción era una burla de la vida de los cónyuges con una riña final de suegra y nuera (83). Pero la forma más regular de la celebración y la transacción, parece ser la descrita por el gran filólogo Mosen A. Griera (84) y en la cual, como en otras partes, llegando a un ajuste, la cencerrada cesa.

 

 

En defensa de la moral pública

La cencerrada como costumbre generalizada se mantuvo no sólo porque las autoridades civiles hacían, en casos, la vista gorda y, en casos como el mencionado por Don Juan Valera, por efectuarse con el beneplácito de los novios, sino también -y pese a lo establecido en el Concilio de Trento-, por tolerancia de las autoridades católicas, ya fuera scampanata (85) italiana, kazenmusik germana o charivari francés.

Ahora bien, ¿por qué esta tolerancia? (86) Que la cencerrada, en sus múltiples formas, está fundada en sistemas morales viejos parece indudable y tampoco admite duda que, de ellos, el más tenido en cuenta en su desarrollo ha sido un sistema ético cristiano rigorista. Porque allá donde se practica o se ha practicado la poligamia, bien sea ésta simultánea o sucesiva, el escándalo público no ha podido ir unido a la celebración de segundas o terceras nupcias y matrimonios de viejos con muchachas.

En la Antigüedad, podemos encontrar elementos de juicio para ver que, si no como acciones un poco pecaminosas y reveladoras de sensualidad, las segundas nupcias o los matrimonios desiguales eran considerados como prueba de insensatez por parte del hombre que los realizaba, prejuicio que hasta hoy llega. En la comedia griega, hay muestras de lo poco inteligente que se estimaba al hombre que casaba por segunda vez. Ateneo recoge, casi seguidos, dos textos sobre el particular muy semejantes entre sí, uno de Eubulo en Chrysilla (87) y otro de Aristofón en Callonides (88) iBien está un matrimonio, pero dos! Asimismo hay textos acerca de la inconveniencia de que un hombre mayor se case con una mujer joven; uno, conocido, de Theognis de Megara (89) y otro de Teófilo en Neoptolemo (90).

Entre los cristianos, el tema no se ha discutido, tanto en términos de inteligencia como de sensualidad, y así se explica la prevención que dentro del Cristianismo y entre personas muy rigoristas ha merecido el matrimonio en segundas nupcias. El teólogo español del XVI, Fray Alfonso de Castro, autor de una especie de diccionario de herejías (91). en el artículo nuptiae señalaba como primera la de los que llegaron a considerarlas ilícitas en su totalidad y como segunda, la de los que admitiendo las primeras no aceptaban las segundas, como los cataphygianos, montanistas, Tertuliano, novacianos, cátaros y algunos griegos. En el siglo XVII, Jean Baptiste Thiers (92) le siguió fielmente y en tiempos más modernos canonistas e historiadores han examinado escrupulosamente el asunto de las segundas nupcias, de lo que deducen: una gran parte de los Padres de la Iglesia las consideraron legales aunque no recomendables; luego hubo una tendencia más rigorista; los terceros y cuartos matrimonios se vieron aún peor (93); O digamos oú stefanutai era dicho familiar entre los fieles cristianos griegos y muchos en Occidente aceptaron la misma doctrina como verdadera. Equívoco duradero y reflejado en hechos como que el XI Decreto del Concilio de Salamanca de 1335 declara reprobables en absoluto a las segundas nupcias (94). Iglesias determinadas, por tanto, erigidas en autoridad canónica, han podido dar una norma, que no es la general, a sus feligreses.

La cencerrada o el charivari entran en el ciclo de las costumbres no aprobadas por  la Iglesia ni por la autoridad civil, pero celebradas por el pueblo en la creencia de que corresponden a un sistema de defensa de la moral pública, que no está en contradicción con la moral cristiana, sino que la apoya en su forma rigurosa y, si se quiere también, con la moral filosófica antigua. Porque el pueblo, como los satíricos griegos, hace burla del que se casa varias veces o de viejo y subraya lo reprobable de los matrimonios desiguales por edad o dinero.

 

 

Sería fácil reunir testimonios literarios sobre lo ridículos que parecen los viudos y las viudas en trance de matrimoniar. Más abundantes creo que son los relativos al viejo casado con joven, que produce la desgracia de ésta o se ve engañado. El tópico llega a la gran literatura, como es sabido, y así Cervantes lo emplea en El Celoso Extremeño y en el entremés de El viejo celoso, y también se usa en la ópera cómica. Con relación a los matrimonios desiguales por dinero, recordemos el cuadro número 799 del Museo del Prado pintado de 1791 a 1792 por Goya para el despacho del Rey en El Escorial y titulado La boda, y bailes antiguos en la misma línea de pensamiento, como el Baile de la Boda de Fuencarral, donde los músicos empiezan cantando:

«Casaron en Fuencarral
con un viejo de setenta,
mal sano de todas partes,

a una niña de perlas» (95).

 

 

Conclusión

A.-Si desde el punto de vista moral, la cencerrada encaja en una concepción popular cristiana de lo que debe ser el matrimonio, desde el punto de vista sociológico sus dimensiones son más equívocas. No cabe duda de que en primer término, el ámbito en que se puede desarrollar y de hecho se desarrolla mejor, es el de una vecindad o barriada con contornos muy definidos. Ya se ha visto que el Diccionario de Autoridades la da como propia de lugares cortos. El bando madrileño de 1765 la considera abuso introducido en la Corte. Los informes referentes a las poblaciones mayores permitirán enmarcarlas en un barrio, parroquia o colación. Por otra parte, los elementos que entran en movimiento al realizarse, son rústicos: pastoriles, en el caso de los cencerros, esquilas y cuernas, agrícolas cuando se trata de colgar aperos e instrumentos de trabajo en los árboles próximos a la casa de los cónyuges.

B.-Mas los distintos tipos de cencerradas nos permiten establecer comparaciones orientadas en sentidos diferentes. Habrá que señalar, en primer término, la semejanza de las costumbres carnavalescas y otras festivas con algunos de los tipos fundamentales que se han descrito (96):

1.0 el Carnaval se distingue en muchas partes por ser período de grandes ruidos y alborotos en que se usaban distintos instrumentos, pero en particular, cuernas y cencerros. Era práctica usual que no sólo salieran máscaras con cencerros, sino que éstos se ataran a la cola de perros y gatos para producir ruidos confusos y desagradables.

2.0 en Carnaval se hacían peleles y muñecos que lo representaban, como también a fines de la Semana Santa se hacían otros que se destruían y que representaban a Judas. Otro tipo de peleles destruidos con estrépito se hacían en algunas partes por San Juan. Mas aquí habrá que indicar también que el representar a una persona condenada o condenable por un muñeco, estatua o pelele sobre el que se lleva a cabo el castigo o pena, es algo que se ha dado en España en formas, incluso institucionalizadas. Así, el Tribunal de la Inquisición, castigaba en efigie a condenados muertos o huidos; la forma de tales efigies a fines del siglo XVII puede verse en el terrible cuadro de Francisco Ricci o Rizi que está en el Museo del Prado y que representa el Auto de Fe de Madrid del 30 de junio de 1680. Pero antes tenemos noticia del uso de efigies similares en actos como el de la Deposición de Enrique IV de Castilla en Avila, contada en varias crónicas de la época (97).

3.0 el hacer un recuento satírico de los defectos de personas de la vecindad era también propio de varios pueblos durante Carnaval.

C.-Hemos de estudiar, igualmente, la conexión de la cencerrada con el ritual cristiano, lo cual, en suma, también hace pensar que estamos dentro del mismo ciclo carnavalesca sobre el que gravita la tradición eclesiástica, pese a los elementos paganos que hayan podido asociarse a ella por distintas vías y razones. He aquí las relaciones más evidentes:

1. ° en ciertos tipos de cencerrada resulta claro que se copian servilmente elementos de la liturgia. Así ocurre con los consistentes en pasear bajo un palio ridículo a los novios y en incensarios -en vez de con sahumerios como incienso- con sustancias picantes o malolientes. Habrá aquí una peculiar inversión de los rituales eclesiásticos, pero hay que advertir también que el palio al que se hace referencia es el dosel colocado sobre cuatro o más varas bajo el que el sacerdote lleva en sus manos una imagen o el Sacramento, que es el que se utiliza en las procesiones populares. El incensar también es propio de ellas y de otros actos litúrgicos familiares a los fieles.

2.0 podría pensarse también que en la cencerrada simple se establece una oposición entre el cencerro grosero y la campana llena de sentido litúrgico, bendita para el uso de los templos y usada en monasterios y luego iglesias para anunciar toda clase de ritos y ceremonias: signum, campana o glogga, clocca, están cargadas de múltiples valores simbólicos (98).

D.-No faltan elementos que podemos considerar propios de una especie de antiguo Derecho de los pueblos medievales que se aplica de modo irregular y que a medida que transcurre el tiempo va dejando de tener vigencia. Estos son los relacionados con el acto de pasear por' calles y plazas a los cónyuges o a las imágenes que los representan.

Una pena antigua que, de un lado, se imponía a las adúlteras; de otro, a los maridos consentidos y de otro, a alcahuetes, hechiceros, brujas y hechiceras, era la de exponerlos a la vergüenza pública montados en asnos que se paseaban por las calles del pueblo en que se leía la sentencia y se les azotaba. Esto duró hasta entrado el siglo XVIII en términos generales y hay número de textos literarios alusivos. El Diccionario de Autoridades de 1739 (99) entiende por vergüenza, la pena o castigo que se da exponiendo el reo a la afrenta y confussion publica con alguna insignia que denota su delito: y assi se dice, sacar a la vergüenza. Aparte estas referencias, hay imagen de los paseos en asnos en la vista de Granada de Civitates orbis terrarum, por ejemplo.

E.-La conducción de los novios por las calles del pueblo en carro andrajoso tirado por asnos, puede relacionarse con otros tipos de comitivas. Que novios comunes y corrientes sean paseados y objeto de burlas más o menos obscenas, es cosa difundida y conocida. La conducción carnavalesca en carrozas puede recordarse ahora, así como que en Valcarlos, la palabra karrosa se emplea para designar también la sátira del tipo charivari (100). Por lo demás, esta conducción parece combinarse, en Europa, con otros elementos conocidos: en las memorias del Conde Rufini (Lorenzo Benoni), antiguo embajador de Cerdeña, hay una descripción de charivari celebrado en una pequeña población situada entre Génova y Niza a comienzos del siglo XIX, en que se ve que en el centro del cortejo y sobre un carro tirado por cuatro asnos, habían sentado dos enormes puercos bajo un palio de alteas. El carro se detuvo ante la casa del viudo (101).

F.-Dentro de un orden algo distinto queda el tipo de representaciones que se llevaban a efecto no con motivo de bodas tenidas por irregulares, sino de escándalos sobrevenidos en el pueblo o barrio, dentro de un círculo familiar, escándalos fundados en adulterios o cosas menores, como el que una mujer pegara a su marido. El pueblo hacía entonces una especie de función de desagravio satírica, costumbre difundida en Europa (102).

G.-A mi juicio, el concepto religioso, cristiano, de desagravio, tiene siempre algo que ver con el espíritu de la cencerrada. El desagravio se lleva a cabo dentro de la Iglesia Católica y consiste en una función religiosa que tiene lugar cuando ha ocurrido algún acto ofensivo a la Divinidad, desde un gran sacrilegio a pecados públicos, comunes y corrientes y así se han solido hacer tales funciones en Carnaval. El desagravio popular entra en otro contexto que no es estrictamente laico, como pueden serlo algunas manifestaciones públicas de protesta -y las mismas cencerradas políticas lo eran-. Pero tampoco entra dentro de lo religioso dogmático y sí en un sistema de concepciones públicas que queda a caballo entre la laicidad pura y la religiosidad interpretada de aquél modo. Esto mismo ocurre con otros aspectos de la vida popular de las comunidades campesinas europeas desde hace mucho.

 

 

 

 

 

 

Addendum del editor web:

    Se ha celebrado en el juzgado comarcal de Najera (La Rioja) el llamado "juicio de la cencerrada" promovido contra cinco vecinos de Baños de Río Tobía por participar en una típica cencerrada ante la casa de unos recién casados en la que intervinieron más de seiscientos vecinos de un pueblo que ronda los 1.800 habitantes. Con motivo de celebrarse en Baños de Río Tobía la festividad de San Cristóbal, el 11 de julio del pasado año, una multitud de gente, provista de latas, palos y bidones, haciéndolos sonar escandalosamente se dirigió hacia la casa de A. M. F., que acababa de contraer matrimonio con un viudo.
     En la denuncia presentada por A. M. F., que por otra parte aquella noche no se encontraba en su casa, se pide el pago de los daños ocasionados por la improvisada fiesta, que consistieron en la rotura del timbre de la casa, así como desperfectos en la fachada y jardín. Todo ello ha sido valorado en unas 8.000 pesetas.
     Tanto el fiscal como la defensa pidieron en el juicio, la absolución de los cinco denunciados, por entender que no existió alteración del orden público, al tratarse de rememorar una tradición ancestral.

ELPAIS.COM - ANTONIO MORAL, - Logroño - 27/02/1983

 

NOTAS

(1) Madrid, 1897.

(2) Así la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, XVII, Barcelona, s.a.

(3) Du Cange, Glossarium ad scriptores mediae et infimae latinitatis, París, 1733, col. 540.

(4) Du Cange, op. cit., II, cols. 531-532.

(5) Diccionario de la Lengua Castellana, II, Madrid, 1729, pág. 263, b.

(6) Texto recogido por Samuel Gili en el Tesoro Lexicográfico, 1492-1726, Fascículo III. Madrid, S.A., pág. 527, c. Es el ejemplo más antiguo. Juan F. de Ayala Manrique dejó manuscrito un «Tesoro de la Lengua Castellana» como suplemento al famoso de Covarrubias. Consta de 254 folios y está en la Biblioteca Nacional de Madrid (ms. 1324) y Gili lo fue incorporando a su preciosa compilación de diccionarios antiguos. Parece que aunque el autor comenzó en 1693, llegó a conocer el antes citado Diccionario de Autoridades. Me choca lo tardío de la aparición del término y del concepto y lo escaso de los testimonios literarios hasta el siglo XIX. De un sainetero del siglo XVIII, don Tomás Feijoo, señalo la existencia de una obrita, La más justa cencerrada, que no he leído y que se registra en el Catálogo de las piezas de teatro que se conservan en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional (Madrid, 1934, pág. 93, núm. 651).

(7) Vicente Garcia de Diego, Diccionario etimológico español e hispánico, Madrid, S.A., páginas 159a y 679a (núm. 1.635a).

(8) J. Corominas, Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Madrid, 1954, página 760a-b, piensa que «quizá (está) tomado del vasco zinzerri».

(9) Ejemplos en el citado Diccionario de Autoridades, II, págs. 263b y 264b, y en el inacabado Diccionario histórico de la lengua española, II, Madrid 1936, págs. 962a, 963a.

(10) Quijote, segunda parte, capítulo XLVI. En el título.

(11) Quijote, segunda parte, capítulo XLVI. Se considera voz inventada por Cervantes. Véase la edición de Clemencín con notas adicionales de Miguel de Toro Gómez, IV, París 1914, pág. 108.

(12) Oswald A. Erich y Richard Beitl. Wörterbuch der Deutschen Volkskunde, Stuttgart 1955, páginas 400b-401 a.

(13) Epistolario Español, I. B.A.E., XIII, página 324b.

(14) Tesoro de la Lengua Castellana o Española, edición de Martín de Riquer, Barcelona 1943, página 402b.

(15) Diccionario, cit. II, pág. 263b.

(16) «Sobre formas de cencerro, R. Violant y Simorra, El Pirineo Español, Madríd, 1949, páginas 412-414.

(17) Diccionario trilingue castellano, bascuence y latín, San Sebastián, 1853, pág. 211 b. En el erudito artículo «cencerrada», del Diccionarío enciclopédico vasco, VI, San Sebastián, 1975, página 590a, en la parte lexicográfica de Ignacio Goicoechea se recogen muchísimas formas, no éstas.

(18) Diccionario vasco-español-francés, II, Bilbao- París, 1906, pág. 445a.

(19) Azkue, Diccionario, cit., II, pág. 145b.

(20) Azkue, Diccionario, cit. II, pág. 282a.

(21) Sobre tolva, etc. García de Diego, Diccionario, cit. pág. 1.031 b (núm. 6.900).

(22) Pedro Echenique: Toberak (Ceremonia nupcial) en Txistulari, año VII, época 2.ª enero-febrero 1934, núm. 5, págs. 4-5. J. A. de Donostia, «Apuntes de Folklore vasco, Toberas», en Revista Internacional de Estudios Vascos, XV, 1924, páginas 1 -18. Julio Caro Baroja: De la vida rural vasca (Vera de Bidasoa). 2.ª ed. San Sebastián, 1974, págs. 246-248.

(23) Eladio Rodríguez González, Diccionario enciclopédico gallego-castellano, I, Vigo, 1958, página 538a-b, indica que se usan cencerros, cuernos, sartenes viejas y otros objetos chirriantes, que se burla así a los viudos la noche que se casan y las siguientes por espacio de siete días.

(24) Eladio Rodríguez González, op. cit I, página 722b.

(25) Corominas, Diccionario, cit., II, páginas 72b, 73a.

(26) Pere Labernia, Diccionari de la llengua catalana, Barcelona, 1864, pág. 693b.

(27) Miguel Arimany, Diccionari catalá general, Barcelona, 1965, pág. 597a.

(28) A. Griera, Tresor de la Llengua, de las Tradicions i de la Cultura popular de Catalunya, VI, Barcelona 1941, pág. 287 a-b.

(29) Se considera que esta palabra es de origen gótico. García de Diego, Diccionario cit. págs 277a, 983a (Núm. 6.178). Corominas en Diccionario, cit., pág. 404a, considera que en castellano se toma de la lengua de Oc.

(30) Francesc de B. MolI, Vocabulari mallorquí-castellá, Mallorca, 1965, pág. 127b.

(31) Francesc Ferrer Pastor, Vocabulari castellá-valenciá i valenciá-castellá, Valencia, 1966, página 713b.

(32) José Pardo Asso, Nuevo diccionario etimológico aragonés, Zaragoza, 1938, pág. 164. Antes, Jerónimo Borao, Diccionario de voces aragonesas, Zaragoza 1908. pág. 225.

(33) Gili, Tesoro, cit. fasc. 111, pág. 527c, recoge un texto de Baronio respecto al uso en Italia. (34) Vocabulario de refranes y frases proverbiales, Madrid 1924, págs. 553b y 555a.

(35) Diccionario de la Lengua Castellana, IV, Madrid 1734, pág. 514b.

(36) Tesoro de La Lengua Castellana o Española, ed. cit. pág. 794a (= fo!' 542 vto.).

(37) García de Diego, Diccionario, cit. páginas 366b y 862a (Núm. 4.380).

(38) Glosario etimológico de las palabras españolas ... de origen oriental, Granada 1886, página 448.

(39) Véase el artículo carraca en el Diccionario de la Lengua Castellana II, Madrid, 1729, pág. 192a.

(40) En alguna ley navarra del siglo XVIII se utiliza la palabra matraca.

(41) «Para cortar de raíz el abuso introducido en esta Corte de darse cencerradas a los viudos y viudas que contraigan segundos matrimonios y obviar los alborotos, escándalos, quimeras y desgracias que en adelante pudiesen suceder, se manda que ninguna persona, de cualquier calidad y condición que sea, vaya solo ni acompañado por las calles de esta Corte, de dia ni de noche, con cencerros, caracolas, campanillas, ní otros instrumentos, alborotando con este motivo; pena al que se le encontrase con qualquiera de dichos instrumentos en semejante acto, de noche o de día, y a los que acompañasen, aunque no los lleven, de cien ducados aplicados a los pobres de la cárcel de Corte y quatro años de presidio por la primera vez y por los demás al arbitrio de la Sala» («Novisima Recopilación, IV», X de Los códigos españoles concordados y anotados, Madrid 1850, página 88, a.

(42) Véase Fuero Juzgo, libro XII, titulo 111 (I de Los Códigos españoles cit. págs. 190b, 191 aL Fuero Real, Libro IV, título III. ley II (I de «Los Códigos Españoles», cit., pág. 403a).

(43) La «Novisima Recopilación», IV, Ed. cit., páginas 86b-89a, arranca de la legislación medieval.

(44) Archivo Histórico Nacional. Consejo de Castilla, Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Catálogo por materias, Madrid 1925, pág. 140a. Referencia a 1765, fols. 553-557.

(45) Catálogo cit., pág. 140a. Referencia a 1815 2.0, fols. 355-357.

(46) Obras, II, B.A.E., pág. 134b.

(47) Art. 483 del Código penal anterior, «Novísima Recopilación, IV», pág. 88a.

(48) Por ejemplo, en una comedia de Hartzenbusch, Vida por honra, acto II escena IV, un personaje anuncia a otro que le van a dar cencerrada por su actuación.

(49) Cuadernos de las leyes y agravios reparados por los tres estados del reino de Navarra, I, ed. Pamplona 1964, págs. 111 -112. Referencia en J. Yanguas y Miranda: Diccionario de los Fueros del reino de Navarra y de las leyes vigentes promulgadas hasta las Cortes de los años 1817 y 18 inclusive, San Sebastián 1828, págs. 220-221, y también en el artículo «Cencerrada» de Antonio Bengoechea: Diccionario enciclopédico vasco, VI, San Sebastián 1975, págs. 590b-591 a.

(50) En el libro III, título XXXI, Ordenanzas 4 y 5 de las Reales, dice el texto.

(51) Cuadernos de las leyes cit., págs. 240 (Ley LXXIV) 614-615 (Ley XXXVII).

(52) Se publicó luego en Etnografía. Sus bases, sus métodos y aplicaciones en España, conferencias de D. Telesforo de Aranzadi y D. Luis de Hoyos, Madrid 1917, pág. 223 particularmente.

(53) Madrid 1945, págs. 305-316.

(54) Casas: op. cit., págs. 308, 310 y 314 respectivamente.

(55) Eladio Rodríguez González: Diccionario enciclopédico gallego-castellano, 1, Vigo 1958, página 538b.

(56) C. Cabal, Las costumbres asturianas. Su significación y sus orígenes. El individuo, Madrid 1925, págs. 341-346. Respecto a pandorga, referencia a Marcelino González, El río de mi valle (Novela de costumbres asturianas), Oviedo 1908, página 82. 

(57) Cabal: op. cit., pág. 346.

(58) Casas: op. cit., págs. 309-311.

(59) García de Diego, Diccionario cit., páginas 408a y 888a (Núm. 4.771) piensa que la frase es pandura. Pandurica, desaparecido por medio.

(60) Diccionario de la Lengua Castellana, V, Madrid 1737, págs. 1 06b-1 07a. Falta la pandorga como equivalente a estafermo o dominguillo en ejercicios de armas.

(61) Bernardo Alemany, Vocabulario de las obras de Don Luis de Góngora y Argote, Madrid 1930, pág. 724, con referencia a Obras Poéticas, ed. Fouché-Delbosc, III, Nueva York 1921, página 14.

(62) José María de Pereda describe una boda rumbosa de aldea de hace más de cien años en Blasones y talegas («Tipos y paisajes. Segunda serie de Escenas Montañesas»), Madrid 1871, páginas 274-289.

(63) G. Adriano García Lomas, El lenguaje popular de la Cantabria montañesa, Santander 1966, pág. 335.

(64) García Lomas, op. cit., pág. 139 Y Láminas XLI y XLII.

(65) García Lomas, op. cit., pág. 358.

(66) En un informe posterior (1930) se dice que en Palencia el palio se hacía con la red de un carro de paja y que en un puchero lleno de agujeros se quemaban pimientos.

(67) Derecho consuetudinario y economia popular de la provincia de Segovia, Madrid 1909, páginas 29-30.

(68) Informes de Alfredo Gil Muñiz, «El valle de Los Pedroches, El pais y sus habitantes», en Boletin de la Real Sociedad Geográfica, LXVI, 1926, pág. 76.

(69) Escrito de María del Rosario Muñoz González, Costumbres de la Sierra de Segura. Estaba en el Museo del Pueblo Español.

(70) «Veinte días después de lo que acabamos de contar, se celebraron las bodas de Juanita y Don Paco. Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a Don Paco como viudo. El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de Don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche les molestase el desvelo que podía' causar aquel ruido. Cesó éste al fin, convirtiéndose en vivas y aclamaciones merced a la simpatía que inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los tocadores de los cencerros» (Obras escogidas, I. Madrid 1925, página 344.

(71) En The Land of the dons, Londres 1902, página 82.

(72) The people of the Sierra, Londres 1954, páginas 169-175.

(73) Casas, op. cit., pág. 309. (74) Diccionario cit. 1, pág. 92c.

(75) Euskalerriaren yakintza, 1, Madrid 1959, páginas 36b-37b.

(76) Historias y costumbres (colección de ensayos), Pamplona 1949, págs. 256-257.

(77) Le Pays Basque, sa population, sa langue, ses moeurs, sa littérature et sa musique (París 1857, págs. 55-61).

(78) «Les Charivarís nocturnes dans le Pays Basque Français» en Revista Internacional de Estudios Vascos, XV, 1924, págs. 505-522.

(79) «El amor, el dandysmo y la intriga», Madrid, Caro Raggio, 1923, capítulo VII de la cuarta parte titulado Las bacarites vascas de Añoa, páginas 197 -202.

(80) José María Iribarren, Vocabulario navarro, Pamplona 1952, pág. 326b.

(81) III, Barcelona 1969, págs. 399-410.

(82) Traité des superstitions qui regardent les sacremens selon l'Ecriture Sainte, les decrets des conciles et les sentimens des Saints-Peres et des Theologiens, IV, París 1741, págs. 536-548, Libro X, capítulo V, parágrafo XXII, principalmente páginas 546-547 (Aix)

(83) Casas, op. cit., pág. 309.

(84) Dice así Griera, en el Tresor cit. VI, página 287a-b: «Quan es vol casar un vidu, és costum que dos joves, comissionats de la jovenalla, s'entrevistiu amb el nuvi i li demanin una quantitat. Si el nuvi es confor¡na a pagar-la, el primer vesque que van a casa toquen una esquellada petita, donen visques al nuvi i van a beure. Si, al contrari, el nuvi és rebec, els joves compareixen davant la casa amb esquelles deis parells de lIaurar, lIaunes, cércols i ferrets, í manen gran soroll fins a les dotze de la nit, i estableixen des torns perque duri més estona; s'hi barregen els casats i tot el poble veu amb simpatia I'esquellotada, a la fí el vidu ha de capitular o pagar amb escreix la quantitat demanada, que ha augmentat cada dia' (Guimerá). Versos alusivos a casamientos de viudos eran:

«Lo Nín se n'ha casat
al punt de la mitja nit» (Falser).

(85) Angelo de Gubernatia, en Storia comparata degli usi nuziali in Italia e presso gli altri popoli indo-europei, Milán 1869, págs. 218-219, decía que por entonces las cencerradas seguían dándose en el Norte de Italia (scampanata, en Toscana; tucca, en Pesara; facioreso , en Novi), pero sugiere que se relacionaba con los casamientos de viudas.
(86) «Esta grotesca costumbre no se armoniza bien con la cultura social, deprime hasta cierto punto e injuria a la persona a quien se dirige y puede influir en el menosprecio del matrimonio: motivos por los cuales ha sido prohibida por las leyes civiles y eclesiásticas, si bien en algunos puntos hay excesiva tolerancia en ello» (esto se lee en el artículo «Cencerrada», firmado por J. P. Angulo, en el
Diccionario de Ciencias Eclesiásticas dirigido por él mismo y N.A. Perujo, II, Barcelona 1885, pág. 698b.
(87) Ateneo,
Deipnosophist, XIII, pág. 559b (Kock II, 236).
(88) Deipnosophist, XIII, pág. 559c-d (Kock, II,277).
(89)
Deipnosophist, XIII, págs. 559-560a.
(90)
Deipnosophist, XIII. pág. 560a (Kock, II,475).
(91)
Fratris Alphonsi de Castro Zamorensis Ordinis Minorum, Adversus omnes Haereses, Libri XIII, Lyon 1546, págs. 679-682.
(92)
Traité des superstitions cit. IV, París 1741, página 600.
(93) Artículo «Marriage» de Frederick Meryck en
A Dictionary of Christian Antiquities de William Smith y Samuel Cheetham, II, Londres 1880, páginas 1103a-1105a. Bibliografía antigua a las páginas 1113b-1114a.
(94)
Colección de cánones y de todos los concilios de la Iglesia española, III. Madrid 1851, páginas 574-575.
(95)
Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mogigangas desde fines del siglo XVI a mediados del XVIII, 1,2, N.B.A.E. XVIII.
(96) J. Caro Baraja,
El Carnaval, análisis histórico-cultural, Madrid 1963.
(97) Alonso de Palencia,
Crónica de Enrique IV, década I, libro VII, capítulo VIII, B.A.E., continuación CCLVII, págs. 167a-168b. Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo (Crónica del siglo XV), Madrid 1940, pág. 267, capítulo XXV.
(98) En el libro de don Antonio Lobera y Abio,
El por qué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, Madrid 1781, págs. 24-30, Tratado I, capítulo VII, se comenta ampliamente el asunto.
(99)
Diccionario cit. VI, Madrid 1739, página 464a.
(100) Iribarren,
Vocabulario navarro, pág. 116b.
(101)
Mémoires d' un conspirateur, París 1855, páginas 4-6.
(102) A. de Gubernatia,
op. cit., págs. 215-216, nota 3, cuenta un caso ocurrido en 1858 en el Valle de Stura.

 

 

 
 
El charivari según dibujo de Julio Caro Baroja realizado especialmente para la edición de este artículo en la revista HISTORIA16, nro. 47 (Diciembre de 1979)
 


EL CHARIVARI EN ESPAÑA

(HISTORIA16)

Por Julio Caro Baraja
Antropólogo. De la Real Academia de la Historia

 

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